AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

sábado, 3 de enero de 2026

[2] LAS CONSTELACIONES DEL CAN MAYOR Y CAN MENOR como nunca la has visto: LOCALIZACIÓN y GENERALIDADES

Estés donde estés, sea España, Argentina, India, Japón o Nueva Zelanda, las noches de enero, febrero y marzo de cada año nos brinda la oportunidad de observar esta prominente estrella blanco-azulada, cuyo nombre es SIRIO (o en latín, SIRIUS), tradicionalmente conocida como LA ESTRELLA DEL PERRO y que da nombre a la constelación del CAN MAYOR, destacada formación de estrellas brillantes situadas en la región al sudeste de Orión cuando está pasando por su meridiano y que es visible ampliamente desde cualquier latitud debido a su cercanía al ecuador celeste.

El Can Mayor pasa por el meridiano en estos días a primera hora de la noche y desde España es posible verla por completo si no hay obstáculos terrestres en el horizonte sur, desde las costas meridionales de España (Andalucía), el litoral mediterráneo levantino y desde las islas Canarias, podemos verla en toda su magnificencia, cuanto más al sur, más hermosa se nos presenta, pues es una constelación austral. La observé desde Venezuela a 7º escasos del ecuador y pasa muy alta por los bellos y despejados cielos venezolanos, con escasa luz artificial, ofreciendo un espectáculo maravilloso junto al resto de las guirnaldas del cielo invernal (veraniego para el hemisferio sur).

La constelación representa al perro grande que acompaña en sus cacerías al gigante Orión, hay un perro pequeño, es la constelación del Can Menor y su estrella representantiva de Procyon (Proción) «la que sigue al perro (grande) o Sirio» 

Internacionalmente, usamos (como la tradición manda) nombrar la constelación en latín, en dos casos: nominativo (El perro mayor) y genitivo (del perro mayor), el genitivo es usado para denominar a las estrellas, en la nomenclatura Bayer usamos una letra griega minúscula y en la nomenclatura Flamteed, un número.

LATÍN NOMINATIVO:   CANIS MAJOR  [CANIS MAIOR]

LATÍN GENITIVO:           CANIS MAJORIS [CANIS MAIORIS]

De ambas formas es correcto, pero tengan en cuenta que la letra J en latín clásico no existía, sino que era la I.

ABREVIATURA:                CMa

Y para la constelación del Can Menor, tenemos que:

LATÍN NOMINATIVO:   CANIS MINOR 

LATÍN GENITIVO:           CANIS MINORIS 

ABREVIATURA:                CMi

La superficie esférica del Can Mayor es de 380,11 º² (posición 43 de 88 constelaciones).

Por otro lado, la superficie esférica del Can Menor es de 183,4 º² (posición 71 de 88 constelaciones).




Tanto el Can mayor como el Can Menor son constelaciones clásicas pertenecientes a las 48 constelaciones cartografiadas por Tolomeo en su Almagesto hace dos milenios.

El invierno (boreal) se caracteriza por este triángulo formado por Proción, Betelgeuse y Sirio. En esta serie de entradas voy a tratar las constelaciones del Can Mayor y Can Menor, Orión ya fue explicado, busca el índice en el combo a la izquierda de la pantalla descendiendo hasta encontrarlo.


Cada una de estas tres constelaciones se caracterizan por tres brillantes estrellas:

Betelgeuse (alfa orionis). En español es Betelgeuse.
Procyon (alfa canis minoris). En español es Proción.
Sirius (alfa canis majoris). En español es Sirio.

Las tres forman un triángulo prácticamente equilátero y este asterismo es conocido como el TRIÁNGULO DE INVIERNO y es visible mirando hacia el Sur.

Entre Can Mayor y Can Menor hay una constelación débil que las separa, se trata de la constelación del Unicornio (Monoceros).

Sirio se localiza muy fácilmente a partir de las tres estrellas del cinturón de Orión (Alnitak, Alnilam y Mintaka) prolongando hacia el sudeste encontraremos inmediatamente esta brillante luminaria.

El triángulo de invierno lo componen las estrellas Betelgeuse (Orión), Proción (Can menor) y Sirio (Can mayor)

En el hemisferio sur deberán comprender que estas constelaciones son observables en el verano austral y son visibles mirando hacia desde el cénit y en dirección al norte.








[1] LAS CONSTELACIONES DEL CAN MAYOR Y CAN MENOR como nunca la has visto: MITOS Y LEYENDAS

Can Mayor y Can Menor


Desde tiempos remotos, en la prehistoria, el perro ha demostrado ser un fiel compañero del hombre, es inevitable, por tanto, que la tradición astrológica los tuviese en cuenta a la hora de configurar las constelaciones. Es por lo que hay una constelación dedicada a un gran perro (Can Major) y otra dedicada a un pequeño perro (Can Minor) en el cielo invernal y muy próximas a Orión.

Can Mayor (Canis Maior)

Mitología clásica



En la tradición grecorromana, Can Mayor es el perro de caza que lleva consigo Orión, el gran cazador. Existen varias versiones: en unas, es simplemente uno de sus perros de caza; en otras, se le identifica con Lélaps, un perro mítico destinado a capturar siempre a su presa. Esta condición de cazador infalible refuerza la asociación simbólica entre la constelación, la persecución y la potencia instintiva. 

El protagonismo absoluto de la constelación recae en Sirio, “la estrella del perro” (Seirios, “abrasador” o “ardiente”), cuyo brillo excepcional hizo que fuese percibida desde la Antigüedad como una presencia casi peligrosa en el cielo. Los sabios griegos consideraban que la conjunción del Sol con Sirio se reforzaba el calor de nuestra estrella hasta secar la tierra, son los días de la Canícula”.

