AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

sábado, 29 de noviembre de 2025

[4] Las constelaciones de CAPRICORNIO, ACUARIO y PEZ AUSTRAL como nunca las has visto: La tradición estelar árabe

 

Capricornio, Acuario y Pez Austral del globo celeste de Vincenzo Coronelli (1688–1693)



Dudo que ningún otro pueblo de la tierra como los que transitan los desiertos desde tiempos inmemoriales, desiertos como el Sáhara, el de Libia, el Egipcio y el Arábigo, tenga una conexión cósmica tan fuerte como Bereberes (Garamantes, Sanhaja, Zenata, Tuareg), Tebu, Nubios, Kanuri/Kanembu, Songhai, Mandé antiguos y Fulani. Ellos han enriquecido en mitos, leyendas, creencias y supersticiones sobre las estrellas, mucho más que ninguna otra cultura del planeta.

Estos nómadas acampaban en tiendas y viajan formando largas caravanas durante la noche, siendo las estrellas su guía y su esperanza.

La tradición estelar árabe pre-islámica nos ha aportado nombres tradicionales que tienen las estrellas que fue enriquecida con la influencia griega. 

I. Relación entre Capricornio, Acuario y el Pez Austral

En la tradición árabe las constelaciones no existían aisladas: formaban un relato climático y mitológico:

  • Acuario (al-Sāqī) derrama agua.

  • Ese agua se convierte en río y llega al Pez Austral, que abre la boca para recibirlo (estrella Fomalhaut).

  • En el entorno cercano, las Suertes de Capricornio marcan las etapas del año en que se esperan lluvias, vientos fríos y abundancia.

Este conjunto es uno de los más coherentes y poéticos del cielo árabe, interpretando el firmamento como un ciclo anual de estaciones y destinos.

La astronomía árabe preislámica y medieval desarrolló su propio sistema de estrellas, asterismos y mansiones lunares antes y después de recibir la tradición greco-helénica. En esa visión, muchas estrellas que hoy situamos dentro de Capricornio y del Pez Austral estaban integradas en un conjunto de figuras llamadas al-Saʿd, “las Suertes” o “las Fortunas”. Estas Suertes correspondían a estrellas brillantes que influían simbólicamente en la suerte humana, en la lluvia, la prosperidad, las cosechas y la fortuna comercial. Cada una tenía un significado propio, una historia, y a veces un pequeño mito o proverbio asociado.
Capricornio en el átlas árabe de Al Sufi

II. Capricornio – al-Jady (“el Cabrío” o “el Macho Cabrío”)

Los árabes reconocían a Capricornio como al-Jady, literalmente “el cabrito macho”. Aunque el símbolo griego de Capricornio es un ser híbrido con cola de pez, esta forma no era utilizada por los árabes: para ellos era simplemente un animal doméstico fundamental en su vida tribal, relacionado con la provisión y el sustento. Las estrellas principales de Capricornio eran reinterpretadas dentro de las Suertes (al-Saʿd), un conjunto de asterismos muy importantes.



 III. Las cuatro grandes Suertes asociadas a Capricornio

Las estrellas brillantes del área de Capricornio formaban las Cuatro Suertes (al-Suyūd), relacionadas con fortuna, estaciones del año y augurios:

  1. Saʿd al-Dhābiḥ (α Capricorni / Algedi)
    “La Suerte del Degollador”.
    Tradicionalmente asociada al sacrificio ritual del animal, un acto benéfico que aseguraba protección o buena cosecha. No tenía la connotación violenta que sugiere la traducción moderna, sino un contexto sacrificial pastoral.

  2. Saʿd al-Bulaʿ (β Capricorni / Dabih)
    “La Suerte del tragador”.
    En textos árabes aparece como una figura que bebe o traga agua, asociada a lluvias esperadas tras el paso de la mansión lunar correspondiente.

  3. Saʿd al-Suʿūd (λ Aquarii / Hydor) 
    “La Suerte de las Suertes”, considerada la más afortunada.
    Esta estrella marcaba un periodo especialmente propicio para iniciar viajes o actividades comerciales.

  4. Saʿd al-Naṣīra (γ Aquarii / Sadachbia)
    “La Suerte Victoriosa”.
    Asociada con ayuda divina, protección en batallas y éxito en proyectos. Es una de las más mencionadas en los tratados medievales.

Estas Suertes no se limitaban solo a Capricornio, pero varias de ellas estaban estrechamente vinculadas a las estrellas del sector donde hoy situamos esta constelación.

IV. Función en el calendario y la vida nómada

Las Suertes eran usadas para predecir lluvias y tormentas del invierno árabe, marcar momentos propicios para la trashumancia, señalar la época para esquilar o sacrificar animales, fijar augurios sobre comercio y viajes.

El calendario beduino era profundamente estelar, y Capricornio con sus Suertes tenía un lugar destacado por coincidir con el periodo húmedo del año en la Península Arábiga.

La constelación de Acuario estaba formada por diversos personajes, antiguos dioses venerados de la Arabia pre-islámica y antigua.


V. La tradición mítica árabe sobre las estrellas de Acuario (Al-Dawlaw / Saʿd)

En la astronomía y mitología árabes preislámicas, las estrellas que hoy formamos en Acuario estaban asociadas con un conjunto complejo de augurios, presagios y ciclos estacionales, especialmente ligados al agua, a la suerte (“saʿd”: fortuna) y a la llegada de las lluvias invernales. La constelación, que en la tradición helenística es “portadora de aguas”, para los árabes se fragmentaba en una serie de asterismos y estrellas con significados propios.

VI. Las “Suerte” o Estrellas Saʿd (Las Cuatro Fortunas)

En la mitología árabe, cuatro estrellas brillantes de Acuario formaban un conjunto muy especial: al-Suʿūd, “las Suertes” o “Fortunas”. Cada una representaba un presagio para los pastores y viajeros del desierto. Estas estrellas señalaban fases del calendario anual, sobre todo la temporada de lluvias de finales de invierno y la transición hacia la primavera.

Saʿd al-Malik (α Aquarii, Sadalmelik): “La Fortuna del Rey”: Simbolizaba el buen destino otorgado por un soberano justo. Su salida heliaca marcaba un período considerado propicio para las alianzas tribales, tratados, pactos y decisiones políticas.Es una estrella de autoridad benévola, asociada al liderazgo y la madurez.

