AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

miércoles, 14 de enero de 2026

[13] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. LA ÚLTIMA PARADA DE UN GUERRERO.

 



Domingo 28 de enero de 1962


A eso de las diez de la mañana don Juan entró en su casa. Había salido al romper el alba. Lo saludé. Chasqueó la lengua y, en son de guasa, me dio la mano y me saludó ceremoniosamente.

-Vamos a hacer un viajecito -dijo-. Vamos a un sitio muy especial en busca de poder.

Desplegó dos redes portadoras y puso en cada una dos guajes llenos de comida, las ató con un mecate y me entregó una de ellas. Viajamos sin prisa hacia el norte y al cabo de unos seiscientos kilómetros dejamos la carretera panamericana y tomamos un camino de grava hacia el oeste. Mi coche parecía haber sido el único vehículo en la carretera durante varias horas. Mientras seguíamos adelante advertí que no podía ver por el parabrisas. Me esforcé desesperadamente por mirar los alrededores, pero estaba demasiado oscuro y el parabrisas se hallaba cubierto de polvo y de insectos aplastados.

Dije a don Juan que debía detenerme para limpiar mi parabrisas. Me ordenó seguir adelante, aunque tuviera que ir a dos kilómetros por hora, sacando la cabeza por la ventanilla para ver adelante. Dijo que no podíamos detenernos hasta alcanzar nuestro destino.

En cierto sitio me indicó doblar a la derecha. Estaba tan oscuro y había tanto polvo que ni los faros eran de ayuda. Me salí del camino con gran nerviosismo. Tenía miedo de atascarme, pero la tierra estaba apretada.

Manejé unos cien metros a la menor velocidad posible, sosteniendo la puerta abierta para mirar hacia afuera. Por fin, don Juan me dijo que parara. Añadió que me había estacionado justamente detrás de una roca enorme que ocultaría mi coche de la vista.

Bajé del auto y me puse a caminar, guiado por los faros. Quería examinar el entorno porque no tenía idea de dónde estaba. Pero don Juan apagó las luces. Dijo muy alto que no había tiempo que perder, que cerrara mi coche para que nos pusiéramos en marcha.

Me entregó mi red con guajes. Estaba tan oscuro que tropecé y estuve a punto de dejarlas caer. En tono firme y suave, don Juan me ordenó tomar asiento hasta que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Pero mis ojos no eran el problema. Ya fuera del coche, podía ver bastante bien. Lo malo era un nerviosismo peculiar que me hacía actuar como si estuviese distraído. Veía todo nada más por encima.

-¿A dónde vamos? -pregunté.

-Vamos a caminar en completa oscuridad a un sitio especial -dijo.

-¿Para qué?

-Para saber de cierto si eres o no capaz de seguir cazando poder.

Le pregunté si lo que proponía era una prueba y si, en caso de que no la pasara, seguiría hablándome y diciéndome de su conocimiento. Escuchó sin interrumpir. Dijo que lo que hacíamos no era una prueba, que estábamos esperando una señal, y si la señal no llegaba, la conclusión sería que yo no había tenido éxito en mi cacería de poder, en cuyo caso me vería libre de cualquier imposición futura y podría ser todo lo estúpido que me viniese en gana. Dijo que, sin importar lo que pasara, él era mi amigo y siempre me hablaría.

De algún modo, yo sabía que iba a fallar.

-La señal no vendrá -dije en broma-. Lo sé. Tengo un poquito de poder.

Rió y me dio palmaditas en la espalda.

-No te apures -repuso-. La señal vendrá. Yo lo sé. Tengo más poder que tú.

Su propia respuesta le pareció hilarante. Se golpeó los muslos y dio palmadas, carcajeándose. Don Juan me ató a la espalda mi red portadora y dijo que yo debía caminar un paso atrás de él y hollar sus pisadas tanto como pudiera.

En un tono muy dramático, susurró:

-Ésta es una caminata de poder, así que todo cuenta.

Dijo que, si yo caminaba sobre sus huellas, el poder que él disipaba al andar se me trasmitiría.

