AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

viernes, 26 de diciembre de 2025

[24] COEVOLUCIÓN: UNA NUEVA COMPRENSIÓN DEL ESPACIO-TIEMPO

 

Red cósmica de galaxias, estructura superior a los cúmulos de galaxias



Por lo que he podido descifrar, las galaxias no están dispersas aleatoriamente por todo el universo, como podrías imaginar. Parecen estar unidas por hilos de energía y dispuestas en filas que corren en muchas direcciones. Además, no todas las galaxias están unidas por los mismos hilos de energía.

El espacio profundo puede compararse con una autopista de múltiples cintas, donde estas "cintas" de energía pueden utilizarse para navegar por los cielos. Algunos viajeros espaciales "lanzan" sus naves por estas autopistas a velocidades fantásticas utilizando la energía natural del universo. La técnica es similar a usar un filamento de fibra óptica. De hecho, la nave espacial se convierte en un simple pulso de electricidad o luz al utilizar estos filamentos de energía pura.

En este planeta he oído que a este tipo de naves se las llama "naves faro". No estoy seguro de si quienes usan estas descripciones saben realmente lo cerca que están de una descripción verdadera de estas fantásticas naves. 

Una nave faro es una maravilla de la tecnología y la naturaleza combinadas. Es un ejercicio de cibernética que supera con creces nuestra comprensión. Al igual que sus casas, estas naves son entidades parcialmente vivas. Algunas personas en este planeta han sugerido que algunos tipos de naves extraterrestres funcionan con cristales gigantes. 

Esto puede ser cierto para algunos, pero la nave o transportador que tuve el privilegio de abordar era una entidad viva basada en cristales por derecho propio. Al parecer, esto es esencial para los viajes dimensionales, ya que todo lo que pasa por la "puerta" (¿un agujero negro?) debe tener capacidades regenerativas naturales.

En otras palabras, el cuerpo —y todo lo que lo acompaña— debe llevar en su interior un plano natural para poder recomponerse en la forma adecuada tras el evento o la transformación. 

Un ejemplo simple de esto sería la forma en que un cristal disuelto en agua siempre puede reconstruirse perfectamente una vez que se ha secado de la solución. El cuerpo humano tiene capacidades regenerativas similares a esta y mucho más allá de nuestra imaginación. 

Quizás algún día aprendamos a aprovechar este fenómeno, pero este es un tema completamente diferente en el que no entraré aquí. Nos basta con entender que, al igual que con la nave, el cuerpo humano también debe recomponerse tras una de estas transmutaciones. 

Resulta que la forma piramidal está hecha a medida para lograr esta tarea. La función principal de una pirámide, ya sea dentro o fuera de este planeta, es reconstituir la materia a una forma preestablecida o, a su vez, transmitirla a otra formación piramidal en algún otro lugar para su reconstrucción. 

La materia transmitida no tiene por qué ser materia sólida, como cabría esperar, sino que puede estar en forma de ondas sonoras, imágenes (como en nuestros propios transmisores de televisión) o en alguna otra forma aún no identificada, como los viajes cuatridimensionales o los viajes mentales. Basta con estudiar los efectos de una pirámide sobre una hoja de afeitar sin filo para comprobar que ya tenemos la prueba, ante nuestros propios ojos. No es ciencia ficción: ¡esto es real!

Dado que la nave faro es un ser vivo, posee muchos beneficios que difícilmente podemos imaginar. Puede dividirse a voluntad más de una vez y luego reabsorber esas divisiones. Puede cambiar de forma si es necesario, y probablemente también de tamaño. Cuando este extraño dispositivo se usa en una atmósfera como la nuestra, me dijeron que podría volverse prácticamente invisible, ya que podría desviar los rayos del Sol o cualquier luz a su alrededor para no proyectar sombras en el suelo ni dejar siluetas en el cielo. 

A pesar de todo, no he visto una nave faro, ni ningún otro ovni, en el cielo, ni de día ni de noche, así que nadie sabe cómo se vería en vuelo. 

Las ciencias en la Tierra están muy por detrás de lo que he presenciado, pero puede que no tanto como se piensa. Lo que nos dicen que podemos hacer científica y técnicamente es una cosa, pero lo que sucede a puerta cerrada es otra muy distinta. La ciencia ficción de hoy es la realidad de mañana, pero lo que vemos hoy se ha manipulado durante años a puerta cerrada.

La forma en que la luz y otros elementos básicos interactúan entre sí es lo que en el universo ayuda a crear lo que parece ser un objeto sólido. Esta otra variable se conoce como magnetismo. 

A pesar de todo nuestro conocimiento científico actual, resulta curioso que la fuerza del magnetismo sea una de las menos comprendidas. Qué apropiado, quizás, que esta fuerza sea precisamente la que necesita ser completamente comprendida antes de que la humanidad pueda alcanzar la madurez en el cosmos. 

Es casi como si este último ámbito de la ciencia nos hubiera sido negado porque aún no estamos preparados para la responsabilidad que esta conquista puede conllevar. Sin duda, si se malinterpreta el magnetismo, podría tener efectos devastadores para todos nosotros, como bien pudo haber ocurrido en algún período anterior de nuestra historia. 

La luz es un excelente conductor. Un conductor que atraviesa un campo magnético puede, o debería, crear un campo eléctrico. Ahora tenemos tres actores principales trabajando en la construcción de planetas, soles y todo lo que hay en el cielo nocturno. 

La energía magnética se puede encontrar en el universo en forma de remolinos o torbellinos en el tiempo y el espacio, al igual que los remolinos o torbellinos se pueden encontrar en el agua. De hecho, el espacio se parece mucho más al agua de lo que nos han hecho creer los "expertos", pues el agua, en su estado natural de flujo, también está llena de corrientes o filamentos de energía. ¡Pregúntenle a un pez!

Si no me equivoco, todo se puede construir a partir de la luz. Su interacción con las fluctuaciones del fenómeno magnético ayuda a crear todas las sustancias conocidas. Los agujeros negros no se diferencian mucho de cómo se han representado en muchas películas y series de ciencia ficción, ya que existen en los extremos de dos realidades. Ambos ceden y toman sustancia. Al absorber luz y materia del universo, la devuelven. No estoy seguro de si realmente abren el camino a otros universos o simplemente reubican la materia en otra zona del mismo universo. Sin embargo, estoy seguro de que los agujeros negros devuelven energía a zonas donde hay objetos muy densos, como soles y planetas grandes. De esta manera, se mantiene cierto equilibrio en el universo. No entiendo cómo estas entidades separadas logran conectarse de esta manera, pero lo hacen. Parece que cuanto más grande es el objeto, ya sea un planeta o un sol, más energía atrae. 

Nuestro propio Sol recibe constantemente energía de un agujero negro en algún otro punto del tiempo y el espacio, posiblemente incluso de un universo paralelo al nuestro. Todos los planetas principales, incluso los de nuestro sistema solar como Saturno, Júpiter y Neptuno, reciben energía de esta manera. 

