AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

martes, 25 de agosto de 2026

[5] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. LA ISLA DEL TONAL

 


Don Juan y yo volvimos a vernos a eso del mediodía al día siguiente, en el mismo parque. Él iba vestido con su traje café. Tomamos asiento en un banco; se quitó el saco, lo dobló con gran cuidado, pero a la vez con un aire de suprema indiferencia, y lo puso en el banco. Su despreocupación era muy estudiada y, sin embargo, completamente natural. Me sorprendí mirándolo con fijeza. Él parecía al tanto de la paradoja que me presentaba, y sonrió. Enderezó su corbata. Llevaba una camisa beige de manga larga. Le quedaba muy bien.

-Traigo todavía mi traje porque quiero decirte algo de gran importancia -dijo, dando palmadas en mi hombro-. Ayer te salieron las cosas muy bien; así que ya es hora de llegar a ciertos arreglos finales.

Hizo una larga pausa. Parecía estar preparando una declaración. Tuve una sensación extraña en el estómago. Mi suposición inmediata fue que don Juan iba a darme allí mismo la explicación de los brujos. Se puso en pie un par de veces y se paseó de un lado a otro frente a mí, como si le resultara difícil dar voz a lo que tenía en mente.

-Vamos al restaurante de enfrente a comer algo -dijo finalmente. Desdobló el saco, y antes de ponérselo me mostró que tenía forro completo.

-Hecho a la medida -dijo, y sonrió como si eso lo enorgulleciera, como si le importara.

-Tengo que llamarte la atención sobre estas cosas, porque si no, no lo notarías, y es importante que tengas en cuenta que mi forro es completo. Tú te das cuenta de todo sólo cuando piensas que así debes hacerlo; pero la condición de un guerrero, es darse cuenta de todo en todo momento.

Mi traje y todos estos adornos son importantes porque representan mi condición en la vida. O mejor dicho, la condición de una de las dos partes de mi totalidad. Esta discusión ha estado pendiente, por muchos años. Yo sé que esta es la hora de tenerla. Todos los puntos de esta discusión tienen que estar, sin embargo, perfectamente cortados, de lo contrario no tendrá sentido. Quise que mi traje te diera la primera pista. Creo que ha cumplido su misión. Ahora es tiempo de hablar, porque en los asuntos de este tema, no hay comprensión completa sin palabras.

-¿Cuál es el tema, don Juan?

-La totalidad de uno mismo.

Se puso en pie abruptamente y me guió a un restaurante en un gran hotel al otro lado de la calle. Una recepcionista con cara de pocos amigos nos dio una mesa dentro, en un rincón ciego.

Obviamente, los lugares preferentes estaban cerca de las ventanas.

Dije a don Juan que la mujer me recordaba a otra encargada, en un restaurante de Arizona donde él y yo comimos una vez, la cual nos preguntó, antes de darnos el menú, si teníamos dinero suficiente para pagar.

-Es muy natural lo que le pasa a esta pobre mujer -dijo don Juan, como simpatizando con ella-. Los chicanos no le caen bien, así como a la otra.

Rió suavemente. Dos o tres personas, en las mesas adyacentes, volvieron la cabeza y nos miraron.

Don Juan dijo que sin saberlo, o quizás incluso contra sus propias intenciones, la recepcionista nos había dado la mejor mesa en todo el local: una mesa donde podíamos hablar, y yo podía escribir hasta hartarme.

Acababa de sacar del bolsillo mi bloc de notas, y de ponerlo en la mesa, cuando de pronto el mesero se cirnió sobre nosotros. También parecía de mal humor. Nos miraba con aire de reto.

Don Juan procedió a ordenar una comida muy complicada. Pedía sin ver el menú, como si lo conociese de memoria. Yo me hallaba desconcertado: la aparición del mesero fue inesperada y no me dio tiempo de leer el menú, de modo que le dije que me trajera lo mismo.

-Te apuesto a que no tienen lo que ordené -me susurró don Juan al oído.

Estiró brazos y piernas y me indicó relajarme y ponerme cómodo, porque la comida tardaría una eternidad.

-Estás en cierto trecho del camino, muy agudo y peligroso. Quizás ésta sea la última encrucijada, y también, quizá, la más difícil de entender. Algunas de las cosas que te voy a señalar hoy, probablemente nunca serán claras. De todos modos, no se supone que sean claras. Con que no te preocupes ni te desalientes. Todos nosotros somos idiotas cuando entramos en el mundo de la brujería, y entrar en ese mundo no nos garantiza, en ningún sentido, que cambiemos.

Algunos seguimos idiotas hasta el fin.

Me gustó que se incluyera entre los idiotas. Supe que no lo hacía por bondad, sino como recurso pedagógico.

-No te agites si no comprendes lo que voy a decirte -continuó-. Teniendo en cuenta tu temperamento, temo que te rompas la crisma tratando de entender. ¡No lo hagas! Lo que voy a decirte sirve sólo para señalar una dirección.

Tuve un súbito sentimiento aprensivo. Las admoniciones de don Juan me refundieron en una especulación interminable. Otras veces me había lanzado advertencias por el estilo, e invariablemente, aquello sobre lo cual me advertía había resultado devastador.

-Me pongo muy nervioso cuando usted habla así -dije.

-Ya sé -repuso calmadamente-. Trato, a propósito, de tenerte alerta. Necesito tu atención, toda tu atención.

Hizo una pausa y me miró. Reí nervioso, involuntariamente. Supe que don Juan quería estirar al máximo las posibilidades dramáticas de la situación.

-No te digo todo esto por crear un efecto -dijo como si leyera mis pensamientos-. Simplemente te estoy dando tiempo de hacer los ajustes del caso. En ese instante, el mesero se detuvo a nuestro lado para anunciar que no tenían lo que habíamos ordenado. Don Juan rió en alta voz y pidió tortillas y frijoles. El mesero torció despectivamente la boca y dijo que no servían eso; sugirió filete o pollo. Optamos por una sopa.

Comimos en silencio. No me gustó la sopa, ni pude terminarla, pero don Juan vació su propio plato.

-Me he puesto mi traje -dijo de repente- para hablarte de algo, algo que ya conoces pero que necesita aclararse si va a ser efectivo. He esperado hasta ahora, porque Genaro siente que no sólo debes estar dispuesto a emprender el camino del conocimiento, sino que tus esfuerzos, por sí mismos, deben ser lo bastante impecables para hacerte digno de tal conocimiento. Te has portado muy bien. Ahora te diré cuál es la explicación de los brujos.