Miré mi reloj; eran las once de la noche. Me hizo parar como un soldado en posición firme. Luego empujó hacia adelante mi pierna izquierda y me hizo quedarme como si acabara de dar un paso al frente. Se alineó delante de mí en la misma postura y luego echó a andar, tras repetir las instrucciones de que yo debía tratar de seguir sus pisadas a la perfección. Dijo en un claro susurro que yo no debía preocuparme por nada más que por pisar sus huellas; no debía mirar al frente ni a los lados, sino el piso donde él caminaba. Se puso en marcha a un paso muy descansado. No tuve ningún problema para seguirlo; el terreno era relativamente duro. Durante unos treinta metros mantuve su paso y seguí perfectamente sus pisadas; luego volví la cara un instante y cuando me di cuenta ya había chocado con él.

Soltó una risita y me aseguró que yo no le había lastimado el tobillo al pisárselo con mis zapatones, pero que si me proponía seguir tonteando uno de nosotros se quedaría lisiado antes del amanecer. Dijo, riendo, en una voz muy baja pero firme, que no tenía intención de lastimarse a causa de mi estupidez y falta de concentración, y que si lo pisaba de nuevo yo tendría que caminar descalzo.

-No puedo caminar sin zapatos -dije en voz alta y rasposa.

Don Juan se dobló de risa y tuvimos que esperar hasta que le pasó el acceso.

Me aseguró nuevamente que hablaba en serio. Íbamos en un viaje para conseguir poder y las cosas tenían que ser perfectas. 

La idea de caminar descalzo en el desierto me asustaba más allá de lo verosímil. Don Juan hizo el chiste de que mi familia era sin duda de aquellos granjeros que no se quitan los zapatos ni para dormir. Tenía razón, desde luego. Yo nunca había andado descalzo, y caminar sin zapatos en el desierto habría sido suicida para mí.

-Este desierto rezuma poder -me susurró don Juan al oído-. No hay tiempo para cortedades.

Echamos a andar de nuevo. Don Juan mantuvo un paso calmado. Tras un rato advertí que habíamos dejado el terreno duro y caminábamos sobre arena suave. Los pies de don Juan se hundían en ella y dejaban huellas profundas.

Caminamos durante horas antes de que don Juan se detuviera. No lo hizo repentinamente; primero me advirtió que iba a pararse, para que no chocara yo con él. El terreno era duro de nuevo y al parecer subíamos una pendiente.

Don Juan dijo que, si yo necesitaba ir al matorral, lo hiciese, porque de allí en adelante nos quedaba un buen trecho sin una sola pausa. Miré mi reloj; era la una. Tras un descanso de diez o quince minutos, don Juan me hizo alinearme tras él y nos pusimos otra vez en marcha. Tenía razón: fue un trecho enorme. Jamás había hecho yo algo que requiriera tal concentración. El paso de don Juan era tan rápido, y la tensión de vigilar cada pisada alcanzó tales alturas, que en determinado momento ya no me era posible sentir que caminaba. No sentía las piernas ni los pies. Era como si anduviese sobre el aire y alguna fuerza me transportara sin cesar.

Mi concentración era ya tan total que no advertí el cambio gradual de luz. De pronto me di cuenta de que podía ver a don Juan frente a mí. Veía sus pies y sus huellas, en vez de medio adivinarlas como había hecho la mayor parte de la noche.

En cierto momento, don Juan saltó inesperadamente hacia un lado, y mi inercia me hizo avanzar todavía unos veinte metros. Cuando disminuí la velocidad, mis piernas se debilitaron y empezaron a temblar, hasta que finalmente caí por tierra.

Alcé la vista para mirar a don Juan, que me examinaba con toda calma. No parecía fatigado. Yo jadeaba, falto de aire, y estaba empapado de sudor frío. Jalándome del brazo, don Juan me dio la vuelta en mi posición yacente. Dijo que, si quería recuperar fuerzas, me quedara acostado con la cabeza hacia el este. Poco a poco mi cuerpo dolorido se relajó y descansó. Por fin cobré energía suficiente para levantarme. Quise ver mi reloj, pero él me lo impidió poniéndome la mano en la muñeca. Con mucha gentileza me hizo girar para que mirara al este y dijo que no había necesidad de mi condenado reloj, que estábamos en una hora mágica y que íbamos a saber con seguridad si era yo capaz o no de perseguir el poder.

