AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

sábado, 10 de enero de 2026

[6] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. VOLVERSE CAZADOR

 



Viernes 23 de junio de 1961

Apenas tomé asiento, empecé a bombardear a don Juan con preguntas. Él no respondió y con un ademán impaciente, me indicó guardar silencio. Parecía estar de mal humor.

-Estaba pensando que no has cambiado nada en el tiempo que llevas tratando de aprender los asuntos de las plantas -dijo en tono acusador.

Empezó a pasar revista, en alta voz, a todos los cambios de personalidad que me había recomendado emprender. Dije que había considerado muy seriamente el asunto y hallado que no me era posible cumplirlos porque cada uno era contrario a mi esencia. Replicó que considerar el asunto no era suficiente y que lo que me había dicho no era ningún chiste. 

Insistí en que pese a lo poco que había hecho en lo referente a ajustar mi vida personal a su manera de ser, yo quería realmente aprender los usos de las plantas.

Tras un silencio largo e incómodo, le pregunté con audacia: -¿Me va usted a enseñar cómo usar el peyote, don Juan?

Dijo que mis intenciones por sí solas no eran suficientes, y que conocer los asuntos de "Mescalito" era una cosa seria. Al parecer, no había nada más que decir, pero, al anochecer, me puso una prueba; planteó un problema sin darme ninguna pista para su resolución: hallar un sitio benéfico en el área frente a su puerta, donde siempre nos sentábamos a hablar; un sitio donde supuestamente pudiera sentirme perfectamente feliz y vigorizado. 

Durante el curso de la noche, mientras rodaba en el suelo tratando de hallar el "sitio", noté dos veces un cambio de coloración en el piso de tierra, uniformemente oscuro, del área designada.

El problema me agotó y me quedé dormido en uno de los lugares donde percibí el cambio de color. Por la mañana, don Juan me despertó para anunciar que mi experiencia había tenido gran éxito. No sólo había hallado el sitio benéfico que buscaba, sino también su opuesto, un sitio enemigo o negativo, y los colores asociados con ambos.


Sábado 24 de junio de 1961

Temprano por la mañana salimos al chaparral. Mientras caminábamos, don Juan me explicó que hallar un sitio "benéfico" o "enemigo" era una importante necesidad para un hombre en el desierto.

Quise llevar la conversación hacia el tema del peyote, pero él rehusó, de plano, hablar de eso. Me advirtió que no debía haber mención del asunto, a menos que él mismo lo planteara.

Nos sentamos a descansar a la sombra de unos arbustos altos, en una zona de vegetación densa. El chaparral en torno no estaba aún enteramente seco: el día era caluroso y las moscas me acosaban contínuamente, pero no parecían molestar a don Juan. Me pregunté si él simplemente las ignoraba, pero luego advertí que no se posaban jamás en su rostro.

-A veces es necesario hallar rápidamente un sitio benéfico, a campo abierto -prosiguió don Juan-. O a lo mejor es necesario determinar si el sitio en que uno va a descansar es o no un mal sitio.

Una vez, nos sentamos a descansar junto a un cerro y tú te pusiste muy enojado y molesto. Ese sitio era enemigo tuyo. Un cuervito te lo advirtió, ¿recuerdas?

Recordé que él me había dicho, con énfasis, que evitase en lo futuro aquella zona. También recordé haberme enojado porque don Juan no me dejó reír.

-Creí que el cuervo que pasó volando en esa ocasión era una señal para mí solo -dijo-. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que los cuervos fuesen también amigos tuyos.

-¿De qué habla usted?
-El cuervo era un augurio -prosiguió-. Si supieras cómo son los cuervos, le habrías huido a ese sitio como a la peste. Pero no siempre hay cuervos que den la advertencia, y tú debes aprender a hallar, por ti mismo, un sitio apropiado para acampar o descansar.



Tras una larga pausa, don Juan se volvió, de repente hacia mí y dijo que, para hallar el sitio apropiado donde descansar, sólo tenía uno que cruzar los ojos. Me dirigió una mirada desafiante y en un tono confidencial, dijo que yo había hecho precisamente eso cuando rodaba en el pórtico de su casa, y que así pude hallar dos sitios y sus colores. Me hizo saber que mi hazaña lo impresionaba.

-No sé en verdad qué cosa hice -dije.

-Cruzaste los ojos -repitió con énfasis-. Ésa es la técnica; eso debes haber hecho, aunque no te acuerdes.

