AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

Mi foto
El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

domingo, 11 de enero de 2026

[9] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. LA ÚLTIMA BATALLA SOBRE LA TIERRA.

 



Lunes 24 de julio de 1961


A media tarde, tras recorrer el desierto durante horas, don Juan eligió un sitio para descansar, en un espacio sombreado. Apenas tomamos asiento empezó a hablar. Dijo que yo había aprendido mucho sobre cacería, pero no había cambiado tanto como él quisiera.

-No basta con saber hacer y colocar trampas -dijo-. Un cazador debe vivir como cazador para sacar lo máximo de la vida. Por desdicha, los cambios son difíciles y ocurren muy despacio; a veces un hombre tarda años en convencerse de la necesidad de cambiar. Yo tardé años, pero a lo mejor no tenía facilidad para la caza. Creo que para mí lo más difícil fue querer realmente cambiar.

Le aseguré que comprendía la cuestión. De hecho, desde que había empezado a enseñarme a cazar, yo mismo empecé a reevaluar mis acciones. Acaso el descubrimiento más dramático fue que me agradaban los modos de don Juan. Me simpatizaba como persona. Había cierta solidez en su comportamiento; su forma de conducirse no dejaba duda alguna acerca de su dominio, y sin embargo jamás había ejercido su ventaja para exigirme nada. Su interés en cambiar mi forma de vivir era, sentía yo, semejante a una sugerencia impersonal, o quizá a un comentario autoritario sobre mis fracasos. Me había hecho cobrar aguda conciencia de mis fallas, pero yo no veía en qué forma su línea de conducta podría remediar nada en mí. Creía sinceramente que, a la luz de lo que yo deseaba hacer en la vida, sus modos sólo me habrían producido sufrimiento y penalidades, de aquí el callejón sin salida. Sin embargo, había aprendido a respetar su dominio, que siempre se expresaba en términos de belleza y precisión.

-He decidido cambiar mis tácticas -dijo.

Le pedí explicar; su frase era vaga y yo no estaba seguro de si se refería a mí.

-Un buen cazador cambia de proceder tan a menudo como lo necesita -respondió-. Tú lo sabes.

-¿Qué tiene usted en mente, don Juan?

-Un cazador no sólo debe conocer los hábitos de su presa; también debe saber que en esta tierra hay poderes que guían a los hombres y los animales y todo lo que vive.

Dejó de hablar. Esperé, pero parecía haber llegado al final de lo que quería decir.

-¿De qué clase de poderes habla usted? -pregunté tras una larga pausa.

-De poderes que guían nuestra vida y nuestra muerte.

Don Juan calló; al parecer tenía tremendas dificultades para decidir qué cosa decir. Se frotó las manos y sacudió la cabeza, hinchando las quijadas. Dos veces me hizo seña de guardar silencio cuando yo empezaba a pedirle explicar sus crípticas declaraciones.

-No vas a poder frenarte fácilmente -dijo por fin-. Sé que eres terco, pero eso no importa. Mientras más terco seas, mejor será cuando al fin logre cambiarte.

-Estoy haciendo lo posible -dije.

-No. No estoy de acuerdo. No estás haciendo lo posible. Nada más dices eso porque suena bien; de hecho, has estado diciendo lo mismo acerca de todo cuanto haces. Llevas años haciendo lo posible, sin que sirva de nada. Algo hay que hacer para remediar eso.

Como de costumbre, me sentí impulsado a defenderme. Don Juan parecía atacar, por sistema, mis puntos más débiles. Recordé entonces que cada intento por defenderme de sus críticas había desembocado en el ridículo, y me detuve a la mitad de un largo discurso explicativo.

Don Juan me examinó con curiosidad y rió. Dijo, en tono muy bondadoso, que ya me había dicho que todos somos unos tontos. Yo no era la excepción.

-Siempre te sientes obligado a explicar tus actos, como si fueras el único hombre que se equivoca en la tierra -dijo-. Es tu viejo sentimiento de importancia. Tienes demasiada; también tienes demasiada historia personal. Por otra parte, no te haces responsable de tus actos; no usas tu muerte como consejera y, sobre todo, eres demasiado accesible. En otras palabras, tu vida sigue siendo el desmadre que era cuando te conocí.

De nuevo tuve un genuino empellón de orgullo y quise rebatir sus palabras. Él me hizo seña de callar.

-Hay que hacerse responsable de estar en un mundo extraño -dijo-. Estamos en un mundo extraño, has de saber.

Moví la cabeza en sentido afirmativo.

-No estamos hablando de lo mismo -dijo él-. Para ti el mundo es extraño porque cuando no te aburre estás enemistado con él. Para mí el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso, misterioso, impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable por estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este maravilloso tiempo.

Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a estar aquí sólo un rato corto, de hecho, muy corto para presenciar todas las maravillas que existen.

Insistí que aburrirse con el mundo o enemistarse con él era la condición humana.

-Pues cámbiala -repuso con sequedad-. Si no respondes al reto, igual te valdría estar muerto.

Me instó a nombrar un asunto, un elemento de mi vida que hubiera ocupado todos mis pensamientos. Dije que el arte. Siempre quise ser artista y durante años me dediqué a ello. Todavía conservaba el doloroso recuerdo de mi fracaso.

-Nunca has aceptado la responsabilidad de estar en este mundo impenetrable -dijo en tono acusador-. Por eso nunca fuiste artista, y quizá nunca seas cazador.

-Hago lo mejor que puedo, don Juan.

-No. No sabes lo que puedes.

-Hago cuanto puedo.

-Te equivocas otra vez. Puedes hacer más. Hay una cosa sencilla que anda mal contigo: crees tener mucho tiempo.

Hizo una pausa y me miró como aguardando mi reacción.

-Crees tener mucho tiempo -repitió.

-¿Mucho tiempo para qué, don Juan?

-Crees que tu vida va a durar para siempre.

-No. No lo creo.

-Entonces, si no crees que tu vida va a durar para siempre, ¿qué cosa esperas? ¿Por qué titubeas en cambiar?

-¿Se le ha ocurrido alguna vez, don Juan, que a lo mejor no quiero cambiar?

-Sí, se me ha ocurrido. Yo tampoco quería cambiar, igual que tú. Sin embargo, no me gustaba mi vida; estaba cansado de ella, igual que tú. Ahora no me alcanza la que tengo.

Afirmé con vehemencia que su insistente deseo de cambiar mi forma de vida era atemorizante y arbitrario. Dije que en cierto nivel estaba de acuerdo, pero el mero hecho de que él fuera siempre el amo que decidía las cosas me hacía la situación insostenible.

-No tienes tiempo para esta explosión, idiota -dijo con tono severo-. Esto, lo que estás haciendo ahora, puede ser tu último acto sobre la tierra. Puede muy bien ser tu última batalla. No hay poder capaz de garantizar que vayas a vivir un minuto más.

-Ya lo sé -dije con ira contenida.

-No. No lo sabes. Si lo supieras, serías un cazador.