Saʿd al-Suʿūd (β Aquarii, Sadalsuud): “La Mayor de las Fortunas” o “La Fortuna de las Fortunas”: Mitológicamente se creía que esta estrella abría las compuertas de los cielos, trayendo lluvias abundantes. Era considerada la estrella más afortunada del cielo árabe y se relacionaba con prosperidad en el ganado (más nacimientos y supervivencia del ganado así como buena salud de estos), crecimiento de los pastos y renacimiento de la vida en el desierto.

Saʿd al-Ahbiyah (γ Aquarii, Sadachbia): “La Fortuna de las Tiendas” o “de las Cabañas”: Simbolizaba la protección del clan y de los refugios nómadas. Se decía que bajo esta estrella era buen momento para construir tiendas, reparar casas o emprender viajes.En las narraciones beduinas, “al-Ahbiyah” evocaba también las tiendas protectoras de un pueblo unido, refugio contra tormentas.

Saʿd al-Bulaʿ (ζ Aquarii): “La Fortuna del Engullidor”: Con un mito curioso: representaba un ser (a veces serpiente, a veces espíritu del desierto) que engulle agua y la libera cuando conviene. Su salida en invierno se interpretaba como un aviso de lluvias repentinas, riadas o peligros asociados a los wadis. Era un presagio ambiguo: fortuna que podía dar vida, pero también traer destrucción.


Personajes de la región de Acuario y Capricornio: Dabih (el sacrificador), Bula (el aguador), Nashira (la aguadora) y Sadsuud (el proveedor)

VII.  “La Bandada de Aves” Al-Ṭayr / Al-Ṭuyūr (الطير / الطيور)

Un grupo de estrellas de Acuario formaba el asterismo llamado Al-Ṭayr, “la Bandada de Aves”Para los árabes, estas aves migratorias celestes simbolizaban: la llegada de los vientos húmedosel retorno de la lluvia, la protección divina sobre los pozos y oasis. Representaba también el espíritu de los viajeros que sobrevuelan el desierto, mostrando el camino hacia el agua.

El asterismo incluía cuatro estrellas principales situadas en la parte norte y central de Acuario:

1. η Aquarii (Eta Aqr) 

2. μ Aquarii (Mu Aqr)

3. ζ Aquarii (Zeta Aqr)

4. ν Aquarii (Nu Aqr)

Estas estrellas, vistas en el cielo oscuro del desierto, forman un patrón disperso que los árabes interpretaban como aves volando en formación.


VIII.  Al-Dalu  (الدلو) — “El cubo o balde”

La parte central de Acuario representaba el cubo para sacar agua, llamado al-Dalu, y las estrellas a su alrededor eran las gotas derramadas: El cubo simbolizaba el depósito sagrado del agua, elemento vital en la cultura beduina. Las estrellas “caídas” o “derramadas” indicaban la llegada de la estación húmeda. La imagen del cubo tiene una función ritual pues quien controla el cubo controla la vida, pues tiene acceso al agua del pozo.

La agrupación clásica incluye tres estrellas:

α Aquarii — Sadalmelik (سعد الملك – Saʿd al-Malik) “La Suerte del Rey”.

β Aquarii — Sadalsuud (سعد السعود – Saʿd al-Suʿūd) “La Suerte de las Suertes”.

ξ Aquarii — Bunda (الناشِرة – al-Nāshira) “La portadora de buenas noticias / la que anuncia”.

Estas tres estrellas, visibles a simple vista y situadas en un área relativamente compacta, formaban el “cubo de agua” o recipiente que vertía el Aguador.

IX. La Serpiente Abis — Al-Bulaʿ / el devorador

Aunque menos extendido, algunos textos mencionan que las estrellas Saʿd al-Bulaʿ y vecinas se asociaban metafóricamente con una serpiente devoradora del desierto, un espíritu que “bebe” el agua de los pozos. Su función es doble: castiga la negligencia del clan y es guardiana de los pozos y oasis contra espíritus malignos.

Se trata de un manzil (o mansión lunar) compuesto por tres estrellas de la constelación de Acuario:

1. ε Aquarii — Albali (al-Bāliʿ, “el Tragador”)

2. μ Aquarii — Mu Aquarii

3. ν Aquarii — Nu Aquarii

Las dos últimas completan el par dual al-Bulaʿān (البلعان), “los dos tragadores”.


X. Un viejo mito tribal: “El Rey, su Pueblo y las Lluvias”

La combinación de las Fortunas (el Rey, las Cabañas, la Fortuna-Mayor) formaba un relato simbólico:

Un rey bondadoso protege a su pueblo bajo cabañas seguras; el Engullidor guarda las aguas; la Bandada anuncia las lluvias que restauran la tierra. Cuando todas las Suertes están en el cielo invernal, el reino del desierto florece.

Este mito es claramente simbólico y estacional, pero cumplía funciones rituales: marcar ciclos agrícolas, regular movimientos pastoriles y guiar festividades y sacrificios, así como el agua, como principio de vida.




XI. El Pez Austral – al-Ḥūt al-Janūbī (“el Pez del Sur”)

El Pez Austral, Piscis Austrinus, era conocido como al-Ḥūt al-Janūbī, el gran pez meridional. Esta región del cielo, muy visible en las noches claras del desierto, tenía una presencia mucho más viva en la tradición árabe que en la grecorromana, pues su estrella principal era una de las más brillantes del cielo meridional.

XII. Fomalhaut – fum al-ḥūt (“la Boca del Pez”)

La estrella α Piscis Austrini, hoy conocida como Fomalhaut, proviene directamente del árabe fum al-ḥūt, “la boca del pez”.

Era un astro altamente valorado:

  • servía como estrella náutica para la navegación costera a través del Golfo Pérsico,

  • era uno de los cuatro “guardianes del cielo” en la astrología persa adoptada por los árabes (junto con Aldebarán, Regulus y Antares),

  • simbolizaba pureza, claridad y orientación.

En textos árabes medievales aparece como un pez solitario que abre la boca buscando el agua celeste vertida por Acuario, formando un ciclo simbólico entre el Aguador y el Pez.