Don Juan me describió la técnica, cuyo perfeccionamiento llevaba años; consistía en forzar gradualmente a los ojos a ver por separado la misma imagen. La carencia de conversión en la imagen involucraba una percepción doble del mundo; esta doble percepción, según don Juan, daba a uno la oportunidad de evaluar cambios en el entorno, que los ojos eran por lo común incapaces de percibir.

Don Juan me animó a hacer la prueba. Me aseguró que no dañaba la vista. Dijo que yo debía empezar lanzando miradas cortas, casi con el rabo del ojo. Señaló un gran arbusto y me puso el ejemplo. Tuve un sentimiento extraño al verlo dirigir miradas increíblemente rápidas al arbusto. Sus ojos me recordaban los de un animal mañoso que no puede mirar de frente.

Caminamos cosa de una hora mientras yo trataba de no enfocar mi vista en nada. Luego don Juan me pidió empezar a separar las imágenes percibidas por cada uno de mis ojos. Después de otra hora, o algo así, me dio una jaqueca terrible y tuve que parar.

-¿Crees que podrías hallar, tú solo, un sitio apropiado para que descansemos? -preguntó.

Yo no tenía idea de cuál era el criterio acerca de un "sitio apropiado". Me explicó pacientemente que mirar en vistazos cortos permitía a los ojos apresar visiones insólitas.

-¿Como qué? -pregunté.

-No son visiones propiamente dichas -dijo él-. Son más bien sensaciones. Si miras un arbusto o un árbol o una piedra donde tal vez te gustaría descansar, tus ojos pueden darte a sentir si ése es o no el mejor sitio de reposo.

De nuevo lo insté a describir qué eran aquellas sensaciones, pero él no podía describirlas o bien, sencillamente, no quería. Dijo que yo debía practicar eligiendo un sitio, y él entonces me diría si mis ojos estaban trabajando o no.

En cierto momento percibí lo que me pareció un guijarro que reflejaba luz. No podía verlo si enfocaba en él mis ojos, pero recorriendo el área con vistazos rápidos percibía una especie de resplandor leve. Señalé a don Juan el sitio. Se hallaba en medio de una zona llana, sin sombra, privada de arbustos densos. 

Don Juan rió a carcajadas y luego me preguntó por qué había elegido ese lugar específico. Expliqué que estaba viendo un resplandor.

-No me importa lo que veas -dijo-. Daría igual que estuvieras viendo un elefante. Lo importante es qué cosa sientes.

Yo no sentía nada en absoluto. Él me lanzó una mirada misteriosa y dijo que habría querido ser cortés y sentarse a descansar allí conmigo, pero que iba a sentarse en otro sitio mientras yo probaba mi elección.

Tomé asiento; él me observaba con curiosidad a diez o doce metros de distancia. Tras unos minutos empezó a reír fuerte. Por algún motivo su risa me ponía nervioso. Me irritaba sobremanera. Sentí que se burlaba de mí y eso me enojó. Empecé a poner en duda los motivos que me empujaban para estar allí. Había algo definitivamente erróneo en la manera como toda mi empresa con don Juan iba desarrollándose. Sentí ser un simple peón en sus garras. De pronto don Juan me embistió, a toda velocidad, y tomándome del brazo me arrastró en peso tres o cuatro metros. Me ayudó a incorporarme y se enjugó el sudor de la frente. Noté entonces que se había esforzado hasta el límite. Me palmeó la espalda y dijo que yo había elegido el sitio equivocado y que él tuvo que rescatarme a toda prisa, porque vio que el sitio estaba a punto de atrapar todos mis sentimientos. Reí.  La imagen de don Juan embistiéndome era  muy
graciosa. Había corrido verdaderamente como un joven. Sus pies se movían como si aferrara la suave tierra roja del desierto para catapultarse sobre mí. Yo lo había visto reír y luego, en cosa de segundos, me estaba jalando del brazo.

Tras un rato me instó a seguir buscando un sitio adecuado para descansar. 

Reanudamos el camino, pero no noté ni "sentí" nada. Quizá, de haberme hallado menos tenso, otro hubiera sido el caso. Pero había cesado mi enojo contra don Juan. Por fin, él señaló unas rocas y nos detuvimos.

-No te descorazones -dijo-. Lleva mucho tiempo educar a los ojos como se debe.

No dije nada: No iba a descorazonarme por algo que no entendía en modo alguno. Sin embargo, debía admitir que ya en tres ocasiones, desde que comenzaron mis visitas a don Juan, me había enojado mucho, y me había agitado casi hasta el punto de enfermarme, hallándome sentado en sitios que él llamaba malos.