Repuse que tenía conciencia de mi muerte inminente, pero que era inútil hablar o pensar acerca de ella, pues nada podía yo hacer para evitarla. Don Juan río y me comparó con un cómico que atraviesa mecánicamente su número rutinario.

-Si ésta fuera tu última batalla sobre la tierra, yo diría que eres un idiota -dijo calmadamente-.

Estas desperdiciando en una tontería tu acto sobre la tierra.

Estuvimos callados un momento. Mis pensamientos se desbordaban. Don Juan tenía razón, desde luego.

-No tienes tiempo, amigo mío, no tienes tiempo. Ninguno de nosotros tiene tiempo -dijo.

-Estoy de acuerdo, don Juan, pero...

-No me des la razón por las puras -tronó-. En vez de estar de acuerdo tan fácilmente, debes actuar. Acepta el reto. Cambia.

-¿Así no más? 

-Como lo oyes. El cambio del que hablo nunca sucede por grados; ocurre de golpe. Y tú no te estás preparando para ese acto repentino que producirá un cambio total.

Me pareció que expresaba una contradicción. Le expliqué que, si me estaba preparando para el cambio, sin duda estaba cambiando en forma gradual.

-No has cambiado en nada -repuso-. Por eso crees estar cambiando poco a poco. Pero a lo mejor un día de éstos te sorprendes cambiando de repente y sin una sola advertencia. Yo sé que así es la cosa, y por eso no pierdo de vista mi interés en convencerte.

No pude persistir en mi argumentación. No estaba seguro de qué deseaba decir realmente. Tras una corta pausa, don Juan reanudó sus explicaciones.

-Quizás haya que decirlo de otra manera -dijo-. Lo que te recomiendo que hagas es notar que no tenemos ninguna seguridad de que nuestras vidas van a seguir indefinidamente. Acabo de decir que el cambio llega de pronto, sin anunciar, y lo mismo la muerte. ¿Qué crees que podamos hacer?

Pensé que la pregunta era retórica, pero él hizo un gesto con las cejas instándome a responder.

-Vivir lo más felices que podamos -dije.

-¡Correcto! ¿Pero conoces a alguien que viva feliz?

Mi primer impulso fue decir que sí; pensé que podía usar como ejemplos a varias personas que conocía. Pero al pensarlo mejor supe que mi esfuerzo sería sólo un hueco intento de exculparme.

-No -dije-. En verdad no.

-Yo sí -dijo don Juan-. Hay algunas personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad es actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así, sus actos tienen un poder peculiar; sus actos tienen un sentido de...

Parecían faltarle las palabras. Se rascó las sienes y sonrió. Luego, de pronto, se puso de pie como si nuestra conversación hubiera concluido. Le supliqué terminar lo que me estaba diciendo. Volvió a sentarse y frunció los labios.

Los actos tienen poder -dijo-. Sobre todo cuando la persona que actúa sabe que esos actos son su última batalla. Hay una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que lo que uno está haciendo puede muy bien ser su último acto sobre la tierra. Te recomiendo meditar en tu vida y contemplar tus actos bajo esa luz.

-Yo no estaba de acuerdo. Para mí, la felicidad consistía en suponer que había una continuidad inherente a mis actos y que yo podría seguir haciendo, a voluntad, cualquier cosa que estuviera haciendo en ese momento, especialmente si la disfrutaba. Le dije que mi desacuerdo, lejos de ser banal, brotaba de la convicción de que el mundo y yo mismo poseíamos una continuidad determinable.

Don Juan pareció divertirse con mis esfuerzos por lograr coherencia. Rió, meneó la cabeza, se rascó el cabello, y finalmente, cuando hablé de una "continuidad determinable", tiró su sombrero al suelo y lo pisoteó.

Terminé riendo de sus payasadas.

-No tienes tiempo, amigo mío -dijo él-. Ésa es la desgracia de los seres humanos. Ninguno de nosotros tiene tiempo suficiente, y tu continuidad no tiene sentido en este mundo de pavor y misterio.

Tu continuidad sólo te hace tímido. Tus actos no pueden de ninguna manera tener el gusto, el poder, la fuerza irresistible de los actos realizados por un hombre que sabe que está librando su última batalla sobre la tierra. En otras palabras, tu continuidad no te hace ni feliz ni poderoso.

Admití mi temor de pensar en que iba a morir, y lo acusé de provocarme una gran aprensión con sus constantes referencias a la muerte.

-Pero todos vamos a morir -dijo.

Señaló unos cerros en la distancia.

-Hay algo allí que me está esperando, de seguro; y voy a reunirme con ello, también de seguro.

Pero a lo mejor tú eres distinto y la muerte no te está esperando en ningún lado.

Rió de gesto de desesperanza.

-No quiero pensar en eso, don Juan.

-¿Por qué no?

-No tiene caso. Si está allí esperándome, ¿para qué preocuparme por ella?

-Yo no dije que te preocuparas por ella.

-¿Entonces qué hago?

Usarla. Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni preocupación. Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso. Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra. Sólo bajo tales condiciones tendrán tus actos el poder que les corresponde. De otro modo serán, mientras vivas, los actos de un hombre tímido.

-¿Es tan terrible ser tímido?

-No. No lo es si vas a ser inmortal, pero si vas a morir no hay tiempo para la timidez, sencillamente porque la timidez te hace agarrarte de algo que sólo existe en tus pensamientos.

Te apacigua mientras todo está en calma, pero luego el mundo de pavor y misterio abre la boca para tí, como la abrirá para cada uno de nosotros, y entonces te das cuenta de que tus caminos seguros nada tenían de seguro. La timidez nos impide examinar y aprovechar nuestra suerte como hombres.

-No es natural vivir con la idea constante de nuestra muerte, don Juan.

-Nuestra muerte espera, y este mismo acto que estamos realizando ahora puede muy bien ser nuestra última batalla sobre la tierra -respondió en tono solemne-. La llamo batalla porque es una lucha. La mayoría de la gente pasa de acto a acto sin luchar ni pensar. Un cazador, al contrario, evalúa cada acto; y como tiene un conocimiento íntimo de su muerte, procede con juicio, como si cada acto fuera su última batalla. Sólo un imbécil dejaría de notar la ventaja que un cazador tiene sobre sus semejantes. Un cazador da a su última batalla el respeto que merece. Es natural que su último acto sobre la tierra sea lo mejor de sí mismo. Así es placentero. Le quita el filo al temor.

-Tiene usted razón -concedí-. Sólo que es difícil de aceptar.

-Tardarás años en convencerte, y luego tardarás años en actuar como corresponde. Ojalá te quede tiempo.

-Me asusta que diga usted eso -dije.

Don Juan me examinó con una expresión grave en el rostro.

-Ya te dije: éste es un mundo extraño -dijo-. Las fuerzas que guían a los hombres son imprevisibles, pavorosas, pero su esplendor es digno de verse.

Dejó de hablar y me miró de nuevo. Parecía estar a punto de revelarme algo, pero se contuvo y sonrió.