En el cielo, el Can Mayor persigue a la liebre que se encuentra bajo Orión.

Simbolismo

Can Mayor encarna la fuerza primaria, el impulso vital y la energía desbordante, a veces benéfica y a veces destructiva. El perro no es aquí solo un compañero fiel, sino una criatura poderosa, asociada al calor extremo, la violencia del verano y las pasiones exacerbadas.

Esta dimensión simbólica se cristaliza en la idea de los “días caniculares”, el periodo más caluroso del año, que comienza con la salida helíaca de Sirio. Durante estos días se creía que aumentaban las enfermedades, la locura y los conflictos, pero también la fertilidad y la fuerza vital de la naturaleza.

Historia y tradición cultural

En el Antiguo Egipto, Sirio (Sopdet para los egipcios, Sothis para los griegos) tenía un valor extraordinario: su salida heliaca coincidía con la crecida anual del Nilo, fundamento de la vida agrícola. Así, Can Mayor quedó vinculado no solo al calor, sino al renacimiento, la regeneración y el orden cósmico. Sirio estaba asociado a Isis, diosa de la vida y la resurrección.

En el mundo grecorromano, en cambio, predominó una visión más ambivalente: Sirio traía tanto luz como calamidad. Esta dualidad convirtió a Can Mayor en símbolo de una energía cósmica excesiva, que debe ser dominada o encauzada.

Can Menor (Canis Minor)

Mitología clásica

El can menor aparece sobre la figura del unicornio, al sur está la antigua constelación de la máquina tipográfica, hoy inexistente, el can mayor figura a la derecha y abajo del unicornio (Monoceros).


Can Menor es el segundo perro de Orión, más pequeño y discreto. En algunas tradiciones se identifica con Mera, el perro del viticultor Icario, cuya muerte injusta provocó la desesperación de su hija Erígone. Zeus habría colocado al perro en el cielo como constelación, reforzando su carácter de testigo fiel del sufrimiento humano.

Su estrella principal, Proción (“quien antecede al perro”), sale antes que Sirio, como anunciando su llegada. Esto ya sugiere un simbolismo de anticipación y advertencia.

Simbolismo

Frente a la energía desbordante de Can Mayor, Can Menor representa una fidelidad silenciosa, una vigilancia constante pero menos agresiva. Es el perro atento, el que presiente antes que actúa.

Proción se asocia a la prudencia, a la inteligencia práctica y a la alerta temprana. No quema como Sirio, sino que avisa. En términos simbólicos, Can Menor encarna la razón instintiva, el equilibrio entre emoción y control.

Historia y tradición cultural

Can Menor tuvo siempre un papel secundario en la astronomía antigua, pero no por ello irrelevante. Su discreción reforzó su carácter simbólico: no es la constelación del exceso, sino de la moderación.

En la tradición helenística y medieval, Proción fue considerada una estrella de naturaleza mixta (Mercurio–Marte), asociada a la astucia, la capacidad de anticipación y, en ocasiones, a la inquietud mental.


Simbolismo conjunto: los dos perros celestes


Estos no son los únicos perros que hay en el cielo, la pequeña constelación de los Lebreles (Canes Venatici) situada bajo el carro de la Osa Mayor indica la existencia de otros dos perros de caza o lebreles.

Can Mayor y Can Menor forman una pareja simbólica profundamente coherente:

  • Can Mayor / Sirio: fuerza, fuego, exceso, vida y destrucción.

  • Can Menor / Proción: advertencia, mesura, fidelidad reflexiva.

Ambos siguen a Orión, figura del héroe trágico, lo que refuerza la lectura de los perros como instintos que acompañan al ser humano: uno impetuoso y peligroso, otro atento y protector.

En conjunto, representan una visión antigua pero muy sofisticada de la condición humana: la necesidad de dominar la energía vital sin apagarla, de escuchar tanto al impulso como a la advertencia.

viernes, 2 de enero de 2026

[1] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. LAS REAFIRMACIONES DEL MUNDO QUE NOS RODEA

 


Primera parte: Parar el mundo

Capítulo I: Las reafirmaciones del mundo que nos rodea


-Entiendo que usted conoce mucho de plantas, señor -dije al anciano indígena frente a mí. Un amigo mío acababa de ponernos en contacto para luego salir de la habitación, y nos habíamos presentado el uno al otro. 

El viejo me había dicho que se llamaba Juan Matus. 

-¿Te dijo eso tu amigo? -preguntó casualmente. 

-Sí, en efecto. -Corto plantas, o mejor dicho ellas me dejan que las corte -dijo con suavidad. 

Estábamos en la sala de espera de una terminal de autobuses en Arizona. Le pregunté con mucha formalidad: 

-¿Me permitiría el caballero hacerle algunas preguntas? 

Me miró inquisitivamente. 

-Soy un caballero sin caballo -dijo con una gran sonrisa, y luego añadió-: Ya te dije que mi nombre es Juan Matus. 

Me gustó su sonrisa. Pensé que, obviamente, era un hombre capaz de apreciar la franqueza, y decidí lanzarle con audacia una petición. Le dije que me interesaba reunir y estudiar plantas medicinales. Dije que mi interés especial eran los usos del cacto alucinógeno llamado peyote, que yo había estudiado con detalle en la Universidad en Los Ángeles. Mi presentación me pareció muy seria. La hice con gran sobriedad y me sonó perfectamente verosímil. El anciano meneó despacio la cabeza y yo, animado por su silencio, añadí que sin duda ambos sacaríamos provecho de juntarnos a hablar del peyote.

En ese momento alzó la cabeza y me miró de lleno a los ojos. Fue una mirada formidable. Pero no era amenazante ni aterradora en modo alguno. Fue una mirada que me atravesó.