-El truco es sentir con los ojos -dijo-. Tu problema es el no saber qué sentir. Pero ya te vendrá con la práctica.

-Quizá usted debería decirme, don Juan, qué es lo que debo sentir.

-Eso es imposible.

-¿Por qué?

-Nadie puede decirte lo que debes sentir. No es calor, ni luz, ni brillo, ni color. Es otra cosa.

-¿No puede usted describirla?

-No. Sólo puedo darte la técnica. Una vez que aprendas a separar las imágenes y veas dos de cada cosa, debes poner atención en el espacio entre las dos imágenes. Cualquier cambio digno de notarse ocurrirá allí, en ese espacio.

-¿Qué clase de cambios son?

-Eso no importa. El sentimiento que recibes es lo que cuenta. Cada hombre es distinto. Tú viste hoy un resplandor, pero eso no quería decir nada porque faltaba el sentimiento. No te puedo decir cómo sentirte. Eso debes aprenderlo tú solo.

Descansamos un rato en silencio. Don Juan se cubrió la cara con el sombrero y permaneció inmóvil, como dormido. Yo me centré en escribir mis notas, hasta que un súbito movimiento suyo me sobresaltó. Se enderezó abruptamente y me encaró, ceñudo.

-Tienes facilidad para la cacería -dijo-. Y eso es lo que debes aprender: a cazar. Ya no vamos a hablar de plantas.

Infló las quijadas un instante; luego añadió con candidez:

-De todos modos creo que nunca hablamos, ¿verdad?- y rió.

Pasamos el resto del día caminando en todas direcciones, mientras él me daba una explicación increíblemente detallada acerca de las serpientes de cascabel. La forma en que anidan, la forma en que se desplazan, sus hábitos de temporada, sus caprichos de conducta. Luego procedió a corroborar cada uno de los puntos señalados y finalmente atrapó y mató una serpiente grande; le cortó la cabeza, la destripó, la despellejó y asó la carne. Sus movimientos tenían tal gracia y habilidad que ya el estar cerca de él era un placer. 

Yo lo había escuchado y observado, inmerso. Mi concentración era tan completa que el resto del mundo había desaparecido prácticamente para mí. Comer la serpiente fue un duro retorno al mundo de los asuntos ordinarios. Sentí náusea al empezar a mascar un bocado de carne. El asco no tenía fundamento, pues la carne era deliciosa, pero mi estómago parecía ser una unidad independiente. Apenas me fue posible pasarlo. Pensé que don Juan sufriría un ataque cardiaco de tanto reírse.

Después nos sentamos a reposar a nuestras anchas a la sombra de unas rocas. Empecé a trabajar en mis notas, y lo copiosas que eran me hizo darme cuenta de que don Juan me había dado una cantidad asombrosa de información sobre las serpientes de cascabel.

-Tu espíritu de cazador ha vuelto a ti -dijo él de pronto, con rostro grave-. Ahora estás enganchado.

-¿Cómo dijo?

Quise que detallara su afirmación de que me hallaba enganchado, pero él sólo rió y la repitió.

-¿Cómo estoy enganchado? -insistí.

-Los cazadores siempre cazan -dijo-. Yo también soy cazador.

-¿Quiere usted decir que caza para vivir?

-Cazo para poder vivir. Puedo vivir de la tierra, en cualquier parte. Indicó con un ademán todo el derredor.

-Ser cazador significa, que uno conoce mucho -prosiguió-. Significa que uno puede ver el mundo de formas distintas. Para ser cazador, hay que estar en perfecto equilibrio con todo lo demás; de lo contrario la caza sería una faena sin sentido. 

Por ejemplo, hoy agarramos una culebrita. Tuve que pedirle disculpas por quitarle la vida tan de repente y tan definitivamente; hice lo que hice sabiendo
que mi propia vida se cortará algún día de una forma muy semejante: repentina y definitiva. Así que, a fin de cuentas, nosotros y las culebras estamos parejos. Una de ellas nos alimentó hoy.

-Jamás concebí un equilibrio de ese tipo cuando cazaba -dije.

-Eso no es cierto. Tú no matabas animales por las puras. Tú y tu familia se comían la caza.

Sus afirmaciones tenían la convicción de alguien que hubiera estado allí presente. Por supuesto, tenía razón. Hubo épocas en las que yo proveía la carne de caza que completaba ocasionalmente la dieta familiar.

-¿Cómo lo supo usted? -pregunté tras un momento de titubeo.

