AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

Mi foto
El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

martes, 25 de agosto de 2026

[5] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. LA ISLA DEL TONAL

 


Don Juan y yo volvimos a vernos a eso del mediodía al día siguiente, en el mismo parque. Él iba vestido con su traje café. Tomamos asiento en un banco; se quitó el saco, lo dobló con gran cuidado, pero a la vez con un aire de suprema indiferencia, y lo puso en el banco. Su despreocupación era muy estudiada y, sin embargo, completamente natural. Me sorprendí mirándolo con fijeza. Él parecía al tanto de la paradoja que me presentaba, y sonrió. Enderezó su corbata. Llevaba una camisa beige de manga larga. Le quedaba muy bien.

-Traigo todavía mi traje porque quiero decirte algo de gran importancia -dijo, dando palmadas en mi hombro-. Ayer te salieron las cosas muy bien; así que ya es hora de llegar a ciertos arreglos finales.

Hizo una larga pausa. Parecía estar preparando una declaración. Tuve una sensación extraña en el estómago. Mi suposición inmediata fue que don Juan iba a darme allí mismo la explicación de los brujos. Se puso en pie un par de veces y se paseó de un lado a otro frente a mí, como si le resultara difícil dar voz a lo que tenía en mente.

-Vamos al restaurante de enfrente a comer algo -dijo finalmente. Desdobló el saco, y antes de ponérselo me mostró que tenía forro completo.

-Hecho a la medida -dijo, y sonrió como si eso lo enorgulleciera, como si le importara.

-Tengo que llamarte la atención sobre estas cosas, porque si no, no lo notarías, y es importante que tengas en cuenta que mi forro es completo. Tú te das cuenta de todo sólo cuando piensas que así debes hacerlo; pero la condición de un guerrero, es darse cuenta de todo en todo momento.

Mi traje y todos estos adornos son importantes porque representan mi condición en la vida. O mejor dicho, la condición de una de las dos partes de mi totalidad. Esta discusión ha estado pendiente, por muchos años. Yo sé que esta es la hora de tenerla. Todos los puntos de esta discusión tienen que estar, sin embargo, perfectamente cortados, de lo contrario no tendrá sentido. Quise que mi traje te diera la primera pista. Creo que ha cumplido su misión. Ahora es tiempo de hablar, porque en los asuntos de este tema, no hay comprensión completa sin palabras.

-¿Cuál es el tema, don Juan?

-La totalidad de uno mismo.

Se puso en pie abruptamente y me guió a un restaurante en un gran hotel al otro lado de la calle. Una recepcionista con cara de pocos amigos nos dio una mesa dentro, en un rincón ciego.

Obviamente, los lugares preferentes estaban cerca de las ventanas.

Dije a don Juan que la mujer me recordaba a otra encargada, en un restaurante de Arizona donde él y yo comimos una vez, la cual nos preguntó, antes de darnos el menú, si teníamos dinero suficiente para pagar.

-Es muy natural lo que le pasa a esta pobre mujer -dijo don Juan, como simpatizando con ella-. Los chicanos no le caen bien, así como a la otra.

Rió suavemente. Dos o tres personas, en las mesas adyacentes, volvieron la cabeza y nos miraron.

Don Juan dijo que sin saberlo, o quizás incluso contra sus propias intenciones, la recepcionista nos había dado la mejor mesa en todo el local: una mesa donde podíamos hablar, y yo podía escribir hasta hartarme.

Acababa de sacar del bolsillo mi bloc de notas, y de ponerlo en la mesa, cuando de pronto el mesero se cirnió sobre nosotros. También parecía de mal humor. Nos miraba con aire de reto.

Don Juan procedió a ordenar una comida muy complicada. Pedía sin ver el menú, como si lo conociese de memoria. Yo me hallaba desconcertado: la aparición del mesero fue inesperada y no me dio tiempo de leer el menú, de modo que le dije que me trajera lo mismo.

-Te apuesto a que no tienen lo que ordené -me susurró don Juan al oído.

Estiró brazos y piernas y me indicó relajarme y ponerme cómodo, porque la comida tardaría una eternidad.

-Estás en cierto trecho del camino, muy agudo y peligroso. Quizás ésta sea la última encrucijada, y también, quizá, la más difícil de entender. Algunas de las cosas que te voy a señalar hoy, probablemente nunca serán claras. De todos modos, no se supone que sean claras. Con que no te preocupes ni te desalientes. Todos nosotros somos idiotas cuando entramos en el mundo de la brujería, y entrar en ese mundo no nos garantiza, en ningún sentido, que cambiemos.

Algunos seguimos idiotas hasta el fin.

Me gustó que se incluyera entre los idiotas. Supe que no lo hacía por bondad, sino como recurso pedagógico.

-No te agites si no comprendes lo que voy a decirte -continuó-. Teniendo en cuenta tu temperamento, temo que te rompas la crisma tratando de entender. ¡No lo hagas! Lo que voy a decirte sirve sólo para señalar una dirección.

Tuve un súbito sentimiento aprensivo. Las admoniciones de don Juan me refundieron en una especulación interminable. Otras veces me había lanzado advertencias por el estilo, e invariablemente, aquello sobre lo cual me advertía había resultado devastador.

-Me pongo muy nervioso cuando usted habla así -dije.

-Ya sé -repuso calmadamente-. Trato, a propósito, de tenerte alerta. Necesito tu atención, toda tu atención.

Hizo una pausa y me miró. Reí nervioso, involuntariamente. Supe que don Juan quería estirar al máximo las posibilidades dramáticas de la situación.

-No te digo todo esto por crear un efecto -dijo como si leyera mis pensamientos-. Simplemente te estoy dando tiempo de hacer los ajustes del caso. En ese instante, el mesero se detuvo a nuestro lado para anunciar que no tenían lo que habíamos ordenado. Don Juan rió en alta voz y pidió tortillas y frijoles. El mesero torció despectivamente la boca y dijo que no servían eso; sugirió filete o pollo. Optamos por una sopa.

Comimos en silencio. No me gustó la sopa, ni pude terminarla, pero don Juan vació su propio plato.

-Me he puesto mi traje -dijo de repente- para hablarte de algo, algo que ya conoces pero que necesita aclararse si va a ser efectivo. He esperado hasta ahora, porque Genaro siente que no sólo debes estar dispuesto a emprender el camino del conocimiento, sino que tus esfuerzos, por sí mismos, deben ser lo bastante impecables para hacerte digno de tal conocimiento. Te has portado muy bien. Ahora te diré cuál es la explicación de los brujos.

Hizo una nueva pausa, se frotó las mejillas y jugó con su lengua dentro de la boca, como si se palpara los dientes.

-Voy a hablarte del tonal y del nagual -dijo, y me dirigió una mirada penetrante.

Ésta era la primera vez que usaba esos dos términos en mi presencia. Yo tenía una vaga familiaridad con ellos, gracias a la literatura antropológica sobre las culturas de México central.

Sabia que el tonal era, según la creencia, una especie de espíritu guardián, generalmente un animal, que el niño obtenía al nacer y con el cual tenía lazos íntimos por el resto de su vida. 

Nagual era el nombre dado al animal en que los brujos, supuestamente, podían transformarse, o al brujo que efectuaba tal transformación.

-Éste es mi tonal -dijo don Juan, frotándose las manos en el pecho.

-¿Su traje?

-No. Mi persona.

Se golpeó el pecho y los muslos y los flancos del costillar.

-Mi tonal es todo esto.

Explicó que cada ser humano tenía dos facetas, dos entidades distintas, dos contrapartes que entraban en funciones en el instante del nacimiento; una se llamaba tonal y la otra nagual.

Le dije lo que los antropólogos sabían acerca de ambos conceptos. Me dejó hablar sin interrumpirme.

-Bueno, lo que fuera que sepas del tonal y el nagual es pura tontería -dijo-. Yo me baso para decir esto en el hecho de que habría sido imposible que alguien te hablara antes de lo que yo te estoy diciendo acerca del tonal y del nagual. Cualquier idiota se podría dar cuenta de que no sabes nada, porque para conocer al tonal y al nagual tendrías que ser brujo y no lo eres. O habrías tenido que hablar de ellos con un brujo, y no lo has hecho. Conque olvídate o tira de lado todo cuanto has oído antes, porque nada de eso se puede aplicar.

-Era sólo un comentario -dije.

Alzó las cejas en un gesto cómico.

-Tus comentarios no tienen cabida hoy -dijo-. Esta vez necesito tu atención completa, puesto que te voy a presentar al tonal y al nagual. Los brujos tienen un interés único y especial en ese conocimiento. Yo diría que el tonal y el nagual están en el reino exclusivo de los hombres de conocimiento. En tu caso, ésta es la tapa que cierra todo cuanto te he enseñado. De allí que he esperado hasta ahora para hablarte de esto.

El tonal no es el animal que custodia a una persona. Yo más bien diría que es un guardián que puede representarse como animal. Pero eso no es lo importante.

Sonrió y me guiñó un ojo.

Ahora estoy usando tus palabras -dijo-. El tonal es la persona social.

Rió, supongo que al ver mi desconcierto.

-El tonal es, y con derecho, un protector, un guardián: un guardián que la mayoría de las veces se transforma en guardia.

Jugueteé con mi cuaderno. Trataba de prestar atención a lo que don Juan decía. Él rió y remedó mis movimientos nerviosos.

-El tonal es el organizador del mundo -prosiguió-. Quizá la mejor forma de describir su obra monumental, es decir que en sus hombros descansa la tarea de poner en orden el caos del mundo.

No es un absurdo sostener, como lo hacen los brujos, que todo cuanto sabemos y hacemos como hombres, es obra del tonal.

En este momento, por ejemplo, lo que se ocupa de dar sentido a nuestra conversación es tu tonal; sin él sólo habría sonidos raros y muecas y no comprenderías nada de lo que te digo.

Yo diría, pues, que el tonal es un guardián que protege algo muy, pero muy valioso: nuestro mismo ser. Por lo tanto, una cualidad nata del tonal es la de ser astuto, y celoso con su obra. Y como lo que hace es efectivamente la parte más importante de nuestras vidas, no es del nada extraño que al fin y al cabo se convierta, en cada uno de nosotros, de guardián en guardia.

Se detuvo y me preguntó si comprendía. Maquinalmente asentí con la cabeza, y él sonrió con aire de incredulidad.

-Un guardián es magnánimo y comprensivo -explicó-. Un guardia, en cambio, es un vigilante intolerante y, por lo siempre, un déspota. Yo diría que en todos nosotros el tonal se ha hecho un guardia insoportable y déspota, cuando debería ser un guardián magnánimo.

Yo definitivamente no seguía el hilo de su explicación. Oía y escribía cada palabra, y sin embargo parecía hallarme atorado en algún diálogo interno por mi propia cuenta.

-Me resulta muy difícil captar su idea -dije.

-Si no te enredaras en hablar contigo mismo, no tendrías líos -dijo él en tono cortante.

Su observación me lanzó a un largo parlamento explicativo. Finalmente recapacité, y ofrecí disculpas por mi insistencia en defenderme.

Sonrió e hizo un gesto que parecía indicar que mi actitud no lo había molestado en realidad.

-El tonal es completamente todo lo que somos -prosiguió-. ¡Nombra cualquier cosa! El tonal es todo eso para lo cual tenemos palabras. Y como el tonal está hecho de sus propios hechos, todas las cosas, por lo visto, tienen que caer bajo su dominio.

Le recordé su definición del tonal como la persona social, un término que yo mismo había usado ante él para significar un ser humano como producto final de los procesos de socialización. Señalé que, si el tonal era ese producto, no podía serlo todo, como él decía, porque el mundo en torno nuestro no era el producto de la socialización.

