AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

lunes, 12 de enero de 2026

[10] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. HACERSE ACCESIBLE AL PODER.

 



Jueves 17 de agosto de 1961


Apenas bajé del coche, me quejé a don Juan de no sentirme bien.

-Siéntate, siéntate -dijo suavemente y casi me llevó de la mano a su pórtico. Sonrió y me palmeó la espalda.

Dos semanas antes, el 4 de agosto, don Juan, como había dicho, cambió de táctica conmigo y me permitió ingerir unos botones de peyote. Durante la parte álgida de mi experiencia alucinatoria, jugué con un perro que vivía en la casa donde la sesión tuvo lugar. Don Juan interpretó mi interacción con el perro como un evento muy especial. Aseveró que en momentos de poder como el que yo viví entonces, el mundo de los asuntos ordinarios no existía y nada podía darse por hecho; que el perro no era en realidad un perro sino la encarnación de Mescalito, el poder o deidad contenido en el peyote.

Los efectos posteriores de aquella experiencia fueron un sentido general de fatiga y melancolía, así como la incidencia de sueños y pesadillas excepcionalmente vívidos.

-¿Dónde están tus cosas de escribir? -preguntó don Juan cuando tomé asiento en el pórtico.

Yo había dejado mis cuadernos en el coche. Don Juan fue y sacó con cuidado mi portafolio y lo trajo a mi lado.

Preguntó si al caminar solía llevar mi portafolio. Dije que sí.

-Eso es una locura -repuso-. Te he dicho que cuando camines no lleves nada en las manos. Consigue una mochila.

Reí. La idea de llevar mis notas en una mochila era absurda. Le dije que por lo común usaba traje, y que una mochila sobre un traje de tres piezas ofrecería un espectáculo risible.

-Ponte el saco encima de la mochila -dijo él-. Mejor que la gente te crea jorobado, y no que te arruines el cuerpo cargando todo esto.

Me instó a sacar mi libreta y escribir. Parecía esforzarse deliberadamente por ponerme lo más cómodo posible.

Volví a quejarme de la sensación de incomodidad física y el extraño sentimiento de desdicha que experimentaba. Don Juan río y dijo:

-Estás empezando a aprender.

Tuvimos entonces una larga conversación. Dijo que Mescalito, al permitirme jugar con él, me había señalado como un "escogido" y que don Juan, aunque el oráculo lo desconcertaba porque yo no era indio, iba a pasarme ciertos conocimientos secretos. Dijo que él mismo había tenido un "benefactor" que le enseñó a convertirse en "hombre de conocimiento".

Sentí que algo terrible estaba a punto de ocurrir. La revelación de que yo era su escogido, junto con la indudable rareza de sus modos y el efecto devastador que el peyote había tenido sobre mí, creaban un estado de aprensión e indecisión insoportables. Pero don Juan desechó mis sentimientos, recomendándome pensar únicamente en la maravilla de Mescalito jugando conmigo.

-No pienses en nada más -dijo-. El resto te llegará solo.

Se puso en pie y me dio palmaditas en la cabeza y dijo con voz muy suave:

-Te voy a enseñar a hacerte guerrero del mismo modo que te he enseñado a cazar. Pero te hago la advertencia de que aprender a cazar no te ha hecho cazador, ni el aprender a ser guerrero te hará guerrero.

Experimenté un sentimiento de frustración, una desazón física que bordeaba en la angustia. Me quejé de los vívidos sueños y pesadillas que tenía. Don Juan pareció deliberar un momento y volvió a sentarse.

-Son sueños raros -dije.

-Siempre has tenido sueños raros -replicó.

-Le digo, esta vez son de veras más raros que cualesquiera que haya tenido.

-No te preocupes. Sólo son sueños. Como los sueños de cualquier soñador común y corriente, no tienen poder. Conque ¿de qué sirve preocuparse por ellos o hablar de ellos?

-Me molestan, don Juan. ¿No hay algo que pueda yo hacer para detenerlos?

-Nada. Déjalos pasar -dijo-. Ya es tiempo de que te hagas accesible al poder, y vas a comenzar abordando el soñar.

El tono con que dijo "soñar" me hizo pensar que usaba la palabra en un sentido muy particular.