Hizo una nueva pausa, se frotó las mejillas y jugó con su lengua dentro de la boca, como si se palpara los dientes.

-Voy a hablarte del tonal y del nagual -dijo, y me dirigió una mirada penetrante.

Ésta era la primera vez que usaba esos dos términos en mi presencia. Yo tenía una vaga familiaridad con ellos, gracias a la literatura antropológica sobre las culturas de México central.

Sabia que el tonal era, según la creencia, una especie de espíritu guardián, generalmente un animal, que el niño obtenía al nacer y con el cual tenía lazos íntimos por el resto de su vida. 

Nagual era el nombre dado al animal en que los brujos, supuestamente, podían transformarse, o al brujo que efectuaba tal transformación.

-Éste es mi tonal -dijo don Juan, frotándose las manos en el pecho.

-¿Su traje?

-No. Mi persona.

Se golpeó el pecho y los muslos y los flancos del costillar.

-Mi tonal es todo esto.

Explicó que cada ser humano tenía dos facetas, dos entidades distintas, dos contrapartes que entraban en funciones en el instante del nacimiento; una se llamaba tonal y la otra nagual.

Le dije lo que los antropólogos sabían acerca de ambos conceptos. Me dejó hablar sin interrumpirme.

-Bueno, lo que fuera que sepas del tonal y el nagual es pura tontería -dijo-. Yo me baso para decir esto en el hecho de que habría sido imposible que alguien te hablara antes de lo que yo te estoy diciendo acerca del tonal y del nagual. Cualquier idiota se podría dar cuenta de que no sabes nada, porque para conocer al tonal y al nagual tendrías que ser brujo y no lo eres. O habrías tenido que hablar de ellos con un brujo, y no lo has hecho. Conque olvídate o tira de lado todo cuanto has oído antes, porque nada de eso se puede aplicar.

-Era sólo un comentario -dije.

Alzó las cejas en un gesto cómico.

-Tus comentarios no tienen cabida hoy -dijo-. Esta vez necesito tu atención completa, puesto que te voy a presentar al tonal y al nagual. Los brujos tienen un interés único y especial en ese conocimiento. Yo diría que el tonal y el nagual están en el reino exclusivo de los hombres de conocimiento. En tu caso, ésta es la tapa que cierra todo cuanto te he enseñado. De allí que he esperado hasta ahora para hablarte de esto.

El tonal no es el animal que custodia a una persona. Yo más bien diría que es un guardián que puede representarse como animal. Pero eso no es lo importante.

Sonrió y me guiñó un ojo.

Ahora estoy usando tus palabras -dijo-. El tonal es la persona social.

Rió, supongo que al ver mi desconcierto.

-El tonal es, y con derecho, un protector, un guardián: un guardián que la mayoría de las veces se transforma en guardia.

Jugueteé con mi cuaderno. Trataba de prestar atención a lo que don Juan decía. Él rió y remedó mis movimientos nerviosos.

-El tonal es el organizador del mundo -prosiguió-. Quizá la mejor forma de describir su obra monumental, es decir que en sus hombros descansa la tarea de poner en orden el caos del mundo.

No es un absurdo sostener, como lo hacen los brujos, que todo cuanto sabemos y hacemos como hombres, es obra del tonal.

En este momento, por ejemplo, lo que se ocupa de dar sentido a nuestra conversación es tu tonal; sin él sólo habría sonidos raros y muecas y no comprenderías nada de lo que te digo.

Yo diría, pues, que el tonal es un guardián que protege algo muy, pero muy valioso: nuestro mismo ser. Por lo tanto, una cualidad nata del tonal es la de ser astuto, y celoso con su obra. Y como lo que hace es efectivamente la parte más importante de nuestras vidas, no es del nada extraño que al fin y al cabo se convierta, en cada uno de nosotros, de guardián en guardia.

Se detuvo y me preguntó si comprendía. Maquinalmente asentí con la cabeza, y él sonrió con aire de incredulidad.

-Un guardián es magnánimo y comprensivo -explicó-. Un guardia, en cambio, es un vigilante intolerante y, por lo siempre, un déspota. Yo diría que en todos nosotros el tonal se ha hecho un guardia insoportable y déspota, cuando debería ser un guardián magnánimo.

Yo definitivamente no seguía el hilo de su explicación. Oía y escribía cada palabra, y sin embargo parecía hallarme atorado en algún diálogo interno por mi propia cuenta.

-Me resulta muy difícil captar su idea -dije.

-Si no te enredaras en hablar contigo mismo, no tendrías líos -dijo él en tono cortante.

Su observación me lanzó a un largo parlamento explicativo. Finalmente recapacité, y ofrecí disculpas por mi insistencia en defenderme.

Sonrió e hizo un gesto que parecía indicar que mi actitud no lo había molestado en realidad.

-El tonal es completamente todo lo que somos -prosiguió-. ¡Nombra cualquier cosa! El tonal es todo eso para lo cual tenemos palabras. Y como el tonal está hecho de sus propios hechos, todas las cosas, por lo visto, tienen que caer bajo su dominio.

Le recordé su definición del tonal como la persona social, un término que yo mismo había usado ante él para significar un ser humano como producto final de los procesos de socialización. Señalé que, si el tonal era ese producto, no podía serlo todo, como él decía, porque el mundo en torno nuestro no era el producto de la socialización.

Don Juan me recordó, a su vez, que mi argumento no tenía base para él, y que, mucho tiempo antes, ya él me había explicado el tema de que el mundo no existe de por sí, y que aquello que atestiguamos es sólo una descripción del mundo, la cual aprendemos a visualizar y a dar por sentada.

-El tonal es todo cuanto conocemos -dijo-. Yo creo que esto, por sí solo, es razón suficiente para que el tonal sea un asunto tan imponente.

Calló por un momento. Parecía, a las claras, esperar comentarios o preguntas, pero yo no tenía ninguna. Sin embargo, me sentía obligado a pronunciar una pregunta, y luché por formular alguna que fuese apropiada. Fracasé. Sentí que las admoniciones con que él inició nuestra conversación habían servido, tal vez, como antídoto contra cualquier inquisición por parte mía. Experimentaba una curiosa insensibilidad. No podía concentrarme ni ordenar mis ideas. De hecho, me sentía y me sabía, sin el menor lugar a dudas, incapaz de pensar, y de esto mismo tomaba conocimiento sin ayuda del raciocinio, si tal cosa era posible.

