AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

domingo, 28 de diciembre de 2025

[7] CASTANEDA: UNA REALIDAD APARTE. LA TAREA DE VER. Capítulo VII. Encuentro con el guardián del otro mundo.



 La tarea de «ver» 
VII

Don Juan no estaba en su casa cuando llegué a ella al mediodía del 8 de noviembre de 1968. Como no tenía idea de dónde buscarlo, me senté a esperar. Por alguna razón desconocida, sabía que regresaría pronto.

Un rato después, don Juan entró en su casa. Asintió mirándome. Cambiamos saludos. Parecía estar cansado y se tendió en su petate. Bostezó un par de veces.

La idea de "ver" se me había vuelto una obsesión y había decidido usar nuevamente la mezcla alucinógena para fumar. Fue terriblemente difícil tomar esa decisión, así que todavía deseaba discutirla un poco.

-Quiero aprender a ver, don Juan -dije de sopetón-. Pero en realidad no quiero tomar nada; no quiero fumar su mezcla. ¿Piensa usted que hay alguna posibilidad de que yo aprenda a ver sin ella?

Se sentó, se me quedó viendo unos segundos y volvió a acostarse.

-¡No! -dijo-. Tendrás que usar el humo.

-Pero usted dijo que con don Genaro estuve a punto de ver.

-Quise decir que algo en ti brillaba como si de verdad te dieras cuenta de lo que Genaro hacía, pero nada más estabas mirando. La verdad es que hay algo en ti que se asemeja a ver, pero no es; estás atascado y sólo el humo puede ayudarte.

-¿Por qué hay que fumar? ¿Por qué no puede uno, simplemente, aprender a ver por sí mismo? Yo tengo un deseo ferviente. ¿No es suficiente?

-No, no es suficiente. Ver no es tan sencillo y sólo el humo puede darte la velocidad que necesitas para echar un vistazo a ese mundo fugaz. De otro modo no harás sino mirar.

-¿Qué quiere usted decir con lo de mundo fugaz?

-El mundo, cuando lo ves, no es como ahora piensas que es. Es más bien un mundo fugaz que se mueve y cambia contínuamente. Por cierto que uno puede aprender a capturar por sí mismo ese mundo fugaz, pero a tí de nada te
servirá, porque tu cuerpo se gastará con la tensión. Con el humo, en cambio, jamás sufrirás de agotamiento.

El humo te dará la velocidad necesaria para asir el movimiento fugaz del mundo, y al mismo tiempo mantendrá intactos tu cuerpo y su fuerza.

-¡Muy bien! -dije con dramatismo-. No quiero andarme ya por las ramas. Fumaré.

Don Juan rió de mi arrebato histriónico.

-Párale -dijo-. Siempre te agarras a lo que no debes. Ahora piensas que la simple decisión de dejarte guiar por el humo va a hacerte ver. Hay mucho pan por rebanar. En todo hay siempre más de lo que uno cree. Se puso serio un momento.

-He tenido mucho cuidado contigo, y mis actos han sido deliberados -dijo-, porque es el deseo de Mescalito que comprendas mi conocimiento. Pero ahora sé que no tendré tiempo de enseñarte todo lo que quiero. Nada más tendré tiempo de ponerte en el camino, y confío en que buscarás del mismo modo que yo busqué. Debo admitir que eres más indolente y más terco que yo. Pero tienes otras ideas, y la dirección que seguirá tu vida es algo que no puedo predecir.

El tono deliberado de su voz, algo en su actitud, despertaron en mí un viejo sentimiento: una mezcla de miedo, soledad y expectativa.

-Pronto sabremos como andas -dijo crípticamente.

No dijo nada más. Tras un rato salió de la casa. Lo seguí y me paré frente a él, no sabiendo si sentarme o si descargar unos paquetes que le había traído.

-¿Será peligroso? -pregunté, sólo por decir algo.

-Todo es peligroso -respondió.

Don Juan no parecía dispuesto a decirme ninguna otra cosa; reunió unos bultos pequeños que estaban apilados en un rincón y los puso en una bolsa de red. No me ofrecí a ayudar por saber que si quisiera mi ayuda la habría pedido. Luego se acostó en su petate. Me dijo que me calmase y descansara. 

Me acosté en mi petate y traté de dormir, aunque no estaba cansado; la noche anterior había estado en un motel y dormido hasta mediodía, sabiendo que en sólo tres horas de viaje llegaría a la casa de don Juan. Él tampoco dormía. 

Aunque sus ojos estaban cerrados, noté un movimiento de cabeza rítmico, casi imperceptible. Se me ocurrió la idea de que tal vez canturreaba para sí mismo.

-Comamos algo -dijo de pronto don Juan, y su voz me hizo saltar-. Vas a necesitar toda tu energía. Debes estar en buena forma.

Preparó sopa, pero yo no tenía hambre.

Al siguiente día, 9 de noviembre, don Juan sólo me dejó comer un bocado y me dijo que descansara.

Estuve acostado toda la mañana, pero sin poder relajarme. No imaginaba qué tenía en mente don Juan y lo peor es que no me hallaba seguro de lo que yo mismo tenía en mente.

A eso de las 3 de la tarde estábamos sentados bajo su ramada. Yo tenía mucha hambre. Varias veces había sugerido que comiéramos, pero don Juan había rehusado.

-Llevas tres años sin preparar tu mezcla -dijo de repente-. Tendrás que fumar mi mezcla, así que digamos que la he juntado para ti. Sólo necesitarás un poquito. Llenaré una vez el cuenco de la pipa. Te lo fumas todo y luego descansas. 

Entonces vendrá el guardián del otro mundo. No harás nada más que observarlo. Observa cómo se mueve; observa todo lo que hace. Tu vida puede depender de lo bien que vigiles.

Don Juan había dejado caer sus instrucciones en forma tan abrupta que no supe qué decir, ni siquiera qué pensar. Mascullé incoherencias durante un momento. No podía organizar mis ideas. Finalmente, pregunté la primera cosa clara que me vino a la mente:

-¿Quién es ese guardián?

Don Juan se negó, de plano, a participar en conversación, pero yo estaba demasiado nervioso para dejar de hablar e insistí desesperadamente en que me hablara del guardián.

-Ya lo verás -dijo con despreocupación-. Custodia el otro mundo.

-¿Qué mundo? ¿El mundo de los muertos?

-No es el mundo de los muertos ni el mundo de nada. Sólo es otro mundo. No tiene caso hablarte de él. Velo tú mismo.

Con eso, don Juan entró en la casa. Lo seguí a su cuarto.

-Espere, espere, don Juan. ¿Qué va usted a hacer?

No respondió. Sacó su pipa de un envoltorio y tomó asiento en un petate en el centro de la habitación, mirándome inquisitivo. Parecía esperar mi consentimiento.

-Eres medio tonto -dijo con suavidad-. No tienes miedo. Nada más dices que tienes miedo.

Meneó lentamente la cabeza de lado a lado. Luego tomó la bolsita de la mezcla de fumar y llenó el cuenco de la pipa.

Tengo miedo, don Juan. De veras tengo miedo.

-No, no es miedo.

Traté con desesperación de ganar tiempo e inicié una larga discusión sobre la naturaleza de mis sentimientos. Mantuve con toda sinceridad que tenía miedo, pero él señaló que yo no jadeaba ni mi corazón latía más rápido que de costumbre.

Pensé unos momentos en lo que había dicho. Se equivocaba; yo sí tenía muchos de los cambios físicos que suelen asociarse con el miedo, y me hallaba desesperado. Un sentido de condenación inminente permeaba todo en mi derredor. Tenía el estómago revuelto y la seguridad de estar pálido; mis manos sudaban profusamente; y sin embargo pensé realmente que no tenía miedo. No tenía el sentimiento de miedo al que había estado acostumbrado durante toda mi vida. El miedo que siempre había sido idiosincrásicamente mío no estaba presente. 

Hablaba caminando de un lado a otro frente a don Juan, que seguía sentado en el petate, sosteniendo su pipa y mirándome en forma inquisitiva; y al considerar el asunto llegué a la conclusión de que lo que sentía, en vez de mi miedo usual, era un profundo sentimiento de desagrado, una incomodidad ante la mera idea de la confusión creada por la ingestión de plantas alucinógenas.

Don Juan se me quedó viendo un instante; luego miró más allá de mi, guiñando como si se esforzara por discernir algo en la distancia.

Seguí caminando de un lado a otro enfrente de él hasta que en tono enérgico me indicó tomar asiento y calmarme. Estuvimos sentados en silencio unos minutos.

-No quieres perder tu claridad, ¿verdad? -dijo abruptamente.

