AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

sábado, 17 de enero de 2026

[19] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. PARAR EL MUNDO.

 


Al día siguiente, apenas desperté, me puse a interrogar a don Juan. Estaba cortando leña atrás de su casa, pero don Genaro no se veía por ningún lado. Dijo que no había nada de qué hablar. Señalé que había logrado conservar la calma y había observado a don Genaro "nadar en el piso" sin querer ni pedir explicación alguna, pero mi contestación no me había ayudado a entender lo que pasaba. Luego, tras la desaparición del coche, me encerré automáticamente en la búsqueda de una explicación lógica, pero eso tampoco me ayudó. Dije a don Juan que mi insistencia en hallar explicaciones no era algo que yo mismo hubiese inventado arbitrariamente, nada más para ponerme difícil, sino algo tan hondamente enraizado en mí que sobrepujaba cualquier otra consideración.

-Es como una enfermedad -dije.

-No hay enfermedades -repuso don Juan con toda calma-. Sólo hay idioteces. Y tú te haces el idiota al tratar de explicarlo todo. Las explicaciones ya no son necesarias en tu caso.

Insistí en que sólo me era posible funcionar bajo condiciones de orden y comprensión. Le recordé que yo había cambiado radicalmente mi personalidad durante el tiempo de nuestra relación, y que la condición que hizo posible tal cambio fue que pude explicarme las razones detrás de él.

Don Juan rió suavemente. Estuvo callado largo rato.

-Eres muy listo -dijo por fin-. Regresas a donde siempre has estado. Pero esta vez se te acabó el juego. No tienes a dónde regresar. Ya no voy a explicarte nada. Lo que Genaro te hizo ayer se lo hizo a tu cuerpo; entonces, que tu cuerpo decida qué es qué.

El tono de don Juan era amistoso, pero inusitadamente despegado, y eso me hizo sentir una soledad avasallante. Expresé mis sentimientos de tristeza. Él sonrió. Sus dedos apretaron suavemente la parte superior de mi mano.

-Los dos somos seres que van a morir -dijo con suavidad-. Ya no hay más tiempo para lo que hacíamos antes. Ahora debes emplear todo el no-hacer que te he enseñado, y parar el mundo.

Volvió a apretarme la mano. Su contacto era firme y amigable; reafirmaba su preocupación y su afecto por mí, y al mismo tiempo me daba la impresión de un propósito inflexible.

-Éste es mi gesto que tengo contigo -dijo, prolongando un instante el apretón de mano-. Ahora debes irte solo a esas montañas amigas -señaló con la barbilla la distante cordillera hacia el sureste. Dijo que yo debía permanecer allí hasta que mi cuerpo me dijera que ya era bastante, y luego volver a su casa. No quería que yo dijese nada ni esperase más tiempo, y me lo hizo saber empujándome con gentileza en dirección del coche.

-¿Qué debo hacer allí? -pregunté.

En vez de responder me miró, meneando la cabeza, -ya estuvo bueno -dijo al fin. Luego señaló con el dedo hacia el, sureste.

-Ándale -dijo, cortante.

Fui hacia el sur y luego hacia el este, siguiendo los caminos que siempre había tomado al viajar con don Juan. Estacioné el coche cerca del sitio donde la brecha terminaba, y luego seguí un sendero conocido hasta llegar a una alta meseta. No tenía idea de qué hacer allí. Empecé a pasearme, buscando un sitio de reposo. De pronto advertí un pequeño espacio a mi izquierda. La composición química del suelo parecía ser distinta en dicho sitio, pero cuando enfoqué allí los ojos no vi nada que explicase la diferencia. Parado a corta distancia, traté de "sentir", como don Juan me recomendaba siempre.

Quedé inmóvil cosa de una hora. Mis pensamientos empezaron a disminuir gradualmente, hasta que ya no hablaba conmigo mismo. Tuve entonces una sensación de molestia. Parecía confinada a mi estómago y se agudizaba cuando yo enfrentaba el sitio en cuestión. Me repelía y me sentí impelido a apartarme de él. Empecé a examinar el área con los ojos cruzados, y tras caminar un poco llegué a una gran roca plana. Me detuve frente a ella. No había en la roca nada en particular que me atrajera. No detecté en ella ningún color ni brillo específico, pero me gustaba. Mi cuerpo se sentía bien. Experimenté una sensación de comodidad física y tomé asiento un rato. Todo el día vagué por la meseta y las montañas circundantes, sin saber qué hacer ni qué esperar.

Al oscurecer volví a la roca plana. Sabía que pasando allí la noche estaría a salvo. Al día siguiente me adentré más en las montañas, hacia el este. Al atardecer llegué a otra meseta, todavía más alta. Me pareció haber estado allí antes. Miré en torno para orientarme, pero no pude reconocer ninguno de los picos circundantes. Tras elegir con cuidado un sitio, me senté a descansar al borde de un área yerma y rocosa. Allí sentía tibieza y tranquilidad. Quise sacar comida de mi guaje, pero estaba vacío. Bebí un poco de agua. Estaba tibia y aceda. Pensé que no me quedaba más que volver a casa de don Juan, y empecé a preguntarme si debería iniciar de una vez mi camino de regreso. Me acosté bocabajo y apoyé la cabeza en el brazo. Inquieto, cambié varias veces de postura, hasta hallarme de cara al oeste. El sol ya descendía. Mis ojos estaban cansados. Miré el suelo y vi un gran escarabajo negro. Salió detrás de una piedra, empujando una bola de estiércol dos veces más grande que él. Seguí sus, movimientos durante largo rato. El insecto parecía ajeno a mi presencia y seguía empujando su carga sobre rocas, raíces, depresiones y protuberancias. Hasta donde yo sabía, el escarabajo no se daba cuenta de que yo estaba allí. Se me ocurrió la idea de que yo no podía estar seguro de que el insecto no tuviera conciencia de mí; esa idea desató una serie de evaluaciones racionales con respecto a la naturaleza del mundo del insecto, en contraposición con el mío. El escarabajo y yo estábamos en el mismo mundo, y obviamente el mundo no era el mismo para ambos. Me concentré en observarlo, maravillado de la fuerza titánica que necesitaba para transportar su carga por rocas y por grietas.

