AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

miércoles, 29 de octubre de 2025

[9] EL PUNTO DE RUPTURA. Carlos está obligado a tomar una decisión definitiva





1. EL SILENCIO INTERNO Y SU META: LA DETENCIÓN DEL MUNDO

Don Juan definió el silencio interno como un estado peculiar de ser en que los pensamientos se cancelan y uno puede funcionar a un nivel distinto al de la conciencia cotidiana. 

Hizo hincapié en que el silencio interno consistía en suspender el diálogo interno -el compañero perenne del pensamiento- y debido a eso, era un estado de profunda quietud. 

-Los antiguos chamanes -dijo don Juan- le llamaron silencio interno porque es un estado en el cual la percepción no depende de los sentidos. Lo que funciona durante el silencio interno es otra facultad que posee el hombre, una facultad que hace de él un ser mágico, la misma facultad que ha sido restringida, no por el hombre mismo, sino por una influencia extranjera. 

-¿Cuál es esa influencia extranjera que restringe la facultad mágica del hombre? -pregunté. -Ése es tema para una próxima explicación -contestó don Juan-, no el tema de discusión actual, aunque es, indudablemente, el aspecto más serio de la brujería de los chamanes del México antiguo

El silencio interno -continuó- es la postura de donde proviene todo en el chamanismo. En otras palabras, todo lo que hacemos conduce a esa postura, que como todo lo demás en el mundo de los chamanes no se revela hasta que algo gigantesco nos sacude. 

Don Juan dijo que los chamanes del México antiguo concibieron interminables modos de sacudirse a ellos mismos, o a otros practicantes del chamanismo, hasta los cimientos para llegar a ese estado codiciado del silencio interno. 

Consideraban los actos más estrafalarios, que parecen estar de lo más aislados de la búsqueda del silencio interno, como el saltar a una caída de agua, o pasar la noche colgado cabeza abajo de una rama de un árbol, como factores claves que lo hacían aparecer.  

Siguiendo los racionalismos de los chamanes del México antiguo, don Juan declaró categóricamente que el silencio interno se amontonaba, se acumulaba. 

En mi caso, luchaba para guiarme a construir un núcleo de silencio interno dentro de mí, y luego añadir a él, segundo a segundo, cada vez que lo practicara. Me explicó que los chamanes del México antiguo descubrieron que cada individuo tenía un umbral diferente de silencio interno en cuanto a tiempo, es decir, que el silencio interno debe ser mantenido por cada uno de nosotros durante el período de tiempo de nuestro umbral específico antes de que funcione. 

-¿Qué consideraban los chamanes, como la señal de que el silencio interno estaba funcionando, don Juan? -pregunté. 

-El silencio interno funciona desde el momento en que empiezas a acumularlo -contestó-. 

Los chamanes andaban detrás del dramático resultado final, el de alcanzar ese umbral individual de silencio. Algunos practicantes muy talentosos necesitan sólo unos cuantos minutos de silencio para llegar a esa codiciada meta. Otros, menos talentosos, necesitan largos períodos de silencio, quizás más de una hora de quietud completa, antes de llegar al resultado tan deseado. El resultado deseado es lo que los antiguos chamanes llamaban detener el mundo, el momento en que todo lo que nos rodea cesa de ser lo que siempre ha sido. 

Ése es el momento en que los chamanes regresan a la verdadera naturaleza del hombre -siguió don Juan-. 

- Los antiguos chamanes también le llamaban libertad total. Es el momento en que el hombre esclavo se convierte en el hombre, el ser libre, capaz de proezas de percepción que son un desafío a nuestra imaginación lineal. 

Don Juan me aseguró que el silencio interno es una avenida que conduce a la verdadera suspensión del juicio, a un momento en que los datos sensoriales que emanan del universo dejan de ser interpretados por los sentidos; el momento en que la cognición deja de ser la fuerza que, a través de uso y repetición, decide la naturaleza del mundo. 

-Los chamanes necesitan un punto de ruptura para que el funcionamiento del silencio interno empiece -dijo don Juan-. El punto de ruptura es como el mortero que mete el albañil entre los ladrillos. Es sólo cuando se endurece el mortero que los ladrillos sueltos se vuelven una estructura. 

1. COMENTARIO A EL SILENCIO INTERNO Y SU META: LA DETENCIÓN DEL MUNDO

El silencio interno es la detención del diálogo interno. El diálogo interno es producido por la mente del foráneo que nosotros, engañados, consideramos que es nuestra mente.

El silencio interno es acumulativo. Es decir, un día, alcanzamos 5 segundos de silencio interno, pero al día siguiente aumentamos nuestro alcance, pues llegar a los primeros cinco segundos se realiza fácilmente.

Cuanto más silencio interno pueda ser acumulado, mayores capacidades y poderes se iran obteniendo (percepción extrasensorial "ver", ensoñar, acechar, acceder a la noosfera, adquirir capacidad demiúrgica, viajar a otras dimensiones, convertirse en otros seres, vencer la enfermedad y la muerte, ser libre, etc.).

La acumulación de silencio interno alcanza a llegar a un umbral, cada persona tiene su propio umbral y trascendido este, el mundo se detiene, es decir, cuanto percibimos, desaparece, se pulveriza, comenzamos a percibir la energía del universo tal y como fluye realmente y no un universo formado de objetos.

Lo que percibimos más allá de la percepción ordinaria, "ver", sigue siendo una descripción del mundo habitual en el que vivimos pero observado de una manera fehacientemente realista, con acceso de informaciones, sentimientos, recuerdos, memoria y otros estados que hacen que nuestra percepción sea una experiencia completa y totalizadora.

Cuando alcances a parar el mundo:

1. No te asustes, relájate, nada te va a pasar (salvo que te hayas colocado entre las vías de un tren)

2. No enjuicies ni formules pensamiento alguno, no trates de describir nada, pues lo que se te presenta es inestable, es onírico, es muy cambiante y equivalente a contar estrellas en un cielo completamente oscuro, donde continuamente te pierdes en la miriada, así, la energía son como emanaciones en bandas de muchos colores, que se mueven, que cambian, que se distorsionan, cada emanación es un ente de consciencia y todo lo que se desarrolla ante tu visión sin ojos es consciencia y más consciencia, esto podría implicar que una persona ciega pueda acceder a esta percepción.

3. Evita pestañear o moverte, guíate por tu respiración, lenta y profunda.
4. No enfoques, no prestes atención, no dirijas tu atención.

El punto de ruptura es el momento en que se pasa desde un estado de consciencia habitual a un estado de consciencia especial cuando se percibe a través de las fibras energéticas del cuerpo y no a través de ojos, oido y todo lo demás.


2. DON JUAN LE EXPONE A CARLOS QUE HAY DOS CAMINOS Y DEBE DE DECIDIR AHORA ANTES DE SEGUIR CON ÉL

Desde el principio de nuestra asociación, don Juan me había inculcado el valor y la necesidad de acumular el silencio interno segundo a segundo. Yo no tenía los medios para medir el efecto de esta acumulación, ni tampoco tenía ningún medio de juzgar si había llegado a algún umbral. Aspiraba obstinadamente a acumularlo, no simplemente para complacer a don Juan, sino porque el acto de acumularlo se había convertido en sí en un desafío. 

Un día, don Juan y yo nos estábamos paseando en la plaza mayor de Hermosillo. Era temprano por la tarde de un día nublado. Hacía un calor seco y cómodo. Había mucha gente. Había tiendas alrededor de la plaza. A pesar de las muchísimas veces que había estado en Hermosillo, nunca me había fijado en aquellas tiendas. Sabía que estaban allí, pero su presencia no era algo de lo cual estaba consciente. No hubiera podido hacer un plano de esa plaza aunque de ello dependiera mi vida. 

Ese día, al pasear con don Juan, traté de identificar y localizar las tiendas. Buscaba algo que podría utilizar como medio mnemónico que suscitara luego mi recuerdo. 

-Como te he dicho anteriormente y repetidas veces -dijo don Juan sacudiéndome de mi concentración-, cada chamán que conozco, hombre o mujer, en un momento u otro llega al punto de ruptura de su vida. 

-¿Quiere usted decir que sufren algo así como una crisis mental? -pregunté. 

-No, no -dijo, riéndose-. Las crisis mentales son para aquellas personas que se entregan a sí mismas. Los chamanes no son personas. Lo que quiero decir es que, en un momento dado, la continuidad de sus vidas tiene que romperse para que se establezca el silencio interno y se haga una parte activa de sus estructuras. 

Es muy, muy, importante -siguió don Juan-, que tú mismo deliberadamente llegues a ese punto de ruptura, o que lo crees, artificiosamente, inteligentemente. 

-¿Qué quiere decir con eso, don Juan? -le pregunté, atrapado por su intrigante razonamiento. 

-Tu punto de ruptura -dijo-, es descontinuar tu vida tal como la conoces. Has hecho todo lo que te he dicho, acertada y obedientemente. Si tienes talento, nunca lo demuestras. Ése parece ser tu estilo. No eres lento, pero te comportas como si lo fueras. Estás muy seguro de ti mismo, pero te comportas como si fueras inseguro. No eres tímido y sin embargo, te comportas como si le tuvieras miedo a la gente. 

Todo apunta a un solo lugar: tu necesidad de romper con todo eso, despiadadamente. 

-Pero, ¿cómo, don Juan? ¿Qué propone usted? -pregunté genuinamente frenético. 
-Creo que todo se reduce a un acto -dijo-. Tienes que dejar a tus amigos. Tienes que despedirte de ellos para siempre. No es posible que continúes en el camino del guerrero, cargando contigo tu historia personal, y a menos que descontinúes tu manera de vida, no voy a poder seguir con mi instrucción. 

- Un momento, un momento, un momento, don Juan -dije-. Tengo que frenarlo. Me pide usted que haga algo demasiado difícil. Para serle muy sincero, no creo que pueda hacerlo. Mis amigos son mi familia, mis puntos de referencia. 

-Precisamente, precisamente -comentó-. Son tus puntos de referencia. Por consecuencia, tienen que irse. 

Los chamanes tienen un solo punto de referencia; el infinito

-¿Pero cómo quiere que proceda, don Juan? -pregunté en voz plañidera. Su petición me estaba volviendo loco. -Simplemente tienes que marcharte-dijo, como si nada-. Márchate de la manera que puedas. 


2. COMENTARIO A: DON JUAN LE EXPONE A CARLOS QUE HAY DOS CAMINOS Y DEBE DE DECIDIR AHORA ANTES DE SEGUIR CON ÉL

Carlos Castaneda es un hombre muy sociable y su vida en LA gira en torno a la universidad, son años de salidas con amigos y de formar parte de un grupo, a los que considera su familia.

Don Juan expone a Carlos una situación donde la vida se bifurca y tiene que tomar una decisión, un camino lo aleja del conocimiento y el otro camino lo lleva hacia su consolidación como nagual. Don Juan le pide que abandone su círculo de amigos y se aísle socialmente.