-Eso es muy cierto, don Juan -dije.

Rió, al parecer con deleite.

-La claridad, el segundo enemigo de un hombre de conocimiento, ha descendido sobre ti.

"No tienes miedo -dijo con voz reconfortante-, pero ahora odias perder tu claridad, y como eres un idiota, llamas miedo a eso."

Rió chasqueando la lengua.

-Tráeme unos carbones -ordenó.

Su tono era amable y confortante. Automáticamente me puse en pie y fui a la parte trasera de la casa; saqué algunas brasas del fuego, las puse sobre una pequeña laja y regresé a la habitación.

-Ven aquí a la ramada -llamó desde afuera don Juan, en voz alta.

Había colocado un petate en el sitio donde yo suelo sentarme. Puse los carbones a su lado y él los sopló para activar el fuego. Yo iba a sentarme, pero me detuvo y me dijo que tomara asiento en el borde derecho del petate. 

Luego metió una brasa en la pipa y me la tendió. La tomé. Me asombraba la silenciosa energía con que don Juan me había guiado. No se me ocurrió nada que decir. Ya no tenía más argumentos. Me hallaba convencido de que no sentía miedo, sino sólo renuencia a perder mi claridad.

-Fuma, fuma -me ordenó con gentileza-. Nada más un cuenco esta vez.

Chupé la pipa y oí el chirriar de la mezcla al encenderse. Sentí una capa instantánea de hielo dentro de la boca y la nariz. Di otra fumada y el recubrimiento se extendió a mi pecho. Cuando hube fumado por última vez sentí que todo el interior de mi cuerpo se hallaba recubierto por una peculiar sensación de calor frío.

Don Juan tomó la pipa de mis manos y golpeó el cuenco contra la palma de la suya, para aflojar el residuo. Luego, como siempre hace, se mojó el dedo de saliva y frotó el interior del cuenco.

Mi cuerpo estaba aterido, pero podía moverse. Cambié de postura para hallarme más cómodo.

-¿Qué va a pasar? -pregunté.

Tuve cierta dificultad para vocalizar.

Con mucho cuidado, don Juan metió la pipa en su funda y la envolvió en un largo trozo de tela. Luego se sentó erguido, encarándome. Yo me sentía mareado; los ojos se me cerraban involuntariamente. 

Don Juan me movió con energía y me ordenó permanecer despierto. Dijo que yo sabía muy bien que de quedarme dormido moriría. Eso me sacudió. Pensé que probablemente don Juan sólo lo decía para mantenerme despierto, pero por otro lado se me ocurrió también que podía tener razón. 

Abrí los ojos tanto como pude y eso hizo reír a don Juan. Dijo que yo debía esperar un rato y tener los ojos abiertos todo el tiempo, y que en un momento dado podría ver al guardián del otro mundo.

Sentía un calor muy molesto en todo el cuerpo; traté de cambiar de postura, pero ya no podía moverme. Quise hablar a don Juan; las palabras parecían estar tan dentro de mí que no podía sacarlas. Entonces caí sobre el costado izquierdo y me hallé mirando desde el piso a don Juan.

Se inclinó para ordenarme, en un susurro, que no lo mirara, sino que fijase la vista en un punto del petate que estaba directamente frente a mis ojos. Dijo que yo debía mirar con un ojo, el izquierdo, y que tarde o temprano vería al guardián.

Fijé la mirada en el sitio indicado, pero no vi nada. En cierto momento, sin embargo, advertí un mosquito que volaba frente a mis ojos. Se posó en el petate. Seguí sus movimientos. Se acercó mucho a mí; tanto, que mi percepción visual se emborronó. Y entonces, de pronto, sentí como si me hubiera puesto de pie. 

Era una sensación muy desconcertante que merecía algo de cavilación, pero no había tiempo para ello. Tenía la sensación total de estar mirando al frente desde mi acostumbrado nivel ocular; y lo que veía estremeció la última fibra de mi ser. No hay otra manera de describir la sacudida emocional que experimenté. 

Allí mismo, encarándome, a poca distancia, había un animal gigantesco y horrendo. ¡Algo verdaderamente monstruoso! Ni en las más locas fantasías de la ficción había yo encontrado nada parecido. Lo miré con desconcierto absoluto y extremo.

Lo primero que en realidad noté fue su tamaño. Pensé, por algún motivo, que debía de tener casi treinta metros de alto. Parecía hallarse en pie, erecto, aunque yo no podía saber cómo se tenía en pie. Luego, noté que tenía alas: dos alas cortas y anchas. En ese punto tomé conciencia de que insistía en examinar al animal como si se tratase de una visión ordinaria; es decir, lo miraba. 

Sin embargo, no podía realmente mirarlo en la forma en que me hallaba acostumbrado a mirar. Me di cuenta de que, más bien, notaba yo cosas de él, como si la imagen se aclarara conforme se añadían partes. Su cuerpo estaba cubierto por mechones de pelo negro. Tenía un hocico largo y babeaba. Sus ojos eran saltones y redondos, como dos enormes pelotas blancas.

Entonces empezó a batir las alas. No era el aleteo de un pájaro, sino una especie de tremor parpadeante, vibratorio. Ganó velocidad y empezó a describir círculos frente a mí; más que volar, se deslizaba, con asombrosa rapidez y agilidad, a unos cuantos centímetros del piso. Durante un momento me hallé abstraído en observarlo. 

Pensé que sus movimientos eran feos, y sin embargo su velocidad y soltura eran espléndidas. Dio dos vueltas en torno mío, vibrando las alas, y la baba que caía de su boca volaba en todas direcciones.

Luego giró sobre sí mismo y se alejó a una velocidad increíble, hasta desaparecer en la distancia. Miré fijamente en la dirección que había seguido, pues no me era posible hacer nada más. Tenía una peculiarísima sensación de pesadez, la sensación de ser incapaz de organizar mis pensamientos en forma coherente. No podía irme. Era como si me hallara pegado al sitio.

Entonces vi en la distancia algo como una nube; un instante después la bestia gigantesca daba vueltas nuevamente frente a mí, a toda velocidad. Sus alas tajaron el aire cada vez más cerca de mis ojos, hasta golpearme. 

Sentí que las alas habían literalmente golpeado la parte de mí que estaba en ese sitio, fuera la que fuera. Grité con toda mi fuerza, invadido por uno de los dolores más torturantes que jamás he sentido.

Lo próximo que supe fue estar sentado en mi petate; don Juan me frotaba la frente. Frotó con hojas mis brazos y piernas; luego me llevó a una zanja de irrigación detrás de su casa, me quitó la ropa y me sumergió por entero; me sacó y volvió a sumergirme una y otra vez.

Mientras yacía en el fondo, poco profundo, de la zanja, don Juan me jalaba de tiempo en tiempo el pie izquierdo y daba golpecitos suaves en la planta. Tras un rato sentí un cosquilleo. 

El lo advirtió y dijo que estaba bien. Me puse la ropa y regresamos a su casa. Volví a sentarme en mi petate y traté de hablar, pero me sentí incapacitado de concentrarme en lo que quería decir, aunque mis pensamientos eran muy claros. 

Asombrado, tomé conciencia de cuánta concentración se necesitaba para hablar. También noté que, para decir algo, tenía que dejar de mirar las cosas. 

Tuve la impresión de que me hallaba enredado en un nivel muy profundo y cuando quería hablar tenía que salir a la superficie como un buceador; tenía que ascender como si me jalaran mis palabras. 

Dos veces logré incluso aclararme la garganta en una forma perfectamente ordinaria. Pude haber dicho entonces lo que deseaba decir, pero no lo dije. Preferí permanecer en el extraño nivel de silencio donde podía limitarme a mirar. 

Tuve el sentimiento de que empezaba a conectarme con lo que don Juan llamaba "ver", y eso me hacía muy feliz. Después, don Juan me dio sopa y tortillas y me ordenó comer. Pude hacerlo sin ningún problema y sin perder lo que yo consideraba mi "poder de ver". 

Enfoqué los ojos en todo lo que me rodeaba. Estaba convencido de que podía "ver" todo, y sin embargo el mundo se permanecía igual, hasta donde me era posible juzgar. 

Pugné por "ver" hasta que la oscuridad fue completa. Finalmente me cansé y me dormí. Desperté cuando don Juan me cubrió con una frazada. Tenía jaqueca y estaba mal del estómago. 