Esta energía puede no ser necesariamente reconocida por lo que es al irradiarse al espacio libre. Podría llegar aquí en una forma extraña a nosotros y no la notaríamos en absoluto, ya que los terrícolas aún no comprendemos la energía de la luz pura. Es posible que esta energía llegue desde otra dimensión, por lo que podría ser difícil rastrear cómo se manifiesta con el estado actual de la tecnología. Solo el tiempo lo dirá.

Esto nos abre a otro fenómeno del que no pretendo saber mucho. Este delicado tema es la existencia de planetas en otras dimensiones. Si esta energía que se abre paso hacia nuestro sistema solar es indetectable, planetas e incluso soles hechos de este material podrían existir junto a nuestro propio mundo y ni siquiera seríamos conscientes de ellos. Se ha hablado tanto de estos mundos de otras dimensiones desde tantos ángulos diferentes que me inclino a pensar que donde hay humo, a menudo hay fuego.

Por lo que entiendo, esta transferencia de energía también puede utilizarse como una forma de viaje espacial de alta velocidad. Una vez que el vehículo elegido se ha transformado en luz pura o alguna energía compatible, estas puertas en el espacio se abren al viajero. Creo que el proceso de entrar y salir de estas áreas se llama "transición". ¡Eso debería resultarles familiar! No puedo añadir mucho más, salvo decir que, si mi propia experiencia me sirve de base, se debe realizar mucho trabajo en el cuerpo humano antes de que pueda entrar en estas ventanas espaciales. Es posible que tuviera que dejar mi cuerpo terrestre almacenado antes de poder emprender semejante viaje a través del tiempo y el espacio.

Desde que me dijeron que el pueblo de Zeena podría haberse originado en nuestro propio sistema solar —y, más concretamente, en lo que habría sido el quinto planeta desde el Sol, si dicho planeta existiera hoy—, me ha interesado descubrir más sobre algo que aún existe ahí fuera, en lo que podría haber sido la órbita aproximada de un quinto planeta. Este "algo" es el cinturón de asteroides.

Lo primero que aprendí, alentador, fue que la cosmología sugiere que hace muchos millones de años nuestro Sol probablemente era más caliente que hoy.

Esto, sin duda, ayuda a explicar el clima mucho más tropical que se cree que tuvo la Tierra en aquellos primeros años. Pero lo más importante es que un Sol más caliente también habría ayudado a este supuesto quinto planeta en órbita a mantenerse por encima del punto de congelación, al menos durante parte del tiempo o quizás la mayor parte del tiempo.

Este parece ser un factor positivo a favor de la antigua leyenda de Haven.

Después descubrí que el cinturón de asteroides no es solo una masa de pequeñas rocas, como podríamos imaginar. De hecho, existen algunos trozos bastante grandes, casi del tamaño de un planeta, ¡y algunos incluso tienen nombre! Ceres tiene 1003 kilómetros de diámetro, Palas 608 kilómetros y Juno 250 kilómetros. Luego está Vesta, con un diámetro de 538 kilómetros.

Vesta es una interesante adición a nuestro rompecabezas, ya que, aunque mucho más pequeño que Ceres, es el asteroide más brillante y, en condiciones ideales, puede verse a simple vista. Para que Vesta brille como lo hace, debe tener agua o, al menos, estar cubierto de hielo. El hecho de que pudiera haber agua en este posible quinto planeta es muy importante por razones obvias. 

La única otra posibilidad, según mi propio pensamiento, es que tal vez esté hecho de metal. Sí, posiblemente un artefacto antiguo, una estación espacial perdida o una combinación de ambos. ¿Demasiado increíble? Quizás. En cualquier caso, es razonable concluir que este quinto planeta podría haber sido lo suficientemente cálido y acuoso como para albergar vida, y cualquier planeta que tuviera suficiente agua para formar un bloque de 538 kilómetros de diámetro después de su explosión tuvo que haber tenido una cantidad considerable de agua.

En el cinturón de asteroides hay otros grandes grumos de materia con diámetros que oscilan entre 200 y 300 kilómetros, al menos otras cincuenta rocas grandes con diámetros de aproximadamente 100 kilómetros, además de miles de otras más pequeñas. Para mí, esto describe un planeta fragmentado, no una colección de rocas que no tenían adónde ir cuando se formó nuestro sistema solar. Es más, partes de este planeta han estado cayendo hacia nosotros desde hace bastante tiempo, pero nadie sabe con certeza cuánto tiempo, quizás hasta 400 millones de años.

También es posible que muchas de las lunas más pequeñas que orbitan Júpiter y Saturno (los dos planetas siguientes al cinturón de asteroides) también sean fragmentos capturados de nuestro quinto planeta. Saturno, por ejemplo, tiene veintitrés lunas, y Júpiter tiene al menos dieciséis, posiblemente veinte. 

[NOTA del traductor: Júpiter tiene alrededor de 97, mientras que Saturno tiene más de 140 (algunas fuentes recientes sugieren hasta 274)].

Estas rocas que han caído hacia nosotros se conocen como meteoritos, y es probable que la mayoría provengan del cinturón de asteroides. Algunos han sido analizados y, debo asegurarles, dan lugar a estudios interesantes.

La mayoría de estos meteoritos están compuestos de los mismos materiales básicos que nuestra Tierra, y en proporciones prácticamente idénticas. Esto podría significar que nuestro mundo perdido era muy parecido a la Tierra, ¡lo cual es una gran noticia para corroborar la leyenda de Haven!

Algunos meteoritos rocosos contienen burbujas microscópicas de dióxido de carbono y agua. Otros incluso contienen pequeños diamantes (que, como todos sabemos, se forman bajo una enorme presión), por lo que estas rocas debieron haber existido en las profundidades de un planeta en algún momento, no simplemente flotando en el espacio libre como rocas durante toda su vida.

Algunos meteoritos contienen condrita carbonácea y también podrían contener carbono y agua ligada. El 15 % de la condrita del meteorito Orgueil, que cayó en Francia en 1864, consiste en moléculas de hidrocarburos parafinoides de tipo orgánico. Al estudiarla y fotografiarla, esta roca reveló la presencia de organismos unicelulares fosilizados: dinoflagelados o crisomónadas que habitan en el agua de lagos y mares.

Posteriormente, se descubrió que otros meteoritos contenían este mismo tipo de organismos fosilizados. ¿Es esta nuestra primera prueba real de que se formó vida en otro lugar de nuestro sistema solar, con el agua como punto de partida? ¿Podría ser cierto lo imposible? 

[NOTA: Hasta la presente fecha, no se ha demostrado científicamente que haya sido descubierto vida en ninguno de los meteoritos, ni siquiera a nivel bacteriano, aunque existen controversias a este respecto]

¿Es realmente cierta la leyenda que me contaron?

En vista de todo esto, me cuesta entusiasmarme demasiado con el supuesto meteorito de Marte que ha sido noticia a finales de 1996. ¿Qué tiene que no tengan esos meteoritos anteriores? Parece que ahora está bien, incluso de moda, hablar de vida fuera de la Tierra. Es como si nos estuvieran ablandando para algo, ¡y, por supuesto, lo están haciendo!

