Inicié el ejercicio de escuchar los "sonidos del mundo" y lo prolongué dos meses, como don Juan había
especificado. Al principio resultaba torturante escuchar y no mirar, pero todavía peor era el no hablar
conmigo mismo.
Al finalizar los dos meses, yo era capaz de suspender mi diálogo interno durante periodos
cortos, y también de prestar atención a los sonidos.
Llegué a casa de don Juan a las 9 de la mañana del 10 de noviembre de 1969.
-Hay que emprender ese viaje ahora mismo -dijo él a mi llegada.
Descansé una hora y luego viajamos hacia las bajas laderas de las montañas al este. Dejamos mi coche al
cuidado de un amigo suyo que vivía en esa zona, mientras nos adentrábamos a pie en las montañas.
Don
Juan había puesto en una mochila galletas y panes dulces para mí. Había suficientes provisiones para un
día o dos. Pregunté a don Juan si necesitaríamos más. Sacudió la cabeza negativamente.
Caminamos toda la mañana. Era un día algo cálido. Yo llevaba la cantimplora llena y me bebí la mayor
parte del agua. Don Juan sólo bebió dos veces.
Cuando ya no hubo agua, me aseguró que podía beber de los
arroyos que encontraríamos por el camino. Se rió de mi renuncia. Tras un rato corto, la sed me hizo superar
los temores.
Poco después del mediodía nos detuvimos en un vallecito al pie de unas exuberantes colinas verdes.
Detrás de las colinas, hacia el este, las altas montañas se recortaban contra un cielo nublado.
-Puedes quedarte callado pensando, o puedes escribir lo que digamos o lo que percibas, pero nada acerca
de dónde estamos -dijo don Juan.
Descansamos un rato y luego sacó un bulto debajo su camisa. Lo desató y me mostró su pipa. Llenó el
cuenco con mezcla para fumar, encendió un fósforo y con él una ramita seca, puso la rama ardiente dentro
del cuenco y me dijo que fumara.
Sin un trozo de carbón dentro del cuenco era difícil encender la pipa;
tuvimos que seguir prendiendo ramas hasta que la mezcla empezó a arder.
Cuando terminé de fumar, don Juan me dijo que estábamos allí para que yo descubriera qué clase de
presa me correspondía cazar. Repitió con cuidado, tres o cuatro veces, que el aspecto más importante de mi
empresa era hallar unos agujeros.
Recalcó la palabra "agujeros" y dijo que dentro de ellos un brujo podía
encontrar todo tipo de mensajes e indicaciones.
Quise preguntar qué clase de agujeros eran; don Juan pareció haber adivinado mi pregunta y dijo que
eran imposibles de describir y se hallaban en el terreno de "ver".
Repitió en diversos momentos que yo debía
enfocar toda mi atención en escuchar sonidos, y hacer lo posible por hallar los agujeros entre los sonidos.
Dijo que él tocaría cuatro veces su cazador de espíritus.
Se suponía que yo usara esos extraños clamores
como guía para encontrar el aliado que me había dado la bienvenida; ese aliado me entregaría entonces el
mensaje que yo buscaba. Don Juan me instó a permanecer muy alerta, pues ni él tenía idea de cómo se me
manifestaría el aliado.
Escuché con atención. Estaba sentado con la espalda contra el costado rocoso del cerro. Experimentaba
un entumecimiento leve. Don Juan me advirtió que no cerrara los ojos. Empecé a escuchar y pude discernir
silbidos de pájaro, el viento agitando las hojas, zumbido de insectos.
Al colocar mi atención unitaria en esos
sonidos, pude distinguir cuatro tipos diferentes de silbidos. Podía diferenciar las velocidades del viento, en
términos de lento o rápido; también oía el distinto crujir de tres tipos de hojas. Los zumbidos de los insectos
eran asombrosos. Había tantos que no me era posible contarlos ni diferenciarlos correctamente.
Me hallaba sumergido en un extraño mundo sonoro, como nunca en mi vida. Empecé a deslizarme hacia
la derecha.
Don Juan hizo un movimiento para detenerme, pero me frené antes de que él lo hiciera. Me
enderecé y volví a sentarme erecto. Don Juan movió mi cuerpo hasta apoyarme en una grieta en la pared de
roca.
Despejó de piedras el espacio bajo mis piernas y puso mi nuca contra la roca.