Tras un rato me sentí mejor y dormí tranquilamente hasta el día siguiente. A la mañana, era de nuevo yo mismo. Ansioso, pregunté a don Juan: 

-¿Qué cosa me ocurrió? Don Juan rió, taimado. 
-Fuiste a buscar al cuidador y claro que lo hallaste -dijo. 
-¿Pero qué era, don Juan? -El guardián, el cuidador, el centinela del otro mundo -dijo don Juan, concretando. 

Intenté narrarle los detalles de esa bestia fea y portentosa, pero él hizo caso omiso, diciendo que mi experiencia no era nada especial, que cualquiera podía hacer eso. Le dije que el guardián había sido para mí un choque tal, que todavía no me era posible pensar realmente en él. 

Don Juan rió e hizo burla de lo que llamó una inclinación demasiado dramática de mi naturaleza. -Esa cosa, fuera lo que fuera, me lastimó -dije-. 

Era tan real como usted y yo. 
-Claro que era real. Te hizo doler, ¿no? 
Al rememorar la experiencia creció mi excitación. Don Juan me pidió calma. 

Luego me preguntó si de veras había tenido miedo del guardián; enfatizó el "de veras". 

-Estaba yo petrificado -dije-. Jamás en mi vida he experimentado un susto tan imponente. 
-Qué va -dijo, riendo-. No tuviste tanto miedo. 
-Le juro -dije con fervor genuino- que de haberme podido mover habría corrido como histérico. Mi aseveración le pareció graciosa y le causó risa. 

-¿Qué caso tenía el hacerme ver esa monstruosidad, don Juan? Se puso serio y me contempló.
 
-Era el guardián -dijo-. 

Si quieres ver, debes vencer al guardián. 

-¿Pero cómo voy a vencerlo, don Juan? Ha de tener unos treinta metros de alto. Don Juan rió con tantas ganas que las lágrimas rodaron por sus mejillas. 

-¿Por qué no me deja decirle lo que vi, para que no haya malentendidos? -dije. 

-Si eso te hace feliz, ándale, dime. Narré cuanto podía recordar, pero eso no pareció alterar su humor. 

-Sigue sin ser nada nuevo -dijo sonriendo.

-¿Pero cómo espera usted que yo venza una cosa así? ¿Con qué? 

Estuvo callado un rato. Luego me miró y dijo: 

-No tuviste miedo, no realmente. Tuviste dolor, pero no tuviste miedo. 

Se reclinó contra unos bultos y puso los brazos detrás de la cabeza. Pensé que había abandonado el tema. 

-Sabes -dijo de pronto, mirando el techo de la ramada-, cada hombre puede ver al guardián. Y el guardián es a veces, para algunos de nosotros, una bestia imponente del alto del cielo. 

Tienes suerte; para ti fue nada más de treinta metros. Y sin embargo, su secreto es tan simple. Hizo una pausa momentánea y tarareó una canción ranchera. 

-El guardián del otro mundo es un mosquito -dijo despacio, como si midiera el efecto de sus palabras. 

-¿Cómo dijo usted? -El guardián del otro mundo es un mosquito -repitió-. Lo que encontraste ayer era un mosquito; y ese mosquito te cerrará el paso hasta que lo venzas. 

Por un momento no creí lo que don Juan decía, pero al rememorar la secuencia de mi visión hube de admitir que en cierto momento me hallaba mirando un mosquito, y un instante después tuvo lugar una especie de espejismo y me encontré mirando la bestia. 

-¿Pero cómo pudo lastimarme un mosquito, don Juan? -pregunté, verdaderamente confundido.

-No era un mosquito cuando te lastimó -dijo él-; era el guardián del otro mundo. Capaz algún día tengas el valor de vencerlo. Ahora no; ahora es una bestia babeante de treinta metros. Pero no tiene caso hablar de eso. Parársele enfrente no es ninguna hazaña, así que si quieres conocer más a fondo, busca otra vez al guardián. 

Dos días más tarde, el 11 de noviembre, fumé nuevamente la mezcla de don Juan. Le había pedido dejarme fumar de nuevo para encontrarme con el guardián. 

No se lo pedí en un arranque momentáneo, sino después de larga deliberación. Mi curiosidad con respecto al guardián era desproporcionadamente mayor que mi miedo, o que la desazón de perder mi claridad. 

El procedimiento fue el mismo. Don Juan llenó una vez el cuenco de la pipa, y cuando hube terminado todo el contenido la limpió y la guardó. 

El efecto fue marcadamente más lento; cuando empecé a sentirme un poco mareado, don Juan se acercó y, sosteniendo mi cabeza en sus manos, me ayudó a acostarme sobre el lado izquierdo. 

Me dijo que estirara las piernas y me relajara, y luego me ayudó a poner el brazo derecho frente a mi cuerpo, al nivel del pecho. Volteó mi mano para que la palma presionara contra el petate, y dejó que mi peso descansara sobre ella. 

No hice nada por ayudarlo ni por estorbarlo, pues no supe qué estaba haciendo. Tomó asiento frente a mí y me dijo que no me preocupara por nada. Dijo que el guardián vendría, y que yo tenía un asiento de primera fila para verlo. Añadió, en forma casual, que el guardián podía causar gran dolor, pero que había un modo de evitarlo. 

Dos días atrás, dijo, me había hecho sentarme al juzgar que yo ya tenía suficiente. Señaló mi brazo derecho y dijo que lo había puesto deliberadamente en esa posición para que yo pudiera usarlo como una palanca con la cual impulsarme hacia arriba cuando así lo deseara. 

Cuando hubo terminado de decirme todo eso, mi cuerpo estaba ya adormecido por completo. Quise presentar a su atención el hecho de que me sería imposible empujarme hacia arriba porque había perdido el control de mis músculos. 

Traté de vocalizar las palabras, pero no pude. Sin embargo, él parecía habérseme anticipado, y explicó que el truco estaba en la voluntad. Me instó a recordar la ocasión, años antes, en que yo había fumado los hongos por primera vez. En dicha ocasión caí al suelo y salté a mis pies nuevamente por un acto de lo que él llamó, en ese entonces, mi "voluntad"; me "levanté con el pensamiento". 

Dijo que ésa era, de hecho, la única manera posible de levantarse. Lo que decía me resultaba inútil, pues yo no recordaba lo que en realidad había hecho años antes. Tuve un avasallador sentido de desesperación y cerré los ojos. 

Don Juan me aferró por el cabello, sacudió vigorosamente mi cabeza y me ordenó, imperativo, no cerrar los ojos. 

No sólo los abrí, sino que hice algo que me pareció asombroso. Dije: 

-No sé cómo me levanté aquella vez. Quedé sobresaltado. Había algo muy monótono en el ritmo de mi voz, pero claramente se trataba de mi voz, y sin embargo creí con toda honestidad que no podía haber dicho eso, porque un minuto antes me hallaba incapacitado para hablar. 

Miré a don Juan. Él volvió el rostro hacia un lado y rió. 

-Yo no dije eso -dije. Y de nuevo me sobresaltó mi voz. Me sentí exaltado. 

Hablar bajo estas condiciones se volvía un proceso regocijante. Quise pedir a don Juan que explicara mi habla, pero me descubrí nuevamente incapaz de pronunciar una sola palabra. 

Luché con fiereza por dar voz a mis pensamientos, pero fue inútil. Desistí y en ese momento, casi involuntariamente, dije: 

-¿Quién habla, quién habla? 

Esa pregunta causó tanta risa a don Juan que en cierto momento se fue de mi lado. 

Al parecer me era posible decir cosas sencillas, siempre y cuando supiera exactamente qué deseaba decir. 

-¿Estoy hablando? ¿Estoy hablando? -pregunté. 

Don Juan me dijo que, si no dejaba yo mis juegos, saldría a acostarse bajo la ramada y me dejaría solo con mis payasadas. 

-No son payasadas -dije. El asunto me parecía de gran seriedad. Mis pensamientos eran muy claros; mi cuerpo, sin embargo, estaba entumecido: no podía sentirlo. 

No me hallaba sofocado, como alguna ocasión anterior bajo condiciones similares; estaba cómodo porque no podía sentir nada; no tenía el menor control sobre mi voluntad, y no obstante podía hablar. 

Se me ocurrió la idea de que, si podía hablar, probablemente podría levantarme, como don Juan había dicho. 

-Arriba (Up!) -dije en inglés, y en un parpadeo me hallaba de pie. 

Don Juan meneó la cabeza con incredulidad y salió de la casa. 

-¡Don Juan! -llamé tres veces. Regresó. 

-Acuésteme -pedí. -Acuéstate tú solo -dijo-. Parece que estás en gran forma. 

Dije: -Abajo- y de pronto perdí de vista el aposento. No podía ver nada. Tras un momento, la habitación y don Juan volvieron a entrar en mi campo de visión. 