-Hay ciertas cosas que sé, así nomás -dijo-. No puedo decirte cómo.

Le conté que mis parientes, con mucha seriedad, llamaban "perdices" a todas las aves que yo cobraba.

Don Juan dijo que podía imaginárselos llamando "una perdiz chiquita" a un gorrión, y añadió una versión cómica de la manera como lo masticarían. Los extraordinarios movimientos de su quijada me hicieron sentir que en efecto estaba masticando un pájaro entero, con huesos y todo.

-De verdad creo que tienes buena mano para cazar -dijo, mirándome con fijeza-. Y nos estábamos yendo por donde no era. A lo mejor estarás dispuesto a cambiar tu forma de vida para volverte cazador.

Me recordó que, con sólo un poco de esfuerzo por mi parte, yo había descubierto que en el mundo había sitios buenos y malos para mí; añadió que también había hallado los colores específicos asociados con ellos.

-Eso significa que tienes facilidad para la caza -declaró-. No cualquiera hallaría sus sitios y sus colores al mismo tiempo. Ser cazador sonaba bonito y romántico, pero me resultaba un absurdo porque a mí no me interesaba cazar en particular.

-No tiene que interesarte ni que gustarte -repuso él a mi queja-. Tienes una inclinación natural. Creo que a los mejores cazadores nunca les gusta cazar; lo hacen bien, eso es todo.

Tuve el sentimiento de que don Juan, con su don de palabra, podía salir de cualquier atolladero; sin embargo, él afirmó que no le gustaba hablar.

-Es como lo que te dije de los cazadores. No es necesario que me guste hablar. Nada más tengo facilidad para ello y lo hago bien, eso es todo.

Su agilidad mental me hizo verdadera gracia.

-Los cazadores tienen que ser individuos excepcionalmente agudos -prosiguió-. Un cazador deja muy pocas cosas al azar. He estado tratando mil maneras de convencerte de que debes aprender a vivir en forma distinta. Hasta ahora no he podido. No había nada de lo que pudieras aferrarte. Ahora es diferente. He hecho volver tu viejo espíritu de cazador; a lo mejor cambias a
través de él.

Protesté: no quería hacerme cazador. Le recordé que al principio sólo había querido que me hablara de plantas medicinales, pero él me había hecho apartarme a tal grado de mi propósito original, que ya no me era posible recordar claramente si en verdad había querido aprender de plantas.

-Eso está bueno -dijo él-. Realmente muy bueno. Si no tienes una imagen tan clara de lo que quieres, tal vez te hagas más humilde.

Vamos a ponerlo de otro modo. Para tus fines, no importa en realidad que aprendas de plantas o de cacería. Tú mismo me lo has dicho. Te interesa todo lo que cualquiera pueda decirte. ¿No es cierto?"

Yo le había dicho eso tratando de definir el terreno de la antropología, y con el fin de reclutarlo como informante.

-Soy un cazador -dijo como si leyera mis pensamientos-. Dejo muy pocas cosas al azar. Quizá deba explicarte que aprendí a ser cazador. No siempre he vivido como vivo ahora. En cierto punto de mi vida tuve que cambiar. Ahora te estoy señalando el camino. Te estoy guiando. Sé lo que digo; alguien me enseñó todo esto. No lo inventé, ni lo aprendí por mí mismo.

-¿Quiere decir, don Juan, que tuvo un maestro?

-Digamos que alguien me enseñó a cazar como yo quiero enseñarte ahora -dijo rápidamente, y cambió el tema.
-Creo que en otro tiempo la caza era una de las mayores acciones que un hombre podía ejecutar -dijo-. Todos los cazadores eran hombres poderosos. De hecho, un cazador tenía que ser poderoso por principio de cuentas, para soportar los rigores de esa vida.

De pronto se me despertó la curiosidad. ¿Se refería acaso a una época anterior a la Conquista? Empecé a interrogarlo.

-¿Cuándo fue la época de que usted habla?

-En otro tiempo.

-¿Cuándo? ¿Qué significa "en otro tiempo"?

-Significa en otro tiempo, o a lo mejor significa ahora, hoy. No tiene importancia. En un tiempo todo el mundo sabía que un cazador era el mejor de los hombres. Ahora no todos lo saben, pero sí un número suficiente de personas. Yo lo sé, algún día tú lo sabrás. ¿Ves lo que quiero decir?

-¿Tienen los indios yaquis las mismas ideas acerca de los cazadores? Eso es lo que quiero saber.

