AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

sábado, 29 de agosto de 2026

[10] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. LAS ALAS DE LA PERCEPCIÓN


Don Juan y yo pasamos todo el día en las montañas. Salimos al amanecer. Me llevó a cuatro sitios de poder, y en cada uno de ellos me dio instrucciones específicas sobre cómo proceder al cumplimiento de la tarea particular que años antes me había bosquejado como situación de por vida. Regresamos al atardecer. 

Después de comer, don Juan dejó la casa de don Genaro. Me dijo que esperara a Pablito, el cual llevaría combustible para la lámpara, y que hablara con él.

Me puse a trabajar en mis notas y, absorto, no oí llegar a Pablito sino hasta tenerlo a mi lado. Él comentó que había estado practicando el «paso de poder», y que debido a eso yo no hubiera podido oírlo de ningún modo, a menos que fuera capaz de ver.

Pablito siempre me había simpatizado. Sin embargo, aunque éramos buenos amigos, las oportunidades de charlar a solas con él habían sido escasas. Pablito me parecía una persona sumamente encantadora. Su nombre, por supuesto, era Pablo, pero el diminutivo le sentaba mejor.

Era pequeño de huesos, pero duro. Como don Genaro, era magro de carnes, insospechadamente musculoso y fuerte. Andaría quizá pisando los treinta años, pero parecía tener dieciocho. Era moreno y de estatura media. Tenía ojos color café, claros y brillantes, y -de nuevo como don Genaro- una sonrisa cautivante, con cierto toque de malicia.

Le pregunté por su amigo Néstor, el otro aprendiz de don Genaro. Anteriormente siempre los había visto juntos, y me daban la impresión de tener una excelente relación mutua; sin embargo, eran opuestos en apariencia física y en carácter. Mientras Pablito era jovial y franco, Néstor era sombrío y reservado. También era más alto, más pesado, más moreno y mucho mayor.

Pablito dijo que Néstor se había involucrado finalmente en su trabajo con don Genaro, y que se había vuelto una persona totalmente distinta desde la última vez que lo vi. No quiso detallar el trabajo de Néstor ni su cambio de personalidad, y cambió abruptamente el tema.

-Entiendo que el nagual te anda pisando los talones -dijo.

Me sorprendió que lo supiera y le pregunté cómo lo averiguó.

-Genaro me cuenta todo -repuso.

Noté que no hablaba de don Genaro con el formalismo que yo usaba. Simplemente le decía Genaro, en tono familiar. Dijo que don Genaro era como su hermano, y que entre ambos existía una confianza de verdaderos parientes. Profesó abiertamente su gran cariño por don Genaro. Su sencillez y su candor me conmovieron en lo profundo. 

Hablándome, me di cuenta de la gran semejanza de temperamento entre don Juan y yo; debido a ella, nuestra relación era formal y estricta en comparación con la de don Genaro y Pablito.

Pregunté a Pablito por qué tenía miedo de don Juan. Hubo un titubeo en su mirada. Era como si la sola idea de don Juan lo hiciera retraerse. No respondió. Parecía evaluarme en alguna forma misteriosa.

-¿A poco tú no le tienes miedo? –preguntó.

Le dije que tenía miedo de don Genaro, y rió como si hubiera esperado oír todo menos eso. Dijo que la diferencia entre don Juan y don Genaro era como la diferencia entre el día y la noche. Don Genaro era el día; don Juan era la noche y, como tal, el ser más atemorizante del mundo. De la descripción de su temor hacia don Juan, Pablito pasó a comentar su propia condición como aprendiz.

-Estoy que me lleva la chingada -dijo-. Si vieras lo que hay en mi casa, te darías cuenta de que sé demasiado para ser un hombre común, pero si me vieras con el nagual, te darías cuenta de que no sé lo suficiente.

Rápidamente cambió el tema y rió de que yo tomara notas. Dijo que don Genaro los había divertido horas enteras imitándome. Añadió que don Genaro me quería mucho, con todo y mis rarezas, y que se declaraba encantado de que yo fuera su «protegido».

Era la primera vez que yo escuchaba ese término. Guardaba coherencia con otro que don Juan introdujo en el comienzo de nuestra asociación. Me había dicho que yo era su «escogido».

Pregunté a Pablito por sus encuentros con el nagual y me contó el primero de ellos. Dijo que cierta vez don Juan le dio una canasta, que él consideró un regalo de buena voluntad. La puso en un gancho sobre la puerta de su cuarto, y como en ese momento no podía hallarle ningún uso, la olvidó todo el día. Pensaba, dijo, que la canasta era un regalo de poder y debía utilizarse para algo muy especial.

Al anochecer -ésa era, también para él, la hora mortífera-, Pablito fue a su cuarto por su chamarra. Estaba solo en la casa y se disponía a ir de visita. La habitación se hallaba a oscuras. Tomó la chamarra y, cuando estaba por llegar a la puerta, la canasta cayó frente a él y rodó cerca de sus pies. Pablito rió de su propio sobresalto al ver que sólo había sido la canasta, caída del gancho. Se inclinó para recogerla y se llevó el susto de su vida. La canasta saltó fuera de su alcance y empezó a sacudirse y a rechinar, como si alguien la aplastara y la torciera. Pablito dijo que de la cocina entraba luz suficiente para discernir con claridad cuanto había en el cuarto. Por un momento se quedó mirando la canasta, aunque sentía que no debía hacerlo. La canasta empezó a convulsionarse en medio de una ardua respiración, pesada y rasposa. Al narrar su experiencia, Pablito aseveró que vio y oyó respirar a la canasta; que estaba viva y lo persiguió por el aposento, cortándole la salida. Dijo que luego la canasta empezó a hincharse; las tiras de carrizo se destramaron para formar una pelota gigantesca, como un amaranto seco que rodara hacia él. Cayó de espaldas en el piso y la bola empezó a reptar por sus pies. Pablito dijo que para entonces se hallaba fuera de quicio y gritaba como histérico. La bola lo tenía atrapado y se movía sobre sus piernas como alfileres que lo atravesaran. Trató de apartarla y entonces vio que la bola era el rostro de don Juan, con la boca abierta para devorarlo. Incapaz de soportar más tiempo el terror, perdió el conocimiento.

En forma muy franca y abierta, Pablito me relató una serie de encuentros aterradores que él y otros miembros de su familia habían tenido con el nagual. Pasamos horas hablando. El brete en el cual se hallaba parecía ser muy similar al mío, pero Pablito poseía sin duda mayor sensibilidad para conducirse dentro del marco de referencia proporcionado por la brujería.

En determinado momento se levantó y dijo que sentía venir a don Juan y no deseaba que lo hallara allí. Se marchó con una rapidez increíble. Fue como si algo lo sacara del cuarto. Me dejó con el adiós en la boca.

Don Juan y don Genaro no tardaron en volver. Reían.

-Pablito corría por el camino como alma que lleva el diablo -dijo don Juan-. ¿Pero qué tendrá?

-Yo creo que se asustó de ver a Carlitos gastarse los dedos hasta el hueso -dijo don Genaro, burlándose de mi escritura.

Se me acercó.

-¡Oye! Tengo una idea -dijo, casi en un susurro-. Ya que tanto te gusta escribir, ¿por qué no aprendes a escribir sin lápiz, con el puro dedo? Eso sería lo mejor.

Don Juan y don Genaro tomaron asiento junto a mí y especularon, entre risas, sobre la posibilidad de escribir con el dedo. Don Juan, en tono serio, hizo un comentario extraño. Dijo:

-No hay duda de que podría escribir con el dedo, ¿pero sería capaz de leerlo?

Don Genaro se dobló de risa y repuso:

-Estoy seguro de que puede leer cualquier cosa.

Luego empezó a narrar una historia muy desconcertante acerca de un patán campesino que se convirtió en funcionario de importancia durante una época de trastornos políticos. Don Genaro dijo que el héroe de su cuento fue nombrado ministro, o gobernador, quizás incluso presidente, porque no había modo de saber lo que la gente haría en su locura. A causa de este nombramiento, llegó a creer que en verdad era importante y aprendió a actuar en consecuencia.

Don Genaro hizo una pausa y me examinó con el aire de un cómico sobreactuado. Me guiñó los ojos y movió las cejas de arriba a abajo. Dijo que el héroe de la historia era muy bueno en las apariciones públicas y podía improvisar discursos sin la menor dificultad, pero su posición requería que leyera sus discursos y el hombre era analfabeto. De modo que usó el ingenio para salvar las apariencias. Tenía una hoja de papel con algo escrito, y la blandía cada vez que pronunciaba un discurso. Así, su eficiencia y sus otras cualidades eran innegables para todos los campesinos. Pero cierto día, un fuereño con alguna preparación llegó por allí y advirtió que, al leer su discurso, el héroe sostenía la hoja al revés. Se echó a reír y señaló el engaño a todo el mundo.

Don Genaro hizo una nueva pausa; me miró, achicando los ojos, y preguntó:

-¿Crees que el héroe quedó atrapado? Ni modo. Miró a la gente con toda calma y dijo: "¿Al revés? Eso no le hace al que sabe leer." Y los campesinos estuvieron de acuerdo.

Don Juan y don Genaro estallaron en carcajadas. Don Genaro me dio suaves palmadas en la espalda. Era como si yo fuese el héroe del cuento. Me sentí apenado y reí con nerviosismo. Pensé que acaso la historia tenía algún sentido oculto, pero no me atreví a preguntar.

Don Juan se acercó más a mí. Inclinándose, susurró en mi oído derecho:

-¿No te parece chistoso?

Don Genaro se inclinó también hacia mí y susurró en mi oído izquierdo:

-¿Qué cosa dijo?

Tuve una reacción automática a ambas preguntas y realicé una síntesis involuntaria.

-Sí. Me parece que preguntó ¿es chistoso? -dije.

Obviamente advertían el efecto de sus maniobras; ambos rieron hasta derramar lágrimas. Como de costumbre, don Genaro exageraba más que don Juan; se tiró de espaldas y se puso a rodar a unos metros de mí. Echado bocabajo, extendió brazos y piernas y giró como un rehilete. Dio de vueltas hasta que llegó junto a mí y su pie tocó el mío. Abruptamente se sentó y sonrió con mansedumbre.

Don Juan se agarraba los costados. Reía muy duro y al parecer le dolía el estómago. Tras un rato, ambos volvieron a hablarme al oído. Traté de memorizar la secuencia de sus frases, pero tras un esfuerzo fútil, desistí. Eran demasiadas.

Me susurraron en los oídos hasta que nuevamente tuve la sensación de haberme partido por la mitad. Como el día anterior, me convertí en una niebla, en un resplandor amarillo que percibía todo de forma directa. Es decir, yo conocía las cosas. No había pensamientos; sólo había certezas. Y al entrar en contacto con una sensación suave, esponjosa, elástica, exterior a mí y sin embargo parte mía, supe que era un árbol. Lo percibí por su olor. No olía como ningún árbol específico que recordara, pero algo en mí sabía que ese olor peculiar era la esencia del árbol. Yo no tenía solamente la sensación de saber, ni razonaba mi conocimiento, ni barajaba datos. Simplemente sabía que había algo en contacto conmigo, en todo mi derredor; un aroma tibio, amable, apremiante, emanado de algo que no era sólido ni líquido sino un indefinido algo más, que yo sabía que era un árbol. Sentí que al saber de esa forma calaba su esencia. No me repelía. Más bien me invitaba a fundirme con él. Me abarcaba o yo lo abarcaba. Había entre nosotros un lazo que ni era exquisito ni desagradable.

La siguiente sensación que pude recordar con claridad fue una oleada de maravilla y regocijo.