Miré a don Juan. Tenía los ojos fijos en la parte media de mi cuerpo. Alzó la mirada y mi claridad mental retornó en el acto.

-El tonal es todo cuanto conocemos -repitió lentamente-. Y eso no sólo nos incluye a nosotros, como personas, sino a todo lo que hay en nuestro mundo. Puede decirse que el tonal es todo cuanto salta a la vista.

Lo empezamos a cuidar desde el momento de nacer. En el momento en que tomamos la primera bocanada de aire, también ese mismo aire es poder para el tonal. Así que, es muy apropiado decir que el tonal de un ser humano está ligado íntimamente a su nacimiento.

Debes recordar este punto. Es de gran importancia para entender todo esto. El tonal empieza en el nacimiento y acaba en la muerte.

Quise recapitular todas las ideas expresadas. Llegué incluso a abrir la boca para pedirle repetir los puntos clave de nuestra conversación, pero, para mi asombro, no pude vocalizar mis palabras.

Sufría una incapacidad en extremo curiosa; mis palabras pesaban y yo no tenía ningún control sobre esa sensación.

Miré a don Juan para indicarle que no podía hablar. Él tenía nuevamente la vista clavada en el área alrededor de mi estómago.

Alzó los ojos y preguntó cómo me sentía. Las palabras fluyeron de mi boca como si algo me hubiera destapado. Le dije que había tenido la peculiar sensación de no poder hablar ni pensar, pese a que mis ideas eran claras como el cristal.

-¿Tus ideas eran claras como el cristal? -preguntó.

Me di cuenta entonces de que la claridad no había correspondido a mis ideas, sino a mi percepción del mundo.

-¿Me está usted haciendo algo, don Juan? -pregunté.

-Estoy tratando de convencerte de que tus comentarios no son necesarios -dijo, y rió.

-¿O sea, que usted no quiere que yo haga preguntas?

-No, no. Pregunta lo que quieras, pero no dejes que tu atención vacile.

Hube de admitir que la inmensidad del tema me había distraído.

-Todavía no puedo entender, don Juan, lo que quiso usted decir con la frase de que el tonal es todo -dije tras una pausa momentánea-

-El tonal es lo que construye el mundo.

-¿Es el tonal el creador del mundo?

Don Juan se rascó las sienes.

-El tonal construye el mundo sólo en un sentido figurado. No puede crear ni cambiar nada, y sin embargo construye el mundo porque su función es juzgar, y evaluar, y atestiguar. Digo que el tonal construye el mundo porque atestigua y evalúa al mundo de acuerdo con las reglas del tonal. En una manera extrañísima, el tonal es un creador que no crea nada. O sea que, el tonal inventa las reglas por medio de las cuales capta el mundo. Así que, en un sentido figurado, el tonal construye el mundo.

Tarareó una melodía popular, golpeando con los dedos un lado de su silla, para llevar el ritmo.

Sus ojos brillaban; parecían centellear. Chasqueó la lengua, meneando la cabeza.

-No entiendes ni jota -dijo con una sonrisa.

-Sí le entiendo. No hay problema -dije, pero no sonó muy convincente.

-El tonal es una isla -explicó-. La mejor manera de describirlo es decir que el tonal es esto.

Pasó la mano sobre la superficie de la mesa.

-Podemos decir que el tonal es como la superficie de esta mesa. Una isla. Y en la isla tenemos todo. Esta isla es, de hecho, el mundo.

Hay un tonal que es personalmente para cada uno de nosotros, y hay otro que es colectivo para todos nosotros en cualquier momento dado, al cual llamamos el tonal de los tiempos.

Señaló las hileras de mesas en el restaurante.

-¡Mira! Cada mesa tiene la misma configuración. Hay ciertos objetos presentes en todas. Sin embargo, son individualmente distintas entre sí: algunas mesas están más llenas que otras; tienen diferente comida, diferentes platos, diferente atmósfera, pero tenemos que admitir que todas las mesas en este restaurante son muy semejantes. Lo mismo pasa con el tonal. Podemos decir que el tonal de los tiempos es lo que nos hace semejantes, en la misma forma en que hace semejantes todas las mesas en este restaurante. No obstante, cada mesa por separado es un caso individual, lo mismo que el tonal personal de cada uno de nosotros. Pero el factor importante que hay que tener en cuenta, es que todo cuanto conocemos de nosotros mismos y de nuestro mundo está en la isla del tonal. ¿Ves lo que quiero decir?

-Si el tonal es todo cuanto conocemos de nosotros mismos y de nuestro mundo, ¿qué es entonces el nagual?

-El nagual es la parte de nosotros mismos con la cual nunca tratamos.

-¿Cómo dijo usted?

-El nagual es la parte de nosotros para la cual no hay descripción: ni palabras, ni nombres, ni sensaciones, ni conocimiento.

-Ésa es una contradicción, don Juan. En mi opinión, si no puede sentirse ni describirse ni nombrarse, no puede existir.

-Es una contradicción nada más en tu opinión. Ya te lo advertí: no te rompas la crisma tratando de entender esto.

-¿Diría usted que el nagual es la mente?

-No. La mente es un objeto encima de la mesa. La mente es parte del tonal. Digamos que la mente es la salsa picante.

Tomó una botella de salsa y la puso frente a mí.

-¿Es el nagual el alma?

-No. El alma también está en la mesa. Digamos que el alma es el cenicero.

-¿Es el nagual los pensamientos?

-No. Los pensamientos también están en la mesa. Los pensamientos son como los cubiertos.

Cogió un tenedor y lo puso junto a la salsa y el cenicero.

-¿Es un estado de gracia? ¿El cielo?

-Tampoco es eso. Eso, sea lo que fuera, también es parte del tonal. Es, digamos, la servilleta.

Seguí proponiendo formas de describir aquello a lo que él aludía: intelecto puro, psique, energía, fuerza vital, inmortalidad, principio vital. Por cada cosa que yo nombraba, él hallaba en la mesa un objeto que servía de contraparte y lo ponía frente a mí, hasta que todo cuanto había en la mesa quedó apilado en un montón.

Don Juan parecía disfrutar una enormidad. Soltaba risitas y se frotaba las manos cada vez que yo nombraba otra posibilidad.

-¿Es el nagual el Ser Supremo, el Omnipotente, Dios? -pregunté.

-No. Dios también está en la mesa. Digamos que Dios es el mantel.