Largo tiempo observé al insecto, y entonces me di cuenta del silencio en torno. Sólo el viento silbaba entre las ramas y hojas del matorral. Alcé la vista, me volví a la izquierda en forma rápida e involuntaria, y alcancé a ver una leve sombra, o un cintilar, sobre una roca cercana. Al principio no presté atención, pero luego me di cuenta de que el cintilar había estado a mi izquierda. Me volví de nuevo, súbitamente, y pude percibir con claridad una sombra en la roca. Tuve la extraña sensación de que la sombra se deslizó inmediatamente al suelo y la tierra la absorbió como un secante chupa una mancha de tinta. Un escalofrío recorrió mi espalda. Por mi mente cruzó la idea de que la muerte nos observaba a mí y al escarabajo.

Busqué de nuevo al insecto, pero no pude hallarlo. Pensé que debía haber llegado a su destino y arrojado su carga a un agujero. Apoyé el rostro contra una roca lisa. El escarabajo surgió de un hoyo profundo y se detuvo a pocos centímetros de mi cara. Parecía mirarme, y por un instante sentí que cobraba conciencia de mi presencia, tal vez como yo advertía la presencia de mi muerte. Experimenté un estremecimiento. El escarabajo y yo no éramos tan distintos, después de todo. La muerte, como una sombra, nos acechaba a ambos detrás del peñasco.

Tuve un extraordinario momento de júbilo. El escarabajo y yo estábamos a la par. Ninguno era mejor que el otro. Nuestra muerte nos igualaba. Mi júbilo y mi alegría fueron tan grandes que me eché a llorar. Don Juan tenía razón. Siempre había tenido razón. Yo vivía en un mundo lleno de misterio y, como todos los demás, era un ser lleno de misterio, y sin embargo no tenía más importancia que un escarabajo. Me sequé los ojos y, al frotarlos con el dorso de la mano, vi un hombre, o algo con figura humana. Se hallaba a mi derecha, a unos cincuenta metros de distancia. Me senté, erguido, y me esforcé por mirar. El sol estaba casi en el horizonte y su resplandor amarillo me impedía tener una visión clara. 

En ese instante oí un rugido peculiar. Era como el sonido de un distante aeroplano a reacción. Cuando me concentré en él, el rugido aumentó hasta ser un agudo zumbar metálico, y luego, suavizándose, se volvió un sonido hipnótico, melodioso. La melodía era como la vibración de una corriente eléctrica. La imagen que acudió a mi mente fue la de que dos esferas electrizadas se unían, o dos bloques cúbicos de metal eléctrico se frotaban entre sí y, al estar perfectamente nivelados el uno con el otro, se detenían con un golpe. 

Nuevamente me esforcé por ver si podía distinguir a la persona que parecía esconderse de mí, pero no detecté sino una forma oscura contra los arbustos. Puse las manos sobre los ojos formando una visera. En ese instante cambió el brillo del sol y advertí que sólo veía una ilusión óptica, un juego de sombras y follaje. 

Aparté los ojos y vi un coyote que cruzaba el campo en trote calmoso. Estaba cerca del sitio donde yo creía haber visto al hombre. Recorrió unos cincuenta metros en dirección sur y luego se detuvo, dió la vuelta y empezó a caminar hacia mí. Di unos gritos para asustarlo, pero siguió acercándose. Tuve un momento de aprensión. Pensé que tal vez estaba rabioso y hasta se me ocurrió juntar piedras para defenderme en caso de un ataque. Cuando el animal estuvo a tres o cuatro metros de distancia, noté que no se hallaba agitado en forma alguna; al contrario, parecía tranquilo y sin temores. Amainó su paso, deteniéndose a un metro o metro y medio de mí. Nos miramos, y el coyote se acercó más aún. Sus ojos pardos eran amistosos y límpidos. 

Me senté en las rocas y el coyote se detuvo, casi tocándome. Yo estaba atónito. Jamás había visto tan de cerca a un coyote salvaje, y lo único que se me ocurrió  entonces fue hablarle. Lo hice como si hablara con un perro amistoso. Y entonces me pareció que el coyote me respondía. Tuve una absoluta certeza de que había dicho algo. Me sentí confuso, pero no hubo tiempo de ponderar mis sentimientos, porque el coyote volvió a "hablar". No era que el animal pronunciase palabras como las que suelo escuchar en voces humanas; más bien yo "sentía" que estaba hablando. Pero no era tampoco la sensación que uno tiene cuando una mascota parece comunicarse con su amo. El coyote en verdad decía algo; trasmitía un pensamiento y esa comunicación se producía a través de algo muy similar a una frase.

Yo había dicho: "¿Cómo estás, coyotito?" y creí oír que el animal respondía: "Muy bien, ¿y tú?" Luego el coyote repitió la frase y yo me levanté de un salto. El animal no hizo un solo movimiento. Ni siquiera lo alarmó mi repentino brinco. Sus ojos seguían claros y amigables. Se echó y, ladeando la cabeza, preguntó: "¿Por qué tienes miedo?" Me senté frente a él y llevé a cabo la conversación más extraña que jamás había tenido. Finalmente, me preguntó qué hacía yo allí y le dije que había venido a "parar el mundo". El coyote dijo "¡Qué bueno!" y entonces me di cuenta de que era un coyote bilingüe. Los sustantivos y verbos de sus frases eran en inglés, pero las conjunciones y exclamaciones eran en español. Cruzó por mi mente la idea de que me hallaba en presencia de un coyote chicano. Eché a reír ante lo absurdo de todo eso, y reí tanto que casi me puse histérico.

Entonces, la imposibilidad de lo que estaba pasando me golpeó de lleno y mi mente se tambaleó. El coyote se incorporó y nuestros ojos se encontraron. Miré los suyos fijamente. Sentí que me jalaban y de pronto el animal se hizo iridiscente; empezó a resplandecer. Era como si mi mente reprodujese la memoria de otro suceso que había tenido lugar diez años antes, cuando, bajo la influencia del peyote, presencié la metamorfosis de un perro común en un inolvidable ser de iridiscencia. Era como si el coyote hubiera provocado el recuerdo, y la imagen de aquel suceso anterior, invocada, se superpusiera a la forma del coyote; el coyote era un ser fluido, líquido, luminoso. Su luminosidad deslumbraba. Quise proteger mis ojos cubriéndolos con las manos, pero no podía moverme. El ser luminoso me tocó en alguna parte indefinida de mí mismo y mi cuerpo experimentó una tibieza y un bienestar indescriptibles, tan exquisitos que el toque parecía haberme hecho estallar. Me transfiguré. No podía sentir los pies, ni las piernas, ni parte alguna de mi cuerpo, pero algo me sostenía erecto.

No tengo idea de cuánto tiempo permanecí en esa posición. Mientras tanto, el coyote luminoso y el monte donde me hallaba se disolvieron. No había ideas ni sentimientos. Todo se había desconectado y yo flotaba libremente.