Pensé que debía haberme acostado con la cara hacia el suelo, y que él me había alzado la cabeza agarrándome del cabello. 

-Gracias -dije con voz muy lenta y monótona. 

-De nada -repuso, remedando mi entonación, y tuvo otro ataque de risa. 

Luego tomó unas hojas y empezó a frotarme con ellas los brazos y los pies. 

-¿Qué hace usted? -pregunté. -Te estoy sobando -dijo, imitando mi penoso hablar monótono. Su cuerpo se sacudía de risa. Sus ojos brillaban, amistosos. 

Me agradaba verlo. Sentí que don Juan era compasivo, justo y gracioso. No podía reír con él, pero me habría gustado hacerlo. Otro sentimiento de regocijo me invadió, y reí; fue un sonido tan horrible que don Juan se desconcertó un instante. 

-Más vale que te lleve a la zanja -dijo-, porque si no te vas a matar a payasadas. 

Me puso en pie y me hizo caminar alrededor del cuarto. Poco a poco empecé a sentir los pies, y las piernas, y finalmente todo el cuerpo. 

Mis oídos reventaban con una presión extraña. Era como la sensación de una pierna o un brazo que se han dormido. Sentía un peso tremendo sobre la nuca y bajo el cuero cabelludo, arriba de la cabeza. 

Don Juan me llevó apresuradamente a la zanja de irrigación atrás de su casa; me arrojó allí con todo y ropa. El agua fría redujo gradualmente la presión y el dolor, hasta que desaparecieron por completo. 

Me cambié de ropa en la casa y tomé asiento y de nuevo sentí el mismo tipo de alejamiento, el mismo deseo de permanecer callado. Pero esta vez noté que no era claridad de mente ni poder de enfocar; más bien era una especie de melancolía y una fatiga física. 

Por fin, me quedé dormido. 

12 de noviembre de 1968 

Esta mañana, don Juan y yo fuimos a los cerros cercanos a recoger plantas. Caminamos unos diez kilómetros sobre terreno extremadamente áspero. 

Me cansé mucho. Nos sentamos a descansar, a iniciativa mía, y él abrió una conversación diciendo que se hallaba satisfecho de mis progresos. 

-Ahora sé que era yo quien hablaba -dije-, pero en esos momentos podría haber jurado que era alguien más. 

-Eras tú, claro -dijo-. -¿Por qué no pude reconocerme? 

-Eso es lo que hace el humito. Uno puede hablar sin darse cuenta; uno puede moverse miles de kilómetros y tampoco darse cuenta. Así es también como se pueden atravesar las cosas. 

El humito se lleva el cuerpo y uno está libre, como el viento; mejor que el viento: al viento lo para una roca o una pared o una montaña. El humito lo hace a uno tan libre como el aire; quizás hasta más libre: el aire se queda encerrado en una tumba y se vicia, pero con la ayuda del humito nada puede pararlo a uno ni encerrarlo. 

Las palabras de don Juan desataron una mezcla de euforia y duda. Sentí una incomodidad avasalladora, una sensación de culpa indefinida. 

-¿Entonces uno de verdad puede hacer todas esas cosas, don Juan? 

-¿Tú qué crees? Preferirías creer que estás loco, ¿no? -dijo, cortante. 

-Bueno, para usted es fácil aceptar todas esas cosas. Para mi es imposible. -Para mi no es fácil. 

No tengo ningún privilegio sobre ti. Esas cosas son igualmente difíciles de aceptar para ti o para mí o para cualquier otro. 

-Pero usted está en su elemento con todo esto, don Juan. 

-Sí, pero bastante me costó. Tuve que luchar, quizá más de lo que tú luches nunca. Tú tienes un modo inexplicable de hacer que todo marche para ti. No tienes idea de cuánto hube de esforzarme para hacer lo que tú hiciste ayer. 

Tienes algo que te ayuda en cada paso del camino. No hay otra explicación posible de la manera en que aprendes las cosas de los poderes. Lo hiciste antes con Mescalito, ahora lo has hecho con el humito. 

Deberías concentrarte en el hecho de que tienes un gran don, y dejar de lado otras consideraciones. 

-Lo hace usted sonar muy fácil, pero no lo es. Estoy roto por dentro. 

-Te compondrás pronto. Una cosa es cierta, no has cuidado tu cuerpo. Estás demasiado gordo. No quise decirte nada antes. Siempre hay que dejar que los otros hagan lo que tienen que hacer. Te fuiste años enteros. Pero te dije que volverías, y volviste. Lo mismo pasó conmigo. Me rajé durante cinco años y medio. 

-¿Por qué se alejó usted, don Juan? -Por la misma razón que tú. No me gustaba. 

-¿Por qué volvió?

-Por la misma razón por la que tú has vuelto: porque no hay otra manera de vivir. 

Esa declaración tuvo un gran impacto sobre mí, pues yo me había descubierto pensando que tal vez no había otra manera de vivir. Jamás había expresado a nadie este pensamiento, pero don Juan lo había inferido correctamente. 

Tras un silencio muy largo le pregunté: 

-¿Qué hice ayer, don Juan? 

-Te levantaste cuando quisiste. 

-Pero no sé cómo lo hice. 

-Toma tiempo perfeccionar esa técnica. Pero lo importante es que ya sabes cómo hacerlo. 

-Pero no sé. Ese es el punto, que de veras no sé. 

-Claro que sabes. 

-Don Juan, le aseguro, le juro . . . No me dejó terminar; se puso en pie y se alejó. Más tarde, hablamos de nuevo sobre el guardián del otro mundo. 

-Si creo que lo que he experimentado, sea lo que sea, tiene una realidad concreta -dije-, entonces el guardián es una criatura gigantesca que puede causar increíble dolor físico; y si creo que uno puede en verdad viajar distancias enormes por un acto de la voluntad, entonces es lógico concluir que también podría, con mi voluntad, hacer que el monstruo desapareciera. ¿Correcto? 

-No del todo -dijo él-. Tu voluntad no puede hacer que el guardián desaparezca. Puede evitar que te haga daño; eso sí. Por supuesto, si llegas a lograr eso, tienes el camino abierto. Puedes pasar junto al guardián y no hay nada que él pueda hacer, ni siquiera revolotear como loco. 

-¿Cómo puedo lograr eso? 

-Ya sabes cómo. Nada más te hace falta práctica. 

Le dije que sufríamos un malentendido brotado de nuestras diferencias en como percibimos cada uno el mundo. 

Dije que para mi saber algo significaba que yo debía tener plena conciencia de lo que estaba haciendo y que podía repetir a voluntad lo que sabía, pero en este caso ni tenía conciencia de lo que había hecho bajo la influencia del humo, ni podría repetirlo aunque mi vida dependiera de ello. 

Don Juan me miró inquisitivo. Lo que yo decía parecía divertirlo. Se quitó el sombrero y se rascó las sienes, como hace cuando desea fingir desconcierto. 

-De veras sabes hablar sin decir nada, ¿no? -dijo, riendo-. 

Ya te lo he dicho: hay que tener un empeño inflexible para llegar a ser hombre de conocimiento. 

Pero tú pareces tener el empeño de confundirte con acertijos. Insistes en explicar todo como si el mundo entero estuviera hecho de cosas que pueden explicarse. 

Ahora te enfrentas con el guardián y con el problema de moverte usando tu voluntad. 

¿Alguna vez se te ha ocurrido que, en este mundo, sólo unas cuantas cosas pueden explicarse a tu modo? 

Cuando yo digo que el guardián te cierra realmente el paso y que podría sacarte el pellejo, sé lo que estoy diciendo. Cuando digo que uno puede moverse con su voluntad, también sé lo que digo. Quise enseñarte, poco a poco, cómo moverse, pero entonces me di cuenta de que sabes cómo hacerlo aunque digas que no. 

-Pero de veras no sé cómo -protesté. 

-Sí sabes, idiota -dijo con severidad, y luego sonrió-. 

Esto me hace acordar la vez que alguien puso a aquel muchacho Julio en una máquina segadora; sabía cómo manejarla aunque jamás lo había hecho antes. 

-Sé a lo que se refiere usted, don Juan; de cualquier modo, siento que no podría hacerlo de nuevo, porque no estoy seguro de qué cosa hice.

-Un brujo charlatán trata de explicar todo en el mundo con explicaciones de las que no está seguro -dijo-, así que todo sale siendo brujería. 

Pero tú andas igual. También quieres explicarlo todo a tu manera, pero tampoco estás seguro de tus explicaciones.