-¿Hay algo que nos guía? -pregunté.

-Seguro. Hay poderes que nos guían.

-¿Puede usted describirlos?

-En realidad no; sólo llamarlos fuerzas, espíritus, aires, vientos o cualquier cosa por el estilo.

Quise seguir interrogándolo, pero antes de que pudiera formular otra pregunta él se puso en pie. Me quedé viendolo, atónito. Se había levantado en un solo movimiento; su cuerpo, simplemente, se estiró hacia arriba y quedó de pie.

Me hallaba meditando todavía en la insólita pericia necesaria para moverse con tal rapidez, cuando él me dijo, en seca voz de mando, que rastreara un conejo, lo atrapara, lo matara, lo desollase, y asara la carne antes del crepúsculo.

Miró el cielo y dijo que tal vez me alcanzara el tiempo.

Puse automáticamente manos a la obra, siguiendo el procedimiento usado veintenas de veces.

Don Juan caminaba a mi lado y seguía mis movimientos con una mirada escudriñadora. Yo estaba muy calmado y me movía cuidadosamente, y no tuve ninguna dificultad en atrapar un conejo macho.

-Ahora mátalo -dijo don Juan secamente.

Metí la mano en la trampa para agarrar al conejo. Lo tenía asido de las orejas y lo estaba sacando cuando me invadió una súbita sensación de terror. Por primera vez desde que don Juan había iniciado sus lecciones de caza, se me ocurrió que nunca me había enseñado a matar animales. En las numerosas ocasiones que habíamos recorrido el desierto, él mismo sólo había matado un conejo, dos perdices y una víbora de cascabel.

Solté el conejo y miré a don Juan.

-No puedo matarlo -dije.

-¿Por qué no?

-Nunca lo he hecho.

-Pero has matado cientos de aves y otros animales.

-Con un rifle, no a mano limpia.

-¿Qué importancia tiene? El tiempo de este conejo se acabó.

El tono de don Juan me produjo un sobresalto; era tan autoritario, tan seguro, que no dejó en mi mente la menor duda: él sabía que el tiempo del conejo había terminado.

-¡Mátalo! -ordenó con ferocidad en la mirada.

-No puedo.

Me gritó que el conejo tenía que morir. Dijo que sus correrías por aquel hermoso desierto habían llegado a su fin. No tenía caso perder tiempo, porque el poder o espíritu que guía a los conejos había llevado a ése a mi trampa, justo al filo del crepúsculo.

Una serie de ideas y sentimientos confusos se apoderaron de mí, como si los sentimientos hubieran estado allí esperándome. Sentí con torturante claridad la tragedia del conejo: haber caído en mi trampa. En cuestión de segundos mi mente recorrió los momentos decisivos de mi propia vida, las muchas veces que yo mismo había sido el conejo.

Lo miré y el conejo me miró. Se había arrinconado contra un lado de la jaula; estaba casi enroscado, muy callado e inmóvil. Cambiamos una mirada sombría, y esta mirada, que supuse de silenciosa desesperanza, selló una identificación competa por parte mía.

-Al carajo -dije en voz alta-. No voy a matar nada. Ese conejo queda libre.

Una profunda emoción me estremecía. Mis brazos temblaban al tratar de asir al conejo por las orejas; se movió aprisa y fallé. Hice un nuevo intento y volví a errar. Me desesperé. Al borde de la náusea, pateé rápidamente la trampa para romperla y liberar al conejo. La jaula resultó insospechadamente fuerte y no se quebró como yo esperaba. Mi desesperación creció convirtiéndose en una angustia insoportable. Usando toda mi fuerza, pisoteé la esquina de la jaula con el pie derecho. Las varas crujieron con estruendo. Saqué el conejo. Tuve un alivio momentáneo, hecho trizas al instante siguiente. El conejo colgaba inerte de mi mano. Estaba muerto.

No supe qué hacer. Quise descubrir el motivo de su muerte. Me volví hacia don Juan. Él me miraba. Un sentimiento de terror atravesó mi cuerpo en escalofrío.

Me senté junto a unas rocas. Tenía una jaqueca terrible. Don Juan me puso la mano en la cabeza y me susurró al oído que debía desollar y asar al conejo antes de que el crepúsculo terminase.

Sentía náuseas. Él me habló con mucha paciencia, como dirigiéndose a un niño. Dijo que los poderes que guían a los hombres y a los animales habían llevado hacia mí ese conejo, en la misma forma, en que me llevarán a mi propia muerte. Dijo que la muerte del conejo era un regalo para mí, exactamente como mi propia muerte será un regalo para algo o alguien más.

Me hallaba mareado. Los sencillos eventos de ese día me habían quebrantado. Intenté pensar que no era sino un conejo; sin embargo, no podía sacudirme la misteriosa identificación que había tenido con él.

Don Juan dijo que yo necesitaba comer de su carne, aunque fuera sólo un bocado, para validar mi hallazgo.

-No puedo hacerlo -protesté débilmente.

-Somos basura en manos de esas fuerzas -me dijo, brusco-. Conque deja de darte importancia y usa este regalo como se debe.

Recogí el conejo; estaba caliente.

Don Juan se inclinó para susurrarme al oído:

-Tu trampa fue su última batalla sobre la tierra. Te lo dije: ya no tenía más tiempo para corretear por este maravilloso desierto.





sábado, 10 de enero de 2026

[8] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. ROMPER LAS RUTINAS DE LA VIDA.

 



Domingo 16 de julio de 1961


Pasamos toda la mañana observando unos roedores que parecían ardillas gordas; don Juan las llamaba ratas de agua. Señaló que eran muy veloces para huir del peligro, pero después de haber dejado atrás a cualquier atacante tenían el pésimo hábito de detenerse, o incluso trepar a una roca, para, erguidas sobre sus patas traseras, mirar en torno y acicalarse.

-Tienen muy buenos ojos -dijo don Juan-. Sólo debes moverte cuando vayan corriendo; por eso, debes aprender a predecir cuándo y dónde van a pararse, para que tú también te pares al mismo tiempo.

Me concentré en vigilarlas y tuve lo que habría sido un día provechoso para cazadores, pues localicé muchas. Y finalmente, podía predecir sus movimientos casi sin fallar.

Luego, don Juan me mostró cómo hacer trampas para capturarlas. Explicó que un cazador debía tomarse tiempo para observar los sitios donde comían o anidaban, con el fin de determinar la colocación de las trampas; luego las instalaba durante la noche, y al día siguiente todo lo que tenía que hacer era asustar a los roedores para que éstos se dispersaran y cayesen en los artefactos.

Reunimos algunas varas y nos pusimos a construir las trampas. Yo tenía la mía casi terminada y me preguntaba con excitación si funcionaría o no, cuando de pronto don Juan se detuvo y miró su muñeca izquierda, como consultando un reloj que nunca había tenido, y dijo que era la hora del almuerzo. Yo tenía en las manos una vara larga y trataba de doblarla en círculo para convertirla en aro. Automáticamente la puse a un lado con el resto de mis arreos de caza.