Hizo, en broma, el gesto de jalar el mantel para amontonarlo con los otros objetos que había puesto frente a mí.

-Pero, ¿dice usted que Dios no existe?

-No. No dije eso. Sólo dije que el nagual no era Dios, porque Dios es un objeto de nuestro tonal personal y del tonal de los tiempos. El tonal es, como ya dije, todo lo que creemos que es parte del mundo, incluyendo a Dios, por supuesto. Dios no tiene otra importancia que la de ser parte del tonal de nuestro tiempo.

-Según yo lo entiendo, don Juan, Dios es todo ¿No estamos hablando de lo mismo?

-No. Dios es solamente todo aquello en lo que puedes pensar; por eso, propiamente hablando, Dios no es sino otro objeto en la isla. Dios no puede ser visto cuando uno quiere; sólo podemos hablar de Él. En cambio, el nagual está al servicio del guerrero. Puede ser visto, pero no se puede hablar de él.

-Si el nagual no es ninguna de las cosas que he mencionado -dije-, quizá pueda usted decirme el sitio donde se encuentra. ¿Dónde está?

Don Juan hizo un amplio ademán y señaló el área más allá de los confines de la mesa. Movió la mano como si, con el dorso, limpiara una superficie imaginaria que rebasara los bordes de la mesa.

-El nagual está allí -dijo-. Allí, alrededor de la isla. El nagual está, allí, donde el poder se cierne.

Desde el momento de nacer sentimos que hay dos partes en nosotros. A la hora de nacer, y luego por algún tiempo después, uno es todo nagual. En ese entonces, nosotros sentimos que para funcionar necesitamos una contraparte a lo que tenemos. Nos falta el tonal y eso nos da, desde el principio, el sentimiento de no estar completos. A esas alturas el tonal empieza a desarrollarse y llega a tener una importancia tan absoluta para nuestro funcionamiento que opaca el brillo del nagual, lo avasalla; y así nos volvemos todo tonal. Desde el momento en que uno se vuelve todo tonal, no hacemos otra cosa sino aumentar esa vieja sensación de estar incompletos; esa sensación que nos acompaña desde el momento de nacer y que nos dice constantemente que hay otra parte de nosotros que nos haría íntegros.

A partir del momento en que somos todo tonal, empezamos a hacer pares. Sentimos nuestros dos lados, pero siempre los representamos con objetos del tonal. Decimos que nuestras dos partes son el alma y el cuerpo. O la mente y la materia. O el bien y el mal. Dios y Satanás. Nunca nos damos cuenta, sin embargo, de que sólo estamos haciendo parejas con las cosas de la isla del tonal, algo muy semejante a hacer parejas con café y té, o pan y tortitas, o chile y mostaza. Somos de verdad animales raros. Nos creemos tanto y, en nuestra locura, creemos tener perfecto sentido.

Don Juan se puso en pie y me apostrofó como un orador. Me señaló con el índice e hizo temblar su cabeza.

-El hombre no se mueve entre el bien y el mal -dijo en un tono hilarantemente retórico, tomando el salero y el pimentero en ambas manos-. Su verdadero movimiento es entre lo negativo y lo positivo.

Dejó la sal y la pimienta y cogió un tenedor y un cuchillo.

-¡Lo dicho es un error! No hay movimiento alguno -continuó como si se respondiera a sí mismo- ¡El hombre es sólo mente!

Cogió la botella de salsa y la puso en alto. Luego la dejó.

-Como puedes ver -dijo suavemente-, podríamos muy fácilmente reemplazar mente por salsa de chile y acabar diciendo: -“¡El hombre es sólo salsa de chile!” El hacer eso no nos volvería más dementes de lo que ya estamos.

-Mucho me temo no haber hecho la pregunta correcta -dije-. Quizá podríamos llegar a una mejor comprensión si preguntara qué puede uno hallar, específicamente, en el área más allá de la isla.

-No hay manera de responder eso. Si yo te dijera: nada, sólo haría al nagual parte del tonal. Todo cuanto puedo decir es que allí, más allá de la isla, uno encuentra al nagual.

-Pero, cuando usted, lo llama nagual, ¿no lo coloca también en la isla?

-No. Lo llamé nagual solamente para que te dieras cuenta de él.

-¡Muy bien! Pero al darme cuenta de él también he dado el primer paso para convertirlo en un nuevo objeto de mi tonal.

-Creo que no me comprendes. Yo he nombrado al tonal y al nagual como un par verdadero. Eso es todo lo que he hecho.

Me recordó que en una ocasión, al tratar de explicarle mi insistencia en el significado, discutí la idea de que acaso los niños no fueran capaces de concebir la diferencia entre "padre" y "madre" hasta que no se desarrollaran lo suficiente en el manejo del significado, y que tal vez creerían que la diferencia estaba radicada en que "padre" usa pantalones y "madre" usa faldas, o en otras diferencias relativas al corte de pelo, o al tamaño del cuerpo, o a la ropa.

-Por cierto que hacemos lo mismo con las dos partes de nosotros -dijo-. Sentimos que en nosotros hay otro lado. Pero cuando tratamos de precisar cuál es ese otro lado, el tonal se apodera de la batuta y, como director, es un fracaso. Es tan mezquino y celoso que nos deslumbra con su astucia y nos fuerza a destruir el menor indicio de la otra parte del par verdadero: el nagual.


[4] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. TENER QUE CREER (SOBRE EL TONAL Y EL NAGUAL)

 


SEGUNDA PARTE: SOBRE EL TONAL Y EL NAGUAL

 

 

Caminé hacia el centro sobre el Paseo de la Reforma. Estaba cansado; sin duda, la altitud de la ciudad de México tenía algo que ver en ello. Podría haber tomado un autobús o un taxi pero, no obstante mi fatiga, deseaba caminar. Transcurría una tarde de domingo. Aunque el tránsito era mínimo, los escapes de los autobuses y camiones con motores de diesel daban a las estrechas calles del centro el aspecto de cañadas llenas de humo. 

Llegué al Zócalo y noté que la Catedral parecía haber aumentado su inclinación desde la última vez que la vi. Me adentré unos cuantos metros en los enormes recintos. Una idea cínica atravesó mi mente. Después me dirigí al mercado de la Lagunilla. Carecía de propósito definido. Caminé al azar, pero a buen paso, sin mirar nada en particular. Fui a dar a los puestos de monedas antiguas y libros de segunda mano.