[6] CASTANEDA. UNA REALIDAD APARTE: LOS PRELIMINARES DEL «VER». Parte VI. Yendo a conocer a don Genaro.





Justamente cuando subíamos en mi coche para iniciar un viaje al estado de Oaxaca, el 5 de octubre de 1968, don Juan me detuvo.

-Te he dicho antes -dijo con expresión grave- que nunca hay que revelar el nombre ni el paradero de un brujo. Creo que entendiste que nunca debías revelar mi nombre ni el sitio donde está mi cuerpo. Ahora voy a pedirte que hagas lo mismo con un amigo mío, un amigo a quien llamarás Genaro. Vamos a ir a su casa; pasaremos allí un tiempo.

Aseguré a don Juan no haber traicionado jamás su confianza.

-Lo sé -dijo sin alterar su seriedad-. Pero me preocupa que vayas a volverte descuidado.

Protesté, y don Juan dijo que su propósito era únicamente recordarme que, cada vez que uno se descuidaba en asuntos de brujería, estaba jugando con una muerte inminente y sin sentido, la cual podía evitarse siendo precavido y estando en alerta.

-Ya no tocaremos este asunto -dijo-. Una vez que salgamos de mi casa no mencionaremos a Genaro ni pensaremos en él. Quiero que desde ahora pongas en orden tus pensamientos. Cuando lo conozcas debes ser claro y no tener dudas en tu mente.

-¿A qué clase de dudas se refiere usted, don Juan?

-A cualquier clase de dudas. Cuando lo conozcas, debes ser claro como el cristal. ¡Él te va a ver!

Sus extrañas admoniciones me produjeron una gran aprensión. Mencioné que acaso no debía conocer en absoluto a su amigo. Pensé que sólo debía llevar a don Juan cerca de donde aquél vivía y dejarlo allí.

-Lo que te dije fue sólo una medida de precaución -dijo él-. Ya conociste a un brujo, Vicente, y casi te mata. ¡Ten cuidado esta vez!

Cuando llegamos a la parte central de México, nos tomó dos días caminar desde donde dejé mi coche hasta la casa del amigo, una chocita encaramada en la ladera de una montaña. El amigo de don Juan estaba en la puerta, como si nos aguardara. Lo reconocí de inmediato. Ya había tenido contacto con él, aunque brevemente, cuando llevé mi libro a don Juan. Aquella vez no lo había mirado en realidad, sino muy por encima, y tuve la impresión de que era de la misma edad que don Juan. Sin embargo, al verlo en la puerta de su casa advertí que definitivamente era más joven. No tendría muchos años más de los sesenta. Era más bajo y más esbelto que don Juan, muy moreno y magro. Tenía el cabello espeso, veteado de gris y un poco largo; le cubría en parte las orejas y la frente. Su rostro era redondo y duro. Una nariz muy prominente lo hacía parecer un ave de presa con pequeños ojos oscuros.

Habló primero con don Juan. Don Juan asintió con la cabeza. Conversaron brevemente. No hablaban en español, así que no entendí lo que decían. Luego don Genaro se volvió hacia mí.

-Sea usted bienvenido a mi humilde choza -dijo en español y en tono de disculpa.

Sus palabras eran una fórmula de cortesía que yo había oído antes en diversas áreas rurales de México.

Pero al decirlas rió gozoso, sin ninguna razón evidente, y supe que estaba ejerciendo su desatino controlado.

No le importaba en lo más mínimo que su casa fuera una choza. Don Genaro me simpatizó mucho.

Durante los dos días siguientes, fuimos a las montañas para recoger plantas. Don Juan, don Genaro y yo salíamos cada día al romper el alba. Los dos brujos se encaminaban juntos a una parte especifica, pero no identificada, de las montañas, y me dejaban solo en cierta zona del bosque. Yo tenía allí una sensación exquisita. No advertía el paso del tiempo, ni me daba aprensión el quedarme solo; la experiencia fue extraordinaria ya que tuve ambos días una inexplicable capacidad para concentrarme en la delicada tarea de hallar las plantas específicas que don Juan me había confiado recoger.

Regresábamos a la casa al caer la tarde, y a los dos días mi cansancio me hizo dormir en el acto.

Pero el tercer día fue distinto. Los tres trabajamos juntos, y don Juan pidió a don Genaro enseñarme cómo seleccionar determinadas plantas. Regresamos alrededor del mediodía y los dos brujos estuvieron sentados frente a la casa horas enteras, en completo silencio, como si se hallaran en estado de trance. Pero no estaban dormidos. Caminé un par de veces alrededor de ellos; don Juan seguía con los ojos mis movimientos, y lo mismo hacía don Genaro.

-Hay que hablar con las plantas antes de cortarlas -dijo don Juan. Dejó caer al descuido sus palabras y repitió la frase tres veces, como para captar mi atención. Nadie había dicho una sola palabra hasta que él habló.

-Para ver a las plantas hay que hablarles personalmente -prosiguió-. Hay que llegar a conocerlas una por una; entonces las plantas te dicen todo lo que quieras saber de ellas.

Atardecía. Don Juan estaba sentado en una piedra plana, de cara a las montañas del oeste; don Genaro, junto a él, ocupaba un petate y miraba hacia el norte. Don Juan me había dicho, el primer día que estuvimos allí, que ésas eran las "posiciones" de ambos, y que yo debía sentarme en el suelo en cualquier sitio frente a los dos. Añadió que, mientras nos halláramos sentados en esas posiciones, yo tenía que mantener el rostro hacia el sureste, y mirarlos sólo en breves vistazos.

-Sí, así pasa con las plantas, ¿no? -dijo don Juan y se volvió a don Genaro, quien manifestó su acuerdo con un gesto afirmativo.

Le dije que el motivo de que yo no hubiera seguido sus instrucciones era que me sentía un poco estúpido hablando con las plantas.

-No acabas de entender que un brujo no está bromeando -dijo con severidad-. Cuando un brujo hace el intento de ver, hace el intento de ganar poder.

Don Genaro me observaba. Yo estaba tomando notas y eso parecía desconcertarlo. Me sonrió, meneó la cabeza y dijo algo a don Juan. Don Juan alzó los hombros. Verme escribir debe haber sido bastante extraño para don Genaro. Don Juan, supongo, se hallaba acostumbrado a mis anotaciones, y el hecho de que yo escribiera mientras él hablaba ya no le producía extrañeza; podía continuar hablando sin parecer advertir mis actos. Don Genaro, en cambio, no dejaba de reír, y tuve que abandonar mi escritura para no romper el tono de la conversación.

Don Juan volvió a afirmar que los actos de un brujo no debían tomarse como chistes, pues un brujo jugaba con la muerte en cada vuelta del camino. Luego procedió a relatar a don Genaro la historia de cómo una noche, durante uno de nuestros viajes, yo había mirado las luces de la muerte, siguiéndome. La anécdota resultó absolutamente graciosa; don Genaro rodó por el suelo riendo.

Don Juan me pidió disculpas y dijo que su amigo era dado a explosiones de risa. Miré a don Genaro, a quien creí todavía rodando en el suelo, y lo vi ejecutar un acto de lo más insólito. Estaba parado de cabeza sin ayuda de brazos ni piernas, y tenía las piernas cruzadas como si se encontrara sentado. El espectáculo era tan insólito que me hizo saltar. Cuando tomé conciencia de que don Genaro estaba haciendo algo casi imposible, desde el punto de vista de la mecánica corporal, él había vuelto a sentarse en una postura normal.

Don Juan, empero, parecía tener conocimiento de lo involucrado, y celebró a carcajadas la hazaña de don Genaro.

Don Genaro parecía haber notado mi confusión; palmoteó un par de veces y rodó nuevamente por el suelo; al parecer quería que yo lo observara. Lo que al principio había parecido rodar en el suelo era en realidad inclinarse estando sentado, y tocar el suelo con la cabeza. Aparentemente lograba su ilógica postura ganando impulso, inclinándose varias veces hasta que la inercia llevaba su cuerpo a una posición vertical, de modo que por un instante "se sentaba de cabeza".

Cuando la risa de ambos aminoró, don Juan siguió hablando; su tono era muy severo. Cambié la posición de mi cuerpo para estar cómodo y darle toda mi atención. No sonrió ni por asomo, como suele hacer, especialmente cuando trato de prestar atención deliberada a lo que dice. 

Don Genaro seguía mirándome como a la espera de que yo empezase a escribir de nuevo, pero ya no tomé notas. 