Meditaba una pregunta pertinente cuando él habló de nuevo.

-Nunca te he dicho del soñar, porque hasta ahora sólo me proponía enseñarte a ser cazador -dijo-. Un cazador no se ocupa de manipular poder; por eso sus sueños son sólo sueños. Pueden calarle hondo, pero no son soñar.

Un guerrero, en cambio, busca poder, y una de las avenidas al poder es el soñar. Puedes decir que la diferencia entre un cazador y un guerrero es que el guerrero va camino al poder, mientras el cazador no sabe nada de él, o muy poco.

La decisión de quién puede ser guerrero y quién puede ser sólo cazador, no depende de nosotros. Esa decisión está en el reino de los poderes que guían a los hombres. Por eso tu juego con Mescalito fue una señal tan importante. Esas fuerzas te guiaron a mí; te llevaron a aquella terminal de autobuses, ¿recuerdas? Un payaso te llevó a donde yo estaba. Un augurio perfecto: un payaso dándome la señal. Así, te enseñé a ser cazador, y luego la otra señal perfecta: Mescalito en persona jugando contigo. ¿Ves a qué me refiero?.

Su extraña lógica me avasallaba. Sus palabras creaban visiones en las que yo sucumbía a algo tremendo y desconocido, algo que yo no buscaba y cuya existencia no había concebido ni en mis fantasías más desbordantes.

-¿Qué propone usted que haga? -pregunté.

-Hacerte accesible al poder; abordar tus sueños -repuso-. Los llamas sueños porque no tienes poder. Un guerrero, siendo un hombre que busca poder, no los llama sueños, los llama realidades.

-¿Quiere usted decir que el guerrero toma sus sueños como si fueran realidad?

-No toma nada como si fuera ninguna otra cosa. Lo que tú llamas sueños son realidades para un guerrero. Debes entender que un guerrero no es ningún tonto. Un guerrero es un cazador impecable que anda a caza de poder; no está borracho, ni loco, y no tiene tiempo ni humor para fanfarronear, ni para mentirse a sí mismo, ni para equivocarse en la jugada. La apuesta es demasiado alta. Lo que pone en la mesa es su vida dura y ordenada, que tanto tiempo le llevó perfeccionar. No va a desperdiciar todo eso por un estúpido error de cálculo, o por tomar una cosa por lo que no es.

El soñar es real para un guerrero porque allí puede actuar con deliberación, puede escoger y rechazar; puede elegir, entre una variedad de cosas, aquellas que llevan al poder, y luego puede manejarlas y usarlas, mientras que en un sueño común y corriente no puede actuar con deliberación.

-¿Quiere usted decir entonces, don Juan, que el soñar es real?

-Claro que es real.

-¿Tan real como lo que estamos haciendo ahora?

-Si se trata de hacer comparaciones, yo diría que a lo mejor es más real. En el soñar tienes poder; puedes cambiar las cosas; puedes descubrir incontables hechos ocultos; puedes controlar lo que quieras.

Las premisas de don Juan siempre me resultaban atractivas a cierto nivel. Yo comprendía fácilmente su gusto por la idea de que uno podía hacer cualquier cosa en los sueños, pero no me era posible tomarlo en serio. El salto era demasiado grande.

Nos miramos un momento. Sus aseveraciones eran locas, y, sin embargo, hasta donde yo sabía, él era uno de los hombres más cuerdos que yo había conocido.

Le dije que no podía creerlo capaz de tomar sus sueños por realidades. Él río chasqueando la lengua, como si conociese la magnitud de mi posición insostenible; luego se levantó sin decir palabra y entró en la casa.

Quedé sentado largo rato, en un estado de estupor, hasta que don Juan me llamó a la parte trasera de su casa. Había preparado atole de maíz, y me dio un cuenco.

Le pregunté por las horas de vigilia. Quería saber si daba a ese tiempo un nombre en particular.

Pero él no comprendió o no quiso responder.

-¿Cómo llama usted a lo que estamos haciendo ahora? -pregunté, queriendo decir que lo que estábamos haciendo era realidad, en contraposición con los sueños.

-Yo lo llamo comer -dijo, conteniendo la risa.

