AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

jueves, 27 de agosto de 2026

[8] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. LA HORA DEL NAGUAL

 


Subí corriendo una pendiente frente a la casa de don Genaro y en un espacio despejado junto a la puerta se encontraban don Genaro junto con don Juan. Ambos me sonrieron con una sonrisa que emanaba tal calor e inocencia, que mi cuerpo se conmovió experimentando un estado inmediato de alarma.

Aminoré el paso y los saludé. 

-¿Pero, cómo estás? -me preguntó don Genaro, con tal afección que todos reímos. 

-Está más que bien -intervino don Juan antes de que yo pudiera responder-. 

-Eso veo -repuso don Genaro-. ¡Mira esa papada! ¡Oye, pero qué gordo y cachetón está! 

Don Juan se echó a reír agarrándose el estómago. 

-Tienes la cara redonda -prosiguió don Genaro-. ¿A qué te has dedicado? ¿A comer? 

Don Juan le aseguró, en son de broma, que mi estilo de vida me imponía comer en abundancia. De la manera más amistosa, hicieron bromas acerca de mi vida, y luego don Juan me pidió sentarme entre ellos. 

El sol ya se había puesto detrás de la enorme cordillera del oeste. 

-¿Dónde está tu famoso cuaderno? -me preguntó don Genaro, y cuando lo saqué del bolsillo gritó como los charros quitándomelo de las manos. 

Obviamente, me había observado con gran cuidado y conocía a la perfección mis formas. Sostuvo el cuaderno con ambas manos y jugó nerviosamente con él, como si no supiera qué hacer. Dos veces estuvo a punto de arrojarlo a un lado, pero se contuvo. Luego lo reclinó contra sus rodillas y fingió escribir febrilmente, como yo hago. Don Juan rió tanto que casi se ahoga. 

-¿Qué hiciste después de que me fui? -preguntó cuando ambos se hubieron calmado. 

-El jueves fui al mercado -dije. 

-¿Qué hacías allí? ¿Desandando tus pasos? -repuso. 

Don Genaro cayó hacia atrás y produjo con los labios el ruido seco de una cabeza al golpear contra el suelo. Me miró de reojo e hizo un guiño. 

-Tuve que hacerlo -dije-. Y descubrí que entre semana no hay puestos de monedas ni de libros usados. Los dos rieron. Luego don Juan dijo que hacer preguntas no revelaría nada nuevo. 

-¿Qué es lo que realmente pasó, don Juan? -pregunté. 

-Créeme, no hay manera de saberlo -dijo con sequedad-. En esos asuntos, tú y yo estamos en las mismas. Mi ventaja sobre ti en este momento es que yo sé cómo llegar al nagual, y tú no. Pero una vez que llego allí, no tengo más ventaja ni más conocimiento que tú. 

-¿Aterricé realmente en el mercado, don Juan? -pregunté. -Claro que sí. Ya te lo dije: el nagual está a las órdenes del guerrero. ¿No es cierto, Genaro? 

-¡Cierto! -exclamó don Genaro con voz atronadora y se incorporó en un solo movimiento. Fue como si su voz lo hubiera alzado, desde una postura yacente, hasta una perfectamente vertical. 

Don Juan casi rodaba por el suelo de tanto reír. Don Genaro, con aire de indiferencia, hizo una cómica reverencia y dijo adiós. 

-Genaro te verá mañana en la mañana -dijo don Juan-. Ahora debes quedarte aquí sentado en silencio completo. No dijimos otra palabra. Tras horas de silencio, me quedé dormido. Miré mi reloj. Eran casi las seis de la mañana. 

Don Juan examinó la sólida masa de nubes, blancas y densas, sobre el horizonte oriental, y concluyó que sería un día nublado. Don Genaro olfateó el aire y añadió que también sería caluroso y sin viento. 

-¿Hasta dónde vamos? -pregunté. -

Hasta esos eucaliptos de allá -replicó don Genaro, señalando lo que parecía ser una arboleda, a menos de dos kilómetros de distancia. 

Cuando llegamos allí, pude ver que no era una arboleda; los eucaliptos habían sido plantados en líneas rectas para marcar los limites de campos donde se hacían diferentes cultivos. 

Caminamos por el borde de un maizal, bajo una fila de árboles enormes, delgados y derechos, de más de treinta metros de altura, y llegamos a un campo baldío. Supuse que la cosecha acababa de recogerse. Quedaban sólo hojas y tallos secos de unas plantas que no reconocí. Me agaché a recoger una hoja, pero don Genaro me detuvo y asió mi brazo con gran fuerza. 

Me retraje dolorido, y entonces noté que sólo me tocaba suavemente con los dedos. Evidentemente sabía lo que había hecho y lo que yo experimentaba. Con un veloz movimiento, quitó los dedos de mi brazo y luego los puso de nuevo, gentilmente. Lo repitió una vez más y rió de mi mueca de dolor, como un niño deleitado. Luego me mostró el perfil. Su nariz aguileña le daba aspecto de pájaro: de un pájaro con extraños y largos dientes blancos. 

En voz suave, don Juan me dijo que no tocara nada. Le pregunté si sabía qué clase de cosecha se había levantado allí. Parecía a punto de responder, pero don Genaro terció diciendo que era un campo de gusanos. Don Juan me miró con fijeza, sin asomo de sonrisa. La respuesta absurda de don Genaro tenía visos de chiste. Aguardé el pie para empezar a reír, pero ellos sólo me miraron. 

-Un campo de gusanos muy lindos -dijo don Genaro-. Sí, lo que aquí crecía eran los gusanos más bonitos que yo he visto. Se volvió hacia don Juan. Ambos se miraron un instante. 

-¿No es cierto? -preguntó. -Absolutamente cierto -dijo don Juan, y volviéndose a mí, añadió en voz baja-: Genaro tiene hoy la batuta; sólo él puede decir qué es qué, conque haz exactamente lo que diga. 

La idea de que don Genaro tenía las riendas me llenó de terror. Miré a don Juan para decírselo; pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, don Genaro soltó un largo y formidable grito: un clamor tan fuerte y temible que sentí cómo mi nuca se hinchaba y el cabello flotaba como si un viento lo moviera. 

Tuve un instante de disociación completa y habría permanecido inmóvil en mi sitio de no haber sido por don Juan, quien con increíble velocidad y dominio hizo girar mi cuerpo para que mis ojos atestiguaran una hazaña inconcebible. 

Don Genaro estaba parado horizontalmente, a unos treinta metros del suelo, sobre el tronco de un eucalipto que se hallaba acaso a cincuenta metros de distancia. Es decir, estaba parado con las piernas abiertas, perpendicular al tronco. Era como si tuviese ganchos en el calzado y con ellos pudiera desafiar la gravedad. 

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y me daba la espalda. Lo miré fijamente. No quería parpadear por miedo a perderlo de vista. Realicé un rápido juicio y concluí que, de conservarlo dentro de mi campo de visión, tal vez podría detectar un indicio, un movimiento, un gesto, o cualquier cosa que me ayudara a comprender qué ocurría. 

Sentí la cabeza de don Juan junto a mi oído derecho; en un susurro me dijo que cualquier intento de explicar era inútil e idiota. Lo oí repetir: 

-Empuja la barriga para abajo, para abajo. Era una técnica que me había enseñado, años antes, para momentos de gran peligro, miedo o tensión. Consistía en empujar hacia abajo el diafragma mientras se tomaban cuatro marcadas bocanadas de aire, seguidas por cuatro hondas inhalaciones y exhalaciones por la nariz. Había explicado que las bocanadas tenían que sentirse como sacudidas en la parte media del cuerpo, y que el mantener las manos apretadamente enlazadas, cubriendo el ombligo, daba fuerza a la sección abdominal y ayudaba a controlar las bocanadas y las inhalaciones profundas, que debían retenerse hasta la cuenta de ocho mientras el diafragma se presionaba hacia abajo. Las exhalaciones se hacían dos veces a través de la nariz y dos a través de la boca, en forma lenta o acelerada, según la propia preferencia. 

Maquinalmente obedecí a don Juan. No me atrevía, sin embargo, a apartar los ojos de don Genaro. Conforme seguía respirando, mi cuerpo se relajó y me di cuenta de que don Juan torcía mis piernas. Al parecer, cuando me hizo girar mi pie derecho se atoró en un montón de tierra y mi pierna izquierda quedó forzadamente doblada. Cuando me enderezó, cobré conciencia de que el choque de ver a don Genaro de pie en el tronco de un árbol me había hecho ignorar mi incomodidad. 

Don Juan me susurró al oído que no fijara la vista en don Genaro. -¡Parpadea! ¡Parpadea! -lo oí decir. Durante un momento sentí una gran incomodidad. 