Las palabras de don Juan eran una reprimenda por no hablar con las plantas que yo había cortado, como siempre me había dicho que hiciera. Dijo que las plantas que yo maté podrían también haberme matado; expresó su seguridad de que, tarde o temprano, harían que me enfermara. Añadió que si me enfermaba como resultado de dañar plantas, yo, sin embargo, no daría importancia al hecho y creería tener solamente un poco de gripe.

Los dos brujos tuvieron otro momento de regocijo; luego don Juan se puso serio nuevamente y dijo que, si yo no pensaba en mi muerte, mi vida entera no sería sino un caos personal. Se veía muy austero.

-¿Qué más puede tener un hombre aparte de su vida y su muerte? -me dijo.

En ese punto sentí que era indispensable tomar notas y empecé a escribir de nuevo. Don Genaro se me quedó mirando y sonrió. Luego inclinó la cabeza un poco hacia atrás y abrió sus fosas nasales. Al parecer controlaba en forma notable los músculos que operaban dichas fosas, pues éstas se abrieron como al doble de su tamaño normal.

Lo más cómico de su bufonería no eran tanto los gestos de don Genaro como sus propias reacciones a ellos. Después de agrandar sus fosas nasales se desplomó, riendo, y una vez más llevó su cuerpo a la misma extraña posición invertida de sentarse de cabeza.

Don Juan rió hasta que las lágrimas rodaron por sus mejillas. Me sentí algo apenado y reí con nerviosismo.

-A Genaro no le gusta que escribas -dijo don Juan a guisa de explicación.

Puse mis notas a un lado, pero don Genaro me aseguró que estaba bien escribir, porque en realidad no le importaba. Volví a recoger mis notas y empecé a escribir. El repitió los mismos movimientos hilarantes y ambos tuvieron de nuevo las mismas reacciones.

Don Juan me miró, riendo aún, y dijo que su amigo me estaba imitando; que yo tenía la tendencia de abrir las fosas nasales cada vez que escribía; y que don Genaro pensaba que tratar de llegar a brujo tomando notas era tan absurdo como sentarse de cabeza; por eso había inventado la ridícula postura de reposar en la cabeza el peso de su cuerpo sentado.

-A lo mejor a tí no te hace gracia -dijo don Juan-, pero sólo a Genaro se le puede ocurrir sentarse de cabeza, y sólo a ti se te ocurre aprender a ser brujo escribiendo.

Ambos tuvieron otra explosión de risa, y don Genaro repitió su increíble movimiento.

Me agradaba. Había en sus actos enorme gracilidad y franqueza.

-Mis disculpas, don Genaro -dije señalando el bloque de notas.

-Está bien -dijo, y rió chasqueando la lengua.

Ya no pude escribir. Siguieron hablando largo rato acerca de la forma en que las plantas podían realmente matar, y de cómo los brujos las usaban en esa capacidad. Ambos me miraban continuamente al hablar, como si esperaran que escribiese.

-Carlos es como un caballo al que no le gusta la silla -dijo don Juan-. Hay que ir muy despacio con él. Lo asustaste y ahora no escribe.

Don Genaro expandió sus fosas nasales y dijo en súplica parodiada, frunciendo el ceño y la boca:

-¡Ándale, Carlitos, escribe! Escribe hasta que se te caiga el dedo.

Don Juan se levantó, estirando los brazos y arqueando la espalda. Pese a su avanzada edad, su cuerpo se veía potente y flexible. Fue a los matorrales a un lado de la casa y yo quedé solo con don Genaro. El me miró y yo aparté los ojos, porque me hacía sentirme apenado.

-No me digas que ni siquiera vas a mirarme -dijo con una entonación extremadamente cómica.

Abrió las fosas nasales y las hizo vibrar; luego se puso en pie y repitió los movimientos de don Juan, arqueando la espalda y estirando los brazos, pero con el cuerpo contraído en una posición sumamente burlesca; era en verdad un gesto indescriptible que combinaba un exquisito sentido de la pantomima y un sentido de lo ridículo. Era una caricatura maestra de don Juan.

Don Juan regresó en ese momento y captó el gesto, y también la intención. Se sentó riendo por lo bajo.

-¿Qué dirección lleva el viento? -preguntó como si nada don Genaro.

Don Juan señaló el oeste con un movimiento de cabeza.

-Mejor voy a donde sopla el viento -dijo don Genaro con expresión de seriedad.

Luego se volvió y sacudió un dedo en mi dirección.

-Y tú no hagas caso si oyes ruidos raros -dijo-. Cuando Genaro caga, las montañas se estremecen.

Saltó a los matorrales y un momento después oí un ruido muy extraño, un retumbar profundo, ultraterreno. No supe qué interpretación darle. Miré a don Juan buscando un indicio, pero él estaba doblado de risa.

17 de octubre de 1968

No recuerdo qué cosa motivó a don Genaro a hablarme sobre el orden del "otro mundo", como él lo llamaba. Dijo que un maestro brujo era un águila, o más bien que podía convertirse en águila. En cambio, un brujo malo era un tecolote o buho. 

Don Genaro dijo que un brujo malo era hijo de la noche y que para un hombre así los animales más útiles eran el león de montaña u otros felinos salvajes, o bien las aves nocturnas, el tecolote en especial. Dijo que los "brujos líricos", o simples aficionados, preferían otros animales: el cuervo, por ejemplo. Don Juan rió; había estado escuchando en silencio.

Don Genaro se volvió a él y dijo:

-Eso es cierto; tú lo sabes, Juan.

Luego dijo que un maestro brujo podía llevar consigo a su discípulo en un viaje y atravesar literalmente las diez capas del otro mundo. El maestro, siempre y cuando fuera un águila, podía empezar en la capa de abajo y luego atravesar cada mundo sucesivo hasta llegar a la cima. Los brujos malos y los líricos, dijo, sólo podían como mucho, atravesar tres capas.

Don Genaro describió aquellos pasos diciendo:

-Empiezas en el mero fondo y entonces tu maestro te lleva en su vuelo y al rato, ¡pum! Atraviesas la primera capa. Luego, un ratito después, ¡pum! Atraviesas la segunda; y ¡pum! Atraviesas la tercera . . .

En tal forma don Genaro me llevó hasta la última capa del mundo. Cuando hubo terminado de hablar, don Juan me miró y sonrió sabiamente.

-Las palabras no son la predilección de Genaro -dijo-, pero si quieres recibir una lección, él te enseñará acerca del equilibrio de las cosas.

Don Genaro asintió con la cabeza; frunció la boca y entrecerró los párpados.

Su gesto me pareció delicioso.

Don Genaro se puso en pie y lo mismo hizo don Juan.

-Muy bien -dijo don Genaro-. Vamos, pues. Podemos ir a esperar a Néstor y Pablito. Ya terminaron. Los jueves terminan temprano.

Ambos subieron en mi coche, don Juan en el asiento delantero. No les pregunté nada; simplemente eché a andar el motor. Don Juan me guió a un sitio que según dijo era la casa de Néstor; don Genaro entró en la casa y un rato después salió con Néstor y Pablito, dos jóvenes que eran sus aprendices. 

Todos subieron en mi coche y don Juan me indicó tomar el camino hacia las montañas del oeste. Dejamos el auto al lado del camino de tierra y seguimos la ribera de un río, que tendría cinco o seis metros de ancho, hasta una cascada visible desde donde me había estacionado. Atardecía. El paisaje era impresionante. Directamente sobre nuestras cabezas había una nube enorme, oscura, azulosa, que parecía un techo flotante; tenía un borde bien definido y la forma de un gigantesco semicírculo. Hacia el oeste, en las altas montañas de la Cordillera Central, la lluvia parecía estar descendiendo sobre las laderas. Se veía como una cortina blancuzca que caía sobre los picos verdes. Al este se hallaba el valle largo y hondo; sobre él sólo había nubes desparramadas, y el sol brillaba allí. El contraste entre ambas áreas era magnífico. 

Nos detuvimos al pie de la cascada; tenía quizás unos cuarenta y cinco metros de altura: el rugido era muy fuerte. Don Genaro se puso un cinturón del que colgaban siete o más objetos. Parecían guajes pequeños. Se quitó el sombrero y dejó que colgara, sobre su espalda, de un cordón atado alrededor de su cuello. Se puso en la cabeza una banda que sacó de un morral hecho de gruesa tela de lana. La banda era también de lana de diversos colores; el que más resaltaba era un amarillo vívido. En la banda insertó tres plumas. Parecían ser plumas de águila. Noté que los sitios donde las insertó no eran simétricos. Una pluma quedó sobre la curva posterior de su oreja derecha, otra unos centímetros más adelante y la tercera sobre la sien izquierda.