Don Juan me recordó, a su vez, que mi argumento no tenía base para él, y que, mucho tiempo antes, ya él me había explicado el tema de que el mundo no existe de por sí, y que aquello que atestiguamos es sólo una descripción del mundo, la cual aprendemos a visualizar y a dar por sentada.

-El tonal es todo cuanto conocemos -dijo-. Yo creo que esto, por sí solo, es razón suficiente para que el tonal sea un asunto tan imponente.

Calló por un momento. Parecía, a las claras, esperar comentarios o preguntas, pero yo no tenía ninguna. Sin embargo, me sentía obligado a pronunciar una pregunta, y luché por formular alguna que fuese apropiada. Fracasé. Sentí que las admoniciones con que él inició nuestra conversación habían servido, tal vez, como antídoto contra cualquier inquisición por parte mía. Experimentaba una curiosa insensibilidad. No podía concentrarme ni ordenar mis ideas. De hecho, me sentía y me sabía, sin el menor lugar a dudas, incapaz de pensar, y de esto mismo tomaba conocimiento sin ayuda del raciocinio, si tal cosa era posible.

Miré a don Juan. Tenía los ojos fijos en la parte media de mi cuerpo. Alzó la mirada y mi claridad mental retornó en el acto.

-El tonal es todo cuanto conocemos -repitió lentamente-. Y eso no sólo nos incluye a nosotros, como personas, sino a todo lo que hay en nuestro mundo. Puede decirse que el tonal es todo cuanto salta a la vista.

Lo empezamos a cuidar desde el momento de nacer. En el momento en que tomamos la primera bocanada de aire, también ese mismo aire es poder para el tonal. Así que, es muy apropiado decir que el tonal de un ser humano está ligado íntimamente a su nacimiento.

Debes recordar este punto. Es de gran importancia para entender todo esto. El tonal empieza en el nacimiento y acaba en la muerte.

Quise recapitular todas las ideas expresadas. Llegué incluso a abrir la boca para pedirle repetir los puntos clave de nuestra conversación, pero, para mi asombro, no pude vocalizar mis palabras.

Sufría una incapacidad en extremo curiosa; mis palabras pesaban y yo no tenía ningún control sobre esa sensación.

Miré a don Juan para indicarle que no podía hablar. Él tenía nuevamente la vista clavada en el área alrededor de mi estómago.

Alzó los ojos y preguntó cómo me sentía. Las palabras fluyeron de mi boca como si algo me hubiera destapado. Le dije que había tenido la peculiar sensación de no poder hablar ni pensar, pese a que mis ideas eran claras como el cristal.

-¿Tus ideas eran claras como el cristal? -preguntó.

Me di cuenta entonces de que la claridad no había correspondido a mis ideas, sino a mi percepción del mundo.

-¿Me está usted haciendo algo, don Juan? -pregunté.

-Estoy tratando de convencerte de que tus comentarios no son necesarios -dijo, y rió.

-¿O sea, que usted no quiere que yo haga preguntas?

-No, no. Pregunta lo que quieras, pero no dejes que tu atención vacile.

Hube de admitir que la inmensidad del tema me había distraído.

-Todavía no puedo entender, don Juan, lo que quiso usted decir con la frase de que el tonal es todo -dije tras una pausa momentánea-

-El tonal es lo que construye el mundo.

-¿Es el tonal el creador del mundo?

Don Juan se rascó las sienes.

-El tonal construye el mundo sólo en un sentido figurado. No puede crear ni cambiar nada, y sin embargo construye el mundo porque su función es juzgar, y evaluar, y atestiguar. Digo que el tonal construye el mundo porque atestigua y evalúa al mundo de acuerdo con las reglas del tonal. En una manera extrañísima, el tonal es un creador que no crea nada. O sea que, el tonal inventa las reglas por medio de las cuales capta el mundo. Así que, en un sentido figurado, el tonal construye el mundo.

Tarareó una melodía popular, golpeando con los dedos un lado de su silla, para llevar el ritmo.

Sus ojos brillaban; parecían centellear. Chasqueó la lengua, meneando la cabeza.

-No entiendes ni jota -dijo con una sonrisa.

-Sí le entiendo. No hay problema -dije, pero no sonó muy convincente.

-El tonal es una isla -explicó-. La mejor manera de describirlo es decir que el tonal es esto.

Pasó la mano sobre la superficie de la mesa.

-Podemos decir que el tonal es como la superficie de esta mesa. Una isla. Y en la isla tenemos todo. Esta isla es, de hecho, el mundo.

Hay un tonal que es personalmente para cada uno de nosotros, y hay otro que es colectivo para todos nosotros en cualquier momento dado, al cual llamamos el tonal de los tiempos.

Señaló las hileras de mesas en el restaurante.

-¡Mira! Cada mesa tiene la misma configuración. Hay ciertos objetos presentes en todas. Sin embargo, son individualmente distintas entre sí: algunas mesas están más llenas que otras; tienen diferente comida, diferentes platos, diferente atmósfera, pero tenemos que admitir que todas las mesas en este restaurante son muy semejantes. Lo mismo pasa con el tonal. Podemos decir que el tonal de los tiempos es lo que nos hace semejantes, en la misma forma en que hace semejantes todas las mesas en este restaurante. No obstante, cada mesa por separado es un caso individual, lo mismo que el tonal personal de cada uno de nosotros. Pero el factor importante que hay que tener en cuenta, es que todo cuanto conocemos de nosotros mismos y de nuestro mundo está en la isla del tonal. ¿Ves lo que quiero decir?

-Si el tonal es todo cuanto conocemos de nosotros mismos y de nuestro mundo, ¿qué es entonces el nagual?

-El nagual es la parte de nosotros mismos con la cual nunca tratamos.

-¿Cómo dijo usted?

-El nagual es la parte de nosotros para la cual no hay descripción: ni palabras, ni nombres, ni sensaciones, ni conocimiento.

-Ésa es una contradicción, don Juan. En mi opinión, si no puede sentirse ni describirse ni nombrarse, no puede existir.

-Es una contradicción nada más en tu opinión. Ya te lo advertí: no te rompas la crisma tratando de entender esto.

-¿Diría usted que el nagual es la mente?

-No. La mente es un objeto encima de la mesa. La mente es parte del tonal. Digamos que la mente es la salsa picante.

Tomó una botella de salsa y la puso frente a mí.

-¿Es el nagual el alma?

-No. El alma también está en la mesa. Digamos que el alma es el cenicero.

-¿Es el nagual los pensamientos?

-No. Los pensamientos también están en la mesa. Los pensamientos son como los cubiertos.

Cogió un tenedor y lo puso junto a la salsa y el cenicero.

-¿Es un estado de gracia? ¿El cielo?

-Tampoco es eso. Eso, sea lo que fuera, también es parte del tonal. Es, digamos, la servilleta.

Seguí proponiendo formas de describir aquello a lo que él aludía: intelecto puro, psique, energía, fuerza vital, inmortalidad, principio vital. Por cada cosa que yo nombraba, él hallaba en la mesa un objeto que servía de contraparte y lo ponía frente a mí, hasta que todo cuanto había en la mesa quedó apilado en un montón.

Don Juan parecía disfrutar una enormidad. Soltaba risitas y se frotaba las manos cada vez que yo nombraba otra posibilidad.

-¿Es el nagual el Ser Supremo, el Omnipotente, Dios? -pregunté.

-No. Dios también está en la mesa. Digamos que Dios es el mantel.

Hizo, en broma, el gesto de jalar el mantel para amontonarlo con los otros objetos que había puesto frente a mí.

-Pero, ¿dice usted que Dios no existe?

-No. No dije eso. Sólo dije que el nagual no era Dios, porque Dios es un objeto de nuestro tonal personal y del tonal de los tiempos. El tonal es, como ya dije, todo lo que creemos que es parte del mundo, incluyendo a Dios, por supuesto. Dios no tiene otra importancia que la de ser parte del tonal de nuestro tiempo.

-Según yo lo entiendo, don Juan, Dios es todo ¿No estamos hablando de lo mismo?

-No. Dios es solamente todo aquello en lo que puedes pensar; por eso, propiamente hablando, Dios no es sino otro objeto en la isla. Dios no puede ser visto cuando uno quiere; sólo podemos hablar de Él. En cambio, el nagual está al servicio del guerrero. Puede ser visto, pero no se puede hablar de él.

-Si el nagual no es ninguna de las cosas que he mencionado -dije-, quizá pueda usted decirme el sitio donde se encuentra. ¿Dónde está?

Don Juan hizo un amplio ademán y señaló el área más allá de los confines de la mesa. Movió la mano como si, con el dorso, limpiara una superficie imaginaria que rebasara los bordes de la mesa.

-El nagual está allí -dijo-. Allí, alrededor de la isla. El nagual está, allí, donde el poder se cierne.

Desde el momento de nacer sentimos que hay dos partes en nosotros. A la hora de nacer, y luego por algún tiempo después, uno es todo nagual. En ese entonces, nosotros sentimos que para funcionar necesitamos una contraparte a lo que tenemos. Nos falta el tonal y eso nos da, desde el principio, el sentimiento de no estar completos. A esas alturas el tonal empieza a desarrollarse y llega a tener una importancia tan absoluta para nuestro funcionamiento que opaca el brillo del nagual, lo avasalla; y así nos volvemos todo tonal. Desde el momento en que uno se vuelve todo tonal, no hacemos otra cosa sino aumentar esa vieja sensación de estar incompletos; esa sensación que nos acompaña desde el momento de nacer y que nos dice constantemente que hay otra parte de nosotros que nos haría íntegros.

A partir del momento en que somos todo tonal, empezamos a hacer pares. Sentimos nuestros dos lados, pero siempre los representamos con objetos del tonal. Decimos que nuestras dos partes son el alma y el cuerpo. O la mente y la materia. O el bien y el mal. Dios y Satanás. Nunca nos damos cuenta, sin embargo, de que sólo estamos haciendo parejas con las cosas de la isla del tonal, algo muy semejante a hacer parejas con café y té, o pan y tortitas, o chile y mostaza. Somos de verdad animales raros. Nos creemos tanto y, en nuestra locura, creemos tener perfecto sentido.

Don Juan se puso en pie y me apostrofó como un orador. Me señaló con el índice e hizo temblar su cabeza.

-El hombre no se mueve entre el bien y el mal -dijo en un tono hilarantemente retórico, tomando el salero y el pimentero en ambas manos-. Su verdadero movimiento es entre lo negativo y lo positivo.

Dejó la sal y la pimienta y cogió un tenedor y un cuchillo.

-¡Lo dicho es un error! No hay movimiento alguno -continuó como si se respondiera a sí mismo- ¡El hombre es sólo mente!

Cogió la botella de salsa y la puso en alto. Luego la dejó.

-Como puedes ver -dijo suavemente-, podríamos muy fácilmente reemplazar mente por salsa de chile y acabar diciendo: -“¡El hombre es sólo salsa de chile!” El hacer eso no nos volvería más dementes de lo que ya estamos.

-Mucho me temo no haber hecho la pregunta correcta -dije-. Quizá podríamos llegar a una mejor comprensión si preguntara qué puede uno hallar, específicamente, en el área más allá de la isla.

-No hay manera de responder eso. Si yo te dijera: nada, sólo haría al nagual parte del tonal. Todo cuanto puedo decir es que allí, más allá de la isla, uno encuentra al nagual.

-Pero, cuando usted, lo llama nagual, ¿no lo coloca también en la isla?

-No. Lo llamé nagual solamente para que te dieras cuenta de él.

-¡Muy bien! Pero al darme cuenta de él también he dado el primer paso para convertirlo en un nuevo objeto de mi tonal.

-Creo que no me comprendes. Yo he nombrado al tonal y al nagual como un par verdadero. Eso es todo lo que he hecho.