De súbito, sentí que mi cuerpo era golpeado, y luego envuelto por algo que me encendía. Tomé conciencia entonces de que el sol brillaba sobre mí. Yo distinguía vagamente una cordillera distante hacia el occidente. El sol casi se ocultaba en el horizonte. Yo lo miraba de frente, y entonces vi las "líneas del mundo". Percibí en verdad una extraordinaria profusión de líneas blancas, fluorescentes, que se entrecruzaban en todo mi alrededor. Por un momento pensé que tal vez se trataba del sol refractado por mis pestañas. Parpadeé y volví a mirar. Las líneas eran constantes y se superponían a todo cuanto había en torno, o lo atravesaban. Me di vuelta y examiné un mundo insólitamente nuevo. Las líneas eran visibles y constantes, aunque yo no diera la cara al sol.

Me quedé allí en estado de éxtasis, durante lo que pareció un tiempo interminable; todo debe haber durado sólo unos minutos, acaso únicamente el tiempo que el sol brilló antes de llegar al horizonte, pero para mí fue la eternidad. Sentía que algo tibio y confortante brotaba del mundo y de mi propio cuerpo. Supe haber descubierto un secreto. Era tan sencillo. Experimentaba un torrente desconocido de sentimientos. Nunca en toda mi vida había tenido tal euforia divina, tal paz, tan amplio alcance, y sin embargo no me era posible traducir el secreto a palabras, ni siquiera a pensamientos, pero mi cuerpo lo conocía.

Luego me dormí o me desmayé. Cuando volví a cobrar conciencia de mí, yacía sobre las rocas. Me puse de pie. El mundo era como yo siempre lo había visto. Estaba oscureciendo y automáticamente inicié el regreso hacia mi coche.

Don Juan estaba solo en la casa cuando llegué a la mañana siguiente. Le pregunté por don Genaro y dijo que andaba por allí, haciendo un mandado. Inmediatamente empecé a narrarle las extraordinarias experiencias que tuve. Escuchó con obvio interés.

-Sencillamente has parado el mundo -comentó cuando hube terminado mi recuento.

Quedamos un rato en silencio y luego don Juan dijo que yo debía dar las gracias a don Genaro por ayudarme. Parecía inusitadamente contento conmigo. Me palmeó la espalda repetidas veces, chasqueando la lengua.

-Pero es inconcebible que un coyote hable -dije.

-Eso no fue hablar -repuso don Juan.

-¿Qué era entonces?

-Tu cuerpo entendió por vez primera. Pero fallaste de reconocer que, por principio de cuentas, no era un coyote, y que ciertamente no hablaba como hablamos tú y yo.

-¡Pero el coyote de veras hablaba, don Juan!

-Mira quién es ahora el que dice idioteces. Después de tantos años de aprendizaje, deberías tener más conocimiento. Ayer paraste el mundo, y a lo mejor hasta viste. Un ser mágico te dijo algo, y tu cuerpo fue capaz de entenderlo porque el mundo se había derrumbado.

-El mundo era como es hoy, don Juan.

-No. Hoy los coyotes no te dicen nada, ni puedes ver las líneas del mundo. Ayer hiciste todo eso simplemente porque algo se paró dentro de ti.

-¿Qué cosa fue?

-Lo que se paró ayer dentro de tí fue lo que la gente te ha estado diciendo que es el mundo.

Verás, desde que nacemos, la gente nos dice que el mundo es así y asá, y naturalmente no nos queda otro remedio que ver el mundo en la forma en que la gente nos ha dicho que es.

Nos miramos.

-Ayer el mundo se hizo como los brujos te dicen que es -prosiguió-. En ese mundo hablan los coyotes y también los venados, como te dije una vez, y también las víboras de cascabel y los árboles y todos los demás seres vivientes. Pero lo que quiero que aprendas es ver. A lo mejor ahora ya sabes que el ver ocurre sólo cuando uno se cuela entre los mundos, el mundo de la gente común y el mundo de los brujos. Ahora estás justito en medio de los dos. Ayer creíste que el coyote te hablaba.

Cualquier brujo que no ve creería lo mismo, pero alguien que ve sabe que creer eso es quedarse atorado en el reino de los brujos. De la misma manera, no creer que los coyotes hablan es estar atorado en el reino de la gente común.

-¿Quiere usted decir, don Juan, que ni el mundo de la gente común ni el mundo de los brujos son reales?

-Son mundos reales. Pueden actuar sobre ti. Por ejemplo, podrías haberle preguntado a ese coyote cualquier cosa que quisieras saber, y él se habría obligado a responderte. Lo único triste es que los coyotes no son de fiar. Son embusteros. Es tu destino no tener un compañero animal de confianza.

Don Juan explicó que el coyote sería mi compañero toda la vida y que, en el mundo de los brujos, tener un amigo coyote no era un estado de cosas muy de desear. Dijo que habría sido ideal que yo hablara con una serpiente de cascabel, pues son compañeras estupendas.

-Yo en tu lugar -añadió- jamás me fiaría de un coyote. Pero tú eres distinto y a lo mejor hasta te haces brujo coyote.

-¿Qué es un brujo coyote?

-Uno que saca muchas cosas de sus hermanos coyotes.

Quise seguir haciendo preguntas, pero me detuvo con un gesto.

-Has visto las líneas del mundo -dijo-. Has visto un ser luminoso. Ya casi estás listo para encontrarte con el aliado. Por supuesto, sabes que el hombre a quien viste en el matorral era el aliado.

Oíste su rugido como el sonar de un avión de chorro. Te estará esperando a la orilla de un llano, un llano al que yo mismo te llevaré.

Guardamos silencio largo rato. Don Juan tenía las manos entrelazadas por encima del estómago.

Sus pulgares se movían casi imperceptiblemente.

-También Genaro tendrá que ir con nosotros a ese valle -dijo de pronto-. Es el que te ha ayudado a parar el mundo.

Don Juan me miró con ojos penetrantes.

-Voy a decirte una cosa más -dijo, y rió-. Ya realmente no importa. El otro día, Genaro nunca movió tu carro del mundo de la gente común. Nada más te forzó a mirar el mundo como los brujos, y tu coche no estaba en ese mundo. Genaro quiso ablandar tu certeza. Sus payasadas hablaron a tu cuerpo acerca de lo absurdo que es tratar de entenderlo todo. Y cuando voló su cometa casi viste. Hallaste tu coche y estabas en los dos mundos. La razón de que casi se nos reventaran las tripas de tanto reír fue que tú de veras pensabas que nos estabas trayendo de donde creíste hallar tu coche.