Don Juan volvió a ordenarme. Yo estaba convencido de que todo el fenómeno se ligaba de algún modo a mí como el observador, y que si yo, único testigo de la hazaña de don Genaro, dejaba de mirarlo, caería por tierra, o acaso la escena entera desaparecería. 

Tras una inmovilidad torturantemente larga, don Genaro giró sobre sus talones, cuarenta y cinco grados a la derecha, y empezó a caminar tronco arriba. 

Su cuerpo temblaba: Lo vi dar un pequeño paso tras otro, hasta que hubo avanzado ocho. Incluso rodeó una rama. Luego, con los brazos cruzados todavía sobre el pecho, tomó asiento en el tronco, dándome la espalda. 

Sus piernas pendían como si se hallara sentado en una silla, como si la gravedad no tuviera efecto sobre él. Luego pareció andar sentado, hacia abajo. Alcanzó una rama paralela a su cuerpo y por unos segundos se reclinó en ella con el brazo izquierdo y la cabeza; parecía apoyarse para lograr un efecto dramático más que para sostener su cuerpo. 

Luego, reanudó su camino pasando, centímetro a centímetro, del tronco a la rama, hasta que hubo cambiado de postura y se halló sentado como cualquiera podría sentarse normalmente en una rama. 

Don Juan rió en silencio. Yo tenía un horrible sabor de boca. Quise volverme hacia don Juan, que se hallaba un poco detrás de mí, a la derecha, pero no me atrevía a perderme ninguna de las acciones de don Genaro. 

Tras unos minutos, cruzó los pies y los meció suavemente; finalmente, volvió a deslizarse hacia arriba sobre el tronco. Don Juan me tomó la cabeza entre las manos y la inclinó hacia la izquierda a modo que mi línea de visión fuera paralela al árbol, más que perpendicular. 

Mirando a don Genaro desde ese ángulo, no parecía estar desafiando la gravedad. Simplemente se hallaba sentado en el tronco de un árbol. Noté entonces que, si lo miraba sin pestañear, el trasfondo se hacía vago y difuso, y la claridad del cuerpo de don Genaro se intensificaba; su forma se hacía predominante, como si nada más existiera. 

Velozmente, don Genaro volvió a deslizarse a la rama. Quedó sentado meciendo los pies, como en un trapecio. El mirarlo desde una perspectiva sesgada hacía que ambas posiciones, especialmente aquélla sobre el tronco, parecieran factibles. 

Don Juan volvió mi cabeza a la derecha hasta llevarla a descansar sobre mi hombro. La posición de don Genaro en la rama se miraba perfectamente normal, pero cuando pasó de nuevo al tronco, no pude efectuar el ajuste de percepción necesario y lo vi como si estuviese al revés, con la cabeza hacia el suelo. Don Genaro se desplazó varias veces de un lado a otro, y don Juan, a la par, movía mi cabeza de lado a lado. El resultado de sus manipulaciones fue que perdí por entero la pista de mi perspectiva normal, y sin ella las acciones de don Genaro no eran tan espeluznantes. 

Don Genaro permaneció un largo rato en la rama. Don Juan me enderezó el cuello y susurró que don Genaro estaba a punto de descender. Lo oí decir en tono imperioso: 

-Empuja para abajo, para abajo. 

Me hallaba a mitad de una exhalación rápida cuando el cuerpo de don Genaro pareció transfigurarse por alguna especie de tensión; resplandeció, se hizo laxo, osciló hacia atrás y colgó un momento de las rodillas. 

Sus piernas parecían fláccidas, incapaces de seguir dobladas, y cayó al suelo. En el instante que empezó a caer, yo mismo experimenté una sensación de caída a través de espacio interminable. 

Mi cuerpo entero sentía una angustia dolorosa y al mismo tiempo altamente placentera; una angustia de tal intensidad y duración que mis piernas no pudieron ya soportar el peso de mi cuerpo y caí sobre la tierra suave. 

Apenas pude mover los brazos para aminorar la caída. Respiraba tan agitadamente que la tierra se metió en mi nariz y me daba comezón. Traté de levantarme; mis músculos parecían haber perdido la fuerza. 

Don Juan y don Genaro vinieron a mi lado. oía sus voces como si estuvieran lejos, pero los sentía jalarme. Deben de haberme levantado, asiéndome cada uno por un brazo y una pierna, 

Entre los dos me trasladaron, estaba con plena conciencia de la incómoda posición de mi cuello y mi cabeza. Mis ojos estaban abiertos. Veía el suelo y trozos de hierba pasar debajo mia. Finalmente, tuve un ataque de frío. El agua entraba en mi boca y mi nariz y me hacía toser. Mis brazos y mis piernas se movieron frenéticamente. Empecé a nadar, pero el agua -no era lo bastante profunda, y me hallé de pie en un río de poca profundidad al que me habían arrojado. 

Don Juan y don Genaro rieron hasta el colmo. Don Juan se remangó los pantalones y se acercó a mí; me miró a los ojos, dijo que aún no estaba completo, y suavemente volvió a empujarme al agua. 

Mi cuerpo no ofreció resistencia. Yo no deseaba sumergirme de nuevo, pero no había manera de conectar mi voluntad a mis músculos, y me desplomé hacia atrás. 

El frío fue todavía más intenso. Me levanté de un salto y, por error, salí corriendo a la ribera opuesta. Don Juan y don Genaro se pusieron a gritar y a silbar y arrojaban piedras a los arbustos delante de mí, como si acorralaran a un novillo fugitivo. 

Regresé cruzando el río y tomé asiento en una roca junto a ellos. Don Genaro me dio mi ropa y entonces advertí que me hallaba desnudo, aunque no recordaba cuándo ni cómo me quité la ropa. Estaba empapado, y no quise ponérmela de inmediato. 

Don Juan se volvió a don Genaro y dijo con voz resonante: 

-¡Por amor de Dios, dénle una toalla a este hombre! Tardé un par de segundos en advertir el absurdo. Me sentía muy bien. De hecho, era tan feliz que no deseaba hablar. Tuve, empero, la certeza de que, si mostraba mi euforia, volverían a echarme al agua. Don Genaro me vigilaba. Sus ojos brillaban como los de un animal salvaje. Me atravesaban. 

-Ya estás mejor -me dijo don Juan de repente-, Ya estás controlándote ahora, pero allá junto a los eucaliptos te diste a tus vicios. Quise reír histéricamente. Las palabras de don Juan parecían tan graciosas que costó un esfuerzo supremo dominarme. Una comezón incontrolable en la parte media de mi cuerpo me hizo quitarme la ropa y echarme de nuevo al agua. Permanecí en el río unos cinco minutos. La frialdad restauró mi sentido de lo propio. Cuando salí, era yo mismo otra vez. 

-Bien hecho -dijo don Juan, tocándome el hombro. Me guiaron de regreso a los eucaliptos. Conforme íbamos, don Juan explicó que mi tonal había resultado peligrosamente vulnerable, y al parecer tuvo demasiado con la incongruencia de los actos de don Genaro. 

Dijo que decidieron ya no meterse con él y regresar a la casa de don Genaro, pero el hecho de que supe que debía lanzarme al río cambiaba todo. No dijo, sin embargo, lo que se proponían. 

Nos detuvimos a mitad de un campo, en el sitio donde estuvimos antes. Don Juan estaba a mi derecha y don Genaro a mi izquierda. Ambos tensaban los músculos, en estado de alerta. Mantuvieron la tensión unos diez minutos. Yo movía los ojos del uno al otro. Pensé que don Juan me indicaría qué hacer. Tenía razón. En determinado momento relajó el cuerpo y pateó unos terrones. Sin mirarme, dijo: 

-Creo que mejor nos vamos. Automáticamente razoné que don Genaro debía de haber tenido la intención de darme otra demostración de nagual, pero decidió no hacerlo. Me sentí aliviado. Esperé otro momento para una confirmación definitiva. Don Genaro también se destensó y entonces ambos dieron un paso. Supe que habíamos terminado allí. Pero en el instante mismo en que me aflojé, don Genaro volvió a lanzar un grito increíble. Empecé a respirar frenéticamente. Miré en torno. Don Genaro había desaparecido. Don Juan estaba frente a mí. Su cuerpo se estremecía de risa. Me dio la cara. 

-Lo siento dijo en un susurro-. No hay otro modo. Quise preguntar por don Genaro, pero sentía que, de no seguir respirando y presionando mí diafragma, moriría. 

Don Juan señaló con su barbilla un sitio a mis espaldas. Sin mover los pies, empecé a volverme a mirar sobre el hombro izquierdo. Pero antes de que pudiese ver lo que señalaba, don Juan saltó y me detuvo. La fuerza de su salto y la celeridad con que me aferró hicieron que perdiese mi equilibrio. Al caer de espaldas tuve la sensación de que mi reacción sobresaltada había sido agarrarme a don Juan, y que en consecuencia lo arrastraba en mi caída. 