En el camino social, uno va a cuestas con su historia personal. La historia personal es un principio identitario, es una construcción en torno al ego que impide alcanzar la plenitud como ser energético y que es del todo conveniente abandonar y hacerlo desaparecer.

Si la recapitulación disuelve esos recuerdos mediante las trazas energéticas que las interacciones han dejado en nosotros y recuperamos esas energías donadas hacia otros en el pasado, el principio es la desconexión, dejar a un lado ese tipo de interacciones para vivir un camino solitario, pues el guerrero-viajero tiene como anclaje, el infinito.

3. APREMIADO POR EL INFINITO

-Pero, ¿adónde me voy? -pregunté. 

-Mi recomendación es que alquiles una habitación en uno de esos hoteles baratos que conoces -dijo-. Cuanto más feo el lugar, mejor. Si tiene alfombras pardas verduscas con cortinas del mismo color, y paredes de un verde pardo tanto mejor: un hotel comparable al que te mostré aquella vez en Los Ángeles. 

Me reí nerviosamente al recordar la vez que iba en coche con don Juan por el barrio industrial de Los Ángeles, donde sólo había bodegas y hoteles desvencijados para transeúntes. Uno sobre todo atrajo la atención de don Juan por su nombre rimbombante, «Eduardo Séptimo». 

Nos detuvimos en frente para verlo un momento. 

-Ese hotel -dijo don Juan, señalándolo con el dedo-, es para mí la verdadera representación de la vida en esta tierra para la persona común y corriente. Si tienes suerte o eres despiadado, conseguirás un cuarto con vista a la calle, donde podrás ver este desfile interminable de la miseria humana. Si no tienes tanta suerte o no eres tan despiadado, tendrás un cuarto adentro, con ventanas que dan a la muralla del edificio contiguo. Piensa en pasar toda una vida entre esas dos vistas, envidiando la vista a la calle si estás adentro, y envidiando la vista a la muralla si estás afuera, cansado de mirar la calle. 

La metáfora de don Juan me molestó terriblemente, porque la comprendía perfectamente. Ahora, enfrentando la posibilidad de tener que alquilar un cuarto en un hotel comparable al «Eduardo Séptimo», no sabía qué decir o por dónde continuar. -

¿Qué quiere que haga allí, don Juan?-pregunté. 
-Un chamán utiliza un lugar de ésos para morir -me dijo, mirándome sin pestañear. 

Nunca has estado solo en tu vida. Éste es el momento de hacerlo. Te quedarás en ese cuarto hasta que te mueras. Su petición me asustó, pero a la vez me hizo reír. 

-No es que lo vaya a hacer, don Juan -dijo-, pero ¿cuál sería el criterio para saber que estoy muerto (a menos que quiera que me muera físicamente)? 

-No -dijo-, no quiero que tu cuerpo muera físicamente. Quiero que muera tu persona. Son dos asuntos muy distintos. En esencia, tu persona tiene muy poco que ver con tu cuerpo. 

Tu persona es tu mente, y créeme, tu mente no es tuya. 

-¿Qué tontería es esta, don Juan, de que mi mente no es mía? -oí que decía con un gangueo nervioso en la voz. 

-Algún día te lo diré -dijo-, pero no mientras estés protegido por tus amigos. 

-El criterio que indica que un chamán ha muerto -siguió- es cuando no le importa si tiene compañía o si está solo. El día que ya no busques la compañía de tus amigos que usas como escudo, ése es el día en que tu persona ha muerto. ¿Qué dices? ¿Juegas o no juegas? 

-No puedo hacerlo, don Juan -dije-. Es inútil que le mienta. No puedo dejar a mis amigos. 

-Está bien, no te preocupes -dijo sin perturbarse. Mi declaración parecía no haberle afectado en lo mínimo-. Ya no podré hablarte, pero no podemos negar que durante nuestro tiempo juntos has aprendido muchísimo. Has aprendido cosas que te van a fortalecer, no importa si regresas o si te vas para siempre. Me dio una palmadita en la espalda y se despidió. 

Dio la vuelta y simplemente desapareció entre la gente de la plaza como si se hubiera convertido en uno con ellos. Por un instante tuve la extraña sensación de que la gente de la plaza era como un telón que él había abierto para desaparecer detrás. El final había llegado como todo lo demás en el mundo de don Juan: imprevisible y velozmente. 

De pronto estaba sobre mí, yo estaba en medio de él, y ni siquiera sabía cómo había llegado allí. Debería haber estado deshecho. Pero no. No sé por qué, pero estaba feliz. 

Me maravillé de la facilidad con que todo había terminado. Don Juan era en verdad un ser elegante. No hubo enojos ni reproches ni nada por el estilo. Me subí a mi coche y conduje, más alegre que unas pascuas. Estaba exuberante. Qué extraordinario que todo terminó tan velozmente, pensé, sin angustias. 

Mi viaje de regreso fue sin novedad. En Los Ángeles, ya en mi ambiente familiar, me fijé en que había derivado una enorme cantidad de energía de mi último encuentro con don Juan. Estaba muy contento, muy relajado, y retomé lo que consideraba mi vida normal con mayor ánimo. 

Todas mis tribulaciones con mis amigos y mis comprensiones acerca de ellos, todo lo que le había dicho a don Juan con referencia a esto, había sido olvidado por completo. Era como si algo hubiera borrado todo eso de mi mente. 

Me maravillé unas cuantas veces de la facilidad con que había olvidado algo tan significativo, y de haberlo olvidado tan completamente. Todo era como se esperaba. 

Había un sola inconsistencia en lo que era por lo demás un ordenado paradigma de mi nueva vieja vida: recordaba claramente que don Juan me había dicho que mi partida del mundo de los chamanes era puramente académica y que regresaría. 

Había recordado y había escrito cada palabra de ese intercambio. Según mi razonamiento y memoria lineal normal, don Juan nunca había hecho esa declaración. ¿Cómo era posible que recordara algo que nunca había sucedido? Cavilé inútilmente. 

Mi seudo-recuerdo era lo suficientemente extraño como para moverme a hacer algo, pero luego decidí que no tenía caso. En lo que a mí concernía, estaba fuera del ambiente de don Juan. Siguiendo las sugerencias de don Juan en relación a mi comportamiento con aquellos que me habían hecho favores, había llegado a una decisión de proporciones gigantescas para mí: la de honrar y dar gracias a mis amigos antes de que fuera demasiado tarde. 

Un caso era el de mi amigo Rodrigo Cummings. Un acontecimiento con mi amigo Rodrigo, sin embargo, tumbó mi nuevo paradigma, conduciéndolo a su destrucción total.

Mi actitud hacia él sufrió un cambio radical al vencer mi competitividad con él. Encontré que era lo más fácil del mundo proyectarme cien por ciento en lo que hiciera Rodrigo. De hecho, yo era exactamente como él, pero no lo supe hasta que dejé de hacerle competencia. 

Fue cuando surgió la verdad con una intensidad horrenda. Uno de los mayores deseos de Rodrigo era terminar la carrera universitaria. Cada semestre, se inscribía y tomaba cuantos cursos podía. Luego, al progresar el semestre los iba dejando. A veces dejaba por completo la universidad. En otras ocasiones, seguía en un solo curso de tres unidades hasta el final. 

Durante su último semestre, se mantuvo en un curso de sociología porque le gustaba. Se acercaba el examen final. Me dijo que tenía tres semanas para estudiar, para leer el texto del curso. Pensaba que era una cantidad de tiempo exorbitante para leer solamente seiscientas páginas. Se consideraba un lector veloz, con un alto nivel de retención; a su parecer, tenía una memoria fotográfica de casi cien por ciento. Pensaba que tenía muchísimo tiempo antes del examen, así es que me pidió que le ayudara a arreglar su coche que usaba para su trabajo de entregar periódicos. 

Quería quitarle la puerta de la derecha para poder tirar el periódico directamente sin hacer la maniobra de tirarlo sobre el techo desde la ventanilla izquierda. Le hice notar que era zurdo, y me respondió que entre sus muchas dotes, de las cuales sus amigos no se daban cuenta, estaba la de ser ambidiestro. 

Tenía razón; nunca lo había yo notado. Después de que lo ayudé a quitar la puerta, decidió quitarle el forro al techo, ya que estaba muy roto. Dijo que su coche estaba en óptimas condiciones mecánicas y que lo llevaría a Tijuana, México (que como buen Angelino de aquel tiempo llamaba TJ), para que le volvieran a poner el forro por unos cuantos pesos. 

-Podríamos disfrutar un buen viaje -dijo con gusto. Hasta eligió los amigos que iban a acompañarlo-. En TJ, ya sé que vas a andar buscando libros de segunda porque eres un culo. Los demás vamos a ir a un burdel. Conozco unos cuantos. Nos tomó una semana para quitar el forro y lijar la superficie de metal para prepararla para el nuevo forro. 

A Rodrigo le quedaban dos semanas más para estudiar, y todavía lo consideraba demasiado tiempo. Me involucró en ayudarle a pintar su apartamento y barnizar los pisos. Nos tomó más de una semana para pintarlo y lijar los pisos de madera. No quería cubrir el papel tapiz con pintura en una habitación. Tuvimos que alquilar una máquina de vapor para quitar el papel tapiz. Claro que ni Rodrigo ni yo sabíamos cómo usar la máquina, así es que terminamos haciendo una macana de trabajo. 

Terminamos usando Topping, una mezcla finísima de yeso y otros materiales que le dan una superficie plana a una pared. Después de todas estas faenas, Rodrigo tenía solamente dos días para empollar seiscientas páginas en su cabeza. Se metió en un maratón de lectura de día y noche, con la ayuda de anfetaminas. 

Rodrigo sí fue a la universidad el día del examen y sí se sentó en su pupitre y sí recibió la hoja para el examen de respuestas múltiples. Lo que no hizo fue mantenerse despierto para tomar el examen. Su cuerpo cayó hacia delante y se dio contra la tapa del pupitre con la cabeza, con un fuerte golpe. 

Se tuvo que suspender el examen durante un rato. El maestro de sociología se puso histérico como también los alumnos que rodeaban a Rodrigo. Tenía el cuerpo tieso y helado. La clase entera sospechaba lo peor; creían que se había muerto de un ataque cardíaco. Vinieron los paramédicos a llevárselo. 

Después de un examen preliminar, declararon que Rodrigo estaba profundamente dormido y se lo llevaron al hospital para que se le pasaran los efectos de las anfetaminas. 

Mi proyección dentro de Rodrigo Cummings fue tan total que me espantó. Yo era exactamente igual. La semejanza se volvió insostenible para mí. En un acto que yo consideré como total, nihilista y suicida, me alquilé un cuarto en un hotel desvencijado en Hollywood. 