Me dijo, imperativamente, que mirara las montañas hacia el sureste. Fijé la mirada en la distancia, pero
él me corrigió y dijo que no me quedara viendo nada, sino que mirase, como recorriendo, los cerros frente a
mí y la vegetación en ellos.
Repitió una y otra vez que toda mi atención debía concentrarse en mi oído.
Los sonidos recobraron prominencia. No era tanto que yo quisiese oírlos; más bien, tenían un modo de
forzarme a concentrarme en ellos.
El viento sacudía las hojas. El viento llegaba por encima de los árboles y
luego caía en el valle donde estábamos. Al caer, tocaba primero las hojas de los árboles altos; hacían un
sonido peculiar que me pareció rico, rasposo, exuberante.
Luego el viento daba contra los arbustos, cuyas
hojas sonaban como una multitud de cosas pequeñas; era un sonido casi melodioso, muy absorbente e
impositivo; parecía capaz de ahogar todo lo otro.
Me resultó desagradable. Me sentí apenado porque se me
ocurrió que yo era como el crujir de los arbustos, regañón y exigente. El sonido era tan semejante a mí que lo odiaba.
Luego oí al viento rodar en el suelo. No era un crepitar sino más bien un silbido, casi un timbrar
agudo o un zumbido llano. Escuchando los sonidos que hacía el viento, advertí que los tres ocurrían al mismo
tiempo.
Estaba pensando cómo fui capaz de aislarlos, cuando de nuevo me di cuenta del silbar de pájaros y
el zumbar de insectos. En cierto instante, sin embargo, sólo había los sonidos del viento, pero al siguiente,
otros sonidos brotaron en gigantesco fluir a mi campo de atención.
Lógicamente, todos los sonidos existentes
deben haberse emitido de continuo durante el tiempo en que yo sólo oía el viento.
No podía contar todos los silbidos de pájaros o zumbidos de insectos, pero me hallaba convencido de que
estaba escuchando cada sonido individual en el momento en que se producía. Juntos creaban un orden de
lo más extraordinario.
No puedo llamarlo otra cosa que "orden". Era un orden de sonidos que tenía un diseño;
es decir, cada sonido ocurría en secuencia.
Entonces oí un peculiar lamento prolongado. Me hizo temblar. Todos los otros ruidos cesaron un instante,
y hubo completo silencio mientras la reverberación del gemido alcanzaba los límites extremos del valle;
después recomenzaron los ruidos.
De inmediato capté su diseño. Tras escuchar con atención un momento,
creí entender la recomendación que don Juan me hizo de buscar agujeros entre los sonidos.
¡El diseño de los
ruidos contenía espacios entre un sonido y otro! Por ejemplo, los cantos de ciertos pájaros tenían su tiempo
y sus pausas, y de igual manera todos los demás sonidos que yo percibía. El crujir de las hojas era la goma
que los unificaba en un zumbido homogéneo. El hecho era que el tiempo de cada sonido formaba una unidad
en la pauta sonora general. Así, los espacios o pausas entre sonidos eran, si uno se fijaba, hoyos en una
estructura.
Oí nuevamente el penetrante lamento del cazador de espíritus. No me sacudió, pero los sonidos volvieron
a cesar un instante y percibí tal cesación como un agujero, un hoyo muy grande. En ese preciso momento mi
atención se trasladó del oído a la vista.
Me hallaba mirando un conglomerado de cerros con lujuriante
vegetación verde. La silueta de los cerros estaba dispuesta de tal manera que desde mi posición se veía un
agujero en una de las laderas. Era un espacio entre dos cerros, y a través de él me era visible el tinte profundo,
gris oscuro, de las montañas distantes. Por un momento no supe qué cosa era.
Fue como si el agujero que
miraba fuese el "hoyo" en el sonido. Luego volvieron los ruidos, pero persistió la imagen visual del enorme
agujero. Un momento después, cobré una conciencia todavía más aguda de la pauta sonora, de su orden y
la disposición de sus pausas.
Mi mente era capaz de discernir y discriminar un número enorme de sonidos
individuales. Me era posible seguir todos los sonidos; así, cada pausa era un hoyo definido. En un momento
dado las pausas cristalizaron en mi mente y formaron una especie de malla sólida, una estructura. Yo no la
veía ni la oía. La sentía con alguna parte desconocida de mí mismo.