Todo mi ser vibraba. Era como si me atravesaran cargas de electricidad. No dolían. Eran agradables, pero de forma tan indeterminada que no había modo de categorizarlas. Supe, sin embargo, que aquello con lo que me hallaba en contacto era el suelo. Cierta parte de mi ser reconocía con certeza y concisión que se trataba del suelo. Pero en el instante en que traté de discernir la infinitud de percepciones directas que experimentaba, perdí toda capacidad de diferenciarlas.

Luego, de pronto, era de nuevo yo mismo. Pensaba. La transición fue tan abrupta que creí haber despertado. Pero algo había en el modo en que me sentía, que no era del todo mío. Supe que, en verdad, algo faltaba, antes de abrir por entero los ojos. Miré en torno. Me hallaba aún en un sueño o en alguna visión. Sin embargo, mis procesos mentales no sólo funcionaban intactos, sino con extraordinaria claridad. Realicé una rápida evaluación. No me cabía duda de que don Juan y don Genaro habían inducido mi estado onírico para algún propósito específico. Parecía hallarme a punto de entender cuál era ese propósito, cuando algo ajeno a mí me forzó a prestar atención al entorno.

Tardé un largo momento en orientarme.

Yacía bocabajo, y aquello sobre lo cual yacía era un piso de lo más espectacular. Examinándolo, no pude evitar un sentimiento de pavor y maravilla. No concebía de qué pudiera estar hecho. Losas irregulares de alguna sustancia desconocida habían sido colocadas en forma intrincada y, a la vez, sencilla. Las habían puesto juntas, pero no estaban pegadas al suelo ni entre sí. Eran elásticas y cedían cuando yo intentaba apartarlas con los dedos, pero libres de presión volvían en el acto a su posición original.

Quise incorporarme y me vi poseído por una grotesca distorsión sensorial. Carecía de control sobre mi cuerpo; de hecho, no parecía pertenecerme. Se hallaba inerte; yo no tenía conexión con ninguna de sus partes y cuando traté de levantarme no pude mover los brazos y, balanceándome inerme sobre mi estómago, rodé hasta quedar de costado. El impulso del balanceo casi me hizo dar la vuelta completa y quedar bocabajo de nuevo. Mis brazos y piernas, extendidos, lo impidieron y quedé tendido de espaldas. En esa posición pude percibir dos piernas de forma extraña, y los pies más distorsionados que jamás había visto. ¡Era mi cuerpo! Parecía estar envuelto en una túnica. La idea que me vino a la mente fue que experimentaba una escena en la que yo era un paralítico o un inválido de alguna índole. Intenté curvar la espalda y mirarme las piernas pero sólo pude mover a tirones el cuerpo. Miraba directamente un cielo amarillo, un cielo profundo y vívido, amarillo limón.

Tenía surcos o canales de un tono amarillo más oscuro, y un número interminable de protuberancias que colgaban como gotas de agua. El efecto total de ese cielo increíble era apabullante. No pude determinar si las protuberancias eran nubes. También había áreas de sombras y áreas de diferentes tonos de amarillo, que descubrí al mover la cabeza de lado a lado.

Entonces algo más atrajo mi atención: un sol en el cenit mismo del cielo amarillo, directamente sobre mi cabeza, un sol tibio -a juzgar por el hecho de que podía mirarlo de frente- que despedía una luz blancuzca, apacible y uniforme.

Antes de que pudiese ponderar todas estas visiones ultraterrenas, me vi sacudido con violencia; mi cabeza oscilaba hacia adelante y hacia atrás. Sentí que me alzaban. Oí una voz aguda, riente, y enfrenté un espectáculo asombroso: una gigantesca mujer descalza. Su rostro era redondo y enorme. Su cabello negro estaba cortado al estilo paje. Sus brazos y piernas eran descomunales. Me levantó y me llevó hasta sus hombros como si fuera yo un muñeco. Mi cuerpo colgaba fláccido. Miré desde arriba su vigorosa espalda. Tenía un fino vello en torno de los hombros y sobre la espina dorsal. Desde su hombro, vi de nuevo el piso magnifico. Lo oía ceder elásticamente bajo el gran peso de la mujer, y veía las huellas que la presión de sus pies dejaba en él.

Me colocó bocabajo frente a una estructura, una especie de edificio. Noté entonces que algo fallaba en mi percepción de profundidad. No podía, mirando el edificio, calcular su tamaño. Por momentos parecía ridículamente pequeño, pero cuando, al parecer, ajusté mi percepción, sus proporciones monumentales me maravillaron.

La muchacha gigante se sentó junto a mí haciendo rechinar el piso. Yo tocaba su enorme rodilla. Olía a dulce o a fresas. Me habló y yo entendí todo lo que dijo; señalando la estructura, decía que yo iba a vivir allí.

Mi habilidad de observador parecía aumentar conforme yo superaba el choque inicial de encontrarme allí. Noté que el edificio tenía cuatro exquisitas columnas no funcionales. No soportaban nada; estaban encima del edificio. Su forma era la sencillez misma; eran proyecciones largas y gráciles que parecían tenderse hacia aquel impresionante cielo de increíble amarillo. El efecto de esas columnas invertidas era para mí la belleza pura. Tuve un ataque de éxtasis estético.

Las columnas parecían hechas de una pieza; yo no podía siquiera concebir tal factura. Las dos de enfrente estaban unidas por una delgada viga, una vara monumentalmente larga que, pensé, podía ser un barandal de algún tipo, o un pórtico sobre la fachada.

La muchacha gigante me deslizó bocarriba al interior de la estructura. El techo era negro y plano, lleno de agujeros simétricos que dejaban pasar el resplandor amarillento del sol, creando intrincados diseños. Me sobrecogió la absoluta y sencilla belleza lograda por esos puntos de cielo amarillo que se mostraban a través de aquellos precisos agujeros en el techo, y los dibujos de sombras creados sobre el piso intrincado y magnífico. La estructura era cuadrada, Y más allá de su punzante belleza, incomprensible para mí.

Mi exaltación era en ese momento tan intensa que quise llorar, o quedarme allí para siempre. Pero alguna fuerza o tensión, o algo indefinible, empezó a jalarme. De pronto me hallé fuera de la estructura; aún yacía bocarriba. La muchacha gigante seguía allí, pero con ella había otro ser, una mujer tan grande que casi llegaba al cielo y eclipsaba el sol. Comparada con ella, la muchacha era sólo una niñita. La mujer estaba enojada; asió la estructura por una de sus columnas, la alzó, la volteó al revés y la puso en el suelo. ¡Era una silla!

Esa realización fue como un catalizador; dio rienda suelta a percepciones avasalladoras. Atravesé una serie de imágenes que, pese a su inconexión, podían ordenarse en una secuencia. En destellos sucesivos vi o supe que el suelo magnífico e incomprensible era una estera de paja; el cielo amarillo, era el techo estucado de una habitación; el gol, un foco eléctrico; la estructura que tanto me extasió, una silla puesta de cabeza por una niña que jugaba a las casitas.

Tuve aún otra visión coherente y secuencial de una misteriosa estructura arquitectónica de proporciones monumentales. Se erguía aislada. Casi parecía la concha puntiaguda de un caracol parado de cabeza. Las paredes constaban de placas cóncavas y convexas de algún extraño material violeta; cada placa tenía surcos que parecían más funcionales que ornamentales.

Examiné la estructura meticulosa y detalladamente, y hallé que, como la anterior, era incomprensible por completo. Esperaba ajustar de pronto mi percepción para captar la «verdadera» naturaleza de la estructura. Pero no ocurrió nada por el estilo. Experimenté luego un conglomerado de "tomas de conciencia" o "hallazgos", ajenos e inextricables, acerca del edificio y su función; no tenían sentido, pues yo carecía de un marco de referencia donde colocarlos.

De un momento a otro recobré mi conciencia normal. Don Juan y don Genaro estaban junto a mí. Me hallaba cansado. Buqué mi reloj; había desaparecido. Don Juan -y don Genaro soltaron risitas al unísono.

Don Juan dijo que no me preocupara por el tiempo y que me concentrara en seguir ciertas recomendaciones que don Genaro me había hecho.

Miré a don Genaro y él hizo un chiste. La recomendación más importante, dijo, era que aprendiese a escribir con el dedo, para ahorrar lápices y para presumir.

Bromearon un rato más acerca de mis notas y luego me quedé dormido.

Don Juan y don Genaro escucharon el detallado recuento de mi experiencia, que a petición de don Juan hice al despertar al día siguiente.

-Genaro cree que ya tuviste suficiente por el momento -dijo don Juan cuando hube terminado.

Don Genaro asintió con la cabeza.

-¿Qué significa lo que experimenté anoche? -inquirí.

-Le echaste un vistazo al asunto más importante de la brujería -dijo don Juan-. Anoche te asomaste a la totalidad de ti mismo. Pero éstas palabras, desde luego, no tienen sentido para ti en este momento. Por lo que queda dicho, ya sabes que llegar a la totalidad de uno mismo no es cosa de que uno quiera aceptar, o de que uno esté dispuesto a aprender. Genaro piensa que tu cuerpo necesita tiempo para que el susurro del nagual te penetre.

Don Genaro volvió a asentir.

-Bastante tiempo -dijo, meneando la cabeza de arriba a abajo-. Unos veinte o treinta años.

No supe cómo reaccionar. Miré a don Juan en busca de una guía. Ambos tenían expresiones serias.

-¿De veras me faltan veinte o treinta años? -pregunté.

-¡Claro que no! -gritó don Genaro, y ambos soltaron la risa.

Don Juan me dijo que volviera cuando mi voz interna así lo indicase, y que mientras tanto intentara ordenar todas las sugerencias que me hicieron cuando estaba dividido.

-¿Cómo lo hago? -pregunté.

-Cerrando tu diálogo interno y dejando que algo en ti fluya y se expanda -repuso don Juan-. Ese algo es tu percepción, pero no trates de razonar de lo que te digo. Nada más déjate guiar por el susurro del nagual.

Luego dijo que la noche anterior yo había tenido dos perspectivas intrínsecamente distintas. Una era inexplicable; la otra, perfectamente natural, y el orden en que ocurrieron indicaba una condición inmanente en todos nosotros.

-Una vista era el nagual, la otra el tonal -añadió don Genaro.

Le pedí explicar su frase. Me miró y me palmeó la espalda.

Don Juan terció para decir que las dos primeras visiones eran el nagual, y que don Genaro había elegido un árbol y el suelo como puntos de énfasis. Las otras dos eran visiones del tonal seleccionadas por él mismo; una de ellas fue mi percepción del mundo cuando niño.

-Te parecía un mundo extraño porque tu percepción todavía no había sido cortada para ajustarla al molde deseado -dijo.

-¿Era así como yo veía realmente el mundo? -pregunté.

-Claro -dijo-. Eso fue tu memoria.

Pregunté a don Juan si el sentimiento de apreciación estética que me había extasiado era también parte de mi recuerdo.

-Entramos en esas vistas tal como somos hoy -dijo-. Veías la escena como la verías ahora. Pero el ejercicio era de percepción. Ésa era la escena de la época en que el mundo se volvió para ti lo que es ahora. Una época en que una silla se hizo una silla.

No quiso discutir la otra escena.

-Eso no era un recuerdo de mi niñez -dije.

-Pues claro que no -repuso-. Eso era otra cosa.

-¿Era algo que veré en el futuro? -pregunté.

-¡No hay futuro! -exclamó, cortante-. El futuro no es más que una manera de hablar. Para un brujo sólo existe el aquí y el ahora.

Dijo que esencialmente no había nada que decir al respecto porque el propósito del ejercicio fue abrir las alas de mi percepción, y que, si bien no volé con esas alas, toqué sin embargo cuatro puntos inconcebibles de alcanzar desde el punto de vista de mi percepción ordinaria.