Luego se quitó los huaraches, los enganchó o ató a la cintura de sus pantalones y aseguró el cinturón por encima de su poncho. El cinturón estaba hecho, al parecer, de tiras de cuero entretejidas. No pude ver si don Genaro lo amarró o si tenía hebilla. Don Genaro caminó hacia la cascada.

Don Juan manipuló una piedra redonda hasta dejarla en una posición firme, y tomó asiento en ella. Los dos jóvenes hicieron lo mismo con otras piedras y se sentaron a su izquierda. Don Juan señaló el sitio junto a él, a su derecha, y me indicó traer una piedra y sentarme a su lado.

-Hay que hacer una línea aquí -dijo, mostrándome que los tres se hallaban sentados en fila.

Para entonces, don Genaro había llegado al pie del desfiladero y había empezado a trepar por una vereda a la derecha de la cascada. Desde donde nos encontrábamos, la vereda se veía bastante empinada.

Había muchos arbustos que don Genaro usaba como barandales. En cierto momento pareció perder pie y casi se cae hacia abajo, como si la tierra estuviera resbaladiza. Un momento después ocurrió lo mismo, y por mi mente cruzó la idea de que tal vez don Genaro era demasiado viejo para andar escalando. Lo vi resbalar y trastabillar varias veces antes de llegar al punto en que la vereda terminaba.

Experimenté una especie de aprensión cuando empezó a trepar por las rocas. No podía figurarme qué iba a hacer.

-¿Qué hace? -pregunté a don Juan en un susurro.

Don Juan no me miró.

-¿No ves que está trepando? -dijo.

Don Juan miraba directamente a don Genaro. Tenía los ojos fijos, los párpados entrecerrados. Estaba sentado muy erecto, con las manos descansando entre las piernas, sobre el borde de la piedra.

Me incliné un poco para ver a los dos jóvenes. Don Juan hizo un ademán imperativo para hacerme volver a la línea. Me retraje de inmediato. Tuve sólo un vislumbre de los jóvenes. Parecían igual de atentos que él.

Don Juan hizo otro ademán y señaló en dirección de la cascada.

Miré de nuevo. Don Genaro había trepado un buen trecho por la pared rocosa. En el momento en que miré se hallaba encaramado en una saliente; avanzaba despacio, centímetro a centímetro, para rodear un enorme peñasco. Tenía los brazos extendidos, como abrazando la roca. Se movió lentamente hacia su derecha y de pronto perdió pie. Di una boqueada involuntaria. Por un instante, su cuerpo entero pendió en el aire. Me sentí seguro de que caería, pero no fue así. Su mano derecha había aferrado algo, y muy ágilmente sus pies volvieron a la saliente. Pero antes de seguir adelante se volvió a mirarnos. Fue apenas un vistazo.

Había, sin embargo, tal estilización en el movimiento de volver la cabeza, que empecé a dudar. Recordé que había hecho lo mismo, volverse a mirarnos, cada vez que resbalaba. Yo había pensado que don Genaro debía de sentirse apenado por su torpeza y que volteaba a ver si lo observábamos.

Trepó un poco más hacia la cima, sufrió otra pérdida de apoyo y quedó colgando peligrosamente de un saledizo de la superficie de una roca. Esta vez se sostenía con la mano izquierda. Al recuperar el equilibrio  volvió nuevamente a mirarnos. Resbaló dos veces más antes de llegar a la cima. Desde donde nos hallábamos sentados, la cresta de la cascada parecía tener de seis a ocho metros de ancho.

Don Genaro permaneció inmóvil un momento. Quise preguntar a don Juan qué iba a hacer don Genaro allá arriba, pero don Juan parecía tan absorto en observar que no me atrevía a molestarlo.

De pronto, don Genaro saltó hacia el agua. Fue una acción tan completamente inesperada que sentí un vacío en la boca del estómago. Fue un salto magnífico, extravagante. Durante un segundo tuve la clara sensación de haber visto una serie de imágenes superpuestas de su cuerpo en vuelo elíptico hasta la mitad de la corriente.

Al aminorar mi sorpresa, advertí que don Genaro había aterrizado en una piedra al borde de la caída: una piedra apenas visible desde donde nos encontrábamos.

Permaneció largo tiempo allí encaramado. Parecía combatir la fuerza del agua precipitada. Dos veces se inclinó sobre el precipicio y no pude determinar a qué estaba asido. Alcanzó el equilibrio y se acuclilló en la piedra. Luego saltó de nuevo, como un tigre. Mis ojos apenas si percibían la siguiente piedra donde aterrizó; era como un cono pequeño en el borde mismo del despeñadero.

Se quedó allí casi diez minutos. Estaba inmóvil. Su quietud me impresionaba a tal grado que empecé a tiritar. Quería levantarme y caminar por ahí.

Don Juan advirtió mi nerviosismo y con tono autoritario me instó a calmarme.

La inmovilidad de don Genaro me precipitó a un terror extraordinario y misterioso. Sentí que, si seguía más tiempo allí encaramado, yo no podría controlarme.

De pronto saltó de nuevo, ahora hasta la otra ribera de la cascada. Cayó sobre los pies y las manos, como un felino. Permaneció acuclillado un momento; luego se incorporó y miró a través del torrente, hacia la otra orilla, y luego hacia abajo, en nuestra dirección. Se estuvo enteramente quieto, mirándonos. 

Tenía las manos a los lados, ahuecadas como aferrando un barandal invisible.

Había en su postura algo verdaderamente exquisito; su cuerpo parecía tan flexible, tan frágil. Pensé que don Genaro con su banda y sus plumas, su poncho oscuro y sus pies descalzos, era el ser humano más hermoso que yo hubiera visto.

Repentinamente echó los brazos hacia arriba, alzó la cabeza, y con gran rapidez lanzó su cuerpo a la izquierda, en una especie de salto mortal lateral. El peñasco donde había estado era redondo, y al saltar, desapareció tras él.

En ese momento empezaron a caer grandes gotas de lluvia. Don Juan se levantó y lo mismo hicieron los dos jóvenes. Su movimiento fue tan abrupto que me confundió. La experta hazaña de don Genaro me había puesto en un estado de profunda excitación emotiva. Sentía que el viejo era un artista consumado y quería verlo en ese mismo instante para aplaudirlo.

Me esforcé por escudriñar el lado izquierdo de la cascada para ver si don Genaro descendía, mas no lo hizo. Insistí en saber qué le había pasado. Don Juan no respondió.

-Más vale que nos vayamos aprisa -dijo-. Está fuerte el aguacero. Hay que llevar a Néstor y Pablito a su casa, y luego tendremos que irnos regresando.

-Ni siquiera le dije adiós a don Genaro -me quejé.

-Él ya te dijo adiós -repuso don Juan con aspereza.

Me observó un instante y luego suavizó el ceño y sonrió.

-También te dio su afecto -dijo-. Le caíste bien.

-Pero ¿no vamos a esperarlo?

-¡No! -dijo don Juan con brusquedad-. Déjalo tranquilo, ahí donde esté. Capaz ya es un águila volando al otro mundo, o capaz ya se murió allá arriba. Ahorita ya no le hace.


23 de octubre de 1968

Don Juan mencionó casualmente que iba a hacer otro viaje a México central en un futuro cercano.

-¿Va usted a visitar a don Genaro? -pregunté.

-A lo mejor -dijo sin mirarme.

-Don Genaro está bien, ¿verdad, don Juan? Digo, no le pasó nada malo allá arriba de la catarata, ¿no?

-No le pasó nada; tiene aguante.

Hablamos un rato de su proyectado viaje y luego dije que había gozado mucho de la compañía y los chistes de don Genaro. Se rió y dijo que don Genaro era en verdad como un niño. Hubo una larga pausa; yo pugnaba mentalmente por hallar una frase inicial para inquirir acerca de su lección. Don Juan me miró y dijo en tono malicioso:

-Ya te matan las ganas de preguntarme por la lección de Genaro, ¿no?

Reí con turbación. Todo lo ocurrido en la catarata me había estado obsesionando. Daba yo vueltas y más vueltas a todos los detalles que podía recordar, y mis conclusiones eran que había sido testigo de una increíble hazaña de destreza física. Pensaba que don Genaro era, sin lugar a dudas, un incomparable maestro del equilibrio; cada uno de sus movimientos había sido ejecutado con un alto toque ritual y, obviamente, debía de tener algún inextricable sentido simbólico.

-Si -dije-. Admito que me muero por saber cuál fue su lección.