Don Juan me miró con expresión de curiosidad. Luego hizo el sonido ululante de una sirena de fábrica a la hora del almuerzo. Reí. Su sonido de sirena era perfecto. Caminé hacia él y noté que me miraba fijamente. Meneó la cabeza de lado a lado.

-Con una chingada -dijo.

-¿Qué pasa? -pregunté.

Volvió a hacer el ulular de un silbato de fábrica.

-Se acabó el almuerzo -dijo-. Regresa a trabajar.

Por un instante me sentí confundido, pero luego pensé que don Juan estaba bromeando, acaso porque en realidad no había nada con que preparar el almuerzo. Me había concentrado en los roedores al grado de olvidar que no teníamos provisiones. Recogí nuevamente la vara y traté de doblarla. Tras un momento, don Juan hizo sonar otra vez su "sirena".

-Hora de irse a la casa -dijo.

Examinó su reloj imaginario y luego me miró y guiñó el ojo.

-Son las cinco en punto -dijo con el aire de quien revela un secreto.

Pensé que de repente se había hartado de cazar y estaba desistiendo del asunto. Simplemente dejé todo y empecé a prepararme para irnos. No lo miré. Supuse que también preparaba sus cosas.

Al acabar, alcé la cara y lo vi sentado a unos metros, con las piernas cruzadas.

-Ya acabé -dije-. Podemos irnos cuando sea.

Se levantó para trepar a una roca. Parado allí, a más de metro y medio sobre el suelo, me miró. Puso las manos a ambos lados de la boca y emitió un sonido muy prolongado y penetrante. Era como una sirena de fábrica, amplificada. Girando, describió un círculo completo mientras producía el ulular.

-¿Qué hace usted, don Juan? -pregunté.

Dijo que estaba dando la señal para que todo el mundo se fuera a su casa. Yo me hallaba completamente desconcertado. No podía saber si don Juan bromeaba o si sencillamente había perdido la razón. Lo observé con atención y traté de relacionar lo que hacía con algo que hubiera dicho antes. Apenas si habíamos hablado en toda la mañana, y no pude recordar nada de importancia.

Don Juan seguía parado encima de la roca. Me miró, sonrió y guiñó de nuevo él ojo. De pronto me alarmé. Don Juan puso las manos a los lados de la boca y dejó oír otro largo sonido de silbato. Dijo que eran las ocho de la mañana y que volviera a disponer mis arreos, porque teníamos un día entero por delante.

Para entonces, me encontraba hundido en la confusión. En cuestión de minutos, mi temor se convirtió en un deseo irresistible de salir corriendo. Pensé que don Juan estaba loco. Me disponía a huir cuando él se deslizó al suelo y vino a mí, sonriente.

-Crees que estoy loco, ¿no? -preguntó.

Le dije que su inesperado comportamiento me estaba sacando de mis casillas.

Respondió que estábamos a mano. No comprendí a qué se refería. Me preocupaba hondamente la idea de que sus acciones parecían totalmente insanas. Explicó que con la pesadez de su conducta inesperada había tratado a propósito de sacarme de mis casillas, porque yo mismo lo estaba desquiciando con la pesadez de mi conducta esperada. Añadió que mis rutinas eran igual de locas como su ulular de silbato.

Sobresaltado, afirmé que en realidad no tenía ninguna rutina. De hecho, dije, creía que mi vida era un lío a causa de mi carencia de rutinas saludables.

Don Juan rió y me hizo seña de sentarme junto a él. Toda la situación había vuelto a cambiar misteriosamente. Mi miedo se desvaneció al empezar don Juan a hablar.

-¿Cuáles son mis rutinas? -pregunté.

-Todo cuanto haces es una rutina.

-¿No somos todos así?

-No todos. Yo no hago cosas por rutina.

-¿A qué viene todo esto, don Juan? ¿Qué cosa hice o dije para que usted actuara como actuó?

-Te estabas preocupando por el almuerzo.

-Yo no le dije nada; ¿cómo supo usted que me preocupaba por el almuerzo?

-Te preocupas por comer todos los días a eso de las doce, y a eso de las seis de la tarde, y a eso de las ocho de la mañana -dijo con una sonrisa maliciosa-. A esas horas te preocupas por comer, aunque no tengas hambre.

Para mostrar tu espíritu de rutina, me bastó con tocar mi silbato. Tu espíritu está entrenado para trabajar con una señal.

Se me quedó viendo con una pregunta en los ojos. No pude defenderme.

-Ahora te dispones a convertir la caza en una rutina -prosiguió-. Ya has marcado tu paso en la cacería; hablas a cierta hora, comes a cierta hora, y te quedas dormido a cierta hora.

Yo no tenía nada que decir. La forma en que don Juan había descrito mis hábitos alimenticios era la norma que yo usaba para todo lo de mi vida. Sin embargo, sentía vigorosamente que mi vida era menos rutinaria que las de casi todos mis amigos y conocidos.

-Ya conoces mucho de caza -continuó don Juan-. Te será fácil darte cuenta de que un buen cazador conoce sobretodo una cosa: conoce las rutinas de su presa. Eso es lo que lo hace buen cazador.

Si recuerdas el modo como te he ido enseñando a cazar, tal vez entiendas lo que digo. Primero te enseñé a hacer y a instalar tus trampas, luego te enseñé las rutinas de los animales que perseguías, y luego probamos las trampas contra sus rutinas. Esas partes son las formas externas de la caza.

Ahora tengo que enseñarte la parte final y definitivamente la más difícil. Tal vez pasarán años antes de que puedas decir que la entiendes y que eres un cazador.

Don Juan hizo una pausa como para darme tiempo. Se quitó el sombrero e imitó los movimientos de aseo de los roedores que habíamos estado observando. Me resultó muy gracioso. Su cabeza redonda lo hacía parecer uno de tales roedores.

-Ser cazador es mucho más que sólo atrapar animales -prosiguió-. Un cazador digno de serlo no captura animales porque pone trampas, ni porque conoce las rutinas de su presa, sino porque él mismo no tiene rutinas. Esa es su ventaja. No es de ningún modo cómo los animales que persigue, fijos en rutinas pesadas y en caprichos previsibles; es libre, fluido, imprevisible.

Lo que don Juan decía me sonaba a idealización arbitraria e irracional. No podía yo concebir una vida sin rutinas. Quería ser muy honesto con él, y no sólo estar de acuerdo o en desacuerdo con sus pareceres. Sentía que la idea que él tenía en mente no era realizable ni por mí ni por nadie más.

-No me importa lo que sientas -dijo-. Para ser cazador debes romper las rutinas de tu vida. Has progresado en la caza. Has aprendido rápido y ahora puedes ver que eres como tu presa, fácil de predecir.

Le pedí especificar y darme ejemplos concretos.