-¡Vaya, vaya! ¡Miren quién está aquí! -dijo alguien, tocando levemente mi hombro.

La voz y el contacto me hicieron saltar. Rápidamente giré hacia la derecha. La sorpresa me hizo abrir la boca. La persona que me hablaba era don Juan.

-¡Don Juan! -exclamé, y un escalofrío sacudió mi cuerpo de la cabeza a los pies-. ¿Qué hace usted aquí?

-¿Tú qué haces aquí? -replicó como un eco.

Le dije que me había detenido unos días en la ciudad antes de adentrarme a buscarlo en las montañas de México central.

-Bueno, digamos entonces que yo bajé de las montañas para encontrarte -dijo, sonriente.

Me palmeó el hombro repetidas veces. Parecía contento de verme. Puso las manos en las caderas, infló el pecho y preguntó si me agradaba su apariencia. Sólo entonces advertí que don Juan vestía de traje. El impacto de tal incongruencia me golpeó de lleno. Quedé atónito.

-¿Te gusta mi traje? -preguntó, regocijado-. Hoy ando de traje -añadió como si tuviera que explicar, y luego, señalando mi boca abierta-: ¡Ciérrala! ¡Ciérrala!

Reí, distraído. Él notó mi confusión. Sacudiéndose de risa, dio la vuelta para que yo pudiera verlo desde todos los ángulos. Su atuendo era increíble. Vestía un traje café claro con rayas delgadas, zapatos café, camisa blanca. ¡Y corbata! Y eso me hizo preguntarme: ¿llevaría calcetines, o se habría puesto los zapatos a pie desnudo?

A mi desconcierto se sumaba la sensación enloquecedora de que, cuando don Juan me tocó el hombro y volví la cara, lo vi con su pantalón y su camisa de caqui, con sus huaraches y su sombrero de paja, y luego, cuando llamó mi atención sobre su atuendo y lo enfoqué en detalle, la unidad completa de su atavío se fijó, como si yo la creara con mi pensamiento. La boca parecía ser la parte de mi cuerpo más afectada por el asombro. Se abría involuntariamente. Don Juan me tocó levemente la barbilla, como ayudándome a cerrarla.

-De veras te está creciendo la papada -dijo, y rió en explosiones cortas.

Tomé nota, entonces, de que no llevaba sombrero; su cabello blanco y corto estaba peinado a la raya. Se vela como un viejo caballero mexicano, un habitante urbano impecablemente vestido.

Le dije que hallarlo allí me tenía tan estremecido que necesitaba sentarme. Se mostró muy comprensivo y sugirió ir a un parque cercano.

Anduvimos unas calles en completo silencio y llegamos a la Plaza Garibaldi, un sitio donde los mariachis ofrecen sus servicios: especie de centro de empleo para músicos.

Don Juan y yo nos mezclamos con veintenas de espectadores y turistas y rodeamos el parque. Tras un rato, se detuvo, se reclinó en una pared y remangó sus pantalones por las rodillas; llevaba calcetines café claro. Le pedí decirme el significado de su misteriosa atavío. Su vaga réplica fue que, sencillamente, que debía andar de traje -ese día por razones que se me aclararían después.

El hallar trajeado a don Juan había sido tan extraño que mi agitación resultaba casi incontrolable. Llevaba varios meses sin verlo y más que nada en el mundo quería hablar con él, pero de algún modo la escena no encajaba y mi atención se perdía en tonterías, notando, sin duda, mi ansiedad.

Don Juan sugirió que fuéramos a la Alameda, un parque más calmado, a algunas cuadras de distancia. No había demasiada gente en el parque, ni tuvimos dificultad para hallar una banca vacía. Tomamos asiento. Mi nerviosismo había cedido el paso a un sentimiento de incomodidad. No me atrevía a mirar a don Juan.

Hubo una larga pausa enervante; aún sin verlo, dije que finalmente la voz interna me había lanzado en busca suya, que los tremendos sucesos presenciados en su casa habían afectado muy hondamente mi vida, y que me era necesario hablar de ellos.

Hizo un ademán de impaciencia y dijo que su política era no ocuparse nunca de sucesos pasados.

-Lo importante es que has seguido mi consejo -dijo-. Has tomado tu mundo cotidiano como un desafío, y la prueba de que has reunido suficiente poder personal es el hecho indiscutible de que me has encontrado sin ninguna dificultad, en el sitio exacto en que debías.

-Dudo mucho poder aceptar crédito por eso -dije.

-Yo te estaba esperando y llegaste -dijo-. Eso es lo único que sé; eso es lo único que a cualquier guerrero le importaría saber.

-¿Qué va a pasar ahora que lo he encontrado? -pregunté.

-Por principio de cuentas -dijo-, no vamos a discutir los dilemas de tu razón; esas experiencias pertenecen a otro tiempo y a otro ánimo. Son, hablando con propiedad, meros escalones de una escalera sin fin; darles importancia significaría quitársela a lo que está ocurriendo ahora. Un guerrero no puede de ningún modo permitirse eso.

Tuve un deseo casi invencible de quejarme. No era que resintiese nada que me hubiera ocurrido, pero anhelaba solaz y simpatía. Don Juan parecía estar al tanto de mi estado y habló como si yo hubiese dado voz a mis pensamientos.

-Sólo como guerrero puede uno soportar el camino del conocimiento -dijo-. Un guerrero no puede quejarse ni lamentar nada. Su vida es un desafío interminable, y no hay modo de que los desafíos sean buenos o malos. Los desafíos son simplemente desafíos.

Su tono era seco y severo; su sonrisa, cálida y apaciguadora.

-Ahora que estás aquí, lo que haremos será esperar una señal -dijo.

-¿Qué clase de señal? -pregunté.

-Necesitamos averiguar si tu poder puede valerse por sí solo -dijo-. La última vez se apagó de forma miserable; esta vez las circunstancias de tu vida personal parecen haberte dado, al menos en la superficie, todo lo necesario para tratar con la explicación de los brujos.

-¿Hay alguna probabilidad de que usted me hable de ello? -pregunté.

-Depende de tu poder personal -dijo-. Como pasa siempre en el hacer y el no-hacer de los guerreros, el poder personal es lo único que importa. Hasta ahora, yo diría que vas muy bien.

Tras un momento de silencio, como si quisiera cambiar de tema, se puso en pie y señaló su traje.