Miré en torno. Estábamos en la cima de un cerro alto, muy grande. Quise caminar en dirección de algo que parecía un reborde o una grieta en la roca, pero don Juan dio un salto y me contuvo. Me ordenó imperiosamente permanecer en el sitio donde había caído hasta que el sol saliera detrás de unos negros picos de montaña a corta distancia.

Señaló el este y llamó mi atención hacia un pesado banco de nubes sobre el horizonte. Dijo que sería buena señal si el viento se llevaba las nubes a tiempo para que los primeros rayos del sol dieran en mi cuerpo, allí en lo alto del cerro.

Me indicó quedarme quieto, de pie, con la pierna derecha al frente, como si estuviera caminando, y no mirar directamente el horizonte, sino mirarlo sin enfocar. Las piernas se me pusieron muy tiesas y las pantorrillas me dolían. Era una postura torturante y los músculos de mis piernas estaban demasiado adoloridos para sostenerme. Soporté lo más que pude. Me hallaba a punto de caer. Las piernas me temblaban fuera de control cuando don Juan puso fin al asunto. Me ayudó a sentarme.

El banco de nubes no se había movido y no habíamos visto el sol despuntar en el horizonte. El único comentario de don Juan fue:

-Ni modo.

No quise preguntar de inmediato cuáles eran las verdaderas implicaciones de mi fracaso, pero conociendo a don Juan sabía con certeza que él debía seguir el dictado de sus señales. Y esa mañana no había habido señal. Se disipó el dolor de mis pantorrillas y sentí una oleada de bienestar. Me puse a trotar para soltar mis músculos. En voz muy suave, don Juan me dijo que corriera a un cerro adyacente y cortara algunas hojas de un arbusto específico para frotarme las piernas y aliviar el dolor muscular.

Desde donde me hallaba, pude ver claramente un gran arbusto, verde vivo. Las hojas parecían muy húmedas. Las había usado antes. Nunca sentí que me hubiesen ayudado, pero don Juan siempre afirmaba que el efecto de las plantas verdaderamente amistosas era tan sutil que casi no se notaba, pero que siempre producían los resultados debidos.

Corriendo, bajé el cerro y subí el otro. Al llegar a la cima me di cuenta de que el esfuerzo casi había sido demasiado para mí. Tuve dificultades para recuperar el aliento y mi estómago se revolvía. Me acuclillé y luego me agazapé un momento hasta sentirme relajado. Luego me incorporé y estiré la mano para cortar las hojas indicadas. Pero no hallé el arbusto. Miré en torno. Estaba seguro de hallarme en el sitio correcto, pero en esa zona del cerro no había nada que se pareciera ni remotamente a esa planta particular. Sin embargo, ése tenía que ser el sitio donde la vi. Cualquier otro quedaría fuera del campo de quienquiera que mirase desde el lugar donde don Juan estaba parado.

Abandoné la búsqueda y volví al otro cerro. Don Juan sonrió con benevolencia cuando expliqué mi equivocación.

-¿Por qué dices que fue una equivocación? -preguntó.

-Por lo visto el arbusto no está allí -dije.

-Pero tú lo viste, ¿o no?

-Creí verlo.

-¿Qué ves ahora en su lugar?

-Nada.

No había absolutamente ninguna vegetación en el lugar donde antes me pareció ver la planta. Intenté atribuir lo que había visto a una distorsión visual, una especie de espejismo. Yo me hallaba realmente exhausto, y a causa de ello pude fácilmente creer que veía algo que esperaba ver allí, pero que no estaba.

Don Juan chasqueó suavemente la lengua y se me quedó viendo un breve instante.

-Yo no veo ninguna equivocación -dijo-. La planta está allí arriba de ese cerro.

Fue mi turno de reír. Escudriñé cuidadosamente toda el área. No había plantas de ésas a la vista y lo que yo había experimentado era, hasta donde mi conocimiento llegaba, una alucinación. Con mucha calma, don Juan empezó a bajar la ladera y me hizo seña de seguirlo. Subimos juntos al otro cerro y nos paramos en el mero sitio donde creí ver el arbusto.