He aquí el problema con el escenario de la roca de Marte. La mayoría de ustedes sabrán que esta roca supuestamente fue expulsada de Marte por el impacto de un asteroide hace millones de años y llegó a la Tierra por pura gracia y suerte en 1984. Ahora bien, ¿por qué tardaron estos científicos doce años en encontrar estas moléculas orgánicas basadas en carbono, o mejor dicho, por qué han esperado doce años para hablarnos de ellas? 

Si esa roca fue expulsada de Marte hace tanto tiempo y de alguna manera llegó a la Tierra, ¿dónde están todas las rocas que debieron haber sido expulsadas de nuestra propia Luna de forma similar? Al fin y al cabo, la Luna está mucho más cerca y tiene menor gravedad que Marte. 

En mi opinión, todos deberíamos tener rocas lunares si tenemos la suerte de tener rocas de Marte en la Tierra. ¿O acaso esa roca llegó aquí de otra manera? Puede parecer que he sido bastante duro con algunos de nuestros científicos terrestres. Sin embargo, debo señalar que siempre hay algunos héroes en todos los ámbitos: personas que tienen voz y voto, aunque les cueste caro. Cuando alguien tiene una opinión lo suficientemente firme sobre algo, quizás deberíamos detenernos y escuchar lo que tiene que decir.

Esto es exactamente lo que he hecho al dedicar esta última sección sobre ciencia a quienes se atreven a desafiar las convenciones.

La mayoría de nuestros científicos modernos se complacen en sugerir que las aproximadamente 200.000 enzimas «complejas» que forman el cuerpo humano evolucionaron por pura casualidad en este planeta hace muchos millones de años.

Afirman que toda la vida se autogenera; en otras palabras, dadas las condiciones adecuadas, la vida simplemente tiene que surgir.

Sin embargo, parece haber la misma cantidad de pruebas —y aportadas por más de un eminente científico— que sugieren, al menos matemáticamente, que el azar no tuvo nada que ver. Estos hallazgos, no tan nuevos, deberían ahora ser aceptados en nuestros libros de historia y enseñados en nuestras escuelas. ¿Qué intento decir? Para simplificarlo, la vida parece necesitar un impulso; ¡me atrevería a decir, una intervención inteligente!

Analicemos más detenidamente la posibilidad de la manifestación casual de estas enzimas. Sir Fred Hoyle, un hombre muy respetado en los círculos científicos más ilustrados, comparó la formación casual de enzimas simples de la antigua sopa primigenia de nuestra Tierra con aproximadamente el equivalente a sacar 50.000 seises consecutivos con un dado. ¡Piénsenlo!

El Dr. James F. Coppedge y el Prof. A. E. Wilder-Smith han presentado cifras similares, casi incomprensibles, para demostrar las mismas probabilidades de que la vida se forme en este planeta por casualidad. Uno de esos números es 1:1000000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 y así sucesivamente durante muchas páginas más: ¡cuarenta mil ceros en total, si puedes creerlo! No te emociones aquí, porque esta es solo la probabilidad de que una enzima surja de la sopa primordial. Para determinar de dónde obtiene su energía para sobrevivir mientras espera a que la siguiente enzima pase por los mismos números aleatorios, ¡debemos multiplicar el número anterior por uno con aún más ceros! ¿Demasiado complejo de pensar? Esta parece ser la opinión de la mayoría de los científicos. ¡Quizás creer en milagros les resulte más fácil que a mí!

Si nos remontamos aún más atrás en el tiempo de la formación de la Tierra y la vida en ella, podríamos descubrir que esta "gran mano del azar" también intervino entonces.

El carbono es una sustancia interesante y, para nosotros, un ingrediente muy importante, ya que somos formas de vida basadas en el carbono. Fabricar carbono es casi imposible a menos que se tenga la receta y todo el hardware. Los núcleos de carbono se forman como resultado de una colisión simultánea, muy poco frecuente, de tres núcleos de helio separados. Primero, dos núcleos deben colisionar y, mientras aún se encuentran en un estado muy inestable (berilio), que dura muy poco tiempo, un tercer núcleo de helio debe chocar con la fuerza justa para unirse también. Así se forma el carbono, pero solo si todo esto ocurre a la frecuencia vibratoria y temperatura adecuadas. Por una extraña casualidad, este estado se alcanza en el interior de una estrella promedio. ¡Qué suerte la nuestra! 

[NOTA: Aquí el autor trata de explicar el ciclo C-N-O que se produce en el interior de las estrellas. Para mayor información, use el siguiente enlace. https://es.wikipedia.org/wiki/Ciclo_CNO]

Pero ese no es el final de esta serie de "casualidades". Para que el carbono sobreviva en este estado relativamente inestable, no debe mezclarse con otros elementos como el oxígeno, que también abundan en el ardiente interior de una estrella promedio. Por pura casualidad, una vez más, el oxígeno vibra a una frecuencia ligeramente inferior a la del carbono, por lo que ambos no se mezclan [NOTA: No se combinan debido a las altísimas temperaturas del núcleo estelar de millones de grados].  

El carbono así fabricado es entonces expulsado a lo lejos cuando la estrella explota en forma de supernova. Sir James Jeans lo dijo todo cuando comentó: «Nuestros cuerpos se forman a partir de las cenizas de estrellas extintas hace mucho tiempo». 

[NOTA: De hecho, no sólo el carbono es emitido, sino que la propia explosión de supernova hace que la materia eyectada se recombine para conseguir elementos químicos pesados transférricos (Z > 56) ya que las estrellas no pueden sintetizar elementos más pesados que el hierro.]

Seguramente me concederán el derecho a considerar la posibilidad de una Inteligencia Maestra, pues con la creación de los componentes básicos de la vida (el carbono) y un lugar donde crecer (la Tierra), sería absurdo que esta forma de vida desapareciera por el subproducto del productor de carbono, es decir, la radiación solar. 

Entonces, ¿qué tenemos? Tenemos una atmósfera protectora que, por pura casualidad, según la ciencia, absorbe el noventa y nueve por ciento de los rayos más dañinos del Sol y, al mismo tiempo, permite que nos lleguen todos los componentes útiles que necesitamos para nuestro crecimiento y desarrollo. Los procesos involucrados en esta atmósfera protectora son asombrosamente complejos. 

Cualquiera que piense que llegó allí por pura casualidad debería reconsiderar su composición, esta vez con un poco más de detalle. Me asusta pensar que los militares estén manipulando esta frágil pantalla de seguridad, y me parece aún más sospechoso que se descubriera repentinamente un agujero en la capa de ozono casi al mismo tiempo que empezaban a jugar allí. 

[NOTA: Afortunadamente el desuso de gases como los CFC y derivados ha ayudado enormemente a la reparación de la capa de ozono, que aún está en trance de repararse en su totalidad, tardará al menos un par de siglos aún]

Cualquiera que esté interesado en saber más sobre este tema debería investigar HAARP, el Programa de Investigación Auroral Activa de Alta Frecuencia con sede en Alaska. [NOTA: Esta teoría forma parte de lo conspiranoico]

Siguiendo con el tema de la posible existencia de una Inteligencia Maestra o fuerza impulsora dentro del universo, me gustaría dar algunas razones por las que creo que bien podría existir tal fuerza. Hay muchos nombres para esta fuerza, pero algunos la llaman "El Todo Lo Que Es" o "Dios".