-¿Pero cómo me forzó a ver el mundo como los brujos?

-Yo estaba con él. Los dos conocemos ese mundo Ya conociéndolo, lo único que se necesita para producirlo es usar ese otro anillo de poder que te he dicho que los brujos tienen. Genaro puede hacerlo con la misma facilidad con la que mueve los dedos. Te tuvo ocupado volteando piedras para distraer tus pensamientos y permitir que tu cuerpo viera. Le dije que los sucesos de los tres últimos días habían causado algún daño irreparable a mi idea del mundo. Dije que, durante los diez años que llevaba de verlo, jamás había experimentado una sacudida tal, ni siquiera las veces que ingerí plantas psicotrópicas.

-Las plantas de poder son sólo una ayuda -dijo don Juan-. Lo de verdad es cuando el cuerpo se da cuenta de que puede ver. Sólo entonces somos capaces de saber que el mundo que contemplamos cada día no es nada, más que una descripción. Mi intención ha sido mostrarte eso. Desgraciadamente, te queda muy poco tiempo antes de que el aliado te salga al paso.

-¿Tiene que salirme al paso?

-No hay manera de evitarlo. Para ver hay que aprender la forma en que los brujos miran el mundo; por eso hay que llamar al aliado, y una vez que se le llama, viene.

-¿No podía usted enseñarme a ver sin llamar al aliado?

-No. Para ver hay que aprender a mirar el mundo en alguna otra forma, y la única otra forma que conozco es la del brujo.



[18] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. EL ANILLO DE PODER DEL BRUJO.

 


En el mes de mayo de 1971, hice a don Juan la última visita de mi aprendizaje. Fui a verlo, en aquella ocasión, con el mismo espíritu que durante los diez años transcurridos en nuestra relación; es decir, buscando una vez más la amenidad de su compañía.

Su amigo, don Genaro, un brujo mazateco, estaba con él. Yo había visto a ambos durante mi visita previa, seis meses antes. Titubeaba en preguntarles si habían estado juntos todo ese tiempo, cuando don Genaro explicó que el desierto del norte le gustaba tanto que había regresado justo a tiempo para verme. Ambos rieron como si conocieran un secreto.

-Regresé nada más por ti -dijo don Genaro.

-Es cierto -corroboró don Juan.

Recordé a don Genaro que, la vez pasada, sus intentos de ayudarme a "parar el mundo" me habían resultado desastrosos. Fue una manera amistosa de declarar mi miedo hacia él. Rió inconteniblemente, sacudiendo el cuerpo y pataleando como niño. Don Juan evitó mirarme y rió también.

-Ya no va usted a tratar de ayudarme, ¿verdad, don Genaro? -pregunté.

Mi frase les produjo espasmos de risa. Don Genaro rodó por el suelo, entre carcajadas; luego se acostó bocabajo y empezó a nadar en el piso. Al verlo hacer eso, supe que me hallaba perdido. En ese momento, de algún modo, mi cuerpo cobró conciencia de haber llegado al fin. Yo ignoraba cuál era ese fin. Mi tendencia personal a la dramatización, y mi experiencia previa con don Genaro, me hicieron creer que podía ser el fin de mi vida.

Durante mi última visita, don Genaro había intentado empujarme al borde de "parar el mundo". Sus esfuerzos fueron tan extravagantes y directos que el mismo don Juan tuvo que decirme que me marchara. Las demostraciones de "poder" de don Genaro eran tan extraordinarias y desconcertantes que me forzaron a una total reevaluación de mí mismo. Fui a casa, revisé las notas tomadas en el principio mismo de mi aprendizaje, y misteriosamente me invadió un sentimiento del todo nuevo, aunque no tuve conciencia plena de él hasta ver a don Genaro nadar en el piso.

El acto de nadar en el piso, congruente con otras acciones extrañas y desconcertantes que don Genaro había ejecutado frente a mis propios ojos, se inició cuando él yacía bocabajo. Al principio reía tan duro que su cuerpo se sacudía como convulsionado; luego empezó a patalear; finalmente, el movimiento de las piernas se coordinó con un movimiento de remar con las manos, y don Genaro comenzó á deslizarse por el suelo como si estuviera acostado en una tabla con ruedas. Cambió de dirección varias veces y cubrió todo el espacio frente a la casa, maniobrando en torno a mí y a don Juan.

Don Genaro había payaseado antes en mi presencia, y en cada una de tales ocasiones don Juan afirmó que yo había estado a punto de "ver". No lo lograba a causa de mi insistencia en tratar de explicar cada acción de don Genaro desde una perspectiva racional. Esta vez me hallaba en guardia y cuando se puso a nadar no intenté explicar ni entender el hecho. Me limité a observar. Pero no pude evitar la sensación de hallarme atónito. Don Genaro se deslizaba realmente sobre el estómago y el pecho. Al observarlo, empecé a bizquear. Sentí un empellón de recelo. Estaba convencido de que, si no explicaba lo que tenía lugar, "vería", y la idea me llenaba de una angustia inusitada. Mi anticipación nerviosa era tanta que en algún sentido me encontraba de vuelta en el mismo punto: encerrado una vez más en alguna empresa de raciocinio.

Don Juan debe haber estado observándome. Me tocó de pronto; automáticamente y me volví a encararlo, y por un instante aparté la vista de don Genaro. Cuando lo miré de nuevo, estaba parado junto a mí con la cabeza levemente inclinada y la barbilla casi apoyada en mi hombro derecho. Tuve un sobresalto retardado. Lo miré un segundo y después salté hacia atrás.

Su expresión de sorpresa fingida fue tan cómica que reí histéricamente. Pero no podía menos de advertir que mi risa se salía de lo acostumbrado. Mi cuerpo se sacudía con espasmos nerviosos originados en la parte media de mi estómago. Don Genaro me puso la mano en el estómago y las ondulaciones convulsionadas cesaron.

-¡Este Carlitos, siempre tan exagerado! -exclamó con tono de gente remilgada.

Luego añadió, imitando la voz y las inflexiones de don Juan:

-¿Qué no sabes que un guerrero jamás se ríe así?

Su caricatura de don Juan era tan perfecta que reí todavía más fuerte.

Después, ambos se fueron juntos, y estuvieron fuera más de dos horas, hasta eso del mediodía. Al regresar, tomaron asiento en el espacio frente a la casa de don Juan. No dijeron palabra. Parecían soñolientos, cansados, casi distraídos. Permanecieron inmóviles largo rato, pero se veían cómodos y relajados. La boca de don Juan estaba ligeramente abierta, como si durmiera, pero tenía las manos unidas sobre el regazo y movía rítmicamente los pulgares.