Don Juan tocó su cuerda una vez más; los sonidos cesaron como antes, creando un enorme agujero en la
estructura sonora. Esta vez, sin embargo, la gran pausa se confundió con el agujero en las colinas que yo
estaba mirando; ambos se sobreimpusieron.
El efecto de percibir los dos agujeros duró tanto tiempo que
pude ver-oír cómo sus contornos encajaban mutuamente. Luego volvieron a empezar los otros sonidos y su
estructura de pausas se convirtió en una percepción extraordinaria, casi visual.
Empecé a ver cómo los
sonidos creaban diseños y luego todos esos diseños se sobreimpusieron al medio ambiente de la misma manera en que percibí la superposición de los dos grandes agujeros.
Yo no miraba ni oía como suelo hacerlo.
Hacía algo que era enteramente distinto pero combinaba facetas de ambos procesos. Por algún motivo, mi
atención se enfocaba en el gran hoyo en los cerros. Sentía estarlo oyendo y mirando al mismo tiempo.
Algo
había en él de reclamo. Dominaba mi campo de percepción, y cada pauta sonora aislada, correspondiente a
un detalle del entorno, tenía su gozne en aquel agujero.
Oí de nuevo el gemido sobrenatural del cazador de espíritus; cesaron los demás sonidos; los dos grandes
agujeros parecieron encenderse y de pronto me hallé mirando nuevamente el campo de labranza; el aliado
estaba allí de pie, como lo había visto antes.
La luz de la escena total se hizo muy clara. Pude verlo
perfectamente, como si se hallara a cincuenta metros. No distinguía su cara; el sombrero la cubría. Entonces
empezó a acercarse, alzando despacio la cabeza; estuve a punto de ver su rostro y me aterré. Supe que debía
pararlo sin demora. Sentí un extraño empellón dentro de mi cuerpo; sentí que brotaba "poder".
Quise mover
la cabeza hacia un lado para detener la visión, pero no podía hacerlo. En ese instante crucial una idea acudió
a mi mente. Supe a qué se refería don Juan cuando dijo que los elementos de un "camino con corazón" eran
escudos.
Había algo que yo deseaba realizar en mi vida, algo que me consumía e intrigaba, algo que me
llenaba de paz y alegría. Supe que el aliado no podía avasallarme. Moví la cabeza sin ninguna dificultad, antes
de ver todo su rostro.
Empecé a oír todos los demás sonidos; de pronto se hicieron muy fuertes y agudos, como si estuvieran
airados conmigo. Perdieron sus pautas y se convirtieron en un conglomerado amorfo de chillidos punzantes,
dolorosos.
Mis oídos empezaron a zumbar bajo la presión. Sentía la cabeza a punto de estallar. Me puse de
pie y cubrí mis oídos con la palma de las manos.
Don Juan me ayudó a caminar hasta un arroyo muy pequeño, me hizo quitarme la ropa y me rodó en el
agua.
Me hizo yacer en el lecho casi seco y luego reunió agua en su sombrero y me roció con ella.
La presión en mis oídos disminuyó con gran rapidez, y sólo se necesitaron unos minutos para "lavarme", don Juan me miró, sacudió la cabeza en gesto aprobatorio y dijo que me había puesto "sólido" muy
rápidamente.
Me vestí y me llevó de vuelta al sitio donde estuve sentado. Me encontraba extremadamente vigoroso,
alegre y lúcido.
Quiso conocer todos los detalles de mi visión. Dijo que los brujos usaban los "agujeros" de los sonidos
para averiguar cosas específicas.
El aliado de un brujo revelaba asuntos complicados a través de tales
agujeros. Rehusó especificar sobre ellos y se salió de mis preguntas diciendo que, al no tener yo un aliado,
tal información sólo me haría daño.
-Todo tiene sentido para un brujo -dijo-. Los sonidos tienen agujeros, lo mismo que todo cuanto te rodea.
Por lo general, un hombre no tiene velocidad para pescar los agujeros, y por eso recorre la vida sin protección.
Los gusanos, los pájaros, los árboles: todos ellos nos pueden decir cosas increíbles, si llegamos a tener la
velocidad necesaria para agarrar su mensaje.
El humo puede darnos esa velocidad de agarre. Pero debemos
estar en buenos términos con todas las cosas vivientes de este mundo. Por esta razón hay que hablarles a las
plantas que vamos a matar y pedirles perdón por dañarlas; igual debe hacerse con los animales que vamos a
cazar. Sólo debemos tomar lo suficiente para nuestras necesidades, de otro modo las plantas y los animales
y los gusanos que matamos se pondrían en contra nuestra y nos causarían enfermedad y desventura.
