AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

martes, 20 de enero de 2026

[3] LA CONSTELACIÓN DE GEMINI como nunca la has visto: POLLUX


Significado mitológico

Pólux, conocido también por su nombre griego Polideuces, es una de las figuras más luminosas de la mitología griega y, junto a su hermano gemelo Cástor, forma el célebre par de los Dióscuros. 

A diferencia de Cástor, Pólux posee naturaleza divina: es hijo de Zeus, quien se unió a Leda bajo la forma de un cisne, y por ello está dotado de inmortalidad. 

Esta condición no lo separa de su hermano, sino que, paradójicamente, refuerza el núcleo simbólico del mito, pues en Pólux la divinidad se define no por el poder o la distancia, sino por la capacidad de renuncia y de amor fraternal. Desde su nacimiento, Pólux aparece estrechamente vinculado a Cástor, con quien comparte crianza, aventuras y reputación heroica. 

Mientras Cástor destaca por su destreza como domador de caballos y auriga, Pólux es célebre por su fuerza física y, sobre todo, por su habilidad extraordinaria en la lucha. En los certámenes atléticos y en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, Pólux encarna el ideal del guerrero invencible, protegido por su ascendencia divina. 

Sin embargo, esta superioridad no lo convierte en una figura arrogante o distante, sino en un héroe que actúa siempre en función del vínculo con su hermano. 

Pólux participa, junto a Cástor, en numerosas empresas míticas, entre ellas la expedición de los Argonautas. En estos relatos, los Dióscuros aparecen como protectores de los navegantes y garantes del orden en situaciones de peligro. 

La tradición marinera les atribuye la capacidad de calmar las tempestades, y su manifestación en forma de luces sobre los mástiles de las naves (fuegos de San Telmo) refuerza el carácter benéfico y salvador de Pólux. En este contexto, su divinidad no es abstracta ni trascendente, sino cercana y operativa, orientada al auxilio de los hombres.

El momento decisivo del mito de Pólux llega con la muerte de Cástor. Frente a la posibilidad de disfrutar de una inmortalidad plena en el Olimpo, Pólux experimenta su condición divina como una carga insoportable si implica la separación definitiva de su hermano. 

Su súplica a Zeus para compartir la inmortalidad con Cástor constituye uno de los gestos más conmovedores de la mitología griega. Zeus accede, estableciendo una forma de existencia compartida en la que ambos alternan entre el mundo de los dioses y el de los muertos, o bien fijándolos juntos en el firmamento como la constelación de Géminis y cada uno de ellos, como dos brillantes estrellas que portan su nombre.

Este acto redefine el sentido de la inmortalidad. En Pólux, la eternidad deja de ser un privilegio individual para convertirse en una realidad relacional. Su figura encarna una divinidad ética, en la que el amor fraterno vale más que la perfección ontológica. Si Cástor representa la nobleza de lo humano ante la muerte, Pólux representa la grandeza de lo divino cuando es capaz de sacrificarse y compartir su condición con el otro.

Así, Pólux no es solo el gemelo inmortal de los Dióscuros, sino la expresión de una idea central de la mitología griega: que incluso los dioses alcanzan su forma más alta cuando reconocen el valor supremo del vínculo, la lealtad y la comunión. Su luz en el cielo, inseparable de la de Cástor, no celebra la victoria sobre la muerte, sino la fidelidad que la trasciende.


Astrometría de la estrella Póllux


Pólux, designada astronómicamente como Beta Geminorum, es la estrella más brillante de la constelación de Géminis, a pesar de portar la letra beta en la nomenclatura de Bayer, una circunstancia histórica que refleja su brillo aparente superior al de Cástor, Alfa Geminorum. 

Se localiza en el hemisferio celeste norte, con coordenadas ecuatoriales aproximadas de ascensión recta 07h 46m 56.55s y declinación +27° 57' 39.6" (J 2026.0) lo que la convierte en una estrella fácilmente observable desde latitudes medias del hemisferio norte durante los meses invernales y primaverales. En el hemisferio austral durante el verano y otoño. 

Su magnitud aparente visual es cercana a +1,14, situándola entre las estrellas más brillantes del cielo nocturno, otorgándole un papel dominante en la figura geométrica de Géminis, donde representa tradicionalmente la cabeza del gemelo inmortal.

Distancia: Pólux se encuentra relativamente cerca del Sistema Solar, a unos 34 años-luz, según las mediciones de paralaje obtenidas por misiones astrométricas como Hipparcos y Gaia. Su paralaje anual, del orden de los 96 milisegundos de arco, permite una determinación bastante precisa de su posición espacial y de su movimiento propio. 

Este movimiento propio es notable, reflejando una velocidad transversal apreciable respecto al Sol, aunque sin formar parte de ningún grupo estelar móvil especialmente destacado. 

Las dos componentes del movimiento propio de Pólux medidas con precisión son:

  • Componente en ascensión recta (μ_RA): −626,55 mas/año
  • Componente en declinación (μ_Dec): −45,80 mas/año

La magnitud total del movimiento propio (μ) se obtiene como la norma (módulo vectorial) de estas dos componentes:

√ [(−626,55)²   +  (−45,80)²]   ≈ 628,2 mas/a

Esto equivale a 0,628" por año de movimiento angular sobre el cielo.

En términos de magnitud absoluta, Pólux presenta un valor aproximado de 0,4, lo que confirma que su gran brillo aparente no se debe únicamente a su proximidad, sino también a su elevada luminosidad intrínseca.

Astrométricamente, Pólux es una estrella aislada, sin compañera estelar visible, aunque se sabe que alberga al menos un planeta extrasolar confirmado. Su estabilidad posicional y su brillo constante la han convertido históricamente en una estrella de referencia tanto para la navegación como para la cartografía celeste, y su posición ha sido utilizada para definir con precisión el contorno tradicional de la constelación de Géminis a lo largo de los siglos.


 Astrofísica de la estrella Póllux

Comparación del tamaño de Pollux respecto al Sol (dcha)

Desde el punto de vista astrofísico, Pólux es una estrella gigante naranja de tipo espectral K0 III, lo que indica que ha agotado el hidrógeno en su núcleo y ha abandonado la secuencia principal para evolucionar hacia fases más avanzadas de su vida estelar. 

Su color anaranjado característico es consecuencia directa de una temperatura superficial relativamente moderada, situada en torno a los 4.800–4.900 kelvin, inferior a la del Sol pero típica de las gigantes de tipo K. Esta temperatura, combinada con un radio considerablemente mayor que el solar de 8 a 9 veces el del Sol, explica su elevada luminosidad que supera en unas 40 veces la del Sol, producto principalmente de su gran superficie emisora más que de una temperatura extrema.

Su masa se estima en alrededor de 1,8–2 masas solares, lo que sugiere que, en su juventud, fue una estrella blanca o blanco-amarillenta de tipo A o F.  El estudio de sus oscilaciones estelares ha permitido refinar estos valores y confirmar su estado evolutivo avanzado, probablemente en una fase de fusión de hidrógeno en una capa alrededor de un núcleo de helio inerte.

Uno de los aspectos más interesantes de Pólux es su campo magnético débil pero detectable, un rasgo relativamente poco común en estrellas gigantes, que ha sido estudiado para comprender mejor la evolución del magnetismo estelar tras la secuencia principal. 