XIII. Importancia en la tradición árabe del Pez Austral

Los astrónomos describían a al-Ḥūt al-Janūbī como: un gran pez aislado en el cielo, receptor de las aguas derramadas por Acuario (al-Sāqī)un símbolo de renovación, lluvias y abundancia.

La iconografía árabe suele mostrarlo de manera muy simple, apenas como un pez ovalado sosteniendo su estrella principal.

XIV. Las aguas celestiales

Si bien, las aguas celestiales tienen en Acuario, un lugar del que emanan a modo de manantial, estas aguas llegan hasta la boca del pez (Fomalhaut) que se la traga, también hay otras estrellas que beben de las aguas acuarianas como Albali y las Albulán del asterismo de la Serpiente.

En otras leyendas, las aguas de Acuario alimentan al Río Eridano y de aquí surge un mar.

En este mar encontramos exóticas constelaciones como la de Capricornio, la Ballena, el Delfín, el Río Eridano, Hidra, Piscis y el Pez Austral, habitantes de las aguas celestiales así como la nave Argos (Popa, Quilla y Vela), Brújula, la Paloma, el Pez Espada (Doradus), el Pez Volador y la Hidra hembra.







jueves, 27 de noviembre de 2025

[3] Las constelaciones de CAPRICORNIO, ACUARIO y PEZ AUSTRAL como nunca las has visto: Los nombres tradicionales de las estrellas de ACUARIO

 


ACUARIO es una constelación de escasa visibilidad, por lo que tratar de conocer sus estrellas requiere paciencia y el uso de binoculares, pues la más brillante de sus estrellas, SADALSUUD, tiene magnitud de +2.9 y a partir de ahí, todas las demás son más débiles en brillo, por lo que encontrar un cielo bien oscuro será garantía de aprovechamiento para conocer las estrellas de esta constelación e identificarlas por sus nombres.


En esta entrada os voy a mostrar las estrellas que tienen nombres propios tradicionales, generalmente, de origen árabe y en esta constelación, afortunadamente se han conservado muchos de sus nombres. Enumero a continuación y por orden de brillo, de mayor a menor, cada estrella acuariana que posee nombre propio.

SADALSUUD (β Aquarii) es la más brillante de la constelación con magnitud +2.90. su nombre deriva de la expresión árabe سعد السعود  sacd as-sucūd, que significa «El más afortunado de entre los afortunados».



SADALMELIK (α Aquarii)  prácticamente con la misma magnitud (+2.95) que Sadalsuud está Sadalmelik, el nombre proviene de la expresión árabe سعد الملك Al Saʽd al Malik, «La suerte del rey», aunque a veces aparece como Al Saʽd al Mulk, «La suerte del reino»; este último título fue utilizado por Abu-Yahya al-Qazwiní y Ulugh Beg para designar a esta estrella junto a la vecina ο Aquarii. De manera similar, para los astrólogos α Aquarii era conocida con el nombre latino de FASTUM REGIS (El orgullo del rey).


SKAT (δ Aquarii) de magnitud + 3,27 se considera que su nombre significa pierna o espinilla y que procede del árabe «as-saq», también podría significar deseo por ser en árabe «ši'at» una palabra muy parecida. En la tradición mesopotámica esta estrella guarda relación con un antiguo y mítico rey antediluviano: Hasisadra.



SHATABHISHA (λ Aquarii) de magnitud +3.73. Su nombre proviene del griego antiguo ‘υδωρ [ídor] y significa «agua». También recibe el nombre de εκχυσις [ekkhysis], «efusión», es decir, el lugar desde donde emanan las aguas de acuario e inundan el cielo oceánico.






ALBALI (ε Aquarii)  tiene magnitud +3.77, viene del árabe "Nayyir Sacd Bulaᶜ",  سعد بلع نير que en español significa : «La Buena Fortuna del Tragasables»




SADACHBIA (γ Aquarii) con magnitud +3,86 es una tenue estrella de la jarra del aguador, su nombre proviene del árabe Sa'd al-Akhbiyah y significa «Estrella afortunada de las tiendas» (las tiendas árabes son los hogares en el desierto), también se conoce como la estrella afortunada que encuentra las cosas escondidas.


HYDOR (η Aquarii) de magnitud +4.04, el nombre es de origen griego y significa «agua» que es justo el lugar por donde emana a partir de la vasija que porta el aguador. En la tradición estelar árabe, esta estrella junto a γ Aqr (Sadachbia), π Aqr (Seat) y ζ Aqr (Sadaltager / Achr al Achbiya), conforma el asterismo de al Aḣbiyah (الأخبية) «la tienda» en referencia a los hogares del desierto.





ANCHA (θ Aquarii)se lee ánka y brilla con una magnitud de +4.17. Su nombre significa «cadera» en latín, aunque en las figuras modernas esta estrella forma parte del cinto del aguador.


SADALTAGER (ζ¹ Aquarii) de magnitud +4,36/+4.57

del árabe سعد التاجر sa‘d al-tājir, «la suerte del mercader». En el catálogo estelar Calendarium de Al Achsasi Al Mouakket, esta estrella fue designada Achr al Achbiya (أجر ألأجبية - akhir al ahbiyah), que fue traducido al latín como Postrema Tabernaculorum, que significa «las últimas tiendas». Zeta-1 Aquarii, junto a las vecinas Sadachbia, Seat y η Aquarii, formaban la constelación árabe de Aḣbiyah (الأخبية), «la tienda».