-Estoy hablando de la caza -dijo calmadamente-. Por tanto, me interesan las cosas que los animales hacen; los sitios donde comen; el sitio, el modo, la hora en que duermen; dónde anidan; cómo andan. Éstas son las rutinas que te estoy señalando para que tú puedas darte cuenta de ellas en tu propio ser.

Has observado las costumbres de los animales en el desierto. Comen o beben en ciertos lugares, anidan en determinados sitios, dejan sus huellas en determinada forma; de hecho, un buen cazador puede prever o reconstruir todo cuanto hacen.

Como ya te dije, tú en mi parecer te portas como tu presa. Una vez en mi vida alguien me señaló a mí lo mismo, de modo que no eres el único. Todos nosotros nos portamos como la presa que perseguimos. Eso, por supuesto, nos hace ser la presa de algún otro. Ahora bien, el propósito de un cazador, que conoce todo esto, es dejar de ser él mismo una presa. ¿Ves lo que quiero decir?"

Expresé de nuevo el parecer de que su meta era inalcanzable.

-Toma tiempo -dijo don Juan-. Podrías empezar no almorzando todos los días a las doce en punto.

Me miró con una sonrisa benévola. Su expresión era muy chistosa y me hizo reír.

-Pero hay ciertos animales que son imposibles de rastrear -prosiguió-. Hay ciertas clases de venado, por ejemplo, que un cazador con mucha suerte puede encontrarse, a lo mejor, una vez en su vida. 

Don Juan hizo una pausa dramática y me miró con ojos penetrantes. Parecía esperar una pregunta, pero yo no tenía ninguna.

-¿Qué crees que los hace tan difíciles de hallar, y tan únicos? -preguntó.

Alcé los hombros porque no sabía qué decir.

-No tienen rutinas -dijo él en tono de revelación-. Eso es lo que los hace mágicos.

-Un venado tiene que dormir de noche -dije-. ¿No es eso una rutina?

-Seguro; si el venado duerme todas las noches a tal hora y en tal sitio. Pero esos seres mágicos no se portan así. Tal vez algún día puedas verificarlo por tí mismo. Acaso sea tu destino perseguir a uno de ellos el resto de tu vida.

-¿Qué quiere usted decir?

-A ti te gusta cazar; tal vez algún día, en algún, lugar del mundo, tu camino se cruce con el camino de un ser mágico y vayas en pos de él.

Un ser mágico es algo digno de verse. Yo tuve la fortuna de cruzarme con uno. Nuestro encuentro tuvo lugar cuando yo ya había aprendido y practicado mucha cacería. Una vez estaba en un bosque de árboles densos, en las montañas de Oaxaca, cuando de repente oí un silbido muy dulce. Era desconocido para mí; nunca, en todos mis años de andar por las soledades, había escuchado un sonido así. No podía situarlo en el terreno; parecía venir de distintos sitios. Pensé que a los mejor estaba rodeado por un hatajo de animales desconocidos.

Volví a oír el encantador silbido; parecía venir de todas partes. Entonces me di cuenta de mi buena suerte. Supe que era un ser mágico, un venado. Sabía también que un venado mágico conoce las rutinas de los hombres comunes y las rutinas de los cazadores.

Es muy sencillo figurarse qué haría un hombre cualquiera en una situación así. Primero que nada, su miedo lo convertiría inmediatamente en una presa. Una vez que se convierte en presa, le quedan dos cursos de acción. O corre o se planta. Si no está armado, por lo común huye a campo abierto y corre para salvar la vida. Si está armado, prepara su arma y se planta, congelándose en su sitio o tirándose al suelo.

Un cazador, en cambio, cuando se adentra en el monte, nunca se mete a ninguna parte sin fijar sus puntos de protección; por tanto, se pone de inmediato a cubierto. Deja caer su poncho al suelo, o lo cuelga de una rama, como señuelo, y luego se esconde y espera a ver qué hace la pieza.

Así pues, en presencia del venado mágico no me porté como ninguno de los dos. Rápidamente me paré de cabeza y me puse a llorar bajito; derramé lágrimas de verdad, y sollocé tanto tiempo que estaba a punto de desmayarme. De pronto sentí un airecito suave; algo me estaba husmeando el cabello atrás de la oreja derecha. Traté de voltear la cabeza para ver qué era, y me caí al suelo y me senté a tiempo de ver una criatura radiante que me miraba. El venado me veía y yo le dije que no le haría daño. Y el venado me habló.

Don Juan se detuvo y me miró. Sonreí involuntariamente. La idea de un venado parlante era enteramente increíble, por decir lo menos.

-Me habló -dijo don Juan sonriendo.

-¿El venado habló?

-Eso mismo.

Don Juan se puso en pie y recogió el bulto de sus arreos de caza.

-¿De veras habló? -pregunté en tono de perplejidad.

Don Juan echó a reír.

-¿Qué dijo? -pregunté, medio en guasa.

Pensé que me estaba embromando. Don Juan quedó callado un momento, como si intentara recordar; luego, con ojos brillantes, me dijo las palabras del venado.

-El venado mágico dijo: "¿Qué tal, amigo? -prosiguió don Juan-. Y yo respondí: "Qué tal". Entonces me preguntó: "¿Por qué lloras?" y yo le dije: "Porque estoy triste". Entonces, la criatura mágica se acercó a mi oído y dijo, tan clarito como estoy hablando ahora: "No estés triste".

Don Juan me miró a los ojos. Tenía un resplandor de malicia pura. Empezó a reír a carcajadas. Dije que su diálogo con el venado había sido algo tonto.

¿Qué esperabas? -preguntó, riendo aún-. Soy indio.

Su sentido del humor era tan extraño que no pude hacer más que reír con él.

-No crees que un venado mágico hable, ¿verdad?

-Lo siento mucho, pero no puedo creer que ocurran cosas así -dije.

-No te culpo -repuso, confortante-. De veras que está del carajo.







[7] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. SER INACCESIBLE.

 


Jueves 29 de junio de 1961


Nuevamente don Juan, como había hecho a diario durante casi una semana, me tuvo cautivado con su conocimiento de detalles específicos sobre el comportamiento de la caza. Explicó, y luego corroboró, varias tácticas de cacería basadas en lo que llamaba "los caprichos de las perdices". A tal grado me abstraje en sus explicaciones que todo un día transcurrió sin que yo notara el paso del tiempo. Incluso se me olvidó almorzar. 

Don Juan hizo notar, bromeando, que perder una comida era en mí algo insólito.

Al finalizar el día habíamos capturado cinco perdices en una trampa muy ingeniosa que él me enseñó a armar e instalar.

-Con dos nos alcanza -dijo, y soltó tres.

Luego me enseñó a asar perdices. Yo habría querido cortar unos arbustos y hacer una fosa para barbacoa como mi abuelo solía hacerla, forrada de ramas verdes y sellada con tierra, pero don Juan dijo que no había necesidad de dañar los arbustos, pues ya habíamos dañado a las perdices.