Me recordó que en una ocasión, al tratar de explicarle mi insistencia en el significado, discutí la idea de que acaso los niños no fueran capaces de concebir la diferencia entre "padre" y "madre" hasta que no se desarrollaran lo suficiente en el manejo del significado, y que tal vez creerían que la diferencia estaba radicada en que "padre" usa pantalones y "madre" usa faldas, o en otras diferencias relativas al corte de pelo, o al tamaño del cuerpo, o a la ropa.

-Por cierto que hacemos lo mismo con las dos partes de nosotros -dijo-. Sentimos que en nosotros hay otro lado. Pero cuando tratamos de precisar cuál es ese otro lado, el tonal se apodera de la batuta y, como director, es un fracaso. Es tan mezquino y celoso que nos deslumbra con su astucia y nos fuerza a destruir el menor indicio de la otra parte del par verdadero: el nagual.


[4] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. TENER QUE CREER (SOBRE EL TONAL Y EL NAGUAL)

 


SEGUNDA PARTE: SOBRE EL TONAL Y EL NAGUAL

 

 

Caminé hacia el centro sobre el Paseo de la Reforma. Estaba cansado; sin duda, la altitud de la ciudad de México tenía algo que ver en ello. Podría haber tomado un autobús o un taxi pero, no obstante mi fatiga, deseaba caminar. Transcurría una tarde de domingo. Aunque el tránsito era mínimo, los escapes de los autobuses y camiones con motores de diesel daban a las estrechas calles del centro el aspecto de cañadas llenas de humo. 

Llegué al Zócalo y noté que la Catedral parecía haber aumentado su inclinación desde la última vez que la vi. Me adentré unos cuantos metros en los enormes recintos. Una idea cínica atravesó mi mente. Después me dirigí al mercado de la Lagunilla. Carecía de propósito definido. Caminé al azar, pero a buen paso, sin mirar nada en particular. Fui a dar a los puestos de monedas antiguas y libros de segunda mano.

-¡Vaya, vaya! ¡Miren quién está aquí! -dijo alguien, tocando levemente mi hombro.

La voz y el contacto me hicieron saltar. Rápidamente giré hacia la derecha. La sorpresa me hizo abrir la boca. La persona que me hablaba era don Juan.

-¡Don Juan! -exclamé, y un escalofrío sacudió mi cuerpo de la cabeza a los pies-. ¿Qué hace usted aquí?

-¿Tú qué haces aquí? -replicó como un eco.

Le dije que me había detenido unos días en la ciudad antes de adentrarme a buscarlo en las montañas de México central.

-Bueno, digamos entonces que yo bajé de las montañas para encontrarte -dijo, sonriente.

Me palmeó el hombro repetidas veces. Parecía contento de verme. Puso las manos en las caderas, infló el pecho y preguntó si me agradaba su apariencia. Sólo entonces advertí que don Juan vestía de traje. El impacto de tal incongruencia me golpeó de lleno. Quedé atónito.

-¿Te gusta mi traje? -preguntó, regocijado-. Hoy ando de traje -añadió como si tuviera que explicar, y luego, señalando mi boca abierta-: ¡Ciérrala! ¡Ciérrala!

Reí, distraído. Él notó mi confusión. Sacudiéndose de risa, dio la vuelta para que yo pudiera verlo desde todos los ángulos. Su atuendo era increíble. Vestía un traje café claro con rayas delgadas, zapatos café, camisa blanca. ¡Y corbata! Y eso me hizo preguntarme: ¿llevaría calcetines, o se habría puesto los zapatos a pie desnudo?

A mi desconcierto se sumaba la sensación enloquecedora de que, cuando don Juan me tocó el hombro y volví la cara, lo vi con su pantalón y su camisa de caqui, con sus huaraches y su sombrero de paja, y luego, cuando llamó mi atención sobre su atuendo y lo enfoqué en detalle, la unidad completa de su atavío se fijó, como si yo la creara con mi pensamiento. La boca parecía ser la parte de mi cuerpo más afectada por el asombro. Se abría involuntariamente. Don Juan me tocó levemente la barbilla, como ayudándome a cerrarla.

-De veras te está creciendo la papada -dijo, y rió en explosiones cortas.

Tomé nota, entonces, de que no llevaba sombrero; su cabello blanco y corto estaba peinado a la raya. Se vela como un viejo caballero mexicano, un habitante urbano impecablemente vestido.

Le dije que hallarlo allí me tenía tan estremecido que necesitaba sentarme. Se mostró muy comprensivo y sugirió ir a un parque cercano.

Anduvimos unas calles en completo silencio y llegamos a la Plaza Garibaldi, un sitio donde los mariachis ofrecen sus servicios: especie de centro de empleo para músicos.

Don Juan y yo nos mezclamos con veintenas de espectadores y turistas y rodeamos el parque. Tras un rato, se detuvo, se reclinó en una pared y remangó sus pantalones por las rodillas; llevaba calcetines café claro. Le pedí decirme el significado de su misteriosa atavío. Su vaga réplica fue que, sencillamente, que debía andar de traje -ese día por razones que se me aclararían después.

El hallar trajeado a don Juan había sido tan extraño que mi agitación resultaba casi incontrolable. Llevaba varios meses sin verlo y más que nada en el mundo quería hablar con él, pero de algún modo la escena no encajaba y mi atención se perdía en tonterías, notando, sin duda, mi ansiedad.

Don Juan sugirió que fuéramos a la Alameda, un parque más calmado, a algunas cuadras de distancia. No había demasiada gente en el parque, ni tuvimos dificultad para hallar una banca vacía. Tomamos asiento. Mi nerviosismo había cedido el paso a un sentimiento de incomodidad. No me atrevía a mirar a don Juan.

Hubo una larga pausa enervante; aún sin verlo, dije que finalmente la voz interna me había lanzado en busca suya, que los tremendos sucesos presenciados en su casa habían afectado muy hondamente mi vida, y que me era necesario hablar de ellos.

Hizo un ademán de impaciencia y dijo que su política era no ocuparse nunca de sucesos pasados.

-Lo importante es que has seguido mi consejo -dijo-. Has tomado tu mundo cotidiano como un desafío, y la prueba de que has reunido suficiente poder personal es el hecho indiscutible de que me has encontrado sin ninguna dificultad, en el sitio exacto en que debías.

-Dudo mucho poder aceptar crédito por eso -dije.

-Yo te estaba esperando y llegaste -dijo-. Eso es lo único que sé; eso es lo único que a cualquier guerrero le importaría saber.

-¿Qué va a pasar ahora que lo he encontrado? -pregunté.

-Por principio de cuentas -dijo-, no vamos a discutir los dilemas de tu razón; esas experiencias pertenecen a otro tiempo y a otro ánimo. Son, hablando con propiedad, meros escalones de una escalera sin fin; darles importancia significaría quitársela a lo que está ocurriendo ahora. Un guerrero no puede de ningún modo permitirse eso.

Tuve un deseo casi invencible de quejarme. No era que resintiese nada que me hubiera ocurrido, pero anhelaba solaz y simpatía. Don Juan parecía estar al tanto de mi estado y habló como si yo hubiese dado voz a mis pensamientos.

-Sólo como guerrero puede uno soportar el camino del conocimiento -dijo-. Un guerrero no puede quejarse ni lamentar nada. Su vida es un desafío interminable, y no hay modo de que los desafíos sean buenos o malos. Los desafíos son simplemente desafíos.

Su tono era seco y severo; su sonrisa, cálida y apaciguadora.

-Ahora que estás aquí, lo que haremos será esperar una señal -dijo.

-¿Qué clase de señal? -pregunté.

-Necesitamos averiguar si tu poder puede valerse por sí solo -dijo-. La última vez se apagó de forma miserable; esta vez las circunstancias de tu vida personal parecen haberte dado, al menos en la superficie, todo lo necesario para tratar con la explicación de los brujos.

-¿Hay alguna probabilidad de que usted me hable de ello? -pregunté.

-Depende de tu poder personal -dijo-. Como pasa siempre en el hacer y el no-hacer de los guerreros, el poder personal es lo único que importa. Hasta ahora, yo diría que vas muy bien.

Tras un momento de silencio, como si quisiera cambiar de tema, se puso en pie y señaló su traje.

-Me puse mi traje para ti -dijo en tono misterioso-. Este traje es mi desafío. ¡Mira qué bien me queda! ¡Qué fácil! ¿Eh? ¡Como si no fuera nada¡

En verdad, don Juan se veía extraordinariamente bien de traje. Todo lo que se me ocurría como rasero de comparación era el aspecto que mi abuelo solía tener en su pesado traje de franela inglesa. Siempre me daba la impresión de que se sentía desnaturalizado, fuera de lugar en un traje.

Don Juan, al contrario, estaba a sus anchas.

-¿Piensas que es fácil para mí verme natural de traje? -preguntó don Juan.

No supe qué decir. Sin embargo, concluí para mis adentros que, a juzgar por su apariencia y su porte, era para él lo más fácil del mundo.

-Andar de traje es un desafío para mí -dijo-. Un desafío tan difícil como andar en huaraches y poncho sería para ti. Pero tú nunca has tenido la necesidad de tomar eso como desafío. Mi caso es diferente pues soy indio.

Nos miramos. Alzó las cejas en muda interrogación, como pidiéndome comentarios.

-La diferencia básica entre un hombre común y un guerrero es que un guerrero toma todo como un desafío -prosiguió-, mientras un hombre ordinario toma todo como bendición o maldición. El hecho de que estés hoy aquí indica que has inclinado la balanza en favor del camino del guerrero.

Su mirada fija me ponía nervioso. Traté de levantarme y caminar, pero me hizo volver a mi sitio.

-Vas a estarte aquí sentado y tranquilo hasta que acabemos -dijo, imperioso-. Estamos esperando una señal; no podemos proceder sin ella, porque no basta que me hayas encontrado, como no bastó que encontraras a Genaro aquel día en el desierto. Tu poder debe acorralarse y dar una indicación.

-No puedo figurarme lo que usted quiere -dije.

-Vi algo rondando por este parque -dijo.

-¿Era el aliado? -pregunté.

-No. No lo era. Conque debemos sentamos aquí y averiguar qué clase de señal está acorralando tu poder.

Luego me pidió una razón detallada de cómo había yo llevado a cabo las recomendaciones que don Genaro y él mismo hicieron acerca de mi mundo cotidiano y mis relaciones con la gente. Me sentí un poco apenado. Don Juan me tranquilizó con el argumento de que mis asuntos personales no eran privados, pues incluían una tarea de brujería que él y don Genaro estaban cultivando en mí. Observé, en broma, que mi vida se había arruinado a causa de esa tarea, e hice recuento de las dificultades para mantener mi mundo de día con día.

Hablé largo rato. Don Juan rió de mi relato hasta derramar lágrimas en abundancia. Se palmeaba repetidas veces los muslos; ese gesto, que yo le había visto cientos de veces, estaba definitivamente fuera de lugar cuando se hacia sobre los pantalones de un traje. Me llené de una aprensión que me vi compelido a expresar.

-Su traje me asusta más que todo lo que usted me ha hecho -dije.

-Ya te acostumbrarás -repuso-. Un guerrero debe ser fluido y debe variar en armonía con el mundo que lo rodea, ya sea el mundo de la razón o el mundo de la voluntad.

El aspecto más peligroso de esa variación surge cada vez que el guerrero descubre que el mundo no es ni lo uno ni lo otro. A mí me dijeron que el único modo de salir a flote en medio de esas variaciones era proseguir con nuestras acciones como si uno creyera. En otras palabras, el secreto de un guerrero es que él cree sin creer. Pero, por lo visto, un guerrero no puede nada más decir que cree y dejar allí las cosas. Eso sería demasiado fácil. Creer no más que por creer lo libraría de examinar su situación. Cuando un guerrero tiene por fuerza que creer, lo hace porque así lo escoge, como expresión de su predilección más íntima.. Un guerrero no cree; un guerrero tiene que creer.