Empecé a reunir mis cosas para marcharme. Don Genaro me ayudó a empacar mi cuaderno; lo puso en el fondo de mi portafolios.

-Allí estará calientito y tranquilo -dijo, guiñando un ojo-. Puedes tener la seguridad de que no se resfriará.

En esos momentos don Juan pareció cambiar de idea con respecto a mi partida y empezó a hablar de mi experiencia. Automáticamente quise tomar mi portafolios de manos de don Genaro, pero él lo dejó caer antes de que yo lo tocara. Don Juan hablaba de espaldas a mí. Recogí el portafolios y busqué presuroso mi cuaderno. Dan Genaro lo había empacado tan apretadamente que sacarlo me costó un trabajo infernal; finalmente lo tuve en mis manos y empecé a escribir. Don Juan y don Genaro me observaban.

-Pero que mal andas -dijo don Juan, riendo-. Buscas tu cuaderno como un borracho la botella.

-Como una madre amorosa busca a su niño -replicó don Genaro.

-Como un cura busca su crucifijo -añadió don Juan.

-Como una mujer busca sus bragas -gritó don Genaro.

Siguieron acumulando símiles y aullando de risa mientras me acompañaban hasta mi coche.

[9] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. EL SUSURRO DEL NAGUAL

 



Cuando nos acercamos a los eucaliptos vi a don Genaro sentado en un tronco. Sonriente, agitó la mano. Fuimos hasta él. Había en los árboles una bandada de cuervos. Graznaban como asustados. Don Genaro dijo que permaneciéramos quietos y en silencio hasta que los cuervos se calmaran. 

Don Juan reclinó la espalda contra un árbol y me indicó otro que estaba cerca, a su izquierda. Ambos dábamos la cara a don Genaro, que estaba a tres o cuatro metros de nosotros. Con un sutil movimiento de ojos, don Juan me indicó reacomodar mis pies. 




Se erguía de pie, con firmeza, los pies ligeramente separados, y sólo la parte superior de sus omoplatos, y el centro de su nuca, tocaban el tronco. Los brazos le pendían a los lados. Estuvimos así tal vez una hora. Yo los vigilaba detenidamente, sobre todo a don Juan.  En determinado momento se dejó resbalar suave-mente por el tronco y tomó asiento, manteniendo aún las mismas áreas de su cuerpo en contacto con el árbol.

Sus rodillas quedaron alzadas, y descansó en ellas los brazos. Imité sus movimientos. Tenía las piernas sumamente fatigadas y el cambio de postura me confortó. 

Los cuervos cesaron poco a poco de graznar, hasta que no hubo un sonido en el campo. El silencio me turbaba más que el ruido de los cuervos. 

Don Juan me habló en voz baja. Dijo que el crepúsculo era mi mejor hora. Miró el cielo. Pasarían de las seis. El día fue nublado y yo no había tenido manera de comprobar la posición del sol. 

Oí a lo lejos alboroto de gansos y quizá pavos. Pero en el campo de los eucaliptos no había rumor alguno. Desde un largo rato atrás, no se escuchaban pájaros ni insectos grandes. 

Los cuerpos de don Juan y don Genaro habían guardado una inmovilidad perfecta, hasta donde yo podía juzgar, excepto en los instantes en que, para descansar, desplazaban su centro de gravedad. 

Cuando don Juan y yo estábamos sentados en el suelo, don Genaro hizo un movimiento súbito. Alzó los pies y se puso en cuclillas sobre el tronco. Luego giró cuarenta y cinco grados, y me hallé mirando su perfil izquierdo: Busqué en don Juan una indicación. Él echó hacia adelante la barbilla; era una orden de mirar a don Genaro. 

Una agitación monstruosa me invadió. Era incapaz de contenerme. Mis intestinos se soltaban. Pude sentir en lo absoluto lo que Pablito debe de haber sentido al ver el sombrero de don Juan. Experimentaba tal tumulto intestinal que me fue necesario correr a los arbustos. Oí a los viejos aullar de risa. 

No me atreví a regresar con ellos. Titubeé un rato; pensé que mi repentina explosión habría roto el hechizo. No tuve que meditar mucho tiempo; don Juan y don Genaro vinieron a donde me hallaba. 

Me flanquearon y fuimos a otro campo. Nos detuvimos en su centro mismo, y recordé que estuvimos allí en la mañana. Don Juan me habló. Me dijo que fuera fluido, guardara silencio y detuviese el diálogo interno. 

Escuché con atención. Don Genaro debe haber advertido que toda mi concentración se enfocaba en las admoniciones de don Juan, y aprovechó ese momento para repetir lo que hizo en la mañana; de nuevo soltó su grito enloquecedor. Me tomó de sorpresa, pero no desprevenido. Casi inmediatamente recuperé mi equilibrio por medio de la respiración. El choque fue aterrador, pero no tuvo un efecto prolongado, y pude seguir con la vista los movimientos de don Genaro. 

Lo miré saltar a una rama baja. Al seguir su curso en una distancia de más o menos veinticinco metros, mis ojos experimentaron una extravagante distorsión. No era que saltara por medio de la acción elástica de sus músculos; más bien se deslizaba por el aire, catapultado en parte por su formidable alarido, y jalado por unas vagas líneas emanadas del árbol. 

Era como si el árbol lo chupara a través de esas líneas. Don Genaro quedó un momento encaramado en la rama. Yo veía su perfil izquierdo. Empezó a ejecutar una serie de movimientos extraños. Su cabeza oscilaba, su cuerpo se estremecía. Varias veces ocultó la cabeza entre las rodillas. 

Cuanto más se movía y se agitaba, mayor era mi dificultad para enfocar los ojos en su cuerpo. Parecía disolverse. Parpadeé como desesperado y luego alteré mi línea de visión torciendo la cabeza a diestro y siniestro, como don Juan me había enseñado. Desde mi perspectiva izquierda vi el cuerpo de don Genaro como nunca antes lo había visto. Parecía haberse puesto un disfraz. 

Lucía un traje peludo, del color de un gato siamés: ante claro, con toques de chocolate oscuro en las piernas y la espalda; tenía una cola gruesa y larga. El atavío de don Genaro  lo hacía verse como un cocodrilo peludo y café, de patas largas, sentado en una rama. No se discernían su cabeza ni sus facciones. 

Enderecé la cabeza hasta una postura normal. La visión de don Genaro disfrazado se mantuvo sin alteración. Sus brazos se estremecieron. Se paró en la rama, pareció agacharse, y saltó hacia el suelo. La rama estaba a cinco o seis metros de altura. 

Hasta donde yo podía juzgar, fue el salto ordinario de un hombre ataviado con un disfraz. Vi el cuerpo de don Genaro a punto de tocar el suelo, y entonces la gruesa cola de su disfraz vibró y, en vez de aterrizar, despegó como impelido por un silencioso motor de turbina. Ascendió por encima de los árboles y luego planeó casi hasta el suelo. 

Repitió una y otra vez la maniobra. En ocasiones asía una rama y se mecía dando la vuelta al árbol, o se escondía como una anguila entre las ramas. Y luego planeaba y describía círculos en torno nuestro, o aleteaba con los brazos al tocar su estómago la punta de los árboles. 

Los juegos de don Genaro me llenaban de asombro. Mis ojos lo seguían, y dos o tres veces percibí con toda claridad que usaba unas líneas brillantes, como si fueran poleas, para deslizarse de un sitio a otro. 

Luego pasó, hacia el sur, por encima de los árboles, y desapareció tras ellos. Traté de anticipar el sitio donde reaparecería, pero ya no se mostró. Advertí que yacía bocarriba, aunque no había tenido conciencia de ningún cambio en la perspectiva. Todo el tiempo creí estar de pie mirando a don Genaro. 

Don Juan me ayudó a sentarme, y entonces vi que don Genaro se acercaba. Caminaba con un aire de descuido. Sonrió con recato y preguntó si me había gustado su vuelo. 

Traté de decir algo, pero me hallaba mudo. Don Genaro cruzó con don Juan una extraña mirada y volvió a acuclillarse. Inclinándose, susurró en mi oído izquierdo. Lo oí decir: 

-¿Por qué no vienes a volar conmigo? Repitió la frase cinco o seis veces. Don Juan se acercó y me susurró en el oído derecho: -No hables. Tú nomás sigue a Genaro. Don Genaro me hizo poner en cuclillas y susurró de nuevo. Yo lo oía con precisión cristalina. Repitió unas diez veces: 

-Confía en el nagual. El nagual te va a llevar. Entonces don Juan susurró otra frase en mi oído derecho. Dijo: 

-Cambia tus sentimientos. 

Yo los oía hablarme a la vez, pero también percibía sus voces por separado. Cada una de las indicaciones de don Genaro tenía que ver con el contexto general de deslizarse por el aire. Las que repetía docenas de veces parecían ser aquellas que se grababan en mi memoria. En cambio, las palabras de don Juan se referían a órdenes específicas que repitió incontables veces. 

El efecto del susurro doble fue por demás extraordinario. Parecía que el sonido de sus palabras individuales me partiera por la mitad. Finalmente, el abismo entre mis oídos fue tan ancho que perdí todo sentido de unidad. 

Había algo que sin duda era yo, pero carecía de solidez. Semejaba una niebla resplandeciente, una neblina amarillo oscuro dotada de sentimientos. Don Juan dijo que iba a moldearme para el vuelo. Tuve entonces la sensación de que las palabras eran como unas pinzas que torcían y moldeaban mis "sentimientos".

Las palabras de don Genaro eran una invitación a seguirlo. Sentí que deseaba hacerlo, pero no podía. La disociación era tan grande que me incapacitaba. Oí entonces las mismas frases cortas interminablemente repetidas por ambos; cosas como: 

«Mira qué bonita figura para volar»

«Salta, salta»

«Tus piernas te subirán a la copa de los árboles» 

«Los eucaliptos son puntos verdes»

«Los gusanos son luces»

Algo ha de haber cesado en mí en un momento dado; quizá la conciencia de que se me dirigía la palabra. Sentía que don Genaro se hallaba aún conmigo, pero en lo tocante a percepción sólo discernía una masa enorme de las más extraordinarias luces. 

A ratos el fulgor disminuía y a ratos se intensificaba. Asimismo, yo experimentaba movimiento. El efecto era el de ser jalado por un vacío que no me daba tregua. Cada vez que mi movimiento parecía disminuir y me era posible enfocar la atención en las luces, el vacío me jalaba de nuevo. 

En cierto momento, entre el tirón hacia adelante y hacia atrás, experimenté la máxima confusión. El mundo en torno mío, fuera lo que fuese, iba y venía al mismo tiempo; de allí el efecto de vacío. 

Veía dos mundos por separado; uno que se alejaba de mí y otro que se acercaba. No me di cuenta de esto en forma ordinaria; es decir, no tomé conciencia de ello como de algo que hasta entonces no se revelaba. Más bien tuve dos percepciones que no llegaron a unificarse. Después, mis percepciones se opacaron. O carecían de precisión, o eran demasiadas y no había modo de diferenciarlas. 

El siguiente grupo de percepciones discernibles fue una serie de sonidos en el extremo de una larga configuración semejante a un tubo. El tubo era yo mismo y los sonidos eran don Juan y don Genaro, que de nuevo me hablaban uno por cada oído. Conforme hablaban, el tubo se iba acortando, hasta quedar los sonidos en una gama que yo reconocía. 

Es decir: el sonido de las palabras de don Juan y don Genaro alcanzó mi gama normal de percepción; los sonidos se hicieron reconocibles primero como ruidos, luego como palabras gritadas, y finalmente como palabras susurradas en mis orejas. 