Cuando terminamos de comer, caminamos sin prisa alguna hacia un área rocosa. Tomamos asiento en una ladera de piedra arenisca y dije, en tono de chiste, que si él hubiera dejado el asunto en mis manos, yo habría cocinado a las cinco perdices, y que mi barbacoa hubiera sabido mucho mejor que su asado.

-Sin duda -dijo-. Pero si haces todo eso, tal vez nunca saldríamos enteros de este sitio.

-¿Qué quiere usted decir? -pregunté-. ¿Qué nos lo impediría?

-Los matorrales, las perdices, todo lo de aquí se juntaría.

-Nunca sé cuándo habla usted en serio -dije.

Hizo un gesto de impaciencia fingida y chasqueó los labios.

-Tienes una idea rara de lo que significa hablar en serio -dijo-. Yo río mucho porque me gusta reír, pero todo lo que digo es totalmente en serio, aunque no lo entiendas. ¿Por qué debería ser el mundo sólo como tú crees que es? ¿Quién te dio la autoridad para decir eso?

-No hay prueba de que el mundo sea de otro modo -dije.

Oscurecía. Me pregunté si no sería hora de regresar a casa de don Juan, pero él no parecía tener prisa y yo me divertía.

El viento era frío. De súbito, don Juan se puso en pie y me dijo que debíamos trepar a la cima del cerro y pararnos en un espacio libre de arbustos.

-No tengas miedo -dijo-. Soy tu amigo y veré que nada malo te ocurra.

-¿A qué se refiere usted? -pregunté con alarma.

Don Juan tenía una insidiosa facilidad para hacerme pasar del contento puro al susto sin fin.

-El mundo es muy extraño a esta hora del día -dijo-. A eso me refiero. Veas lo que veas, no tengas miedo.

-¿Qué cosa voy a ver?

-No sé todavía -dijo escudriñando la distancia hacia el sur.

No parecía preocupado. Yo también fijé la mirada en la misma dirección.

De pronto se irguió y, con la mano izquierda, señaló una zona oscura en el matorral del desierto.

-Allí está -dijo, como si hubiera estado esperando algo que de repente había aparecido.

-¿Qué es? -pregunté.

-Allí está -repitió-. ¡Mira! ¡Mira!

Yo no veía nada, sólo los arbustos.

-Ahora está aquí -dijo con gran urgencia en la voz-. Está aquí.

Una repentina racha de viento me golpeó en ese instante e hizo arder mis ojos. Miré hacia la zona en cuestión. No había absolutamente nada fuera de lo normal.

-No veo nada -dije.

-Acabas de sentirlo -repuso. Ahora mismo. Se te metió en los ojos y te impidió ver.

-¿De qué habla usted?

-A propósito te traje a la punta de un cerro -dijo-. Aquí nos notamos mucho y algo se nos viene encima.

-¿Qué cosa? ¿El viento?

-No sólo el viento -dijo con severidad-. A ti te parece viento porque el viento es todo lo que conoces.

Esforcé los ojos mirando los arbustos. Don Juan estuvo un momento en silencio junto a mí y luego se adentró en el chaparral cercano y empezó a arrancar ramas grandes de los matorrales en torno; reunió ocho y formó un bulto. Me ordenó hacer lo mismo y pedir disculpas en voz alta a las plantas, por mutilarlas.

Cuando tuvimos dos bultos me hizo correr con ellos a la cima del cerro y acostarme bocabajo entre dos grandes rocas. Con tremenda rapidez acomodó las ramas de mi bulto para que me cubrieran todo el cuerpo; luego se cubrió en la misma forma y susurró, por entre las hojas, que observara yo cómo el supuesto viento dejaba de soplar una vez que nos volvíamos inconspicuos.

En cierto instante, para mi asombro total, el viento dejó realmente de soplar como don Juan había predicho. Ocurrió de modo tan gradual que yo no hubiera notado el cambio de no estar deliberadamente esperándolo. Durante un rato el viento silbó atravesando las hojas sobre mi cara y luego, poco a poco, todo quedó quieto en torno nuestro.

Susurré a don Juan que el viento había cesado y él respondió, también en un susurro, que no debía yo hacer ningún ruido o movimiento notorio, pues lo que llamaba el viento no era viento en absoluto, sino algo que tenía voluntad propia y era capaz de reconocernos.

Reí de nerviosismo.

En voz apagada, don Juan me llamó la atención con respecto a la quietud que nos rodeaba, y susurró que iba a ponerse en pie y yo debía seguirlo, apartando suavemente las ramas con la mano izquierda.

Nos incorporamos al mismo tiempo. Don Juan miró un momento la distancia hacia el sur y luego se volvió abruptamente para encarar el oeste.

-Traicionero. Muy traicionero -murmuró, señalando un área hacia el suroeste.

¡Mira! ¡Mira! -me instó.

Miré con toda la intensidad de que era capaz. Quería ver aquello a lo que él se refería, fuera lo que fuera, pero no advertí nada que no hubiera visto antes; había únicamente arbustos que parecían agitados por un viento suave: ondulaban.

-Aquí está -dijo don Juan.

En ese momento sentí una bocanada de aire en la cara. Al parecer, el viento había en verdad empezado a soplar después de que nos levantamos. Yo no podía creerlo; tenía que haber una explicación lógica.

Don Juan soltó una risita suave y me dijo que no forzara mi cerebro buscando las razones.

-Vamos a juntar otra vez los arbustos -dijo-. No me gusta hacerles esto a las plantitas, pero hay que pararte.

Recogió las ramas que habíamos usado para cubrirnos y apiló piedras y tierra sobre ellas. Luego, repitiendo los movimientos que hicimos antes, cada uno de nosotros juntó otras ocho ramas.

Mientras tanto, el viento soplaba sin cesar. Yo lo sentía encrespar el cabello en torno a mis oídos.

Don Juan susurró que, una vez que me cubriese, yo no debía hacer el más leve sonido o movimiento.

Con mucha rapidez puso las ramas sobre mi cuerpo, y luego se tendió y se cubrió a su vez.

Permanecimos en esa posición unos veinte minutos, y durante ese tiempo ocurrió un fenómeno extraordinario: el viento volvió a cambiar, de una racha dura y continua, a una vibración apacible.

Contuve el aliento, esperando la señal de don Juan. En un momento dado, apartó suavemente las ramas. Hice lo mismo y nos incorporamos. La cima del cerro estaba muy quieta. Sólo había una leve y suave vibración de hojas en el chaparral en torno.

Los ojos de don Juan se hallaban fijos en una zona de los matorrales al sur de nosotros.

-¡Allí está otra vez! -exclamó en voz recia.

Salté involuntariamente, casi perdiendo el equilibrio, y él me ordenó mirar, en tono fuerte e imperioso.

-¿Qué se supone que vea? -pregunté, desesperado.

Dijo que aquello, el viento o lo que fuese, era como una nube o un remolino que, bastante por encima del matorral, avanzaba dando vueltas hacia el cerro donde estábamos.