-Yo lo llamo realidad -dije-. Porque nuestro comer está verdaderamente teniendo lugar.

-El soñar también tiene lugar -repuso con una risita-. Y lo mismo el cazar, el caminar, el reír.

No insistí en la discusión, a pesar de que ni estirándome más allá de mis limites me era posible aceptar su planteamiento. Él parecía deleitarse con mi desesperación.

Apenas terminamos de comer, dijo como al acaso que íbamos a salir de excursión, pero no recorreríamos el desierto como habíamos hecho antes.

-Esta vez será distinto -dijo-. De ahora en adelante vamos a ir a sitios de poder; vas a aprender a ponerte al alcance del poder.

Expresé nuevamente mi conflicto. Dije no estar calificado para tal empresa.

-Vamos, te estás entregando a miedos tontos -dijo él en voz baja, dándome palmadas en la espalda y sonriendo con benevolencia-. He estado alimentando tu espíritu de cazador. Te gusta dar vueltas conmigo por este hermoso desierto. Es demasiado tarde para volverte atrás.

Echó a andar para adentrarse en el chaparral. Con la cabeza me hizo gesto de seguirlo. Yo habría podido ir a mi coche y marcharme, pero me gustaba andar con él por ese hermoso desierto. Me gustaba la sensación, experimentada sólo en su compañía, de que éste era en verdad un mundo tremendo y misterioso, pero bello. Como él decía, me hallaba enganchado.

Don Juan me condujo a los cerros hacia el este. Fue una larga caminata. El día era cálido; sin embargo, el calor, que de ordinario me habría parecido insoportable, pasaba desapercibido de alguna manera.

Nos adentramos bastante en una cañada, hasta que don Juan hizo un alto y tomó asiento a la sombra de unos peñascos. Yo saqué de mi mochila unas galletas, pero me dijo que no perdiera mi tiempo en eso.

Dijo que debía sentarme en un sitio prominente. Señaló un peñasco aislado, casi redondo, a tres o cuatro metros de distancia, y me ayudó a trepar a la cima. Pensé que también él se sentaría allí, pero escaló sólo parte del camino para darme unos trozos de carne seca. Me dijo, con una expresión mortalmente seria, que era carne de poder y debía mascarse muy despacio y no había que mezclarla con otra comida. Luego regresó a la zona sombreada y tomó asiento con la espalda contra una roca.

Parecía relajado, casi soñoliento. Permaneció en la misma postura hasta que hube acabado de comer. Entonces enderezó la espalda e inclinó la cabeza a la derecha.

Parecía escuchar con atención. Me miró dos o tres veces, se puso en pie abruptamente y empezó a recorrer el entorno con los ojos, como haría un cazador. Automáticamente me congelé en mi sitio; sólo movía los ojos para seguir sus movimientos. Con mucho cuidado se metió detrás de unas rocas, como si esperara que llegasen presas al área donde nos hallábamos. Advertí entonces que estábamos en un recodo redondo, a manera de ensenada en la cañada seca, rodeado por peñascos de piedra arenisca.

Repentinamente, don Juan dejó la protección de las rocas y me sonrió. Estiró los brazos, bostezó y fue hacia el peñasco donde me encontraba. Relajé mi tensa posición y torné asiento.

-¿Qué pasó? -pregunté en un susurro.

Él me respondió, gritando, que no había por allí nada de qué preocuparse.

Sentí de inmediato una sacudida en el estómago. La respuesta estaba fuera de lugar, y me resultaba inconcebible que hablase a gritos sin tener una razón específica para ello.

Empecé a deslizarme hacia tierra, pero él gritó que debía quedarme allí un rato más.

-¿Qué hace usted? -pregunté.

Sentándose, se ocultó entre dos rocas al pie del peñasco donde yo estaba, y luego dijo, en voz muy alta, que sólo había estado cerciorándose porque le pareció haber oído un ruido.

Pregunté si había oído a algún animal grande. Se llevó la mano a la oreja y gritó que no me oía y que yo debía gritar a mi vez. Me sentía incómodo vociferando, pero él me instó, en voz alta, a hablar fuerte. Grité que quería saber qué ocurría y él respondió de igual manera que de verdad no había nada por allí. Preguntó si veía yo algo fuera de lo común desde la cima del peñasco. Dije que no y me pidió describirle el terreno hacia el sur.