Chasquee la lengua con la absoluta certeza de estar en lo cierto. Don Juan me imitó.

-Ve al otro lado del cerro -dijo-. Allí encontrarás la planta.

Hice notar que el otro lado del cerro había estado fuera de mi campo de visión; tal vez hubiera allí una planta, pero eso no significaba nada. Don Juan hizo un movimiento de cabeza para indicar que lo siguiera. Rodeó la cumbre del cerro en vez de atravesarla directamente, y con dramatismo se detuvo junto a un arbusto verde, sin mirarlo. Se volvió y me miró. Fue una mirada peculiarmente penetrante.

-Ha de haber cientos de esas plantas por aquí -dije.

Don Juan, con mucha paciencia, descendió la otra ladera del cerro, conmigo en pos suyo. Buscamos en todas partes un arbusto similar. Pero no había ninguno a la vista. Cubrimos cosa de medio kilómetro antes de encontrar otra planta. Sin decir palabra, don Juan me guió de regreso al primer cerro. Estuvimos en él un momento y luego me llevó a otra excursión, pero en dirección opuesta. Recorrimos con minuciosidad el área y hallamos otros dos arbustos, como a kilómetro y medio de distancia. Habían crecido juntos y resaltaban como un parche de verde vívido e intenso, más lozano que todos los otros arbustos en torno.

Don Juan me miró con expresión de seriedad. Yo no sabía qué pensar del asunto.

-Ésta es una señal muy extraña -dijo.

Regresamos a la cima del primer cerro, dando un amplio rodeo para llegar desde una nueva dirección. Don Juan parecía estar haciendo lo posible por demostrarme que había muy pocas plantas de ésas en los alrededores. No encontramos ninguna otra en nuestro camino. Después de subir al cerro, nos sentamos en silencio total. Don Juan desató sus guajes.

-Te sentirás mejor después de comer -dijo.

No podía ocultar su regocijo. Lucía una sonrisa de oreja a oreja al darme palmaditas en la cabeza. Yo me sentía desorientado. Los nuevos acontecimientos eran inquietantes, pero me hallaba demasiado hambriento y cansado para meditar realmente en ellos. Después de comer tuve mucho sueño. Don Juan me instó a usar la técnica de mirar sin enfocar para descubrir un sitio apropiado para dormir en el cerro donde vi el arbusto. Elegí uno. Don Juan recogió las hojas secas del sitio e hizo con ellas un círculo del tamaño de mi cuerpo. Con mucha gentileza, jaló unas ramas tiernas de los arbustos y barrió el área dentro del circulo. Sólo hizo la mímica de barrer; no tocó el suelo con las ramas. Luego juntó todas las piedras que había dentro del círculo y las puso en el centro, después de dividirlas meticulosamente, por tamaño, en dos montones de igual cantidad.

-¿Qué va a hacer usted con esas piedras? -pregunté.

-No son piedras -dijo-. Son cuerdas. Van a mantener suspendido tu sitio.

Tomó las rocas más pequeñas y marcó. con ellas la circunferencia del círculo. Igualó las distancias entre ellas y con ayuda de una vara aseguró firmemente cada piedra en el suelo, como haría un albañil.

No me dejó entrar en el circulo; me dijo que caminara en torno y viera lo que él estaba haciendo.

Contó dieciocho rocas, siguiendo una dirección contraria a las manecillas del reloj.

-Ahora corre al pie del cerro y espera -dijo-. Y yo me asomaré desde la orilla para ver si estás parado donde debes.

-¿Qué va usted a hacer?

-Te voy a tirar estas cuerdas una por una -dijo señalando el montón de piedras más grandes-. Y tú tienes que ponerlas en el suelo, en el sitio que te indique, del mismo modo que yo he puesto las otras.