Asimismo, se ha confirmado la presencia de un planeta gigante gaseoso, Pólux b, con una masa mínima varias veces superior a la de Júpiter y una órbita relativamente cercana, lo que convierte a esta estrella en un laboratorio natural para el estudio de la interacción entre estrellas evolucionadas y planetas masivos.

Astrofísicamente, Pólux representa un ejemplo paradigmático del destino futuro de estrellas de masa intermedia, incluido en cierta medida el propio Sol dentro de varios miles de millones de años. Su estructura interna, su expansión y su estabilidad actual ilustran con claridad los procesos que gobiernan la transición de una estrella desde la secuencia principal hacia las fases de gigante roja, aportando información crucial sobre la evolución estelar y la dinámica de sistemas planetarios en entornos post-secuencia principal.

El típico cielo de invierno para los observadores del norte y mirando hacia el horizonte sur.



lunes, 19 de enero de 2026

[2] LA CONSTELACIÓN DE GEMINI como nunca la has visto: CASTOR


La tradición y leyendas de Cástor, el dióscuro

Cástor es una de las figuras más sugestivas de la mitología griega, inseparable de su hermano gemelo Pólux y profundamente ligada al simbolismo del heroísmo, la fraternidad y la ambigüedad entre lo mortal y lo divino. 

Ambos son conocidos como los Dióscuros, “los hijos de Zeus”, aunque su origen encierra ya una tensión fundamental: Cástor es hijo del rey Tindáreo de Esparta y, por tanto, mortal, mientras que Pólux nace de la unión de Zeus con Leda y posee naturaleza divina. Esta diferencia ontológica marcará el destino de ambos y dará a la figura de Cástor una dimensión trágica y profundamente humana.

Desde su nacimiento, Cástor y Pólux aparecen unidos por un vínculo indisoluble. La tradición cuenta que Leda convertida en cisne para ser copulada por Zeus, a su vez, otro cisne, puso cuatro huevos esa misma noche.

Leda anteriormente había recibido la visita de su marido Tindáreo con quien tuvo relación sexual, una vez concluido el acto, Zeus entra en su dormitorio convertido en cisne y a su vez, la convierte a ella en cisne también para poder realizar la cópula y así pasar inadvertido a los ojos presentes de Hera.

De uno de los huevos nacieron Helena y Pólux, de origen divino, y del otro Cástor y Clitemnestra, de linaje humano. 

Cástor es un mortal y se distingue especialmente por su habilidad como domador de caballos y del auriga, un arte noble y técnico que contrasta con la fuerza pugilística y casi sobrehumana de Pólux. Esta complementariedad refuerza la imagen de los gemelos como un par equilibrado, donde lo humano y lo divino, la técnica y la fuerza, se armonizan.

Cástor participa, junto con su hermano, en numerosas gestas heroicas. Ambos forman parte de la expedición de los Argonautas, donde destacan no tanto por hazañas individuales como por su capacidad de protección y auxilio. En la tradición marinera, los Dióscuros son invocados como salvadores en medio de las tormentas, y su aparición se asocia al fenómeno luminoso conocido como el fuego de San Telmo. 

Aquí, Cástor comparte con Pólux un papel casi numinoso, pese a su naturaleza mortal, lo que subraya la ambigüedad de su estatus: aunque humano, participa de la gloria y el poder de lo divino gracias a su vínculo fraternal.

El episodio central que define el sentido mítico de Cástor es su muerte. En una disputa con Idas y Linceo, hijos de Afareo, por el reparto de un botín o por el rapto de unas mujeres —según las versiones—, Cástor resulta mortalmente herido. Pólux, inmortal, queda devastado ante la pérdida de su hermano y rechaza una eternidad que no pueda compartir con él. Suplica entonces a Zeus que le permita dividir su inmortalidad con Cástor. El dios accede, estableciendo que ambos alternen su estancia entre el Olimpo y el Hades, o, según otra tradición, los convierte en la constelación de Géminis, donde brillan juntos para siempre.

Este desenlace convierte a Cástor en una figura profundamente simbólica. Representa la condición humana en su límite más noble: la excelencia, el valor y la lealtad, pero también la vulnerabilidad y la muerte. Frente a la inmortalidad solitaria de los dioses, el mito afirma, a través de Cástor, la superioridad del vínculo fraterno y del amor compartido incluso sobre la eternidad. Su recuerdo, fijado en el cielo nocturno, no es solo el de un héroe, sino el de una idea central de la mitología griega: que lo humano alcanza su máxima dignidad cuando se une a otros por lazos de fidelidad y sacrificio.

Así, Cástor no es únicamente “el gemelo mortal” de los Dióscuros, sino el eje trágico y humano de un mito que reflexiona sobre la muerte, la inmortalidad y el sentido de la vida compartida. En su figura, la mitología griega ofrece una de sus imágenes más conmovedoras de la fraternidad elevada a principio cósmico.


              Astrometría del Sistema Cástor

Para localizar a los dióscuros en el cielo, partimos de un segmento que una a Betelgeuse y Rigel para prolongarlo en toda su extensión hacia la izquierda de Betelgeuse y un poco más allá están ambas estrellas.


Alfa (α) Geminorum, CÁSTOR, es una de las estrellas más brillantes y estudiadas del cielo nocturno, situada en la constelación de Géminis y visible a simple vista desde la Tierra con una magnitud aparente combinada cercana a +1,58. A pesar de ser la alfa de Gemelos, no es la estrella más brillante de la constelación, sino que lo es Pollux.

Desde el punto de vista astrométrico, Cástor se localiza en la esfera celeste en una ascensión recta aproximada de 07h 36m 17.64s y una declinación de +31° 49′ 45.3″ (época J2026).

Las mediciones de paralaje obtenidas por misiones como Hipparcos y refinadas posteriormente permiten situar el sistema a una distancia de unos 15,8 parsecs, equivalentes a aproximadamente 51–52 años luz del Sol, lo que lo coloca entre los sistemas estelares relativamente cercanos a nuestro entorno inmediato.

El movimiento propio de Cástor es claramente medible y revela una deriva lenta pero constante sobre el fondo estelar, con componentes del orden de –0,17 segundos de arco por año en ascensión recta y –0,10 segundos de arco por año en declinación, mientras que su velocidad radial media es de unos +5 a +6 km/s, indicando que el sistema se aleja gradualmente del Sistema Solar.

Estos parámetros cinemáticos, junto con su edad estimada de unos 300 a 370 millones de años, han permitido asociar a Cástor con el llamado grupo de movimiento de Cástor, una asociación laxa de estrellas que comparten un origen y una trayectoria espacial similar dentro del disco galáctico.

              Astrofísica del Sistema Cástor


Aunque a simple vista Cástor se presenta como una única estrella blanca, la realidad física es mucho más rica y compleja, ya que se trata de un sistema estelar séxtuple compuesto por tres pares binarios ligados gravitacionalmente. 

Las dos componentes principales, conocidas como Cástor A y Cástor B, forman una binaria visual resoluble con telescopios modestos, con una separación angular media de unos 6 segundos de arco, que varía lentamente a lo largo del tiempo debido a su órbita mutua. 

El periodo orbital de este par visual es extremadamente largo, del orden de 450 años, lo que implica una separación física de aproximadamente 100 unidades astronómicas, comparable a varias veces la distancia media entre el Sol y Plutón. El estudio de esta órbita visual a lo largo de siglos ha sido fundamental para la determinación de masas dinámicas y para la validación de modelos gravitacionales en sistemas estelares múltiples.