Una de las principales razones por las que me inclino a creer en la existencia de una Inteligencia Maestra es que algunos de nuestros amigos extraterrestres también creen en ella. Creen que en el principio solo existía esta Inteligencia, que en su sabiduría decidió que le gustaría experimentar la vida en tantas formas diversas como fuera posible, todo para su propio crecimiento e iluminación. 

Para lograr esto Su objetivo era crear todos los mecanismos necesarios para la evolución de la vida; por lo tanto, tenemos estrellas que fabrican carbono, etc. La fuerza sabía que toda vida inteligente eventualmente alcanzaría niveles tales que sería "reingerida" en el todo, y reconoció que este era el curso natural de toda evolución inteligente, pues su propósito principal era adquirir el conocimiento y la experiencia de todas las formas de vida creadas.

[NOTA: Una visión científica y materialista es considerar que Dios en realidad es la unión de todas y cada una de las consciencias del universo o del multiverso]

Cada uno de nosotros es solo una pequeña parte de esa experiencia, al igual que cada uno de nuestros hermanos y hermanas extraterrestres. Es posible que algunos extraterrestres incluso nos hayan estado cuidando, esperando el momento en que también alcanzáramos ese siguiente nivel de desarrollo, cuando pudiéramos interactuar o integrarnos con ellos y progresar hacia nuestro destino final: la unión definitiva con El Todo Lo Que Es.

No espero ni quiero que creas ciegamente en esta explicación. Lo más probable es que no hayas tenido una experiencia como la mía en la que inspirarte, y debo admitir que es un concepto bastante extraño de comprender.

Sin embargo, ahora encaja bien, y en cierto modo es bastante agradable pensar que podemos ser parte de un gran plan, incluso una parte importante e integral de ese plan. Sin duda, esto ayuda a explicar mucho de lo que ha intrigado a la humanidad sobre sí misma, el destino y el mundo durante muchos años.

Los cosmólogos y astrónomos debieron sufrir una tremenda conmoción al descubrir que los humanos no estamos solos en el juego de la inteligencia. Puede que lo descubrieran hace tan solo cincuenta años, posiblemente un poco más, pero decidieron mantenerlo en secreto, por razones que solo ellos conocen. 

De hecho, han tenido que vivir la mentira, incluso hasta el punto de cooperar en la construcción de naves espaciales y usar radiotelescopios para buscar otras inteligencias cuya existencia ya conocen, ¡y con las que posiblemente ya estén en contacto! Estos mismos científicos se apresuran a desestimar todos los demás contactos reportados, especialmente aquellos como el mío, diciendo: "¡No, no! ¡No puede ser así! Creemos que debería ser así...".

El cielo no es el único lugar con secretos que se nos han ocultado. Esta unida comunidad científica también finge buscar el supuesto eslabón perdido de nuestro pasado evolutivo, a sabiendas de que nunca lo encontrarán; la razón es que, en el contexto de la evolución natural en este planeta, no existe. A pesar de esto, algunos científicos que no han podido encontrar este eslabón perdido han llegado incluso al extremo de inventarlo. ¿De eso se trata la ciencia? ¿De engaños? Parece que de eso se trata precisamente la ciencia, pues este último ejemplo expone una de las mayores estafas del siglo XX.

Lo cierto es que millones y millones de dólares de los contribuyentes han sido extraídos de la población de este planeta para financiar una estafa que es un insulto para todos nosotros. Ha sido perpetrada por un gobierno tras otro en todo el mundo y no es nada menos que un comportamiento fraudulento por parte de quienes buscan imponernos leyes y controles.

Esta estafa se centra en la capacidad destructiva de las bombas atómicas y de hidrógeno. Si bien estas bombas son ciertamente capaces de una destrucción total, el escenario tan proyectado de armas nucleares de múltiples impactos detonando simultáneamente en todo el mundo nunca podría suceder.

Los dispositivos nucleares requieren plazos para una detonación exitosa. Cada zona predeterminada de nuestro planeta es compatible con una detonación nuclear en un momento diferente, y este tiempo debe calcularse con una precisión de fracciones de segundo. ¡Las ventanas armónicas compatibles para la detonación de dispositivos nucleares en diferentes partes del planeta pueden estar separadas por días o incluso semanas!

(Por supuesto, si varias bombas nucleares explotaran en todo el planeta durante un período prolongado, el efecto seguiría siendo de devastación total).

Entonces, ¿cómo es posible que las bombas pudieran explotar en todo el mundo al mismo tiempo? Para responder a esta pregunta, basta con considerar la importancia de los submarinos de ataque nuclear para las naciones nucleares. Con estos submarinos, estas potencias militares pueden permitirse retrasar el lanzamiento de sus misiles nucleares hasta que llegue el momento justo. 

Por otro lado, las ojivas de impacto múltiple no apuntan a una variedad de objetivos diferentes, sino que están diseñadas para cubrir un área mayor del objetivo con la esperanza de que una de ellas encuentre el área infinitesimalmente pequeña del objetivo compatible con una detonación nuclear en la fracción de segundo del impacto. Con este método de lanzamiento, es casi imposible determinar el momento exacto.

Debido a que esta información se ha ocultado al público, ciertos gobiernos han podido gastar cantidades incalculables de dinero de los contribuyentes a lo largo de los años en armas de represalia contra una amenaza cuestionable. Por supuesto, alguien tiene que fabricar estas armas y depositar el dinero: ¡su dinero!

Esto plantea la pregunta de qué han estado haciendo realmente algunas naciones nucleares en sus supuestas pruebas subterráneas recientes. ¿Podrían estar realizando pruebas de antimateria en lugar de pruebas nucleares?

Puede encontrar más detalles sobre el tema nuclear y mucho más en el fascinante e informativo libro de Bruce Cathie, The Harmonic Conquest of Space.

[1] CASTANEDA: INTRODUCCIÓN A UNA REALIDAD APARTE. NUEVAS CONVERSACIONES CON DON JUAN.

 


Una realidad aparte: nuevas conversaciones con Don Juan

PREFACIO

Hace diez años tuve la fortuna de conocer a don Juan Matus, un indio yaqui del noroeste de México. Entablé amistad con él bajo circunstancias en extremo fortuitas. Estaba yo sentado con Bill, un amigo mío, en la terminal de autobuses de un pueblo fronterizo en Arizona [Nogales]. Guardábamos silencio. Atardecía y el calor del verano era insoportable. De pronto, Bill se inclinó y me tocó el hombro.

-Ahí está el sujeto del que te hablé -dijo en voz baja.

Ladeó casualmente la cabeza señalando hacia la entrada. Un anciano acababa de llegar.

-¿Qué me dijiste de él? -pregunté.

-Es el indio que sabe del peyote, ¿Te acuerdas?