Tienes que tener una cautela infinita. Cuando uno maneja poder, hay que ser perfecto. Los errores son mortales aquí. Cada una de éstas es una cuerda, una cuerda que podría matarnos si la dejamos suelta por ahí, conque simple y sencillamente no puedes cometer errores. Debes clavar la vista en el sitio donde yo tire la cuerda. Si te distraes con cualquier cosa, la cuerda se convertirá en una piedra común y corriente y no podrás distinguirla de las otras piedras ahí tiradas.

Sugerí que sería más fácil que yo bajara las "cuerdas" una por una.

Don Juan rió y meneó la cabeza en sentido negativo.

-Éstas son cuerdas -insistió-. Y yo tengo que tirarlas y tú tienes que recogerlas.

Llevó horas cumplir la tarea. El grado de concentración necesario era sumamente arduo. En cada ocasión, don Juan me recordaba que estuviera atento y enfocase la mirada. Tenía razón en hacerlo. Discernir una piedra específica que se precipitaba cuesta abajo, empujando otras piedras en su camino, era en verdad cosa de locos.

Cuando hube cerrado completamente el círculo y subido a la cima, me sentía a punto de caer muerto. Don Juan había acolchonado el círculo con ramas pequeñas. Me dio unas hojas y me dijo que las pusiera dentro de mis pantalones, contra la piel de la región umbilical. Dijo que me darían calor y que no necesitaría cobija para dormir. Me desplomé dentro del círculo. Las ramas formaban un lecho bastante blando, y me dormí en el acto.

Atardecía cuando desperté. Estaba nublado y hacia viento. Las nubes sobre mi cabeza eran cúmulos compactos, pero hacia el oeste había cirros delgados y el sol bañaba la tierra de tiempo en tiempo.

El sueño me había renovado. Me sentía vigoroso y feliz. El viento no me molestaba. No tenía frío. Alcé la cabeza apoyándola en los brazos y miré alrededor. No me había dado cuenta, pero el cerro era bastante alto. El paisaje  hacia el oeste era impresionante. Veía yo una vasta área de montes bajos y luego el desierto. Había una cordillera de picos café oscuro hacia el norte y el este y en dirección sur una extensión interminable de tierra y cerros y distantes montañas azules.

Tomé asiento. Don Juan no estaba a la vista. Tuve un repentino ataque de miedo. Pensé que tal vez me había dejado allí solo, y yo no sabía cómo volver a mi coche. Volví a acostarme en el colchón de ramas y, curiosamente, se disipó mi aprensión. Nuevamente experimenté un sentimiento de quietud, un exquisito bienestar. Era una sensación extremadamente nueva para mí; mis pensamientos parecían haber sido desconectados. Era feliz. Me sentía sano. Una efervescencia muy tranquila me llenaba. Un viento suave soplaba del oeste y barría todo mi cuerpo sin darme frío. Lo sentía en la cara y en torno a los oídos, como una suave ola de agua tibia que me bañaba y luego retrocedía y volvía a bañarme. Era un extraño estado de ser, sin paralelo en mi agitada y dislocada vida. Empecé a llorar, no por tristeza ni autocompasión sino a causa de una alegría inefable, inexplicable.

Quería quedarme para siempre en ese sitio y tal vez allí seguiría si don Juan no hubiera llegado a sacarme de un tirón.

-Ya descansaste bastante -dijo al jalarme para que me incorporara.

Me llevó muy calmadamente a caminar por la periferia de la cima. Caminamos despacio y en silencio completo. Él parecía interesado en hacerme observar el paisaje en torno. Señalaba nubes o montañas con un movimiento de los ojos o de la barbilla. El paisaje de atardecer era espléndido. Evocaba en mí sensaciones de reverencia y desesperanza. Me recordaba escenas vistas en la niñez. Trepamos a la parte más alta del cerro, una punta de roca ígnea, y nos sentamos cómodamente de espaldas contra la roca, mirando al sur. La extensión interminable de tierra que se veía en esa dirección era en verdad majestuosa.

-Graba todo esto en tu memoria -me susurró don Juan al oído-. Este sitio es tuyo. Esta mañana viste y ésa fue la señal. Encontraste este sitio viendo. La señal fue inesperada, pero se presentó. Vas a cazar poder, te guste o no. No es una decisión humana, no es tuya ni mía.