Castor A y B
Desde el punto de vista astrofísico, tanto Cástor A como Cástor B resultan ser, a su vez, binarias espectroscópicas cerradas. En el caso de Cástor A, sus dos componentes, designadas Aa y Ab, orbitan entre sí con un periodo muy corto, de aproximadamente 9,21 días, lo que sólo puede detectarse mediante el análisis de desplazamientos Doppler periódicos en sus líneas espectrales. 





La componente dominante, Cástor Aa, es una estrella de tipo espectral A1 V, perteneciente a la secuencia principal, con una temperatura efectiva cercana a los 9.500–10.300 K, una masa aproximada de 2,2 a 2,4 veces la masa del Sol, un radio de alrededor de 2,3 radios solares y una luminosidad que puede alcanzar entre 30 y 37 veces la luminosidad solar. 

Estas características la sitúan claramente entre las estrellas blancas calientes de masa intermedia, que producen su energía mediante la fusión del hidrógeno en sus núcleos a un ritmo mucho más intenso que el del Sol.

Cástor B presenta propiedades similares pero con matices importantes. Su componente principal, Ba, es también una estrella de tipo A, a menudo clasificada como A2 Vm o A5 Am, lo que indica que pertenece al grupo de las estrellas metálicas Am, caracterizadas por anomalías químicas en sus atmósferas, con sobreabundancias de ciertos metales pesados y deficiencias de otros elementos como el calcio o el escandio. 

Estas peculiaridades se interpretan como el resultado de procesos de difusión radiativa y sedimentación gravitatoria en atmósferas relativamente tranquilas, favorecidas por la rotación moderada típica de las binarias cerradas. 

La temperatura efectiva de Cástor Ba se sitúa en torno a los 8.300–8.800 K, con una masa cercana a 1,7–1,9 masas solares y una luminosidad del orden de una decena de veces la del Sol. Su compañera cercana, Bb, contribuye menos a la luminosidad total, pero es crucial para la determinación precisa de masas y parámetros orbitales.

La tercera gran componente del sistema, conocida como Cástor C, se encuentra a una separación angular mucho mayor, de unos 70–73 segundos de arco respecto al par A–B, lo que corresponde a varios cientos de unidades astronómicas en distancia física. Cástor C es también un sistema binario, identificado como la estrella variable YY Geminorum, y constituye uno de los ejemplos más estudiados de binaria eclipsante formada por dos enanas rojas casi idénticas


Ambas estrellas de este par tienen masas próximas a 0,6 masas solares, radios de alrededor de 0,62 radios solares y temperaturas efectivas cercanas a los 3.800 K. Orbitan entre sí con un periodo extremadamente corto, de apenas 0,814 días, lo que da lugar a eclipses mutuos frecuentes y bien definidos, así como a una intensa actividad magnética superficial, manifestada en manchas estelares, fulguraciones y emisión en rayos X.

Desde el punto de vista astrofísico, el sistema Cástor es de un valor excepcional, ya que reúne en un único conjunto estrellas de masa intermedia y estrellas de baja masa, todas ellas con parámetros bien determinados gracias a la combinación de astrometría precisa, espectroscopia de alta resolución y fotometría de variabilidad. La posibilidad de medir masas, radios, luminosidades y temperaturas de forma independiente en varios de sus componentes lo convierte en un banco de pruebas fundamental para los modelos teóricos de evolución estelar, especialmente en lo que respecta a la secuencia principal temprana y a las enanas rojas activas. Además, su arquitectura jerárquica proporciona un laboratorio natural para estudiar la estabilidad dinámica de sistemas múltiples y los procesos de formación estelar en entornos donde nacen varias estrellas a partir de una misma nube molecular.

En conjunto, Cástor no es simplemente una estrella brillante que adorna el cielo invernal, sino un sistema estelar extraordinariamente rico desde el punto de vista astrométrico y astrofísico, cuya cercanía y complejidad han permitido a la astronomía moderna profundizar en cuestiones fundamentales sobre la masa, la estructura interna, la evolución y la dinámica de las estrellas. Si lo deseas, puedo adaptar este texto a un nivel más técnico aún, incorporando ecuaciones, valores orbitales detallados o comparaciones directas con otros sistemas múltiples cercanos como Sirio o Alfa Centauri.
    
                                     YY Geminorum (Cástor C)

YY Geminorum es una de las estrellas binarias eclipsantes más importantes y estudiadas de la astronomía moderna y constituye, además, la componente C del complejo sistema estelar de Cástor (α Geminorum). A simple vista no es visible sin instrumentos, ya que su magnitud aparente ronda el valor +9, pero su relevancia científica es extraordinaria porque se trata de un sistema formado por dos enanas rojas casi idénticas que orbitan muy próximas entre sí, permitiendo determinar con gran precisión parámetros fundamentales como masas, radios, temperaturas y luminosidades, algo poco habitual en estrellas de baja masa. Desde el punto de vista astrométrico, YY Geminorum se encuentra a la misma distancia que el resto del sistema de Cástor, aproximadamente 15,8 parsecs, es decir, unos 51 años luz del Sol, y comparte su movimiento propio y su velocidad espacial, lo que confirma su ligadura gravitatoria al sistema principal y su pertenencia al grupo de movimiento de Cástor.

Astrofísicamente, YY Geminorum está compuesto por dos estrellas de tipo espectral M1 Ve, es decir, enanas rojas de la secuencia principal con líneas de emisión evidentes, indicativas de una intensa actividad magnética. 

Cada una de las componentes posee una masa cercana a 0,60 veces la masa del Sol y un radio de aproximadamente 0,62 radios solares, con temperaturas efectivas del orden de 3.800 K. Estas cifras son especialmente valiosas porque proceden de mediciones directas derivadas de la naturaleza eclipsante del sistema: al observarse eclipses mutuos muy regulares, es posible reconstruir con gran exactitud la geometría orbital y los tamaños reales de las estrellas. 

El periodo orbital es extremadamente corto, de apenas 0,814 días, lo que implica que ambas enanas rojas están separadas por sólo unos pocos radios estelares y se encuentran en rotación síncrona, mostrando siempre la misma cara a su compañera.
Curva de luz de YY Geminorum
La corta separación y la rápida rotación inducida por el acoplamiento de marea tienen consecuencias profundas en la física del sistema. 

YY Geminorum presenta una actividad magnética intensa, manifestada en grandes manchas estelares que cubren una fracción significativa de sus superficies, en fulguraciones frecuentes y en una fuerte emisión en rayos X y ultravioleta. 

Este comportamiento ha llevado a clasificarlo también como una variable del tipo BY Draconis, categoría que engloba a enanas rojas activas cuya variabilidad fotométrica se debe tanto a eclipses como a la rotación de regiones manchadas sobre la superficie estelar. La luminosidad de cada componente es baja en términos absolutos, del orden de unas pocas centésimas de la luminosidad solar, pero su variabilidad es notable y fácilmente detectable con fotometría precisa.

Desde el punto de vista teórico, YY Geminorum ocupa un lugar central en el estudio de las estrellas de baja masa porque ha puesto de manifiesto discrepancias importantes entre los modelos estándar de evolución estelar y las observaciones. Durante décadas se ha comprobado que las enanas rojas del sistema presentan radios mayores y temperaturas ligeramente menores de lo que predicen los modelos teóricos para su masa y edad. 