Durante un tiempo me agité, inquieto, y cambié de posiciones; luego empecé a sentir una placidez confortante. Debo haberme dormido. La risa leve de don Juan me despertó. Abrí los ojos. Ambos me escudriñaban.

-Si no hablas, te duermes -dijo don Juan, riendo.

-Me temo que sí -dije.

Don Genaro se acostó de espaldas y empezó a patalear en el aire. Por un momento pensé que reiniciaba su inquietante payaseo, pero él recuperó de inmediato su postura anterior, sentado con las piernas cruzadas.

-Hay algo que ya por ahora debías tener en cuenta -dijo don Juan-. Yo lo llamo el centímetro cúbico de suerte. Todos nosotros, guerreros o no, tenemos un centímetro cúbico de suerte que salta ante nuestros ojos de tiempo en tiempo. La diferencia entre un hombre común y un guerrero es que el guerrero se da cuenta, y una de sus tareas consiste en hallarse alerta, esperando con deliberación, para que cuando salte su centímetro cúbico él tenga la velocidad necesaria, la presteza para cogerlo. La suerte, la buena fortuna, el poder personal, o como lo quieras llamar, es un estado peculiar de cosas. Es como un palito que sale frente a nosotros y nos invita a arrancarlo. Por lo general andamos demasiado ocupados, o preocupados, o estúpidos y perezosos, para darnos cuenta de que es nuestro centímetro cúbico de suerte. Un guerrero, en cambio, siempre está alerta y duro y tiene la elasticidad, el donaire necesario para agarrarlo.

-¿Es tu vida dura y ajustada? -me preguntó de pronto don Genaro.

-Creo que sí -dije con convicción.

-¿Te crees capaz de coger tu centímetro cúbico de suerte? -me preguntó don Juan con tono incrédulo.

-Creo hacerlo todo el tiempo -dijo

Yo creo que sólo te tienen alerta las cosas que ya conoces -dijo don Juan.

-Quizá me engañe, pero de veras creo que actualmente estoy mucho más despierto que en ninguna otra época de mi vida -dije, y hablaba en serio.

Don Genaro asintió, aprobando.

-Sí -dijo suavemente, como hablando consigo mismo-. Carlitos está de veras compacto, y absolutamente despierto. 

Sentí que me seguían la corriente. Pensé que tal vez les molestó la declaración de mi supuesta condición de compacidad.

-No quise presumir -dije.

Don Genaro arqueó las cejas y agrandó las fosas nasales. Miró mi cuaderno y fingió escribir.

-Creo que Carlos está más compacto que antes -dijo don Juan a don Genaro.

-A lo mejor está demasiado compacto -devolvió don Genaro.

-Puede muy bien que sea así -concedió don Juan.

Yo no supe cómo terciar en ese punto, así que permanecí callado.

-¿Recuerdas la vez que trabé tu carro? -preguntó don Juan como al acaso.

Su pregunta era abrupta y no tenía relación con la conversación. Se refería a una ocasión en la que no pude arrancar mi coche hasta que él me dijo que ya podía. Dije que nadie olvidaría un evento así.

-Eso no fue nada -dijo don Juan en tono sereno-. Nada en absoluto. ¿Verdad, Genaro?

-Verdad -dijo don Genaro, indiferente.

-¿Cómo va usted a decir eso? -dije en tono de protesta-. Lo que usted hizo aquel día fue algo que verdaderamente yo nunca podré comprender.

-Eso no es decir gran cosa -repuso don Genaro.

Ambos rieron de buena gana y luego don Juan me palmeó la espalda.

-Genaro puede hacer algo mucho mejor que trabar tu coche -prosiguió-. ¿Verdad, Genaro?

-Verdad -respondió don Genaro, frunciendo los labios como un niño.

-¿Qué puede hacer? -pregunté, tratando de parecer despreocupado.

-¡Genaro puede llevarse tu carro entero! -exclamó don Juan con voz retumbante; luego añadió con el mismo tono-: ¿Verdad, Genaro?

-¡Verdad! -contestó don Genaro en el tono de voz humana más fuerte que jamás había yo escuchado.

Salté involuntariamente. Tres o cuatro espasmos nerviosos convulsionaron mi cuerpo.

-¿Qué es lo que quiso usted decir con lo de que se puede llevar mi carro?

-¿Qué quise decir, Genaro? -preguntó don Juan.

-Quisiste decir que puedo subirme en su carro, encender el motor y luego irme manejando - replicó don Genaro con seriedad nada convincente.

-Llévate el carro, Genaro -lo instó don Juan en tono de broma.

-¡Hecho! -dijo don Genaro, frunciendo el entrecejo y mirándome de lado.

Noté que, cuando ponía ceño, sus cejas ondulaban, haciendo su mirada maliciosa y penetrante.

-¡Muy bien! -dijo don Juan calmadamente-. Vamos a examinar el carro.

-¡Sí! -repitió don Genaro-. Vamos a examinarlo.

Se levantaron, muy despacio. Por un instante no supe qué hacer, pero don Juan me indicó imitarlos.

Empezamos a subir el cerrito frente a la casa de don Juan. Ambos me flanqueaban, don Juan a mi derecha y don Genaro a la izquierda. Iban unos dos metros delante de mí, siempre dentro de mi campo central de visión.

-Examinemos el carro -dijo de nuevo don Genaro.

Don Juan movió las manos como si tejiera un hilo invisible; don Genaro hizo lo mismo y repitió:

"Examinemos el carro." Caminaban con una especie de rebote. Sus pasos eran más largos que de costumbre, y sus manos se movían como si azotaran o batieran objetos invisibles frente a ellos. Yo nunca había visto a don Juan payasear en esa forma, y me sentid casi avergonzado de mirarlo.

Llegamos a la cima y dirigí la vista al espacio a pie del cerro -unos cincuenta metros de distancia- donde había estacionado mi coche. El estómago se me contrajo con una sacudida. ¡El coche no estaba! Corrí cuesta abajo. Mi coche no se veía por ninguna parte. Experimenté un momento de gran confusión. Me hallaba desorientado.

El coche había estado allí desde que llegué temprano en la mañana. Cosa de media hora antes, yo había venido a sacar un nuevo cuaderno de papel para escribir. Se me ocurrió entonces dejar abiertas las ventanillas a causa del calor excesivo, pero la abundancia de mosquitos y otros insectos voladores me hizo cambiar de idea, y dejé el coche cerrado como de costumbre. Volví a mirar en torno. Rehusaba creer que mi coche no estuviera. Caminé hasta el borde del espacio despejado. Don Juan y don Genaro se me unieron y se pararon junto a mí, haciendo exactamente lo que yo hacía: escudriñar la distancia para ver si avizoraba el coche. Tuve un momento de euforia que cedió el paso a una desconcertante sensación irritada. Ellos parecieron advertirla y empezaron a caminar en torno mío, moviendo las manos como si amasaran.