A continuación noté objetos del mundo familiar. Al parecer me hallaba tendido bocabajo. Distinguía terrones, piedras, hojas secas. Y luego me percaté del campo de eucaliptos. Don Juan y don Genaro estaban de pie junto a mí. Aún había luz. Sentí que debía meterme en el agua para consolidarme. Fui al río, me quité la ropa y permanecí en el agua fría el tiempo suficiente para restaurar mi equilibrio perceptual. 

Don Genaro se marchó apenas llegamos a su casa. Al despedirse, me dio una palmada en el hombro. Me aparté de un salto por acción refleja. Pensaba que su contacto sería doloroso; para mi sorpresa, no fue más que un suave golpecito en el hombro. 

Don Juan y don Genaro rieron como dos niños celebrando una travesura. 

-No seas tan nervioso -dijo don Genaro-. El nagual no anda tras de ti todo el tiempo. Chasqueó los labios como reprobando mi reacción excesiva, y con aire de candor y camaradería abrió los brazos. Lo abracé. Me palmeó la espalda en un gesto sumamente cálido y amistoso. 

-Debes preocuparte del nagual sólo en ciertos momentos -dijo-. El resto del tiempo, tú y yo somos como cualquier otra gente de este mundo. Se volvió a don Juan y le sonrió. 

-¿No es así, Juancho? -preguntó. 

-Así es, Gerancho -repuso don Juan. Ambos tuvieron una explosión de risa. 

-Debo prevenirte -me dijo don Juan-: tienes que ejercer la vigilancia más exigente para estar seguro de cuándo un hombre es un nagual y cuándo es simplemente un hombre. Puedes morir si entras en contacto físico directo con el nagual. 

Don Juan se volvió a don Genaro y con ancha sonrisa preguntó: 

-¿No es así, Gerancho? 

-Pues así es, Juancho -repuso don Genaro y ambos rieron. Su alegría infantil me conmovió sumamente. 

Los sucesos del día habían sido agotadores y mi emotividad estaba a flor de piel. Una oleada de autocompasión me envolvió. Casi lloraba al repetirme una y otra vez que lo que ellos me habían hecho, fuera lo que fuese, poseía carácter de irreversible y probablemente de perjudicial. 

Don Juan parecía leer mis pensamientos; meneó la cabeza en un gesto de incredulidad. Chasqueó la lengua. Hice un esfuerzo por detener mi diálogo interno, y la autocompasión desapareció. 

-Genaro es muy cariñoso -comentó don Juan cuando don Genaro se fue-. El designio del poder fue que hallaras un benefactor gentil. No supe qué decir. La idea de que don Genaro era mi benefactor me intrigaba sobremanera. 

Quise que don Juan me dijera más al respecto. Él no parecía tener ganas de hablar. Miró el cielo y la cima de la oscura silueta de unos árboles al lado de la casa. 

Tomó asiento con la espalda contra un grueso palo ahorquillado, plantado casi frente a la puerta, y me indicó sentarme junto a él, a su izquierda. Así lo hice. Tomándome del brazo me jaló más cerca, hasta que nuestros cuerpos se tocaron. 

Dijo que esa hora de la noche era peligrosa para mí, sobré todo en aquella ocasión. Con voz muy tranquila me dio una serie de instrucciones: no nos moveríamos del sitio hasta que él lo creyera conveniente; seguiríamos hablando, en tono sosegado, sin interrupciones largas; yo debía respirar y parpadear como si me hallara frente al nagual. 

-¿Está por aquí el nagual? -pregunté. 

-Desde luego -dijo, y rió por lo bajo. Prácticamente me acurruqué contra don Juan. 

Él empezó a hablar y solicitó de mí cualquier tipo de preguntas. Incluso me dio mi libreta y mi lápiz, como si yo pudiera escribir en la oscuridad. Afirmó que yo necesitaba estar lo más tranquilo y normal que fuese posible, y no había mejor modo de fortificar mi tonal que el de tomar notas. 

Planteó el asunto en un nivel conminatorio; dijo que si anotar era mi predilección, debía ser capaz de hacerlo aun entre tinieblas. Había en su voz un tono de reto cuando me dijo que yo podía convertir la anotación en una tarea de guerrero, en cuyo caso la oscuridad no sería ningún obstáculo. 

De algún modo debe de haberme convencido, pues logré garrapatear partes de nuestra conversación. El tema principal fue don Genaro como benefactor mío. Yo tenía curiosidad de saber cuándo se había vuelto tal, y don Juan me instó a recordar un supuesto suceso extraordinario que tuvo lugar el día en que conocí a don Genaro, y que sirvió de señal propicia. No pude recordar nada por el estilo. Empecé a recontar la experiencia; hasta donde recordaba, fue un encuentro de lo más común y casual, ocurrido en la primavera del año 1968. 

Don Juan me detuvo. 

-Si eres tan tonto que no te acuerdas -dijo-, más vale dejarlo así. Un guerrero sigue los dictados del poder. Lo recordarás cuando se haga necesario: Don Juan dijo que tener benefactor era un asunto muy difícil. 

Citó como ejemplo el caso de su aprendiz Eligio, que llevaba muchos años con él. Dijo que Eligio no había podido encontrar benefactor. Le pregunté si a la larga lo hallaría; repuso que no había modo de predecir los caprichos del poder. Me recordó que una vez, años atrás, habíamos encontrado un grupo de indios jóvenes explorando el desierto en el norte de México. Dijo que había "visto" en aquella ocasión que ninguno de ellos tenía benefactor, y que el entorno general y el ánimo del momento eran propicios para que él les diera una ayuda mostrándoles el nagual. 

Hablaba de una noche en que cuatro jóvenes presenciaron, sentados junto al fuego, lo que yo consideré un truco espectacular, en el cual don Juan pareció manifestarse en diferente forma ante cada uno de nosotros. 

-Esos muchachos ya sabían bastante -dijo-. Tú eras el único novato entre ellos. 

-¿Qué les ocurrió después? -pregunté. 

-Algunos hallaron benefactor -fue la respuesta. 

Don Juan dijo que el deber del benefactor era entregar a su pupilo al poder, y que el benefactor impartía al neófito su toque personal, tanto como el maestro o más todavía. 

Durante una corta pausa en la plática, oí un extraño ruido rasposo en la parte trasera de la casa. Don Juan me retuvo; yo casi me había levantado como reacción. Antes del ruido, nuestra conversación había sido para mí una cosa común y corriente. Pero cuando ocurrió la pausa, y hubo un momento de silencio, el extraño ruido se metió por él. En ese instante tuve la certeza de que nuestra conversación era un suceso extraordinario. Sentí que el sonido de las palabras de don Juan y las mías, era como una capa quebradiza, y que el ruido había estado al acecho, en espera de una oportunidad para irrumpir. 

Don Juan me ordenó seguir sentado sin prestar atención al entorno. El sonido rasposo evocaba a un topo cavando en suelo duro y seco. En el momento en que pensé en el símil, tuve asimismo la imagen visual de un roedor como el que don Juan me había enseñado en la palma de su mano. Era como si me estuviese durmiendo y mis pensamientos se hicieran visiones o sueños. Inicié el ejercicio de respiración y sostuve mi estómago con las manos entrelazadas. 

Don Juan seguía hablando, pero yo no lo escuchaba. Mi atención se hallaba en el suave crujir de una cosa serpentina al deslizarse sobre pequeñas hojas secas. Tuve un momento de pánico y repulsión física ante la idea de que una serpiente me pasara encima. Involuntariamente metí los pies bajo las piernas de don Juan mientras respiraba y parpadeaba frenéticamente. Oí el ruido tan cerca que parecía estar a menos de un metro. Mi pánico aumentó. Don Juan dijo calmadamente que la única manera de repeler al nagual era permanecer inalterable. Me ordenó estirar las piernas y no enfocar la atención en el ruido. Imperioso, exigió que escribiera o preguntara, e hiciera un esfuerzo por no sucumbir. 

Tras una gran pugna le pregunté si era don Genaro quien hacía el ruido. Dijo que era el nagual y que no los confundiese; Genaro era el nombre del tonal. Añadió otra cosa, pero no pude entenderle. Algo describía círculos en torno a la casa y yo no podía concentrarme en la conversación. Me ordenó hacer un esfuerzo supremo. 

En determinado momento me hallé balbuciendo inanidades. Tuve una sacudida de miedo y entré en un estado de gran lucidez. Don Juan me dijo entonces que podía escuchar. Pero no había sonido alguno. 

-El nagual ya se fue -dijo don Juan, y levantándose entró en la casa. 

Encendió una linterna de queroseno y preparó la comida. La consumimos en silencio. Le pregunté si el nagual volvería. 

-No -dijo con expresión seria-. Nada más te estaba probando. 

A esta hora, justo después del crepúsculo, siempre deberías de ocuparte en algo. Cualquier cosa es buena. Se trata sólo de un periodo corto, acaso una hora, pero en tu caso, una hora mortal. 

Esta noche, el nagual quiso hacerte perder el paso, pero fuiste lo bastante fuerte para rechazar su asalto. Una vez sucumbiste y tuve que echarte agua en todo el cuerpo; ahora lo hiciste mejor. 

Observé que la palabra "asalto" daba a lo ocurrido un aire de peligro. 

-¿Un aire de peligro? Bonita manera de decirlo -repuso-. No estoy tratando de asustarte. Las acciones del nagual son mortales. Ya te lo he dicho, y no es que Genaro trate de hacerte daño; al contrario, su preocupación por ti es impecable, pero si no tienes el poder suficiente para detener la embestida del nagual, te mueres, pese a mi ayuda o a la preocupación de Genaro. 

Cuando terminamos de comer, don Juan tomó asiento junto a mí y por encima de mi hombro miró las notas. Comenté que probablemente tardaría años en ordenar todo lo que me había pasado ese día. 

Me habían inundado percepciones que ni siquiera tenía la esperanza de entender. 

-Si no entiendes, estás pero muy bien -dijo él-. Cuando entiendes es cuando te va mal. Eso es desde el punto de vista de un brujo, por supuesto. Desde el punto de vista de un hombre común, si no entiendes te vas a pique. En tu caso, yo diría que un hombre común creería que estás disociado, o que empiezas a disociarte. 

Reí ante su elección de términos. Supe que me devolvía el concepto de disociación; yo se lo había mencionado alguna vez antes en conexión con mis temores. Le aseguré que en esta ocasión no iba a preguntar nada acerca de lo que había atravesado. 

-Nunca te he prohibido hablar -dijo él-. Podemos hablar del nagual todo lo que se te dé la regalada gana, siempre y cuando no trates de explicarlo. Si recuerdas correctamente, dije que el nagual es sólo para presenciarse. Conque podemos hablar de lo que presenciamos y de cómo lo presenciamos. Pero tú quieres abordar la explicación de cómo es todo aquello posible, y eso es una abominación. Quieres explicar el nagual con el tonal. Eso es una estupidez, especialmente en tu caso, puesto que tú ya no puedes esconderte en tu ignorancia. Tú sabes muy bien que nosotros tenemos sentido al hablar sólo porque permanecemos dentro de ciertas fronteras, y esas fronteras no se aplican al nagual. Intenté aclarar el asunto. No era solamente que yo quisiese explicarlo todo desde un punto de vista racional; mi tendencia a explicar brotaba de la necesidad de mantener el orden a través de los tremendos asaltos de percepciones y estímulos caóticos que había sufrido. 

El comentario de don Juan fue que yo trataba de defender un argumento en el que no creía. 

-Sabes muy bien que te estás entregando -dijo-. Mantener el orden significa ser un tonal perfecto, y ser un tonal perfecto significa darse cuenta de todo cuanto ocurre en la isla del tonal. Pero tú no estás haciendo eso. Conque tu argumento de mantener el orden carece de verdad. Lo usas sólo para ganar una discusión. 