Se me quedó mirando unos segundos mientras yo escribía en mi cuaderno. Permanecí callado. No podía decir que comprendía la diferencia, pero tampoco quería discutir ni hacer preguntas. Quise pensar en lo que don Juan me había dicho, pero mi mente se dispersó al mirar en torno. En la calle, a nuestras espaldas, había una larga fila de automóviles y autobuses, tocando sus bocinas. En el extremo del parque, a unos veinte metros de distancia, directamente en la línea de la banca donde estábamos sentados, un grupo de unas siete personas, incluyendo tres policías de uniforme gris claro, estaba congregado junto a un hombre que yacía inmóvil en el pasto. Parecía estar borracho, o acaso seriamente enfermo.

Miré a don Juan. También él había estado observando al hombre. Le dije que, por algún motivo, me resultaba imposible esclarecer por mí mismo lo que acababa de decirme.

-Ya no quiero hacer preguntas -dije-. Pero sino le pido explicaciones, me quedo sin entender. No hacer preguntas es muy anormal para mí.

-Por favor, sé normal, con toda confianza -repuso con seriedad fingida.

Dije no comprender la diferencia entre creer y tener que creer. Para mí, ambas cosas eran lo mismo.

Discernir entre las dos formulaciones es una inutilidad.

-¿Recuerdas la historia que una vez me contaste de tu amiga y los gatos? -preguntó don Juan con tono casual.

Alzó lo ojos al cielo y se reclinó en el banco, estirando las piernas. Unió las manos detrás de la cabeza y contrajo los músculos de todo el cuerpo. Como siempre ocurre, sus huesos produjeron un fuerte crujido.

Se refería a la historia de una amiga mía que halló dos gatitos, casi muertos, dentro de una secadora de lavandería automática. Los revivió y, con excelente nutrición y cuidado, hizo de ellos dos gatos robustos, uno negro y otro rojizo.

Dos años después, vendió su casa. Como no podía llevar a los gatos consigo, ni les encontraba otro hogar, sólo le quedó llevarlos a un hospital de animales para que dispusieran de ellos.

Yo la acompañé. Los gatos nunca habían estado en un coche; ella trataba de calmarlos. La arañaron y la mordieron, sobre todo el gato rojizo, al que llamaba Max. Cuando finalmente llegamos al hospital, ella se llevó primero al gato negro; con él entre los brazos, y sin pronunciar palabra, bajó del coche. El gato jugaba con ella: la tocaba suavemente con la pata mientras ella abría, empujándola, la puerta de cristal de la clínica.

Miré a Max; estaba sentado en la parte trasera. El movimiento de mi cabeza debe haberlo asustado, pues se escurrió bajo el asiento del conductor. Deslicé el asiento hacia atrás. No quería meter la mano debajo por miedo a que el gato me mordiera o rasguñara. Max yacía en una concavidad en el piso del coche. Parecía muy agitado; su aliento se aceleraba. Me miró; nuestros ojos se encontraron y una sensación avasalladora me poseyó. Algo se hizo cargo de mi cuerpo: una forma de aprensión, desesperanza, o acaso vergüenza por ser parte de lo que ocurría. Sentí la necesidad de explicar a Max que la decisión era de mi amiga, y que yo sólo la ayudaba. El gato seguía mirándome, como si entendiera mis palabras. Miré por ver si ella venía. La vi a través de la puerta de cristal. Hablaba con la recepcionista. Mi cuerpo sintió una extraña sacudida, y automáticamente abrí la puerta del coche.

-¡Corre, Max, corre! -dije al gato.

Bajó de un salto; cruzó velozmente la calle con el cuerpo cerca de tierra, como un verdadero tigre. El otro lado de la calle estaba vacío; no había coches estacionados y pude ver a Max correr a lo largo de la acera. Llegó a la esquina de un gran bulevar y descendió por la abertura del alcantarillado.

Mi amiga regresó. Le dije que Max se había escapado. Ella subió al auto y nos fuimos sin decir palabra. A lo largo de los meses, el incidente se convirtió en un símbolo para mí. Imaginé, o acaso vi, un raro destello en los ojos de Max cuando me miró al saltar del coche. Y creí que por un instante ese animal doméstico, castrado, gordo e inútil, se convirtió en gato.

Expresé a don Juan mi convicción de que, cuando Max corría calle abajo y se sumergía en el alcantarillado, su «espíritu de gato» era impecable, y quizás en, ningún otro momento de su vida fue tan evidente su «gatunidad». El incidente me dejó una impresión imborrable.

Conté la historia a todos mis amigos; tras repetirla una y otra vez, mi identificación con el gato llegó a ser muy placentera. Me pensaba yo mismo como Max: dejado, domesticado en muchos sentidos, pero no podía pasar por alto, sin embargo, que siempre había la posibilidad de un momento en que el espíritu del hombre se posesionara de todo mi ser, igual que el espíritu «gatuno» llenó el cuerpo hinchado e inútil de Max.

A don Juan le había gustado la historia; hizo algunos comentarios casuales acerca de ella. Dijo que no era tan difícil dejar que el espíritu del hombre fluyera a tomar las riendas; sostener el paso, sin embargo, era algo que sólo un guerrero podía hacer.

-¿Qué pasa con la historia de los gatos? -pregunté. -Me dijiste que crees estar corriendo el riesgo, como Max -dijo él.

-Así creo.

-Lo que he estado queriendo decirte es que, como guerrero, no puedes nada más creer eso y dejar las cosas así. Con Max, tener que creer significa que aceptas el hecho de que su fuga pudo ser un arranque inútil. A lo mejor se metió por el desagüe y se murió en el acto. A lo mejor se ahogó, o se murió de hambre, o se lo comieron las ratas. Un guerrero toma en consideración todas esas posibilidades y luego elige creer de acuerdo con su predilección intima.

Como guerrero, tienes que creer que a Max le salió todo bien; que no sólo escapó, sino que retuvo su poder. Tienes que creerlo. Digamos que sin esa creencia no tienes nada.

La diferencia se hizo muy clara. Pensé que yo, en realidad, había elegido creer en la supervivencia de Max, sabiendo que tenía en su contra toda una vida regalada y llena de comodidades.

-Creer es lo de menos -siguió don Juan-. Tener que creer es otra cosa. En este caso, por ejemplo, el poder te dio una lección espléndida, pero elegiste usarla sólo en parte. Sin embargo, si tienes que creer, debes usar todo el suceso.

-Ya me voy dando cuenta a qué se refiere usted -dije.

Mi mente se hallaba en un estado de lucidez, y parecía aprehender los conceptos sin el menor esfuerzo.

-Temo que todavía no entiendes -dijo don Juan, casi en un susurro.

Me miró con fijeza. Sostuve su mirada un momento.

-¿Y el otro gato? -preguntó.

-¿Uh? ¿El otro gato? -repetí involuntariamente.

Lo había olvidado. Mi símbolo había girado en torno a Max. El otro gato no tenía importancia para mí.

-¡Por supuesto que la tiene! -exclamó don Juan cuando di voz a mis pensamientos-. Tener que creer significa que también tienes que tomar en cuenta al otro gato. Al que jugaba y lamía las manos que lo llevaban a su fin. Ese fue el gato que marchó confiado hacia su muerte, repleto de sus juicios de gato.

Tú piensas que eres como Max; por eso te olvidas del otro gato. Ni siquiera sabes su nombre. Tener que creer significa que debes tomar todo en consideración, y antes de decidir que eres como Max debes considerar que a lo mejor eres como el otro gato; en vez de luchar por tu vida y correr el riesgo, a lo mejor te vas feliz a tu muerte, repleto de tus juicios.

Había en sus palabras una tristeza inquietante, o acaso, la tristeza era mía. Permanecimos largo rato en silencio. Jamás se me había ocurrido que yo podía ser como el otro gato. La idea me produjo una gran aprensión.

Una leve conmoción y el sonido de voces apagadas me sacaron bruscamente de mis deliberaciones. Unos policías dispersaban a la gente reunida en torno al hombre tirado en el pasto.

Alguien había colocado, bajo la cabeza del yacente, un saco enrollado a manera de almohada. El hombre yacía paralelo a la calle. Miraba al este. Desde mi sitio, casi podía saber que tenía los ojos abiertos.

Don Juan suspiró.

-Qué tarde más espléndida -dijo, mirando el cielo.

-No me gusta la ciudad de México -dije.

-¿Por qué?

-Odio este aire viciado a carbonilla.

Meneó rítmicamente la cabeza, como asintiendo a mis palabras.

-Preferiría estar con usted en el desierto, o en las montañas -dije.

-Si yo fuera tú, nunca diría eso -replicó. -No quise decir nada malo, don Juan.

-Eso ya lo sabemos. Pero eso no es lo que importa. Un guerrero, o cualquier hombre si a ésas vamos, no puede de ningún modo lamentarse por no estar en otra parte; un guerrero vive del desafío, un hombre común porque no sabe dónde lo va a encontrar su muerte.

Mira a ese hombre ahí al lado, tirado en el pasto: ¿Qué crees que le pasa?"

-Está borracho o enfermo -dije.

-¡Se está muriendo! -dijo don Juan con definitiva convicción-. Cuando nos sentamos aquí, vislumbré a su muerte haciéndole la rueda. Por eso te dije que no te levantaras; llueva o truene, no puedes pararte de esta banca hasta el final. Ésta es la indicación que esperábamos. 

Atardece. En estos momentos, el sol se va a poner. Es tu hora de poder. ¡Mira! La escena con ese hombre es sólo para nosotros.

Señaló que, desde donde nos hallábamos, teníamos campo abierto para ver al hombre. Un grupo de curiosos formaba semicírculo a su otro costado, frente a nosotros.

La presencia del hombre tirado en la grama me inquietaba cada vez más. Era delgado y moreno, todavía joven. Su cabello negro era corto y rizado. Tenía la camisa desabotonada y el pecho al descubierto. Llevaba un suéter anaranjado, de punto, con hoyos en los codos y astrosos pantalones grises. Sus zapatos, de algún color borrado, indefinible, estaban desatados. Se veta rígido. Yo no podía decir si respiraba o no. Me pregunté si estaba muriendo, como decía don Juan. ¿O quizá don Juan usaba simplemente el evento para recalcar algo? Mis anteriores experiencias con él me daban la certeza de que, de alguna forma, estaba haciendo todo encajar en algún misterioso plan personal.

Tras un largo silencio me volví hacia él. Tenía los ojos cerrados. Empezó a hablar sin abrirlos.

-Ese hombre está a punto de morir -dijo-. Pero tú no lo crees, ¿verdad?

Abrió los ojos y me miró un segundo. La mirada, de tan penetrante, me aturdió.

-No, no lo creo -dije.

Sentía en realidad que todo el asunto era demasiado sencillo. Vinimos a sentarnos en el parque y allí mismo, como si todo fuera una representación teatral, había un moribundo.

El mundo se ajusta a sí mismo -dijo don Juan después de escuchar mis dudas-. Esto no es una farsa. Esto es un augurio, un acto de poder.

El mundo sostenido por razón hace de todo esto un asunto que podemos observar por un momento en camino hacia otras cosas más importantes. Todo lo que podemos decir de esto es que un hombre está tirado en el pasto, en el parque, a lo mejor borracho.

El mundo sostenido por voluntad lo hace un acto de poder, un acto que podemos ver. Podemos ver que la muerte está girando velozmente sobre el hombre, que le hunde las garras más y más en sus fibras luminosas. Podemos ver que las cuerdas luminosas pierden tensión y se desvanecen una a una.