Las alfombras era verdes y tenían horrendas quemaduras de cigarros que evidentemente se habían apagado antes de volverse incendios. Tenía cortinas verdes y pardas paredes verdes. La luz intermitente del anuncio del hotel brillaba toda la noche por la ventana. Terminé haciendo exactamente lo que me había pedido don Juan, pero de manera indirecta. 

No lo hice por cumplir con los requisitos de don Juan o con la intención de hacer las paces. Sí me quedé en ese cuarto de hotel durante meses, hasta que mi persona, como don Juan me había propuesto, murió, hasta que no me importaba si estaba solo o acompañado. 

Después de dejar el hotel me fui a vivir solo, más cerca a la universidad. Continué con mis estudios antropológicos, los que nunca había interrumpido, y empecé un negocio muy provechoso con una socia. Todo estaba en orden hasta un día cuando me llegó la realización de que iba a pasar el resto de mi vida preocupado por mi negocio, o preocupado por la fantasmagórica opción entre ser académico o negociante, o preocupado por las excentricidades y andanzas de mi socia; y esa realización fue como una patada a la cabeza.

Una verdadera desesperación atravesó las profundidades de mi ser. Por primera vez en mi vida, a pesar de lo que había hecho y visto, no tenía salida. Estaba totalmente perdido. Empecé seriamente a jugar con la idea de buscar la forma menos dolorosa y más pragmática para acabar conmigo mismo. 

Una mañana, unos golpes fuertes e insistentes a la puerta me despertaron. Creí que era la propietaria, y estaba seguro de que si no contestaba entraría con la llave maestra. Abrí la puerta y ¡allí estaba don Juan! 

Me sorprendí tanto que me quedé yerto. Tartamudeé, balbuceé sin poder decir palabra. Quería besarle la mano, ponerme de rodillas delante de él. Don Juan entró y se sentó con gran soltura a la orilla de mi cama. 

-Hice el viaje a Los Ángeles -dijo- sólo para verte. 

Quise llevarlo a desayunar, pero me dijo que tenía otras cosas que atender y que tenía no más que un minuto para hablar conmigo. Rápidamente le conté de mi experiencia en el hotel. Su presencia me había creado tal estado de caos que ni me dio por preguntarle cómo había dado con mi lugar. 

Le dije a don Juan cuán intensamente había lamentado lo que le había dicho en Hermosillo. 

-No tienes que disculparte -me aseguró-. Cada uno de nosotros hacemos lo mismo. Una vez, salí corriendo del mundo de los chamanes y llegué al punto de morirme antes de darme cuenta de mi estupidez. 

Lo importante es llegar al punto de ruptura, de la manera que sea, y es exactamente lo que has hecho. El silencio interno se está volviendo real para ti. Es por esa razón que estoy aquí delante de ti hablándote. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo? 

Creí que comprendía lo que quería decirme. Pensé que él había intuido o leído, como leía cosas en el aire, que estaba yo en las últimas y que había venido a rescatarme. 

-No tienes tiempo que perder -me dijo-. Tienes que disolver tu negocio dentro de una hora, porque una hora es todo lo que puedo esperar; no porque no quiera esperar, sino porque el infinito me está apremiando despiadadamente. 

Digamos que el infinito te da una hora para que te canceles a ti mismo. Para el infinito, la única empresa que vale para el guerrero es la libertad. Cualquier otra empresa es fraudulenta. ¿Puedes disolver todo en una hora? 

No tenía que asegurarle que lo haría. Sabía que tenía que hacerlo. Don Juan me dijo entonces, que una vez que hubiera logrado disolver todo, iba a esperarme en un mercado en un pueblo de México. 

En mi esfuerzo por pensar en la disolución de mi negocio, pasé por alto lo que me estaba diciendo. Lo repitió, y claro, pensé que estaba bromeando. 

-¿Cómo puedo llegar a ese pueblo, don Juan? ¿Quiere que vaya en coche, que tome un avión? -le pregunté. 

-Disuelve primero tu negocio -ordenó-. Entonces vendrá la solución. Pero recuerda, te espero sólo una hora. 

Salió del apartamento, y apasionada y febrilmente, emprendí la disolución de todo lo que tenía. Desde luego, me tomó más de una hora, pero no me detuve para considerar esto, porque una vez que había puesto a andar la disolución del negocio, el envión me llevó.

Fue sólo al terminar que me enfrenté con el verdadero dilema. Supe entonces que había fracasado. Me quedaba sin negocio y sin posibilidad de llegar a don Juan. 

Me fui a la cama y busqué el único consuelo en que podía pensar: la quietud, el silencio. Para facilitar el advenimiento del silencio interno, don Juan me había enseñado una manera de sentarme en la cama, con las rodillas dobladas y las suelas de los pies tocándose, las manos sobre los tobillos, empujando para tener juntos los pies. 

Me había regalado un palo grueso y redondo, que siempre tenía a la mano no importaba dónde fuera. Era de unos cuarenta y tres centímetros de largo para soportar el peso de mi cabeza al inclinarme sobre él y poner el palo en el suelo entre mis pies y el otro extremo, que estaba acolchonado, en medio de mi frente. 

Cada vez que adoptaba esta postura, me dormía profundamente en unos instantes. Debí haberme dormido con mi acostumbrada facilidad, porque soñé que estaba en el pueblo mexicano donde don Juan me había dicho que iba a encontrarme. Siempre me había intrigado ese pueblo. Había mercado una vez por semana y los agricultores que vivían en esa región traían sus productos para venderlos. Lo que me fascinaba más de ese pueblo era el camino pavimentado que conducía a él, que pasaba por una colina empinada a la misma entrada del pueblo. 

Muchas veces me había sentado en una banca junto a un puesto de quesos y había mirado hacia esa colina. Veía a la gente que llegaba al pueblo con sus burros y sus cargas, pero veía primero sus cabezas; al ir acercándose, veía más de sus cuerpos hasta el momento cuando estaban en la cima de la colina y les veía de cuerpo entero. 

Siempre me parecía que emergían de la tierra, lentamente o muy rápidamente, según su velocidad. En mi sueño, don Juan me esperaba junto al puesto de quesos. Me acerqué. 

-Lo lograste desde tu silencio interior -dijo, dándome una palmadita-. 

Pudiste llegar a tu punto de ruptura. Por un momento, empecé a perder esperanza. Pero me quedé, sabiendo que ibas a llegar. 

En ese sueño, fuimos a dar un paseo. Estaba más feliz de lo que jamás había estado. El sueño era tan vivo, tan terriblemente real que me dejó sin ninguna duda de que había resuelto el problema, aunque el resolverlo había sido un sueño-fantasía. 

Don Juan se rió, moviendo la cabeza. Definitivamente me había leído el pensamiento. -No estás en un simple sueño -dijo-, pero ¿quién soy yo para decírtelo? Tú lo sabrás algún día, que no hay sueños desde el silencio interno, porque elegirás saberlo. 

3. COMENTARIO A: APREMIADO POR EL INFINITO

Por delante quedaba tomar una decisión definitiva, permanecer en mi ciudad natal, Málaga, donde vive mi familia o marcharme hacia Granada a vivir mis últimos años. Era el mes de junio de 2018 y los propietarios de la vivienda donde yo vivía de alquiler me dieron un ultimátum, tenía que dejar la casa. Pensé, que podría marcharme pasado el verano para disfrutar de la temporada de playa antes de irme hacia la montaña, pero no pudo ser, se empecinaron bien y me vi obligado a marchar, fue algo duro, dejar atrás a mis hijos, mi ciudad para irme a vivir a un pueblo donde llevo 8 años viviendo y no le he encontrado aliciente alguno.

Así actúa el infinito, él mismo te acaba condicionando sin pedirlo, Castaneda recibe un comando de don Juan y él no puede negarse, porque nada hay en su vida que valga la pena vivir salvo el camino del guerrero y su recompensa: la libertad total.

Entrar en contacto con el silencio interior es contactar con el infinito y formar parte de él.

 

martes, 28 de octubre de 2025

[14] VIAJES POR EL OSCURO MAR DE LA CONCIENCIA. Los usos del arte de ensoñar y el arte de acechar

 


1. RECAPITULACIÓN Y ACUMULACIÓN DEL SILENCIO INTERNO

-Ya podemos hablar más claramente acerca del silencio interno -dijo don Juan. 

Su declaración era tan incongruente que me sorprendió. Me había estado hablando toda la tarde de las vicisitudes que sufrieron los indios yaqui tras las guerras yaqui de los años veinte, cuando el gobierno mexicano los deportó de sus tierras natales del estado de Sonora en el norte de México, y los puso a trabajar en los plantíos de caña de azúcar en el centro y sur de México. 

El gobierno mexicano había tenido problemas con las guerras endémicas de los yaquis durante años. Don Juan me contó asombrosas historias conmovedoras de los yaqui sobre intriga política, traición, hambre y miseria humana. 

Tuve la sensación de que don Juan me estaba preparando un truco, porque bien sabía que esas historias eran de mi gusto y placer. En aquel tiempo, tenía un profundo sentido de compasión por el mundo, por la justicia social y la igualdad. 

-Las circunstancias que te rodean han hecho posible que tengas más energía -prosiguió-. Has empezado la recapitulación de tu vida; has visto a tus amigos, por primera vez, como si estuvieran expuestos en una vitrina; llegaste al punto de romper con todo, solo, impulsado por tus propias necesidades; cancelaste tu negocio; y sobre todo, has acumulado bastante silencio interno. 

Todo esto hace posible que hagas un viaje por el oscuro mar de la conciencia. 

-El encuentro que tuvimos en aquel pueblo que seleccionamos fue tal viaje -continuó-. Sé que una pregunta crucial casi salió a la superficie, y por un instante, dudaste que de veras había ido yo a tu casa. Mi visita no fue para ti un sueño. Yo era real, de carne y hueso, ¿no? 

-Tan real como se puede ser -le dije. Me había olvidado casi por completo de aquellos sucesos, pero recordaba que me pareció extraño que hubiera encontrado mi apartamento. 

Sin embargo, lo había pasado por alto al simplemente deducir que le había pedido a alguien mi nueva dirección, aunque si me lo hubieran preguntado no hubiera podido dar con nadie que supiera dónde yo vivía. 

-Vamos a aclarar esto -continuó-. Bajo mis condiciones, que son las condiciones de los chamanes del México antiguo, yo era tan real como es posible serlo, y en tal estado, fui a tu casa desde mi silencio interno para hablarte acerca del requisito del infinito y para advertirte que estaba a punto de acabarse tu tiempo. Y tú a tu vez, desde tu silencio interno, verdaderamente fuiste a ese pueblo de nuestra elección para decirme que habías logrado cumplir con el requisito del infinito. 