Pero cuando alcé la vista, hubo total discordancia entre las impresiones de mis sentidos táctil y visual. Vi a don Juan de pie junto a mí, riendo, mientras mi cuerpo sentía sin lugar a dudas el peso y la presión de otro cuerpo encima de mí, casi inmovilizándome. 

Don Juan extendió la mano y me ayudó a levantar. Mi sensación corporal fue la de que él alzaba dos cuerpos. Sonrió como quien sabe y susurró que nunca había que volverse a la izquierda para enfrentar al nagual. 

Dijo que el nagual era fatídico y que no había necesidad de acrecentar todavía más el riesgo. 

Luego me dio vuelta con gentileza y me hizo encarar un enorme eucalipto. Era acaso el árbol más viejo de las inmediaciones. Su tronco era casi dos veces más grueso que el de cualquier otro. Don Juan señaló hacia arriba con los ojos. 

Don Genaro se hallaba encaramado en una rama. Me daba el rostro. Vi sus ojos como dos espejos enormes que reflejaban la luz. No quería mirar pero don Juan insistió en que no apartara la vista. En un susurro muy enérgico me ordenó que no parpadeara ni sucumbiera al susto o a la entrega. 

Advertí que si pestañeaba de continuo, los ojos de don Genaro no eran tan imponentes. Sólo al fijar la vista el resplandor enloquecía. Estuvo largo tiempo acuclillado en la rama. Luego, sin mover el cuerpo para nada, saltó y aterrizó, en la misma postura, a un par de metros de donde me encontraba. Presencié la secuencia completa de su salto, y supe haber percibido más de lo que mis ojos me permitieron aprehender. 

Don Genaro no había saltado en verdad. Algo lo había empujado desde atrás haciéndolo deslizar en curso parabólico. La rama donde estuvo trepado se hallaba a unos treinta metros de altura, y el árbol crecía como a cuarenta y cinco de distancia; así, su cuerpo tuvo que trazar una parábola para caer donde cayó. Pero la fuerza necesaria para, cubrir el trecho no era producto de los músculos de don Genaro; un "soplo" impulsó su cuerpo desde la rama hasta el suelo. 

En cierto punto vi las suelas de sus zapatos, y su posterior, conforme su cuerpo describía la parábola. Después aterrizó con suavidad, aunque su peso deshizo los terrones duros y secos e incluso levantó algo de polvo. Don Juan rió por lo bajo a mis espaldas. 

Don Genaro se puso en pie como si nada hubiese ocurrido y me jaló de la manga para indicar que nos íbamos. Nadie habló en el camino a la casa. Me sentía lúcido y compuesto. Un par de veces, don Juan se detuvo y examinó mis ojos mirándolos detenidamente. Pareció satisfecho. 

Apenas llegamos, don Genaro fue atrás de la casa. Todavía era temprano. Don Juan tomó asiento en el suelo junto a la puerta y me señaló un sitio donde sentarme. Yo estaba exhausto. Me acosté y me apagué como una vela. 

Desperté porque don Juan me sacudía. Quise ver la hora. No tenía reloj. Don Juan lo sacó del bolsillo de su camisa y me lo devolvió. Era la una de la tarde. Alcé los ojos y encontré los suyos. 

-No. No hay explicación -dijo, volviéndose-. El nagual es sólo para atestiguarse. Di la vuelta a la casa buscando a don Genaro; no lo hallé. 

Regresé a la parte frontal. Don Juan me había hecho algo de comer y al terminar el almuerzo, comenzó a hablar. 

-Cuando uno está tratando con el nagual, nunca hay que mirarlo de frente -dijo-. Tú te le quedaste mirando fijamente esta mañana, y por eso te vaciaste. La única manera de mirar al nagual es como si fuera cosa común. Uno tiene que pestañear para romper la fijación. Nuestros ojos son los ojos del tonal, o quizá sería más exacto decir que nuestros ojos han sido entrenados por el tonal, por eso el tonal los reclama. 

Una de tus fuentes de confusión y desconcierto es que tu tonal no te suelta los ojos. El día que lo haga, tu nagual habrá ganado una gran batalla. Tu obsesión, o mejor dicho la obsesión de todos nosotros, es arreglar el mundo según reglas de tonal; así, cada vez que nos enfrenta el nagual, hacemos lo imposible por volver nuestros ojos tiesos e intransigentes, debo apelar a la parte de tu tonal que entiende este dilema, y debes hacer un esfuerzo por liberar tus ojos. 

La cosa es convencer al tonal de que hay otros mundos que pueden pasar frente a las mismas ventanas. El nagual te lo enseñó esta mañana. Conque deja que tus ojos sean libres; déjalos ser verdaderas ventanas. Los ojos pueden ser ventanas para contemplar el aburrimiento o para atisbar aquella infinitud. 

Don Juan trazó con el brazo izquierdo un amplio arco para señalar el entorno. Había un brillo en sus ojos, y su sonrisa era a la vez temible e irresistible. 

-¿Cómo puedo hacer eso? -pregunté. -Yo digo que es un asunto muy fácil. Quizá lo llamo fácil porque llevo tanto tiempo haciéndolo. Todo lo que tienes que hacer es instalar tu intención como aduana. Cuando estés en el mundo del tonal, deberías de ser un tonal impecable; ahí no hay tiempo para porquerías irracionales. Pero cuando estés en el mundo del nagual, también deberías ser impecable; ahí no hay tiempo para porquerías racionales. 

Para el guerrero, la intención es la puerta de enmedio. Se cierra por completo detrás de él cuando va o cuando viene. 

Otra cosa que uno debe hacer cuando se enfrenta al nagual es cambiar la línea de los ojos de tiempo en tiempo, para así romper el encantamiento. Cambiar la posición de los ojos siempre alivia la carga del tonal. 

Esta mañana noté que estabas muy vulnerable y te cambié la posición de tu cabeza. Si estás en un aprieto de ésos, deberías ser capaz de cambiar tú solo. Pero el cambio ese sólo es para obtener alivio, y no hay otra manera de parapetarse para proteger el orden del tonal. 

Yo apostaría que tú vas a procurar usar esta técnica para esconder la racionalidad de tu tonal, y creer que así la estás salvando de la extinción. 

La falla de tu razonamiento es que nadie quiere ni busca la extinción de la racionalidad del tonal. Ese miedo es infundado. Nada más puedo decirte, excepto que sigas todos los movimientos de Genaro, sin agotarte. 

Ahora estás probando si tu tonal está o no repleto de banalidades. Si hay en tu isla demasiados objetos innecesarios, no podrás sostener el encuentro con el nagual. 

-¿Qué me pasaría? 

-Podrías morirte. Nadie es capaz de sobrevivir un encuentro voluntario con el nagual, sin una larga preparación. Lleva años preparar al tonal para tal encuentro. 

Por regla general, si un hombre común y corriente se encuentra un día cara a cara con el nagual, la impresión es tan grande que lo mata. 

La meta de la preparación del guerrero no es entonces enseñarle conjuros ni embrujos, sino preparar a su tonal para que no se caiga de narices. Una empresa de lo más difícil. 

Al guerrero se le debe enseñar a ser impecable y a estar totalmente vacío antes de que pueda aún siquiera concebir el ser testigo del nagual. 

En tu caso, por ejemplo, tienes que dejar de calcular. Lo que hacías esta mañana era absurdo. Tú lo llamas explicar. Yo lo llamo una insistencia estéril y tediosa del tonal por tener todo bajo su control. 

Cada vez que no le salen bien las cosas, hay un instante de confusión y entonces el tonal se abre a la muerte. ¡Qué hijo de la chingada! Primero se mata antes que ceder el control. Y sin embargo muy poco podemos hacer por cambiar esa condición.

-¿Cómo la cambió usted, don Juan? -Hay que barrer la isla del tonal y mantenerla limpia. Es la única alternativa que tiene el guerrero. Una isla limpia no ofrece resistencia; es como si allí no hubiera nada. 

Rodeó la casa y tomó asiento en una gran roca lisa. Desde allí se miraba hacia una hondonada. Me hizo seña de sentarme junto a él. 

-¿Puede decirme, don Juan, qué más vamos a hacer hoy? -pregunté. 

-No vamos a hacer nada. Es decir, tú y yo seremos sólo testigos. Tu benefactor es Genaro. 

Pensé haber malentendido en mi afán de tomar notas. En las primeras etapas de mi aprendizaje, el mismo don Juan había introducido el término "benefactor". Mi impresión había sido siempre la de que él mismo era mi benefactor. Don Juan había callado y me miraba. Hice una rápida evaluación y concluí que sin duda se refería a que don Genaro era algo así como el actor estelar de aquella ocasión. Don Juan rió como si leyera mi mente. 