Inmediatamente se me trabó la lengua y no pude proseguir mi charla. Ése fue el final de nuestro encuentro. Pero al irse dejó un rastro de esperanza. Dijo que tal vez pudiera yo visitarlo algún día en su casa. 

Resulta difícil valorar el efecto de la mirada de don Juan si mi inventario de experiencias personales no se relaciona de alguna manera con la peculiaridad de aquel evento. 

Cuando empecé a estudiar antropología era ya un experto en "hallar el modo". Años antes había dejado mi hogar y eso significaba, según mi evaluación, que era capaz de cuidarme solo. 

Cada vez que sufría un desaire podía, por lo general, ganarme a la gente con halagos, hacer concesiones, argumentar, enojarme, o si nada resultaba me ponía chillón y quejumbroso; en otras palabras, siempre había algo que yo me sabía capaz de hacer bajo las circunstancias dadas, y jamás en mi vida había hallado un ser humano que detuviera mi impulso tan veloz y definitivamente como don Juan aquella tarde. 

Pero no era sólo cuestión de quedarme sin palabras; en otras ocasiones me había sido imposible decir nada a mi oponente a causa de algún respeto inherente que yo le tenía, pero mi ira o frustración se manifestaban en mis pensamientos. 

La mirada de don Juan, en cambio, me aturdió hasta el punto de impedirme pensar con coherencia. Aquella mirada estupenda me llenó de curiosidad, y decidí buscarlo. Me preparé durante seis meses, tras ese primer encuentro, leyendo sobre los usos del peyote entre los indios americanos, y especialmente sobre el culto del peyote entre los indios de la planicie. Me familiaricé con todas las obras a mi disposición y cuando me sentí preparado regresé a Arizona. 

Sábado 17 de diciembre de 1960 

Hallé su casa tras largas y cansadas inquisiciones entre los indios locales. Empezaba la tarde cuando llegué y me estacioné enfrente. Lo vi sentado en un cajón de leche. Pareció reconocerme y me saludó cuando bajé del coche. 

Intercambiamos cortesías sociales durante un rato y luego, en términos simples, confesé haber sido muy engañoso con él la primera vez que nos vimos. Había alardeado de mis grandes conocimientos sobre el peyote, cuando en realidad no sabía nada al respecto. 

Se me quedó mirando. Sus ojos eran muy amables. Le dije que durante seis meses había estado leyendo con el fin de prepararme para nuestro encuentro, y que ahora sí sabía mucho más. 

Rió. Obviamente, había algo en mis palabras que le parecía chistoso. Se reía de mí, y yo me sentí algo confuso y ofendido. Pareció notar mi desazón y me aseguró que, pese a mis buenas intenciones, no había en realidad ningún modo de prepararme para nuestro encuentro. 

Me pregunté si sería conveniente preguntarle si esa frase tenía algún sentido oculto, pero no lo hice; sin embargo, él parecía estar a tono con mi sentir y procedió a explicar a qué se refería. Dijo que mis esfuerzos le recordaban un cuento sobre cierta gente que, en otro tiempo, un rey había perseguido y matado. Dijo que en el cuento, los perseguidos sólo se distinguían de los perseguidores en que los primeros insistían en pronunciar ciertas palabras de un modo peculiar, propio solamente de ellos; esa falla, por supuesto, los delataba. El rey cerró los caminos en puntos críticos, donde un oficial pedía a todos los que pasaban pronunciar una palabra clave. Quienes la pronunciaban igual que el rey conservaban la vida, pero quienes no podían, eran muertos en el acto. 

El meollo del cuento es que cierto día un joven decidió prepararse para pasar la barrera aprendiendo a pronunciar la palabra de prueba en la forma en que al rey le gustaba. Don Juan dijo, con ancha sonrisa, que de hecho el joven tardó "seis meses" en aprenderse la pronunciación. Y luego vino el día de la gran prueba; el joven, con mucha confianza, se acercó a la barrera y esperó que el oficial le pidiese pronunciar la palabra. 

En ese punto, don Juan interrumpió muy dramáticamente su relato y me miró. Su pausa era muy estudiada y me pareció algo cursi, pero seguí el juego. Yo había oído antes la trama del cuento. Tenía que ver con los judíos en Alemania y con la forma en que podía saberse quién era judío por la pronunciación de ciertas palabras. 

También conocía el remate del chiste: el joven era atrapado porque el oficial olvidaba la palabra clave y le pedía pronunciar otra, muy similar, pero que el joven no había aprendido a decir correctamente. 

Don Juan parecía esperar que yo preguntara qué había sucedido, de modo que lo hice. 

-¿Qué le pasó? -pregunté, tratando de sonar ingenuo e interesado en la historia. 

-El joven, que era todo un zorro -dijo él-, se dio cuenta de que el oficial había olvidado la palabra clave, y antes de que le pidieran decir cualquier otra, confesó que se había preparado durante seis meses. Hizo otra pausa y me miró con un brillo malicioso en los ojos. Esta vez me había cambiado la partida. La confesión del joven era un nuevo elemento, y yo ya no sabía cómo acabaría el relato. 

-Bueno, ¿qué pasó entonces? -pregunté con verdadero interés. 

-Lo mataron en el acto, por supuesto -dijo él y estalló en una risotada. 

Me gustó mucho la forma en que había atrapado mi interés; sobre todo, me agradó cómo había ligado el cuento con mi propio caso. De hecho, parecía haberlo construido a mi medida. 

Se burlaba de mí con mucho arte y sutileza. Reí junto con él. Después le dije que, por más estupideces que yo dijera, me interesaba realmente aprender algo sobre las plantas. 

-A mí me gusta caminar mucho -dijo. 