Vi un ondular formarse en los arbustos, a distancia.

-Ahí viene -me dijo don Juan al oído-. Mira cómo nos anda buscando.

En ese momento una racha de viento fuerte y constante golpeó mi rostro, como anteriormente.

Pero esta vez mi reacción fue distinta. Me aterré. No había visto lo descrito por don Juan, pero sí un extraño escarceo agitando los arbustos. No deseando sucumbir al miedo, busqué deliberadamente cualquier tipo de explicación adecuada. Me dije que en la zona debía haber continuas corrientes de aire y don Juan, conocedor de toda la región, no sólo tenía conciencia de eso sino era capaz de calcular mentalmente su recurrencia. No tenía más que acostarse, contar y esperar que el viento amainara; y una vez de pie sólo le era necesario esperar que empezase de nuevo.

La voz de don Juan me arrancó de mis deliberaciones. Me decía que era hora de irse. Hice tiempo; quería quedarme para comprobar que el viento amainaría.

-Yo no vi nada, don Juan -dije.

-Pero notaste algo fuera de lo común.

-Quizá debería usted volver a decirme qué se suponía que viera.

-Ya te lo dije -repuso-. Algo que se esconde en el viento y parece un remolino, una nube, una niebla, una cara que da vueltas.

Don Juan hizo un gesto con las manos para describir un movimiento horizontal y uno vertical.

Se mueve en una dirección específica -prosiguió-. Da tumbos o da vueltas. Un cazador debe conocer todo eso para moverse de forma correcta.

Quise decir algo para seguirle la corriente, pero se veía tan concentrado en dejar claro el tema, que no me atreví. Me miró un momento y aparté los ojos.

-Creer que el mundo sólo es como tú piensas, es una estupidez -dijo-. El mundo es un sitio misterioso. Sobre todo en el crepúsculo.

Señaló hacia el viento con un movimiento de barbilla.

-Esto puede seguirnos -dijo-. Puede fatigarnos hasta matarnos.

-¿Ese viento?

-A esta hora del día, en el crepúsculo, no hay viento. A esta hora sólo hay poder.

Estuvimos sentados en el cerro durante una hora. El viento sopló fuerte y constante todo ese tiempo.


Viernes 30 de junio de 1961


Al caer la tarde, después de comer, don Juan y yo nos instalamos en el espacio frente a su puerta. Tomé asiento en mi "sitio" y me puse a trabajar en mis notas. Él se acostó de espaldas, con las manos unidas sobre el estómago. Todo el día habíamos permanecido cerca de la casa por razón del "viento". Don Juan explicó que habíamos molestado adrede al viento, y que lo mejor era no buscarle tres pies al gato. Incluso debería dormir cubierto de ramas.

Una racha repentina hizo a don Juan incorporarse en un salto increíblemente ágil.

-Me lleva la chingada -dijo-. El viento te anda buscando.

-No puedo aceptar eso, don Juan -dije, riendo-. De veras no puedo.

No estaba terqueando; simplemente me resultaba imposible secundar la idea de que el viento tenía voluntad propia y andaba en mi busca, o de que realmente nos había localizado en la cima del cerro y se había lanzado contra nosotros. Dije que la idea de un "viento voluntarioso" era una visión del mundo bastante simplista.

-¿Entonces qué es el viento? -preguntó en tono de reto.

Con toda paciencia le expliqué que las masas de aire caliente y frío producen distintas presiones y que la presión hace a las masas de aire moverse en sentido vertical y horizontal. Me tomó un buen rato explicar todos los detalles de la meteorología básica.

-¿Quieres decir que el viento no es otra cosa que aire caliente y frío? -preguntó en tono desconcertado.

-Me temo que así es -dije, y en silencio gocé mi triunfo.

Don Juan parecía hallarse pasmado. Pero entonces me miró y soltó la risa.

-Tus opiniones son definitivas -dijo con un matiz de sarcasmo-. Son la última palabra, ¿no? Pues para un cazador, tus opiniones son pura mierda. No importa para nada que la presión sea uno o dos o diez; si vivieras aquí en el desierto sabrías que durante el crepúsculo el viento se transforma en poder. Un cazador digno de serlo, sabe eso y actúa de acuerdo.

-¿Cómo actúa?

-Usa el crepúsculo y ese poder oculto en el viento.

-¿Cómo?

-Si le conviene, el cazador se esconde del poder cubriéndose y quedándose quieto hasta que el crepúsculo pasa y el poder lo tiene envuelto en su protección.

Don Juan hizo gesto de envolver algo con las manos.

-Su protección es como un .....

Se detuvo en busca de una palabra, y sugerí "capullo".

-Eso es -dijo-. La protección del poder te encierra como un capullo. Un cazador puede quedarse a campo raso sin que ningún puma o coyote o bicho pegajoso lo moleste. Un león de montaña puede acercarse a la nariz del cazador y olfatearlo y si el cazador no se mueve, el león se va. Te lo garantizo.

En cambio, si el cazador quiere darse a notar, todo lo que tiene que hacer es pararse en la punta de un cerro a la hora del crepúsculo, y el poder lo acosará y lo buscará toda la noche. Por eso, si un cazador quiere viajar de noche, o quiere que lo tengan despierto, debe ponerse al alcance del viento.

En eso consiste el secreto de los grandes cazadores. En ponerse al alcance, y fuera del alcance, en la vuelta justa del camino.

Me sentí algo confuso y le pedí recapitular. Con mucha paciencia, don Juan explicó que había utilizado el crepúsculo y el viento para indicar la crucial importancia de la interacción entre

esconderse y mostrarse.

-Debes aprender a ponerte adrede al alcance y fuera del alcance -dijo-. Como anda tu vida ahora, estás todo el tiempo al alcance sin saberlo.

Protesté. Sentía que mi vida se hacía cada vez más y más secreta. Él dijo que yo no lo había comprendido, y que ponerse fuera del alcance no significaba ocultarse ni guardar secretos, sino ser inaccesible.

-Deja que te lo diga de otro modo -prosiguió, pacientemente-. No tiene caso esconderte si todo el mundo sabe que estás escondido.

Tus problemas de ahora surgen de allí. Cuando estás escondido, todo el mundo sabe que estás escondido, y cuando no, te pones enmedio del camino para que cualquiera te dé un golpe.

Empezaba a sentirme amenazado, y apresuradamente intenté defenderme.

-No des explicaciones -dijo don Juan con sequedad-. No hay necesidad. Todos somos tontos, toditos, y tú no puedes ser diferente. En un tiempo de mi vida yo, igual que tú, me ponía enmedio del camino una y otra vez, hasta que no quedaba nada de mí para ninguna cosa, excepto si acaso para llorar. Y eso hacía, igual que tú.

Don Juan me miró de pies a cabeza y suspiró fuerte.

-Sólo que yo era más joven que tú -prosiguió-, pero un buen día me cansé y cambié. Digamos que un día, cuando me estaba haciendo cazador, aprendí el secreto de estar al alcance y fuera del alcance.