-¿Qué crees que le pasaría al carro, Genaro? -preguntó don Juan con mansedumbre.

-Me lo llevé -dijo don Genaro, y realizó una asombrosa pantomima de cambiar velocidades y conducir. Dobló las piernas como si estuviera sentado y conservó esa postura unos momentos, obviamente sostenido sólo por los músculos de las piernas; luego apoyó su peso en la pierna derecha y estiró el pie izquierdo como pisando el embrague. Imitó con los labios el ruido de un motor, y finalmente, como broche de oro, fingió haber dado en un bache y se sacudió hacia arriba y hacia abajo, dándome la entera sensación de un conductor inepto que rebota en el asiento sin soltar el volante.

La mímica de don Genaro era estupenda. Don Juan rió hasta quedarse sin aliento. Yo quería unirme al regocijo, pero me era imposible relajarme. Me sentía amenazado e incómodo, poseído por una angustia que no tenía precedentes en mi vida. Sentía arder por dentro y empecé a patear piedras y terminé recogiéndolas y aventándolas con una fuerza inconsciente e imprevisible. Era como si la ira estuviese realmente fuera de mí, y me hubiera envuelto de pronto. Luego el sentimiento de molestia me abandonó, tan repentinamente como me había invadido. Aspiré hondo y me sentí mejor.

No me atrevía a mirar a don Juan. Me apenaba mi demostración de ira, pero al mismo tiempo tenía ganas de reír. Don Juan se acercó y me dió unas palmadas en la espalda. Don Genaro puso el brazo en mi hombro.

-¡Ándale! -dijo don Genaro-. Que te dé coraje. Pégate en la nariz y sácate sangre. Luego puedes agarrar una piedra y romperte los dientes. ¡Qué bien te vas a sentir! Y si eso no te basta, puedes poner los huevos en ese peñasco y hacerlos papilla con la misma piedra.

Don Juan soltó una risita. Les dije que me sentía avergonzado de mi comportamiento. No sabía qué cosa se me metió. Don Juan declaró hallarse seguro de que yo sabía exactamente lo que pasaba, pero fingía no saberlo y lo que me enojaba era el acto de fingir.

Don Genaro estaba insólitamente confortante; me palmeó la espalda repetidas veces.

-A todos nos pasa lo mismo -dijo don Juan.

-¿A qué se refiere usted, don Juan? -preguntó don Genaro imitando mi voz, parodiando mi hábito de hacer preguntas a don Juan.

Don Juan dijo cosas absurdas como: "Cuando el mundo está al revés nosotros estamos al derecho, pero cuando el mundo está al derecho nosotros estamos al revés. Bueno, pues cuando el mundo y nosotros estamos al derecho, creemos estar al revés. . ." Siguió y siguió diciendo incoherencias mientras don Genaro imitaba mi forma de tomar notas. Escribía en un cuaderno invisible, con los ojos muy abiertos y fijos en don Juan. Don Genaro había observado mis esfuerzos por escribir sin mirar el papel, para no alterar el flujo natural de la conversación. Su mímica era en verdad hilarante.

De pronto me sentí a mis anchas, feliz. La risa de los viejos era tranquilizante. Por un momento me dejé ir y solté una carcajada. Pero luego mi mente entró en un nuevo estado de aprensión, confusión y molestia. Pensé en la imposibilidad de aquello que estaba ocurriendo; era algo inconcebible según el orden lógico por el cual juzgo habitualmente el mundo frente a mí. Sin embargo, yo, como perceptor, percibía que mi coche no estaba allí. Como siempre que don Juan me enfrentaba con fenómenos inexplicables, se me ocurrió la idea de que se me estaba engañando por medios ordinarios. Siempre, bajo tensión, mi mente repetía, en forma involuntaria y consistente, la misma elaboración. Me puse a calcular cuántos cómplices habrían necesitado don Juan y don Genaro para alzar mi coche y llevárselo. Me hallaba absolutamente seguro de haber cerrado con llave, compulsivamente, todas las puertas; el freno de mano estaba puesto, también la velocidad, y el volante tenía seguro. Para mover el coche, habrían tenido que alzarlo en vilo. Esa tarea requería una fuerza laboral que ninguno de ellos podría haber reunido. Otra posibilidad era que alguien, de acuerdo con ambos, hubiera forzado la portezuela y conectado el alambre de encendido para llevarse el auto. Esa acción implicaba un conocimiento especializado más allá de sus medios. La última explicación posible era que tal vez me estaban hipnotizando. Sus movimientos me resultaban tan nuevos y tan sospechosos que me puse a girar en racionalizaciones. Pensé que, si me hallaba hipnotizado, ocupaba un estado de conciencia alterada. En mi experiencia con don Juan había notado que, en tales estados, uno es incapaz de llevar cuenta coherente del paso del tiempo. En ese respecto, jamás había habido un orden perdurable en ninguno de los estados de realidad no ordinaria experimentados por mí, y mi conclusión fue que, manteniéndome alerta, llegaría un momento en el que perdería mi orden de tiempo secuencial. Como si, por ejemplo, estuviese mirando una montaña en determinado momento, y luego, en mi siguiente instante de conciencia, me hallase mirando un valle en la dirección opuesta, pero sin recordar haber dado la vuelta. Sentí que, de ocurrirme algo de tal naturaleza, tal vez me sería posible explicar lo que ocurría con mi coche como un caso de hipnosis. Decidí que lo único a hacer era observar cada detalle con minuciosidad extrema.

-¿Dónde está mi carro? -pregunté, dirigiéndome a ambos.

-¿Dónde está el carro, Genaro? -preguntó don Juan con una expresión totalmente seria.

Don Genaro empezó a voltear piedras para mirar debajo. Trabajó febrilmente en todo el espacio llano donde yo había estacionado el coche. No pasó por alto una sola piedra. A veces fingía enojarse y arrojaba la piedra al matorral.

Don Juan parecía disfrutar la escena a un grado inexpresable. Reía y chasqueaba la lengua y casi ignoraba mi presencia.