Pensé que cambiaba deliberadamente el tema de la conversación para evitar responderme. No quise contradecirlo con mi insistencia. Me preguntó si me gustaría acompañarlo a una corta caminata por el desierto. 

Le dije con entusiasmo que me encantaría caminar en el desierto. 

-Esto no es un paseo de campo -dijo en tono de advertencia. Contesté que tenía deseos muy serios de trabajar con él. Dije que necesitaba información, cualquier tipo de información, sobre los usos de las hierbas medicinales, y que estaba dispuesto a pagarle su tiempo y su esfuerzo. 

-Estaría usted trabajando para mí -dije-. Y le pagaré un sueldo. 

-¿Qué tanto me pagarías? -preguntó. Detecté en su voz un matiz de codicia. 

-Lo que a usted le parezca apropiado -dije. 

-Págame mi tiempo... con tu tiempo -dijo él.

Pensé que era un tipo de lo más peculiar. Declaré no entender a qué se refería. Repuso que no había nada qué decir acerca de las plantas, de modo que no podía ni pensar en aceptar mi dinero. Me miró penetrantemente. 

-¿Qué haces en tu bolsillo? -preguntó, frunciendo el entrecejo-. -¿Estás jugando con tu pito? 

Se refería a que yo tomaba notas en un cuaderno diminuto, dentro de los enormes bolsillos de mi rompevientos. Cuando le dije lo que hacía, rió de buena gana. Expliqué que no deseaba molestarlo escribiendo frente a él. 

-Si quieres escribir, escribe -dijo-. No me molestas. Caminamos por el desierto en torno hasta que casi era de noche. No me mostró ninguna planta ni habló de ellas para nada. Nos detuvimos un momento a descansar junto a unos arbustos grandes. 

-Las plantas son cosas muy peculiares -dijo sin mirarme-. Están vivas y sienten. En el momento mismo en que hizo tal afirmación, una fuerte racha de viento sacudió el chaparral desértico en nuestro derredor. 

Los arbustos produjeron un ruido crujiente. 

-¿Oyes? -me preguntó, poniéndose la mano izquierda junto a la oreja como para escuchar mejor- . Las hojas y el viento están de acuerdo conmigo. 

Reí. El amigo que nos puso en contacto ya me había advertido que tuviera cuidado porque el viejo era muy excéntrico. Pensé que el "acuerdo con las hojas" era una de sus excentricidades. 

Caminamos un rato más, pero siguió sin mostrarme plantas, y tampoco cortó ninguna. Simplemente caminaba con vivacidad entre los arbustos, tocándolos suavemente. Luego se detuvo para sentarse en una roca y me dijo que descansara y mirase alrededor. 

Insistí en hablar. Una vez más le hice saber que tenía muchos deseos de aprender cosas de las plantas, especialmente del peyote. Le supliqué que se convirtiera en informante mío a cambio de alguna recompensa monetaria. 

-No tienes que pagarme -dijo-. Puedes preguntarme lo que quieras. Te diré lo que sé y luego te diré qué se puede hacer con eso. Me preguntó si estaba de acuerdo con el arreglo. Yo me hallaba deleitado. 

Luego añadió una frase críptica: 

-A lo mejor no hay nada que aprender de las plantas, porque no hay nada que decir de ellas. No comprendí lo que había dicho ni a qué se refería. 

-¿Cómo dice usted? -pregunté. Repitió su afirmación tres veces, y luego toda la zona se estremeció con el rugido de un aeroplano de la Fuerza Aérea que pasó volando bajo. 

-¡Ya ves! El mundo está de acuerdo conmigo -dijo, llevándose la mano izquierda al oído. Me resultaba muy divertido. Su risa era contagiosa. 

-¿Es usted de Arizona, don Juan? -pregunté, en un esfuerzo por mantener la conversación centrada en la posibilidad de que fuera mi informante. Me miró y asintió con la cabeza. Sus ojos parecían fatigados. Se veía el blanco debajo de las pupilas

-¿Nació usted en esta localidad? Asintió de nuevo sin responderme. Parecía un gesto afirmativo, pero también el asentimiento nervioso de alguien que está pensando. 

-¿Y tú de dónde eres? -preguntó. 

-Vengo de Sudamérica -dije. 

-Es grande ese sitio. ¿Vienes de todo él? 

Sus ojos me miraban, penetrantes de nuevo. Empecé a explicar las circunstancias de mi nacimiento, pero me interrumpió. 

-En esto nos parecemos -dijo-. Yo ahora vivo aquí, pero en realidad soy un yaqui de Sonora. 

-¡No me diga! Yo soy de . . . 

No me dejó terminar. -

Ya sé, ya sé -dijo-. Tú eres quien eres, de donde eres, igual que yo soy un yaqui de Sonora. Sus ojos relucían y su risa era extremadamente inquietante. Me hizo sentir como si me hubiera atrapado en una mentira. Experimenté una peculiar sensación de culpa. Tuve el sentimiento de que él conocía algo que yo no sabía o no quería decir. Mi extraña incomodidad creció. Debe haberla advertido, porque se puso en pie y me preguntó si quería ir a comer en una fonda del pueblo. 

Caminar de regreso a su casa, y luego el viaje en coche al pueblo, me hizo sentirme mejor, pero no me hallaba completamente relajado. De algún modo me sentía amenazado, aunque no podía precisar el motivo. En la fonda, quise invitarle a una cerveza. Dijo que nunca bebía, ni siquiera cerveza. Reí para mis adentros. No le creía; el amigo que nos puso en contacto me había dicho qué "el viejo andaba perdido de borracho casi todo el tiempo". 