ALBULÁN II  (ν Aquarii) tiene una magnitud de +4.5 y comparte nombre con μ Aquarii. Su nombre proviene del árabe البلعان al-Bulaᶜān. Este nombre resulta de una individualización de las estrellas del grupo εμν Aqr llamada سعد بلع Saᶜd Bulaᶜ, que, en el cielo árabe tradicional, es el nombre del grupo εμν Aqr que constituye el XXIII de los manāzil al-qamar o «estaciones lunares», ya conocidos, en particular, alrededor del año 1000, en las primeras fuentes latinas, bajo la forma Scalbola. La primera estrella, ε Aqr, se llama البالع al-Bāliᶜ, literalmente “La Tragadora”, porque, según un comentario del erudito Ibn Qutayba (siglo IX), al ser la estrella más brillante del grupo εμν Aqr, literalmente devoró a las dos siguientes, llamadas البالعان al-Bulaᶜān. De hecho, aunque la raíz البالعان contiene el verbo “tragar”, esta es una explicación astronómica carente de contexto cultural. 
La serie de السعود al-Suᶜūd contiene, de hecho, nombres vinculados a deidades antiguas, como es el caso de البالع al-Bulaᶜ, del cual se formó البالع al-Bāliᶜ. Además, en el universo lingüístico árabe, Bulaᶜ es un nombre propio atestiguado en Arabia meridional. Por lo tanto, el nombre سعد بلع Saᶜd Bulaᶜ significa «el favorito de Bulaᶜ». De ello se deduce que si البالعان al-Bulaᶜān significa «Las dos [estrellas] tragadas», es solo si se olvida que Bulaᶜ es un nombre propio. La opción menos mala, si se puede decir así, sería traducir البلعان al-Bulaᶜān como “las dos [estrellas] de Bulaᶜ”.


BUNDA 
(ξ Aquarii) es una estrella con magnitud +4.69 y adquiere su nombre del nombre de la mansión lunar persa. 
En el catálogo de estrellas del Calendarium de Al Achsasi al Mouakket, Xi Aquarii recibió el nombre de Thanih Saad al Saaoud (تاني سعد السعود – taanii sa‘d al-su‘ūd), que se tradujo al latín como Secunda Fortunæ Fortunarum, que significa «la segunda de los afortunados de la fortuna». Esta estrella, junto con Beta Aquarii y 46 Capricorni, eran conocidas como Saʽd al Suʽud (سعد السعود), "la suerte de las oportunidades" durante la Edad media.



SADALMULK (o Aquarii) tiene una magnitud de +4.70. Aunque no tiene nombre propio habitual, junto a Sadalmelik (α Aquarii), recibía el título de Al Saʽd al Mulk, «la suerte del reino».


Sadalmulk es un nombre recientemente asignado a Omicrom Aquarii / ο Aqr. Es del árabe سعد الملك Saᶜd al-<mlk> dado al par α/ο Aqr. El nombre de esta estrella surge de una duda entre los traductores de catálogos. Es cierto que la ausencia de marcas vocálicas en los textos antiguos puede haber llevado a dudas al leer la palabra الملك como al-malik «el Rey» o al-mulk «el Reino», como es el caso de Thomas Hyde (1655) en su traducción de las یجِ سلطانی Zīğ-i Sulṭānī o «Tablas Sultánicas» de Uluġ Bēg (1437). Thomas Hyde (1665) lo transcribe como Sa’d AlAchbija. Sin embargo, dado que la serie de السعود al-Suᶜūd contiene nombres vinculados a deidades antiguas, Malik, que sigue siendo uno de los nombres árabes más conocidos en la actualidad, es la interpretación más lógica.

Transcrito incorrectamente como Al Sa‘d al Mulk por Richard Allen en 1899, se popularizó en el siglo XX con este nombre, encontrando Sadalmulk en la obra contemporánea de Jack W. Rhoads (1971).



ALBULÁN I  (
μ Aquarii) tiene una magnitud de +4.73 y comparte su nombre con la estrella ν Aquarii, cuya etimología acabo de explicar.





SEAT (π Aquarii) es una estrella de magnitud +4.79, forma parte del asterismo de LA JARRA   (también conocido como la Y griega de acuario)   junto a  Sadaltager,
η Aquarii y Sadachbia.

El nombre es sugerido por la denominación árabe الساق al-Sāq, “la Pierna”, que durante el siglo XIII fue asignado a δ Aqr, hacia 1600 Hugo Grocio (1600) trasladó este nombre a π Aqr, gracias a Richard Allen que en 1899 la mencionó en su obra, permitiendo ser conocida esta estrella en los catálogos modernos con este nombre tradicional.

Por otro lado, también recibe otro nombre: Wasat al Achbiya. El egipcio Muhammad al-Aḫsāsī al-Muwaqqit (siglo XVII) individualizó tres de las cuatro estrellas de la Y de Acuario, esta estrella fue denominada como «la mediana de las propias para lo oculto» (وسط ألأخبية Wasṭ al-Aḫbiyya) que Edward Ball Knobel traduce al latín como  Prima Tabernaculorum (la primera de las tiendas), ya que la Y de acuario era conocida en esa época como la constelación bereber de «Las tiendas» en referencia a los tenderetes del desierto que hacen de hogar a estos moradores.


SITULA  (κ Aquarii)  esta débil estrella tiene magnitud +5.03, su nombre procede del latín y el significado es «jarra de agua».









domingo, 23 de noviembre de 2025

[17] LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN. Octubre de 1965. SER GUERRERO.

El último hecho que registré en mis notas de campo tuvo lugar en septiembre de 1965. Fue la última de las enseñanzas de don Juan. 

Lo llamé "un estado especial de realidad no ordinaria" porque no los produjo ninguna de las plantas que yo había usado con anterioridad. 

Al parecer don Juan lo provocó por medio de una manipulación cuidadosa de indicaciones acerca de sí mismo; es decir, se portó frente a mi en una forma tan hábil, que creó la impresión clara y sostenida de no ser realmente él mismo, sino alguien que lo suplantaba. 

Como resultado, experimenté un profundo sentido de conflicto; quería creer que se trataba de don Juan, y sin embargo no podía estar seguro. La concomitante del conflicto fue un terror consciente tan agudo que minó mi salud por varias semanas. 

Después pensé que habría sido prudente poner fin entonces a mi aprendizaje. Desde aquel tiempo, nunca he sido participante, pero don Juan no ha cesado de considerarme aprendiz. 

Ha visto en mi retiro sólo un periodo necesario de recapitulación, otro paso de aprendizaje, que puede durar indefinidamente. Sin embargo, desde entonces, jamás me ha expuesto sus conocimientos. 

Escribí la crónica detallada de mi última experiencia casi un mes después de que ocurrió, aunque tenía ya copiosas notas sobre sus puntos destacados, escritas al día siguiente, durante las horas de gran agitación emotiva que precedieron al punto más intenso de mi terror. 


Viernes, 29 de octubre de 1965


El jueves 30 de septiembre de 1965 fui a ver a don Juan. Los estados breves y someros de realidad no ordinaria persistían a pesar de mis deliberados intentos por ponerles fin, o sacudírmelos de encima como don Juan había sugerido. 