No supe qué decir. Don Juan me consoló, más o menos, diciendo que se requería una pugna titánica para limpiar la isla del tonal. Luego me pidió relatar cuanto había percibido en mi segunda sesión con el nagual. Después de escucharme, señaló que lo que ví como un cocodrilo peludo era el epítome del sentido humorístico de don Genaro. 

-Qué lástima que todavía seas tan pesado -dijo-. Siempre te atoras en el desconcierto y pierdes de vista el verdadero arte de Genaro. 

-¿Advirtió usted su apariencia, don Juan? 

-No. La función era nada más para ti. 

-¿Qué vio usted? 

-Todo lo que pude ver hoy fue el movimiento del nagual, deslizándose entre los árboles y girando en torno nuestro. Cualquiera que vea puede presenciar eso. 

-¿Y alguien que no ve

-No presenciaría nada; sólo, quizá, los árboles agitados por el viento. Nosotros siempre interpretamos cualquier expresión desconocida del nagual como algo que conocemos; en este caso el nagual podría interpretarse como una brisa que sacude las hojas, o aún como una luz extraña, como una luciérnaga de gran tamaño. Si un hombre que no ve se halla presionado, dirá que creyó ver algo pero no pudo recordar qué. Esto es muy natural. Él estaría diciendo la verdad. Después de todo, sus ojos no habrían juzgado nada extraordinario; siendo los ojos del tonal, tienen que limitarse al mundo del tonal, y en ese mundo no hay nada asombrosamente nuevo, nada que los ojos no puedan captar y el tonal no pueda explicar. 

Le pregunté por las insólitas percepciones que me produjeron al susurrar en mis oídos. 

-Ésa fue la mejor parte de todo lo ocurrido -dijo-. Podríamos prescindir de los demás, pero ése fue el punto final del día. La regla pide que el benefactor y el maestro hagan ese arreglo final. El más difícil de todos los actos. Tanto el maestro como el benefactor deben ser guerreros impecables antes de intentar siquiera la hazaña de partir a un hombre. Tú no sabes eso, porque todavía está más allá de tu dominio, pero el poder ha sido otra vez benévolo contigo. Genaro es el guerrero más impecable que existe. 

-¿Por qué es el partir a un hombre tan gran hazaña? 

-Porque es peligrosa. Podrías haber muerto como un bicho. O, peor todavía, podríamos no haber logrado juntarte de nuevo y te habrías perdido en ese extraño plano de sentimientos. 

-¿Por qué era necesario que ustedes me hicieran eso, don Juan? -Hay un cierto momento en que el nagual debe susurrar en el oído del aprendiz y partirlo. 

-¿Qué significa eso, don Juan? 

-Para ser un tonal común y corriente, un hombre debe tener unidad. Todo su ser debe pertenecer a la isla del tonal. Sin esa unidad el hombre se saldría de quicio; un brujo, sin embargo, debe romper esa unidad, pero sin poner en peligro su ser. La meta de un brujo es durar; es decir, no correr riesgos innecesarios, por ello, pasa años barriendo su isla hasta el momento en que puede, por así decirlo, escaparse de ella. 

Partir a un hombre en dos es la puerta para esa fuga. El partirte en dos, lo cual ha sido la cosa más peligrosa que has atravesado, fue sencillo y fácil. El nagual te guió con maestría. Créeme, sólo un guerrero impecable puede hacer eso. Me sentí muy bien por ti. 

Don Juan me puso una mano en el hombro y experimenté un enorme impulso de llorar. 

-Ya estamos llegando al punto en que usted no volverá a verme, ¿verdad? -pregunté. Riendo, meneó la cabeza. 

-Te entregas a tu vicio como un hijo de la... -dijo-. Pero todos lo hacemos. De diferentes modos, eso es todo. A veces yo también me entrego. 

Mi modo es sentir que te he consentido y debilitado. Sé que Genaro siente lo mismo con respecto a Pablito. Lo consiente como a un niño. Pero así lo  dispuso el poder. Genaro da a Pablito todo lo que es capaz de dar, y uno no puede desear que hiciera otra cosa. 

Uno no puede criticar a un guerrero por hacer cuanto impecablemente puede. Calló un rato. Yo estaba demasiado nervioso pasa guardar silencio. 

-¿Qué cree usted que me pasaba cuando me sentía chupado por un vacío? -pregunté. 

-Te deslizabas -dijo como si tal cosa. 

-¿Por el aire? 

-No. Para el nagual no hay tierra, ni aire, ni agua. En este momento, tú mismo puedes estar de acuerdo con esto. Dos veces estuviste en ese limbo y sólo estabas a las puertas del nagual. Me has dicho que todo cuanto encontraste era insólito. 

Así pues el nagual se desliza, o vuela, o hace lo que haga, en la hora del nagual, que nada tiene que ver con la hora del tonal. Las dos cosas no casan. Mientras don Juan hablaba, sentí un temblor en el cuerpo. Mi quijada descendió y mi boca se abrió involuntariamente. Mis oídos se destaparon y pude escuchar un zumbido o vibración apenas perceptible. 

Al describir mis sensaciones a don Juan, noté que mis palabras sonaban como si alguien más las pronunciase. Era una sensación compleja, equivalente a oír lo que aún no decía. 

Mi oído izquierdo era una fuente de percepciones extraordinaria. Sentí que era más potente y exacto que mi oído derecho. Tenía algo que no había tenido antes. Cuando me volví a encarar a don Juan, que estaba a mi derecha, advertí, en torno a ese oído, un campo de clara percepción auditiva. 

Era un espacio físico, un campo dentro del cual los sonidos adquirían una fidelidad increíble. Volviendo la cabeza, yo podía barrer el entorno con mi oído. 

-El susurro del nagual te hizo eso -dijo don Juan cuando describí mi experiencia sensorial-. Vendrá a ratos y luego se perderá. No le tengas miedo a esto, ni tampoco a ninguna sensación desacostumbrada que tengas de aquí en adelante. 

Pero sobre todo, no te des a tu vicio ni te obsesiones con esas sensaciones. Sé que tendrás éxito. El momento que escogimos para partirte fue correcto. El poder dispuso todo eso. Ahora lo demás depende de ti. Si tienes poder suficiente, soportarás el gran choque de la partición. Pero si eres incapaz de soportarlo, perecerás. Empezarás a marchitarte, a perder peso; te volverás pálido, distraído, irritable, callado. 

-Quizá -dije- si usted me hubiera dicho hace años lo que usted y don Genaro hacían, yo tendría bastante... Alzó la mano y me impidió terminar. 

-Lo que dices no tiene sentido -dijo-. Una vez me dijiste que, de no ser por el hecho de que eres terco y dado a explicaciones racionales, ya serías un brujo hoy en día. Pero ser brujo significa, en tu caso, que debes superar la terquedad y la necesidad de explicaciones racionales, que obstruyen tu camino. 

Más aún: esas limitaciones son tu camino al poder. No puedes decir que el poder fluiría hacia ti si tu vida fuera diferente. Genaro y yo tenemos que actuar igual que tú; dentro de ciertos límites. El poder dispone esos límites y un guerrero es, digamos, un prisionero del poder; un prisionero que puede hacer una decisión: la decisión de actuar como un guerrero impecable, o actuar como un asno. 

A fin de cuentas, quizás el guerrero no sea un prisionero sino un esclavo del poder, porque la decisión ya no es una decisión para él. Genaro no puede actuar en ninguna otra forma más que impecablemente. Actuar como un asno lo agotaría y lo llevaría a la tumba. 

La razón por la que tienes miedo de Genaro, es porque él debe usar la avenida del miedo para encoger tu tonal. Tu cuerpo sabe eso, aunque tal vez tu razón lo ignore, y por esto tu cuerpo quiere salir corriendo cada vez que Genaro anda cerca. 

Mencioné que tenía curiosidad por saber si don Genaro se proponía deliberadamente asustarme. Don Juan dijo que el nagual hacía cosas extrañas, cosas que no podían preverse. 

Puso como ejemplo lo que había ocurrido entre nosotros esa mañana, cuando él me impidió voltear a la izquierda para mirar a don Genaro en el árbol. Dijo que se dio cuenta de lo que su nagual había hecho, aunque no tenía manera de saberlo por adelantado. 

Su explicación del asunto fue que mi súbito movimiento hacia la izquierda era un paso en dirección de mi muerte, un acto suicida que mi tonal realizaba a propósito. Ese movimiento agitó el nagual de don Juan, con el resultado de que una parte suya cayó encima de mí. Hice un gesto involuntario de perplejidad. 

-Tu razón te está diciendo otra vez que eres inmortal -dijo. 

-¿Qué quiere usted decir con eso, don Juan? 

-Un ser inmortal tiene todo el tiempo del mundo para dudas y desconciertos y temores. Un guerrero, en cambio, no puede aferrarse a los significados que se hacen bajo las órdenes del tonal, porque el guerrero sabe con certeza que la totalidad de sí mismo tiene sólo un poquito de tiempo sobre esta tierra. 

Quise presentar un argumento serio. Mis temores, mis dudas, mi desconcierto, no se daban en un nivel consciente y, por mucho que intentara controlarlos, me sentía desamparado cada vez que me enfrentaba con don Juan y don Genaro. 

-Un guerrero no puede sentirse desamparado -dijo él-. Ni desconcertado ni asustado, bajo ninguna circunstancia. Para un guerrero, sólo hay tiempo para su impecabilidad; todo lo demás agota su poder, la impecabilidad lo renueva. 

-Volvamos a mi vieja pregunta, don Juan. ¿Qué es la impecabilidad? 

-Sí, volvemos a tu vieja pregunta y por supuesto volvemos a mi vieja respuesta: «La impecabilidad es hacer lo mejor que puedas en lo que fuese» 

-Pero, don Juan, yo me refiero a que siempre tengo la impresión de estar haciendo lo mejor que puedo, cuando por lo visto no lo hago. 

-No es tan complicado como lo haces parecer. La clave de todos estos asuntos de impecabilidad es el sentido de tener o no tener tiempo. Por regla general, cuando te sientes y actúas como un ser inmortal que tiene todo el tiempo del mundo, no eres impecable; en esos momentos debes volverte, mirar alrededor tuyo, y entonces te darás cuenta de que tu sentimiento de tener tiempo es una idiotez. ¡No hay supervivientes en esta tierra!

jueves, 27 de agosto de 2026

[8] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. LA HORA DEL NAGUAL

 


Subí corriendo una pendiente frente a la casa de don Genaro y en un espacio despejado junto a la puerta se encontraban don Genaro junto con don Juan. Ambos me sonrieron con una sonrisa que emanaba tal calor e inocencia, que mi cuerpo se conmovió experimentando un estado inmediato de alarma.

Aminoré el paso y los saludé. 

-¿Pero, cómo estás? -me preguntó don Genaro, con tal afección que todos reímos. 

-Está más que bien -intervino don Juan antes de que yo pudiera responder-. 

-Eso veo -repuso don Genaro-. ¡Mira esa papada! ¡Oye, pero qué gordo y cachetón está! 

Don Juan se echó a reír agarrándose el estómago. 

-Tienes la cara redonda -prosiguió don Genaro-. ¿A qué te has dedicado? ¿A comer? 

Don Juan le aseguró, en son de broma, que mi estilo de vida me imponía comer en abundancia. De la manera más amistosa, hicieron bromas acerca de mi vida, y luego don Juan me pidió sentarme entre ellos. 

El sol ya se había puesto detrás de la enorme cordillera del oeste. 

-¿Dónde está tu famoso cuaderno? -me preguntó don Genaro, y cuando lo saqué del bolsillo gritó como los charros quitándomelo de las manos. 