-Me puse mi traje para ti -dijo en tono misterioso-. Este traje es mi desafío. ¡Mira qué bien me queda! ¡Qué fácil! ¿Eh? ¡Como si no fuera nada¡

En verdad, don Juan se veía extraordinariamente bien de traje. Todo lo que se me ocurría como rasero de comparación era el aspecto que mi abuelo solía tener en su pesado traje de franela inglesa. Siempre me daba la impresión de que se sentía desnaturalizado, fuera de lugar en un traje.

Don Juan, al contrario, estaba a sus anchas.

-¿Piensas que es fácil para mí verme natural de traje? -preguntó don Juan.

No supe qué decir. Sin embargo, concluí para mis adentros que, a juzgar por su apariencia y su porte, era para él lo más fácil del mundo.

-Andar de traje es un desafío para mí -dijo-. Un desafío tan difícil como andar en huaraches y poncho sería para ti. Pero tú nunca has tenido la necesidad de tomar eso como desafío. Mi caso es diferente pues soy indio.

Nos miramos. Alzó las cejas en muda interrogación, como pidiéndome comentarios.

-La diferencia básica entre un hombre común y un guerrero es que un guerrero toma todo como un desafío -prosiguió-, mientras un hombre ordinario toma todo como bendición o maldición. El hecho de que estés hoy aquí indica que has inclinado la balanza en favor del camino del guerrero.

Su mirada fija me ponía nervioso. Traté de levantarme y caminar, pero me hizo volver a mi sitio.

-Vas a estarte aquí sentado y tranquilo hasta que acabemos -dijo, imperioso-. Estamos esperando una señal; no podemos proceder sin ella, porque no basta que me hayas encontrado, como no bastó que encontraras a Genaro aquel día en el desierto. Tu poder debe acorralarse y dar una indicación.

-No puedo figurarme lo que usted quiere -dije.

-Vi algo rondando por este parque -dijo.

-¿Era el aliado? -pregunté.

-No. No lo era. Conque debemos sentamos aquí y averiguar qué clase de señal está acorralando tu poder.

Luego me pidió una razón detallada de cómo había yo llevado a cabo las recomendaciones que don Genaro y él mismo hicieron acerca de mi mundo cotidiano y mis relaciones con la gente. Me sentí un poco apenado. Don Juan me tranquilizó con el argumento de que mis asuntos personales no eran privados, pues incluían una tarea de brujería que él y don Genaro estaban cultivando en mí. Observé, en broma, que mi vida se había arruinado a causa de esa tarea, e hice recuento de las dificultades para mantener mi mundo de día con día.

Hablé largo rato. Don Juan rió de mi relato hasta derramar lágrimas en abundancia. Se palmeaba repetidas veces los muslos; ese gesto, que yo le había visto cientos de veces, estaba definitivamente fuera de lugar cuando se hacia sobre los pantalones de un traje. Me llené de una aprensión que me vi compelido a expresar.

-Su traje me asusta más que todo lo que usted me ha hecho -dije.

-Ya te acostumbrarás -repuso-. Un guerrero debe ser fluido y debe variar en armonía con el mundo que lo rodea, ya sea el mundo de la razón o el mundo de la voluntad.

El aspecto más peligroso de esa variación surge cada vez que el guerrero descubre que el mundo no es ni lo uno ni lo otro. A mí me dijeron que el único modo de salir a flote en medio de esas variaciones era proseguir con nuestras acciones como si uno creyera. En otras palabras, el secreto de un guerrero es que él cree sin creer. Pero, por lo visto, un guerrero no puede nada más decir que cree y dejar allí las cosas. Eso sería demasiado fácil. Creer no más que por creer lo libraría de examinar su situación. Cuando un guerrero tiene por fuerza que creer, lo hace porque así lo escoge, como expresión de su predilección más íntima.. Un guerrero no cree; un guerrero tiene que creer.

Se me quedó mirando unos segundos mientras yo escribía en mi cuaderno. Permanecí callado. No podía decir que comprendía la diferencia, pero tampoco quería discutir ni hacer preguntas. Quise pensar en lo que don Juan me había dicho, pero mi mente se dispersó al mirar en torno. En la calle, a nuestras espaldas, había una larga fila de automóviles y autobuses, tocando sus bocinas. En el extremo del parque, a unos veinte metros de distancia, directamente en la línea de la banca donde estábamos sentados, un grupo de unas siete personas, incluyendo tres policías de uniforme gris claro, estaba congregado junto a un hombre que yacía inmóvil en el pasto. Parecía estar borracho, o acaso seriamente enfermo.

Miré a don Juan. También él había estado observando al hombre. Le dije que, por algún motivo, me resultaba imposible esclarecer por mí mismo lo que acababa de decirme.

-Ya no quiero hacer preguntas -dije-. Pero sino le pido explicaciones, me quedo sin entender. No hacer preguntas es muy anormal para mí.

-Por favor, sé normal, con toda confianza -repuso con seriedad fingida.

Dije no comprender la diferencia entre creer y tener que creer. Para mí, ambas cosas eran lo mismo.

Discernir entre las dos formulaciones es una inutilidad.

-¿Recuerdas la historia que una vez me contaste de tu amiga y los gatos? -preguntó don Juan con tono casual.

Alzó lo ojos al cielo y se reclinó en el banco, estirando las piernas. Unió las manos detrás de la cabeza y contrajo los músculos de todo el cuerpo. Como siempre ocurre, sus huesos produjeron un fuerte crujido.

Se refería a la historia de una amiga mía que halló dos gatitos, casi muertos, dentro de una secadora de lavandería automática. Los revivió y, con excelente nutrición y cuidado, hizo de ellos dos gatos robustos, uno negro y otro rojizo.

Dos años después, vendió su casa. Como no podía llevar a los gatos consigo, ni les encontraba otro hogar, sólo le quedó llevarlos a un hospital de animales para que dispusieran de ellos.

Yo la acompañé. Los gatos nunca habían estado en un coche; ella trataba de calmarlos. La arañaron y la mordieron, sobre todo el gato rojizo, al que llamaba Max. Cuando finalmente llegamos al hospital, ella se llevó primero al gato negro; con él entre los brazos, y sin pronunciar palabra, bajó del coche. El gato jugaba con ella: la tocaba suavemente con la pata mientras ella abría, empujándola, la puerta de cristal de la clínica.