Ahora, hablando con propiedad, este cerro es tu lugar, tu querencia; todo lo que te rodea está bajo tu cuidado. Debes cuidar todo lo de aquí y todo, a su vez, te cuidará. En son de broma le pregunté si todo era mío. Dijo sí en un tono muy serio. Riendo, le dije que lo que hacíamos me recordaba la historia de cómo los españoles conquistaron el Nuevo Mundo. Dividieron la tierra en nombre de su rey. Solían trepar a la cima de una montaña y reclamar toda la tierra que podían ver en cualquier dirección específica.

-Ésa es una buena idea -dijo-. Voy a darte toda la tierra que puedes ver, no en una dirección sino en todo tu alrededor. Se puso en pie y señaló con la mano extendida, girando el cuerpo para cubrir un círculo completo.

-Toda esta tierra es tuya -dijo.

-Reí con fuerza. Él soltó una risita y preguntó:

-¿Por qué no? ¿Por qué no puedo darte esta tierra?

-No es usted el dueño -dije.

-¿Y qué? Tampoco los españoles eran los dueños, pero de todos modos la dividían y la regalaban.

Conque ¿por qué no puedes tomar posesión de ella en la misma vena?

Lo escudriñé para ver si podía detectar el verdadero estado de ánimo del rostro risueño. Tuvo una explosión de risa y casi se cae de la roca.

-Toda esta tierra, hasta donde puedes ver, es tuya -prosiguió, aún sonriente-. No para usarla sino para recordarla. Pero este cerro es tuyo para que lo uses el resto de tu vida. Te lo doy porque tú mismo lo hallaste. Es tuyo. Acéptalo.

Reí, pero don Juan parecía hablar muy en serio. A excepción de su sonrisa chistosa, tenía toda la cara de creer que podía darme aquel cerro.

-¿Por qué no? -preguntó como leyendo mis pensamientos.

-Lo acepto -dije medio en broma.

Su sonrisa desapareció. Achicó los ojos para mirarme.

-Cada piedra y guijarro y planta sobre este cerro, especialmente en la cima, está bajo tu cuidado -dijo-. Cada gusano que vive aquí es tu amigo. Puedes usarlos y ellos pueden usarte.

Permanecimos en silencio unos minutos. Mis pensamientos eran inusitadamente escasos. Sentía vagamente que este súbito cambio de ánimo anunciaba algo en mí, pero no me hallaba temeroso ni aprensivo. Simplemente ya no quería hablar. De algún modo, las palabras se antojaban inexactas y sus significados difíciles de precisar. Jamás había yo sentido eso con respecto a las palabras y al darme cuenta de mi ánimo insólito me apresuré a hablar.

-¿Pero qué puedo hacer con este cerro, don Juan?

-Grábate en la memoria cada uno de sus detalles. Éste es el sitio al que vendrás en tu soñar. Éste es el sitio donde te encontrarás con los poderes, donde algún día se te revelarán secretos. Estás cazando poder y éste es tu sitio, el sitio donde juntarás tus recursos. Ahora esto no tiene sentido para ti. Conque deja que sea un sinsentido, por lo pronto.

Bajamos de la roca y me llevó a una pequeña depresión, a manera de cuenco, en el lado oeste del cerro. Allí nos sentamos a comer. Sin lugar a dudas había algo indescriptiblemente placentero para mí en lo alto de ese cerro. Comer, como descansar, era una exquisita sensación desconocida. La luz del sol poniente tenía un resplandor intenso, casi cobrizo, y todo alrededor parecía untado de un tinte dorado. Me hallaba entregado por entero a observar el paisaje; ni siquiera deseaba pensar.

Don Juan me habló casi en un susurro. Me dijo que observara cada detalle del entorno, por más pequeño y trivial que pareciera. Especialmente los elementos del paisaje que eran más prominentes por el lado del poniente. Me indicó mirar el sol sin enfocarlo, hasta que desapareciera tras el horizonte.

Los últimos minutos de luz, inmediatamente antes de que el sol llegara a un palio de nubes bajas o de niebla, fueron magníficos en el sentido total de la expresión. Era como si el sol inflamase la tierra, la encendiera como una hoguera. Tuve en la cara una sensación de rojez.