Conversamos a gritos durante un rato, y luego me hizo seña de bajar. Cuando estuve a su lado, me susurró al oído que los gritos eran necesarios para dar a conocer nuestra presencia, pues yo tenía que hacerme accesible al poder de ese ojo de agua específico.

Miré en torno, pero no vi el ojo de agua. Don Juan indicó que estábamos parados sobre él.

-Aquí hay agua -dijo en un susurro- y también poder. Aquí hay un espíritu y tenemos que sonsacarlo; a lo mejor viene tras tuya.

Quise más información acerca del supuesto espíritu, pero don Juan insistió en el silencio total.

Me aconsejó permanecer absolutamente quieto, sin dejar escapar un susurro ni hacer el menor movimiento que traicionara nuestra presencia. Al parecer, le era fácil pasar horas enteras en completa inmovilidad; para mí, sin embargo, resultaba una tortura. Se me durmieron las piernas, la espalda me dolía, y la tensión aumentaba en torno a mi cuello y mis hombros. Tenía todo el cuerpo frío e insensible. Me hallaba en gran incomodidad cuando don Juan finalmente se puso de pie. Simplemente se incorporó de un salto y me tendió la mano para ayudarme a levantar.

Al tratar de estirar las piernas, tomé conciencia de la facilidad inconcebible con que don Juan se puso en pie tras horas de inmovilidad. Mis músculos tardaron un buen rato en recobrar la elasticidad necesaria para caminar.

Don Juan emprendió el regreso a la casa. Caminaba con extrema lentitud. Marcó un largo de tres pasos como la distancia a la cual yo debía seguirlo. Dio rodeos en torno a la ruta de costumbre y la cruzó cuatro o cinco veces en distintas direcciones; cuando por fin llegamos a su casa, la tarde declinaba.

Traté de interrogarlo sobre los eventos del día. Explicó que hablar era innecesario. Por el momento, debía abstenerme de hacer preguntas hasta que estuviésemos en un sitio de poder.

Me moría por saber a qué se refería e intenté susurrar una pregunta, pero él me recordó, con una mirada fría y severa, que hablaba en serio.

Estuvimos horas sentados en su pórtico. Yo trabajaba en mis notas. De tiempo en tiempo, él me daba un trozo de carne seca; finalmente, la penumbra se adensó demasiado para escribir. Traté de pensar en los acontecimientos del día, pero alguna parte de mí mismo rehusó hacerlo y me quedé dormido.


Sábado 19 de agosto de 1961


Ayer por la mañana, don Juan y yo fuimos al pueblo y desayunamos en una fonda. Él me aconsejó no cambiar demasiado drásticamente mis hábitos alimenticios.

-Tu cuerpo no está acostumbrado a la carne de poder -dijo-. Te enfermarías si no comieras tu comida.

Él mismo comió con gran apetito. Cuando hice una broma al respecto, se limitó a decir:

-A mi cuerpo le gusta todo.

A eso del mediodía regresamos a la cañada. Procedimos a darnos a notar al espíritu por medio de "conversación a viva voz" y de un silencio forzado que duró horas.

Cuando dejamos el lugar, en vez de dirigirse a la casa, don Juan echó a andar en dirección de las montañas. Llegamos primero a unas cuestas suaves, y luego trepamos a la cima de unos cerros altos.

Allí, eligió un sitio para descansar en el área abierta, sin sombra. Me dijo que debíamos esperar hasta el crepúsculo y que me condujera en la forma más natural posible, lo cual incluía preguntar cuanto quisiera.

-Sé que el espíritu anda por ahí, al acecho -dijo en voz muy baja.

-¿Dónde?

-Ahí, en los matorrales.

-¿Qué clase de espíritu es?

Me miró con expresión intrigada y repuso:

-¿Cuántas clases hay?

Ambos reímos. Yo hacía preguntas por puro nerviosismo.

-Saldrá a la puesta del sol -dijo-. Nomás tenemos que esperar.

Permanecí en silencio. Me había quedado sin preguntas.