La explicación más aceptada atribuye estas discrepancias a los efectos de la actividad magnética intensa, que inhibe parcialmente la convección y modifica la estructura interna de las estrellas. En este sentido, YY Geminorum se ha convertido en un laboratorio astrofísico clave para comprender cómo el magnetismo afecta a la física estelar en el régimen de masas bajas, algo de gran importancia si se tiene en cuenta que las enanas rojas constituyen la población estelar más abundante de la Galaxia.

El contexto evolutivo del sistema también resulta esclarecedor. Con una edad estimada de unos 300 millones de años, YY Geminorum es relativamente joven en términos estelares, lo que explica en parte su elevada actividad magnética. Al compartir origen y edad con las componentes más masivas de Cástor A y B, el sistema ofrece una oportunidad única para estudiar cómo estrellas de masas muy distintas evolucionan en paralelo dentro de un mismo entorno gravitatorio. Además, su estabilidad orbital a largo plazo, pese a formar parte de un sistema sextuple, proporciona información valiosa sobre la dinámica y la formación de sistemas múltiples complejos.

En conjunto, YY Geminorum es mucho más que una simple estrella variable: es una referencia fundamental para la astrofísica de enanas rojas, un banco de pruebas para los modelos de estructura y evolución estelar y un ejemplo paradigmático de cómo la combinación de astrometría, fotometría y espectroscopia puede revelar con enorme precisión la naturaleza física de estrellas situadas más allá del alcance de la observación directa. Su estudio continúa siendo esencial para comprender no sólo las estrellas de baja masa, sino también el papel que la actividad magnética desempeña en la evolución estelar y, por extensión, en los entornos donde se forman planetas alrededor de este tipo de estrellas.




[1] LA CONSTELACIÓN DE GEMINI como nunca la has visto: LOCALIZACIÓN, SUS MITOS Y LEYENDAS

 


La constelación de Géminis, situada en el cinturón zodiacal entre Tauro y Cáncer, es una de las figuras celestes más antiguas y simbólicamente ricas de la tradición astral occidental. Su nombre latino significa “los gemelos” y desde la Antigüedad ha sido identificada con un par de hermanos unidos por un vínculo excepcional, imagen que ha servido para expresar ideas de fraternidad, dualidad, complementariedad y trascendencia ante la muerte. 

Constelación de LOS GEMELOS.                ABREVIATURA: Gem

NOMBRE EN LATÍN. NOMINATIVO →  GEMINI

                                  GENITIVO        GEMINORUM

Nombre popular (astrológico) castellanizado: GÉMINIS

Superficie: 513,8 grados cuadrados

Posición: 30


                                                  

LOCALIZACIÓN

La constelación está dominada por dos estrellas brillantes y fácilmente reconocibles, Cástor y Pólux, cuya proximidad en el cielo refuerza visualmente el relato mítico que las acompaña.

Por otro lado, por ser una constelación zodiacal, es visitada por los planetas. En la fecha que estamos (Enero de 2026), Júpiter se encuentra en esta constelación brillando como una extraordinaria estrella plomiza de magnitud negativa, por lo que localizando Júpiter en el cielo, tenemos localizada la constelación.

Júpiter se encuentra muy cerca, en conjunción con la estrella Wasat (δ Geminorum).

William Herschel descubrió Urano cerca de Tejat Prior (η Geminorum) en 1781, y Clyde Tombaugh hizo lo propio con el planeta enano Plutón cerca de Wasat (δ Geminorum).

Por otro lado, si has leído los artículos anteriores sobre CAN MINOR u ORION, a partir de aquí es fácil localizar Géminis, también denominada «Los gemelos» pero que la astrología popularizó con el nombre de «Géminis». Para localizar estos artículos usa la barra lateral izquierda y ve descendiendo hasta encontrar las series mencionadas.

Si sabes donde se encuentra Procyon, Géminis está justo más arriba, ya cerca del cénit.

Si conoces Orión, la constelación de Géminis se encuentra hacia la parte izquierda y superior de Betelgeuse.

Su forma es la de un cuadrilátero alargado, casi rectangular. Las dos estrellas más brillantes se encuentran formando parte del lado menor e inferior, siendo Cástor, la superior y Póllux (Pólux), la inferior. 

Pólux es la estrella izquierda y Cástor la estrella derecha

                                 LAS ANTIGUAS MITOLOGÍAS ORIENTALES

Más allá del mundo grecorromano, la figura de los gemelos celestes aparece de forma recurrente en múltiples culturas, lo que sugiere un arquetipo astral profundo. 

En la tradición védica de la India, los Ashvins son dos dioses gemelos asociados al amanecer, la curación y el rescate, vinculados también a los caballos y al movimiento entre mundos. 

En Mesopotamia, Géminis fue identificado con la pareja divina Lugal-irra y Meslamta-ea, guardianes de las puertas del inframundo, lo que introduce una dimensión liminar: los gemelos como vigilantes del umbral entre la vida y la muerte. 

Incluso en culturas indígenas americanas y en mitologías africanas aparecen parejas de gemelos con funciones cósmicas, reforzando la idea de que Géminis encarna una estructura simbólica universal.


Castor y Pólux o los Gemelos Celestiales es una famosa pintura de Giovanni Battista Cipriani, un artista italiano del siglo XVIII, que representa a los héroes míticos de la mitología griega y romana, conocidos como los Dioscuros, asociados con la constelación de Géminis y patrones de navegantes y caballeros, mostrándolos a menudo junto a sus caballos, siendo una obra clave en el Neoclasicismo y el gusto por lo clásico.

MITOLOGÍA GRIEGA

En la mitología griega, Géminis representa a los Dióscuros, Cástor y Pólux, hijos de Leda. Sin embargo, su nacimiento ya introduce una ambigüedad fundamental: Cástor era hijo mortal del rey espartano Tíndaro, mientras que Pólux era hijo de Zeus, quien había seducido a Leda bajo la forma de un cisne. Esta doble paternidad convirtió a los gemelos en símbolos de la coexistencia entre lo humano y lo divino. Ambos hermanos eran inseparables y célebres por sus habilidades: Cástor destacaba como domador de caballos y Pólux como púgil invencible. Participaron en numerosas hazañas heroicas, entre ellas la expedición de los Argonautas y eran venerados como protectores de marineros y viajeros.

El episodio más significativo de su leyenda ocurre con la muerte de Cástor. Incapaz de aceptar la pérdida de su hermano, Pólux rogó a Zeus compartir con él su inmortalidad. El dios concedió que ambos alternaran su existencia entre el Olimpo y el Hades, o, según otra versión, que fueran inmortalizados juntos en el cielo como constelación. Este acto de amor fraterno convirtió a Géminis en un emblema de lealtad absoluta y de victoria sobre la separación definitiva que impone la muerte. En el firmamento, la cercanía de Cástor y Pólux recuerda esta unión indisoluble, aunque paradójicamente una de las estrellas represente al hermano mortal y la otra al inmortal.