Obviamente, me había observado con gran cuidado y conocía a la perfección mis formas. Sostuvo el cuaderno con ambas manos y jugó nerviosamente con él, como si no supiera qué hacer. Dos veces estuvo a punto de arrojarlo a un lado, pero se contuvo. Luego lo reclinó contra sus rodillas y fingió escribir febrilmente, como yo hago. Don Juan rió tanto que casi se ahoga. 

-¿Qué hiciste después de que me fui? -preguntó cuando ambos se hubieron calmado. 

-El jueves fui al mercado -dije. 

-¿Qué hacías allí? ¿Desandando tus pasos? -repuso. 

Don Genaro cayó hacia atrás y produjo con los labios el ruido seco de una cabeza al golpear contra el suelo. Me miró de reojo e hizo un guiño. 

-Tuve que hacerlo -dije-. Y descubrí que entre semana no hay puestos de monedas ni de libros usados. Los dos rieron. Luego don Juan dijo que hacer preguntas no revelaría nada nuevo. 

-¿Qué es lo que realmente pasó, don Juan? -pregunté. 

-Créeme, no hay manera de saberlo -dijo con sequedad-. En esos asuntos, tú y yo estamos en las mismas. Mi ventaja sobre ti en este momento es que yo sé cómo llegar al nagual, y tú no. Pero una vez que llego allí, no tengo más ventaja ni más conocimiento que tú. 

-¿Aterricé realmente en el mercado, don Juan? -pregunté. -Claro que sí. Ya te lo dije: el nagual está a las órdenes del guerrero. ¿No es cierto, Genaro? 

-¡Cierto! -exclamó don Genaro con voz atronadora y se incorporó en un solo movimiento. Fue como si su voz lo hubiera alzado, desde una postura yacente, hasta una perfectamente vertical. 

Don Juan casi rodaba por el suelo de tanto reír. Don Genaro, con aire de indiferencia, hizo una cómica reverencia y dijo adiós. 

-Genaro te verá mañana en la mañana -dijo don Juan-. Ahora debes quedarte aquí sentado en silencio completo. No dijimos otra palabra. Tras horas de silencio, me quedé dormido. Miré mi reloj. Eran casi las seis de la mañana. 

Don Juan examinó la sólida masa de nubes, blancas y densas, sobre el horizonte oriental, y concluyó que sería un día nublado. Don Genaro olfateó el aire y añadió que también sería caluroso y sin viento. 

-¿Hasta dónde vamos? -pregunté. -

Hasta esos eucaliptos de allá -replicó don Genaro, señalando lo que parecía ser una arboleda, a menos de dos kilómetros de distancia. 

Cuando llegamos allí, pude ver que no era una arboleda; los eucaliptos habían sido plantados en líneas rectas para marcar los limites de campos donde se hacían diferentes cultivos. 

Caminamos por el borde de un maizal, bajo una fila de árboles enormes, delgados y derechos, de más de treinta metros de altura, y llegamos a un campo baldío. Supuse que la cosecha acababa de recogerse. Quedaban sólo hojas y tallos secos de unas plantas que no reconocí. Me agaché a recoger una hoja, pero don Genaro me detuvo y asió mi brazo con gran fuerza. 

Me retraje dolorido, y entonces noté que sólo me tocaba suavemente con los dedos. Evidentemente sabía lo que había hecho y lo que yo experimentaba. Con un veloz movimiento, quitó los dedos de mi brazo y luego los puso de nuevo, gentilmente. Lo repitió una vez más y rió de mi mueca de dolor, como un niño deleitado. Luego me mostró el perfil. Su nariz aguileña le daba aspecto de pájaro: de un pájaro con extraños y largos dientes blancos. 

En voz suave, don Juan me dijo que no tocara nada. Le pregunté si sabía qué clase de cosecha se había levantado allí. Parecía a punto de responder, pero don Genaro terció diciendo que era un campo de gusanos. Don Juan me miró con fijeza, sin asomo de sonrisa. La respuesta absurda de don Genaro tenía visos de chiste. Aguardé el pie para empezar a reír, pero ellos sólo me miraron. 

-Un campo de gusanos muy lindos -dijo don Genaro-. Sí, lo que aquí crecía eran los gusanos más bonitos que yo he visto. Se volvió hacia don Juan. Ambos se miraron un instante. 

-¿No es cierto? -preguntó. -Absolutamente cierto -dijo don Juan, y volviéndose a mí, añadió en voz baja-: Genaro tiene hoy la batuta; sólo él puede decir qué es qué, conque haz exactamente lo que diga. 

La idea de que don Genaro tenía las riendas me llenó de terror. Miré a don Juan para decírselo; pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, don Genaro soltó un largo y formidable grito: un clamor tan fuerte y temible que sentí cómo mi nuca se hinchaba y el cabello flotaba como si un viento lo moviera. 

Tuve un instante de disociación completa y habría permanecido inmóvil en mi sitio de no haber sido por don Juan, quien con increíble velocidad y dominio hizo girar mi cuerpo para que mis ojos atestiguaran una hazaña inconcebible. 

Don Genaro estaba parado horizontalmente, a unos treinta metros del suelo, sobre el tronco de un eucalipto que se hallaba acaso a cincuenta metros de distancia. Es decir, estaba parado con las piernas abiertas, perpendicular al tronco. Era como si tuviese ganchos en el calzado y con ellos pudiera desafiar la gravedad. 

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y me daba la espalda. Lo miré fijamente. No quería parpadear por miedo a perderlo de vista. Realicé un rápido juicio y concluí que, de conservarlo dentro de mi campo de visión, tal vez podría detectar un indicio, un movimiento, un gesto, o cualquier cosa que me ayudara a comprender qué ocurría. 

Sentí la cabeza de don Juan junto a mi oído derecho; en un susurro me dijo que cualquier intento de explicar era inútil e idiota. Lo oí repetir: 

-Empuja la barriga para abajo, para abajo. Era una técnica que me había enseñado, años antes, para momentos de gran peligro, miedo o tensión. Consistía en empujar hacia abajo el diafragma mientras se tomaban cuatro marcadas bocanadas de aire, seguidas por cuatro hondas inhalaciones y exhalaciones por la nariz. Había explicado que las bocanadas tenían que sentirse como sacudidas en la parte media del cuerpo, y que el mantener las manos apretadamente enlazadas, cubriendo el ombligo, daba fuerza a la sección abdominal y ayudaba a controlar las bocanadas y las inhalaciones profundas, que debían retenerse hasta la cuenta de ocho mientras el diafragma se presionaba hacia abajo. Las exhalaciones se hacían dos veces a través de la nariz y dos a través de la boca, en forma lenta o acelerada, según la propia preferencia. 

Maquinalmente obedecí a don Juan. No me atrevía, sin embargo, a apartar los ojos de don Genaro. Conforme seguía respirando, mi cuerpo se relajó y me di cuenta de que don Juan torcía mis piernas. Al parecer, cuando me hizo girar mi pie derecho se atoró en un montón de tierra y mi pierna izquierda quedó forzadamente doblada. Cuando me enderezó, cobré conciencia de que el choque de ver a don Genaro de pie en el tronco de un árbol me había hecho ignorar mi incomodidad. 

Don Juan me susurró al oído que no fijara la vista en don Genaro. -¡Parpadea! ¡Parpadea! -lo oí decir. Durante un momento sentí una gran incomodidad. 

Don Juan volvió a ordenarme. Yo estaba convencido de que todo el fenómeno se ligaba de algún modo a mí como el observador, y que si yo, único testigo de la hazaña de don Genaro, dejaba de mirarlo, caería por tierra, o acaso la escena entera desaparecería. 

Tras una inmovilidad torturantemente larga, don Genaro giró sobre sus talones, cuarenta y cinco grados a la derecha, y empezó a caminar tronco arriba. 

Su cuerpo temblaba: Lo vi dar un pequeño paso tras otro, hasta que hubo avanzado ocho. Incluso rodeó una rama. Luego, con los brazos cruzados todavía sobre el pecho, tomó asiento en el tronco, dándome la espalda. 

Sus piernas pendían como si se hallara sentado en una silla, como si la gravedad no tuviera efecto sobre él. Luego pareció andar sentado, hacia abajo. Alcanzó una rama paralela a su cuerpo y por unos segundos se reclinó en ella con el brazo izquierdo y la cabeza; parecía apoyarse para lograr un efecto dramático más que para sostener su cuerpo. 

Luego, reanudó su camino pasando, centímetro a centímetro, del tronco a la rama, hasta que hubo cambiado de postura y se halló sentado como cualquiera podría sentarse normalmente en una rama. 

Don Juan rió en silencio. Yo tenía un horrible sabor de boca. Quise volverme hacia don Juan, que se hallaba un poco detrás de mí, a la derecha, pero no me atrevía a perderme ninguna de las acciones de don Genaro. 

Tras unos minutos, cruzó los pies y los meció suavemente; finalmente, volvió a deslizarse hacia arriba sobre el tronco. Don Juan me tomó la cabeza entre las manos y la inclinó hacia la izquierda a modo que mi línea de visión fuera paralela al árbol, más que perpendicular. 

Mirando a don Genaro desde ese ángulo, no parecía estar desafiando la gravedad. Simplemente se hallaba sentado en el tronco de un árbol. Noté entonces que, si lo miraba sin pestañear, el trasfondo se hacía vago y difuso, y la claridad del cuerpo de don Genaro se intensificaba; su forma se hacía predominante, como si nada más existiera. 

Velozmente, don Genaro volvió a deslizarse a la rama. Quedó sentado meciendo los pies, como en un trapecio. El mirarlo desde una perspectiva sesgada hacía que ambas posiciones, especialmente aquélla sobre el tronco, parecieran factibles. 

Don Juan volvió mi cabeza a la derecha hasta llevarla a descansar sobre mi hombro. La posición de don Genaro en la rama se miraba perfectamente normal, pero cuando pasó de nuevo al tronco, no pude efectuar el ajuste de percepción necesario y lo vi como si estuviese al revés, con la cabeza hacia el suelo. Don Genaro se desplazó varias veces de un lado a otro, y don Juan, a la par, movía mi cabeza de lado a lado. El resultado de sus manipulaciones fue que perdí por entero la pista de mi perspectiva normal, y sin ella las acciones de don Genaro no eran tan espeluznantes. 

Don Genaro permaneció un largo rato en la rama. Don Juan me enderezó el cuello y susurró que don Genaro estaba a punto de descender. Lo oí decir en tono imperioso: 

-Empuja para abajo, para abajo. 

Me hallaba a mitad de una exhalación rápida cuando el cuerpo de don Genaro pareció transfigurarse por alguna especie de tensión; resplandeció, se hizo laxo, osciló hacia atrás y colgó un momento de las rodillas. 

Sus piernas parecían fláccidas, incapaces de seguir dobladas, y cayó al suelo. En el instante que empezó a caer, yo mismo experimenté una sensación de caída a través de espacio interminable. 

Mi cuerpo entero sentía una angustia dolorosa y al mismo tiempo altamente placentera; una angustia de tal intensidad y duración que mis piernas no pudieron ya soportar el peso de mi cuerpo y caí sobre la tierra suave. 

Apenas pude mover los brazos para aminorar la caída. Respiraba tan agitadamente que la tierra se metió en mi nariz y me daba comezón. Traté de levantarme; mis músculos parecían haber perdido la fuerza. 

Don Juan y don Genaro vinieron a mi lado. oía sus voces como si estuvieran lejos, pero los sentía jalarme. Deben de haberme levantado, asiéndome cada uno por un brazo y una pierna, 

Entre los dos me trasladaron, estaba con plena conciencia de la incómoda posición de mi cuello y mi cabeza. Mis ojos estaban abiertos. Veía el suelo y trozos de hierba pasar debajo mia. Finalmente, tuve un ataque de frío. El agua entraba en mi boca y mi nariz y me hacía toser. Mis brazos y mis piernas se movieron frenéticamente. Empecé a nadar, pero el agua -no era lo bastante profunda, y me hallé de pie en un río de poca profundidad al que me habían arrojado. 