-Ahora es cuando hay que seguir hablando -dijo-. La voz humana atrae a los espíritus. Hay uno ahí acechando en estos momentos. Nos estamos poniendo a su alcance, así que sigue hablando.

Experimenté un sentido idiota de vacuidad. No se me ocurría nada que decir. Don Juan rió y me palmeó la espalda.

-Eres todo un caso -dijo-. Cuando tienes que hablar, pierdes la lengua. Anda, dale a las encías.

Hizo un gesto hilarante de entrechocar las encías, abriendo y cerrando la boca a gran velocidad.

-Hay ciertas cosas de las que sólo hablaremos, de hoy en adelante, en sitios de poder -prosiguió-. Te he traído aquí porque ésta es tu primera prueba. Éste es un sitio de poder, y aquí sólo podemos hablar de poder.

-Yo en realidad no sé lo que es el poder -dije.

-El poder es algo con lo cual un guerrero se las ve -repuso-. Al principio es un asunto increíble, traído a la mala; hasta pensar en el poder es difícil. Eso es lo que te está pasando ahora. Luego, el poder se convierte en cosa seria; uno capaz ni lo tenga, o ni siquiera se dé cuenta cabal de que existe, pero uno sabe que hay algo allí, algo que no se notaba antes. Es en ese entonces que el poder se manifiesta como algo incontrolable que le viene a uno. No me es posible decir cómo viene ni qué es en realidad. No es nada, y sin embargo hace aparecer maravillas delante de tus propios ojos. Y finalmente, el poder es algo dentro de uno mismo, algo que controla nuestros actos y a la vez obedece nuestro mandato.

Hubo una corta pausa. Don Juan me preguntó si había entendido. Me sentí ridículo al responder que sí. Él pareció advertir mi desaliento, y chasqueó la lengua.

-Voy a enseñarte aquí mismo el primer paso hacia el poder -dijo como si me estuviera dictando una carta-. Voy a enseñarte cómo arreglar los sueños.

Volvió a mirarme y me preguntó si entendía lo que él quería decir. No lo había comprendido. Me sonaba casi incoherente. Explicó que "arreglar los sueños" significaba tener un dominio conciso y pragmático de la situación general de un sueño, comparable al dominio que uno tiene en el desierto sobre cualquier decisión que uno haga, como la de trepar a un cerro o quedarse en la sombra de una cañada.

-Tienes que empezar haciendo algo muy sencillo -dijo-. Esta noche, en tus sueños, debes mirarte las manos.

Solté la risa. Su tono era tan objetivo que parecía estarme indicando algo común y corriente.

-¿De qué te ríes? -preguntó, sorprendido.

-¿Cómo puedo mirarme las manos en sueños?

-Muy sencillo, enfoca en ellas tus ojos, así.

Inclinó la cabeza hacia adelante y se quedó viendo sus manos, con la boca abierta. El gesto era tan cómico que no pude menos que reír.

-En serio, ¿cómo espera usted que haga eso? -pregunté.

Como te dije -respondió, seco-. Claro, puedes mirarte lo que te dé tu chingada gana: los pies, o la panza, o el pito, si quieres. Te dije las manos porque fueron lo que a mí se me hizo más fácil mirar.

No pienses que es un chiste. Soñar es igual de serio que ver o morir o cualquier otra cosa en este temible y misterioso mundo.

Tómalo como una cosa divertida. Imagina todas las cosas inconcebibles que podrías lograr. Un hombre que caza poder no tiene casi ningún límite en su soñar.

Le pedí darme algunas indicaciones o señales más precisas.

-No hay ninguna indicación -dijo. Sólo que te mires las manos.

-Tiene que haber algo más que usted puede decirme -insistí.

Sacudió la cabeza y achicó los ojos, lanzándome vistazos breves.

-Cada uno de nosotros es distinto -dijo por fin-. Lo que tú llamas señales precisas no sería sino lo que yo mismo hice cuando estaba aprendiendo. No somos iguales; ni siquiera nos parecemos un poco.

-Quizá me ayude cualquier cosa que usted diga.

-Sería más sencillo que empezaras a mirarte las manos, y ya.

Parecía estar organizando sus ideas; su cabeza osciló de arriba a abajo.