Yo sentía que mi condición iba empeorando, pues aumentaba la duración de tales estados. Tomé conciencia aguda del ruido de los aeroplanos. El ruido de sus motores al pasar por encima captaba inexorablemente mi atención y la fijaba, hasta el punto en que me parecía seguir al avión como si fuera dentro de él o volara con él. 

Esta sensación era muy molesta. La incapacidad de sacudírmela me producía una honda angustia. Don Juan, tras escuchar atentamente todos los detalles, concluyó que yo sufría de pérdida del alma. 

Le dije que tenía estas alucinaciones desde la vez que fumé los hongos, pero él insistió en que eran cosa nueva. Dijo que antes yo tenía miedo y "soñaba cosas sin sentido", pero que ahora estaba en verdad embrujado. 

La prueba era que el ruido de los aviones en vuelo podía arrastrarme. Por lo común, dijo, el ruido de un arroyo o de un río puede atrapar a un embrujado que ha perdido el alma y arrastrarlo a su muerte.

Luego me pidió describir todas mis actividades durante la época anterior a las alucinaciones. Enumeré todas las actividades que pude recordar. Y de mi recuento, él dedujo el sitio donde yo había perdido el alma. 

Don Juan parecía francamente preocupado, cosa del todo insólita en él. Esto, como es natural, aumentó mi aprensión. Dijo que no tenía una idea definida de quién había atrapado mi alma, pero quienquiera que fuese, pretendía sin duda matarme o enfermarme de gravedad. 

Luego me dio instrucciones precisas acerca de una "forma para pelear", una posición corporal especifica que yo debería mantener, permaneciendo en mi sitio benéfico. 

Tenía que conservar esta postura que él llamaba forma. Le pregunté a qué venía todo eso y con quién iba yo a pelear. Repuso que él iría a ver quién había tomado mi alma y si era posible recuperarla. 

Mientras tanto, yo debía permanecer en mi sitio hasta su regreso. 

La forma para pelear era en realidad una precaución, dijo, en caso de que algo ocurriese durante su ausencia, y yo debía usarla si me atacaban. 

Consistía en palmotear contra la pantorrilla y el muslo de mi pierna derecha y dar de saltos con el pie izquierdo en una especie de danza que yo había de ejecutar enfrentando al atacante.

Me advirtió que la forma debía adoptarse sólo en momentos de crisis extrema; mientras no hubiera peligro a la vista, yo podía estar simplemente sentado en mi sitio, con las piernas cruzadas. 

Pero en circunstancias de peligro extremo, tenía el recurso de un último medio de defensa: arrojar un objeto contra el enemigo. 

Me dijo que por lo común se arroja un objeto de poder, pero como yo no tenía ninguno me era forzoso usar cualquier piedra que cupiese en la palma de mi mano derecha, una piedra que yo pudiera sostener apretada entre la palma y el pulgar. 

Dijo que tal técnica debía usarse sólo si uno se hallaba indudablemente en peligro de perder la vida. El lanzamiento del objeto tenía que acompañarse con un grito de guerra, un alarido con la propiedad de dirigir el objeto a su blanco. 

Insistió en recomendarme cuidado y deliberación con el gritó, y no emplearlo al azar, sino sólo con "severas condiciones de seriedad". 

Le pregunté qué quería decir con "severas condiciones de seriedad". Dijo que el clamor, o grito de guerra, era algo que se quedaba con un hombre toda la vida: por eso tenia que ser bueno desde el principio. Y la única manera de empezarlo correctamente era retener el miedo y la prisa naturales de uno hasta hallarse lleno por entero de poder, y entonces el alarido brotaría con dirección y fuerza. 

Dijo que éstas eran las condiciones de seriedad necesarias para soltar el grito. Le pedí explicación sobre el poder que supuestamente lo llenaba a uno antes del clamor. 

Dijo que era algo que corría a través del cuerpo saliendo de la tierra donde uno estaba parado; era una especie de poder emanado del sitio benéfico, para ser exactos. 

Era una fuerza que empujaba el alarido para hacerlo salir. Si tal fuerza se manejaba debidamente, el grito de batalla sería perfecto. 

De nuevo le pregunté si pensaba que algo iba a ocurrirme. 

Dijo no saber nada de eso y me advirtió dramáticamente quedarme pegado a mi sitio cuanto fuese necesario, porque ésa era la única protección que yo tenía contra cualquier cosa que pudiera pasar. 

Empecé a asustarme; le supliqué ser más explícito. 

Dijo que todo cuanto sabía era que yo no debía moverme en ninguna circunstancia; no debía entrar en la casa ni ir al matorral. Sobre todo, dijo, no debía hablar una sola palabra, ni siquiera a él. 

Dijo que si me daba mucho miedo podía cantar mis canciones de Mescalito y añadió que yo ya sabia demasiado sobre estos asuntos para que fuera necesario señalarme, como a un niño, la importancia de hacer todo correctamente. 

Sus admoniciones me provocaron un estado de angustia profunda. Estuve seguro de que él esperaba que algo ocurriese. Le pregunté por qué me recomendaba cantar las canciones de Mescalito, y qué cosa creía él que fuera a asustarme. 

Rió y dijo que tal vez me diese miedo de estar solo. Entró en la casa y cerró la puerta tras de sí. Miré mi reloj. Eran las 7 de la tarde. Estuve sentado en calma un largo rato. No salían ruidos del cuarto de don Juan. Todo estaba tranquilo, Hacía viento. 

Pensé en correr a mi coche a sacar una mampara, pero no me atreví a actuar contra el consejo de don Juan. 

No tenía sueño, sino cansancio; el viento frío me imposibilitaba descansar. Cuatro horas después oí a don Juan caminar en torno a la casa. 

Pensé que podía haber salido por la parte trasera para orinar en el matorral. 

Entonces me llamó con voz fuerte. 

-¡Oye muchacho! ¡Oye muchacho! Ven aquí -dijo. 

Casi me levanté para ir con él. Era su voz, pero no su tono, ni sus palabras de costumbre. Don Juan nunca me había dicho "oye muchacho". 

De modo que seguí donde me hallaba. 