Ésas son las dos posibilidades que se abren a nosotros, los seres luminosos. Tú andas por ahí en medio; todavía quieres tenerlo todo bajo la firma de la razón. Y sin embargo, ¿cómo puedes

descartar el hecho de que tu poder personal te trajo esta señal? Vinimos a este parque, después de

que me encontraste donde yo te esperaba -me encontraste así de sopetón, sin pensar, ni planear,

ni usar deliberadamente tu razón-, y después de que nos sentamos aquí a esperar una señal, nos

dimos cuenta de ese hombre; cada uno de nosotros lo notó a su manera: tú con tu razón, yo con mi voluntad.

Ese moribundo es uno de los centímetros cúbicos de suerte que el poder pone siempre a disposición del guerrero. El arte del guerrero es ser perennemente fluido para poderlo tomar de un tirón. Yo lo he tomado de un tirón, y ¿tú?

No pude responder. Tomé conciencia de un abismo inmenso dentro de mí, y por un momento tuve, en alguna forma, conocimiento de los dos mundos a los cuales se refería.

-¡Qué señal más exquisita es ésta! -prosiguió-. Y todo esto para ti. El poder te enseña que la muerte es el ingrediente indispensable del tener que creer. Si no se tiene en cuenta a la muerte, todo es ordinario, trivial. Sólo porque la muerte nos anda al acecho es el mundo un misterio sin principio ni fin. El poder te ha mostrado eso. Todo lo que yo he hecho es reunir los detalles de esta señal, a fin de que la dirección fuera clara; pero al reunir así los detalles, también yo te he mostrado que todo cuanto te he dicho hoy es lo que yo mismo tengo que creer, porque esa es la predilección de mi espíritu.

Nos miramos a los ojos un momento.

-Esto me recuerda a la poesía que me leías -dijo, haciendo a un lado la mirada-. Acerca de ese hombre que juró morir en París. ¿Te acuerdas cómo era?

Se trataba de «Piedra negra sobre una piedra blanca», de César Vallejo. A petición de don Juan, yo le había leído y recitado incontables veces las dos primeras estrofas.

César Vallejo

«Me moriré en París con aguacero; un día del cual tengo ya el recuerdo; Me moriré en París -y no me corro-; talvez un jueves, como es hoy, de otoño; Jueves será, porque hoy, jueves, que proso; estos versos, los húmeros me he puesto; a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto; con todo mi camino, a verme solo».


El poema resumía para mí, una melancolía indescriptible.

Don Juan susurró que él tenía que creer que el moribundo había tenido bastante poder personal para permitirle escoger las calles de la ciudad de México como el sitio de su muerte.

-Volvemos otra vez a la historia de los dos gatos -dijo-. Tenemos que creer que Max se dio cuenta de lo que le andaba al acecho y, cómo ese hombre que está ahí, tuvo al menos poder suficiente para escoger el sitio de su fin. Pero hubo el otro gato, como hay otros hombres cuya muerte los envolverá mientras están solos, desprevenidos, mirando las paredes y el techo de un cuarto desolado y feo.

En cambio, aquel hombre se está muriendo donde siempre ha vivido: en las calles. Tres policías son sus guardias de honor. Y, a medida que se desvanece, se acentuarán en sus ojos los últimos resplandores de las luces de los escaparates de las tiendas que están enfrente; de los coches, de los árboles, de las oleadas de gente que se arremolina en la calle; y sus oídos se inundarán por última vez con los sonidos del tráfico y las voces de los hombres y las mujeres que pasan.

Así que, si no fuera porque nos damos cuenta de la presencia de nuestra muerte no hubiera poder, ni misterio.

Miré largo rato al hombre. Estaba inmóvil. Acaso había muerto. Pero mi incredulidad ya no importaba. Don Juan estaba en lo cierto. Tener que creer que el mundo es misterioso e insondable era la expresión de la predilección intima de un guerrero. Sin ella, el guerrero no tenía nada.

domingo, 23 de agosto de 2026

[3] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS.

 


Don Genaro me deleitó durante horas con algunas instrucciones absurdas para manejar mi mundo cotidiano. 

Don Juan dijo que debía tener mucho cuidado y seriedad con las recomendaciones de don Genaro, pues aunque eran chistosas, no eran un chiste.

A eso del mediodía, don Genaro se puso en pie y sin decir palabra se metió al matorral. Yo iba también a levantarme, pero don Juan me retuvo gentilmente y, en tono solemne, anunció que don Genaro iba a hacer otra prueba conmigo.

-¿Qué se trae? -pregunté-. ¿Qué me va a hacer?

Don Juan me aseguró que no necesitaba preocuparme.

-Te acercas a una encrucijada -dijo-. Cierta encrucijada a la que todo guerrero llega.

Tuve la idea de que hablaba de mi muerte. Pareció anticipar mi pregunta y me hizo seña de callar.

-No vamos a discutir este asunto -dijo-. Basta decir que la encrucijada a la cual me refiero es la explicación de los brujos. Genaro cree que ya estás listo para recibirla.

-¿Cuándo me la va usted a dar?

-No sé cuándo. Tú eres el que la va a recibir; por lo tanto, depende de ti. Tú decidirás cuándo.

-¿Qué tal ahora mismo?

-Decidir no significa escoger un momento arbitrario -dijo-. Decidir significa que has puesto tu espíritu en orden impecable, y que has hecho todo lo posible por ser digno del conocimiento y el poder.

Pero hoy debes resolverle a Genaro una adivinanza que te va a soltar, se nos ha adelantado y nos va a esperar por ahí en el matorral. Nadie sabe el sitio donde estará, ni la hora específica para ir a verlo. Si eres capaz de determinar la hora correcta para salir de la casa, también podrás llegar al sitio donde está.

Dije a don Juan que no imaginaba a nadie capaz de resolver tal acertijo.

-¿Cómo puede el hecho de salir de la casa a una hora especifica, guiarme a donde está don Genaro? -pregunté.

Don Juan sonrió y se puso a tararear una melodía. Parecía disfrutar de mi agitación.

-Ése es el problema que Genaro te ha puesto -dijo-. Si tienes bastante poder personal, decidirás con certeza absoluta la hora justa para salir de la casa. Cómo te guiará el salir a la hora precisa es algo que nadie sabe. Y sin embargo, si tienes poder suficiente, tú mismo atestiguarás que, es así.

-¿Pero cómo voy a ser guiado, don Juan?

-Nadie sabe eso tampoco.

-Yo creo que don Genaro me está tomando el pelo.

-Entonces ten cuidado -dijo-. Si Genaro te toma el pelo, lo más probable es que te lo arranque.

Don Juan rió de su propio chiste. No pude secundarlo. Mi temor al peligro inherente en las manipulaciones de don Genaro era demasiado real.

-¿Puede usted darme alguna pista? -pregunté.

-¡No hay pistas! -dijo, cortante.

-¿Por qué quiere hacer esto don Genaro?

-Quiere probarte -repuso-. Digamos que le importa mucho saber si ya estás listo para recibir la explicación de los brujos. Si resuelves la adivinanza, querrá decir que has juntado suficiente poder personal y estás listo. Pero si lo echas a perder, será porque no tienes poder suficiente, y en ese caso la explicación de los brujos no tendría sentido para ti. Yo pienso que deberíamos darte la explicación sin cuidarnos de que la entiendas o no; ésa es mi idea. Genaro es un guerrero más conservador; quiere las cosas en el orden debido y no cederá hasta pensar que estás listo.

-¿Por qué usted no me habla por su cuenta de la explicación de los brujos?

-Porque Genaro debe ser quien te ayude.

-¿Por qué es así, don Juan?

-Genaro no quiere que te diga por qué -dijo-. Todavía no.

-¿Me perjudicaría conocer la explicación de los brujos? -pregunté.

-Yo creo que no.

-Entonces, don Juan, dígamela, por favor.

-¡No le hagas! Genaro tiene ideas precisas sobre este asunto, y debemos observarlas y respetarlas.

Hizo un gesto imperativo para callarme.

Tras una pausa larga y desesperante, aventuré una pregunta:

-¿Pero cómo puedo resolver esta adivinanza, don Juan?

-De veras no lo sé, por eso no puedo aconsejarte -dijo-. Genaro es muy eficaz. Planeó la adivinanza nada más para ti. Puesto que lo está haciendo para beneficiarte, él está entonado sólo contigo; por lo tanto, sólo tú puedes escoger la hora justa para salir de la casa. Él mismo te llamará y te guiará por medio de su llamada.

-¿Cómo será su llamada?

-Eso yo no lo sé. Su llamada es para ti, no para mí. Te topará directamente en tu voluntad. En otras palabras, debes usar tu voluntad para saber cuál es su llamada.

Genaro siente la necesidad de asegurarse de que el poder personal que has juntado hasta hoy en día es lo suficiente para convertir tu voluntad en una unidad que funcione.

"Voluntad" era otro concepto que don Juan había delineado con gran cuidado, pero sin aclararlo.

Yo había entendido a través de sus explicaciones que la "voluntad" era una fuerza emanada de la región umbilical a través de una abertura invisible debajo del ombligo, abertura a la cual llamaba "boquete". Se alegaba que sólo los brujos cultivaban la "voluntad". Les llegaba envuelta en elmisterio y les daba la capacidad de realizar prodigios extraordinarios.

Comenté a don Juan que no había posibilidad de que algo tan vago pudiera ser una unidad funcional en mi vida.

-Allí es donde te equivocas -dijo-. La voluntad se desarrolla en un guerrero pese a toda la oposición de la razón.

-¿No puede acaso don Genaro, siendo brujo, saber, sin ponerme a prueba, si estoy listo o no? -pregunté.

-Por supuesto que puede -dijo-. Pero ese conocimiento no te será de valor ni consecuencia alguna, porque nada tiene que ver contigo. Tú, y no Genaro, eres el que está aprendiendo; y por lo tanto, tú mismo debes reclamar el conocimiento como poder. A Genaro no le interesa un comino saber que él sabe, pero sí le interesa saber que tú sabes. Tú debes descubrir si tu voluntad trabaja o no. Éste es un asunto muy difícil de aclarar. Pese a lo que Genaro o yo sepamos de ti, tú debes comprobar por ti mismo que estás en la posición de reclamar el conocimiento como poder. En otras palabras, tú mismo debes convencerte de que puedes ejercer tu voluntad. Si no estás convencido, hoy te convencerás. Pero si no puedes llevar a cabo esta tarea, Genaro sabrá que a pesar de todo lo que él ve en ti, tú no estás listo todavía.

Experimenté una aprensión abrumadora.

-¿Es necesario todo esto? -pregunté.

-Esto es lo que Genaro pide, y esto es lo que se debe obedecer -dijo en tono firme pero amistoso.

-¿Pero qué tiene don Genaro que ver conmigo?

-Puede que a lo mejor hoy lo sepas -dijo sonriendo.

Imploré a don Juan sacarme de esa situación intolerable y explicar toda la misteriosa conversación. Riendo, me dió palmadas en el pecho e hizo un chiste sobre un levantador de pesas mexicano que tenía enormes músculos pectorales pero no podía hacer trabajos físicos pesados porque tenía la espalda débil.

-Cuida esos músculos -dijo-. No deben ser nada más para lucir.

-Mis músculos no tienen nada que ver con lo que estaba usted diciendo -respondí, belicoso.

-Cómo no -dijo-. El cuerpo tiene que estar perfecto antes de que la voluntad funcione como una unidad.

Don Juan había desviado una vez más la dirección de mis averiguaciones. Me sentí inquieto y frustrado.

Me levanté y fui a la cocina a beber agua. Don Juan me siguió y sugirió que practicase el rebuzno que don Genaro me había enseñado. Fuimos a un lado de la casa; me senté en una pila de leña y me di a reproducirlo. Don Juan hizo algunas correcciones y me dio instrucciones sobre mi respiración: el resultado fue una relajación física completa.

Regresamos a la ramada y tomamos asiento nuevamente. Le dije que a veces me irritaba conmigo mismo por ser tan indefenso.