Miré a Max; estaba sentado en la parte trasera. El movimiento de mi cabeza debe haberlo asustado, pues se escurrió bajo el asiento del conductor. Deslicé el asiento hacia atrás. No quería meter la mano debajo por miedo a que el gato me mordiera o rasguñara. Max yacía en una concavidad en el piso del coche. Parecía muy agitado; su aliento se aceleraba. Me miró; nuestros ojos se encontraron y una sensación avasalladora me poseyó. Algo se hizo cargo de mi cuerpo: una forma de aprensión, desesperanza, o acaso vergüenza por ser parte de lo que ocurría. Sentí la necesidad de explicar a Max que la decisión era de mi amiga, y que yo sólo la ayudaba. El gato seguía mirándome, como si entendiera mis palabras. Miré por ver si ella venía. La vi a través de la puerta de cristal. Hablaba con la recepcionista. Mi cuerpo sintió una extraña sacudida, y automáticamente abrí la puerta del coche.

-¡Corre, Max, corre! -dije al gato.

Bajó de un salto; cruzó velozmente la calle con el cuerpo cerca de tierra, como un verdadero tigre. El otro lado de la calle estaba vacío; no había coches estacionados y pude ver a Max correr a lo largo de la acera. Llegó a la esquina de un gran bulevar y descendió por la abertura del alcantarillado.

Mi amiga regresó. Le dije que Max se había escapado. Ella subió al auto y nos fuimos sin decir palabra. A lo largo de los meses, el incidente se convirtió en un símbolo para mí. Imaginé, o acaso vi, un raro destello en los ojos de Max cuando me miró al saltar del coche. Y creí que por un instante ese animal doméstico, castrado, gordo e inútil, se convirtió en gato.

Expresé a don Juan mi convicción de que, cuando Max corría calle abajo y se sumergía en el alcantarillado, su «espíritu de gato» era impecable, y quizás en, ningún otro momento de su vida fue tan evidente su «gatunidad». El incidente me dejó una impresión imborrable.

Conté la historia a todos mis amigos; tras repetirla una y otra vez, mi identificación con el gato llegó a ser muy placentera. Me pensaba yo mismo como Max: dejado, domesticado en muchos sentidos, pero no podía pasar por alto, sin embargo, que siempre había la posibilidad de un momento en que el espíritu del hombre se posesionara de todo mi ser, igual que el espíritu «gatuno» llenó el cuerpo hinchado e inútil de Max.

A don Juan le había gustado la historia; hizo algunos comentarios casuales acerca de ella. Dijo que no era tan difícil dejar que el espíritu del hombre fluyera a tomar las riendas; sostener el paso, sin embargo, era algo que sólo un guerrero podía hacer.

-¿Qué pasa con la historia de los gatos? -pregunté. -Me dijiste que crees estar corriendo el riesgo, como Max -dijo él.

-Así creo.

-Lo que he estado queriendo decirte es que, como guerrero, no puedes nada más creer eso y dejar las cosas así. Con Max, tener que creer significa que aceptas el hecho de que su fuga pudo ser un arranque inútil. A lo mejor se metió por el desagüe y se murió en el acto. A lo mejor se ahogó, o se murió de hambre, o se lo comieron las ratas. Un guerrero toma en consideración todas esas posibilidades y luego elige creer de acuerdo con su predilección intima.

Como guerrero, tienes que creer que a Max le salió todo bien; que no sólo escapó, sino que retuvo su poder. Tienes que creerlo. Digamos que sin esa creencia no tienes nada.

La diferencia se hizo muy clara. Pensé que yo, en realidad, había elegido creer en la supervivencia de Max, sabiendo que tenía en su contra toda una vida regalada y llena de comodidades.

-Creer es lo de menos -siguió don Juan-. Tener que creer es otra cosa. En este caso, por ejemplo, el poder te dio una lección espléndida, pero elegiste usarla sólo en parte. Sin embargo, si tienes que creer, debes usar todo el suceso.

-Ya me voy dando cuenta a qué se refiere usted -dije.

Mi mente se hallaba en un estado de lucidez, y parecía aprehender los conceptos sin el menor esfuerzo.

-Temo que todavía no entiendes -dijo don Juan, casi en un susurro.

Me miró con fijeza. Sostuve su mirada un momento.

-¿Y el otro gato? -preguntó.

-¿Uh? ¿El otro gato? -repetí involuntariamente.

Lo había olvidado. Mi símbolo había girado en torno a Max. El otro gato no tenía importancia para mí.

-¡Por supuesto que la tiene! -exclamó don Juan cuando di voz a mis pensamientos-. Tener que creer significa que también tienes que tomar en cuenta al otro gato. Al que jugaba y lamía las manos que lo llevaban a su fin. Ese fue el gato que marchó confiado hacia su muerte, repleto de sus juicios de gato.

Tú piensas que eres como Max; por eso te olvidas del otro gato. Ni siquiera sabes su nombre. Tener que creer significa que debes tomar todo en consideración, y antes de decidir que eres como Max debes considerar que a lo mejor eres como el otro gato; en vez de luchar por tu vida y correr el riesgo, a lo mejor te vas feliz a tu muerte, repleto de tus juicios.

Había en sus palabras una tristeza inquietante, o acaso, la tristeza era mía. Permanecimos largo rato en silencio. Jamás se me había ocurrido que yo podía ser como el otro gato. La idea me produjo una gran aprensión.

Una leve conmoción y el sonido de voces apagadas me sacaron bruscamente de mis deliberaciones. Unos policías dispersaban a la gente reunida en torno al hombre tirado en el pasto.

Alguien había colocado, bajo la cabeza del yacente, un saco enrollado a manera de almohada. El hombre yacía paralelo a la calle. Miraba al este. Desde mi sitio, casi podía saber que tenía los ojos abiertos.

Don Juan suspiró.

-Qué tarde más espléndida -dijo, mirando el cielo.

-No me gusta la ciudad de México -dije.

-¿Por qué?

-Odio este aire viciado a carbonilla.

Meneó rítmicamente la cabeza, como asintiendo a mis palabras.

-Preferiría estar con usted en el desierto, o en las montañas -dije.

-Si yo fuera tú, nunca diría eso -replicó. -No quise decir nada malo, don Juan.

-Eso ya lo sabemos. Pero eso no es lo que importa. Un guerrero, o cualquier hombre si a ésas vamos, no puede de ningún modo lamentarse por no estar en otra parte; un guerrero vive del desafío, un hombre común porque no sabe dónde lo va a encontrar su muerte.

Mira a ese hombre ahí al lado, tirado en el pasto: ¿Qué crees que le pasa?"