-Cada vez que miras una cosa en tus sueños, esa cosa cambia de forma -dijo tras un largo silencio-. La movida de arreglar los sueños, está claro, no es sólo mirar las cosas, sino mantenerlas a la vista. El soñar es real cuando uno ha logrado poner todo en foco. Entonces no hay diferencia entre lo que haces cuando duermes y lo que haces cuando no estás dormido. ¿Ves a qué me refiero?

Confesé que, si bien comprendía lo que me había dicho, era incapaz de aceptar su planteamiento. Hice la observación de que, en un mundo civilizado, numerosas personas sufrían ilusiones y no podían distinguir entre los hechos del mundo real y lo que tenía lugar en sus fantasías.

Tales personas, dije, eran sin duda enfermos mentales, y mi inquietud crecía siempre que don Juan me recomendaba actuar como un loco.

Después de mi larga explicación, don Juan hizo un cómico gesto de desesperanza llevándose las manos a las mejillas y suspirando hondamente.

-Deja en paz tu mundo civilizado -dijo-. !Déjalo! Nadie te pide que te portes como un loco. Ya te lo he dicho: un guerrero necesita ser perfecto para manejar los poderes que caza; ¿cómo puedes concebir que un guerrero no sea capaz de diferenciar las cosas?

En cambio, tú, amigo mío, que conoces lo que es el mundo real, te perderías y morirías en un instante si tuvieras que depender de tu capacidad para distinguir qué cosa es real y cuál no.

Evidentemente, yo no había expresado lo que en verdad tenía en mente. Cada vez que protestaba, no hacía más que dar voz a la insoportable frustración de hallarme en una posición insostenible.

-No trato de convertirte en un hombre enfermo y loco -prosiguió don Juan-. Eso puedes hacerlo tú mismo sin ayuda mía. Pero las fuerzas que nos guían te trajeron a mí, y yo me he esforzado por enseñarte a cambiar tus costumbres idiotas y vivir la vida fuerte y clara de un cazador. Luego las fuerzas volvieron a guiarte y me dijeron que debes aprender a vivir la vida impecable de un guerrero.

Al parecer no puedes. Pero ¿quién sabe? Somos tan misteriosos y tan temibles como este mundo impenetrable, conque ¿quién sabe de lo que seas capaz?

Un tono de tristeza se entramaba en la voz de don Juan. Quise disculparme, pero él empezó a hablar de nuevo.

-No tienes que mirarte las manos -dijo-. Como ya te dije, escoge cualquier cosa. Pero escógela por anticipado y encuéntrala en tus sueños. Te dije que tus manos porque tus manos siempre estarán allí.

Cuando empiecen a cambiar de forma, debes apartar la vista de ellas y elegir alguna otra cosa, y cuando esa otra cosa empiece a cambiar de forma debes mirarte otra vez las manos. Lleva mucho tiempo perfeccionar esta técnica.

Me había concentrado tanto en escribir que no había notado que estaba oscureciendo. El sol ya había desaparecido en el horizonte. El cielo estaba nublado y el crepúsculo era inminente. Don Juan se puso en pie y miró de soslayo hacia el sur.

-Vámonos -dijo-. Tenemos que caminar al sur hasta que el espíritu del ojo de agua se manifieste.

Caminamos una media hora. El terreno cambió abruptamente y llegamos a una zona sin arbustos. Había un cerro grande y redondo donde había ardido la maleza. Parecía una cabeza calva.

Caminamos hacia él. Pensé que don Juan iba a subir la suave ladera, pero en vez de ello se detuvo y adoptó una postura muy atenta. Su cuerpo pareció haberse contraído como una sola unidad, y se estremeció por un instante. Luego se relajó de nuevo y quedó en pie, flácido. No pude explicarme cómo se mantenía erecto con los músculos relajados a tal punto.

En ese momento, una racha muy fuerte de viento me sacudió. El cuerpo de don Juan giró en la dirección del viento, hacia el oeste. No usó los músculos para dar la vuelta, o al menos no los usó como yo los usaría al girar. Más bien, pareció que lo jalaban desde afuera. Era como si otra persona le hubiese acomodado el cuerpo para que pudiera mirar en otra dirección.