-No hay nada malo en sentirse indefenso -dijo-. Todos nosotros nos sentimos así. Acuérdate que hemos pasado una eternidad como niños indefensos. Como ya te lo he dicho, en estos momentos eres como un niño que no puede salirse solo de la cuna, y mucho menos actuar por su cuenta.

Genaro te saca de tu cuna, pues digamos, levantándote de los sobacos. Un niño quiere actuar y, como no puede, se queja. No hay nada malo en eso; pero darse por entero a lamentos y protestas es otro asunto.

Me exigió conservar la calma; sugirió que le hiciera preguntas un rato, mientras pasaba a un mejor estado mental.

Durante un momento perdí el hilo y no supe qué preguntar.

Don Juan desenrolló un petate y me indicó sentarme en él. Luego llenó de agua un guaje grande y lo puso en una red portadora. Parecía prepararse para un viaje. Volvió a sentarse y, con un movimiento de cejas, me instó a iniciar el interrogatorio.

Le pedí que me hablara más de la polilla.

Me escudriñó con una larga mirada y chasqueó la lengua.

-Eso era un aliado -dijo-. Tú lo sabes.

-¿Pero qué es en realidad un aliado, don Juan?

-No hay manera de saber lo que es exactamente un aliado, así como no hay tampoco manera de saber lo que es exactamente un árbol.

-Un árbol es un organismo viviente -dije.

-Eso no me dice mucho -respondió-. Yo también puedo decir que un aliado es una fuerza, una tensión. Eso ya te lo he dicho, pero eso no dice mucho sobre un aliado.

Igual que en el caso de un árbol, el único modo de saber lo que es un aliado es experimentándolo. Por años enteros he luchado por prepararte para el interesantísimo encuentro con un aliado. A lo mejor no te has dado ni cuenta, pero te demoraste años preparándote para presentarte con el árbol. Presentarte con el aliado no es distinto. Un maestro debe familiarizar a su discípulo poco a poco con el aliado, pedazo por pedazo. En el curso de los años, has guardado una gran cantidad de conocimiento al respecto y ahora eres capaz de armar todo ese conocimiento para vivir al aliado del mismo modo en que vives al árbol.

-No tengo idea de estar haciendo eso, don Juan.

-Tu razón no se da cuenta, porque para empezar no acepta la posibilidad del aliado. Por fortuna, no es la razón lo que arma al aliado. Es el cuerpo. Tú has percibido al aliado en muchos estados y en muchas ocasiones. Cada una de esas percepciones fue guardada en tu cuerpo. La suma de todos esos pedazos es el aliado. Yo no conozco otra manera de describirlo.

Dije no concebir que mi cuerpo actuara por sí solo, como una entidad separada de la razón.

-No hay separación, pero hemos hecho una -dijo-. Nuestra razón es mezquina y siempre anda luchando contra el cuerpo. Esto, desde luego, es sólo un decir, pero el triunfo de un hombre de conocimiento es que ha rejuntado a los dos. Como tú no eres hombre de conocimiento, tu cuerpo hace ahora cosas que tu razón no puede comprender. El aliado es una de esas cosas. No estabas loco, ni tampoco soñabas cuando percibiste al aliado aquella noche, aquí mismo.

Le pedí que me explicara más acerca de esta pavorosa idea que me implantaron, de que el aliado era una entidad que me estaba esperando al filo de un pequeño valle encajonado en las montañas del norte de México. Me hablan dicho que tarde o temprano yo tenía que cumplir con esa cita y enfrentarlo en una lucha.

-Esas son maneras de hablar de misterios para los cuales no hay palabras -dijo don Juan-. Genaro y yo dijimos que al borde de esa planicie que te esperaba el aliado. Eso era cierto, pero no tiene el sentido que tú quieres darle. El aliado te espera, seguro, pero no al borde de ninguna planicie. Está aquí mismo, o allí, o en cualquier otro sitio. El aliado te espera, igual que la muerte te espera, en todas partes y en ninguna en particular.

-¿Por qué me espera el aliado a mí?

-Por la misma razón que la muerte te espera -dijo-, porque naciste. No hay posibilidad de explicar en este momento lo que eso significa. Primero debes vivir al aliado. Debes percibirlo en toda su fuerza, y acaso entonces la explicación de los brujos pueda darte luz. Por ahora has tenido poder suficiente para aclarar por lo menos un punto: que el aliado es una polilla.

Hace unos años, tú y yo fuimos a las montañas y tú te encontraste con algo. Yo no tenía manera de aclararte lo que estaba ocurriendo: viste una sombra extraña volando de un lado a otro frente al fuego. Tú mismo dijiste que parecía una polilla; y aunque ni sabias lo que estabas diciendo, estabas absolutamente en lo cierto: la sombra era una polilla. Luego, en otra ocasión, y de nuevo frente a un fuego, algo casi te mata del susto después de que te dormiste frente a una hoguera. Te había advertido que no te durmieras, pero no me hiciste caso; eso te dejó a merced del aliado y la polilla te pisó la nuca. Por qué sobreviviste será siempre un misterio para mí. Tú lo supiste entonces, y yo tampoco te lo dije, pero ya te había dado por muerto. Esa noche anduviste a ciegas.

De allí en adelante, cada vez que hemos andado en las montañas o en el desierto, aunque no lo hayas notado, la polilla siempre nos ha seguido. Si tomamos todo esto en cuenta, podemos decir que para ti el aliado es una polilla. Pero no puedo decir que sea realmente una polilla como son todas las polillas que conocemos. Llamar polilla al aliado es, nuevamente, sólo una manera de decir las cosas, una manera de hacer entender esa inmensidad que está allí afuera.

-¿Para usted también es una polilla el aliado? -pregunté.

-No. La manera que uno entiende al aliado es asunto personal -dijo.

Mencioné que habíamos vuelto al punto de partida; no me había dicho lo que en realidad era un aliado.

-No hay necesidad de confundirse -dijo-. La confusión es un sentimiento en el que uno se mete, pero también uno puede salirse de él. En este momento no hay modo de dar aclaraciones. A lo mejor hoy, más tarde, podremos considerar en detalle estos asuntos: depende de ti. O más bien, depende de tu poder personal.

Rehusó decir una palabra más. Me preocupé mucho con el temor de fallar en la prueba. Don Juan me llevó atrás de su casa y me hizo sentarme en un petate al borde de una zanja de riego. El agua se movía tan despacio que casi parecía estancada. Me ordenó estarme quieto, cesar mi diálogo interno y mirar el agua. Dijo haber descubierto, años antes, que yo tenía cierta afinidad con las masas de agua, un sentimiento de lo más conveniente para las empresas en que me hallaba envuelto. Argüí que yo no tenía particular afición a las masas acuáticas, pero tampoco me disgustaban. Dije que precisamente por eso el agua era benéfica para mí: me es indiferente. En situaciones tensas que requerían esfuerzo máximo, el agua no podía atraparme, pero tampoco rechazarme.

Se sentó un poco atrás de mí, a mi derecha, y me aconsejó dejarme ir sin miedo, porque él estaba allí para ayudarme si había necesidad.

Tuve un momento de temor. Lo miré, esperando otras instrucciones. Tomó mi cabeza y la volvió hacia el agua, ordenándome proceder. Yo no tenía idea de qué debía hacer, de modo que simplemente me relajé. Al mirar el agua, percibí los juncos en la otra orilla. Inconscientemente, posé en ellos mis ojos sin enfocar. La corriente lenta los hacía vibrar. El agua tenía el color de la tierra del desierto. Las ondulaciones en torno a los juncos me parecieron surcos o grietas sobre una superficie lisa. En cierto instante los juncos se agigantaron, el agua era una planicie ocre pulida, y luego, en cuestión de segundos, me quedé profundamente dormido, o acaso entré en un estado de percepción que carece de sentido. Lo que más se acercaría a describirlo sería decir que me dormí y tuve un sueño portentoso.

Sentí que podía seguir en él indefinidamente si así lo deseaba, pero deliberadamente le puse fin entrando en un diálogo interno consciente. Abrí los ojos. Yacía en el petate. Don Juan estaba a unos metros. Mi sueño había sido de tal magnificencia que empecé a contárselo. Me hizo seña de callar.

Con una larga vara, señaló dos sombras que unas ramas secas de matorral proyectaban sobre el suelo. La punta de su vara siguió el perímetro de una de las sombras -como si la estuviera dibujando; luego saltó a la otra e hizo lo mismo con ella. Las sombras tenían unos treinta centímetros de largo y unos tres de ancho; distaban entre sí doce o quince. El movimiento de la vara me hizo desenfocar los ojos y me hallé mirando, a lo bizco, cuatro sombras largas; de repente las dos de enmedio se juntaron en una y crearon una extraordinaria percepción de profundidad. Había cierta e inexplicable redondez y volumen en la sombra así formada. Era casi un tubo transparente, una barra redonda de alguna sustancia desconocida. Sabía que tenía los ojos cruzados, y sin embargo parecía enfocar un solo sitio; la imagen era allí clara como el cristal. Pude mover los ojos sin disiparla.

Continué observando, pero sin bajar la guardia. Experimentaba una curiosa compulsión de soltarme y sumergirme en la escena. Algo en lo que observaba parecía jalarme; pero algo dentro de mí salió a la superficie e inicié un diálogo semiconsciente; casi en el acto tomé conciencia de mi entorno cotidiano.

Don Juan me observaba. Parecía intrigado. Le pregunté si pasaba algo. No respondió. Me ayudó a sentarme. Sólo entonces advertí que yo había estado de espaldas, mirando el cielo, y que, don Juan había estado inclinado casi sobre mi rostro.

Mi primer impulso fue decirle que había visto las sombras en el piso mientras miraba el cielo, pero me puso la mano en la boca. Estuvimos un rato en silencio. Yo no tenía pensamientos.

Experimentaba una exquisita sensación de paz, y luego, abruptamente, tuve un impulso irrefrenable de pararme e ir al chaparral en busca de don Genaro.

Hice un intento de hablar a don Juan: él sacó la barbilla y torció los labios en un mandato mudo de callar. Traté de evaluar mi predicamento en forma racional; sin embargo, disfrutaba tanto mi silencio que no quería molestarme con consideraciones lógicas.

Tras una pausa momentánea, sentí de nuevo el deseo imperioso de adentrarme en el matorral.

Seguí una vereda. Don Juan iba a la zaga, como si yo fuera el guía.

Caminamos cosa de una hora. Logré permanecer sin pensamientos. Luego llegamos a un cerro.

Don Genaro estaba allí, sentado cerca de la cima de un farallón. Me saludó efusivamente, a gritos, pues se hallaba a unos quince metros del suelo. Don Juan me hizo tomar asiento y se sentó junto a mí.

Don Genaro explicó que yo había hallado el sitio donde me esperaba porque él me guió con un sonido que hizo. Apenas pronunció esas palabras, me di cuenta de que en verdad había estado oyendo un sonido peculiar que creí ser zumbido en mis oídos; había parecido más bien un asunto interno, una condición corporal, un sentimiento de sonido que por indeterminado escapaba a la evaluación y la interpretación conscientes.

Creí que don Genaro tenía un pequeño instrumento en la mano izquierda. Desde el lugar donde me hallaba, no lo distinguía claramente. Parecía un birimbao; con él producía un sonido suave y extraño que era prácticamente indiscernible. Siguió tocándolo un momento, como dándome tiempo para enterarme por completo de lo que me había dicho. Luego me mostró la mano izquierda. Estaba vacía; no tenía en ella ningún instrumento. Yo había tenido la impresión de que tocaba algo por la forma en que se llevó la mano a la boca; de hecho, producía el sonido con los labios y con el borde de la mano izquierda, entre el pulgar y el índice.