«Bajo tus condiciones, que son las condiciones del hombre común, era un sueño-fantasía en ambos casos. Experimentaste un sueño-fantasía que había llegado a tu casa sin saber la dirección, y luego tuviste un sueño-fantasía que fuiste a verme. A lo que da a mí, como chamán, lo que tú consideras ser tu sueño-fantasía de encontrarme en ese pueblo fue tan real como lo es que los dos conversamos aquí y ahora. 

1. COMENTARIO A RECAPITULACIÓN Y ACUMULACIÓN DEL SILENCIO INTERNO

El silencio interno se adquiere mediante un ejercicio de meditación profunda en la que estamos disolviendo uno a uno, los pensamientos que de manera espontánea van surgiendo, creando un diálogo interior.

En otras partes de la obra de Castaneda, el diálogo interior, es el diálogo del foráneo. Lo que nosotros creemos que son nuestros pensamientos, son los pensamientos e interrupciones de un parloteo sin límites que nos presenta la consciencia depredadora que tenemos,ya que la mente que tenemos no es nuestra verdadera mente, sino una mente implantada y obligatoria por parte del foráneo, es por ello, que si estamos ensimismados en ese diálogo infinito, nunca podemos salir de esta cárcel, por lo tanto, tómate tu tiempo, relájate y comienza a respirar profundamente, ten un cronómetro cercano y lo conectas cuando comiences. 

La primera vez es la más dura de todas, a lo mejor llegas a conseguir 5 segundos escasos de silencio interno, al día siguiente, los 5 segundos conseguidos anteriormente quedaron consolidados y entonces, el silencio interno se prolonga, de esta manera, con mucha paciencia y voluntad, vamos creando un espacio para nuestro silencio interno.

El silencio interno, desde un punto de vista energético, nos permite conservar la energía para poder luego usarla en otros ejercicios como el «ensoñar».

Don Juan propone realizar «un primer viaje por el oscuro mar de la conciencia», desde un punto de vista energético, todos tenemos un lugar especial, un punto más luminoso y destacable en el área trasera del omoplato izquierdo, a nivel de la superficie del aura (o huevo que nos envuelve). Habitualmente, ese punto, llamado punto de encaje (yo lo llamé en su día «polo» cuando aún no había leído nada sobre Castaneda), habitualmente está siempre en el mismo sitio, aunque de manera natural se suele desplazar hacia la izquierda, algunos centímetros cuando soñamos o estamos en un estado alterado de consciencia.

El punto de encaje es el causante de nuestra percepción y si lo movemos a voluntad, encajamos con otros estados de la consciencia y viajamos a otras dimensiones. 

El punto de encaje no sólo se mueve a nivel de superficie del huevo, sino que puede descender a niveles internos iluminando otras fibras o incluso ascender sobre la superficie, arrastrando como si fuese una sábana a toda la superficie del huevo, formando un pico puntiagudo.

La segunda técnica que nos permite acumular energía y ponerla a nuestra disposición es la técnica de la recapitulación, que consiste en ir recordando nuestra vida, desde el punto presente y hacia el pasado, recreando lo mejor posible todos y cada uno de los escenarios, de tal modo que de manera ordenada vamos limpiando nuestra consciencia de esas experiencias vividas, para ello, giramos nuestra cabeza a la izquierda tomando mucho aire y tras una visualización giramos hacia la derecha soltando todo el aire mientras pulverizamos ese escenario e ir pasando al inmediatamente anterior, es bueno valerse de un listado de hechos memorables.

Carlos está en pleno proceso de recapitulación y de adquisición de silencio interno, ahora don Juan le propone realizar viajes por el oscuro mar de la consciencia.

En este fragmento, tanto Carlos como don Juan se visitan mutuamente y es que esta energía adquirida y puesta a disposición ya está actuando, de tal modo que ambos sienten necesidad de comunicarse y de hecho, lo hacen realmente, pero en un estado casi onírico. El maestro va para advertirle que le queda muy poco tiempo y que tiene que darse prisa con el cometido (silencio interno/recapitulación) y el discípulo para comunicarle que ya está listo para emprender el viaje hacia el infinito.

2. EL ARTE DE ENSOÑAR

Le confesé a don Juan que no había posibilidad ninguna para mí de enmarcar esos sucesos en un formulario de pensamiento propio del hombre occidental. Le dije que las condiciones de sueño-fantasía creaban una falsa categoría que no podía sostenerse bajo ningún escrutinio y que la única cuasi-explicación vagamente posible era otro aspecto del conocimiento de don Juan: el ensoñar

-No, no es el ensoñar -me dijo enfáticamente-. Esto es algo más directo y más misterioso. A propósito, hoy tengo una nueva definición del ensoñar para ti, más de acuerdo con tu estado de ser. El ensoñar es el acto de cambiar el punto de fijación con el oscuro mar de la conciencia. Si lo ves así, es un concepto fácil y una maniobra sencilla. Necesitas todo de ti para darte cuenta, pero no es una imposibilidad, ni es algo rodeado de nubes místicas.  

»El ensoñar es un término que siempre me pareció una pendejada -continuó-, porque disminuye un acto muy poderoso. Hace que parezca arbitrario; le da un significado de fantasía, y eso es lo único que no es. Hice por cambiar el término, pero está demasiado arraigado. Quizás puedas tú, algún día, cambiarlo por tu cuenta, aunque como todo lo demás relacionado con la brujería, temo que para entonces no te va a importar una pizca, porque lo que lo llames no va a tener ningún significado para ti. 

Don Juan me había explicado largamente, durante todo el tiempo que lo había conocido, que el ensoñar era un arte descubierto por los chamanes del México antiguo, por medio del cual los sueños comunes y corrientes se trasformaban en auténticas entradas a otros mundos de la percepción. Abogaba de cualquier manera posible el advenimiento de algo que él llamaba la atención de ensueño, que consistía en la capacidad de prestar una atención específica, o de enfocar un tipo de conciencia especial sobre los elementos de un sueño común. Había seguido meticulosamente todas sus recomendaciones y había logrado que mi conciencia se quedara fija sobre los elementos de un sueño. La idea que proponía don Juan no era la de deliberadamente llegar a un sueño deseado, sino de fijar la atención sobre los elementos componentes de cualquier sueño que viniera al caso. 

Luego, don Juan me había mostrado energéticamente lo que los chamanes del México antiguo consideraban ser el origen del ensoñar: el desplazamiento del punto de encaje. 

Dijo que el punto de encaje se desplazaba de modo natural al dormir, pero que el ver el desplazamiento era algo difícil porque requería un modalidad agresiva y que tal modalidad agresiva había sido la predilección de los chamanes del México antiguo. 

Estos chamanes, según don Juan, habían encontrado todas las premisas de su brujería por medio de esa modalidad. 

-Es una modalidad muy depredadora -siguió don Juan-. No es nada difícil entrar en ella, porque el hombre es depredador por naturaleza. 

Podrías ver, agresivamente, a cualquier persona en este pueblito o quizás alguien a la distancia, mientras duermen; cualquiera serviría para el propósito. Lo importante es llegar a un nivel total de indiferencia. Vas en busca de algo y lo consigues como puedas. Vas a salir a buscar a una persona, como felino, como rapiña, para descender sobre alguien. 

Don Juan me había dicho, riéndose de mi aparente incomodidad, que la dificultad con esta técnica era el temperamento, y que no podía ser pasivo durante el acto de ver, porque la vista no era algo que se usara para mirar, sino para actuar sobre lo visto. 

Acaso haya sido su poder de sugestión, pero ese día, después de haberme dicho eso, me sentí sumamente agresivo. Cada músculo de mi cuerpo estaba lleno de energía y en mi práctica de ensoñar, fui detrás de alguien. No me interesaba quién fuera. Necesitaba a alguien que estuviera dormido, y una fuerza de la cual estaba consciente, sin estar totalmente consciente de ella, me guió a encontrar a alguien. 

Nunca supe quién era, pero al ver esa persona, sentí la presencia de don Juan. Era una sensación extraña saber que alguien estaba conmigo a través de una sensación indeterminada de proximidad que ocurría a un nivel de conciencia que no formaba parte de ninguna experiencia previa. Sólo podía enfocar mi atención sobre el individuo que descansaba. Sabía que era macho, pero no sé cómo lo sabía. Sabía que estaba dormido porque la bola de energía que es comúnmente un ser humano estaba un poco plana; se había expandido lateralmente. Y entonces vi el punto de encaje en una posición diferente a la habitual, que es directamente detrás de los omóplatos. 

En este caso, se había desplazado a la derecha de donde debería haber estado, y un poco más abajo. Calculé que, en este caso, se encontraba al lado de las costillas. Otra cosa que noté era su inestabilidad. Fluctuaba excéntricamente y de pronto regresaba a su posición normal. Tenía la clara sensación de que mi presencia, y obviamente la de don Juan, habían despertado al individuo. 

Experimenté una profusión de imágenes borrosas inmediatamente, y luego me desperté en el lugar donde había empezado. A lo largo de mi aprendizaje, don Juan también me había dicho que los chamanes se dividían en dos grupos: un grupo consistía en ensoñadores; el otro en acechadores. Los ensoñadores eran los que desplazaban el punto de encaje con gran facilidad. Los acechadores eran aquellos con gran facilidad para mantener el punto de encaje fijo en esa nueva posición. Los ensoñadores y los acechadores se complementaban y trabajaban en parejas, afectando uno al otro con sus proclividades innatas. 

Don Juan me había asegurado que el desplazamiento y la fijación del punto de encaje podía llevarse a cabo por voluntad propia por medio de la disciplina de mano de hierro de los chamanes. 

Dijo que los chamanes de su linaje creían que había por lo menos seiscientos puntos dentro de la esfera luminosa que somos en realidad, y que al alcanzarlos volitivamente por el punto de encaje, pueden otorgarnos un mundo totalmente inclusivo; lo cual quiere decir, que si nuestro punto de encaje se desplaza a uno de esos puntos y se queda fijo en él, percibimos un mundo tan inclusivo y tan total como el mundo cotidiano, pero no obstante, un mundo diferente. 

Además, me explicó don Juan que el arte de la brujería consiste en manipular el punto de encaje y hacerlo cambiar de posiciones a voluntad sobre las esferas luminosas que son los seres humanos. 

El resultado de esta manipulación es el cambio en el punto de contacto con el oscuro mar de la conciencia, que nos trae como su concomitante, un fardo diferente de billones de campos de energía bajo la forma de filamentos luminosos que convergen sobre el punto de encaje. 

La consecuencia de estos nuevos campos de energía que convergen sobre el punto de encaje, es que una conciencia diferente a la necesaria para percibir el mundo cotidiano entra en acción, transformando esos nuevos campos de energía en datos sensoriales, datos sensoriales que se interpretan y se perciben como un mundo diferente porque los campos de energía que lo engendran son diferentes a los conocidos. 