Un escalofrío corrió a lo largo de mi espalda. Él empezó a gritar de nuevo, usando la misma frase o una similar. Lo oí dar vuelta a la pared trasera de su casa. Tropezó con una pila de leña como si no supiera que estaba allí. Luego llegó al zaguán y se sentó junto a la puerta, con la espalda contra la pared. 

Parecía más pesado que de costumbre. Sus movimientos no eran lentos ni torpes, sólo más pesados. Se dejó caer a plomo en el suelo, en vez de deslizarse ágilmente como solía. Además, ése no era su sitio, y don Juan nunca, bajo ninguna circunstancia, se sentaba en ningún otro lugar. 

Entonces volvió a hablarme, preguntó por qué me había yo negado a ir cuando él me necesitaba. 

Hablaba con voz fuerte. Yo no quería mirarlo y sin embargo experimentaba una urgencia compulsiva de observarlo. Empezó a mecerse levemente de un lado a otro. 

Cambié de postura, adopté la forma para pelear que él me enseñó, y me volvía para encararlo. Mis músculos estaban tensos. No sé qué me movió a adoptar la forma de pelea, acaso fue el creer que don Juan quería asustarme creando la impresión de que, en realidad, la persona que yo estaba viendo no era él mismo. 

Pensé que ponía mucho cuidado en hacer cosas fuera de costumbre, para implantar la duda en mi mente. Tuve miedo, pero aun así me sentía por encima de todo aquello, porque de hecho me hallaba evaluando y analizando la secuencia completa. En ese punto, don Juan se levantó. Sus movimientos fueron completamente desconocidos. 

Puso los brazos frente al cuerpo y se empujó hacia arriba, alzando primero la espalda; luego asió la puerta y enderezó la parte superior del cuerpo. Me asombró la honda familiaridad que yo tenia con sus movimientos, y el sentimiento terrible que él creaba al hacerme ver un don Juan que no se movía como don Juan. 

Dio unos pasos hacia mí. Sostenía con ambas manos la parte inferior de su espalda, como si tratara de enderezarse o sufriera un dolor. Gemía y resoplaba. Parecía tener tapada la nariz. 

Dijo que me iba a llevar y me ordenó levantarme y seguirlo. Caminé hacia el lado oeste de la casa. Cambié de posición para encararlo. Se volvió hacia mí. 

Yo no me moví de mi sitio; estaba pegado a él. 

-¡Oye muchacho! -vociferó-. Te dije que vengas conmigo. ¡Si no vienes te llevo a empujones! 

Se me acercó. Empecé a golpearme la pantorrilla y el muslo y a bailar aprisa. Don Juan llegó al filo del zaguán, frente a mí y casi me tocó. 

Frenéticamente dispuse mi cuerpo para adoptar la posición de lanzamiento, pero él cambió de dirección y se alejó hacia los matorrales a mi izquierda. 

En cierto momento, mientras se alejaba, se volvió de pronto, pero yo le daba la cara. Se perdió de vista. Conservé la postura de pelea un rato más, pero como ya no lo vi me senté de nuevo con las piernas cruzadas y la espalda contra la roca. 

A estas alturas me hallaba realmente asustado. Quise huir corriendo, pero esa idea me aterraba más aún. Sentí que, si él me atrapaba en el camino a mi coche, quedaría completamente a su merced. 

Empecé a cantar las canciones de Mescalito que sabía. Pero sentía de algún modo que allí eran impotentes. Sólo servían de pacificador, pero me serenaron. Las canté una y otra vez. Eran las tres menos cuarto de la mañana y oí un ruido dentro de la casa. 

Inmediatamente cambié de postura. La puerta se abrió de golpe y don Juan salió trastabillando. Boqueaba y se agarraba la garganta. Se arrodilló frente a mí y gimió. 

Me pidió, en voz aguda y chillona, ir a ayudarlo. Luego vociferó nuevamente y me ordenó ir. Hacía ruidos de gargarismo. Me suplicó ir a ayudarlo, porque algo lo ahogaba. 

Se arrastró sobre las manos y las rodillas hasta hallarse a poco más de un metro. Extendió las manos hacia mí. 

-¡Ven acá! -dijo. Entonces se levantó. Sus brazos estaban extendidos en mi dirección. Parecía dispuesto a aferrarme. Pateé el suelo y me di palmadas en la pantorrilla y el muslo. Estaba fuera de mí. Don Juan se detuvo y caminó hacia el costado de la casa y se internó entre los matorrales. 

Cambié de postura para encararlo. Luego volví a sentarme. Ya no quería cantar. Mi energía parecía desgastarse. Todo el cuerpo me dolía; cada músculo estaba tieso y dolorosamente contraído. No sabía qué pensar. No podía decidir si enojarme con don Juan o no. Pensé en saltarle encima, pero de alguna manera supe que él me derribaría de golpe como a un insecto. Tuve verdaderas ganas de llorar. Experimentaba una honda desesperanza; la idea de que don Juan iba a tales extremos por asustarme provocaba en mí una sensación de llanto. Me resultaba imposible hallar un motivo para comprender su tremendo despliegue histriónico; sus movimientos eran tan habilidosos que me confundían. No era como si tratara de moverse como mujer; era como si una mujer tratara de moverse igual que don Juan. 

Tuve la impresión de que esa mujer intentaba en verdad caminar y moverse con la deliberación de don Juan, pero era demasiado pesada y no tenía la ligereza de don Juan. Quien estuviera frente a mí creaba la impresión de ser una mujer pesada, de menos edad, tratando de imitar los movimientos lentos de un anciano ágil. 

Estos pensamientos me arrojaron a un estado de pánico. Un grillo empezó a clamar ruidosamente, muy cerca de mí. Noté la riqueza de su tono; imaginé que tenía voz de barítono. El canto empezó a disolverse. 

De pronto, todo mi cuerpo se contrajo. Volvía adoptar la forma de lucha y encaré la dirección de donde había venido el canto del grillo. El sonido me estaba atrapando; había empezado a atraparme antes de que yo me diera cuenta de que solamente era como de grillo. 

El sonido se acercó de nuevo. Se hizo terriblemente fuerte. Empecé a cantar mis canciones de Mescalito, más y más alto. De pronto el grillo calló. Inmediatamente me senté, pero seguí cantando. 