Don Juan y don Genaro rieron hasta el colmo. Don Juan se remangó los pantalones y se acercó a mí; me miró a los ojos, dijo que aún no estaba completo, y suavemente volvió a empujarme al agua. 

Mi cuerpo no ofreció resistencia. Yo no deseaba sumergirme de nuevo, pero no había manera de conectar mi voluntad a mis músculos, y me desplomé hacia atrás. 

El frío fue todavía más intenso. Me levanté de un salto y, por error, salí corriendo a la ribera opuesta. Don Juan y don Genaro se pusieron a gritar y a silbar y arrojaban piedras a los arbustos delante de mí, como si acorralaran a un novillo fugitivo. 

Regresé cruzando el río y tomé asiento en una roca junto a ellos. Don Genaro me dio mi ropa y entonces advertí que me hallaba desnudo, aunque no recordaba cuándo ni cómo me quité la ropa. Estaba empapado, y no quise ponérmela de inmediato. 

Don Juan se volvió a don Genaro y dijo con voz resonante: 

-¡Por amor de Dios, dénle una toalla a este hombre! Tardé un par de segundos en advertir el absurdo. Me sentía muy bien. De hecho, era tan feliz que no deseaba hablar. Tuve, empero, la certeza de que, si mostraba mi euforia, volverían a echarme al agua. Don Genaro me vigilaba. Sus ojos brillaban como los de un animal salvaje. Me atravesaban. 

-Ya estás mejor -me dijo don Juan de repente-, Ya estás controlándote ahora, pero allá junto a los eucaliptos te diste a tus vicios. Quise reír histéricamente. Las palabras de don Juan parecían tan graciosas que costó un esfuerzo supremo dominarme. Una comezón incontrolable en la parte media de mi cuerpo me hizo quitarme la ropa y echarme de nuevo al agua. Permanecí en el río unos cinco minutos. La frialdad restauró mi sentido de lo propio. Cuando salí, era yo mismo otra vez. 

-Bien hecho -dijo don Juan, tocándome el hombro. Me guiaron de regreso a los eucaliptos. Conforme íbamos, don Juan explicó que mi tonal había resultado peligrosamente vulnerable, y al parecer tuvo demasiado con la incongruencia de los actos de don Genaro. 

Dijo que decidieron ya no meterse con él y regresar a la casa de don Genaro, pero el hecho de que supe que debía lanzarme al río cambiaba todo. No dijo, sin embargo, lo que se proponían. 

Nos detuvimos a mitad de un campo, en el sitio donde estuvimos antes. Don Juan estaba a mi derecha y don Genaro a mi izquierda. Ambos tensaban los músculos, en estado de alerta. Mantuvieron la tensión unos diez minutos. Yo movía los ojos del uno al otro. Pensé que don Juan me indicaría qué hacer. Tenía razón. En determinado momento relajó el cuerpo y pateó unos terrones. Sin mirarme, dijo: 

-Creo que mejor nos vamos. Automáticamente razoné que don Genaro debía de haber tenido la intención de darme otra demostración de nagual, pero decidió no hacerlo. Me sentí aliviado. Esperé otro momento para una confirmación definitiva. Don Genaro también se destensó y entonces ambos dieron un paso. Supe que habíamos terminado allí. Pero en el instante mismo en que me aflojé, don Genaro volvió a lanzar un grito increíble. Empecé a respirar frenéticamente. Miré en torno. Don Genaro había desaparecido. Don Juan estaba frente a mí. Su cuerpo se estremecía de risa. Me dio la cara. 

-Lo siento dijo en un susurro-. No hay otro modo. Quise preguntar por don Genaro, pero sentía que, de no seguir respirando y presionando mí diafragma, moriría. 

Don Juan señaló con su barbilla un sitio a mis espaldas. Sin mover los pies, empecé a volverme a mirar sobre el hombro izquierdo. Pero antes de que pudiese ver lo que señalaba, don Juan saltó y me detuvo. La fuerza de su salto y la celeridad con que me aferró hicieron que perdiese mi equilibrio. Al caer de espaldas tuve la sensación de que mi reacción sobresaltada había sido agarrarme a don Juan, y que en consecuencia lo arrastraba en mi caída. 

Pero cuando alcé la vista, hubo total discordancia entre las impresiones de mis sentidos táctil y visual. Vi a don Juan de pie junto a mí, riendo, mientras mi cuerpo sentía sin lugar a dudas el peso y la presión de otro cuerpo encima de mí, casi inmovilizándome. 

Don Juan extendió la mano y me ayudó a levantar. Mi sensación corporal fue la de que él alzaba dos cuerpos. Sonrió como quien sabe y susurró que nunca había que volverse a la izquierda para enfrentar al nagual. 

Dijo que el nagual era fatídico y que no había necesidad de acrecentar todavía más el riesgo. 

Luego me dio vuelta con gentileza y me hizo encarar un enorme eucalipto. Era acaso el árbol más viejo de las inmediaciones. Su tronco era casi dos veces más grueso que el de cualquier otro. Don Juan señaló hacia arriba con los ojos. 

Don Genaro se hallaba encaramado en una rama. Me daba el rostro. Vi sus ojos como dos espejos enormes que reflejaban la luz. No quería mirar pero don Juan insistió en que no apartara la vista. En un susurro muy enérgico me ordenó que no parpadeara ni sucumbiera al susto o a la entrega. 

Advertí que si pestañeaba de continuo, los ojos de don Genaro no eran tan imponentes. Sólo al fijar la vista el resplandor enloquecía. Estuvo largo tiempo acuclillado en la rama. Luego, sin mover el cuerpo para nada, saltó y aterrizó, en la misma postura, a un par de metros de donde me encontraba. Presencié la secuencia completa de su salto, y supe haber percibido más de lo que mis ojos me permitieron aprehender. 

Don Genaro no había saltado en verdad. Algo lo había empujado desde atrás haciéndolo deslizar en curso parabólico. La rama donde estuvo trepado se hallaba a unos treinta metros de altura, y el árbol crecía como a cuarenta y cinco de distancia; así, su cuerpo tuvo que trazar una parábola para caer donde cayó. Pero la fuerza necesaria para, cubrir el trecho no era producto de los músculos de don Genaro; un "soplo" impulsó su cuerpo desde la rama hasta el suelo. 

En cierto punto vi las suelas de sus zapatos, y su posterior, conforme su cuerpo describía la parábola. Después aterrizó con suavidad, aunque su peso deshizo los terrones duros y secos e incluso levantó algo de polvo. Don Juan rió por lo bajo a mis espaldas. 

Don Genaro se puso en pie como si nada hubiese ocurrido y me jaló de la manga para indicar que nos íbamos. Nadie habló en el camino a la casa. Me sentía lúcido y compuesto. Un par de veces, don Juan se detuvo y examinó mis ojos mirándolos detenidamente. Pareció satisfecho. 

Apenas llegamos, don Genaro fue atrás de la casa. Todavía era temprano. Don Juan tomó asiento en el suelo junto a la puerta y me señaló un sitio donde sentarme. Yo estaba exhausto. Me acosté y me apagué como una vela. 

Desperté porque don Juan me sacudía. Quise ver la hora. No tenía reloj. Don Juan lo sacó del bolsillo de su camisa y me lo devolvió. Era la una de la tarde. Alcé los ojos y encontré los suyos. 

-No. No hay explicación -dijo, volviéndose-. El nagual es sólo para atestiguarse. Di la vuelta a la casa buscando a don Genaro; no lo hallé. 

Regresé a la parte frontal. Don Juan me había hecho algo de comer y al terminar el almuerzo, comenzó a hablar. 

-Cuando uno está tratando con el nagual, nunca hay que mirarlo de frente -dijo-. Tú te le quedaste mirando fijamente esta mañana, y por eso te vaciaste. La única manera de mirar al nagual es como si fuera cosa común. Uno tiene que pestañear para romper la fijación. Nuestros ojos son los ojos del tonal, o quizá sería más exacto decir que nuestros ojos han sido entrenados por el tonal, por eso el tonal los reclama. 

Una de tus fuentes de confusión y desconcierto es que tu tonal no te suelta los ojos. El día que lo haga, tu nagual habrá ganado una gran batalla. Tu obsesión, o mejor dicho la obsesión de todos nosotros, es arreglar el mundo según reglas de tonal; así, cada vez que nos enfrenta el nagual, hacemos lo imposible por volver nuestros ojos tiesos e intransigentes, debo apelar a la parte de tu tonal que entiende este dilema, y debes hacer un esfuerzo por liberar tus ojos. 

La cosa es convencer al tonal de que hay otros mundos que pueden pasar frente a las mismas ventanas. El nagual te lo enseñó esta mañana. Conque deja que tus ojos sean libres; déjalos ser verdaderas ventanas. Los ojos pueden ser ventanas para contemplar el aburrimiento o para atisbar aquella infinitud. 

Don Juan trazó con el brazo izquierdo un amplio arco para señalar el entorno. Había un brillo en sus ojos, y su sonrisa era a la vez temible e irresistible. 

-¿Cómo puedo hacer eso? -pregunté. -Yo digo que es un asunto muy fácil. Quizá lo llamo fácil porque llevo tanto tiempo haciéndolo. Todo lo que tienes que hacer es instalar tu intención como aduana. Cuando estés en el mundo del tonal, deberías de ser un tonal impecable; ahí no hay tiempo para porquerías irracionales. Pero cuando estés en el mundo del nagual, también deberías ser impecable; ahí no hay tiempo para porquerías racionales. 

Para el guerrero, la intención es la puerta de enmedio. Se cierra por completo detrás de él cuando va o cuando viene. 

Otra cosa que uno debe hacer cuando se enfrenta al nagual es cambiar la línea de los ojos de tiempo en tiempo, para así romper el encantamiento. Cambiar la posición de los ojos siempre alivia la carga del tonal. 

Esta mañana noté que estabas muy vulnerable y te cambié la posición de tu cabeza. Si estás en un aprieto de ésos, deberías ser capaz de cambiar tú solo. Pero el cambio ese sólo es para obtener alivio, y no hay otra manera de parapetarse para proteger el orden del tonal. 

Yo apostaría que tú vas a procurar usar esta técnica para esconder la racionalidad de tu tonal, y creer que así la estás salvando de la extinción. 

La falla de tu razonamiento es que nadie quiere ni busca la extinción de la racionalidad del tonal. Ese miedo es infundado. Nada más puedo decirte, excepto que sigas todos los movimientos de Genaro, sin agotarte. 

Ahora estás probando si tu tonal está o no repleto de banalidades. Si hay en tu isla demasiados objetos innecesarios, no podrás sostener el encuentro con el nagual. 

-¿Qué me pasaría? 

-Podrías morirte. Nadie es capaz de sobrevivir un encuentro voluntario con el nagual, sin una larga preparación. Lleva años preparar al tonal para tal encuentro. 

Por regla general, si un hombre común y corriente se encuentra un día cara a cara con el nagual, la impresión es tan grande que lo mata. 

La meta de la preparación del guerrero no es entonces enseñarle conjuros ni embrujos, sino preparar a su tonal para que no se caiga de narices. Una empresa de lo más difícil. 

Al guerrero se le debe enseñar a ser impecable y a estar totalmente vacío antes de que pueda aún siquiera concebir el ser testigo del nagual. 

En tu caso, por ejemplo, tienes que dejar de calcular. Lo que hacías esta mañana era absurdo. Tú lo llamas explicar. Yo lo llamo una insistencia estéril y tediosa del tonal por tener todo bajo su control. 