En realidad, no me importaba que me mintiera diciendo que no bebía. Me agradaba; había algo muy tranquilizante en su persona. Debí haber tenido una expresión de duda en el rostro, pues él pasó a explicar que de joven le daba por la bebida, pero que un buen día la había dejado. 

-La gente casi nunca se da cuenta de que podemos cortar cualquier cosa de nuestras vidas en cualquier momento, así nomás -chasqueó los dedos. 

-¿Piensa usted que uno puede dejar de fumar o de beber así de fácil? -pregunté. 

-¡Seguro! -dijo con gran convicción-. El cigarro y la bebida no son nada. Nada en absoluto si queremos dejarlos. 

En ese mismo instante, el agua que hervía en la cafetera hizo un ruido fuerte y vivaz. 

-¡Oye! -exclamó don Juan, con un brillo en los ojos-. El agua hirviendo está de acuerdo conmigo. Luego añadió, tras una pausa: -Uno puede recibir acuerdos de todo lo que lo rodea. En ese momento crucial, la cafetera produjo un gorgoteo verdaderamente obsceno. Don Juan miró la cafetera y dijo suavemente: "Gracias"; asintió con la cabeza y luego estalló en carcajadas.

Me desconcerté. Su risa era demasiado fuerte, pero yo me divertía genuinamente con todo aquello. Mi primera sesión propiamente dicha con mi "informante" llegó entonces a su fin. 

Se despidió en la puerta de la fonda. Le dije que tenía que visitar a unos amigos, y que me gustaría verlo de nuevo a fines de la semana siguiente. 

-¿Cuándo estará usted en su casa? -pregunté. Me escudriñó. 

-Cuando vengas -repuso. 

-No sé exactamente cuándo pueda venir. 

-Pues ven y no te preocupes. 

-¿Y si usted no está? 

-Allí estaré -dijo, sonriendo, y se alejó. Corrí tras él y le pregunté si podría llevar conmigo una cámara para tomar fotos suyas y de su casa. 

-Eso está fuera de cuestión -dijo con el entrecejo fruncido. 

-¿Y una grabadora? ¿Le molestaría? 

-Me temo que tampoco de eso hay posibilidad. 

Me molesté y empecé a agitarme. Dije que no veía ningún motivo lógico para su rechazo. Don Juan movió la cabeza en sentido negativo. 

-Olvídalo -dijo con fuerza-. Y si todavía quieres verme, no vuelvas a mencionarlo. Presenté una débil queja final. Dije que las fotos y las grabaciones eran indispensables para mi trabajo. 

Él respondió que sólo una cosa era indispensable para todo lo que hacíamos. 

La llamó "el espíritu". 

-No se puede prescindir del espíritu -dijo-. Y tú no lo tienes. Preocúpate de eso y no de tus fotos. 

-¿A qué se... ? Me interrumpió con un ademán y retrocedió algunos pasos. 

-No te olvides de volver -dijo con suavidad, y agitó la mano en despedida.

jueves, 1 de enero de 2026

INTRODUCCIÓN A VIAJE A ITXLAN DE CARLOS CASTANEDA

 


El sábado 22 de mayo de 1971 fui a Sonora, México, para ver a don Juan Matus, un brujo yaqui con quien tengo contacto desde 1961. 

Pensé que mi visita de ese día no iba a ser en nada distinta de las veintenas de veces que había ido a verlo en los diez años que llevaba como aprendiz suyo. 

Sin embargo, los hechos que tuvieron lugar ese día y el siguiente fueron decisivos para mí. En dicha ocasión, mi aprendizaje llegó a su etapa final. 

Ya he presentado el caso de mi aprendizaje en dos obras anteriores: Las enseñanzas de don Juan y Una realidad aparte. Mi suposición básica en ambos libros ha sido que los puntos de coyuntura en el aprendizaje de la brujería eran los estados de realidad no ordinaria producidos por la ingestión de plantas psicotrópicas. 

En este aspecto, don Juan era experto en el uso de tres plantas: Datura inoxia, comúnmente conocida como toloache; Lophophora williamsii, conocida como peyote, y un hongo alucinógeno del género Psilocybe. 

Mi percepción del mundo a través de los efectos de estos psicotrópicos había sido tan extraña e impresionante que me vi forzado a asumir que tales estados eran la única vía para comunicar y aprender lo que don Juan trataba de enseñarme. 

Tal suposición era errónea. Con el propósito de evitar cualquier mala interpretación relativa a mi trabajo con don Juan, me gustaría clarificar en este punto los aspectos siguientes. 

Hasta ahora, no he hecho el menor intento de colocar a don Juan en un determinado medio cultural. El hecho de que él se considere indio yaqui no significa que su conocimiento de la brujería se conozca o se practique entre los yaquis en general. 

Todas las conversaciones que don Juan y yo tuvimos a lo largo del aprendizaje fueron en español, y sólo gracias a su dominio completo de dicho idioma pude obtener explicaciones complejas de su sistema de creencias. 

He observado la práctica de llamar brujería a ese sistema, y también la de referirme a don Juan como brujo, porque éstas son las categorías empleadas por él mismo. 

Como pude escribir la mayoría de lo que se dijo al comenzar el aprendizaje, y todo lo que se dijo en fases posteriores, reuní voluminosas notas de campo. 

Para hacerlas legibles, conservando a la vez la unidad dramática de las enseñanzas de don Juan, he tenido que reducirlas, pero lo que he eliminado es, creo, marginal a los puntos que deseo plantear. 

En el caso de mi trabajo con don Juan, he limitado mis esfuerzos exclusivamente a verlo como brujo y adquirir membresía en su conocimiento. 

Con el fin de presentar mi argumento, debo antes explicar la premisa básica de la brujería según don Juan me la presentó. Dijo que, para un brujo, el mundo de la vida cotidiana no es ni real ni está allí, como nosotros creemos. 