Recordé que una vez Bill y yo habíamos andado en coche todo el día, buscando la casa de un indio mexicano muy "excéntrico" que vivía en la zona. No la encontramos, y yo tuve la sospecha de que los indios a quienes pedimos direcciones nos habían desorientado a propósito. Bill me dijo que el hombre era un "yerbero" y que sabía mucho sobre el cacto alucinógeno peyote. Dijo también que me sería útil conocerlo.

Bill era mi guía en el suroeste de los Estados Unidos, donde yo andaba reuniendo información y especímenes de plantas medicinales usadas por los indios de la zona.

Bill se levantó y fue a saludar al hombre. El indio era de estatura mediana. Su cabello blanco y corto le tapaba un poco las orejas, acentuando la redondez del cráneo. Era muy moreno: las hondas arrugas en su rostro le daban apariencia de viejo, pero su cuerpo parecía fuerte y ágil. Lo observé un momento. Se movía con una facilidad que yo habría creído imposible para un anciano.

Bill me hizo seña de acercarme.

-Es un buen tipo -me dijo-. Pero no le entiendo. Su español es raro; ha de estar lleno de coloquialismos rurales.

El anciano miró a Bill y sonrió. Y Bill, que apenas habla unas cuantas palabras de español, armó una frase absurda en ese idioma. Me miró como preguntando si se daba a entender, pero yo ignoraba lo que tenía en mente; sonrió con timidez y se alejó. El anciano me miró y empezó a reír. Le expliqué que mi amigo olvidaba a veces que no sabía español.

-Creo que también olvidó presentarnos -añadí, y le dije mi nombre.

-Y yo soy Juan Matus, para servirle -contestó.

Nos dimos la mano y quedamos un rato sin hablar. Rompí el silencio y le hablé de mi proyecto. Le dije que buscaba cualquier tipo de información sobre plantas, especialmente sobre el peyote. Hablé compulsivamente durante un buen tiempo, y aunque mi ignorancia del tema era casi total, le di a entender que sabía mucho acerca del peyote. Pensé que si presumía de mi conocimiento, el anciano se interesaría en conversar conmigo. Pero no dijo nada. Escuchó con paciencia. Luego asintió despacio y me escudriñó. Sus ojos parecían brillar con luz propia. Esquivé su mirada al sentir un sentimiento profundo de vergüenza al percatarme de que sabía que yo estaba diciendo tonterías.

-Vaya usted un día a mi casa -dijo finalmente, apartando los ojos de mí-. A lo mejor allí podemos platicar más tranquilamente. 

No supe qué más decir. Me sentía abochornado. Al rato, Bill volvió a entrar en el recinto advirtiendo mi incomodidad y no pronunció una sola palabra. Estuvimos un rato sentados en profundo silencio. Luego el anciano se levantó. Su autobús había llegado y se despidió.

-No te fue bien, ¿verdad? -preguntó Bill.

-No.

-¿Le preguntaste de las plantas?

-Sí. Pero creo que metí la pata.

-Te dije que es muy excéntrico. Los indios de por aquí lo conocen, pero jamás lo mencionan. Y eso es por algo.

-Pero dijo que yo podía ir a su casa.

-Te estaba tomando el pelo. Seguro, puedes ir a su casa, pero eso qué. Nunca te dirá nada. Si llegas a preguntarle algo, te tratará como si fueras un idiota diciendo tonterías.

Bill dijo convincentemente que ya había conocido gente así, personas que daban la impresión de saber mucho. En su opinión tales personas no valían la pena, pues tarde o temprano se podía obtener la misma información de alguien que no se hiciera el difícil. Dijo que él no tenía paciencia ni tiempo que perder con farsantes, y que posiblemente el anciano sólo aparentaba ser conocedor de hierbas, mientras que en realidad sabía tan poco como cualquiera.

Bill siguió hablando, pero yo no le escuchaba. Mi mente continuaba fija en el anciano. El sabía que yo había estado alardeando. Recordé sus ojos. Habían brillado, literalmente.

Regresé a verlo unos meses más tarde, no tanto como estudiante de antropología interesado en plantas medicinales, sino como poseído de una curiosidad inexplicable. La forma en que me había mirado fue un evento sin precedentes en mi vida. Yo quería saber qué implicaba aquella mirada. Se me volvió casi una obsesión y mientras más pensaba en ella, más insólita parecía.

Don Juan y yo nos hicimos amigos, y a lo largo de un año le hice innumerables visitas. Su actitud me daba mucha confianza y su sentido del humor me parecía excelente; pero sobre todo sentía en sus actos una consistencia callada, totalmente desconcertante para mí. Experimentaba en su presencia un raro deleite, y al mismo tiempo una desazón extraña. Su sola compañía me forzaba a efectuar una tremenda revaluación de mis modelos de conducta. Me habían educado, quizá como a todo el mundo, para tener la disposición de aceptar al hombre como una criatura esencialmente débil y falible. Lo que me impresionaba de don Juan era el hecho de que no destacaba el ser débil e indefenso y el solo estar cerca de él aseguraba una comparación desfavorable entre su forma de comportarse y la mía. Acaso una de las aseveraciones más impresionantes que le oí en aquella época se refería a nuestra diferencia inherente. Con anterioridad a una de mis visitas, había estado sintiéndome muy desdichado a causa del curso total de mi vida y de cierto número de conflictos personales apremiantes. Al llegar a su casa me sentía melancólico y nervioso.

Hablábamos de mi interés en su conocimiento, pero, como de costumbre, íbamos por sendas distintas. Yo me refería al conocimiento académico que trasciende la experiencia, mientras él hablaba del conocimiento directo del mundo.

-¿A poco crees que conoces el mundo que te rodea? -preguntó.

-Se de todo un poco -dije.

-Quiero decir, ¿sientes el mundo que te rodea?

-Siento el mundo que me rodea tanto como puedo.

-Eso no basta. Debes sentirlo todo; de otra manera el mundo pierde su sentido.

Formulé el clásico argumento de que no era necesario probar la sopa para conocer la receta, ni recibir un choque eléctrico para saber de la electricidad.

-Ya transformaste todo en una estupidez -dijo-. Ya veo que quieres agarrarte de tus razones a pesar de que no te dan nada; quieres seguir siendo el mismo aún a costa de tu bienestar.

-No sé de qué habla usted.

-Hablo del hecho de que no estás completo. No tienes paz.

La aserción me molestó. Me sentí ofendido. Pensé que don Juan no estaba calificado en modo alguno para juzgar mis actos ni mi personalidad.

-Estás lleno de problemas -dijo-. ¿Por qué?

-Sólo soy un hombre, don Juan -repuse malhumorado

Hice la afirmación en la misma vena en que mi padre solía hacerla. Cada vez que decía ser sólo un hombre, implicaba que era débil e indefenso y su frase, como la mía, rebosaba un esencial sentido de desesperanza.

Don Juan me escudriñó como el día en que nos conocimos.

-Piensas demasiado en ti mismo -dijo sonriendo-. Y eso te da una fatiga extraña que te hace cerrarte al mundo que te rodea y agarrarte de tus razones. Por eso tienes solamente problemas. Yo también soy sólo un hombre, pero no lo digo como tú lo dices.