BIRIMBAO (Birimbau) es un instrumento musical afrobrasileño habitualmente utilizado en las exhibiciones de Capoeira.




Me volví hacia don Juan para explicarle que me habían engañado los movimientos de don Genaro. Él hizo un ademán rápido y me dijo que no hablara y que prestase mucha atención a lo que don Genaro hacía. Me volví a mirar a don Genaro, pero ya no estaba allí. Pensé que había descendido. Esperé unos momentos a que saliese de entre las matas. La roca donde había estado era una formación peculiar, algo así como un gran reborde en la cara del farallón. No le quité la vista de encima más que algunos segundos. Si hubiera ascendido, lo habría visto antes de que llegara a la cima del farallón, y si hubiera bajado también hubiera sido visible desde donde me hallaba.

Pregunté a don Juan dónde estaba don Genaro. Repuso que seguía de pie en el reborde. Hasta donde yo podía juzgar, no había nadie allí, pero don Juan insistió una y otra vez en que don Genaro seguía en la roca.

No parecía bromear. Sus ojos eran fijos y fieros. Dijo en tono cortante que mis sentidos no eran el medio correcto para apreciar lo que don Genaro hacía. Me ordenó parar mi diálogo interno.

Pugné un momento y empecé a cerrar los ojos: Don Juan se lanzó hacia mí y me sacudió por los hombros. Susurró que yo debía mantener la vista en el reborde.

Me sentía soñoliento y oía las palabras de don Juan como si llegasen desde muy lejos.

Miré el reborde y Don Genaro estaba allí de nuevo. Eso no me interesaba. Noté, a media conciencia, que me resultaba muy difícil respirar, pero antes de que pudiese pensar algo al respecto, don Genaro saltó a tierra. Eso tampoco captó mi interés. Se acercó y me ayudó a levantarme, sosteniéndome el brazo; don Juan me asió el otro brazo y entre los dos me levantaron. Luego, sólo don Genaro me ayudaba a caminar. Me susurró al oído algo que no entendí, y de pronto sentí que había jalado mi cuerpo de alguna manera extraña; me agarró, por así decirlo, de la piel del estómago, y me subió al reborde, o quizás a otra roca. Yo podría haber jurado que era el reborde; sin embargo, la fugacidad de la imagen me impidió evaluarla en detalle. Luego sentí que algo en mí desfallecía y caí hacia atrás. Tuve una leve sensación de angustia, o acaso incomodidad física. Lo siguiente que supe fue que don Juan me hablaba. No le entendía. Concentré mi atención en sus labios. Tenía la sensación de que experimentaba un sueño; yo trataba de romper desde adentro una tela membranosa que me envolvía, mientras don Juan hacía por rasgarla desde afuera. Por fin se reventó; las palabras de don Juan se hicieron audibles, y su significado nítido. Me ordenaba salir por mí mismo a la superficie. Luché desesperadamente por cobrar sobriedad; no tuve éxito. Me pregunté, en un plano bien consciente, por qué pasaba tantos apuros. Pugné por hablar conmigo mismo.

Don Juan parecía al tanto de mi dificultad. Me instó a un mayor esfuerzo. Algo allá afuera me impedía establecer mi diálogo interno habitual. Era como si una fuerza extraña me volviera soñoliento e indiferente.

Le opuse resistencia hasta quedarme sin aliento. Oí a don Juan hablarme. Mi cuerpo se contrajo involuntariamente por la tensión. Me sentía trabado en mortal combate con algo que me impedía respirar. No temía; antes bien, una furia incontrolable me dominaba. Mi ira llegaba a tal extremo que gruñía y gritaba como una bestia. Luego, una convulsión se apoderó de mi cuerpo; recibí una sacudida que me paró de inmediato. Nuevamente pude respirar en forma normal, y entonces me di cuenta de que don Juan había vaciado un guaje de agua en mi estómago y mi cuello, empapándome.

Me ayudó a sentarme. Don Genaro estaba en el reborde. Me llamó por mi nombre y saltó a tierra. Lo vi desplomarse desde una altura de quince metros o algo así, y experimenté una sensación insoportable en torno a mi vientre; he sentido lo mismo en sueños donde caía.

Don Genaro se acercó y me preguntó, sonriendo, si me había gustado su salto. Traté sin éxito de responderle. Don Genaro volvió a gritar mi nombre.

-¡Carlitos! ¡Fíjate! -dijo.

Agitó los brazos a los lados cuatro o cinco veces, como para ganar impulso, y luego desapareció de un salto, o eso creí. Tal vez hizo otra cosa para la cual yo carecía de descripción. Estaba a menos de dos metros de distancia, y de pronto se desvaneció como chupado por una fuerza incontrolable.

Me sentía ajeno, fatigado. Tenía un sentimiento de indiferencia y no quería pensar ni hablar conmigo mismo. No sentía miedo, sino una tristeza inexplicable. Tenía ganas de llorar. Don Juan me dió varios coscorrones y rió como si todo lo ocurrido fuera un chiste. Me exigió dialogar conmigo mismo. Oí que meordenaba:

-¡Habla! ¡Habla!

Tuve un espasmo involuntario en los labios. Mi boca se movió sin sonido. Recordé a don Genaro moviendo la boca en forma similar cuando estaba payaseando, y quise haber podido decir, como él: "Mi boca no quiere hablar." Traté de pronunciar las palabras y mis labios se contrajeron dolorosamente. Don Juan parecía a punto de desmembrarse de risa. Su regocijo era contagioso y reí. Finalmente, me ayudó a ponerme en pie. Le pregunté si don Genaro iba a regresar. Dijo que Genaro ya se había hartado de mí por ese día.

-Casi te sale bien -dijo don Juan.

Estábamos sentados cerca de la estufa de tierra, donde ardía un fuego. Él había insistido en que comiera. Yo no tenía hambre ni cansancio. Una melancolía insólita me saturaba; me sentía distante de todos los eventos del día. Don Juan me entregó mi cuaderno e hice un intento supremo por volver a mi estado de siempre. Anoté algunos comentarios. Poco a poco, entré de nuevo en mis viejos patrones. Fue como si un velo se alzara; de pronto me vi de nuevo envuelto en mi actitud familiar de interés y desconcierto.

-¡Qué bueno! -dijo don Juan, dándome palmaditas en la cabeza-. Te he dicho que el verdadero arte de un guerrero consiste en equilibrar el terror y la maravilla.

Don Juan estaba de un humor insólito. Se veía casi nervioso, angustiado. Parecía dispuesto a hablar por iniciativa propia. Creí que me preparaba para la explicación de los brujos, y yo mismo me llené de ansiedad. Sus ojos tenían un brillo extraño que yo sólo había visto unas cuantas veces antes.

Al decirle lo que pensaba de su extraña actitud, él respondió que se sentía dichoso en mi nombre; que, como guerrero podía regocijarme en los triunfos de sus semejantes, si eran triunfos del espíritu. Desdichadamente, agregó, yo no me hallaba todavía listo para la explicación de los brujos, pese a haber resuelto la adivinanza de don Genaro. Su argumento era que, cuando me vació encima el guaje de agua, yo había estado al borde de la muerte, y que toda mi hazaña se vio cancelada por mi incapacidad de rechazar la última embestida de don Genaro.

-El poder de Genaro era como la marea y así te cubrió -dijo.

-¿Quería hacerme daño don Genaro? -pregunté.

-No -repuso-. Genaro quiere ayudarte. Pero al poder sólo se lo puede enfrentar con poder. Te estaba probando y fallaste.

-Pero resolví su adivinanza, ¿o no?

-Lo hiciste muy bien -dijo-. Tan bien que Genaro te creyó capaz de una hazaña completa de guerrero. Y eso también casi te sale. Pero lo que te tiró al suelo esta vez no fue tu vicio de hacerte el niño.

-¿Qué fue entonces?

-Eres demasiado impaciente y violento; en vez de dejarte ir y seguir a Genaro te pusiste a pelear con él. No puedes ganarle; es más fuerte que tú.

A continuación, don Juan cambió el tema y me ofreció consejo y sugerencias acerca de mis relaciones personales con la gente. Sus observaciones eran la contraparte seria de lo que don Genaro me había dicho antes en broma. Estaba locuaz, y sin ruegos por mi parte comenzó a explicar lo que había ocurrido en las dos últimas ocasiones que estuve allí.

-Como sabes -dijo-, la clave de la brujería es el diálogo interno; ésa es la llave que abre todo. Cuando un guerrero aprende a pararlo, todo se hace posible; se logran los planes más descabellados. La entrada a todas las experiencias extrañas y pavorosas que has tenido últimamente fue el hecho de que pudiste dejar de hablar contigo mismo. Has atestiguado, en sobriedad completa, al aliado, al doble de Genaro, al soñador y al soñado, y hoy estuviste a punto de toparte con la totalidad de ti mismo; ésa era la hazaña de guerrero que Genaro esperaba de ti. Todo esto ha sido posible por la cantidad de poder personal que has acumulado. Empezó la vez pasada que estuviste aquí; yo vislumbré entonces una señal muy propicia. Cuando llegaste, oí al aliado merodeando; primero, oí sus pasos y luego vi que la polilla te miraba al bajar de tu coche. El aliado estaba inmóvil, observándote. Eso fue para mí la mejor de las señales. Si el aliado se hubiera movido o si se hubiera agitado como si tu presencia lo disgustara, como siempre lo ha hecho, el curso de los eventos habría sido distinto. Muchas veces he visto al aliado en un estado de enojo contigo, pero esta vez la señal era buena y supe que el aliado te aguardaba para darte algún conocimiento. Ésa fue la razón por la que yo dije que tenías una cita con el conocimiento, una cita con una polilla, concertada hace mucho tiempo. Por razones inconcebibles para nosotros, el aliado escogió la forma de una polilla para manifestarse ante ti.

-Pero usted me ha dicho muchas veces que el aliado carecía de forma, y que uno sólo podía juzgar sus efectos -dije.

-Cierto -dijo él-. Pero el aliado es una polilla para los espectadores relacionados contigo: Genaro y yo. Para ti, el aliado es sólo un efecto, una sensación en tu cuerpo, o un sonido, o el polvo dorado del conocimiento. Sigue, sin embargo, siendo un hecho que, al escoger la forma de una polilla, el aliado nos dice, a Genaro y a mí, algo de gran importancia. Las polillas son las portadoras del conocimiento, y las ayudantes y amigas de los brujos. Debido a que el aliado escogió ser eso contigo, es que Genaro le da tanta importancia.

La noche esa que te encontraste con la polilla, como yo anticipaba, fue para ti una verdadera cita con el conocimiento. Aprendiste su llamado, sentiste el polvo de oro de sus alas, pero, sobre todo, esa noche, por primera vez, te diste cuenta de que veías y tu cuerpo aprendió que somos seres luminosos. Todavía no has tasado correctamente ese evento monumental en tu vida. Genaro te demostró, con tremenda fuerza y claridad, que somos un sentir; lo que llamamos nuestro cuerpo es un manojo de fibras luminosas que están conscientes.

Anoche estabas de nuevo bajo el buen amparo del aliado. Vino a mirarte cuando llegaste y así supe que debería llamar a Genaro para que te explicara el misterio del soñador y el soñado. Tú creíste entonces, como siempre lo haces, que yo te engañaba, pero Genaro no estaba escondido entre las matas, como pensaste. Vino por ti, aunque tu razón se niegue a creerlo.

Esa parte de las elucidaciones de don Juan fue, en verdad, la más difícil de aceptar en su valor evidente. Yo no podía admitirla. Dije que don Genaro había sido real y de este mundo.