                                                     MITOLOGÍA ROMANA

La tradición romana adoptó el mito griego casi sin modificaciones, intensificando su carácter protector. Los Dióscuros eran invocados como salvadores en batallas y tormentas, y se decía que aparecían como luces sobrenaturales —interpretadas hoy como los fuegos de San Telmo— sobre los mástiles de los barcos para anunciar la calma tras la tempestad. Así, Géminis se integró en la religión romana como símbolo de auxilio divino y presencia benéfica en los momentos de peligro.

Restos del Templo de Castor y Pollux en el foro romano

El Templo de los Dioscuros (Cástor y Pólux) en el Foro Romano fue construido originalmente alrededor del 484 a.C. por Aulo Postumio Alba para agradecer a los gemelos míticos su ayuda en la victoria romana en la Batalla del Lago Regilo, apareciendo para anunciar el triunfo, y posteriormente fue reconstruido, destacando una importante reconstrucción imperial por Tiberio. 

                                             MITOLOGÍA ÁRABE

En la tradición astral árabe, la constelación de Géminis ocupa un lugar de especial interés como heredera y transformadora del legado helenístico, reinterpretado a través de una sensibilidad simbólica propia, marcada por la observación precisa del cielo y por una rica imaginería poética. Los astrónomos árabes no concibieron Géminis únicamente como la reproducción del mito griego de los gemelos, sino como un conjunto estelar dotado de significados múltiples, asociados a la dualidad, la cooperación y la mediación entre fuerzas opuestas.

En árabe, la constelación es conocida como al-Jawzā’ (الجوزاء), un término complejo cuya etimología remite a la idea de “lo central” o “lo que ocupa el medio”. Este nombre no alude de manera explícita a los gemelos, sino a la posición de la constelación en el cielo, cercana al ecuador celeste, y a su función como punto de equilibrio entre el norte y el sur. Así, desde su denominación misma, Géminis aparece vinculada a la noción de balance cósmico y transición, más que a una identidad mítica individualizada.

Las estrellas principales de Géminis: Cástor y Pólux, fueron cuidadosamente catalogadas por los astrónomos árabes medievales, que heredaron sus nombres griegos a través de traducciones siríacas y latinas, pero también les atribuyeron designaciones propias. En muchos catálogos, estas estrellas se integran en figuras humanas o semihumanas asociadas a pares de hermanos, jóvenes nobles o guerreros gemelos, aunque sin desarrollar relatos mitológicos tan narrativos como los griegos. En la tradición árabe, el énfasis no recae tanto en la historia concreta de los personajes como en el simbolismo de la pareja: dos luces próximas, de brillo comparable, que avanzan juntas por el cielo nocturno.

Astrológicamente, Géminis fue concebida como una constelación de naturaleza aérea, mutable y comunicativa, características que se consolidaron en la astrología árabe clásica y que luego pasarían a la tradición medieval europea. Al-Jawzā’ se asocia con la inteligencia, la elocuencia, la rapidez mental y la capacidad de mediación. Esta constelación rige los intercambios, los viajes cortos, el aprendizaje y la transmisión del conocimiento, funciones que armonizan con la imagen del “doble” como puente entre mundos, ideas o personas. En este contexto, la dualidad no es conflicto, sino dinamismo y apertura.

Algunos mitos astrales árabes relacionan Géminis con figuras de jóvenes compañeros o aliados inseparables, símbolos de amistad y cooperación. En la poesía árabe preislámica y clásica, las estrellas gemelas son evocadas como vigilantes del desierto nocturno, guías para los viajeros y señales de orientación en largas travesías. La aparición de Géminis en el cielo marcaba ciertos momentos del calendario agrícola y del ciclo anual, reforzando su papel como constelación de paso y transición estacional.

Es importante subrayar que la tradición islámica, cautelosa frente a la mitologización excesiva del cielo, tendió a depurar los relatos antropomórficos heredados, sin eliminar el valor simbólico de las constelaciones. Así, Géminis conserva un aura de significado profundo, pero más abstracto: representa la complementariedad, la coexistencia de diferencias y la necesidad de diálogo entre polos distintos. En lugar de dioses o héroes, el cielo árabe ofrece signos, equilibrios y correspondencias.

Cuando este saber astronómico y astrológico fue transmitido a Europa a través de Al-Ándalus y de los centros de traducción medievales, la visión árabe de Géminis dejó una huella duradera. La constelación pasó a entenderse no solo como la imagen de los gemelos míticos, sino como un símbolo de inteligencia dual, versatilidad y comunicación, rasgos que aún hoy definen al signo zodiacal de Géminis.

Así, en la tradición árabe, Géminis no es tanto una historia contada como una idea contemplada en el cielo: dos estrellas unidas que expresan el equilibrio del cosmos, la riqueza de la dualidad y la posibilidad de armonía entre fuerzas distintas que avanzan juntas por la bóveda nocturna.


                    LA TRADICIÓN ASTROLÓGICA OCCIDENTAL

En la tradición astral, Géminis es un signo de aire, regido por Mercurio, planeta del lenguaje, el intercambio y el movimiento. Esta asociación refuerza el simbolismo de la dualidad: mente y palabra, emisor y receptor, yo y el otro. 

Desde la Antigüedad, Géminis ha sido interpretado como signo de comunicación, versatilidad y curiosidad intelectual, pero también de ambivalencia y cambio constante. 

La imagen de los gemelos no sugiere una identidad fija, sino una identidad relacional, construida en diálogo y contraste. En este sentido, Géminis no representa la división conflictiva, sino la pluralidad dinámica que constituye la experiencia humana.

Astralmente, la constelación marcaba en el mundo antiguo un periodo crucial del año agrícola y marítimo. Su salida heliaca era observada como señal de estabilidad atmosférica y apertura de las rutas maritimas. 

Para los astrónomos y astrólogos helenísticos, Géminis ocupaba una posición intermedia en el cielo, reforzando su carácter mediador entre extremos: día y noche, tierra y cielo, mortalidad e inmortalidad.

En conjunto, la constelación de Géminis condensa una rica tradición mítica y simbólica en la que el cielo se convierte en escenario de valores humanos fundamentales: la fraternidad, la comunicación, el sacrificio y la superación de los límites individuales. 

Al contemplar a Cástor y Pólux brillando juntos en la noche, las culturas antiguas no solo reconocían un patrón estelar, sino una narración eterna sobre la posibilidad de unión entre lo finito y lo infinito, inscrita para siempre en el orden del cosmos.

Orestes y Pílades (Escuela de Praxíteles 10 a.C.) son dos personajes míticos que surgieron desde el arquetipo de los Dioscuros, símbolo de fraternidad y amistad.



domingo, 18 de enero de 2026

[20] CASTANEDA: EL VIAJE A ITXLÁN.



Don Genaro regresó a eso del mediodía y, siguiendo la sugerencia de don Juan, los tres fuimos en coche a la cordillera donde yo estuve el día anterior. Caminamos por el mismo sendero que seguí, pero en vez de detenernos en la meseta alta, como yo había hecho, continuamos ascendiendo hasta alcanzar la parte superior de la cordillera más baja; luego empezamos a descender a un valle llano.

Nos detuvimos a descansar en la cima de un cerro alto. Don Genaro eligió el lugar. Automáticamente me senté, como siempre he hecho en compañía de ambos, con don Juan a mi derecha y don Genaro a mi izquierda, formando un triángulo.

El chaparral desértico había adquirido un exquisito lustre húmedo. Se veía verde brillante tras una corta lluvia de primavera.