Yo tenía la vista fija en él. Don Juan me miraba con el rabo del ojo. En su rostro había una expresión decidida, resuelta. Todo su ser se hallaba alerta, y yo lo contemplaba maravillado. Jamás me había visto en una situación que requiriese una concentración tan extraña.

De pronto, su cuerpo se estremeció como rociado por un súbito chubasco de agua fría. Experimentó otra sacudida y luego echó a andar como si nada hubiera pasado.

Lo seguí. Flanqueamos el cerro pelado, por el costado oriental, hasta hallarnos en su parte media; allí se detuvo, volviéndose a encarar el oeste.

Desde donde estábamos, la cima del cerro no era tan redonda y lisa como había parecido en la distancia. Había una cueva, o un hoyo, cerca de la cumbre. Fijé allí la vista porque don Juan hacía lo mismo. Otra fuerte racha de viento hizo trepar un escalofrío por mi espina dorsal. Don Juan volteó hacia el sur y escudriñó el área con los ojos.

-¡Allí! -dijo en un susurro y señaló un objeto en el suelo.

Esforcé los ojos por ver. Había algo en el suelo, a unos seis metros de distancia. Era café claro y se estremeció mientras lo miraba. Enfoqué allí toda mi atención. El objeto era casi redondo y parecía acurrucado; de hecho, se veía como un perro hecho bola.

-¿Qué es? susurré a don Juan.

-No sé -respondió, también susurrando, mientras observaba el objeto-. ¿Qué te parece a ti?

Le dije que parecía ser un perro.

-Demasiado grande para ser un perro -aseveró él.

Di unos pasos hacia el objeto, pero don Juan me detuvo con gentileza. Lo examiné de nuevo. Era definitivamente algún animal dormido o muerto. Casi podía verle la cabeza; sus orejas sobresalían como las de un lobo. Para entonces, me hallaba seguro de que era un animal acurrucado. Pensé que podía ser un ternero de color café. Se lo dije a don Juan, en un susurro. Él respondió que era demasiado compacto para ser un ternero, y además tenía las orejas picudas.

El animal volvió a estremecerse y entonces noté que estaba vivo. Pude ver que respiraba; sin embargo, no parecía respirar rítmicamente. Los alientos que tornaba eran más bien como temblores irregulares. En ese momento me di cuenta de algo.

-Es un animal que se está muriendo -susurré a don Juan.

-Tienes razón -respondió susurrando-. ¿Pero qué clase de animal?

Yo no podía distinguir sus rasgos específicos. Don Juan dio dos pasos cautos en su dirección. Lo seguí. Ya estaba entonces muy oscuro, y tuvimos que dar otros dos pasos para mantener el animal a la vista.

-Cuidado -me susurró don Juan al oído-. Si es un animal moribundo, puede saltarnos encima con sus últimas fuerzas.

El animal, fuera lo que fuese, parecía estar al borde de la muerte; su respiración era irregular, su cuerpo se estremecía espasmódicamente, pero no cambiaba de postura. En determinado momento, sin embargo, un espasmo tremendo lo elevó por encima del suelo. Oí un chillido inhumano y el animal estiró las patas: sus garras eran más que aterradoras, eran repugnantes. El animal cayó de lado después de estirar las patas y luego rodó sobre el lomo.

Oí un gruñido formidable y la voz de don Juan que gritaba:

-¡Corre! ¡Corre!

Y eso fue exactamente lo que hice. Corrí hacia la cúspide del cerro con increíble rapidez y agilidad. A medio camino me volví y vi a don Juan parado en el mismo sitio. Me hizo seña de bajar.

Descendí corriendo la ladera.

-¿Qué pasó? -pregunté, sin aliento.

-Creo que el animal está muerto -dijo.

Avanzamos cautelosamente hacia el animal. Estaba tendido de espaldas. Al acercarme, casi grité de susto. Me di cuenta de que todavía no se hallaba muerto por completo. Su cuerpo temblaba aún.

Las patas, estiradas hacia arriba, se sacudían frenéticamente. El animal estaba sin duda en sus últimas boqueadas.