-Todo cuanto has atestiguado hasta ahora ha sido real y de este mundo -dijo don Juan-. No hay otro mundo. Lo que te hace tropezar es una peculiar insistencia por parte tuya, y esa peculiaridad no se te va a curar con explicaciones. De manera que, hoy, Genaro se dirigió directamente a tu cuerpo. Un examen cuidadoso de lo que hiciste hoy te revelará que tu cuerpo supo juntar las cosas en una forma digna de alabanza. De algún modo, te moderaste y no te diste a tus visiones junto a la zanja. Mantuviste un control muy raro y un dominio de ti mismo como debe ser para un guerrero; no creías nada, y sin embargo actuaste con eficacia y pudiste así seguir el llamado de Genaro. Lo encontraste sin más ni más y sin que yo te ayudara en nada.

Cuando llegamos a la roca, estabas llenito de poder y viste a Genaro parado donde otros brujos han estado parados, por razones similares. Se acercó a ti después de que saltó al suelo. Él era todo poder. De haber procedido como antes, junto a la zanja, lo habrías visto como es en realidad, un ser luminoso. En vez de eso te asustaste, sobre todo cuando Genaro te hizo saltar. Ese salto debería haber bastado para transportarte más allá de tus limites. Pero no tuviste fuerza y volviste a caer en el mundo de tu razón. Entonces, claro, te trabaste en combate mortal contigo mismo. Algo en ti, tu voluntad, quería ir con Genaro, mientras tu razón se le oponía. De no ser por mi ayuda, estarías muerto y sepultado en ese sitio de poder. Pero, aún con mi ayuda, el resultado estuvo en duda por un momento.

Quedamos callados algunos minutos. Esperé que él hablara. Por fin pregunté:

-¿Me hizo don Genaro saltar hasta la cima de la roca?

-No tomes ese salto en el sentido en que entiendes un salto -dijo-. Una vez más, ésta es sólo una manera de decir las cosas. Mientras pienses que eres un cuerpo sólido, no podrás concebir de qué cosa hablo.

Derramó entonces cenizas en el piso, junto a la linterna, cubriendo una zona cuadrangular de medio metro y trazó con los dedos un diagrama que tenía ocho puntos interconectados por medio de líneas. Era una figura geométrica.

Había dibujado una semejante años atrás, al tratar de explicarme que no era ilusión el observar la misma hoja cayendo cuatro veces del mismo árbol.

El diagrama en las cenizas tenía dos epicentros; don Juan llamó a uno "la razón", y al otro "la voluntad". "Razón se conectaba directamente con un punto que él llamó "el habla". A través de "el habla", "la razón" se relacionaba indirectamente con otros tres puntos, "el sentir", "el soñar" y "el ver". El otro epicentro, "la voluntad", se conectaba directamente con "el sentir" "el soñar" y "el ver", pero sólo en forma indirecta con "la razón" y "el habla".

Comenté que el diagrama era distinto del que copié años antes.

-La forma de afuera no tiene importancia -dijo-. Estos puntos representan a un ser humano y puedes dibujarlos como se te dé la gana.

-¿Representan el cuerpo de un ser humano? -pregunté.

-No lo llames el cuerpo -dijo-. Ésos son ocho puntos en las fibras de un ser luminoso. Un brujo dice, como puedes ver en este dibujo, que el ser humano es, primero que nada, voluntad, porque la voluntad se relaciona con tres puntos: el sentir, el soñar y el ver: después, el ser humano es razón.

Este es propiamente un centro más pequeño que la voluntad; sólo está conectado con el habla.

-¿Qué son los otros dos puntos, don Juan?

Se me quedó mirando y sonrió.

-Ahora eres ya mucho más fuerte que la primera vez que hablamos de este diagrama -dijo-. Pero todavía no eres lo bastante fuerte para conocer todos los ocho puntos. Genaro te hablará algún día de los otros dos.

-¿Tiene todo el mundo esos ocho puntos, o sólo los brujos?

-Podríamos decir que cada uno de nosotros trae al mundo ocho puntos. Dos de ellos, la razón y el habla, los conocen todos. El sentir es siempre vago, pero de algún modo familiar. Pero sólo en el mundo de los brujos llega uno a conocer por completo el soñar, el ver y la voluntad. Y finalmente, en el último borde de ese mundo, encuentra uno los otros dos. Los ocho puntos componen la totalidad de uno mismo.

Me mostró sobre el diagrama que, en esencia, todos los puntos podían conectarse indirectamente.

Volví a preguntar acerca de los dos misteriosos puntos restantes. Me enseñó que solo estaban conectados a "la voluntad": se hallaban aparte de "el sentir", "el soñar" y "el ver", y mucho más lejos de "el habla" y "la razón”. Señaló con el dedo cómo estaban aislados de los demás, y el uno del otro.

-Estos dos puntos jamás se someten al habla ni a la razón -dijo-. Sólo la voluntad puede con ellos.

La razón está tan lejos de ellos que es completamente inútil tratar de figurárselos. Ésta es una de las cosas más difíciles de aceptar; después de todo, el fuerte de la razón es razonarlo todo.

Pregunté si los ocho puntos correspondían a zonas, o a ciertos órganos, del ser humano.

-Pues sí -repuso con sequedad y borró el diagrama.

Me tocó la cabeza y dijo que ése era el centro de "la razón” y "el habla". La punta de mi esternón era él centro de "el sentir". La zona debajo del ombligo era "la voluntad". "El soñar" estaba en el lado derecho, contra las costillas. "El ver" en el izquierdo. Dijo que a veces, en algunos guerreros, "el ver" y "el soñar" estaban del lado derecho.

-¿Dónde están los otros dos puntos? -pregunté.

Me dio una respuesta sumamente obscena y lanzó la carcajada.

-Qué vivo eres -dijo-. Crees que soy un viejo cabrón que anda medio dormido, ¿verdad?

Le expliqué que mis preguntas creaban su propio impulso.

-No andes tan de prisa -dijo-. Ya lo sabrás a su debido tiempo, y después que lo sepas estarás por tu cuenta, tú solo.

-¿Quiere usted decir que ya no volveré a verlo, don Juan?

-Nunca jamás -dijo-. Genaro y yo seremos entonces lo que siempre hemos sido, polvo en el camino.

Sentí una sacudida en la boca del estómago.

-¿Qué dice usted, don Juan?

-Digo que todos somos seres sin principio ni fin, luminosos y sin límites. Tú, Genaro y yo estamos pegados, unidos por un propósito que no es decisión nuestra.

-¿De qué propósito habla usted?

-El de aprender el camino del guerrero. No puedes salirte de él, pero nosotros tampoco.

Mientras nuestra misión esté pendiente, nos encontrarás a mí o a Genaro, pero una vez cumplida, volarás libremente y nadie sabe a dónde te llevará la fuerza de tu vida.

-¿Que hace en esto don Genaro?

-Ese tema no está aún en tu esfera -dijo-. Hoy debo clavar el clavo que Genaro puso, el hecho, de que somos seres luminosos. Somos perceptores. Nos damos cuenta; no somos objetos; no tenemos solidez. No tenemos límites. El mundo de los objetos y la solidez es una manera de hacer nuestro paso por la tierra más conveniente. Es sólo una descripción creada para ayudarnos.

Nosotros, o mejor dicho nuestra razón, olvida que la descripción es solamente una descripción y así atrapamos la totalidad de nosotros mismos en un círculo vicioso del que rara vez salimos en vida.

En este momento, por ejemplo, estás enredado en liberarte de los ganchos de la razón. Para ti

es una cosa absurda que ni siquiera se puede imaginar el que Genaro apareciera así nomás al borde

del matorral, y sin embargo no puedes negar que tú mismo lo atestiguaste. Tú percibiste que así

fue."

Dos Juan chasqueó la lengua. Dibujó cuidadosamente otro diagrama en las cenizas y lo cubrió

con su sombrero sin darme tiempo a copiarlo.

-Somos perceptores -prosiguió-. Pero el mundo que percibimos es una ilusión. Fue creado por una descripción que nos dijeron desde el momento en que nacimos.

Nosotros, los seres luminosos, nacemos con dos anillos de poder, pero sólo usamos uno para crear el mundo. Ese anillo, que se engancha al muy poco tiempo que nacemos, es la razón, y su compañera es el habla. Entre las dos urden y mantienen el mundo.

Así pues, en esencia, el mundo que tu razón quiere sostener es el mundo creado por una descripción y sus reglas dogmáticas e inviolables, que la razón aprende a aceptar y defender, el secreto de los seres luminosos es que tienen otro anillo de poder que nunca se usa, la voluntad. El truco del brujo es el mismo truco del hombre común. Ambos tienen una descripción: uno, el hombre común, la sostiene con su razón; el otro, el brujo, la sostiene con su voluntad. Ambas descripciones tienen sus reglas y las reglas se perciben, pero la ventaja del brujo es que la voluntad abarca más que la razón.

Lo que quiero sugerirte a estas alturas es que, de ahora en adelante, te esfuerces por percibir si lo que sostiene la descripción es tu razón o tu voluntad. Yo siento, por cierto, que esa es la única manera de usar tu mundo diario como un desafío y como un vehículo para acumular suficiente poder personal, a fin de llegar a la totalidad de ti mismo.

A lo mejor la próxima vez que vengas tendrás lo bastante. De todos modos, espera hasta que sientas, como sentiste hoy junto a la zanja, que una voz interna te dice que lo hagas. Si vienes con cualquier otro espíritu, será una pérdida de tiempo y un peligro para ti.

Observé que, de esperar aquella voz interna, nunca volvería a verlos.

-Vieras lo bien que puede uno actuar cuando tiene la espalda contra el paredón -dijo.

Se puso en pie y recogió un atado de leña. Puso algunas varas secas en la estufa de tierra. Las llamas lanzaban un resplandor amarillento sobre el piso. Apagó la linterna y se acuclilló frente a su sombrero, que cubría el dibujo en las cenizas.

Me ordenó estar en calma, cesar mi diálogo interno, y mantener los ojos en el sombrero. Me esforcé unos momentos y luego tuve la sensación de flotar, de caer desde un acantilado. Era como si nada me soportase, como si no me hallara sentado ni tuviese cuerpo.

Don Juan levantó el sombrero. Debajo había espirales de ceniza. Las observé sin pensar. Sentí que se movían las espirales. Las sentí en el estómago. Las cenizas parecieron apilarse. Luego, algo las agitó y esponjó, y de pronto don Genaro estaba sentado frente a mí.

La imagen me forzó instantáneamente a reanudar el diálogo interno. Pensé que me había dormido. Empecé a respirar en boqueadas cortas y quise abrir los ojos, pero estaban abiertos.

Oí a don Juan decirme que me parara y me moviera. Me levanté de un salto y corrí a la ramada.

Don Juan y don Genaro me siguieron. Don Juan trajo la linterna. Yo no podía recuperar el aliento.

Traté de calmarme como antes, trotando sin avanzar mientras miraba al oeste. Alcé los brazos y comencé a respirar. Don Juan vino a mi lado y dijo que esos movimientos sólo se hacían en el crepúsculo.

Don Genaro gritó que para mí era el crepúsculo y ambos soltaron la risa. Don Genaro corrió al borde del matorral y luego regresó de un rebote a la ramada, como si una liga gigantesca lo hubiera hecho volver. Repitió los mismos movimientos tres o cuatro veces, y luego se me acercó. Don Juan me miraba con fijeza, riendo risitas de niño.

Cruzaron una mirada furtiva. Don Juan dijo a don Genaro, en voz alta, que mi razón era peligrosa, y que podía matarme si no le daban la razón.

-¡Por Dios santo! -exclamó don Genaro con voz rugiente-. ¡Dale la razón a su razón!

Dieron de saltos riendo, como dos niños.

Don Juan me hizo sentar bajo la linterna y me dió mi cuaderno.

-Hoy si que te estábamos tomando el pelo -dijo en tono conciliador-. No tengas miedo. Genaro estaba escondido ahí debajo de mi sombrero.