-Genaro te va a contar algo -me dijo don Juan de repente-. Te va a contar la historia de su primer encuentro con su aliado. ¿No es cierto, Genaro?

Había un matiz de ruego en la voz de don Juan. Don Genaro me miró y contrajo los labios hasta que su boca parecía un agujero redondo. Dobló la lengua contra el paladar y empezó a abrir y cerrar la boca como si tuviera espasmos.

Don Juan lo miró y rió con fuerza. Yo no sabía cómo tomar aquello.

-¿Qué está haciendo? -pregunté a don Juan.

-¡Es una gallina! -dijo él.

-¿Una gallina?

-Mira, mira su boca. Ése es el culo de la gallina, y está a punto de poner un huevo.

Los espasmos de don Genaro parecieron aumentar. Tenía en los ojos una expresión rara, de locura. Su boca se abrió como si los espasmos dilataran el agujero redondo. Produjo con la garganta una especie de graznido, dobló los brazos sobre el pecho con las manos hacia adentro y luego, sin ninguna ceremonia, escupió.

-¡Carajo! No era un huevo, era un pollo -dijo con expresión preocupada.

La postura de su cuerpo y la cara que tenía eran tan ridículas que, no pude menos que reír.

-Ahora que Genaro casi puso un huevo, a lo mejor te cuenta su primer encuentro con su aliado -insistió don Juan.

-A lo mejor -dijo don Genaro, sin interés.

Le supliqué que me lo contara.

Don Genaro se puso de pie, estiró los brazos y la espalda. Sus huesos crujieron. Luego volvió a sentarse.

-Era joven cuando me enfrenté por primera vez con mi aliado -dijo al fin-. Recuerdo que fue en las primeras horas de la tarde. Yo había estado en el campo desde el amanecer e iba de vuelta a mi casa. De repente, el aliado salió y se interpuso en mi camino. Me había estado esperando detrás de una masa y me invitaba a luchar. Yo iba a salir corriendo, pero me vino la idea de que yo era lo bastante fuerte pare enfrentarme con él. De todos modos tuve miedo. Un escalofrío me subió por la espalda y mi cuello se puso tieso como tabla. A propósito, ésa es siempre la señal de que uno está listo; digo, cuando el cuello se pone duro.

Se abrió la camisa y me enseñó su espalda. Tensó los músculos de su cuello, brazos y espalda. Noté la excelencia de su musculatura. Era como si el recuerdo del encuentro hubiese activado cada músculo en su torso.

-En tal situación -prosiguió-, siempre hay que cerrar la boca.

Se volvió a don Juan y dijo:

-¿No es cierto?

-Si -dijo don Juan calmadamente-. El choque que uno recibe al agarrar a un aliado es tan grande que uno podría arrancarse la lengua de una mordida o romperse los dientes. El cuerpo debe estar recto y bien plantado, y los pies deben agarrar el suelo.

Don Genaro se levantó y me enseñó la posición correcta: el cuerpo ligeramente doblado en las rodillas, los brazos colgando a los lados con los dedos curvados suavemente. Permaneció en esa postura un instante, y cuando creí que se sentaría, se lanzó de súbito hacia adelante en un salto estupendo, como si tuviera resortes en los talones. Su movimiento fue tan repentino que caí de espaldas; pero al caer tuve la clara impresión de que don Genaro había agarrado a un hombre, o algo con forma de hombre.

Volví a sentarme. Don Genaro conservaba aún una tremenda tensión en todo el cuerpo; luego relajó abruptamente los músculos y volvió al lugar donde había estado y tomó asiento.

-Carlos acaba de ver ahorita a tu aliado -observó don Juan casualmente- pero todavía está muy débil y se cayó.

-¿De veras? -preguntó don Genaro en tono ingenuo, y agrandó las fosas nasales.

Don Juan le aseguró que yo lo había "visto".

Don Genaro volvió a saltar hacia adelante; con tal fuerza que caí de costado. Ejecutó su salto con tanta rapidez que no pude saber cómo había alcanzado a ponerse en pie antes de lanzarse al frente. Ambos rieron con fuerza y luego la risa de don Genaro se convirtió en un aullido indiscernible del de un coyote.

-No creas que tienes que saltar como Genaro para agarrar a tu aliado -dijo don Juan en tono de advertencia-. Genaro salta tan bien porque tiene su aliado que lo ayuda. Todo lo que tienes que hacer es plantarte con firmeza para soportar el impacto. Tienes que pararte como estaba Genaro antes de saltar; luego te avientas y agarras al aliado.

-Primero tiene que besar su escapulario -intervino don Genaro.

Don Juan, con severidad fingida, dijo que yo no llevaba escapularios.

-¿Y sus cuadernos? -insistió don. Genaro-. Tiene que hacer algo con sus cuadernos: ponerlos en alguna parte antes de brincar, o a lo mejor los usa para pegarle al aliado.

-¡Carajo! -dijo don Juan con sorpresa aparentemente genuina-. Nunca se me había ocurrido.

Apuesto que será la primera vez que alguien derriba a un aliado a cuadernazos.

Cuando la risa de don Juan y el aullido coyotesco de don Genaro amainaron, todos estábamos de muy buen humor.

-¿Qué pasó cuando agarró usted a su aliado, don Genaro? -pregunté.

-Fue una gran sacudida -dijo don Genaro tras un titubeo momentáneo. Parecía haber estado ordenando sus pensamientos.

-Nunca imaginé que sería así -prosiguió-. Fue algo, algo, algo... como nada que pueda yo decir.

Después que lo agarré, empezamos a dar vueltas. El aliado me hizo dar vueltas, pero yo no lo solté.

Giramos por el aire tan rápido y tan fuerte que yo ya no veía nada. Todo era como una nube. Dimosvueltas, y vueltas, y más vueltas. De repente sentí que estaba parado otra vez en el suelo. Me miré.  El aliado no me había matado. Estaba yo entero. ¡Era yo mismo! Supe entonces que había triunfado. Por fin tenía un aliado. Me puse a saltar de alegría. ¡Qué sensación! ¡Qué sensación aquélla!

Luego miré alrededor para averiguar dónde estaba. No conocía por ahí. Pensé que el aliado debía haberme llevado por los aires para tirarme en algún sitio, muy lejos del lugar donde empezamos a dar vueltas. Me orienté. Pensaba que mi casa debía quedar hacia el este, así que empecé a caminar en esa dirección. Todavía era temprano. El encuentro con el aliado no llevó mucho tiempo. Al rato encontré un caminito, y entonces vi un grupo de hombres y mujeres que venían hacia mí. Eran indios. Me parecieron mazatecos. Me rodearon y preguntaron a dónde iba.

-Voy a mi casa, en Ixtlán -les dije.

-¿Andas perdido? -preguntó alguien.

-Sí -dije-. ¿Por qué?

-Porque Ixtlán no queda para allá. Ixtlán está para el otro lado. Nosotros vamos allí -dijo otro.

-¡Vente con nosotros! -dijeron todos-. ¡Tenemos comida!

Don Genaro dejó de hablar y me miró como si esperara una pregunta.

-Bueno, ¿qué pasó? -pregunté-. ¿Se fue usted con ellos?