Le dije que no veía el objeto de sus palabras. Verdaderamente no podía entender a qué se refería con lo de "ponerse al alcance" y "ponerse enmedio del camino".

-Debes ponerte fuera del alcance -explicó-. Debes rescatarte de en medio del camino. Todo tu ser está allí, de modo que no tiene caso esconderte; sólo te figuras que estás escondido. Estar enmedio del camino significa que todo el que pasa mira tus ires y venires.

Su metáfora era interesante, pero al mismo tiempo oscura.

-Habla usted en enigmas -dije.

Me miró con fijeza un largo momento y luego empezó a tararear una tonada. Enderecé la espalda y me puse alerta. Sabía que, cuando don Juan tarareaba una canción, estaba a punto de soltarme un golpe.

-Oye -dijo, sonriendo, y me escudriñó-. ¿Qué pasó con tu amiga la güera? Esa muchacha que tanto querías.

Debo haberlo mirado con cara de idiota. Rió con enorme deleite. Yo no sabía qué decir.

-Tú me contaste de ella -afirmó, tranquilizante.

Pero yo no recordaba haberle contado de nadie, mucho menos de una muchacha rubia.

-Nunca le he mencionado nada por el estilo -dije.

-Por supuesto que sí -dijo como dando por terminada la discusión.

Quise protestar, pero me detuvo diciendo que no importaba cómo supiera él de la chica: lo importante era que yo la había querido.

Sentí gestarse en mi interior una oleada de animosidad en contra de él.

-No te andes por las ramas -dijo don Juan secamente-. Ésta es la ocasión en que debes olvidar tu idea de ser muy importante.

Una vez tuviste una mujer, una mujer muy querida, y luego, un día, la perdiste.

Empecé a preguntarme si alguna vez le había hablado de ella. Concluí que nunca había habido ocasión. Pero era posible. Cada vez que viajábamos en coche hablábamos sin cesar de todos los temas. Yo no recordaba cuanto habíamos dicho porque no podía tomar notas mientras manejaba.

Me sentí algo tranquilizado por mis conclusiones. Le dije que tenía razón. Había habido una muchacha rubia muy importante en mi vida.

-¿Por qué no está contigo? -preguntó.

-Se fue.

-¿Por qué?

-Hubo muchas razones.

-No tantas. Hubo sólo una. Te pusiste demasiado al alcance.

Anhelosamente, le pedí explicar sus palabras. De nuevo me había tocado en lo hondo.

Consciente, al parecer, del efecto de su toque, frunció los labios para ocultar una sonrisa maliciosa.

-Todo el mundo sabía lo de ustedes dos -dijo con firme convicción.

-¿Estaba mal eso?

-Totalmente mal. Ella era una magnífica persona.

Expresé el sincero sentimiento de que su pesquisa a oscuras me resultaba odiosa, y sobre todo el hecho de que siempre afirmaba las cosas con la seguridad de alguien que hubiera estado en la escena y lo hubiese visto todo.

-Pero es cierto -dijo con candor inatacable-. Lo he visto todo. Era una magnífica persona.

Supe que no tenía caso discutir, pero me hallaba enojado con él por tocar esa llaga abierta y dije que la muchacha en cuestión no era después de todo tan magnífica persona, que en mi opinión era bastante débil.

-Igual que tú -dijo calmadamente-. Pero eso no importa. Lo que cuenta es que la has buscado en todas partes; eso la hace una persona especial en tu mundo, y para una persona especial no hay que tener más que buenas palabras.

Me sentí avergonzado; una gran tristeza se cernió sobre mí.

-¿Qué me está usted haciendo, don Juan? -pregunté-. Usted siempre logra entristecerme. ¿Por qué?

-Ahora te entregas al sentimentalismo -dijo, acusador.

-¿Qué objeto tiene todo esto, don Juan?

-El objeto es ser inaccesible -declaró-. Te traje el recuerdo de esta persona sólo como un medio de enseñarte directamente lo que no pude enseñarte con el viento. La perdiste porque eras accesible; siempre estabas a su alcance y tu vida era de rutina.

-¡No! -dije-. Se equivoca usted. Mi vida jamás fue una rutina.

-Fue y es una rutina -dijo en tono dogmático-. Es una rutina fuera de lo común y eso te da la impresión de que no es una rutina, pero yo te aseguro que lo es.

Quise deprimirme y perderme en la hosquedad, pero de algún modo sus ojos me inquietaban; parecían empujarme sin tregua hacia adelante.

-El arte de un cazador es volverse inaccesible -dijo-. En el caso de esa güera, quería decir que tenías que volverte cazador y verla lo menos posible. No como hiciste. Te quedaste con ella día tras día, hasta no dejar otro sentimiento que el fastidio. ¿Verdad?

No respondí. Sentí que no era necesario. Don Juan tenía razón.

Ser inaccesible significa tocar lo menos posible el mundo que te rodea. No comes cinco perdices; comes una. No dañas las plantas sólo por hacer una fosa para barbacoa. No te expones al poder del viento a menos que sea obligatorio. No usas ni exprimes a la gente hasta dejarla en nada, y menos a la gente que amas.

Jamás he usado a nadie -dije sinceramente.

Pero don Juan mantuvo que sí, y quizá por eso pude declarar sin tapujos que la gente me cansaba y me aburría.

-Ponerse fuera del alcance significa que evitas, a propósito, agotarte a ti mismo y a los otros. -prosiguió él-. Significa que no estás hambriento y desesperado, como el pobre hijo de puta que siente que no volverá a comer y devora toda la comida que puede, ¡todas, las cinco perdices!

Definitivamente, don Juan golpeaba debajo del cinturón. Reí y eso pareció complacerlo. Tocó levemente mi espalda.

-Un cazador sabe que atraerá caza a sus trampas una y otra vez, así que no se preocupa. Preocuparse es ponerse al alcance, sin quererlo. Y una vez que te preocupas, te agarras a cualquier cosa por desesperación; y una vez que te aferras, forzosamente te agotas o agotas a la cosa o la persona de la que estás agarrado.

Le dije que en mi vida cotidiana la inaccesibilidad era inconcebible. Me refería a que, para funcionar, yo tenía que estar al alcance de todo el que tuviera algo que ver conmigo.

Ya te dije que ser inaccesible no significa esconderse ni andar con secretos -dijo él calmadamente-. Tampoco significa que no puedas tratar con la gente.

Un cazador usa su mundo lo menos posible y con ternura, sin importar que el mundo sean cosas, plantas, animales, personas o poder. Un cazador tiene trato íntimo con su mundo, y sin embargo es inaccesible para ese mismo mundo.

-Eso es una contradicción -dije-. No puede ser inaccesible si está allí en su mundo, hora tras hora, día tras día.

-No entendiste -dijo don Juan con paciencia-. Es inaccesible porque no exprime ni deforma su mundo. Lo toca levemente, se queda cuanto necesita quedarse, y luego se aleja raudo, casi sin dejar señal alguna.