Un momento después vi la figura de un hombre correr hacia mí, viniendo de la dirección opuesta al llamado del grillo. Palmotee sobre mi muslo y mi pantorrilla y pateé vigorosa, frenéticamente. 

La figura pasó muy aprisa, casi tocándome. Parecía un perro. Experimenté un miedo tan espantoso que quedé insensible. No recuerdo haber sentido ni pensado nada más. 

El rocío de la mañana fue refrescante. Me sentí mejor. El fenómeno, fuera lo que fuese, parecía haberse retirado. Eran las seis menos diez de la mañana cuando don Juan abrió calladamente la puerta y salió. 

Estiró los brazos, bostezando, y me miró. Dió dos pasos hacia mí, prolongando su bostezo. Vi sus ojos mirar a través de párpados entornados. Me levanté de un salto; supe entonces que quienquiera, o lo que fuera, que estuviese frente a mí, no era don Juan. 

Recogí del suelo una piedra pequeña, con filos agudos. Estaba junto a mi mano derecha. No la miré; únicamente la sostuve apretándola con el pulgar contra los dedos extendidos. 

Adopté la forma que don Juan me había enseñado. En cuestión de segundos, sentí que me llenaba un extraño vigor. Entonces grité y arrojé la piedra. Me pareció un clamor magnífico. En ese momento, no me importaba vivir ni morir. Sentí que el grito era estremecedor en su potencia. Era penetrante y prolongado, y en verdad dirigió mi puntería. 

La figura frente a mí osciló y chilló y trastabilló hacia el costado de la casa, para internarse de nuevo en el matorral. Tardé horas en calmarme. Ya no pude tomar asiento; trotaba de continuo en el mismo sitio. Tenía que respirar por la boca para recibir aire suficiente. 

A las 11 de la mañana, don Juan volvió a salir. Yo iba a dar un salto, pero los movimientos eran suyos. Fue derecho a su sitio y se sentó como solía. Me miró y sonrió. ¡Era don Juan! 

Fui a él y, en vez de enojarme, besé su mano. Creía realmente que él no había actuado para crear un efecto dramático, sino que alguien lo había suplantado para hacerme daño o matarme. 

La conversación se inició con especulaciones sobre la identidad de una persona femenina que supuestamente había tomado mi alma. Luego don Juan me pidió contarle cada detalle de mi experiencia. Narré toda la secuencia de eventos en una forma muy deliberada. El rió todo el tiempo, como si fuera un chiste. 

Cuando terminé, dijo: 

-Te fue bien. Ganaste la batalla por tu alma. Pero el asunto es más serio de lo que yo creía. Anoche tu vida no valía ni un duro. Tu buena suerte fue que sabías lo suficiente y te defendiste. De no haber tenido un poco de preparación, ahorita estarías muerto, porque lo que te visitó anoche tenía ganas de acabar contigo.

-¿Cómo es posible, don Juan, que alguien tomara la forma de usted? 

-Muy sencillo. Lo que te visitó anoche fue una diablera y tiene un buen ayudante del otro lado. Pero no fue muy buena para tomar mi apariencia, y tú diste con el truco. 

-¿Un ayudante del otro lado es lo mismo que un aliado? 

-No, un ayudante es la ayuda de otro diablero. Un ayudante es un espíritu que vive del otro lado del mundo y ayuda al diablero a causar enfermedad y dolor. Lo ayuda a matar. -¿Puede un diablero tener también un aliado, don Juan? 

-Por supuesto, si son los diableros los que tienen aliados, pero antes de que un diablero pueda domar a un aliado, el diablero acostumbra a tener un ayudante que lo auxilie en sus tareas. 

-¿Y la mujer que tomó su forma, don Juan? ¿Tiene sólo ayudante y no aliado? 

-No sé si tenga aliado o no. A algunas personas no les gusta el poder de un aliado y prefieren un ayudante. Domar un aliado es trabajo duro. Sale más fácil conseguir un ayudante del otro lado. 

-¿Piensa usted que yo podría conseguir un ayudante? 

-Para saberlo, tienes que aprender mucho más. Estamos otra vez al principio, casi como el primer día que viniste a pedirme hablar de Mescalito, y yo no podía porque no me habrías entendido ni una palabra. Ese otro lado es el mundo de los diableros. 

Creo que lo mejor será decirte lo que yo creo y siento, como lo hizo mi benefactor. El era diablero y guerrero; su vida se inclinaba hacia la fuerza y la violencia del mundo. Pero yo no soy ninguna de las dos cosas. Esa es mi naturaleza. Tú has visto mi mundo desde el principio. En cuanto a enseñarte el camino de mi benefactor, nada más puedo dejarte en la puerta, y tú tendrás que decidir solo; tendrás que aprenderlo por tu propia cuenta. 

Debo reconocer ahora que cometí un error contigo. Habría sido mucho mejor, ahora lo veo, empezar como yo mismo empecé. Así es más fácil darse cuenta de cuán sencilla y a la vez cuán profunda es la diferencia. 

Un diablero es un diablero y un guerrero es un guerrero. O se puede ser las dos cosas. Hay bastante gente que son las dos cosas. Pero un hombre que sólo recorre los caminos de la vida lo es todo. 

Hoy no soy ni guerrero ni diablero. Para mí ya no hay nada de eso. Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo. Y esos recorro mirando, mirando, sin aliento. 

Hizo una pausa. Su rostro reflejaba un estado de ánimo peculiar; parecía inusitadamente serio. Yo no sabía qué preguntar ni qué decir. 

Don Juan prosiguió: 

-La cosa que hay que aprender es cómo llegar a la raja entre los mundos y cómo entrar en el otro mundo. Hay una raja entre los dos mundos, el mundo de los diableros y el mundo de los hombres vivos. 

Hay un lugar donde los dos mundos se montan el uno sobre el otro. La raja está ahí. Se abre y se cierra como una puerta con el viento. Para llegar allí, un hombre debe ejercer su voluntad. Debe, diría yo, desarrollar un deseo indomable, una dedicación total. 

Pero debe hacerlo sin ayuda de ningún poder ni de ningún hombre. El hombre sólo debe reflexionar y desear hasta el momento en que su cuerpo esté listo para emprender el viaje. 