Don Genaro acababa de arrojar una piedra, en un arranque de frustración mentida, cuando llegó a un peñasco de buen tamaño, la única piedra grande y pesada en el área. Intentó volcarla, pero pesaba demasiado y se hallaba incrustada en el suelo. Pugnó y resopló hasta empezar a sudar. Luego se sentó en la roca y llamó a don Juan en su ayuda.

Don Juan me miró con una sonrisa resplandeciente y dijo:

-Anda, vamos a echarle una mano a Genaro.

-¿Pero qué es lo que está haciendo? -pregunté.

-Está buscando tu carro -dijo don Juan con desenfado y naturalidad.

-¡Por Dios! ¿Cómo va a encontrarlo debajo de las piedras?

-Por Dios, ¿por qué no? -repuso don Genaro, y ambos se carcajearon.

No pudimos mover la roca. Don Juan sugirió que fuéramos a la casa a buscar un madero grueso que usar como palanca.

En el camino a la casa, les dije que sus actos eran absurdos y que eso que me hacían, fuera lo que fuese, no tenía caso.

Don Genaro me escudriñó.

-Genaro es un hombre muy cabal -dijo don Juan con expresión seria-. Es tan cabal y meticuloso como tú. Tú mismo dijiste que nunca dejas una sola piedra sin voltear. Él está haciendo lo mismo.

Don Genaro me palmeó el hombro y dijo que don Juan tenía toda la razón y que, de hecho, él quería ser como yo. Me miró con un brillo de locura y abrió las fosas nasales.

Don Juan chocó las manos y arrojó su sombrero al suelo.

Tras una larga búsqueda en torno a la casa, don Genaro encontró un tronco de árbol, largo y bastante grueso, parte de una viga. Lo cargó atravesado en los hombros e iniciamos el regreso al sitio donde había estado mi coche.

Cuando subíamos el cerrito y estábamos a punto de alcanzar un recodo del camino, desde donde se veía el espacio llano, tuve una ocurrencia súbita. Pensé que iba a hallar el coche antes que ellos, pero al mirar hacia abajo no había ningún coche al pie del cerro.

Don Juan y don Genaro deben haber comprendido lo que yo tenía en mente y corrieron en pos de mí, riendo con regocijo.

Apenas llegamos al pie del cerro, pusieron manos a la obra. Los observé unos momentos. Sus acciones eran incomprensibles. No fingían trabajar; se hallaban inmersos de lleno en la tarea de volcar un peñasco para ver si mi coche estaba debajo. Eso era demasiado para mí, y me uní a ellos.

Resoplaban y gritaban y don Genaro aullaba como coyote. Estaban empapados de sudor. Noté lo fuerte que eran sus cuerpos, sobre todo el de don Juan. Junto a ellos, yo era un joven flácido. No tardé en sudar también, copiosamente. Por fin logramos voltear el peñasco y don Genaro examinó la tierra bajo la roca con la paciencia y la minuciosidad más enloquecedoras.

-No. No está aquí -anunció.

La aseveración hizo a ambos tirarse en el suelo de risa.

Yo reí con nerviosismo. Don Juan parecía tener verdaderos espasmos de dolor; se cubrió el rostro y se acostó mientras su cuerpo se sacudía de risa.

-¿En qué dirección vamos ahora? -preguntó don Genaro tras un largo descanso.

Don Juan señaló con un movimiento de cabeza.

-¿A dónde vamos? -pregunté.

-¡A buscar tu carro! -dijo don Juan, sin la menor sonrisa.

Volvieron a flanquearme cuando entramos en el matorral. Sólo habíamos cubierto unos cuantos metros cuando don Genaro hizo señas de que nos detuviéramos. Fue de puntillas hasta un arbusto redondo que se hallaba a unos pasos, se asomó a las ramas internas y dijo que el coche no estaba allí.

Seguimos caminando un rato y luego don Genaro nos inmovilizó con un ademán. Parado de puntas, arqueó la espalda y estiró los brazos por encima de la cabeza. Sus dedos, contraídos, semejaban una garra.

Desde mi posición, el cuerpo de don Genaro tenía la forma de una letra S. Conservó la postura un instante y luego se abalanzó de cabeza sobre una rama larga, con hojas secas. La levantó con cuidado y, después de examinarla, comentó de nuevo que el coche no estaba allí.

Conforme nos adentrábamos en el matorral, él buscaba detrás de los arbustos y trepaba pequeños árboles de paloverde para mirar entre el follaje, sólo para concluir que el coche tampoco estaba allí.

Mientras tanto, yo llevaba concienzudas cuentas de todo cuanto tocaba o veía. Mi visión secuencial y ordenada del mundo en torno, era tan continua como siempre. Toqué rocas, arbustos, árboles. Mirando primero con un ojo y después con el otro, cambié el enfoque de un primer plano a un plano general. Según todos los cálculos, me hallaba caminando por el chaparral como en veintenas de ocasiones anteriores durante mi vida cotidiana.

Luego, don Genaro se acostó bocabajo y nos pidió hacer lo mismo. Descansó la barbilla en las manos entrelazadas. Don Juan lo imitó. Ambos se quedaron mirando una serie de pequeñas protuberancias en el suelo, semejantes a cerros diminutos. De pronto, don Genaro hizo un amplio movimiento con la diestra y asió algo. Se puso en pie apresuradamente, y lo mismo don Juan. Don Genaro nos mostró la mano cerrada y nos hizo seña de ir a mirar. Luego, lentamente, empezó a abrir la mano. Cuando la tuvo extendida, un gran objeto negro salió volando. El movimiento fue tan súbito, y el objeto volador tan grande, que salté hacia atrás y estuve a punto de perder el equilibrio.

Don Juan me apuntaló.

-No era el carro -se quejó don Genaro-. Era una pinche mosca. ¡Ni modo!

Ambos me escudriñaban. Se hallaban parados frente a mí y no me miraban directamente, sino con el rabo del ojo. Fue una mirada prolongada.

-Era una mosca, ¿verdad? -me preguntó don Genaro.

-Creo que sí -dije.

-No creas -me ordenó don Juan imperativamente-. ¿Qué viste?

-Vi algo del tamaño de un cuervo que salía volando de su mano -dije.

Mi descripción era congruente con mi percepción y nada tenía de chiste, pero ellos la recibieron como una de las frases más hilarantes pronunciadas aquel día. Ambos dieron saltos y rieron hasta atragantarse.

-Creo que Carlos ya tuvo suficiente -dijo don Juan. Su voz estaba ronca por la risa.

Don Genaro dijo que estaba a punto de encontrar mi coche, que sentía andar cada vez más caliente. Don Juan observó que estábamos en una zona agreste y que hallar allí el coche no era deseable. Don Genaro se quitó el sombrero y reacomodó la cinta con un trozo de cordel sacado de su morral; a continuación, ató su cinturón de lana a una borla amarilla pegada al ala.