-No -dijo-. Porque no eran reales. Lo supe de inmediato, apenas se me acercaron. Había en sus voces, en su amabilidad algo que los delataba, sobre todo cuando me pedían ir con ellos. Eché a correr. Me llamaron y me rogaron que volviera. Las súplicas me perseguían, pero yo seguí corriendo.

¿Quiénes eran? -pregunté.

-Personas -repuso don Genaro, cortante-. Sólo que no eran reales.

-Eran como apariciones -explicó don Juan-. Como fantasmas.

-Después de caminar un rato -prosiguió don Genaro-, cobré más confianza. Supe que Ixtlán quedaba en la dirección que yo llevaba. Y entonces vi dos hombres que venían hacia mí por el camino. También parecían mazatecos. Tenían un burro cargado de leña. Pasaron junto a mí y murmuraron:

-Buenas tardes.

-¡Buenas tardes! -dije y seguí de frente. No me hicieron caso y continuaron su camino. Disminuí el paso y como si tal cosa me volví a mirarlos. Ellos se alejaban sin preocuparse por mí. Parecían reales. Corrí tras ellos gritando:

-¡Esperen, esperen!

Detuvieron al burro y se pararon uno a cada lado del animal, como protegiendo la carga.

-Estoy perdido en estas montañas -les dije-. ¿Para dónde queda Ixtlán?

Señalaron en la dirección en que iban.

-Está usted muy lejos -me dijo uno-. Queda al otro lado de esas montañas. Tardará usted cuatro o cinco días en llegar.

Luego dieron la vuelta y siguieron andando. Sentí que eran indios de verdad y les rogué que me dejaran ir con ellos.

Caminamos juntos un rato y luego uno de ellos sacó su bastimento y me ofreció de comer. Yo me quedé quieto. Había algo muy extraño en la forma en que me ofrecía su comida. Mi cuerpo se asustó, de modo que me eché para atrás y corrí. Los dos me dijeron que moriría en las montañas si no iba con ellos, y trataron de convencerme para que volviera. También sus ruegos eran muy extraños, pero yo corrí de ellos con toda mi fuerza.

Seguí andando. Supe entonces que iba bien para Ixtlán y que esos fantasmas trataban de apartar de mi camino. Encontré otros ocho; deben haber conocido que mi decisión era inflexible. Se pararon junto al camino y me miraban con ojos implorantes. La mayoría no dijo una sola palabra, pero las mujeres eran más audaces y me rogaban. Algunas me enseñaban comida y otras cosas que se suponía que estaban vendiendo, como inocentes vendedoras al lado del camino. No me detuve ni las miré.

Ya era muy de tarde cuando llegué a un valle que me pareció reconocer. Algo tenía de familiar. Pensé que había estado antes allí, pero en tal caso me hallaba en realidad al sur de Ixtlán. Empecé a buscar puntos de referencia para orientarme debidamente y corregir mi ruta, cuando vi a un niño indio que cuidaba unas cabras. Tenía unos siete años y vestía como yo había vestido a su edad. De hecho, me recordaba a mí mismo, cuando pastoreaba las dos cabras de mi padre.

Lo observé un tiempo; el niño hablaba solo, igual que yo entonces, y hablaba con sus cabras. Por lo que yo sabía de cuidar cabras, el muchacho era de veras bueno para eso. Era cabal y cuidadoso. No mimaba a sus cabras, pero tampoco era cruel con ellas.

Decidí llamarlo. Cuando le hablé en voz alta, se paró de un salto y corrió a un repecho y me espió escondido detrás de unas rocas. Parecía dispuesto a correr por su vida. Me cayó bien. Parecía tener miedo y sin embargo halló tiempo para pastorear las cabras y quitarlas de mi vista.

Le hablé mucho rato; dije que andaba perdido y que no sabía el camino a Ixtlán. Pregunté el nombre del sitio donde estábamos y él dijo que era el sitio que yo pensaba. Eso me hizo muy dichoso. Me di cuenta de que ya no andaba perdido y pensé en el poder que mi aliado debía tener para transportar todo mi cuerpo en menos de un parpadeo.

Di las gracias al niño y eché a caminar. Él salió como si tal cosa de su escondite y pastoreó sus cabras hacia una vereda que apenas se notaba. La vereda parecía bajar al valle. Llamé al niño y no corrió. Caminé hacia él y, cuando me acerqué demasiado, saltó al matorral. Lo felicité por su cautela y empecé a hacerle preguntas.

-¿Para dónde va esta vereda? -pregunté.

-Para abajo -dijo él.

-¿Dónde vives?

-Allá abajo.

-¿Hay muchas casas allá abajo?

-No, nada más una.

-¿Dónde están las otras casas?

El niño apuntó para el otro lado del valle, con indiferencia, como hacen los niños de su edad. Luego empezó a bajar la vereda con sus cabras.

-Espera -le dije-. Estoy muy cansado y tengo mucha hambre. Llévame con tus papás.

-No tengo papás -dijo el niño, y eso me sacudió. No sé por qué, pero su voz me hizo titubear. El niño, notando mis dudas, se paró y volteó hacia mí.

-No hay nadie en mi casa -dijo-. Mi tío se fue y su mujer anda en los campos. Hay bastante comida. Bastante. Ven conmigo.

Casi me puse triste. El niño era también un fantasma. El tono de su voz y su ansiedad lo habían traicionado. Los fantasmas estaban dispuestos a capturarme, pero yo no tenía miedo. Seguía aterido por el encuentro con el aliado. Quise enojarme con el aliado o con los fantasmas, pero por alguna razón no pude enojarme como antes, así que dejé de hacer el intento. Luego quise entristecerme, porque el niñito me había caído bien, pero no pude, así que también dejé eso en paz.

De pronto me di cuenta de que tenía un aliado y nada podían hacerme los fantasmas. Seguí al muchacho por la vereda. Otros fantasmas salieron veloces y trataron de hacerme caer a los precipicios, pero mi voluntad era más fuerte que ellos. Deben haberlo sentido, porque dejaron de molestar. Después de un rato, nada más se quedaban parados junto a mi camino; de vez en cuando algunos me saltaban encima, pero yo los detenía con mi voluntad. Y luego dejaron de molestarme en absoluto.

Don Genaro calló largo rato.

Don Juan me miró.

-¿Qué ocurrió después de eso, don Genaro? -pregunté.

-Seguí caminando -respondió sin énfasis.

Al parecer, había terminado su relato y no había nada que deseara añadir.

Le pregunté por qué el hecho de que le ofrecieran comida era indicativo de su condición de fantasmas. No contestó. Inquirí más a fondo y quise saber si, entre los mazatecos, era costumbre negar la comida, o preocuparse mucho por asuntos alimenticios. Dijo que el tono de las voces, la ansiedad por llevárselo consigo y la manera en que los fantasmas hablaban de comida, eran las indicaciones; y que él supo eso porque su aliado lo ayudaba. Afirmó que, por sí solo, jamás habría notado esas peculiaridades.

-¿Eran aliados esos fantasmas, don Genaro? -pregunté.

-No. Eran gente.

-¿Gente? Pero usted dijo que eran fantasmas.

-Dije que ya no eran reales. Después de mi encuentro con el aliado, ya nada fue real.

Guardamos silencio un rato largo.

-¿Cuál fue el resultado final de aquella experiencia, don Genaro? -pregunté.

-¿Resultado final?

-Digo, ¿cuándo y cómo llegó usted por fin a Ixtlán?