-Genaro es tu benefactor -repitió. -Usted lo es, ¿o no? -pregunté en tono frenético. 

-Yo soy el que te ayudó a barrer la isla del tonal -dijo-. Genaro tiene dos aprendices, Pablito y Néstor. Los está ayudando a barrer la isla; pero soy yo el que les enseñará el nagual. Yo seré su benefactor. Genaro es sólo su maestro. En estos andares, uno habla o actúa; uno no puede hacer las dos cosas con la misma persona. Uno toma la isla del tonal, o toma el nagual. En tu caso, mi deber ha sido trabajar con tu tonal. 

Mientras don Juan hablaba, tuve un ataque de terror tan intenso que estuve a punto de enfermarme. Sentí que iba a dejarme con don Genaro, y la idea me espantaba. Don Juan rió y rió al escuchar mis miedos. 

-Lo mismo le pasa a Pablito -dijo-. Nomás me ve y se enferma. El otro día entró en la casa cuando Genaro no estaba. Yo estaba solo aquí y había dejado mi sombrero junto a la puerta. Pablito lo vio y su tonal se asustó tanto que de verdad se cagó en los calzones. 

Yo podía entender fácilmente los sentimientos de Pablito y proyectarme en ellos. Considerando con cuidado, había que admitir que don Juan era aterrador. Yo, sin embargo, había aprendido a sentirme a gusto con él. Experimentaba una familiaridad nacida de nuestra larga asociación. 

-No voy a dejarte con Genaro -dijo, riendo aún-. Yo soy quien cuida tu tonal. Sin él estás muerto. 

-¿Tiene todo aprendiz un maestro y un benefactor? -pregunté para calmar mi turbación. 

-No, no todo aprendiz. Pero algunos sí. 

-¿Por qué tienen algunos maestro y benefactor? 

-Cuando un hombre común y corriente está listo, el poder le consigue un maestro y se hace aprendiz. Cuando el aprendiz está listo, el poder le consigue un benefactor, y se hace brujo. 

-¿Qué es lo que hace que un hombre esté listo, para que el poder le consiga un maestro? 

-Nadie lo sabe. Sólo somos hombres. Algunos somos hombres que han aprendido a ver y a usar al nagual, pero nada de lo que hayamos podido ganar en el curso de nuestras vidas puede revelarnos los designios del poder. 

Así pues, no todo aprendiz tiene un benefactor. El poder decide eso. Le pregunté si él mismo había tenido un maestro y un benefactor y por primera vez en trece años habló libremente de ellos. 

Dijo que tanto su maestro como su benefactor eran de Oaxaca. Yo siempre había considerado que ese tipo de información era valioso para mi investigación antropológica, pero por algún motivo en el momento de la revelación, no me importó. 

Don Juan me lanzó un vistazo. Pensé que era una mirada de preocupación. Luego cambió abruptamente de tema y me pidió relatar cada detalle de lo que experimenté en la mañana. 

-Un susto repentino siempre encoge al tonal -dijo al comentar la descripción de mi reacción al grito de don Genaro-. El problema es aquí no dejar que el tonal se encoja más de la cuenta. Un grave asunto para un guerrero es el saber precisamente cuándo dejar que su tonal se encoja y cuándo detenerlo. Eso sí que es un arte. 

El guerrero debe luchar como demonio para encoger su tonal; pero en el mismo momento en que el tonal se encoge, el guerrero debe voltear al revés la lucha inmediatamente para no dejarlo encogerse más. 

-Pero al hacer eso, ¿no regresa a lo que ya era? -pregunté. 

-No. Después que el tonal se encoge, el guerrero cierra la puerta desde el otro lado. Mientras nada desafíe a su tonal y sus ojos estén encajados sólo para el mundo del tonal, el guerrero anda en el lado seguro de la cerca. Está en terreno familiar y conoce todas las reglas. Pero cuando su tonal se encoge, está en el lado de los vendavales y esa abertura debe sellarse en el acto, o el viento lo barrerá como a una hoja. 

Y esto no es sólo una manera de decir las cosas. Más allá de la puerta de los ojos del tonal, el viento es furibundo. Y ese es un viento real. Esto no es una metáfora. Un viento que le puede volar a uno la vida. De hecho, ése es el viento que se vuela a todas las cosas vivas que están sobre la tierra. 

Hace años te presenté a ese viento. Pero tú lo tomaste en broma. 

Se refería a una vez que me llevó a las montañas para enseñarme ciertas propiedades del viento. A mí, sin embargo, nunca me pareció cosa de broma. 

-No es importante si lo tomaste en serio o no -dijo tras escuchar mis protestas-. 

Por regla general, el tonal debe defenderse, a cualquier costo, siempre que se vea amenazado; así que no tiene importancia alguna la forma en que el tonal reacciona para lograr su defensa. 

Lo único importante es que el tonal de un guerrero debe entrar en relaciones con otras alternativas. Lo que un maestro trata de alcanzar, en este caso, es el peso total de esas posibilidades. 

El peso de esas nuevas posibilidades es lo que ayuda a encoger el tonal. Del mismo modo, ese mismo peso ayuda a impedir que el tonal se encoja más de la cuenta.  

Me indicó proseguir el relato de los sucesos matinales, y me interrumpió en la parte en que don Genaro se deslizaba de un lado a otro entre el tronco y la rama. 

-El nagual puede ejecutar cosas extraordinarias -dijo-. Cosas que no parecen posibles, cosas impensables para el tonal. Pero lo extraordinario es que el que actúa no tiene manera de saber cómo ocurren esas cosas. 

En otras palabras, Genaro no sabe cómo hace esas cosas; él sólo sabe que las hace. El secreto de un brujo es que sabe cómo llegar al nagual, pero una vez que llega allí, su opinión no vale más que la tuya, acerca de lo que ahí pasa. 

-¿Pero qué siente uno al hacer esas cosas? 

-Uno siente que uno está haciendo algo. 

-¿Sentiría don Genaro que estaba caminando por el tronco de un árbol? Don Juan me miró un momento; luego apartó la cara. 

-No -dijo en un susurro enérgico-. No del modo que tú quieres decir. No dijo nada más. Yo casi contenía el aliento, esperando su explicación. Al fin tuve que preguntar: 

-¿Pero qué siente? 

-No puedo decirlo, no porque sea asunto personal, sino porque no hay manera de describirlo. 

-Ándele -lo animé-. 

No hay nada que uno no pueda explicar o elucidar con palabras. Creo que, aunque no sea posible describir algo directamente, uno puede aludir, andarse por las ramas. 

Don Juan rió. Su risa era amistosa y amable. Y sin embargo, había en ella un toque de burla y de travesura. 

-Tengo que cambiar el tema -dijo-. Baste decir que el nagual estaba apuntándote a ti esta mañana. Lo que hizo Genaro fue una mezcla entre tú y él. Su nagual se templaba con tu tonal. 

Insistí en sondearlo y pregunté: Cuando usted le enseña el nagual a Pablito, ¿qué cosa siente? 

-No puedo explicarlo -dijo con voz suave-. Y no porque no quiera; sencillamente, no puedo. Mi tonal se para allí. No quise presionarlo más. Permanecimos un rato en silencio; luego, él empezó a hablar de nuevo. 

-Digamos que un guerrero aprende a entonar su voluntad, a dirigirla a un punto directo, a enfocarla donde quiere. Es como si su voluntad, que sale de la parte media de su cuerpo, fuera una sola fibra luminosa, una fibra que él puede dirigir a cualquier sitio concebible. Esa fibra es el camino al nagual. O también yo podría decir que el guerrero se hunde en el nagual a través de esa sola fibra. 

Una vez que se ha hundido, la expresión del nagual es asunto de su temperamento personal. Si el guerrero es chistoso, el nagual es chistoso. Si el guerrero es espantoso, el nagual es espantoso. Si el guerrero es perverso, el nagual es perverso. 

Genaro siempre me hace reír porque es uno de los seres más divertidos que hay. Nunca sé con qué va a salir. Eso, para mí, es la esencia última de la brujería. 

Genaro es un guerrero tan fluido que el más leve enfoque de su voluntad hace que su nagual actúe en formas increíbles.

-¿Observó usted mismo lo qué don Genaro hacia en los árboles? -pregunté. 

-No. Nada más supe, porque vi, que el nagual estaba en los árboles. El resto del espectáculo era para ti solo. 

-¿O sea, don Juan, que, como la vez que usted me empujó y fui a dar al mercado, usted no estaba conmigo? 

-Fue algo así. Cuando uno se encuentra cara a cara con el nagual, uno siempre tiene que estar solo, yo nada más andaba por ahí para proteger a tu tonal. Ése es mi cargo. 