-¿Cómo lo dice usted?

-Yo me he salido de todos mis problemas. Qué lástima que mi vida sea tan corta y no me permita aferrarme de todas las cosas que quisiera. Pero eso no es problema, ni punto de discusión; es sólo una lástima.

Me gustó el tono de sus frases. No había en él desesperación ni compasión por sí mismo.

En 1961, un año después de nuestro primer encuentro, don Juan me reveló que poseía un conocimiento secreto de las plantas medicinales. Me dijo que era brujo. Desde ese punto, cambió la relación entre nosotros; me convertí en su aprendiz y durante los cuatro años siguientes luchó por enseñarme los misterios de la hechicería. He escrito sobre ese aprendizaje en «Las enseñanzas de don Juan: una forma yaqui de conocimiento».

Nuestras conversaciones fueron todas en español, y gracias al magnífico dominio que don Juan poseía del idioma obtuve explicaciones detalladas de los complejos significados de su sistema de creencias. He llamado brujería a esa intrincada y sistemática estructura de conocimiento, y brujo a don Juan, porque él mismo empleaba tales categorías en la conversación informal. Sin embargo, en el contexto de elucidaciones más serias, usaba los términos "conocimiento" para categorizar la brujería y "hombre de conocimiento" o "elque sabe" para categorizar al brujo.

Con el fin de enseñar y corroborar su conocimiento, don Juan usaba tres conocidas plantas sicotrópicas: El peyote (Lophophora williamsii);  el toloache (Datura inoxia), y un hongo (al que cariñosamente lo llama «humito») perteneciente al género Psylocibe. 

través de la ingestión por separado de cada uno de estos alucinógenos produjo en mí, su aprendiz, unos estados peculiares de percepción distorsionada, o conciencia alterada, que he llamado "estados de realidad no ordinaria". He usado la palabra "realidad" porque una premisa principal en el sistema de creencias de don Juan era que los estados de conciencia producidos por la ingestión de cualquiera de las tres plantas no eran alucinaciones, sino aspectos concretos, aunque no comunes, de la realidad de la vida cotidiana. Don Juan no se comportaba hacia tales estados de realidad no ordinaria "como si" fueran reales; los tomaba "como"reales.

Clasificar como alucinógenos las plantas citadas y como realidad no ordinaria los estados que producían, es, desde luego, un recurso mío. Don Juan entendía y explicaba las plantas como vehículos que conducían o guiaban a un hombre a ciertas fuerzas o "poderes" impersonales; y los estados que producían, como los "encuentros" que un brujo debía tener con esos "poderes" para ganar control sobre ellos.

Llamaba al peyote "Mescalito" y lo describía como maestro benévolo y protector de los hombres. Mescalito enseñaba la "forma correcta de vivir". El peyote solía ingerirse en reuniones de brujos llamadas "mitotes", donde los participantes se juntaban específicamente para buscar una lección sobre la forma correcta de vivir.

Don Juan consideraba al toloache, y a los hongos, poderes de distinta clase. Los llamaba "aliados" y decía que eran susceptibles a la manipulación; de hecho, un brujo obtenía su fuerza manipulando a un aliado. De los dos, don Juan prefería el hongo. Afirmaba que el poder contenido en el hongo era su aliado personal, y lo llamaba "humo" o "humito". El procedimiento de don Juan para utilizar los hongos era dejarlos secar dentro de un pequeño guaje* donde se pulverizaban. Mantenía cerrado el guaje durante un año, y luego mezclaba el fino polvo con otras cinco plantas secas y producía una mezcla para fumar en pipa.


*[GUAJE: Es una especie de calabaza ya vaciada y seca donde se puede guardar algún ingrediente] 






Para convertirse en hombre de conocimiento había que "encontrarse" con el aliado tantas veces como fuera posible; había que familiarizarse con él. Esta premisa implicaba, desde luego, que uno debía fumar bastante a menudo la mezcla alucinógena. Este proceso de "fumar" consistía en ingerir el tenue polvo de hongos, que no se incineraba, y en inhalar el humo de las otras cinco plantas que componían la mezcla. 

Don Juan explicaba los profundos efectos del humo sobre las capacidades de percepción diciendo que "el aliado se llevaba el cuerpo de uno".

El método didáctico de don Juan requería un esfuerzo extraordinario por parte del aprendiz. De hecho, el grado de participación y compromiso necesario era tan extenuante que a finales de 1965 tuve que abandonar el aprendizaje. Puedo decir ahora, con la perspectiva de los cinco años transcurridos, que en ese tiempo, las enseñanzas de don Juan habían empezado a representar una seria amenaza para mi "idea del mundo". Yo empezaba a perder la certeza, común a todos nosotros, de que la realidad de la vida cotidiana es algo que podemos dar por sentado.

En la época de mi retirada, me hallaba convencido de que mi decisión era terminante; no quería volver a saber de don Juan. Sin embargo, en abril de 1968 me facilitaron uno de los primeros ejemplares de mi libro y me sentí compelido a enseñárselo. Fui a visitarlo. Nuestra liga de maestro-aprendiz se restableció misteriosamente y puedo decir que en esa ocasión inicié un segundo ciclo de aprendizaje, muy distinto del anterior. Mi temor no fue tan agudo como lo había sido en el pasado. El ambiente total de las enseñanzas de don Juan fue más relajado. Reía y también me hacía reír mucho. Parecía haber, por parte suya, un intento deliberado de minimizar la seriedad en general. Payaseó durante los momentos verdaderamente cruciales de este segundo ciclo, y así me ayudó a superar experiencias que fácilmente habrían podido volverse obsesivas. Su premisa era la necesidad de una disposición ligera y tratable para soportar el impacto y la extrañeza del conocimiento que me estaba enseñando.

-La razón por la que te asustaste y saliste corriendo es porque te sientes más importante de lo que crees -dijo, explicando mi retirada previa-. Sentirse importante lo hace a uno pesado, rudo y vanidoso. Para ser hombre de conocimiento se necesita ser liviano y fluido.

El interés particular de don Juan en el segundo ciclo de aprendizaje fue enseñarme a "ver".Aparentemente, había en su sistema de conocimiento la posibilidad de marcar una diferencia semántica entre "ver" y "mirar" como dos modos distintos de percibir. "Mirar" se refería a la manera ordinaria en que estamos acostumbrados a percibir el mundo, mientras que "ver" involucraba un proceso muy complejo por virtud del cual un hombre de conocimiento percibe supuestamente la "esencia" de las cosas del mundo.

Con el fin de presentar de forma legible las complicaciones del proceso de aprendizaje, he condensado largos pasajes de preguntas y respuestas, reduciendo así mis notas de campo originales. Creo, sin embargo, que en este punto mi presentación no puede, en absoluto, desvirtuar el significado de las enseñanzas de don Juan. La reducción tuvo el propósito de hacer fluir mis notas, como fluye la conversación, para que tuvieran el impacto deseado; es decir, yo quería comunicar al lector, por medio de un reportaje, el drama y la inmediatez de la situación. 