Caminé delante de don Juan. Una nueva sacudida movió el cuerpo del animal y pude ver su cabeza. Me volví hacia don Juan, horrorizado. A juzgar por su cuerpo, el animal era a las claras un mamífero; sin embargo, tenía pico de ave.

Lo miré fijamente, presa de un horror total y absoluto. Mi mente rehusaba creerlo. Me hallaba atontado. Ni siquiera podía articular una palabra. Nunca en toda mi existencia había visto nada de tal naturaleza. Algo inconcebible se hallaba ahí frente a mis propios ojos. Quería que don Juan me explicara ese animal increíble, pero sólo pude mascullar incoherencias. Don Juan me miraba. Yo lo miré y miré al animal, y entonces algo dentro de mí arregló el mundo y supe de inmediato qué cosa era el animal. Fui hasta él y lo recogí. Era una rama grande de arbusto. Se había quemado, y posiblemente el viento arrastró basura chamuscada que se atoró en la rama seca dándole la apariencia redonda y abultada de un animal grande. La basura quemada la hacía verse café claro en contraste con la vegetación verde.

Reí de mi estupidez y, excitado, expliqué a don Juan que el viento, al soplar a través de la rama, la había hecho parecer un animal vivo. Pensé que le complacería la forma en que resolví el misterio, pero él dio la media vuelta y empezó a subir al cerró. Lo seguí. Agachándose, entró en la depresión que parecía cueva. No era un hoyo, sino una muesca poco profunda en la piedra arenosa.

Don Juan tomó algunas varitas y las usó para barrer la tierra acumulada en el fondo de la depresión.

-Hay que quitar las garrapatas -dijo.

Me hizo seña de tomar asiento y dijo que me pusiera cómodo porque íbamos a pasar allí la noche.

Empecé a hablar de la rama, pero él me hizo callar.

-Lo que has hecho no es ningún triunfo -dijo-. Desperdiciaste un poder hermoso, un poder que infundió vida en aquella rama seca. Dijo que el triunfo verdadero habría sido dejarme ir en pos del poder hasta que el mundo hubiera cesado de existir. No parecía disgustado conmigo ni desilusionado con mi desempeño. Declaró repetidas veces que éste era sólo el principio, que manejar poder llevaba tiempo. Palmeándome el hombro, dijo en son de broma que ese mismo día, unas horas antes, yo era la persona que conocía qué era real y qué no.

Me sentí apenado. Empecé a pedir disculpas por mi tendencia a estar siempre tan seguro de mis supuestos.

-No importa -dijo él-. Esa rama era un animal verdadero y estaba viva en el momento en que el poder la tocó. Siendo el poder lo que le daba vida, la movida era, como en el soñar, prolongar su visión. ¿Ves a qué me refiero?

Quise preguntar otra cosa, pero me calló y dijo que yo debía permanecer en completo silencio, pero despierto, toda la noche, y que él iba a hablar un rato.

Dijo que, como el espíritu conocía su voz, podía aplacarse al oírla y dejarnos en paz. Explicó que la idea de hacerse accesible al poder tenía graves implicaciones. El poder era una fuerza devastadora que fácilmente podía conducir a la muerte, y había que tratarlo con enorme cuidado. Había que ponerse sistemáticamente al alcance del poder, pero siempre con gran cautela.

Se procedía poniendo en evidencia la presencia propia a través de un despliegue contenido de palabras en voz alta o cualquier otro tipo de actividad ruidosa, y luego era obligatorio observar un silencio prolongado y total. Un estallido controlado y una quietud controlada eran la marca de un guerrero. Dijo que, propiamente, yo debía haber sostenido un rato más la visión del monstruo vivo.

En forma dominada, sin perder la razón ni trastornarme de excitación o miedo, debí haber pugnado por "parar el mundo". Don Juan señaló que, después de mi carrera cerro arriba, me hallaba en un estado perfecto para "parar el mundo". En tal estado se combinaban el temor, la impotencia, el poder y la muerte; dijo que sería bastante difícil repetir un estado así.

-¿Qué quiere usted decir con "parar el mundo"? -le susurré al oído.

Me lanzó una mirada feroz antes de responder que era una técnica practicada por quienes cazaban poder, una técnica por virtud de la cual el mundo, tal como lo conocemos, se derrumbaba.







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