Don Juan dijo que mi tonal casi estalló en pedazos cuando don Genaro descendió del árbol; no tanto por alguna cualidad de riesgo inherente al nagual, sino porque mi tonal se entregó al desconcierto. 

Dijo que uno de los propósitos de la preparación del guerrero era cortar el desconcierto del tonal, hasta que el guerrero fuese lo bastante fluido para admitirlo todo sin admitir nada. 

Cuando describí los saltos de don Genaro al subir al árbol y al bajar de él, don Juan dijo que el grito del guerrero era uno de los asuntos más importantes de la brujería, y que don Genaro era capaz de enfocarse en su grito, usándolo como vehículo. 

Tienes razón -dijo-. A Genaro lo jalaron en parte su grito y en parte el árbol. En eso sí viste bien. Esa fue una verdadera vista del nagual. La voluntad de Genaro estaba enfocada en su grito, y su carácter personal hizo que el árbol jalara al nagual. 

Las líneas iban en ambos sentidos, de Genaro al árbol y del árbol a Genaro. Lo que debiste ver cuando Genaro saltó del árbol era que estaba enfocando un sitio frente a ti y luego el árbol lo empujó. Pero sólo parecía un empujón; en esencia era más bien como si el árbol lo soltara. El árbol soltó al nagual y el nagual regresó al mundo del tonal en el sitio que Genaro enfocaba. 

La segunda vez que Genaro bajó del árbol, tu tonal no estaba tan desconcertado; no te entregabas tan duro y por eso no te agotaste tanto como la primera vez. 

A eso de las cuatro de la tarde, don Juan detuvo la conversación. 

-Vamos a volver a los eucaliptos -dijo-. 

El nagual nos espera allí. 

-¿No corremos el riesgo de que nos vea la gente? -pregunté. 

-No. El nagual mantendrá todo suspendido -respondió.

[7] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. REDUCIR EL TONAL

 


La mañana del miércoles dejé mi hotel sobre las diez menos cuarto. Caminé despacio, tardando un cuarto de hora para llegar al lugar donde don Juan y yo habíamos quedado. Él había elegido una esquina del Paseo de la Reforma, a cinco o seis cuadras de distancia frente a la oficina de venta de billetes de una aerolínea.

Yo acababa de desayunar con un amigo. Quiso acompañarme, pero le insinué que iba a ver a una muchacha. Deliberadamente, caminé por la acera opuesta al lado de la calle donde estaba la oficina. Tenía la persistente sospecha de que mi amigo, que siempre me pedía presentarle a don Juan, sabía que yo iba a verlo y acaso me siguiera. Temía que, de volverme, lo hallaría tras de mí.

Vi a don Juan en kiosko de revistas, al otro lado de la calle. Empecé a cruzar, pero tuve que detenerme en la mediana y esperar hasta que fuera seguro atravesar el resto de la ancha avenida.

Me volví, con aire casual, para ver si mi amigo me seguía y estaba parado en la esquina detrás de mí. Sonrió avergonzado y saludó con la mano, como diciéndome que había sido incapaz de contenerse.

Eché a correr hacia la otra acera sin darle tiempo de alcanzarme. Don Juan parecía al tanto de mi situación. Cuando llegué hasta él, lanzó una mirada furtiva por encima de mi hombro.

-Ahí viene -dijo-. Mejor nos metemos por esta calle lateral.

Señaló una calle que desembocaba diagonalmente en el Paseo de la Reforma en el punto donde nos hallábamos. Rápidamente me orienté. Nunca estuve en esa calle, pero dos días antes había ido a la oficina de la aerolínea. Conocía su peculiar distribución. La oficina estaba en la esquina formada por las dos calles. Una puerta daba a cada una; la distancia entre ambas sería de tres o cuatro metros. Un pasillo cruzaba la oficina de puerta a puerta, y era fácil pasar de una calle a otra. Había escritorios a un lado del pasadizo y, del otro, un gran mostrador redondo con dependientes y cajeras. El día en que estuve allí, el sitio se hallaba repleto de gente.

Quería apresurarme, incluso correr, pero el paso de don Juan era calmado. Cuando llegábamos a la puerta de la oficina, en la calle diagonal, supe, sin tener que volverme, que mi amigo había atravesado corriendo la avenida y estaba a punto de tomar la calle por donde íbamos. Miré a don Juan, en la esperanza de que tuviera una solución. Alzó los hombros. Me sentí molesto; tampoco a mí se me ocurría nada, excepto propinar una trompada a mi amigo. Debo de haber suspirado o exhalado en ese momento preciso, pues de buenas a primeras sentí una súbita pérdida de aire debida a un formidable empujón que don Juan me había dado, y que me lanzó, girando, por la puerta de la oficina. Impelido por el tremendo empellón, prácticamente entré volando. Don Juan me tomó tan desprevenido que mi cuerpo no ofreció resistencia alguna; el susto se mezcló con la sacudida del empuje. Automáticamente extendí los brazos para proteger mi rostro. La fuerza del empujón fue tan grande que la saliva brotó de mi boca y experimenté un vértigo leve al tropezar ya dentro del local. Casi perdí el equilibrio y tuve que hacer un esfuerzo supremo para no caer. Giré un par de veces; pareció que la velocidad de mis movimientos hacía bochornosa la escena y vagamente advertí una multitud de clientes que realizaban sus compras. Me sentí muy apenado. Supe que todo el mundo me miraba cruzar tambaleante la oficina. La idea de que estaba haciendo el ridículo era más que incómoda. Una serie de pensamientos cruzó en destellos mi mente. Tuve la certeza de que caería de cara. O chocaría con un cliente, acaso una anciana que sería lastimada por el impacto. O peor aun, la puerta de cristal en el otro lado estaría cerrada, y me estrellaría contra ella.

En un estado de ofuscación, alcancé la puerta al Paseo de la Reforma. Estaba abierta y salí. Mi preocupación del momento era conservar la calma, dar vuelta a la derecha y caminar hacia el centro como si nada hubiera ocurrido. Estaba seguro de que don Juan se me uniría, y tal vez mi amigo había seguido caminando por la calle diagonal.

Abrí los ojos, o mejor dicho los enfoqué en el área frente a mí. Tuve un largo momento de insensibilidad antes de tomar plena conciencia de lo que había pasado. No me hallaba en el Paseo de la Reforma, como debería haber sido, sino en el mercado de La Lagunilla, a dos kilómetros y medio de distancia.

Lo que experimenté en el instante de ese reconocimiento, fue un estado de confusión tan intenso que me sentí estupefacto.

Traté de orientarme y me dí cuenta de que me hallaba muy cerca de donde había encontrado a don Juan durante mi primer día en la ciudad de México, Acaso estuviera incluso en el mismo sitio. Los puestos de monedas antiguas estaban a metro y medio. Hice un esfuerzo supremo por controlarme. Obviamente, estaba alucinando. No podía ser de ningún otro modo. 

Rápidamente me volví para traspasar de nuevo el portal de la oficina, pero a mis espaldas no hallé más que una hilera de puestos con libros y revistas de segunda mano. Don Juan estaba junto a mí, a mi derecha. Lucía una enorme sonrisa.

Había una presión en mi cabeza, una sensación cosquilleante, como si por mi nariz pasara gaseosa. Estaba mudo y traté sin éxito de decir algo. Oí con claridad la voz de don Juan: me decía que no tratara de hablar ni de pensar, pero yo quería decir algo, cualquier cosa. Una angustia espantosa crecía dentro de mi pecho. Sentí lágrimas rodar por mis mejillas.

Don Juan no me sacudió, como suele hacer cuando caigo presa de un miedo incontrolable. En vez de ello, me dio suaves palmaditas en la cabeza.

-Ya, ya, Carlitos -dijo-. No enloquezcas.

Sostuvo mi rostro entre sus manos por un instante.

-No trates de hablar -dijo.

Soltándome, señaló lo que tenía lugar en nuestro entorno.

-Esto no es para hablar -dijo-. Esto es nada más que para observar. ¡Observa! ¡Observa todo!

Yo estaba en verdad llorando. Pero mi reacción al llanto era muy extraña; lo dejaba fluir sin preocuparme por ello, no me importaba, en ese momento, si hacía o no el ridículo.

Miré alrededor. Precisamente frente a mí había un hombre de edad madura, con camisa rosa de manga corta y pantalones gris oscuro. Parecía estadounidense. Una mujer regordeta, sin duda su esposa, lo tomaba del brazo. El hombre tomaba algunas monedas, mientras un muchacho de trece o catorce años, acaso el hijo del propietario, lo vigilaba. El muchacho seguía cada movimiento del hombre. Finalmente, éste puso de nuevo las monedas sobre la mesa, y el muchacho se relajó de inmediato.

-¡Observa todo! -volvió a ordenar don Juan.