Para un brujo, la realidad, o el mundo que todos conocemos, es solamente una descripción. Para validar esta premisa, don Juan hizo todo lo posible por llevarme a una convicción genuina de que, lo que mi mente consideraba el mundo inmediato era sólo una descripción del mundo: una descripción que se me había inculcado desde el momento en que nací.

Me señaló que todo el que entra en contacto con un niño es un maestro que le describe incesantemente el mundo, hasta el momento en que el niño es capaz de percibir el mundo según se lo describen. 

De acuerdo con don Juan, no guardamos recuerdo de aquel momento portentoso, simplemente porque ninguno de nosotros podía haber tenido ningún punto de referencia para compararlo con cualquier otra cosa. 

Sin embargo, desde ese momento el niño es un miembro. Conoce la descripción del mundo, y su membresía supongo, se hace definitiva cuando él mismo es capaz de llevar a cabo todas las interpretaciones perceptuales adecuadas, que validan dicha descripción ajustándose a ella. 

Para don Juan, pues, la realidad de nuestra vida diaria consiste en un fluir interminable de interpretaciones perceptuales que nosotros, como individuos que comparten una membrecía específica, hemos aprendido a realizar en común. 

La idea de que las interpretaciones perceptuales que configuran el mundo tienen un fluir es congruente con el hecho de que corren sin interrupción y rara vez, o nunca, se ponen en tela de juicio. 

De hecho, la realidad del mundo que conocemos se da a tal grado por sentada que la premisa básica de la brujería, la de que nuestra realidad es apenas una de muchas descripciones, difícilmente podría tomarse como una proposición seria. 

Afortunadamente, en el caso de mi aprendizaje, a don Juan no le preocupaba en absoluto el que yo pudiese, o no, tomar en serio su proposición, y procedió a dilucidar sus planteamientos pese a mi oposición, mi incredulidad y mi incapacidad de comprender lo que decía. 

Así, como maestro de brujería, don Juan trató de describirme el mundo desde la primera vez que hablamos. Mi dificultad para asir sus conceptos y sus métodos derivaba del hecho de que las unidades de su descripción eran ajenas e incompatibles con las de la mía propia. 

Su argumento era que me estaba enseñando a "ver", cosa distinta de solamente "mirar", y que "parar el mundo" era el primer paso para "ver". 

Durante años, la idea de "parar el mundo" fue para mí una metáfora críptica que en realidad nada significaba. Sólo durante una conversación informal, ocurrida hacia el final de mi aprendizaje, llegué a advertir por entero su amplitud e importancia como una de las proposiciones principales en el conocimiento de don Juan. 

Él y yo habíamos estado hablando de diversas cosas en forma reposada, sin estructura. Le conté el dilema de un amigo mío con su hijo de nueve años. El niño, que había estado viviendo con la madre durante los cuatro años anteriores, vivía entonces con mi amigo, y el problema era qué hacer con él. 

Según mi amigo, el niño era un inadaptado en la escuela, sin concentración y no se interesaba en nada. Era dado a berrinches, a conducta destructiva y a escaparse de la casa. 

-Menudo problema se carga tu amigo -dijo don Juan, riendo. 

Quise seguirle contando todas las cosas "terribles" que el niño hacia, pero me interrumpió. 

-No hay necesidad de decir más sobre ese pobre niñito -dijo-. 

No hay necesidad de que tú o yo pensemos de sus acciones de un modo o del otro. Su actitud fue abrupta y su tono firme, pero luego sonrió. 

-¿Qué puede hacer mi amigo? -pregunté. 

-Lo peor que puede hacer es forzar al niño a estar de acuerdo con él -dijo don Juan. 

-¿Qué quiere usted decir? 

-Quiero decir que el padre no debe pegarle ni asustarlo cuando no se porta como él quiere. 

-¿Cómo va a enseñarle algo si no es firme con él?

 Tu amigo debería dejar que otra gente le pegara al niño. 

-¡No puede dejar que una persona ajena toque a su niño! -dije, sorprendido de la sugerencia. 

Don Juan pareció disfrutar mi reacción y soltó una risita. 

-Tu amigo no es guerrero -dijo-. Si lo fuera, sabría que no puede hacerse nada peor que enfrentar sin más ni más a los seres humanos. 

-¿Qué hace un guerrero, don Juan? 

-Un guerrero procede con estrategia. 

-Sigo sin entender qué quiere usted decir. 

-Quiero decir que si tu amigo fuera guerrero ayudaría a su niño a parar el mundo

-¿Cómo puede hacerlo? 

-Necesitaría poder personal. Necesitaría ser brujo. 

-Pero no lo es. 

-En tal caso debe usar medios comunes y corrientes para ayudar a su hijo a cambiar su idea del mundo. No es parar el mundo, pero de todos modos da resultado. Le pedí explicar sus aseveraciones. 

-Yo, en el lugar de tu amigo -dijo don Juan-, empezaría por pagarle a alguien para que le diera sus nalgadas al muchacho. 

Iría a los arrabales y me arreglaría con el hombre más feo que pudiera hallar. 

-¿Para asustar a un niñito? 

-No nada más para asustar a un niñito, idiota. Hay que parar a ese niño, y los golpes que le dé su padre no servirán de nada. Si queremos parar a nuestros semejantes, siempre hay que estar fuera del círculo que los oprime. En esa forma se puede dirigir la presión. 

La idea era absurda, pero de algún modo me atraía. Don Juan descansaba la barbilla en la palma de la mano izquierda. Tenía el brazo izquierdo contra el pecho, apoyado en un cajón de madera que servía como una mesa baja. 