Ese momento se anuncia con un temblor prolongado de los miembros y vómitos violentos. Por lo general, el hombre no puede dormir ni comer, y se va gastando. 

Cuando las convulsiones ya no cesan, el hombre está listo para partir, y la raja entre los mundos aparece enfrente de sus ojos como una puerta monumental: una rendija que sube y baja. 

Cuando se abre, el hombre tiene que colarse por ella. Del otro lado de esa frontera es difícil distinguir. Hace viento, como polvareda. El viento se arremolina. El hombre debe entonces caminar en cualquier dirección. El viaje será corto o largo, según su fuerza de voluntad. Un hombre de voluntad fuerte hace viajes cortos. Un hombre débil, indeciso, viaja largo y con dificultades. 

Después de este viaje, el hombre llega a una especie de meseta. Se pueden distinguir con claridad algunos de sus rasgos. Es un plano encima de la tierra. Se le reconoce por el viento, que allí sopla todavía más fuerte: golpea, ruge por todo el derredor. 

En la parte más alta de esa meseta está la entrada al otro mundo. Y hay una especie de piel que separa los dos mundos; los muertos la atraviesan sin ruido, pero nosotros tenemos que romperla con un grito. 

El viento reúne fuerza, el mismo viento indómito que sopla en la meseta. Cuando el viento ha juntado fuerza suficiente, el hombre tiene que gritar y el viento lo empuja al otro lado. 

Aquí también su voluntad debe ser inflexible, para poder combatir al viento. Todo lo que necesita es un empujón suave, y no que el viento lo mande al fin del otro mundo. 

Una vez que está del otro lado, tiene que vagar por allí. Su buena suerte sería encontrar un ayudante cerca, no muy lejos de la entrada. El hombre tiene que pedirle ayuda. 

En sus propias palabras, tiene que pedir al ayudante que lo instruya y lo haga diablero. Cuando el ayudante acepta, mata al hombre allí mismo, y mientras está muerto le enseña. 

Cuando hagas el viaje, a lo mejor encuentras a un gran diablero en el ayudante que te mate y te enseñe; eso depende de tu suerte. Pero las más de las veces uno encuentra brujos de mala muerte sin gran cosa que enseñar. Pero ni tú ni ellos tienen el poder de negarse. 

En el mejor de los casos hallar un ayudante macho para no caer en manos de una diablera que lo haga a uno sufrir en forma increíble. Las mujeres siempre son así. Pero eso depende de la pura suerte, a no ser que el benefactor de uno sea también un gran diablero, caso en el que tendrá muchos ayudantes en el otro mundo y puede mandarlo a uno a ver a un ayudante en particular. Mi benefactor era uno de esos hombres. "Me guió al encuentro de su espíritu ayudante. Después de que regreses, ya no serás el mismo. 

Estás comprometido a volver y a ver seguido a tu ayudante. Y estás comprometido a alejarte más y más de la entrada, hasta que por fin un día irás demasiado lejos y no podrás regresar. A veces un diablero pesca un alma y la empuja por la entrada y la deja a la custodia de su ayudante mientras él le roba a la persona toda su voluntad. En otros casos, el tuyo por ejemplo, el alma pertenece a una persona de voluntad fuerte, y el diablero sólo puede guardarla en su morral, porque es demasiado difícil llevársela al otro lado. 

En tales casos, como en el tuyo, una batalla puede resolver el problema: una batalla en que el diablero se juega el todo por el todo. Esta vez perdió el combate y tuvo que soltar tu alma. De haber ganado, se la llevaba a su ayudante para que se quede con ella. 

-Pero ¿cómo le gané? 

-No te moviste de tu sitio. Si te hubieras apartado un centímetro, te habría hecho polvo. 

La diablera escogió el momento en que yo no estaba como la mejor hora para atacar, y lo hizo bien. Falló porque no contaba con tu propia naturaleza, que es violenta, y también porque no te saliste del sitio en el que eres invencible. 

-¿Cómo me habría matado de haberme movido? 

-Te habría golpeado como un rayo. Pero sobre todo se habría quedado con tu alma, y tú te habrías ido gastando. 

-¿Qué va a suceder ahora, don Juan? 

-Nada. Recobraste tu alma. Fue una buena batalla.

Anoche aprendiste muchas cosas. Después nos pusimos a buscar la piedra que yo había lanzado. Don Juan dijo que, de encontrarla, podríamos estar absolutamente seguros de que el asunto había terminado. 

Buscamos durante casi tres horas. Yo tenía el sentimiento de que la reconocería. Pero no pude. Ese mismo día, empezando a anochecer, don Juan me llevó a los cerros cerca de su casa. 

Allí me dio instrucciones largas y detalladas sobre procedimientos específicos de pelea. En determinado momento, mientras repetía ciertos pasos prescritos, me hallé solo. 

Había subido corriendo una ladera y estaba sin aliento. Sudaba en abundancia, pero tenía frío. Llamé varias veces a don Juan, pero no contestó, y empecé a experimentar una aprensión extraña. 

Oí un crujir en el matorral, como si algo viniera hacia mí. Escuché atentamente, pero el ruido cesó. Luego volvió a oírse, más fuerte y más cerca. 

En ese instante se me ocurrió que iban a repetirse los eventos de la noche anterior. En cuestión de segundos, mi miedo creció fuera de toda proporción. El crujir en las matas se acercó más, y mi fuerza menguó. Quería gritar o llorar, correr o desmayarme, mis rodillas se vencieron; caí por tierra, chillando. 

Ni siquiera pude cerrar los ojos. Después de eso, sólo recuerdo que don Juan encendió una hoguera y frotó los músculos agarrotados de mis brazos y piernas. 

Permanecí varias horas en un estado de profunda zozobra. Más tarde, don Juan explicó mi reacción desproporcionada como un hecho común. 

Me declaré incapaz de descubrir lógicamente qué había ocasionado mi pánico; y él repuso que no fue el miedo de morir, sino más bien el miedo a perder el alma, un temor común entre los hombres que no poseen una intención indomable. 

Esa experiencia fue la última enseñanza de don Juan. Desde entonces me he abstenido de buscar sus lecciones. Y, aunque don Juan no ha alterado su actitud de benefactor hacia mí, creo en verdad haber sucumbido al primer enemigo de un hombre de conocimiento. 

                                                                                       FIN