Cada sección que he puesto como capítulo fue una sesión con don Juan. Por regla general, él siempre concluía cada una de nuestras sesiones en una nota abrupta; así, el tono dramático del final de cada capítulo no es un recurso literario de mi cosecha: era un recurso propio de la tradición oral de don Juan. Parecía ser un recurso mnemotécnico que me ayudaba a retener la cualidad dramática y la importancia de las lecciones.

Empero, son necesarias ciertas explicaciones para dar coherencia a mi reportaje, pues su claridad depende de la elucidación de ciertos conceptos clave o unidades clave que deseo destacar. Esta elección de énfasis es congruente con mi interés en la ciencia social. Es perfectamente posible que otra persona, con un conjunto diferente de metas y anticipaciones, resaltara conceptos enteramente distintos de los que yo he elegido.

Durante el segundo ciclo de aprendizaje, don Juan insistió en asegurarme que el uso de la mezcla de fumar era el requisito indispensable para "ver". Por tanto, yo debía usarla con toda la frecuencia que me fuera posible.

-Sólo el humo te puede dar la velocidad necesaria para vislumbrar ese mundo fugaz -dijo.

Con ayuda de la mezcla sicotrópica, produjo en mí una serie de estados de realidad no ordinaria. La característica saliente de tales estados, en relación a lo que don Juan parecía estar haciendo, era un condición de "inaplicabilidad". 

Lo que yo percibía en aquellos estados de conciencia alterada era incomprensible e imposible de interpretar por medio de nuestra forma cotidiana de entender el mundo. En otras palabras, la condición de inaplicabilidad acarreaba la cesación de la pertinencia de mi visión del mundo. Don Juan usó esta condición de inaplicabilidad de los estados de realidad no ordinaria para introducir una serie de nuevas "unidades de significado" preconcebidas. 

Las unidades de significado eran todos los elementos individuales pertinentes al conocimiento que don Juan se empeñaba en enseñarme. Las he llamado unidades de significado porque eran el conglomerado básico de datos sensoriales y sus interpretaciones, sobre el cual se erigía un significado más complejo. Una de tales unidades era, por ejemplo, la forma en que se entendía el efecto fisiológico de la mezcla sicotrópica. Esta producía un entumecimiento y una pérdida de control motriz que en el sistema de don Juan se interpretaban como una acción realizada por el humo, que en este caso era el aliado, con el fin de "llevarse el cuerpo del practicante".

Las unidades de significado se agrupaban en forma específica, y cada bloque así creado integraba lo que llamo una "interpretación sensible". Obviamente, tiene que haber un número infinito de posibles interpretaciones sensibles que son pertinentes a la brujería y que un brujo debe aprender a realizar. En nuestra vida cotidiana, enfrentamos un número infinito de interpretaciones sensibles pertinentes a ella. 

Un ejemplo sencillo podría ser la interpretación, ya no deliberada, que hacemos veintenas de veces cada día, de la estructura que llamamos "cuarto". Es obvio que hemos aprendido a interpretar en términos de cuarto la estructura que llamamos cuarto; así, cuarto es una interpretación sensible porque requiere que en el momento de hacerla tengamos conocimiento, en una u otra forma, de todos los elementos que entran en su composición. Un sistema de interpretación sensible es, en otras palabras, el proceso por virtud del cual un practicante tiene conocimiento de todas las unidades de significado necesarias para realizar asunciones, deducciones, predicciones, etc., sobre todas las situaciones pertinentes a su actividad.

Al decir "practicante" me refiero a un participante que posee un conocimiento adecuado de todas, o casi todas, las unidades de significado implicadas en su sistema particular de interpretación sensible. Don Juan era un practicante; esto es, era un brujo que conocía todos los pasos de su brujería. Como practicante, intentaba abrirme acceso a su sistema de interpretación sensible. Tal accesibilidad, en este caso, equivalía a un proceso de resocialización en el que se aprendían nuevas maneras de interpretar datos perceptuales.

Yo era el "extraño", el que carecía de la capacidad de realizar interpretaciones inteligentes y congruentes de las unidades de significado propias de la brujería. La tarea de don Juan, como practicante ocupado en hacerme accesible su sistema, consistía en descomponer una certeza particular que yo comparto con todo el mundo: la certeza de que la perspectiva "de sentido común" que tenemos del mundo es definitiva. A través del uso de plantas sicotrópicas, y de contactos bien dirigidos entre su sistema extraño y mi persona, logró mostrarme que mi perspectiva del mundo no puede ser definitiva porque sólo es una interpretación.

Para el indio americano, acaso durante miles de años, el vago fenómeno que llamamos brujería ha sido una práctica, seria y auténtica, comparable a la de nuestra ciencia. Nuestra dificultad para comprenderla surge, sin duda, de las unidades de significado extrañas con las cuales trata.

Don Juan me dijo una vez que un hombre de conocimiento tiene predilecciones. Le pedí explicar este enunciado.

-Mi predilección es ver -dijo.

-¿Qué quiere usted decir con eso?

-Me gusta ver -dijo- porque sólo viendo puede un hombre de conocimiento saber.

-¿Qué clase de cosas ve usted.

-Todo.

-Pero yo también veo todo y no soy un hombre de conocimiento.

-No. Tú no ves.

-Por supuesto que sí

-Te digo que no.

-¿Por qué dice usted eso, don Juan?

-Tú solamente miras la superficie de las cosas.

-¿Quiere usted decir que todo hombre de conocimiento ve a través de lo que mira?

-No. Eso no es lo que quiero decir. Dije que un hombre de conocimiento tiene sus propias predilecciones; la mía es sencillamente ver y saber; otros hacen otras cosas.

-¿Qué otras cosas, por ejemplo?

-Ahí tienes a Zacateca: es un hombre de conocimiento y su predilección es bailar. Así que él baila y sabe.

-¿Es la predilección de un hombre de conocimiento algo que él hace para saber?

-Sí, pues.

-¿Pero cómo podría el baile ayudar a Zacateca a saber?

-Podríamos decir que Zacateca baila con todo lo que tiene.

-¿Baila como yo bailo? Digo, ¿cómo se baila?

-Digamos que baila como yo veo y no como tú bailas.

-¿También ve como usted ve?

-Sí, pero también baila.

-¿Cómo baila Zacateca?

-Es difícil explicar eso. Es un baile muy especial que usa cuando quiere saber. Pero lo único que te puedo decir es que, a menos que entiendas los modos del que sabe, es imposible hablar de bailar o de ver.

-¿Lo ha visto usted bailar?

-Sí. Pero no todo el que mira su baile puede ver que ésa es su forma especial de saber.

Yo conocía a Zacateca, o al menos sabía quién era. Nos habían presentado y una vez le invité una cerveza. Se portó con mucha cortesía y me dijo que fuera a su casa con entera libertad en cualquier momento que quisiese. Pensé largo tiempo en visitarlo, pero no se lo dije a don Juan.