Sus ojos estaban cerrados, pero se movían. Sentí que me miraba a través de los párpados. La idea me espantó. 

-Dígame qué más debería hacer mi amigo con su niño -dije. -Dile que vaya a los arrabales y escoja con mucho cuidado al tipo más feo que pueda -prosiguió él-. Dile que consiga uno joven. Uno al que todavía le quede algo de fuerza. Don Juan delineó entonces una extraña estrategia. 

Yo debía instruir a mi amigo para que hiciera que el hombre lo siguiese o lo esperara en un sitio a donde fuera a ir con su hijo. El hombre, en respuesta a una seña convenida, dada después de cualquier comportamiento objetable por parte del pequeño, debía saltar de algún escondite, agarrar al niño y darle una soberana tunda. 

-Después de que el hombre lo asuste, tu amigo debe ayudar al niño a recobrar la confianza, en cualquier forma que pueda. Si sigue este procedimiento tres o cuatro veces, te aseguro que el niño cambiará su sentir con respecto a todo. Cambiará su idea del mundo. 

-¿Y si el susto le hace daño?

-El susto nunca daña a nadie. Lo que daña el espíritu es tener siempre encima alguien que te pegue y te diga qué hacer y qué no hacer. Cuando el niño esté más contenido, debes decir a tu amigo que haga una última cosa por él. Debe hallar el modo de dar con un niño muerto, quizá en un hospital o en el consultorio de un doctor. Debe llevar allí a su hijo y enseñarle el niño muerto. Debe hacerlo tocar el cadáver una vez, con la mano izquierda, en cualquier lugar menos en la barriga. Cuando el niño haga eso, quedará renovado. 

El mundo nunca será ya el mismo para él. Me di cuenta entonces de que, a través de los años de nuestra relación, don Juan había estado usando conmigo, aunque en una escala diferente, la misma táctica que sugería para el hijo de mi amigo. Le pregunté al respecto. Dijo que todo el tiempo había estado tratando de enseñarme a "parar el mundo". 

-Todavía no lo paras -dijo, sonriendo-. Parece que nada da resultado, porque eres muy terco. Pero si fueras menos terco, probablemente ya habrías parado el mundo con cualquiera de las técnicas que te he enseñado. 

-¿Qué técnicas, don Juan? 

-Todo lo que te he dicho era una técnica para parar el mundo. Pocos meses después de aquella conversación, don Juan logró lo que se había propuesto: enseñarme a "parar el mundo". 

Ese monumental hecho de mi vida me obligó a reexaminar en detalle mi trabajo de diez años. Se me hizo evidente que mi suposición original con respecto al papel de las plantas psicotrópicas era erróneo. 

Tales plantas no eran la faceta esencial en la descripción del mundo usada por el brujo, sino únicamente una ayuda para aglutinar, por así decirlo, partes de la descripción que yo había sido incapaz de percibir de otra manera. 

Mi insistencia en adherirme a mi versión normal de la realidad me hacía casi sordo y ciego a los objetivos de don Juan. Por tanto, fue sólo mi carencia de sensibilidad lo que propició el uso de los alucinógenos. 

Al revisar la totalidad de mis notas de campo, advertí que don Juan me había dado la parte principal de la nueva descripción al principio mismo de nuestras relaciones, en lo que llamaba "técnicas de parar el mundo". 

En mis obras anteriores, descarté esas partes de mis notas porque no se referían al uso de plantas psicotrópicas. Ahora las he reinstaurado en el panorama total de las enseñanzas de don Juan, y abarcan los primeros diecisiete capítulos de esta obra. 

Los últimos tres capítulos son las notas de campo relativas a los eventos que culminaron cuando logré "parar el mundo". 

Resumiendo, puedo decir que, cuando inicié el aprendizaje, había otra realidad, es decir, había una descripción del mundo, correspondiente a la brujería, que yo no conocía. Don Juan, como brujo y maestro, me enseñó esa descripción. 

El aprendizaje que atravesé a lo largo de diez años consistía, por tanto, en instaurar esa realidad desconocida por medio del desarrollo de su descripción, añadiendo partes cada vez más complejas conforme yo progresaba. La conclusión del aprendizaje significó que yo había aprendido, en forma convincente y auténtica, una nueva descripción del mundo, y así había obtenido la capacidad de deducir una nueva percepción de las cosas que encajaba con su nueva descripción. 

En otras palabras, había obtenido membresía. Don Juan declaraba que para llegar a "ver" primero era necesario "parar el mundo". La frase "parar el mundo" era en realidad una buena expresión de ciertos estados de conciencia en los cuales la realidad de la vida cotidiana se altera porque el fluir de la interpretación, que por lo común corre ininterrumpido, ha sido detenido por un conjunto de circunstancias ajenas a dicho fluir. 

En mi caso, el conjunto de circunstancias ajeno a mi fluir normal de interpretaciones fue la descripción que la brujería hace del mundo. El requisito previo que don Juan ponía para "parar el mundo" era que uno debía estar convencido; en otras palabras, había que aprender la nueva descripción en un sentido total, con el propósito de enfrentarla con la vieja y en tal forma romper la certeza dogmática, compartida por todos nosotros, de que la validez de nuestras percepciones, o nuestra realidad del mundo, se encuentra más allá de toda duda. 

Después de "parar el mundo", el siguiente paso fue "ver". Con eso, don Juan se refería a lo que me gustaría categorizar como "responder a los estímulos perceptuales de un mundo fuera de la descripción que hemos aprendido a llamar realidad". 