No había nada insólito que observar. La gente caminaba en todas direcciones. Me volví. Un hombre, que parecía atender el puesto de revistas, me miraba con fijeza. Parpadeó repetidas veces, como a punto de quedarse dormido. Se veía cansado o enfermo, además de andrajoso.

Sentí que no había nada que observar, al menos nada de verdadera importancia. Contemplé la escena. Descubrí que era imposible concentrar mi atención en cualquier cosa. Don Juan caminó en círculo a mi alrededor. Actuaba como si evaluase algo en mí. Meneó la cabeza y frunció los labios.

-Vamos, vamos -dijo, tomándome gentilmente del brazo-. Es hora de andar.

Apenas empezamos a movernos, advertí que mi cuerpo era muy ligero. De hecho, sentía esponjosas las plantas de los pies. Tenían una elasticidad peculiar, como si fueran de hule.

Don Juan estaba sin duda al tanto de mis sensaciones: me sostenía con fuerza, como para impedirme escapar; me lastraba, como temiendo que yo fuera a ascender más allá de su alcance, a semejanza de un globo.

Caminando me sentí mejor. El nerviosismo cedió el paso a una tranquilidad amable. Nuevamente, don Juan insistió en que yo debía observarlo todo. Le dije que no había nada que quisiera observar, que no me importaba lo que la gente estuviera haciendo en el mercado y que no deseaba sentirme como un idiota, observando la trivial actividad de alguien que compraba monedas o libros viejos, mientras lo importante se me escapaba entre los dedos.

-¿Y cuál es lo importante? -preguntó.

Me detuve y le dije con vehemencia que lo importante era lo que él hubiese hecho para hacerme percibir que en cuestión de segundos había cubierto la distancia entre la oficina de boletos y el mercado.

En ese punto me eché a temblar y sentí que iba a enfermar. Don Juan me hizo poner las manos contra el estómago.

Señaló en torno y declaró una vez más, en tono sereno, que la actividad mundana en nuestro entorno era lo único importante.

Me enojé con él. Tuve una sensación física de girar. Aspiré hondo.

-¿Qué hizo usted, don Juan? -pregunté con forzada naturalidad.

En tono confortante, repuso que de eso podía hablarme en cualquier momento, pero que los acontecimientos en torno mío no se repetirían jamás. Yo estaba en completo acuerdo con ello. La actividad que yo presenciaba no podía, obviamente, repetirse en toda su complejidad. Mi argumento fue que en cualquier momento me era posible observar una actividad muy semejante.

En cambio, la implicación de haber sido transportado a través de la distancia, fuera en la forma que fuese, era muy  significativo.

Cuando expuse este parecer, don Juan hizo temblar su cabeza como si lo que oía le resultara doloroso.

Anduvimos un trecho en silencio. Mi cuerpo estaba enfebrecido. Noté que las palmas de mis manos y las plantas de mis pies ardían. El mismo calor insólito parecía también localizarse en mis fosas nasales y mis párpados.

-¿Qué hizo usted, don Juan? -pregunté, implorante.

En vez de responder, me palmeó el pecho y rió. Dijo que los hombres eran criaturas muy frágiles, y se hacían aún más frágiles a través de su vicio de entregarse a todo. En un tono sumamente serio, me exhortó a no sentirme a punto de perecer; a empujarme más allá de mis límites y, simplemente, centrar la atención en el mundo en torno mío.

Seguimos caminando, a un paso muy lento. Mi preocupación era suprema. No me permitía prestar atención a nada. Don Juan se detuvo y pareció deliberar si hablaba o no. Abrió la boca para decir algo, pero aparentemente cambió de idea y echamos a andar de nuevo.

-Lo que pasó es que viniste aquí -dijo de repente, mientras se volvía a mirarme con fijeza.

-¿Cómo ocurrió eso?

Dijo que lo ignoraba; lo único que sabía era que yo mismo había elegido ese lugar.

El nudo ciego se complicaba aún más conforme hablábamos. Yo quería conocer los pasos que él había seguido, y él insistía en que la elección del sitio era la única cosa que podíamos discutir, y como yo no sabía por qué lo elegí, no había esencialmente nada de qué hablar. Criticó, sin enfado, mi obsesión por razonarlo todo, y la llamó una entrega innecesaria. Dijo que actuar sin buscar explicaciones era más sencillo y efectivo, y que yo disipaba mi experiencia hablando y pensando acerca de ella.

Tras unos momentos, declaró que debíamos dejar ese sitio, pues yo lo había echado a perder y me sería cada vez más dañino.

Dejamos el mercado y caminamos hasta la Alameda. Me hallaba exhausto. Me desplomé en un banco y en ese momento se me ocurrió mirar mi reloj, eran las diez y veinte, tuve que realizar un gran esfuerzo para enfocar mi atención. No recordaba la hora exacta en que don Juan y yo nos encontramos. Calculé que habría sido alrededor de las diez. Y no podíamos haber tardado más de diez minutos en caminar del mercado al parque, lo cual dejaba sólo otros diez minutos fuera de cuenta.

Hablé a don Juan de mis cálculos. Sonrió. Tuve la certeza de que la sonrisa ocultaba desdén, aunque nada había en su rostro que traicionara tal sentimiento.

-Usted piensa que soy un idiota sin remedio, ¿no es cierto, don Juan?

-¡Ajá! -exclamó, incorporándose de un salto.

Su reacción fue tan inesperada que yo también salté al mismo tiempo.

-Dime exactamente que es lo que estoy sintiendo -dijo con énfasis.

Yo sentía conocer sus sentimientos. Era como si yo mismo los sintiera. Pero cuando traté de decir lo que sentía, me di cuenta de que no podía hablar de ello. Hablar requería un esfuerzo tremendo.

Don Juan dijo que yo todavía no tenía poder suficiente para verlo a él. Pero ciertamente podía ver lo bastante para encontrar por mí mismo explicaciones adecuadas de lo que estaba sucediendo.

-No te avergüences -dijo-. Dime exactamente lo que ves.

Tuve un pensamiento súbito y extraño, muy similar a los que suelen acudir a mi mente antes de quedarme dormido. Era más que una idea; podría llamársele, con más exactitud, una imagen completa. 

Vi un cuadro que contenta diversos personajes. El que estaba justo enfrente de mí era un hombre sentado tras un marco de ventana. El área más allá del marco era difusa, pero el marco y el hombre resaltaban con la claridad del cristal. El hombre me miraba; tenía la cabeza vuelta ligeramente hacia la izquierda, de manera que la mirada era de reojo. Pude ver que sus ojos se movían para conservarme en foco. Apoyaba en el pretil el codo derecho. Tenía empuñada la mano y contraídos los músculos.

A la izquierda del hombre, había otra imagen en el cuadro. Era un león volador. Es decir, la cabeza y la melena eran de león, pero la parte inferior del cuerpo pertenecía a un perro de aguas de pelambre blanca y rizada.

Iba yo a enfocar en él mi atención, cuando el hombre produjo con los labios un ruido chasqueante y sacó por la ventana la cabeza y el tronco. Todo su cuerpo emergió como si algo lo empujara. Quedó suspendido un momento, agarrando el pretil con las puntas de los dedos mientras oscilaba como péndulo. Después se soltó.

Experimenté en mi propio cuerpo la sensación de caída. No era un desplome, sino un descenso suave, y luego un flotar como acolchado. El hombre carecía de peso. Permaneció estacionario un instante y luego se perdió de vista como si una fuerza incontrolable lo hubiera absorbido a través de una grieta en el cuadro. Un segundo después se hallaba de nuevo en la ventana, mirándome de reojo.

Su antebrazo derecho descansaba en el pretil, sólo que esta vez su mano se agitaba diciéndome adiós.

El comentario de don Juan fue que mi ver era demasiado elaborado.

-Eso no es lo mejor que tienes -dijo-. ¿Quieres que te explique lo que sucedió? Bueno, pues yo quiero que uses tu ver para explicarlo. Ahorita viste, pero viste puras tonterías. Esa clase de información es inútil para un guerrero. Llevaría demasiado tiempo descifrar qué es qué. El ver debe ser directo, porque un guerrero no puede malgastar su tiempo en deshilar lo que él mismo está viendo. Ver es ver porque acaba con todas esas idioteces.

Le pregunté si consideraba que mi visión había sido sólo una alucinación, y no ver en realidad.

Él estaba convencido, a causa de lo intrincado del detalle, de que había sido ver, aunque no se ajustaba a lo deseado para la ocasión, que es encontrar una explicación de lo sucedido.

-¿Piensa usted que mis visiones explican algo? -pregunté.

-Seguro que sí. Pero si yo estuviera en tu lugar no me pondría a deshilvanarlas. Al principio, ver es confuso y es muy fácil perderse allí. Pero, a medida que el guerrero se pone más fuerte, su ver se convierte en lo que debería ser: un conocimiento directo.