-No necesariamente.

-¿Y los indios pimas?

-No todos. Pero sí algunos.

Nombré varios grupos indígenas vecinos. Quería comprometerlo a la declaración de que la caza era una creencia y práctica compartida por algún pueblo determinado. Pero como evitó responderme directamente, cambié el tema.

-¿Por qué hace usted todo esto por mí, don Juan? -pregunté.

Se quitó el sombrero y se rasgó las sienes en fingido desconcierto.

-Tengo un gesto contigo -dijo suavemente-. Otras personas han tenido contigo un gesto similar; algún día tú mismo tendrás el mismo gesto con otros: Digamos que esta vez me toca a mí. Un día descubrí que, si quería ser un cazador digno de respetarme a mí mismo, tenía que cambiar mi forma de vivir. Me gustaba lamentarme y llorar mucho. Tenía buenas razones para sentirme víctima. Soy indio y a los indios los tratan como a perros. Nada podía yo hacer para remediarlo, de modo que sólo me quedaba mi dolor. Pero entonces mi buena suerte me salvó y alguien me enseñó a cazar. Y me di cuenta de que la forma como vivía no valía la pena de vivirse... así que la cambié.

-Pero yo estoy contento con mi vida, don Juan. ¿Por qué tendría que cambiarla?

Empezó a cantar una canción ranchera, muy suavemente, y luego tarareó la tonada. Su cabeza oscilaba hacia arriba y hacia abajo, siguiendo el ritmo.

-¿Crees que tú y yo somos iguales? -preguntó con voz nítida.

La pregunta me agarró desprevenido. Experimenté en los oídos un zumbido peculiar, como si don Juan hubiera gritado, cosa que no hizo; sin embargo, su voz tenía un sonido metálico que reverberó en mis oídos.

Me rasqué, con el meñique izquierdo, el interior de la oreja del mismo lado. Desde hacía algún tiempo tenía comezón en las orejas, y había desarrollado una forma rítmica y nerviosa de frotarlas por dentro con el meñique de cualquier mano. El movimiento era, más exactamente, una sacudida de todo el brazo.

Don Juan observó mis movimientos con fascinación aparente.

-Bueno... ¿somos iguales? -preguntó.

-Por supuesto que somos iguales -dije.

Naturalmente, condescendía. Le tenía mucho afecto al anciano, aunque a veces no supiera qué hacer con él; sin embargo conservaba aún en el trasfondo de mi mente -sin que jamás fuera a darle voz- la creencia de que, siendo un estudiante universitario, un hombre del refinado mundo occidental, yo era superior a un indio.

-No -dijo él calmadamente-, no lo somos.

-Por supuesto que lo somos -protesté.

-No -dijo él con voz suave. No somos iguales. Yo soy un cazador y un guerrero, y tú eres un cabrón.

Quedé boquiabierto. No podía creer que don Juan hubiera dicho eso. Dejé caer mi cuaderno y lo miré atónito y luego, por supuesto, me enfurecí.

Él me miró con ojos serenos y apacibles. Esquivé su mirada. Y entonces empezó a hablar. Pronunciaba claramente las palabras. Fluían sin interrupción ni misericordia. Dijo que yo alcahueteaba para otros. Que no planeaba mis propias batallas, sino las batallas de unos desconocidos. Que no me interesaba aprender de plantas ni de cacería ni de nada. Y que su mundo de actos, sentimientos, y decisiones precisas era infinitamente más efectivo que la torpe idiotez que yo llamaba "mi vida".

Cuando terminó, quedé mudo. Había hablado sin agresividad ni presunción, pero con tal fuerza y a la vez tal sosiego, que yo ni siquiera estaba ya enojado. Permanecimos en silencio. Me sentía apenado y no se me ocurría nada apropiado que decir.

Esperé a que él tomara la palabra. Transcurrieron horas. Don Juan se inmovilizó gradualmente hasta que su cuerpo adquirió una rigidez extraña, casi atemorizante; su silueta se hizo difícil de discernir conforme la luz menguaba y finalmente, cuando todo estuvo negro a nuestro alrededor, pareció haberse disuelto en la negrura de las piedras. Su estado de inmovilidad era tan total que parecía ya no existir.

Era medianoche cuando al fin me di cuenta de que don Juan podía quedarse inmóvil tal vez para siempre en ese desierto, en esas rocas y que lo haría en caso necesario. Su mundo de actos,  decisiones y sentimientos precisos era en verdad superior. Toqué calladamente su brazo y el llanto me inundó.


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