Mi argumento es que todos estos pasos sólo pueden comprenderse en términos de la descripción a la cual pertenecen; y como es una descripción que don Juan luchó por darme desde el principio, debo dejar que sus enseñanzas sean la única fuente de acceso a ella. Así pues, he dejado que las palabras de don Juan hablen por sí mismas.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

LA OBRA DE CARLOS CASTANEDA

 


Intentar comprender la obra de Castaneda es realmente un acto brutal, he tenido la suerte de leer y de paso, estudiar su obra completa. Un compañero de trabajo me preguntó si estaba haciendo una tesis doctoral sobre Castaneda, cuando vió una pila de libros suyos sobre mi escritorio, era 1986 y tenía 22 años, ya había leído sus primeros cuatro libros: Las enseñanzas de don Juan, Un mundo aparte, Viaje a Itxlán y Relatos de Poder, me estaba preparando para leer los restantes de la saga, que por entonces aún no se habían completado.

En este blog, de la Universidad de Dogomka, ya he publicado tres de sus libros.

La saga de Carlos Castaneda comprende 13 libros, en esta misma línea, Florinda Donner-Grau, una de sus mujeres, publicó 3 libros, Taisha Abelar, otra de sus mujeres, publicó 1 libro; por otro lado, numerosos autores escribieron libros para comentar la obra de Castaneda, generalmente de manera crítica y sin prestarle crédito alguno, la polémica estaba servida desde el principio y hay firmes partidarios y firmes detractores. 

En lo que a mí respecta, la obra de Castaneda, en su totalidad no es ni homogénea ni guarda un sentido didáctico, la veo profundamente caótica, llena de cuentos de vieja y de una mezcla de hechos reales con hechos imaginarios con una fantasía desbordante. Sin embargo, tengo que declarar que Castaneda fue la única guía que obtuve de joven cuando comencé a manifestar ciertas habilidades extrasensoriales, como el hecho de ver, que adquirí entre mis 18 y 20 años de edad, sin necesidad de ser ayudado por ningún tipo de droga, siempre he sido un muchacho sin vicios y saludable. Así, que el primer libro que me enganchó fue precisamente su segundo libro: Una realidad aparte, donde describe profusamente la historia de cómo Carlos fue entrenado para ver.


1. LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN: Una manera yaqui de conocimiento.

Publicado entre el 3 y 23 de noviembre de 2025.

Puedes localizar su índice descendiendo a través de la barra izquierda del blog.



2. UNA REALIDAD APARTE: Nuevas conversaciones con don Juan

Publicado entre el 26 y 31 de diciembre de 2025.

Puedes localizar su índice descendiendo a través de la barra izquierda del blog.



11. EL LADO ACTIVO DEL INFINITO

Publicado a lo largo de 2025, desde enero hasta octubre

Puedes localizar su índice descendiendo a través de la barra izquierda del blog.



A día de hoy, 31 de diciembre de 2025, quedan 10 libros por publicar.

La obra de Castaneda admite tres grandes divisiones.

a) Enseñanzas para el lado derecho: Son las experiencias y notas de campo que Carlos Castaneda recogió durante la década de 1960 y parte de la década de 1970, desde que tuvo su primer encuentro con don Juan hasta que todo el linaje desaparece. Son enseñanzas para un estado de conciencia normal.

Los libros son publicados por la editorial mexicana «Fondo de Cultura Económica» y son los cuatro libros canónicos que retratan la historia al completo. Los libros publicados posteriormente están centrados en la cronología inserta sobre estos cuatro libros.



1. LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN: Una manera yaqui de conocimiento. (1968) 

Carlos Castaneda obtuvo su tesis en antropología





2. UNA REALIDAD APARTE: Nuevas conversaciones con don Juan (1971)





3. VIAJE A IXTLÁN (1973)

Carlos Castaneda obtuvo su doctorado en antropología







4. RELATOS DE PODER (1975)




b) Enseñanzas para el lado izquierdo:  En un estado de conciencia acrecentada, bajo el efecto de alucinógenos o inducido mediante técnicas hipnóticas, Carlos Castaneda, comienza a sufrir estallidos de memoria, de hechos acontecidos de los que no se había percatado y en estos libros realiza una especie de púzle para recomponer sus experiencias, todo ello, dentro del relato histórico comprendido entre los primeros cuatro libros. Aquí, Carlos está solo, don Juan ni don Genaro ya no están, se marcharon hacia el infinito. Yo los adquirí en España en una soberbia colección publicada por Avantos Swan y Hakeldama, salvo «El arte de ensoñar» que fue publicado por Seix Barral.




5. EL SEGUNDO ANILLO DE PODER (1977)







6. EL DON DEL ÁGUILA (1981)







7. EL FUEGO INTERNO (1984)







8. EL CONOCIMIENTO SILENCIOSO (1987)






9. EL ARTE DE ENSOÑAR (1993) Editorial Seix Barral

Siendo su portada la más fea de todos los libros publicados por Castaneda en España, resultó ser mi libro favorito de todos ellos.



c) Libros de prácticas:   


10. EL SILENCIO INTERNO (1996)

Este libro fue publicado y vendido a través de Cleargreen (Tensegridad), la secta que montó Castaneda y sus mujeres.

No estuvo publicado por editorial alguna.




11. EL LADO ACTIVO DEL INFINITO (1998)

Este libro fue publicado en el mismo año en que Carlos Castaneda fallece, es póstumo y cierra la historia y enseñanzas.


12. PASES MÁGICOS (1999)

Libro póstumo, de prácticas físicas. Es un libro anómalo, pues en ninguna parte de la historia parece encajar que Castaneda realizase estos pasos mágicos, pero en «El silencio interno» justifica la existencia de este manual.

En España fue publicado por Martinez Roca.




13. LA RUEDA DEL TIEMPO (2000)

Libro póstumo, de citas memorables de don Juan, donde se registra en qué parte de la obra está inserta.

En España fue publicado por Editorial Gaia.