Don Juan había afirmado que una definición acertada de la brujería como práctica consistía en que la brujería es la manipulación del punto de encaje, con el fin de cambiar el enfoque con el que éste se fija en el oscuro mar de la conciencia, y así hacer posible la percepción de otros mundos. 

Había dicho que el arte de los acechadores empieza después de que se haya desplazado el punto de encaje. El mantener el punto de encaje fijo en su nueva posición asegura que el chamán perciba totalmente el nuevo mundo en que entre no importe cual sea, tal como lo hacemos con el mundo cotidiano. Para los chamanes del linaje de don Juan, el mundo cotidiano no era más que un pliegue de un mundo total que consiste de por lo menos seiscientos pliegues. 

Don Juan regresó al tema bajo discusión: mis viajes por el oscuro mar de la conciencia, y dijo que lo que había hecho desde mi silencio interno era muy parecido a lo que se hace en el ensueño cuando uno está dormido. Sin embargo, cuando se viaja por el oscuro mar de la conciencia no hay interrupción del tipo que ocurre cuando uno se va a dormir, ni hay ningún esfuerzo de controlar la atención de uno mientras se sueña. El viaje por el oscuro mar de la conciencia implicaba una respuesta inmediata. 

Había una sensación irresistible del aquí y el ahora. Don Juan lamentaba el hecho de que algunos chamanes idiotas le habían llamado a este acto de llegar directamente al oscuro mar de la conciencia, soñar-despierto, haciendo aún más ridículo el término ensoñar. -Cuando pensaste que estabas en el sueño-fantasía de ir a ese pueblo de nuestra selección -continuó-, habías en realidad fijado tu punto de encaje directamente sobre la posición específica del oscuro mar de la conciencia que te permite ese viaje. 

Entonces el oscuro mar de la conciencia te preparó con todo lo necesario para hacer el viaje. No hay ninguna manera de elegir ese lugar por voluntad propia. Dicen los chamanes que el silencio interno lo selecciona sin falla. Fácil, ¿no? 

Me explicó entonces las complejidades de la elección. Dijo que la elección para el guerrero-viajero no es en verdad un acto de elección, sino el acto de asentir elegantemente a las solicitudes del infinito. 

-El infinito escoge -dijo-. El arte del guerrero-viajero es tener la habilidad de moverse con la más tenue insinuación, el arte de asentir a las órdenes del infinito. Para hacer esto, el guerrero-viajero necesita destreza, fuerza, y sobre todo, sobriedad. Estos tres puestos juntos, dan como resultado... ¡la elegancia! 

2. COMENTARIO A EL ARTE DE ENSOÑAR

La nueva percepción, el hecho del «ver» cada objeto del mundo cotidiano y de pronto, contemplar, que todo se pulveriza ante nosotros para contemplar los flujos de la energía cambiante, sus colores, ondas, estructuras y demás, este acto de nueva percepción que no se realiza con los ojos, sino que es realizado a partir de una serie de fibras energéticas que parten, principalmente, de nuestro ombligo, palmas de las manos y rodillas.

Ahora lo aplicamos cuando estamos soñando, esto es lo que se denomina «atención de ensueño», explorar cada escenario onírico, cada objeto, cada elemento, pero a través de nuestras fibras de la voluntad hasta que nos llevamos la gran sorpresa, de que en un punto concreto del escenario, sea un objeto inanimado o animado, se nos aparece una entidad inorgánica, un ser consciente, completamente extraño a nuestra familiar percepción. 

Estamos ante un explorador. Son entidades que te atrapan y te llevan hacia otros mundos. Son entidades de otros universos que nos exploran a través de un estado onírico.

Los ensoñadores son aquellas personas cuya capacidad es la de mover el punto de encaje, trasladándonos a otros mundos (dimensiones), se calcula que hay como 600 lugares, pero no escogemos el lugar, es el intento, la fuerza del infinito la que nos lleva al lugar que nos corresponde ir.

Los acechadores son aquellas personas cuya capacidad es la de fijar el punto de encaje. Cuando estamos domidos, el punto de encaje se desplaza hacia otros lugares del habitual, pero fluctúa, es inestable y finalmente regresa al punto habitual, esto es debido a que el soñador carece de capacidad de acecho, no puede fijar el punto de encaje en un lugar diferente que no sea el habitual.

Mover el punto de encaje y anclarlo, supone comenzar a percibir nuevos filamentos de energía que nos conectan a un mundo o dimensión, tan completo y sobrio como en el que habitualmente vivimos, podemos encontrar pueblos, ciudades, gentes... pero no son este mundo.

Viajar por el oscuro mar de la consciencia es viajar a estos lugares, visitalos, encontrarse con seres inorgánicos y conscientes a través de las técnicas del ensueño y acecho.

3. VIAJANDO A DOS PUEBLOS, EL PUEBLO YAQUI Y EL PUEBLO DE LA ESTACIÓN DE FERROCARRIL A TRAVÉS DEL MAR OSCURO DE LA CONCIENCIA.

[Carlos Castaneda recuerda cuando a través del ensueño viajó a un pueblo inexistente para encontrarse con don Juan]

-Pero es increíble que en verdad fui a aquel pueblo en carne y hueso, don Juan -le dije. -Es increíble pero no es invivible -dijo-. El universo no tiene límites, y las posibilidades que se dan en el universo son en verdad inconmensurables. 

Así es que no caigas preso del axioma de «sólo creo lo que veo», porque es la postura más tonta que se puede tomar. La aclaración de don Juan había sido cristalina. Tenía sentido, pero yo no sabía cómo tenía sentido; de seguro no en mi mundo cotidiano. 

Me aseguró entonces don Juan, turbándome instantáneamente, que había una sola manera en que los chamanes podían con toda esta información: probándola a través de la experiencia, porque la mente es incapaz de aceptar todo ese estímulo. 

-¿Qué quiere usted que haga, don Juan? -pregunté. 

-Tienes que viajar deliberadamente por el oscuro mar de la conciencia -contestó-, pero nunca sabrás cómo se hace. Vamos a decir que lo hace el silencio interno, siguiendo caminos inexplicables, caminos que no pueden ser comprendidos, sino sólo practicados. 

Don Juan hizo que me sentara en la cama y adoptara la postura que traía el silencio interno. El tomar esa postura siempre aseguraba que me durmiera en seguida. Sin embargo, cuando estaba don Juan, su presencia me imposibilitaba dormir; por el contrario, entraba en un estado de completa quietud. 

Esta vez, después de un instante de silencio, me encontré caminando. Don Juan me guiaba, llevándome del brazo mientras caminábamos. Ya no estábamos en su casa; caminábamos por un pueblo yaqui donde nunca había estado. Sabía que existía el pueblo; había estado en sus alrededores muchísimas veces, pero había tenido que alejarme por la hostilidad tan aparente de la gente que lo rodeaba. 

Era un pueblo donde resultaba imposible que entrara un extraño. Los únicos que tenían acceso libre a este pueblo y que no eran yaquis eran los supervisores del banco federal, simplemente porque eran los que les compraban las cosechas a los agricultores yaquis. 

Las negociaciones interminables de los agricultores yaquis giraban alrededor de conseguir dinero por adelantado de los bancos sobre la base de futuras cosechas, un proceso de cuasi-especulación. 

Reconocí instantáneamente el pueblo a través de las descripciones de la gente que allí había estado. Como para acrecentar mi asombro, don Juan me dijo al oído que estábamos en ese pueblo yaqui. 

Quería preguntarle cómo habíamos llegado allí, pero no podía articular mis palabras. Había un gran número de indios hablando en voces alteradas; el enojo se acrecentaba. No entendía ni pizca de lo que estaban diciendo, pero al momento que concebía yo un pensamiento algo se aclaraba. 

Era como si se esparciera más luz sobre la escena. Las cosas se definieron y se ordenaron, y comprendí lo que decía la gente aunque no sabía cómo; no hablaba su idioma. Las palabras me eran comprensibles sin ninguna duda, no una por una, sino en unidades, como si mi mente pudiera recoger esquemas totales de pensamiento. 

Podría decir con toda sinceridad que tuve el susto de mi vida, no tanto porque comprendiera lo que decían, sino por lo que estaban diciendo. Esta gente era de veras belicosa. 

De ninguna manera podían considerarse hombres occidentales. Sus propósitos eran conflictivos, de tácticas de guerra, de estrategia. Estaban midiendo su fuerza, sus recursos de ataque, y lamentando que no tenían la potencia de atacar. Sentí en mi cuerpo la angustia de su impotencia. Contaban sólo con piedras y palos para luchar contra armas de alta tecnología. 

Lamentaban el hecho de carecer de líderes. Codiciaban más de lo que pudiera uno imaginar la presencia de un luchador carismático que pudiera unirlos. Oí entonces la voz del cinismo; uno de ellos expresó una idea que devastó a todos de igual manera, a mí también porque parecía yo ser parte indivisible de ellos. Dijo que estaban vencidos sin salvación alguna, porque si en un momento debido cualquiera de ellos tuviera el carisma de levantarse y unirlos, sería traicionado a causa de la envidia, los celos y los malos sentimientos. 

Quería hacerle un comentario a don Juan sobre lo que me sucedía, pero no podía articular una sola palabra. Don Juan era el único que podía hablar. 

-El ser mezquino no se limita a los yaquis -me dijo al oído-. Es una condición en que está atrapado el ser humano, una condición que ni siquiera es humana, sino que se impone desde afuera. Sentía que la boca se me abría y cerraba involuntariamente al esforzarme, desesperadamente, a hacer una pregunta que ni siquiera podía concebir. 

Mi mente estaba vacía, sin pensamiento alguno. Don Juan y yo estábamos en medio de una rueda de gente, pero ninguno de ellos se había percatado de nosotros. No noté ningún movimiento, reacción o mirada furtiva que indicara que estaban conscientes de nosotros. 

Un instante después, me encontré en un pueblo mexicano construido alrededor de una estación de ferrocarril, un pueblo que quedaba aproximadamente a dos kilómetros de donde vivía don Juan. 

Estábamos don Juan y yo en medio de la calle junto al banco del gobierno. Inmediatamente después, vi una de las cosas más extrañas que atestigüé en el mundo de don Juan. Veía energía tal como fluye en el universo, pero no veía a los seres humanos como gotas de energía esféricas o alargadas. La gente que me rodeaba eran, por un instante, seres normales de la vida cotidiana, y un instante después, eran criaturas extrañas. Era como si la bola de energía que somos fuera transparente; un halo rodeando un núcleo como de insecto. Este núcleo no tenía forma de primate. No había esqueleto, no estaba viendo a la gente como si tuviera visión de rayos equis que penetra el núcleo hasta el hueso. 