Mientras don Juan hablaba, tuve uno de aquellos peculiares lapsos de sentimiento, y claramente percibí que estaba a punto de quitar el velo a algo que ya conocía, una cosa que me eludía convirtiéndose en algo borroso. Tomé conciencia de hallarme enmedio de una lucha. Mientras más intentaba definir o alcanzar aquel esquivo conocimiento, más profundo se hundía.

-Ese ver fue demasiado... demasiado visionario -dijo don Juan.

El sonido de su voz me estremeció.

-Un guerrero hace una pregunta, y a través de su ver obtiene una respuesta, pero la respuesta es sencilla, nunca es adornada hasta el punto de que hay perros de aguas voladores.

Reímos de la imagen. Y, medio en broma, le dije que él era demasiado estricto; cualquiera que atravesara lo que yo había atravesado esa mañana, merecía un poco de tolerancia.

-Eso es irse por lo fácil -dijo-. Es el camino de la entrega. Tú haces girar el mundo sobre el sentimiento de que todo es demasiado para ti. Tú no estás viviendo como guerrero.

Le dije que, habiendo tantas facetas en lo que él llamaba el camino del guerrero, resultaba imposible cumplirlas todas, y que el sentido del concepto sólo se aclaraba cuando encontraba nuevas instancias en las que debía aplicarlo.

-Una regla básica para un guerrero -repuso- es hacer sus decisiones con tanto cuidado que nada de lo que pueda ocurrir como resultado de ellas sea capaz de sorprenderlo y mucho menos de menguar su poder.

Ser un guerrero significa ser humilde y estar en alerta. Hoy día, lo que tenías que haber hecho era observar la escena que se desarrollaba frente a tus ojos, no romperte el seso tratando de razonar cómo era eso posible. Enfocaste tu atención en el sitio que no debías. Si yo quisiera ser bueno contigo, me sería fácil decir que, siendo ésta la primera vez que te ocurrió, no estabas preparado.

Pero eso no se puede permitir, porque viniste aquí como un guerrero, dispuesto a morir; por lo tanto, lo que te ocurrió hoy no debía haberte agarrado con los pantalones en la mano.

Concedí que mi tendencia era la de entregarme al miedo y al desconcierto.

-Digamos que una regla básica para ti debe ser que, cuando vengas a verme, vengas dispuesto a morir -dijo él-. Si vienes dispuesto a morir, no habrá caídas, ni sorpresas desagradables, ni acciones innecesarias. Todo caerá suavemente en su sitio, porque tú no estás esperando nada.

-Eso es fácil de decir, don Juan. Pero yo estoy en la línea de fuego. Yo soy el que tiene que lidiar con todo esto.

-El caso no es el que tengas que vivir con todo esto. Tú eres todo esto. No estás solamente tolerándolo por lo pronto. Tu decisión de unir fuerzas con este maligno mundo de la brujería, debería haber quemado todos esos pesados sentimientos de confusión y debería haberte dado la ligereza necesaria para reclamar todo esto como tu mundo.

Me sentí apenado y triste. Las acciones de don Juan, por más preparado que me hallara, me abrumaban de tal forma que cada vez que entraba en contacto con él no me quedaba otro recurso que el de actuar y sentirme como una persona brusca y  semirracional. Experimenté un brote de ira y no quise seguir escribiendo. En ese momento, deseaba desgarrar mis notas y tirarlas al cubo de la basura. Y lo hubiera hecho de no ser por don Juan, quien rió y detuvo mi brazo.

En tono burlón dijo que mi tonal estaba a punto de caer en sus tonterías habituales. Me recomendó ir a la fuente y echarme agua en el cuello y las orejas.

El agua me tranquilizó. Permanecimos callados largo tiempo.

-Escribe, escribe -me instó don Juan en tono amistoso-. Digamos que tu cuaderno es la única brujería que tienes. Romperlo es otro modo de abrirte a tu muerte. Sería otro de tus berrinches, un berrinche vistoso cuando mucho, pero no un cambio. Un guerrero jamás deja la isla del tonal. La usa.

Señaló en torno con un rápido ademán, y luego tocó mi cuaderno.

-Éste es tu mundo. No puedes renunciar a él. Es inútil enojarse y desilusionarse con uno mismo. Eso simple y llanamente prueba que el tonal de uno está envuelto en una batalla interna; una batalla dentro del propio tonal es una de las luchas más imbéciles que pueden ocurrir. La vida ajustada de un guerrero está diseñada para acabar con esa lucha. Desde el principio te he enseñado a evitar la fatiga y el desgaste. Ahora ya no hay la guerra esa que había dentro de ti, porque el camino del guerrero es armonioso: la armonía entre las acciones y las decisiones, al principio, y luego la armonía entre tonal y nagual.

Durante todo este tiempo en el que llevo conociéndote, he hablado tanto a tu tonal como a tu nagual.

Ésa es la forma de conducir la instrucción.

Al comienzo, uno tiene que hablarle al tonal. El tonal es el que debe ceder el control. Pero hay que hacerlo que lo ceda con alegría. Por ejemplo, tu tonal ha cedido algunos controles sin mucho forcejeo, porque se le hizo claro que, de seguir como estaba, la totalidad de ti estaría muerta hoy en día. En otras palabras, se hace que el tonal abandone cosas innecesarias como el sentirse importante y el entregarse al vicio, las cuales sólo lo hunden en el aburrimiento. Todo el problema es que el tonal se aferra a esas cosas cuando debería dar las gracias por librarse de esa basura.

La tarea es entonces convencer al tonal de que se haga libre y fluido. Eso es lo que un brujo necesita antes que cualquier otra cosa: un tonal fuerte y liberado. Mientras más se fortalece, menos se aferra a sus hechos, y más fácil resulta encogerlo. Así, lo que ocurrió esta mañana fue que encontré la oportunidad de encoger tu tonal. Por un instante, estabas distraído, apurado, sin pensar, y agarré ese momento para empujarte.

El tonal se encoge en determinados momentos, sobre todo cuando se apena. De hecho, una característica del tonal es su timidez. Su timidez no viene realmente al caso. Pero hay ciertas ocasiones en que el tonal es tomado por sorpresa, y su timidez, inevitablemente, lo encoge.

Esta mañana atrapé mi centímetro cúbico de suerte. Noté la puerta abierta de esa oficina y te di un empujón. Un empujón es entonces la técnica para encoger el tonal. Uno tiene que empujar en el instante preciso; para ello, por supuesto, uno debe saber cómo ver.

Una vez que el hombre ha sido empujado y su tonal se encoge, su nagual, si es que ya está en movimiento, por más pequeño que sea este movimiento, toma las riendas y realiza hazañas extraordinarias. Tu nagual tomó las riendas esta mañana y acabaste en el mercado.

Permaneció en silencio unos instantes. Parecía aguardar preguntas. Nos miramos.

-De veras no sé cómo -dijo como si leyera mi mente-. Sólo sé que el nagual es capaz de hazañas inconcebibles.

Esta mañana te pedí observar. Esa escena frente a ti, fuera lo que fuese, tenía un valor incalculable para ti. Pero en vez de seguir mi consejo, te entregaste a lamentar tu suerte y la confusión y no observaste.

Durante un rato fuiste todo nagual y no podías hablar. Ése era el momento de observar. Luego, poco a poco, tu tonal recuperó las riendas; y antes que tirarte a una batalla mortal entre tu tonal y tu nagual, te hice caminar hasta aquí.

-¿Qué había en esa escena, don Juan? ¿Qué era tan importante?

-No lo sé. Eso no me estaba pasando a mí.

-¿Qué quiere usted decir?

-Fue una experiencia tuya, no mía.

-Pero usted estaba conmigo. ¿O no?

-No. Yo no estaba. Tú estabas solo. Te dije repetidas veces que observaras todo, porque esa escena era sólo para ti.

-Pero usted estaba parado junto a mí, don Juan.

-No. No estaba. Pero es inútil hablar de eso. Lo que yo pudiera decir carece de sentido, porque durante esos momentos estábamos en la hora del nagual. Los asuntos del nagual sólo pueden atestiguarse con el cuerpo, no con la razón.

-Si usted no estaba conmigo, don Juan, ¿quién o qué era la persona que yo atestigüé como usted?

-Era yo, y sin embargo yo no estaba allí.

-¿Dónde estaba usted, entonces?

-Estaba contigo, pero no allí. Digamos que andaba contigo, pero no en el sitio particular donde tu nagual te había llevado.

-¿O sea que usted no sabía que estábamos en el mercado?

-No, no lo sabía. Nada más te fui siguiendo para no perderte.

-Esto es verdaderamente espantoso, don Juan.