-¡Levántate! -gritó don Juan, jalándome.

Se apartó de un salto y me ordenó, en tono imperativo, pero urgente, trotar en el sitio donde me hallaba de pie. Mientras corría sin avanzar, empecé a sentir una calidez invadir mi cuerpo. Era una calidez cobriza. La sentía en el paladar y en el "techo" de los ojos. Era como si la parte superior de mi cabeza ardiese en un fuego fresco que irradiaba algo así como un brillo de cobre. Algo dentro de mí me hizo trotar más y más rápido conforme el sol empezaba a desaparecer. En determinado momento me sentí en verdad tan ligero que hubiera podido volar. Don Juan asió con mucha firmeza mi muñeca derecha. La sensación causada por la presión de su mano me devolvió un sentido de sobriedad y compostura. Me dejé caer en el suelo y él se sentó junto a mí.

Tras unos minutos de reposo se puso calladamente en pie, me tocó el hombro y me hizo seña de seguirlo. Volvimos a escalar hasta la punta de roca ígnea donde habíamos estado antes. La roca nos escudaba del viento frío. Don Juan rompió el silencio.

-Fue una estupenda señal -dijo-. ¡Qué extraño! Sucedió al terminar el día. Tú y yo somos muy distintos. Tú eres más criatura de la noche. Yo prefiero el brillo joven de la mañana. O mejor dicho, el brillo del sol matutino me busca, pero de tí se esconde. En cambio, el sol poniente te bañó. Sus llamas te abrasaron sin quemarte. ¡Qué extraño!

-¿Por qué es extraño?

-Nunca lo había visto pasar. La señal, cuando sucede, ha sido siempre en el reino del sol joven.

-¿Por qué es así, don Juan?

-No es hora de hablar de eso -repuso, cortante-. El conocimiento es poder. Toma mucho tiempo juntar el poder suficiente incluso para hablar de él. Traté de insistir, pero él cambió de tema abruptamente. Inquirió sobre mi progreso en soñar.

Yo había empezado a soñar en sitios específicos, como la escuela y las casas de algunos amigos.

-¿Estabas en esos sitios durante el día o durante la noche? -preguntó.

Mis sueños correspondían con la hora del día a la que solía estar en tales sitios: en la escuela durante el día, en casa de mis amigos por la noche.

Sugirió que probara "soñar" mientras echaba una siesta de día y ver si podía visualizar el sitio elegido como estaba a la hora en que yo "soñaba". Si yo "soñaba" de noche, mis visiones del local debían ser nocturnas. Dijo que lo que uno experimenta al "soñar" debe ser congruente con la hora en que el "soñar" tiene lugar; de otra forma las visiones que uno tenga no serán "soñar", sino sueños comunes.

-Para ayudarte debías escoger un objeto determinado que pertenezca al sitio donde quieres ir y enfocar en él tu atención -prosiguió-. En este cerro, por ejemplo, tienes ya una planta determinada que debes observar hasta que tenga un lugar en tu memoria. Puedes regresar aquí en tu soñar simplemente recordando esa planta, o recordando esta roca donde estamos sentados, o recordando cualquier otra cosa de aquí. Es más fácil viajar al soñar cuando puedes enfocarte en un sitio de poder, como éste. Pero si no quieres venir aquí puedes usar cualquier otro sitio. A lo mejor la escuela donde vas es para ti un sitio de poder. Úsalo. Enfoca tu atención en cualquier objeto de allí y luego encuéntralo al soñar.

Del objeto específico que recuerdes, debes volver a tus manos, y luego a otro objeto y así sucesivamente. Pero ahora debes enfocar la atención en todo lo que existe encima de este cerro, porque éste es el sitio más importante de tu vida. Me miró como sondeando el efecto de sus palabras.

-Éste es el sitio en que morirás -dijo con voz suave.

Me moví con nerviosismo, cambiando de postura, y él sonrió.

-Tendré que venir contigo una y otra vez a este cerro -dijo-. Y luego tú tendrás que venir solo hasta que estés saturado de él, hasta que el cerro te rezume. Sabrás la hora en que estés lleno de él. Este cerro, como es ahora, será entonces el sitio de tu última danza.