En el corazón-núcleo de esta gente, había más bien formas geométricas de lo que parecían ser vibraciones duras de materia. Ese núcleo era como las letras del alfabeto; una T mayúscula parecía ser el soporte principal. Una gruesa letra L invertida, estaba suspendida delante de la T; la letra griega, delta, llegaba casi hasta el piso, y estaba al final de la barra vertical de la T, y parecía ser el soporte para la estructura entera. Encima de la letra T, vi una hebra como de cuerda, de unos tres centímetros de grosor; pasaba por encima de la esfera luminosa, como si lo que estaba viendo fuera una cuenta gigantesca que colgaba desde arriba como un colgante de piedras preciosas. 

Una vez, don Juan me había presentado una metáfora para describir la unión energética entre hebras de seres humanos. Dijo que los chamanes del México antiguo describían estas hebras como una cortina hecha de cuentas ensartadas en un hilo. Había tomado esta descripción literalmente, y pensaba que el hilo pasaba por la conglomeración de campos energéticos que es lo que somos, de pies a cabeza. El hilo atado que estaba viendo hacía que la forma redonda de los campos energéticos de los seres humanos más bien pareciera un colgante. No vi, sin embargo, a otra criatura atada a ese mismo hilo. Cada criatura que vi era un ser de un patrón geométrico que tenía una especie de hilo en la parte superior de su aureola esférica. 

El hilo me recordó inmensamente a esas formas como gusanos segmentados que algunos de nosotros vemos al sol cuando medio cerramos los párpados. Don Juan y yo caminamos por el pueblo de un extremo al otro, y vi literalmente montones de criaturas de patrón geométrico. 

Mi aptitud de verlos era inestable al extremo. Los veía por un instante, y luego los perdía de vista y me enfrentaba con gente normal. Pronto me fatigué y sólo podía ver gente normal. Don Juan dijo que era tiempo de regresar a casa, y otra vez algo en mí perdió su sentido normal de continuidad. 

Me encontré de nuevo en casa de don Juan sin la menor noción de cómo había cruzado la distancia desde el pueblo a la casa. Me acosté en mi cama y desesperadamente traté de recordar, de evocar a mi memoria, de llegar hasta el fondo de mi propio ser para encontrar la clave de cómo fui al pueblo yaqui y al pueblo de la estación del ferrocarril. 

No creía que fueran sueños-fantasías, porque las escenas tenían demasiados detalles para no ser reales, y a la vez, no era posible que lo fueran. 

-Estás perdiendo el tiempo -me dijo riendo, don Juan-. Te puedo garantizar que nunca vas a saber cómo llegamos de la casa al pueblo yaqui y desde el pueblo yaqui a la estación de ferrocarril y de la estación de ferrocarril a la casa. 

Hay una ruptura en la continuidad del tiempo. Es lo que hace el silencio interno. Me explicó con gran paciencia que la brujería es la interrupción de ese fluir de continuidad que hace el mundo comprensible para nosotros. Comentó que había viajado ese día por el oscuro mar de la conciencia, y que había visto la gente como es, involucrada en sus asuntos. 

Y que entonces había visto la cuerda de energía que ata a ciertos seres humanos entre sí, y que había seleccionado esos aspectos por el acto de haberlo intentado. 

Hizo hincapié en el hecho de que este intento por mi parte no era algo consciente o de mi propia voluntad; el intento había sucedido a un nivel profundo y había sido regido por la necesidad. 

Necesitaba conocer algunas de las posibilidades del viaje por el oscuro mar de la conciencia, y mi silencio interno había servido de guía al intento, una fuerza perenne del universo, para cumplir con esa necesidad.


3. COMENTARIO A VIAJANDO A DOS PUEBLOS, EL PUEBLO YAQUI Y EL PUEBLO DE LA ESTACIÓN DE FERROCARRIL A TRAVÉS DEL MAR OSCURO DE LA CONCIENCIA.

La experiencia de Carlos a «ver» a través del ensueño es cuando se profundiza en la visión de la bola de luz esférica que se percibe en un primer plano, se profundiza y se observan «detalles geométricos», Carlos observó ciertas letras, yo cuando he visto en profundidad, he observado cuerpos geométricos de diversa índole, en la cabeza y por encima de ella, he encontrado icosaedros, octoedros, dodecaedros y estructuras generalmente mezcladas y no necesariamente simétricas, a esta estructura la he denominado «EGC: estructura geométrica compacta» si seguimos profundizando, la EGC se vuelve transparente y observamos una especie de insecto en su interior, se trata del ente foráneo, que es depredador nuestro.

El intento ha llevado tanto a don Juan como a Carlos hacia un pueblo yaqui, de los indios de la raza de don Juan, un pueblo que no existe en nuestra realidad, pero que está recreado en esa manera, esto se debe a que el intento de don Juan ha recreado algo que le es familiar y al ensoñar juntos (Carlos y don Juan) pueden ponerse de acuerdo en lo que se ensueña y hacia dónde van.

Esta sinfonía, este acuerdo previo, nos informa de alguno fundamental: Nos unimos unos con los otros para acordar percibir las cosas que percibimos, hay como un hilo que nos une a todos a través de una banda de la percepción que nos hace reconocer que un entramado energético es un perro, un árbol o una roca. Todos somos como cuentas de un collar de perlas y eso es, literalmente cierto, no es una alegoría, estamos como enganchados a una red de la que percibimos lo que todos perciben, son emanaciones energéticas, filamentos del ámbito humano, pues solo los seres humanos pueden engancharse a esta red.

[8] LA CITA INEVITABLE. Disquisiciones sobre la muerte y lo corta que es la vida

 


Había algo que me molestaba en lo más recóndito del pensamiento: tenía que contestar una carta importantísima que me había llegado y tenía que hacerlo a toda costa. 

Lo que me frenaba era una mezcla de indolencia y un deseo profundo de complacer. Mi amigo antropólogo, el responsable de que conociera a don Juan Matus, me había escrito una carta hacía dos meses. 

Quería saber cómo me iba en mis estudios antropológicos, y me animaba a que lo visitara. Compuse tres largas cartas. Al volver a leer cada una las rompí, pues me parecieron obsequiosas y triviales. 

No podía expresar en ellas la profundidad de mi agradecimiento, la profundidad del sentimiento que tenía hacia él. Racionalicé mi tardanza en contestar con la resolución genuina de ir a verlo y decirle personalmente lo que estaba haciendo con don Juan Matus, pero seguí atrasando mi inminente viaje porque no estaba seguro de qué estaba haciendo con don Juan. 

Quería mostrarle algún día a mi amigo verdaderos resultados. Tal como iban las cosas, tenía apenas vagos bosquejos de posibilidades, que a sus ojos exigentes no hubieran podido considerarse de todas maneras trabajo de campo antropológico. 

Un día me enteré de que había muerto. Su muerte me trajo una de esas peligrosas depresiones silenciosas. No había manera de expresar lo que sentía porque lo que sentía no estaba del todo formulado en mi mente. Era una mezcla de abatimiento, desaliento y odio por mí mismo por no haberle contestado la carta, por no haberlo visitado. 

Al poco tiempo de lo sucedido, le hice una visita a don Juan. Al llegar a su casa, me senté sobre una de las cajas bajo su ramada, buscando palabras que no sonaran banales para expresar mi sentimiento de abatimiento por la muerte de mi amigo. Por razones incomprensibles para mí, don Juan sabía el origen de mi confusión y la velada razón de mi visita. 

-Sí -dijo don Juan secamente-. Sé que tu amigo, el antropólogo que te sirvió de guía para que me conocieras, ha muerto. Por la razón que fuera, supe exactamente el momento en que murió. Lo vi

Sus declaraciones me sacudieron hasta los cimientos. 

-Lo veía venir desde hacía mucho tiempo. Hasta te lo dije. Pero tú no prestaste atención. Estoy seguro de que ni siquiera te acuerdas. Me acordaba de cada palabra que me había dicho, pero no tenía ninguna importancia para mí en el momento en que las había dicho. 

Don Juan había declarado que un suceso profundamente relacionado con nuestro encuentro, pero que no formaba parte de ello, era el hecho de que había visto a mi amigo antropólogo moribundo. 

-Vi la muerte como fuerza externa ya abriendo a tu amigo -me había dicho-. 

Cada uno de nosotros tiene una apertura energética, una grieta energética debajo del ombligo. Esa grieta que los chamanes llaman el boquete, está cerrada cuando un hombre está en perfecto estado. 

Dijo que normalmente, lo único discernible al ojo del chamán es un descolorido tenue en el brillo blancuzco de la esfera luminosa. Pero cuando un hombre está por morirse, el boquete está totalmente abierto. -¿Qué significa todo esto, don Juan? -le había preguntado mecánicamente. 

-La significancia es mortal -había contestado-. El espíritu me estaba dando un augurio de que algo llegaba a su fin. Pensé que era mi vida la que llegaba a su fin y lo acepté tan elegantemente como pude. Me di cuenta, mucho, mucho más tarde, que no era mi vida la que terminaba, sino mi linaje entero. No sabía de lo que hablaba. 

¿Pero cómo hubiera podido tomarlo en serio? En cuanto a mí, en el momento en que lo dijo era, como todo lo demás en mi vida, pura palabrería. 

-Tu amigo mismo te dijo, en cierto modo, que se estaba muriendo -dijo don Juan-. 

Tú reconociste lo que te dijo lo mismo que reconociste lo que te decía yo, pero en ambos casos, elegiste pasarlo por alto. No podía hacer ningún comentario. Estaba agobiado por lo que me decía. Quería hundirme en la caja donde estaba sentado, desaparecer, que me tragara la tierra. 

-No es tu culpa que pases ciertas cosas por alto -siguió-. Es la juventud. Tienes tanto que hacer, tanta gente a tu alrededor. No estás alerta. De todos modos, nunca has aprendido a estar alerta. 

En la vena de defender el último baluarte de mi ser, mi idea de que sí era vigilante, le hice notar a don Juan que había estado en situaciones de vida o muerte en que se requerían mi ingenio y vigilancia. 

No es que no tuviera la capacidad de ser vigilante, sino que me faltaba la orientación para crear la lista apropiada de prioridades; en consecuencia, todo me era o importante o no importante. -Estar alerta no significa ser vigilante -dijo don Juan-. Para los chamanes, el estar alerta es estar consciente de la tela del mundo cotidiano que parece extraña a la interacción del momento. 

En el viaje que hiciste con tu amigo antes de conocerme, te fijaste solamente en los detalles que eran obvios. No te fijaste cómo su muerte lo absorbía, y a la vez, algo en ti lo sabía. 

Empecé a protestar, a decirle que eso no era verdad. 

-No te escondas detrás de banalidades -dijo en tono acusador-. Levántate. Aunque sea sólo durante el momento en que estás conmigo, asume responsabilidad por lo que sabes. No te pierdas en la tela externa del mundo que te rodea, extraño a lo que pasa. Si no hubieras andado tan preocupado contigo y tus problemas, hubieras sabido que era su último viaje. Hubieras notado que estaba cerrando sus cuentas, viendo a la gente que lo había ayudado, despidiéndose de ellos. 