-Estábamos en la hora del nagual, y eso nada tiene de espantoso. Somos capaces de hacer muchomás que todo eso. Tal es nuestra naturaleza como seres luminosos. Nuestro error es que insistimos en permanecer en nuestra isla, monótona y fastidiosa, pero conveniente. El tonal es el villano y no debería serlo.

Describí lo poco que recordaba. Él quiso saber si me había fijado en algunas características del cielo, como la luz, las nubes, el sol. O si había oído ruidos de cualquier especie. O si había visto personas o sucesos fuera de lo común. Quiso saber si alguien peleaba. O si la gente gritaba, y en ese caso, lo que había dicho.

No pude responder a ninguna de sus preguntas. La verdad era que yo simplemente acepté el hecho según su apariencia, admitiendo como axioma el haber "volado" una distancia considerable en uno o dos segundos para, gracias al conocimiento de don Juan, fuera el que fuese, aterrizar en toda mi corporeidad material dentro del mercado.

Mis reacciones fueron un corolario directo de tal interpretación. Quise saber los procedimientos, lo que sabía cada uno, de "cómo se hace". Por tanto, no me importaba observar lo que, según mi convicción, eran los sucesos cotidianos de un hecho mundano.

-¿Piensa usted que la gente me vio en el mercado? -pregunté.

Don Juan no respondió. Riendo, me golpeó levemente con el puño. Traté de recordar si había tenido algún contacto físico con la gente. La memoria me falló.

-¿Qué cree usted que vio la gente cuando entré en la oficina de la aerolínea?

-Probablemente vieron a un hombre que cruzaba como borracho de una puerta a la otra.

-Pero ¿me vieron desaparecer en el aire?

-De eso se ocupa el nagual. Yo no sé cómo. Todo lo que puedo decirte es que somos seres luminosos y fluidos, hechos de fibras. El acuerdo de que somos objetos sólidos es cosa del tonal.

Cuando el tonal se encoge, son posibles cosas extraordinarias. Pero sólo son extraordinarias para el tonal. Para el nagual, no es nada moverse como tú hiciste esta mañana. Sobre todo para tu nagual, que ya es capaz hacer tretas difíciles. Da por hecho que ya está hundido en algo terriblemente extraño.

¿Puedes sentir lo que es?

Un millón de preguntas y sensaciones me invadieron de pronto. Fue como si una racha de viento hubiera desprendido mi capa de compostura. Me estremecí. Mi cuerpo se sentía al borde de un abismo. Luchaba con algún conocimiento misterioso pero concreto. Era como hallarme a punto de que me mostraran algo, y sin embargo alguna terca parte de mí insistía en cubrirlo con una nube.

La pugna me adormecía gradualmente, hasta que ya no sentía mi propio cuerpo. Tenía la boca abierta y los ojos entrecerrados. Tuve la sensación de que podía ver mi rostro endurecerse más y más, hasta ser el rostro de un cadáver reseco, con la piel amarillenta adherida al cráneo.

Lo siguiente que sentí fue una sacudida. Don Juan estaba de pie a mi lado, con una cubeta vacía en las manos. Me había empapado. Tosí y me enjugué el agua de la cara, y sentí otro escalofrío en la espalda. De un salto abandoné el banco. Don Juan me había echado agua por el cuello.

Un grupo de niños me miraba y reía. Don Juan me sonrió. Recogió mi cuaderno y dijo que sería bueno ir a mi hotel para que yo pudiera cambiarme. Me sacó del parque. Estuvimos un momento parados en la acera antes de que pasara un taxi.

Horas después, tras almorzar y descansar, don Juan y yo tomamos nuevamente asiento en su banco favorito del parque junto a la iglesia. En forma oblicua, llegamos al tema de mi extraña reacción. Él parecía muy cauteloso. No me hizo enfrentar directamente con ello.

-Esas cosas pasan -dijo-. El nagual, una vez que aprende a salir a la superficie puede causar un gran daño al tonal si sale sin ningún control. Pero tu caso es especial. Te entregas de un modo tan exagerado que podrías morir sin que te importara, o peor aun, sin darte siquiera cuenta de que te estás muriendo.

Le dije que mi reacción empezó al preguntarme él si podía sentir lo que mi nagual había hecho. Creía saber exactamente a qué cosa aludía, pero al tratar de describir qué era, me descubrí incapaz de pensar con lucidez. Experimentaba una sensación de ligereza, casi una indiferencia, como si nada me importara en realidad. Luego, tal sensación se convirtió en una concentración mesmerizante.

Era como si todo cuanto había en mí fuera extraído a través de una lenta succión. Lo que atraía y atrapaba mi atención era la clara sensación de que un secreto portentoso estaba a punto de revelárseme, y yo no quería que nada interfiriera con tal revelación.

-Lo que se te iba a revelar era tu muerte -dijo don Juan-. Ese es el riesgo de entregarse. Sobre todo para ti, que de natural eres tan exagerado. Tu tonal es tan dado a darse de por sí a todo que amenaza tu totalidad. Ésa es una terrible forma de ser.

-¿Qué puedo hacer?

-Tu tonal debe convencerse con razones, tu nagual con acciones, hasta que cada uno apuntale al otro. Como te he dicho, el tonal gobierna, pero así y todo es muy vulnerable. El nagual, en cambio, nunca, o casi nunca, actúa; pero cuando lo hace, aterra al tonal.

Esta mañana tu tonal se asustó y empezó a encogerse por sí mismo, y entonces tu nagual empezó a imponerse.

Tuve que pedirle su cubeta a uno de los fotógrafos del parque, para azotar al nagual como a un perro rabioso y volverlo a su sitio. Hay que proteger al tonal a cualquier costo. Hay que quitarle la corona, pero debe permanecer como el supervisor protegido.

Cualquier amenaza para el tonal resulta siempre en su muerte. Y si el tonal muere, muere también la persona. A causa de su debilidad innata, el tonal se destruye con facilidad, y así una de las artes del equilibrio del guerrero es hacer que el nagual emerja para apuntalar al tonal. Digo que es un arte, porque los brujos saben que sólo tirando al tonal para arriba puede emerger el nagual. ¿Ves a qué me refiero? Ese tirón se llama poder personal.

Don Juan se puso en pie, estiró los brazos y arqueó la espalda. Empecé a levantarme yo también, pero lo impidió empujándome con suavidad.

-Tú debes quedarte en esta banca hasta el crepúsculo -dijo-. Yo tengo que irme ahora mismo.

Genaro me espera en las montañas. Ven a su casa dentro de tres días y allí nos encontraremos.

-¿Qué va a hacer usted en casa de don Genaro? -pregunté.

-Depende de que tengas suficiente poder -dijo-, a lo mejor Genaro te enseña el nagual.

Había otra cosa que yo necesitaba expresar en ese momento. Tenía que saber si su traje era un recurso de choque reservado para mí, o. parte normal de su vida. Ninguno de sus actos había causado nunca en mí tal desconcierto como el que se vistiera de traje. No era sólo el acto mismo el que me impresionaba tanto, sino el hecho de que don Juan era elegante. Sus piernas poseían una agilidad juvenil. Parecería que el usar zapatos hubiera alterado su punto de equilibrio; sus pasos eran más largos y firmes que de costumbre.

-¿Usa usted traje todo el tiempo? -pregunté.

-Sí -repuso con una sonrisa encantadora-. Tengo otros, pero no quise ponerme hoy un traje distinto, porque eso te habría asustado más todavía.

No supe qué pensar. Sentí haber llegado al final de mi camino. Si don Juan usaba traje y se veía elegante, todo era posible.

Él rió; parecía disfrutar mi confusión.

-Soy un inversor -dijo en tono misterioso, pero sin afección alguna, y se alejó.

A la mañana siguiente, jueves, pedí a un amigo acompañarme a caminar desde la puerta de la oficina donde don Juan me empujó, hasta el mercado de la Lagunilla. Tomamos la ruta más directa.

Tardamos treinta y cinco minutos. Una vez que llegamos, traté de orientarme. Fracasé. Entré en una tienda de ropa, en la esquina de la ancha avenida donde nos hallábamos.

-Disculpe usted -dije a una joven que limpiaba gentilmente un sombrero con un sacudidor- ¿Dónde están los puestos de monedas y libros usados?

-No tenemos de eso -repuso con mal humor.

-Pero yo los vi ayer, por aquí en este mercado.

-No me diga -contestó yendo tras el mostrador.

Corrí tras ella y le supliqué decirme dónde estaban los puestos. Me miró de arriba a abajo.

-No pudo usted haberlos visto ayer -dijo-. Esos puestos se arman nada más los domingos, aquí mismo junto a esta pared. No los tenemos entre semana.

-¿Nada más los domingos? -repetí maquinalmente.

-Sí. Nada más los domingos. Así es la cosa. Entre semana, estorbarían el tráfico señalando la ancha avenida llena de vehículos.