La tarde del 14 de mayo de 1962, fui a casa de Zacateca; me había dado instrucciones para llegar y no tuve dificultad en hallarla. Estaba en una esquina y tenía una cerca en torno. La verja estaba cerrada. Di la vuelta para ver si podía atisbar el interior de la casa. Parecía desierta.

-Don Elías -llamé en voz alta. Las gallinas asustadas, se desparramaron por el patio cacareando con furia. Un perrito se llegó a la cerca. Esperé que me ladrara; en vez de ello, se sentó a mirarme. Grité de nuevo y las gallinas estallaron otra vez en cacareos. Una vieja salió de la casa. Le pedí llamar a don Elías.

-No está -dijo.

-¿Dónde puedo hallarlo?

-Está en el campo.

-¿En qué parte del campo?

-No sé. Ven más tarde. Él regresa como a las cinco.

-¿Es usted la mujer de don Elías?

Sí, soy su mujer -dijo y sonrió.

Traté de hacerle preguntas sobre Zacateca, pero se excusó y dijo que no hablaba bien el español. Subí en mi coche y me alejé.

Volví a la casa a eso de las seis. Me estacioné ante la verja y grité el nombre de Zacateca. Esta vez salió él de la casa. Encendí mi grabadora, que en su estuche de cuero café parecía una cámara colgada de mi hombro.

Zacateca pareció reconocerme.

-Ah, eras tú -dijo sonriendo-. ¿Cómo está Juan?

-Muy bien. ¿Pero cómo está usted, don Elías?

No respondió. Parecía nervioso. Pese a su gran compostura exterior, sentí que se hallaba disgustado.

-¿Te mandó Juan con algún recado?

-No. Vine yo solo.

-¿Y para qué?

Su pregunta pareció traicionar su sorpresa genuina.

-Nada más quería hablar con usted -dijo, tratando de parecer lo más despreocupado posible-. Don Juan me ha contado cosas maravillosas de usted y me entró la curiosidad y quería hacerle unas cuantas preguntas.

Zacateca estaba de pie frente a mi. Su cuerpo era delgado y fuerte. Llevaba camisa y pantalones caqui. Tenía los ojos entrecerrados; parecía adormilado o quizá borracho. Su boca estaba entreabierta y el labio inferior colgaba. Noté su respiración profunda; casi parecía roncar. Se me ocurrió que Zacateca se hallaba sin duda borracho por completo. Pero esa idea resultaba incongruente, porque apenas unos minutos antes, al salir de su casa, había estado muy alerta y muy consciente de mi presencia.

-¿De qué quieres hablar? -dijo.

La voz sonaba cansada; era como si las palabras reptaran una tras otra. Me sentí muy incómodo. Era como si su fatiga fuese contagiosa y me jalara.

-De nada en particular -respondí-, Nada más vine a que platicáramos como amigos. Usted me invitó una vez a venir a su casa.

-Pues sí, pero esto no es lo mismo.

-¿Por qué no es lo mismo?

-¿Qué no hablas con Juan?

-Sí.

-¿Entonces para qué quieres hablar conmigo?

-Pensé que quizá podría hacerle unas preguntas . . .

-Pregúntale a Juan, ¿Qué no te está enseñando?

-Sí, pero de todos modos me gustaría preguntarle a usted acerca de lo que don Juan me enseña, y tener su opinión. Así podré saber a qué atenerme.

-¿Para qué andas con esas cosas? ¿No confías en Juan?

-Sí.

-¿Entonces por qué no le preguntas a él todo lo que quieres saber?

-Sí le pregunto. Y me dice todo. Pero si usted también pudiera hablarme de lo que don Juan me enseña, tal vez yo entendería mejor.

-Juan puede decirte todo. El es el único que puede. ¿No entiendes eso?

-Sí, pero es que me gusta hablar con gente como usted, don Elías. No todos los días encuentra uno a un hombre de conocimiento.

-Juan es un hombre de conocimiento.

-Lo sé.

-¿Entonces por qué me estás hablando a mí?

-Ya le dije que vine a que habláramos como amigos.

-No, no es cierto. Tú te traes otra cosa.

Quise explicarme y no pude sino mascullar incoherencias. Zacateca no dijo nada. Parecía escuchar con atención. Tenía de nuevo los ojos entrecerrados, pero sentí que me escudriñaba. Asintió casi imperceptiblemente. Sus párpados se abrieron de pronto, y vi sus ojos. Parecía mirar más allá de mi. Golpeó despreocupadamente el suelo con la punta de su pie derecho, justo atrás de su talón izquierdo. Tenía las piernas levemente arqueadas, los brazos inertes contra los costados. Luego alzó el brazo derecho; la mano estaba abierta con la palma perpendicular al suelo; los dedos extendidos señalaban en mi dirección. Dejó oscilar la mano un par de veces antes de ponerla al nivel de mi rostro. La mantuvo en esa posición durante un instante y me dijo unas cuantas palabras. Su voz era muy clara, pero las palabras se arrastraban.

Tras un momento dejó caer la mano a su costado y permaneció inmóvil, adoptando una posición extraña. Estaba parado en los dedos de su pie izquierdo. Con la punta del pie derecho, cruzado tras el talón del izquierdo, golpeaba el suelo suave y rítmicamente. Experimenté una aprensión sin motivo, una especie de inquietud. Mis ideas parecían disociadas. Pensaba yo en cosas sin conexión ni sentido que nada tenían que ver con lo que ocurría. Advertí mi incomodidad y traté de encauzar nuevamente mis pensamientos hacia la situación inmediata, pero no pude a pesar de una gran pugna. Era como si alguna fuerza me evitara concentrarme o pensar cosas que vinieran al caso.

Zacateca no había pronunciado palabra y yo no sabía qué más decir o hacer. En forma totalmente automática, di la media vuelta y me marché.

Más tarde me sentí empujado a narrar a don Juan mi encuentro con Sacateca. Don Juan rió a carcajadas.

-¿Qué es lo que realmente pasó? -pregunté.

-¡Zacateca bailó! -dijo don Juan -. Te vio, y después bailó.

-¿Qué me hizo? Me sentí muy frío y mareado.

-Parece que no le caíste bien, y te paró tirándote una palabra.

-¿Cómo pudo hacer eso? -exclamé, incrédulo.

-Muy sencillo; te paró con su voluntad.

-¿Cómo dijo usted?

-¡Te paró con su voluntad!

La explicación no bastaba. Sus afirmaciones me sonaban a jerigonza. Traté de sacarle más, pero no pudo explicar el evento de manera satisfactoria para mi.

Obviamente, dicho evento, o cualquier evento que ocurriese dentro de este ajeno sistema de sentido común, sólo podía ser explicado o comprendido en términos de las unidades de significado propias de tal sistema. Esta obra es, por lo tanto, un reportaje, y debe leerse como reportaje. El sistema en aprendizaje me era incomprensible; así que la pretensión de hacer algo más que reportar sobre él sería engañosa e impertinente. En este aspecto, he adoptado el método fenomenológico y luchado por encarar la brujería exclusivamente como fenómenos que me fueron presentados. Yo, como perceptor, registré lo que percibí, y en el momento de registrarlo me propuse suspender todo juicio.