«Tu amigo antropólogo me habló una vez -siguió don Juan-. Lo recordaba tan claramente que no me sorprendió para nada cuando te trajo a mí en la estación de autobuses. No pude ayudarlo cuando me habló. No era el hombre que buscaba. Pero le deseé lo mejor desde mi vacío de chamán, desde mi silencio de chamán. Por esa razón, supe que en ese último viaje estaba expresando su agradecimiento a todos aquellos que habían tenido relevancia en su vida. 

Le admití a don Juan que tenía toda la razón, que habían tantos detalles de que estaba consciente, pero que no tenían ningún significado para mí en aquel momento, como por ejemplo el éxtasis de mi amigo en contemplar el paisaje alrededor de nosotros. 

Detenía el coche para contemplar durante horas las montañas a la distancia, o el cauce del río, o el desierto. Descarté esto como la sentimentalidad idiota de un hombre de mediana edad. Hasta le hice vagas insinuaciones de que bebía demasiado. Me dijo que en casos extremos una copa le permitía a un hombre un momento de paz y de desapego, un momento para saborear algo irrepetible. 

-Era, de hecho, un viaje para sus ojos solamente -dijo don Juan-. Los chamanes hacen tales viajes, y en ellos nada importa, excepto lo que puedan absorber sus ojos. Tu amigo estaba desprendiéndose de todo lo superfluo. 

Le confesé a don Juan que había pasado por alto lo que me había dicho de mi amigo moribundo, porque a un nivel desconocido había sabido que era verdad. 

-Los chamanes nunca dicen las cosas por decirlas -dijo-. Tengo muchísimo cuidado de lo que te digo a ti o a cualquier otra persona. La diferencia entre tú y yo, es que yo no tengo nada de tiempo, y me comporto conforme a eso. 

Tú, por otro lado, crees que tienes todo el tiempo del mundo y también te comportas conforme a eso. El resultado final de nuestras dos formas de comportamiento es que yo mido todo lo que digo y hago, y tú no. 

Tuve que admitir que tenía razón, pero le aseguré que lo que me decía no me aliviaba mi confusión o mi tristeza. Solté entonces, sin dominio alguno, cada matiz de mis confusos sentimientos. Le dije que no venía en busca de consejos. Quería que me recetara una manera chamanística para terminar con mi angustia. Creí estar verdaderamente interesado en obtener de él algún relajante natural, un Valium orgánico, y se lo dije. 

Don Juan movió la cabeza, desconcertado. 

-Eres demasiado -dijo-. En seguida me vas a pedir un medicamento chamanístico para quitarte todo lo que molesta, sin esfuerzo ninguno por tu parte; sólo el esfuerzo de tragar lo que se te dé. Entre peor el sabor, mejor el resultado. Ése es tu lema, el del hombre occidental. Quieres resultados: una pócima y te curas. 

«Los chamanes se enfrentan a las cosas de manera distinta -continuó don Juan-. Como no tienen tiempo que perder, se entregan totalmente a lo que está enfrente de ellos. Tu confusión es el resultado de tu falta de sobriedad. No tuviste la sobriedad de agradecerle debidamente a tu amigo. Eso nos pasa a todos. Nunca expresamos lo que sentimos, y cuando queremos hacerlo es demasiado tarde porque se nos ha acabado el tiempo. No es sólo a tu amigo al que se le acabó el tiempo. A ti también se te acabó. Le deberías haber dado las gracias profusamente en Arizona. El se tomó la molestia de llevarte a todas partes, y lo comprendas o no, en la estación de autobuses te dio lo mejor que tenía. Pero en el momento en que deberías haberle dado las gracias, estabas enojado con él, lo estabas juzgando, se había portado mal contigo, lo que fuera. Y entonces aplazaste verlo. En realidad, lo que aplazaste fue el darle las gracias. Ahora estás atorado con un fantasma en la cola. Nunca vas a poder pagarle lo que le debes. 

Comprendí la inmensidad de lo que me decía. Nunca me había enfrentado a mis acciones de tal manera. De hecho, jamás le había dado las gracias a nadie, nunca. 

Don Juan metió su dardo aún más adentro. 

-Tu amigo sabía que se moría -dijo-. Te escribió una última carta para saber qué hacías. Quizás, sin que lo supiera él o tú, fuiste su último pensamiento. 

El peso de las palabras de don Juan fue demasiado para mis hombros. Me derrumbé. Sentía que necesitaba acostarme. Me daba vueltas la cabeza. Quizás era el ambiente. Había cometido el terrible error de llegar a la casa de don Juan ya entrada la tarde. El poniente parecía asombrosamente dorado, y los reflejos en las montañas peladas al este de la casa de don Juan eran de oro y púrpura. En el cielo no había ni pizca de nube. Nada parecía moverse. Era como si el mundo entero estuviera escondiéndose, pero su presencia era abrumadora. La quietud del desierto de Sonora era como una daga. Me penetró hasta la médula. Quería irme, subir a mi coche y fugarme. Quería estar en la ciudad, perderme en su ruido. 

-Estás saboreando algo del infinito -dijo don Juan en un tono de grave finalidad-. Lo sé porque he estado en tu lugar. Quieres irte, meterte en algo humano, cálido, contradictorio, estúpido, no importa. Quieres olvidar la muerte de tu amigo. Pero el infinito no te dejará. -Su voz se suavizó-. Te tiene metidas las garras despiadadamente. 

-¿Qué puedo hacer ahora, don Juan? -le pregunté. 

-Lo único que puedes hacer es guardar fresca la memoria de tu amigo, mantenerla viva por el resto de tu vida y, quizás, más allá. Los chamanes expresan de esa manera el agradecimiento al que ya no pueden dar voz. Puedes creer que es una tontería, pero es lo mejor que los chamanes pueden hacer. 

Era indudablemente mi propia tristeza, la que me hizo creer que el exuberante don Juan estaba tan triste como yo. En seguida abandoné la idea. No podría haber sido posible. -La tristeza para los chamanes no es personal -dijo don Juan, de nuevo entrando en mis pensamientos-. No es en realidad tristeza. Es una ola de energía que llega desde lo profundo del cosmos y golpea a los chamanes cuando están receptivos, cuando son como radios, capaces de atraer las ondas. 

»Los chamanes de tiempos antiguos, los que nos dieron el formato entero del chamanismo, creían que hay tristeza en el universo, como una fuerza, una condición como la luz, como el intento, y que esa fuerza perenne actúa, sobre todo en los chamanes porque ya no tienen escudos de defensa. Ya no pueden esconderse detrás de sus amigos o de sus estudios. Ya no pueden esconderse detrás del amor o del odio, o la felicidad, o la desgracia. No pueden esconderse detrás de nada. 

»La condición de los chamanes -siguió don Juan-, es que la tristeza para ellos es abstracta. No viene de codiciar o de necesitar algo o de la importancia personal. No viene del yo. Viene del infinito. La tristeza que sientes por no haberle dado las gracias a tu amigo ya tiende hacia esa dirección. 

»Mi maestro, el nagual Julián -siguió-, era un actor fabuloso. Había trabajado profesionalmente en el teatro. Tenía un cuento predilecto que le gustaba contar en sus sesiones de teatro. Me empujaba a estados de terrible angustia con él. Decía que era un cuento para aquellos guerreros que lo tenían todo, y que sin embargo sentían el dardo de la tristeza universal. Yo siempre creía que me lo estaba contando a mí, personalmente. Don Juan entonces hizo paráfrasis de su maestro, diciéndome que el cuento se refería a un hombre que sufría de una profunda melancolía. Acudió a los mejores médicos de su tiempo y cada uno de ellos fracasó al querer aliviarlo. Al fin llegó al despacho de un médico prominente, un curandero del alma. Le sugirió a su paciente, que a lo mejor encontraba consuelo y un fin a su melancolía, en el amor. El hombre respondió que el amor no era ningún problema para él, era amado como nadie más en el mundo. A continuación, el médico sugirió que quizás el paciente debería emprender un viaje y ver otras partes del mundo. El hombre respondió que, sin exagerar, había estado en todos los rincones del mundo. El médico recomendó pasatiempos como las artes, los deportes, etc. El hombre respondió a cada una de sus recomendaciones de igual manera: había hecho eso y no encontraba alivio. El médico sospechó que el hombre era, posiblemente, un mentiroso sin remedio. No podría haber hecho todas estas cosas, como mantenía. Pero como buen curandero, el médico tuvo una última inspiración. -¡Ah! -exclamó-. Le tengo la perfecta solución. Tiene usted que asistir a la función del mejor cómico de la época. Le va a encantar a tal extremo, que se va a olvidar de todos los vericuetos de su melancolía. ¡Tiene que asistir a la función del Gran Garrick! Don Juan dijo que el hombre contempló al médico con la mirada más triste imaginable y dijo: -Doctor, si eso es lo que me recomienda, estoy perdido. No tengo remedio. Yo soy el Gran Garrick.

lunes, 27 de octubre de 2025

[7] LA VISTA QUE NO PUDE SOPORTAR. Castaneda ha cambiado y ya no acepta su vida cotidiana ni a sus amigos

 


Los Ángeles siempre había sido mi hogar, no fue elegido voluntariamente pero quedarme en esta ciudad ha sido para mí lo mismo que haber nacido aquí o quizás  algo más profundo hasta que el vínculo fue total. Tenía en Los Ángeles mi familia de amigos. Eran para mí parte de mi medio inmediato, es decir, los había aceptado totalmente tal como había aceptado la ciudad misma. 

Uno de mis amigos declaró un poco en broma que todos nos odiábamos cordialmente. Indudablemente podían darse el lujo de tales sentimientos porque tenían otros arreglos emotivos a su disposición, como padres, esposas y maridos. 

Yo sólo tenía mis amigos en Los Ángeles. Por la razón que fuera, yo era el confidente de cada uno de ellos y me contaban sus problemas y vicisitudes. Mis amigos eran de una intimidad tal que nunca reconocí sus problemas o tribulaciones como algo menos que normal. 

Podía hablar con ellos durante horas de las mismas cosas que me habían horrorizado de las grabaciones y del psiquiatra. Además, no me daba cuenta de que cada uno de mis amigos era increíblemente parecido al psiquiatra y al profesor de antropología. Nunca me fijé en lo tensos que estaban. Todos fumaban de manera compulsiva tal como el psiquiatra, pero nunca me había sido obvio, porque yo fumaba igual y estaba igual de tenso. 

La afectación de su habla era otra cosa que nunca había notado, aunque existía. Siempre afectaban el gangueo del oeste de los Estados Unidos, pero estaban muy conscientes de lo que hacían. Ni me había fijado en sus directas insinuaciones acerca de una sensualidad que eran incapaces de sentir, que conocían sólo a nivel intelectual. 