Ambos echaron a reír al mismo tiempo.

-Conque ése es para ti el resultado final -comentó don Juan-. Digamos entonces que no hubo ningún resultado final en el viaje de Genaro. Nunca habrá ningún resultado final. ¡Genaro va todavía camino a Ixtlán!

Don Genaro me miró con ojos penetrantes y luego volvió la cabeza para observar la distancia, hacia el sur.

-Nunca llegaré a Ixtlán -dijo.

Su voz era firme pero suave, casi un murmullo.

-Pero en mis sentimientos . . . en mis sentimientos pienso a veces que estoy a un solo paso de llegar. Pero nunca llegaré. En mi viaje, ni siquiera encuentro los sitios que conocía. Nada es ya lo mismo.

Don Juan y don Genaro se miraron. Había algo muy triste en sus ojos.

-En mi viaje a Ixtlán sólo encuentro viajeros fantasmas -dijo suavemente don Genaro.

No entendí a qué se refería. Miré a don Juan.

-Todos aquellos con los que Genaro se encuentra en su camino a Ixtlán son nada más seres efímeros -explicó don Juan-. Tú, por ejemplo. Eres un fantasma. Tus sentimientos y tu ansiedad son los de la gente. Por eso dice que sólo se encuentra viajeros fantasmas en su viaje a Ixtlán.

De pronto me di cuenta de que el viaje de don Genaro era una metáfora.

-Entonces, su viaje a Ixtlán no es real -dije.

-¡Es real! -repuso don Genaro-. Los viajeros no son reales.

Señaló a don Juan con un movimiento de cabeza y dijo enfáticamente:

-Éste es el único que es real. El mundo es real sólo cuando estoy con éste.

Don Juan sonrió.

-Genaro te contaba su historia -dijo- porque ayer paraste el mundo, y él piensa que también viste, pero eres tan tonto que tú mismo no lo sabes. Yo le digo que eres un ser muy raro, y que tarde o temprano verás. De cualquier modo, en tu próximo encuentro con el aliado, si acaso llega, tendrás que luchar con él y domarlo. Si sobrevives al choque, de lo cual estoy seguro, pues eres fuerte y has estado viviendo como guerrero, te encontrarás vivo en una tierra desconocida. Entonces, como es natural para todos nosotros, lo primero que querrás hacer es volver a Los Ángeles. Pero no hay modo de volver a Los Ángeles. Lo que dejaste allí está perdido para siempre. Para entonces, claro, serás brujo, pero eso no ayuda; en un momento así, lo importante para todos nosotros es el hecho de que todo cuanto amamos, odiamos, o deseamos ha quedado atrás. Pero los sentimientos del hombre no mueren ni cambian, y el brujo inicia su camino a casa sabiendo que nunca llegará, sabiendo que, ningún poder sobre la tierra, así sea su misma muerte, lo conducirá al sitio, las cosas, la gente que amaba. Eso es lo que Genaro te dijo.

La explicación de don Juan fue como un catalizador; el pleno impacto de la historia de don Genaro me golpeó súbitamente cuando empecé a relacionar el relato con mi propia vida.

-¿Y las personas que yo quiero? -pregunté a don Juan-. ¿Qué les va a pasar?

-Todas se quedarán atrás -dijo.

-¿Pero no hay manera de recuperarlas? ¿Podría yo rescatarlas y llevarlas conmigo?

-No. Tu aliado te llevará, a ti solo, a mundos desconocidos.

-Pero yo podré volver a Los Ángeles, ¿no? Podría tomar el autobús o un avión e ir allí. Los Ángeles seguirá allí, ¿no?

-Seguro -dijo don Juan, riendo-. Y también Manteca y Temécula y Tucson.

-Y Tecate -añadió don Genaro con gran seriedad.

-Y Piedras Negras y Tranquitas -dijo don Juan, sonriendo.

Don Genaro agregó más nombres y lo mismo hizo don Juan; ambos se dedicaron a enumerar una serie de hilarantes e increíbles nombres de ciudades y pueblos.

-Dar vueltas con tu aliado cambiará tu idea del mundo -dijo don Juan-. Esa idea es todo, y cuando cambia, el mundo mismo cambia.

Me recordó que una vez le había leído un poema y quiso que se lo recitara. Citó unas cuantas palabras y me acordé de haberle leído unos poemas de Juan Ramón Jiménez. El que tenía en mente se titulaba "El viaje definitivo". Lo recité:

...Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará, nostálgico...

-Ése es el sentimiento de que habla Genaro -dijo don Juan-. Para ser brujo, hay que ser apasionado. Un hombre apasionado tiene posesiones en la tierra y cosas que le son queridas, aunque sea nada más que el camino por donde anda.

Lo que Genaro te dijo en su historia es precisamente eso. Genaro dejó su pasión en Ixtlán: su casa, su gente, todas las cosas que le importaban. Y ahora vaga al acaso por aquí y allá cargado de sus sentimientos; y a veces, como dice, está a punto de llegar a Ixtlán. Todos nosotros tenemos eso en común. Para Genaro es Ixtlán; para ti será Los Ángeles; para mi...

No quise que don Juan me hablara de sí mismo. Hizo una pausa como si hubiera leído mi pensamiento. Genaro suspiró y parafraseó los primeros versos del poema.

-Me fui. Y se quedaron los pájaros, cantando.

Durante un instante sentí que una oleada de zozobra y soledad indescriptible nos envolvía a los tres. Miré a don Genaro y supe que, siendo un hombre apasionado, debió haber tenido tantos lazos del corazón, tantas cosas que le importaban y que sin embargo dejó atrás. Tuve la clara sensación de que en ese momento la fuerza de su recuerdo iba a precipitarse en talud, y que don Genaro estaba al filo del llanto. Aparté con premura los ojos. La pasión de don Genaro, su soledad suprema, me hacían llorar.

Miré a don Juan. Él me observaba.

-Sólo como guerrero se puede sobrevivir en el camino del conocimiento -dijo-. Porque el arte del guerrero es equilibrar el terror de ser hombre con el prodigio de ser hombre.

Contemplé a los dos, uno por uno. Sus ojos eran claros y apacibles. Habían invocado una oleada de nostalgia avasalladora y, cuando parecían a punto de estallar en apasionadas lágrimas, contuvieron la marea. Creo que, por un instante, vi. Vi la soledad humana como una ola gigantesca congelada frente a mí, detenida por el muro invisible de una metáfora. Mi tristeza era tanta que me sentí eufórico. Abracé a los dos.

Don Genaro sonrió y se puso en pie. Don Juan también se levantó, y colocó suavemente la mano sobre mi hombro.

-Vamos a dejarte aquí -dijo-. Haz lo que te parezca correcto. El aliado te estará esperando al borde de aquel llano.

Señaló un valle oscuro en la distancia.

-Si todavía no sientes que sea tu hora, no vayas a la cita -prosiguió-. Nada se gana forzando las cosas. Si quieres sobrevivir, debes ser claro como el cristal y estar mortalmente seguro de ti mismo.

Don Juan se alejó sin mirarme, pero don Genaro se volvió un par de veces y, con un guiño y un movimiento de cabeza, me instó a avanzar. Los miré hasta que desaparecieron en la distancia y luego fui a mi coche y me marché. Sabía que aún no había llegado mi hora.


== FIN ==