Cada vez que no le salen bien las cosas, hay un instante de confusión y entonces el tonal se abre a la muerte. ¡Qué hijo de la chingada! Primero se mata antes que ceder el control. Y sin embargo muy poco podemos hacer por cambiar esa condición.

-¿Cómo la cambió usted, don Juan? -Hay que barrer la isla del tonal y mantenerla limpia. Es la única alternativa que tiene el guerrero. Una isla limpia no ofrece resistencia; es como si allí no hubiera nada. 

Rodeó la casa y tomó asiento en una gran roca lisa. Desde allí se miraba hacia una hondonada. Me hizo seña de sentarme junto a él. 

-¿Puede decirme, don Juan, qué más vamos a hacer hoy? -pregunté. 

-No vamos a hacer nada. Es decir, tú y yo seremos sólo testigos. Tu benefactor es Genaro. 

Pensé haber malentendido en mi afán de tomar notas. En las primeras etapas de mi aprendizaje, el mismo don Juan había introducido el término "benefactor". Mi impresión había sido siempre la de que él mismo era mi benefactor. Don Juan había callado y me miraba. Hice una rápida evaluación y concluí que sin duda se refería a que don Genaro era algo así como el actor estelar de aquella ocasión. Don Juan rió como si leyera mi mente. 

-Genaro es tu benefactor -repitió. -Usted lo es, ¿o no? -pregunté en tono frenético. 

-Yo soy el que te ayudó a barrer la isla del tonal -dijo-. Genaro tiene dos aprendices, Pablito y Néstor. Los está ayudando a barrer la isla; pero soy yo el que les enseñará el nagual. Yo seré su benefactor. Genaro es sólo su maestro. En estos andares, uno habla o actúa; uno no puede hacer las dos cosas con la misma persona. Uno toma la isla del tonal, o toma el nagual. En tu caso, mi deber ha sido trabajar con tu tonal. 

Mientras don Juan hablaba, tuve un ataque de terror tan intenso que estuve a punto de enfermarme. Sentí que iba a dejarme con don Genaro, y la idea me espantaba. Don Juan rió y rió al escuchar mis miedos. 

-Lo mismo le pasa a Pablito -dijo-. Nomás me ve y se enferma. El otro día entró en la casa cuando Genaro no estaba. Yo estaba solo aquí y había dejado mi sombrero junto a la puerta. Pablito lo vio y su tonal se asustó tanto que de verdad se cagó en los calzones. 

Yo podía entender fácilmente los sentimientos de Pablito y proyectarme en ellos. Considerando con cuidado, había que admitir que don Juan era aterrador. Yo, sin embargo, había aprendido a sentirme a gusto con él. Experimentaba una familiaridad nacida de nuestra larga asociación. 

-No voy a dejarte con Genaro -dijo, riendo aún-. Yo soy quien cuida tu tonal. Sin él estás muerto. 

-¿Tiene todo aprendiz un maestro y un benefactor? -pregunté para calmar mi turbación. 

-No, no todo aprendiz. Pero algunos sí. 

-¿Por qué tienen algunos maestro y benefactor? 

-Cuando un hombre común y corriente está listo, el poder le consigue un maestro y se hace aprendiz. Cuando el aprendiz está listo, el poder le consigue un benefactor, y se hace brujo. 

-¿Qué es lo que hace que un hombre esté listo, para que el poder le consiga un maestro? 

-Nadie lo sabe. Sólo somos hombres. Algunos somos hombres que han aprendido a ver y a usar al nagual, pero nada de lo que hayamos podido ganar en el curso de nuestras vidas puede revelarnos los designios del poder. 

Así pues, no todo aprendiz tiene un benefactor. El poder decide eso. Le pregunté si él mismo había tenido un maestro y un benefactor y por primera vez en trece años habló libremente de ellos. 

Dijo que tanto su maestro como su benefactor eran de Oaxaca. Yo siempre había considerado que ese tipo de información era valioso para mi investigación antropológica, pero por algún motivo en el momento de la revelación, no me importó. 

Don Juan me lanzó un vistazo. Pensé que era una mirada de preocupación. Luego cambió abruptamente de tema y me pidió relatar cada detalle de lo que experimenté en la mañana. 

-Un susto repentino siempre encoge al tonal -dijo al comentar la descripción de mi reacción al grito de don Genaro-. El problema es aquí no dejar que el tonal se encoja más de la cuenta. Un grave asunto para un guerrero es el saber precisamente cuándo dejar que su tonal se encoja y cuándo detenerlo. Eso sí que es un arte. 

El guerrero debe luchar como demonio para encoger su tonal; pero en el mismo momento en que el tonal se encoge, el guerrero debe voltear al revés la lucha inmediatamente para no dejarlo encogerse más. 

-Pero al hacer eso, ¿no regresa a lo que ya era? -pregunté. 

-No. Después que el tonal se encoge, el guerrero cierra la puerta desde el otro lado. Mientras nada desafíe a su tonal y sus ojos estén encajados sólo para el mundo del tonal, el guerrero anda en el lado seguro de la cerca. Está en terreno familiar y conoce todas las reglas. Pero cuando su tonal se encoge, está en el lado de los vendavales y esa abertura debe sellarse en el acto, o el viento lo barrerá como a una hoja. 

Y esto no es sólo una manera de decir las cosas. Más allá de la puerta de los ojos del tonal, el viento es furibundo. Y ese es un viento real. Esto no es una metáfora. Un viento que le puede volar a uno la vida. De hecho, ése es el viento que se vuela a todas las cosas vivas que están sobre la tierra. 

Hace años te presenté a ese viento. Pero tú lo tomaste en broma. 

Se refería a una vez que me llevó a las montañas para enseñarme ciertas propiedades del viento. A mí, sin embargo, nunca me pareció cosa de broma. 

-No es importante si lo tomaste en serio o no -dijo tras escuchar mis protestas-. 

Por regla general, el tonal debe defenderse, a cualquier costo, siempre que se vea amenazado; así que no tiene importancia alguna la forma en que el tonal reacciona para lograr su defensa. 

Lo único importante es que el tonal de un guerrero debe entrar en relaciones con otras alternativas. Lo que un maestro trata de alcanzar, en este caso, es el peso total de esas posibilidades. 

El peso de esas nuevas posibilidades es lo que ayuda a encoger el tonal. Del mismo modo, ese mismo peso ayuda a impedir que el tonal se encoja más de la cuenta.  

Me indicó proseguir el relato de los sucesos matinales, y me interrumpió en la parte en que don Genaro se deslizaba de un lado a otro entre el tronco y la rama. 

-El nagual puede ejecutar cosas extraordinarias -dijo-. Cosas que no parecen posibles, cosas impensables para el tonal. Pero lo extraordinario es que el que actúa no tiene manera de saber cómo ocurren esas cosas. 

En otras palabras, Genaro no sabe cómo hace esas cosas; él sólo sabe que las hace. El secreto de un brujo es que sabe cómo llegar al nagual, pero una vez que llega allí, su opinión no vale más que la tuya, acerca de lo que ahí pasa. 

-¿Pero qué siente uno al hacer esas cosas? 

-Uno siente que uno está haciendo algo. 

-¿Sentiría don Genaro que estaba caminando por el tronco de un árbol? Don Juan me miró un momento; luego apartó la cara. 

-No -dijo en un susurro enérgico-. No del modo que tú quieres decir. No dijo nada más. Yo casi contenía el aliento, esperando su explicación. Al fin tuve que preguntar: 

-¿Pero qué siente? 

-No puedo decirlo, no porque sea asunto personal, sino porque no hay manera de describirlo. 

-Ándele -lo animé-. 

No hay nada que uno no pueda explicar o elucidar con palabras. Creo que, aunque no sea posible describir algo directamente, uno puede aludir, andarse por las ramas. 

Don Juan rió. Su risa era amistosa y amable. Y sin embargo, había en ella un toque de burla y de travesura. 

-Tengo que cambiar el tema -dijo-. Baste decir que el nagual estaba apuntándote a ti esta mañana. Lo que hizo Genaro fue una mezcla entre tú y él. Su nagual se templaba con tu tonal. 

Insistí en sondearlo y pregunté: Cuando usted le enseña el nagual a Pablito, ¿qué cosa siente? 

-No puedo explicarlo -dijo con voz suave-. Y no porque no quiera; sencillamente, no puedo. Mi tonal se para allí. No quise presionarlo más. Permanecimos un rato en silencio; luego, él empezó a hablar de nuevo. 

-Digamos que un guerrero aprende a entonar su voluntad, a dirigirla a un punto directo, a enfocarla donde quiere. Es como si su voluntad, que sale de la parte media de su cuerpo, fuera una sola fibra luminosa, una fibra que él puede dirigir a cualquier sitio concebible. Esa fibra es el camino al nagual. O también yo podría decir que el guerrero se hunde en el nagual a través de esa sola fibra. 

Una vez que se ha hundido, la expresión del nagual es asunto de su temperamento personal. Si el guerrero es chistoso, el nagual es chistoso. Si el guerrero es espantoso, el nagual es espantoso. Si el guerrero es perverso, el nagual es perverso. 

Genaro siempre me hace reír porque es uno de los seres más divertidos que hay. Nunca sé con qué va a salir. Eso, para mí, es la esencia última de la brujería. 

Genaro es un guerrero tan fluido que el más leve enfoque de su voluntad hace que su nagual actúe en formas increíbles.

-¿Observó usted mismo lo qué don Genaro hacia en los árboles? -pregunté. 

-No. Nada más supe, porque vi, que el nagual estaba en los árboles. El resto del espectáculo era para ti solo. 

-¿O sea, don Juan, que, como la vez que usted me empujó y fui a dar al mercado, usted no estaba conmigo? 

-Fue algo así. Cuando uno se encuentra cara a cara con el nagual, uno siempre tiene que estar solo, yo nada más andaba por ahí para proteger a tu tonal. Ése es mi cargo. 

Don Juan dijo que mi tonal casi estalló en pedazos cuando don Genaro descendió del árbol; no tanto por alguna cualidad de riesgo inherente al nagual, sino porque mi tonal se entregó al desconcierto. 

Dijo que uno de los propósitos de la preparación del guerrero era cortar el desconcierto del tonal, hasta que el guerrero fuese lo bastante fluido para admitirlo todo sin admitir nada. 

Cuando describí los saltos de don Genaro al subir al árbol y al bajar de él, don Juan dijo que el grito del guerrero era uno de los asuntos más importantes de la brujería, y que don Genaro era capaz de enfocarse en su grito, usándolo como vehículo. 

Tienes razón -dijo-. A Genaro lo jalaron en parte su grito y en parte el árbol. En eso sí viste bien. Esa fue una verdadera vista del nagual. La voluntad de Genaro estaba enfocada en su grito, y su carácter personal hizo que el árbol jalara al nagual. 

Las líneas iban en ambos sentidos, de Genaro al árbol y del árbol a Genaro. Lo que debiste ver cuando Genaro saltó del árbol era que estaba enfocando un sitio frente a ti y luego el árbol lo empujó. Pero sólo parecía un empujón; en esencia era más bien como si el árbol lo soltara. El árbol soltó al nagual y el nagual regresó al mundo del tonal en el sitio que Genaro enfocaba. 

La segunda vez que Genaro bajó del árbol, tu tonal no estaba tan desconcertado; no te entregabas tan duro y por eso no te agotaste tanto como la primera vez. 

A eso de las cuatro de la tarde, don Juan detuvo la conversación. 

-Vamos a volver a los eucaliptos -dijo-. 

El nagual nos espera allí. 

-¿No corremos el riesgo de que nos vea la gente? -pregunté. 

-No. El nagual mantendrá todo suspendido -respondió.