Un
guerrero se da cuenta de esto y hace por aplacarlos; así, cuando mira por los agujeros, los árboles y los pájaros
y los gusanos le dan mensajes veraces.
Pero nada de esto tiene importancia por ahora. Lo importante es que viste al aliado. ¡Esa es tu presa! Te
dije que íbamos a cazar algo. Pensé que iba a ser un animal. Calculé que verías el animal que debíamos cazar.
Yo en mi caso vi un jabalí; mi cazador de espíritus es jabalí.
-¿Quiere usted decir que su cazador de espíritus está hecho de jabalí?
-¡No!
Nada en la vida de un brujo está hecho de ninguna otra cosa. Si algo es algo, lo que sea, es la cosa
misma. Si conocieras jabalíes te darías cuenta de que mi cazador de espíritus es eso.
-¿Por qué vinimos aquí a cazar?
-El aliado sacó de su morral un cazador de espíritus y te lo enseñó. Necesitas tener uno si quieres llamarlo.
-¿Qué es un cazador de espíritus?
-Es una fibra. Con ella puedo llamar a los aliados, o a mi propio aliado, o puedo llamar espíritus de ojos
de agua, espíritus de ríos, espíritus de montañas. El mío es jabalí y grita como jabalí.
Dos veces lo usé cerca
de ti para llamar en tu ayuda al espíritu del ojo de agua. El espíritu vino a ti como el aliado vino hoy a ti. Pero
no pudiste verlo, porque no tenías velocidad; así y todo, aquel día que te llevé a la cañada y te puse en una
piedra, supiste que el espíritu estaba casi sobre ti, sin necesidad de verlo.
Esos espíritus son ayudantes. Son
demasiado duros de manejar y medio peligrosos. Se necesita una voluntad impecable para tenerlos a raya.
-¿Qué aspecto tienen?
-Son distintos para cada quien, lo mismo que los aliados.
Para ti, al parecer, un aliado tendría el aspecto
de alguien que conociste o que siempre estarás a punto de conocer; ésa es la inclinación de tu naturaleza.
Eres dado a misterios y secretos.
Yo no soy como tú y para mí un aliado es algo muy preciso. Los espíritus de ojos de agua son propios de determinados sitios. El que llamé en tu ayuda es uno que
yo conozco. Me ha ayudado muchas veces. Habita en aquella cañada.
Cuando lo llamé en tu ayuda, no eras
fuerte y el espíritu te dio duro. No era ésa su intención -no tienen ninguna- pero te quedaste allí tirado, muy
débil, más débil de lo que yo suponía.
Más tarde, el espíritu casi te jaló a tu muerte; en el agua, en la zanja
de riego, estabas fosforescente. El espíritu te tomó por sorpresa y casi sucumbes. Cuando un espíritu hace
eso, vuelve siempre en busca de su presa. Estoy seguro de que volverá por ti.
Desgraciadamente, necesitas
el agua para hacerte sólido de nuevo cuando usas el humito; eso te coloca en una desventaja terrible. Si no
usas el agua, probablemente mueras, pero si la usas, el espíritu te llevará.
-¿Puedo usar el agua de otro sitio?
-No hay diferencia. El espíritu del ojo de agua de por mi casa puede seguirte a cualquier parte, a menos
que tengas un cazador de espíritus.
Por eso el aliado te lo enseñó. Te dijo que lo necesitas. Lo enredó en su
mano izquierda y vino a ti después de señalar la cañada.
Hoy quiso enseñarte de nuevo el cazador de
espíritus, como la primera vez que lo encontraste. Fue muy sensato que te detuvieras; el aliado iba
demasiado rápido para tu fuerza y una sacudida directa con él te sería muy dañina.
-¿Cómo puedo ahora obtener un cazador de espíritus?
-Parece que el mismo aliado te lo va a dar.
-¿Cómo?
-No sé. Tendrás que ir a él. Ya él te dijo dónde buscarlo.
-¿Dónde?
-Allá arriba, en esos cerros donde viste el hoyo.
-¿Debo ir a buscar al aliado?
-No. Pero él ya te da la bienvenida. El humito te abrió el camino hacia él. Luego, más adelante, lo
encontrarás cara a cara, pero eso pasará sólo cuando lo conozcas muy bien.

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