La verdadera confrontación conmigo mismo empezó al enfrentarme con el dilema de Pete. Vino a verme, todo golpeado. Tenía la boca hinchada y un ojo rojizo e inflamado que evidentemente había sufrido un golpe y ya se estaba poniendo morado. 

Antes de que pudiera preguntarle lo que le había pasado, soltó de buenas a primeras que su mujer, Patricia, había ido durante el fin de semana a un encuentro de agentes de inmobiliarios y que algo terrible le había sucedido. Al ver el aspecto de Pete, pensé que Patricia había sufrido un accidente, estaba herida o hasta incluso muerta. 

-Pero, ¿se encuentra bien? -le pregunté, sinceramente afligido. 

-Claro que está bien -ladró-. Es una puta y una bestia y nada les pasa a las putas-bestias más que se las follan y les gusta. 

Pete estaba lleno de rabia. Temblaba casi convulsivamente. Su abundante cabello rizado se le ponía de punta por todas partes. Por lo general se lo peinaba con esmero, alisándose los rizos naturales. Ahora tenía un aspecto más loco que un demonio de tasmania. 

-Todo estaba normal hasta hoy -continuó mi amigo-. Entonces, esta mañana, al salir de la ducha, me chasqueó el culo con una toalla y eso es lo que me hizo ver que andaba liada con alguien. Su razonamiento me tenía desconcertado. Lo interrogué un poco más. 

Le pregunté cómo el acto de chasquearlo con una toalla podía revelar tal cosa. 

-Si eres un culo, no te revela nada -dijo con veneno en la voz-. Pero yo conozco a Patricia, y el jueves antes de que fuera al encuentro de agentes, ¡no podía chasquear una toalla! De hecho, nunca ha podido chasquear una toalla durante todo el tiempo que llevamos de casados. 

¡Alguien tiene que habérselo enseñado cuando andaban desnudos! ¡Así es que la agarré del cuello y la ahorqué para que me dijera la verdad! ¡Sí! ¡Está liada con su jefe! 

Pete dijo que había ido a la oficina de Patricia para pelearse con su jefe, pero que el hombre estaba bien protegido por sus guardaespaldas. Lo echaron al estacionamiento. 

Quería romper las ventanas, tirarles piedras, pero los guardaespaldas le dijeron que si lo hacía, terminaría en la cárcel, o aún peor, con una bala en la cabeza. 

-¿Son los que te golpearon, Pete? -le pregunté. -No -dijo, abatido-. 

Anduve por la calle y entré en la oficina de ventas de una agencia de coches usados. Le di un golpazo al primer vendedor que vino a hablarme. El hombre estaba aturdido, pero no se enojó. 

Me dijo: «¡Cálmese, señor, cálmese! Aún se puede negociar”. Cuando lo volví a golpear en la boca, se puso fúrico. Era un tipo grande y me dio en la boca y en el ojo y me dejó tirado en el suelo. 

Cuando desperté -continuó Pete-, estaba acostado en el sofá de su oficina. Oí que llegaba una ambulancia, así es que me levanté y salí corriendo. Entonces vine a verte. 

Empezó a sollozar sin contenerse. Vomitó. Estaba hecho un desperdicio. Llamé a su mujer y en menos de diez minutos llegó al apartamento. Se puso de rodillas delante de Pete y le juró que lo amaba sólo a él, que todo lo demás que ella hacía eran imbecilidades y que el de ellos era un amor de vida o muerte. Los otros no eran nada. Ni siquiera los recordaba. Los dos se desahogaron en llantos, y desde luego se perdonaron. 

Patricia llevaba gafas oscuras para esconder el hematoma del ojo derecho que le había hecho Pete. Los dos ni sabían ya que estaba yo allí, y se marcharon. 

Salieron abrazados, dejando la puerta abierta. La vida parecía continuar como siempre. Mis amigos se portaban conmigo como siempre lo habían hecho.

Estábamos como de costumbre, involucrados en ir a fiestas, al cine o simplemente a chismear; o buscando restaurantes-bufé donde ofrecieran «todo lo que puedas comer» por un precio fijado. 

Sin embargo, a pesar de este estado seudo-normal, un extraño y nuevo factor parecía haber penetrado en mi vida. Como el sujeto que lo experimentaba, se me hizo aparente que de pronto yo me había vuelto muy intolerante. 

Había empezado a juzgar a mis amigos de la misma manera en que había juzgado al psiquiatra y al profesor de antropología. ¿Quién era yo para ponerme a juzgar a los demás? 

Me sentí inmensamente culpable. Juzgar a mis amigos había creado un estado de ánimo desconocido. Pero lo que consideraba peor, era que no sólo los juzgaba, sino que encontraba sus problemas y tribulaciones asombrosamente banales. 

Yo era el mismo; ellos eran mis mismos amigos. Había escuchado sus quejas y relatos de sus situaciones cientos de veces, y nunca había sentido nada más que un profundo sentido de identificación con lo que oía. 

Mi horror al descubrir este nuevo ánimo me abrumaba. El aforismo de que las desgracias nunca vienen solas, no podría haber sido más cierto en aquel momento de mi vida. La desintegración total de mi vida vino cuando mi amigo Rodrigo Cummings, me pidió que lo llevara al aeropuerto de Burbank; de allí saldría para Nueva York. 

Era una maniobra de gran drama y de desesperación por su parte. Consideraba una maldición estar atrapado en Los Ángeles. Para el resto de sus amigos, era una gran broma el hecho de que había intentado varias veces atravesar en coche todo el país para ir a Nueva York, y cada vez que lo hacía, el coche se le averiaba. 

Una vez había llegado hasta Salt Lake City antes de que le fallara; necesitaba un motor nuevo. Tuvo que dejarlo allí. La mayoría de las veces le sucedía en las afueras de Los Ángeles. 

-¿Qué le pasa a tus coches, Rodrigo? -le pregunté una vez, con sincera curiosidad. 

-No sé -respondió con un velado sentido de culpabilidad. 

Y entonces con una voz igual a la del profesor de antropología en su papel de predicador fundamentalista, dijo:

-Quizás es que cuando salgo a la carretera acelero el coche a toda velocidad porque me siento libre. Usualmente abro todas las ventanillas. Quiero sentir el viento en la cara. Me siento como chico en busca de algo nuevo. 

Me resultaba obvio que sus coches, que siempre eran carcachas, ya no tenían la capacidad de viajar a toda velocidad, y que sencillamente les quemaba el motor. 

De Salt Lake City, Rodrigo había regresado a Los Ángeles haciendo autostop. Claro que podría haber hecho autostop hasta Nueva York, pero nunca se le ocurrió. Rodrigo parecía padecer de la misma condición que también me afectaba: una pasión inconsciente por Los Ángeles que él quería rechazar a toda costa. 

En otra ocasión, su coche estaba en excelente condición mecánica. Podría haber hecho el viaje fácilmente, pero Rodrigo aparentemente no estaba en condiciones de dejar Los Ángeles. 

Llegó hasta San Bernardino, donde se metió a un cine a ver una película: Los Diez Mandamientos. Esa película, por razones que sólo Rodrigo conocía, le produjo una nostalgia insuperable por Los Ángeles. Regresó y lloró, diciéndome que la pinche ciudad de Los Ángeles le había construido una barrera a su alrededor y no lo dejaba salir. 

Su esposa estaba feliz de que no se hubiera ido, y su novia, Melissa, estaba aún más contenta, aunque un poco desilusionada porque tuvo que devolverle los diccionarios que él le había regalado. 

Su último intento desesperado de llegar a Nueva York por avión, fue aún más dramático, porque sus amigos le prestaron el dinero para el boleto. Dijo que de este modo, como no tenía la menor intención de devolverles el préstamo, se estaba asegurando de que no regresaría. Metí sus maletas en la cajuela de mi coche y salimos para el aeropuerto de Burbank. 

Comentó que el avión no salía hasta las siete. Era temprano por la tarde y teníamos tiempo suficiente para meternos a un cine. Además, él quería darle un último vistazo a Hollywood Boulevard, el centro de nuestras vidas y actividades. 

Fuimos a ver una película épica en technicolor y cinerama. Era una de esas películas insoportables y largas que parecía atraer toda la atención de Rodrigo. Cuando salimos del cine, ya estaba oscureciendo. Me fui a toda velocidad a Burbank en medio de un tránsito pesadísimo. Me exigió que tomáramos las calles en vez de la autopista, que a esas horas estaba congestionada. 

El avión despegó al llegar nosotros al aeropuerto. Fue la última gota. Sumiso y derrotado, Rodrigo fue a la caja y presentó su boleto para que se lo rembolsaran. La cajera escribió su nombre, le dio un recibo y le dijo que el dinero le llegaría dentro de seis a doce semanas desde Tennessee, donde se encontraban las oficinas de contaduría de la aerolínea. 

Regresamos al edificio donde los dos vivíamos. Como no se había despedido de nadie esta vez, por temor a la vergüenza, nadie ni siquiera se había dado cuenta de que había intentado irse una vez más. El único inconveniente era que había vendido su coche. Me pidió que lo llevara a la casa de sus padres, porque su papá iba a darle el dinero que había gastado en su boleto. 

Su padre siempre había sido, durante todo el tiempo que yo lo había conocido, el hombre que sacaba de apuros a Rodrigo en cada situación problemática que se metía. El eslogan del padre era: «¡No temas, Rodrigo, tu padre te espera!» 

Después de oír la petición de Rodrigo de un préstamo para pagar su otro préstamo, el padre miró a mi amigo con la expresión más triste que jamás había visto yo. Él mismo estaba con terribles problemas económicos. 

Abrazándolo, le dijo: «No puedo ayudarte esta vez, muchacho. Ahora sí tienes que temer, porque Rodrigo, padre ya se fue”. 

Quise desesperadamente sentirme uno con mi amigo, sentir su drama como siempre lo había hecho, pero no pude. Sólo me enfoqué en la declaración del padre. Parecía de una finalidad que me galvanizó. 

Busqué ávidamente la compañía de don Juan. Dejé todo pendiente en Los Ángeles para hacer el viaje a Sonora. Le conté del humor extraño en que me encontraba con mis amigos. Llorando de remordimiento, le dije que había empezado a juzgarlos. 

-No te aloques por nada -me dijo don Juan calmadamente-. Ya sabes que una era entera de tu vida está por terminar, pero la era no termina hasta que muera el rey. -¿Qué quiere decir con eso, don Juan? 

-Tú eres el rey y tú eres exactamente como tus amigos. Ésa es la verdad que te tiene sacudiéndote en tus pantalones. 

Una cosa que puedes hacer es aceptar las cosas como son, que claro, no lo puedes hacer. La otra, es decir: «Yo no soy así, yo no soy así», y repetir que tú no eres así. Pero te prometo que va a llegar el momento en que te vas a dar cuenta de que sí eres así.