-¿Qué quiere usted decir con mi última danza, don Juan?

-Ésta es tu última parada -dijo-. Morirás aquí, estés donde estés. Cada guerrero tiene un sitio para morir. Un sitio de su predilección, donde eventos poderosos dejaron su huella; un sitio donde ha presenciado maravillas, donde se le han revelado secretos; un sitio donde ha juntado su poder personal. Un guerrero tiene la obligación de regresar a ese sitio de su predilección cada vez que absorbe poder, para guardarlo allí. Va allí caminando o bien soñando.

Y por fin, un día que su tiempo en la tierra ha terminado y siente el toque de la muerte en el hombro izquierdo, su espíritu, que siempre está listo, vuela al sitio de su predilección y allí el guerrero baila ante su muerte.

Cada guerrero tiene una forma específica, una determinada postura de poder, que desarrolla a lo largo de su vida. Es una especie de danza. Un movimiento que él hace bajo la influencia de su poder personal.

Si el guerrero moribundo tiene poder limitado, su danza es corta; si su poder es grandioso, su danza es magnífica. Pero ya sea su poder pequeño o magnifico, la muerte debe pararse a presenciar su última parada sobre la tierra. La muerte no puede llevarse al guerrero que cuenta por última vez la labor de su vida, hasta que haya acabado su danza.

Las palabras de don Juan me dieron un escalofrío. El silencio, el crepúsculo, el espléndido paisaje: todo parecía haber sido colocado allí como tramoya para la imagen de la última danza de poder de un guerrero.

-¿Puede usted enseñarme esa danza aunque no sea yo guerrero? -pregunté.

-Todo hombre que caza poder tiene que aprender esa danza -repuso-. Pero no te la puedo enseñar ahora. Tal vez tengas pronto un adversario que valga la pena y entonces te enseñaré el primer movimiento de poder. Tú mismo debes añadir los otros conforme sigas viviendo. Cada movimiento debe adquirirse durante una lucha de poder. Así que, hablando con propiedad, la postura, la forma de un guerrero, es la historia de su vida, una danza que crece conforme él crece en poder personal.

-¿De veras se para la muerte a ver bailar al guerrero?

-Un guerrero no es más que un hombre. Un hombre humilde. No puede cambiar los designios de su muerte. Pero su espíritu impecable, que ha juntado poder tras penalidades enormes, puede ciertamente detener a su muerte un momento, un momento lo bastante largo para permitirle regocijarse por última vez en el recuerdo de su poder. Podemos decir que ése es un gesto que la muerte tiene con quienes poseen un espíritu impecable.

Experimenté una angustia avasalladora y hablé sólo por aliviarla. Le pregunté si había conocido guerreros que murieron, y en qué forma su última danza había afectado su morir.

-Ya párale -dijo con sequedad-. Morir es algo monumental. Es algo mucho más que estirar la pata y ponerte tieso.

-¿Bailaré yo también ante mi muerte, don Juan?

-Sin duda. Estás cazando poder personal, aunque todavía no vivas como guerrero. Hoy el sol te dió una señal. Lo mejor que produzcas en el trabajo de tu vida se hará al final del día. Por lo visto no te gusta el joven resplandor de la luz temprana. Viajar en la mañana no te llama la atención. Pero tu gusto es el sol poniente, amarillo viejo, y maduro. No te gusta el calor, te gusta el resplandor.

Y así bailarás ante tu muerte, aquí, en la cima de este cerro, al acabar el día. Y en tu última danza dirás de tu lucha, de las batallas que has ganado y de las que has perdido; dirás de tus alegrías y desconciertos al encontrarte con el poder personal. Tu danza hablará de los secretos y las maravillas que has atesorado. Y tu muerte se sentará aquí a observarte.

El sol poniente brillará sobre tí sin quemar, como lo hizo hoy. El viento será suave y dulce y tu cerro temblará. Al llegar al final de tu danza mirarás el sol, porque nunca volverás a verlo ni despierto ni soñando, y entonces tu muerte apuntará hacia el sur. Hacia la inmensidad.




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