-Está borracho o enfermo -dije.

-¡Se está muriendo! -dijo don Juan con definitiva convicción-. Cuando nos sentamos aquí, vislumbré a su muerte haciéndole la rueda. Por eso te dije que no te levantaras; llueva o truene, no puedes pararte de esta banca hasta el final. Ésta es la indicación que esperábamos. 

Atardece. En estos momentos, el sol se va a poner. Es tu hora de poder. ¡Mira! La escena con ese hombre es sólo para nosotros.

Señaló que, desde donde nos hallábamos, teníamos campo abierto para ver al hombre. Un grupo de curiosos formaba semicírculo a su otro costado, frente a nosotros.

La presencia del hombre tirado en la grama me inquietaba cada vez más. Era delgado y moreno, todavía joven. Su cabello negro era corto y rizado. Tenía la camisa desabotonada y el pecho al descubierto. Llevaba un suéter anaranjado, de punto, con hoyos en los codos y astrosos pantalones grises. Sus zapatos, de algún color borrado, indefinible, estaban desatados. Se veta rígido. Yo no podía decir si respiraba o no. Me pregunté si estaba muriendo, como decía don Juan. ¿O quizá don Juan usaba simplemente el evento para recalcar algo? Mis anteriores experiencias con él me daban la certeza de que, de alguna forma, estaba haciendo todo encajar en algún misterioso plan personal.

Tras un largo silencio me volví hacia él. Tenía los ojos cerrados. Empezó a hablar sin abrirlos.

-Ese hombre está a punto de morir -dijo-. Pero tú no lo crees, ¿verdad?

Abrió los ojos y me miró un segundo. La mirada, de tan penetrante, me aturdió.

-No, no lo creo -dije.

Sentía en realidad que todo el asunto era demasiado sencillo. Vinimos a sentarnos en el parque y allí mismo, como si todo fuera una representación teatral, había un moribundo.

El mundo se ajusta a sí mismo -dijo don Juan después de escuchar mis dudas-. Esto no es una farsa. Esto es un augurio, un acto de poder.

El mundo sostenido por razón hace de todo esto un asunto que podemos observar por un momento en camino hacia otras cosas más importantes. Todo lo que podemos decir de esto es que un hombre está tirado en el pasto, en el parque, a lo mejor borracho.

El mundo sostenido por voluntad lo hace un acto de poder, un acto que podemos ver. Podemos ver que la muerte está girando velozmente sobre el hombre, que le hunde las garras más y más en sus fibras luminosas. Podemos ver que las cuerdas luminosas pierden tensión y se desvanecen una a una.

Ésas son las dos posibilidades que se abren a nosotros, los seres luminosos. Tú andas por ahí en medio; todavía quieres tenerlo todo bajo la firma de la razón. Y sin embargo, ¿cómo puedes

descartar el hecho de que tu poder personal te trajo esta señal? Vinimos a este parque, después de

que me encontraste donde yo te esperaba -me encontraste así de sopetón, sin pensar, ni planear,

ni usar deliberadamente tu razón-, y después de que nos sentamos aquí a esperar una señal, nos

dimos cuenta de ese hombre; cada uno de nosotros lo notó a su manera: tú con tu razón, yo con mi voluntad.

Ese moribundo es uno de los centímetros cúbicos de suerte que el poder pone siempre a disposición del guerrero. El arte del guerrero es ser perennemente fluido para poderlo tomar de un tirón. Yo lo he tomado de un tirón, y ¿tú?

No pude responder. Tomé conciencia de un abismo inmenso dentro de mí, y por un momento tuve, en alguna forma, conocimiento de los dos mundos a los cuales se refería.

-¡Qué señal más exquisita es ésta! -prosiguió-. Y todo esto para ti. El poder te enseña que la muerte es el ingrediente indispensable del tener que creer. Si no se tiene en cuenta a la muerte, todo es ordinario, trivial. Sólo porque la muerte nos anda al acecho es el mundo un misterio sin principio ni fin. El poder te ha mostrado eso. Todo lo que yo he hecho es reunir los detalles de esta señal, a fin de que la dirección fuera clara; pero al reunir así los detalles, también yo te he mostrado que todo cuanto te he dicho hoy es lo que yo mismo tengo que creer, porque esa es la predilección de mi espíritu.

Nos miramos a los ojos un momento.

-Esto me recuerda a la poesía que me leías -dijo, haciendo a un lado la mirada-. Acerca de ese hombre que juró morir en París. ¿Te acuerdas cómo era?

Se trataba de «Piedra negra sobre una piedra blanca», de César Vallejo. A petición de don Juan, yo le había leído y recitado incontables veces las dos primeras estrofas.

César Vallejo

«Me moriré en París con aguacero; un día del cual tengo ya el recuerdo; Me moriré en París -y no me corro-; talvez un jueves, como es hoy, de otoño; Jueves será, porque hoy, jueves, que proso; estos versos, los húmeros me he puesto; a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto; con todo mi camino, a verme solo».


El poema resumía para mí, una melancolía indescriptible.

Don Juan susurró que él tenía que creer que el moribundo había tenido bastante poder personal para permitirle escoger las calles de la ciudad de México como el sitio de su muerte.

-Volvemos otra vez a la historia de los dos gatos -dijo-. Tenemos que creer que Max se dio cuenta de lo que le andaba al acecho y, cómo ese hombre que está ahí, tuvo al menos poder suficiente para escoger el sitio de su fin. Pero hubo el otro gato, como hay otros hombres cuya muerte los envolverá mientras están solos, desprevenidos, mirando las paredes y el techo de un cuarto desolado y feo.

En cambio, aquel hombre se está muriendo donde siempre ha vivido: en las calles. Tres policías son sus guardias de honor. Y, a medida que se desvanece, se acentuarán en sus ojos los últimos resplandores de las luces de los escaparates de las tiendas que están enfrente; de los coches, de los árboles, de las oleadas de gente que se arremolina en la calle; y sus oídos se inundarán por última vez con los sonidos del tráfico y las voces de los hombres y las mujeres que pasan.

Así que, si no fuera porque nos damos cuenta de la presencia de nuestra muerte no hubiera poder, ni misterio.

Miré largo rato al hombre. Estaba inmóvil. Acaso había muerto. Pero mi incredulidad ya no importaba. Don Juan estaba en lo cierto. Tener que creer que el mundo es misterioso e insondable era la expresión de la predilección intima de un guerrero. Sin ella, el guerrero no tenía nada.