-Déjame decirte algo -dijo don Juan-. Para ti fue una pérdida de tiempo. Su lección era para alguien que pudiera ver. Pablito y Néstor agarraron el hilo, aunque no ven muy bien. Pero tú, tú fuiste a mirar. Le dije a Genaro que eras medio idiota y muy raro, todo atascado, y que a lo mejor te destapabas con su lección, pero no. No importa, de todos modos. Ver es muy difícil.

No quise que hablaras después con Genaro; por eso tuvimos que irnos. Lástima. Pero habría salido peor quedarse. Genaro arriesgó mucho por mostrarte algo magnífico. Qué lástima que no puedas ver.

-Quizá, don Juan, si usted me dice cuál fue la lección, yo descubra que en realidad vi.

Don Juan se dobló de risa.

-Tu mejor detalle es hacer preguntas -dijo.

Parecía dispuesto a relegar nuevamente el tema. Como de costumbre, estábamos sentados en el área frente a su casa; de pronto, don Juan se puso en pie y entró. Fui tras él e insistí en describirle lo que yo había visto. Seguí con fidelidad la secuencia de los hechos, según la recordaba. Don Juan sonreía al escucharme.

Cuando terminé, meneó la cabeza.

-Ver es muy difícil -dijo.

Le supliqué explicar su aseveración.

-Ver no es cosa de hablar -dijo imperativamente.

Resultaba obvio que no iba a decirme nada más, de modo que desistí y salí de la casa a realizar unos encargos suyos.

Al regresar ya era de noche: comimos algo y después salimos a la ramada. Acabábamos de tomar asiento cuando don Juan empezó a hablar sobre la lección de don Genaro. No me dio tiempo de prepararme para ello. Tenía conmigo mis notas, pero estaba demasiado oscuro para escribir, y no quise alterar el fluir de la conversación yendo al interior de la casa por la lámpara de petróleo.

Dijo que don Genaro, siendo un maestro del equilibrio, podía ejecutar movimientos muy complejos y difíciles. Sentarse de cabeza era uno de tales movimientos, y con él había intentado mostrarme que era imposible "ver" mientras uno tomaba notas. La acción de sentarse de cabeza sin ayuda de las manos era, en el mejor de los casos, una treta extravagante que duraba sólo un momento. Según la opinión de don Genaro, escribir acerca de "ver" era lo mismo; es decir, una maniobra precaria, tan curiosa y superflua como sentarse de cabeza.

Don Juan me escudriño en la oscuridad y dijo, en un tono muy dramático, que mientras don Genaro traveseaba sentándose de cabeza, yo estuve al borde mismo de "ver". Don Genaro, advirtiéndolo, repitió sus maniobras una y otra vez, sin resultado, pues yo perdí el hilo inmediatamente.

Don Juan dijo que después don Genaro, movido por la simpatía personal que me tenía, intentó en una forma muy dramática llevarme de nuevo a ese borde de "ver". Tras una deliberación muy cuidadosa, decidió mostrarme una hazaña de equilibrio cruzando la cascada. Sintió que la cascada era como la orilla en que yo estaba parado, y confió en que yo también podría realizar el cruce.

A continuación, don Juan explicó la hazaña de don Genaro. Dijo que ya me había indicado que los seres humanos eran, para quienes "veían", seres luminosos compuestos por una especie de fibras de luz, que giraban del frente a la espalda y mantenían la apariencia de un huevo. También me había dicho que la parte más asombrosa de las criaturas ovoides era un grupo de fibras largas que surgían del área alrededor del ombligo; don Juan dijo que tales fibras tenían una importancia primordial en la vida de un hombre. Esas fibras eran el secreto del equilibrio de don Genaro y su lección no tenía nada que ver con saltos acrobáticos en la cascada. Su hazaña de equilibrio consistía en la forma en que usaba esas fibras "como tentáculos".

Don Juan se apartó del tema tan repentinamente como lo había traído a cuento, y empezó a hablar de algo sin ninguna relación.

24 de octubre de 1968

Arrinconé a don Juan y le dije que intuitivamente sentía que jamás recibiría otra lección de equilibrio, y que él debía explicarme todos los detalles pertinentes, pues de otro modo nunca podría descubrirlos por mí mismo. 

Don Juan dijo que yo tenía razón con respecto a que don Genaro no volvería a darme otra lección.

-¿Qué más quieres saber? -preguntó.

-¿Qué son esas fibras como tentáculos, don Juan?

-Son los tentáculos que salen del cuerpo de un hombre y son visibles para cualquier brujo que ve. Los brujos actúan con la gente de acuerdo a la forma en que ven sus tentáculos. Las personas débiles tienen fibras cortas, casi invisibles; las personas fuertes las tienen largas y brillantes. Las de Genaro, por ejemplo, son tan brillantes que parecen gruesas. Por las fibras se conoce si una persona está sana o está enferma, si es mezquina o bondadosa o traicionera. También se conoce, por las fibras, si una persona puede ver. 

Aquí hay un problema desconcertante. Cuando Genaro te vio supo, igual que mi amigo Vicente, que podías ver; cuando yo te veo, veo que puedes ver, y sin embargo sé muy bien que no puedes. ¡Qué contrariedad! Genaro no podía creerlo. Le dije que eras un sujeto raro. Creo que quiso verlo por sí mismo y te llevó a la cascada.

-¿Por qué piensa usted que doy la impresión de que puedo ver?

Don Juan no respondió. Permaneció largo rato en silencio. No quise preguntarle nada más. Finalmente me habló y dijo que sabía por qué, pero no cómo explicarlo.

-Piensas que todo el mundo es sencillo de entender -dijo- porque todo cuanto tú haces es una rutina sencilla de entender. En la caída de agua, cuando miraste a Genaro cruzar el agua, creíste que era un maestro de los saltos mortales, porque sólo en eso pudiste pensar. Y eso es todo lo que siempre creerás que hizo. Pero Genaro nunca saltó al cruzar esa agua. Si hubiera saltado, habría muerto. Genaro se equilibró con sus magníficas fibras brillantes. Las alargó lo suficiente para poder, digamos, rodar en ellas hasta el otro lado de la caída de agua. Demostró la manera correcta de alargar esos tentáculos, y la manera de moverlos con precisión.

Pablito vio casi todos los movimientos de Genaro. Néstor, en cambio, sólo vio las maniobras más obvias. Se perdió en los detalles delicados. Pero tú, tú no viste nada de nada.

-Quizá si me hubiera usted dicho por anticipado qué cosa observar...

Me interrumpió y dijo que el darme instrucciones sólo habría estorbado a don Genaro. De haber yo sabido lo que iba a ocurrir, mis fibras, agitadas, habrían interferido con las de don Genaro.

-Si pudieras ver -dijo-, te habría sido evidente, desde el primer paso que Genaro dio, que no estaba resbalando al subir por las peñas. Estaba aflojando sus tentáculos. Dos veces los enredó en las piedras y se sostuvo como una mosca en la mera roca. Cuando llegó arriba y estuvo listo para cruzar el agua, los enfocó sobre una piedra chica en medio de la corriente, y una vez que los tuvo afianzados dejó que las fibras lo jalaran. 

Genaro jamás saltó; por eso podía aterrizar en las piedras resbalosas en el mero borde del agua. Genaro todo el tiempo tenía las fibras bien enredadas en cada roca que usó.

No estuvo mucho tiempo en la primera piedra, porque tenía el resto de sus fibras amarradas a otra, todavía más chica, en el sitio donde mayor era la presión del flujo del agua. Sus tentáculos volvieron a jalarlo y aterrizó en ella. Esa fue la más notable de todas las cosas que hizo. La superficie era demasiado chica para que un hombre se sostuviera, y la presión del agua habría arrastrado su cuerpo al precipicio si él no hubiera tenido algunas de sus fibras enfocadas todavía en la primera roca.

Genaro se mantuvo mucho rato en esa segunda posición, porque tenía que sacar otra vez sus tentáculos y mandarlos hasta el otro lado del despeñadero. Después de afianzarlos, tuvo que soltar las fibras enfocadas en la primera roca. Eso era muy arriesgado. Tal vez solamente Genaro es capaz de hacerlo. Casi perdió el control, o a lo mejor nada más se estaba burlando de nosotros: nunca lo sabremos con certeza. En lo personal, pienso que de veras estuvo a punto de perder el equilibrio. Lo se porque se puso tieso y mandó un brote magnífico, como un rayo de luz cruzando el agua. Me parece que tan sólo ese rayo habría bastado para jalarlo al otro lado. Cuando llegó a la orilla, se paró y dejó brillar sus fibras como un racimo de luces. Eso lo hizo solamente para ti. De haber podido ver, habrías visto eso.

"Genaro estuvo allí parado, mirándote, y entonces supo que no habías visto."