-Estoy haciendo una cometa con mi sombrero -me dijo.

Lo observé y supe que bromeaba. Yo siempre me había considerado un experto en cometas. De niño, solía hacer cometas de lo más complejo, y sabía que el ala del sombrero de paja era demasiado frágil para resistir el viento. Por otra parte, la copa era demasiado honda y el aire circularía dentro de ella, haciendo imposible el despegue.

-No crees que vuele, ¿verdad? -me preguntó don Juan.

-Sé que no volará -dije.

Don Genaro, sin preocuparse, terminó de añadir un largo cordel a su cometa-sombrero.

Hacía viento, y don Genaro corrió cuestabajo mientras don Juan sostenía el sombrero; luego don Genaro jaló el cordel y la maldita cosa echó a volar.

-¡Mira, mira la cometa! -gritó don Genaro.

Dio un par de tumbos, pero permaneció en el aire.

-No quites los ojos de ella -dijo don Juan con firmeza.

Por un momento me sentí mareado. Mirando la cometa, tuve una viva memoria de otro tiempo; era como si yo mismo estuviese volando una cometa, como solía hacer cuando soplaba el viento en las colinas de mi pueblo.

Durante un breve instante, hundido en el recuerdo, perdí conciencia del paso del tiempo. Oí que don Genaro gritaba algo y vi el sombrero dar de tumbos y luego caer al suelo, donde estaba mi coche. Todo ocurrió con tal velocidad que no tuve una percepción clara de lo ocurrido.

Me sentí mareado y distraído. Mi mente se aferraba a una imagen muy confusa. O había yo visto que el sombrero de don Genaro se convertía en mi coche, o bien que el sombrero caía encima del coche. Quise creer lo último, que don Genaro había usado su sombrero para señalar mi coche. No que importara en realidad: una cosa era tan impresionante como la otra, pero así y toda mi mente se aferraba a ese detalle arbitrario con el fin de conservar su equilibrio original.

-No luches -oí decir a don Juan.

Sentí que algo en mi interior estaba a punto de emerger. Pensamientos e imágenes acudían en oleadas incontrolables, como si me estuviera quedando dormido. Miré, atónito, el coche. Se hallaba en un espacio llano rocoso, a unos treinta metros de distancia. Parecía como si alguien acabara de colocarlo allí. Corrí hacia él y empecé a examinarlo.

-¡Carajo! -exclamó don Juan-. No te quedes viéndolo. ¡Para el mundo!

Luego, como entre sueños, lo oí gritar:

-¡El sombrero de Genaro! ¡El sombrero de Genaro!

Los miré. Me miraban de frente. Sus ojos eran penetrantes. Sentí un dolor en el estómago. Tuve una jaqueca instantánea y me puse enfermo. Don Juan y don Genaro me miraron con curiosidad. Estuve un rato sentado junto al coche y luego, en forma por completo automática, abrí la puerta para que don Genaro subiese en la parte trasera. Don Juan lo siguió y se sentó a su lado. Eso me pareció extraño, pues por lo común él siempre viajaba en el asiento delantero.

Manejé hacia la casa de don Juan. Una especie de bruma me envolvía. Yo no era yo mismo en absoluto. Tenía el estómago revuelto, y la sensación de náusea demolía toda mi sobriedad. Manejaba mecánicamente. Oí que don Juan y don Genaro reían en el asiento trasero, como niños. Oí a don Juan preguntarme:

-¿Ya estamos llegando?

Hasta entonces me fijé deliberadamente en el camino. Nos hallábamos muy cerca de su casa.

-Ya casi llegamos -murmuré.

Aullaron de risa. Chocaron las manos y se golpearon los muslos. Al llegar a la casa, me apresuré automáticamente a bajar y les abrí la puerta. Don Genaro bajó primero y me felicitó por lo que llamaba el viaje más tranquilo y agradable que había hecho en toda su vida. Don Juan dijo lo mismo. No les presté mucha atención.

Cerré el coche y a duras penas pude llegar a la casa. Antes de dormirme, oí las carcajadas de don Juan y don Genaro.



[17] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. UN ADVERSARIO QUE VALE LA PENA.

 



Martes 11 de diciembre de 1962


Mis trampas eran perfectas; la ubicación era correcta; vi conejos, ardillas y otros roedores, perdices, pájaros, pero nada pude capturar en todo el día. Don Juan me dijo, cuando salíamos de su casa muy de mañana, que ese día habría de esperar un "regalo de poder", un animal excepcional que tal vez cayera en mis trampas y cuya carne podría yo secar para convertir en "comida de poder".

Don Juan parecía pensativo. No hizo una sola sugerencia o comentario. Casi al terminar el día, habló por fin.

-Alguien está interfiriendo con tu cacería -dijo.

-¿Quién? -pregunté, verdaderamente sorprendido.

Me miró y sonrió y meneó la cabeza en un gesto incrédulo.

-Te portas como si no supieras quién -dijo-. Y lo has sabido todo el día.

Yo iba a protestar, pero no le vi objeto. Supe que don Juan diría "la Catalina", y si de ese tipo de conocimiento hablaba, tenía razón, yo sí sabía quién.

-O nos vamos ahorita a la casa -prosiguió-, o esperamos que oscurezca y usamos el crepúsculo para agarrarla. Parecía esperar mi decisión. Yo quería marcharme. Empecé a levantar un mecate que estaba usando, pero antes de que pudiera dar voz a mi deseo él me detuvo con una orden directa.

-Siéntate -dijo-. Lo más sencillo y cuerdo sería irnos y ya, pero éste es un caso peculiar y creo que debemos quedarnos. Esta función de teatro es nada más para tí.

-¿Qué quiere usted decir?

-Alguien está interfiriendo contigo, en particular, por eso ésta es tu función. Yo sé quién y tú también sabes quién.

-Me asusta usted -dije.

-Yo no -repuso, riendo-. Te asusta esa vieja, que anda por allí merodeando. Hizo una pausa como si esperara que el efecto de sus palabras se hiciera visible en mí. Tuve que admitir mi terror. Hacía más de un mes que había tenido una horrenda confrontación con una bruja llamada "la Catalina". La enfrenté con riesgo de mi vida porque don Juan me convenció de que ella deseaba matarlo y él era incapaz de contener sus ataques. Cuando hube entrado en contacto con ella, don Juan me reveló que la mujer no había representado en realidad ningún peligro para él, y que todo el asunto había sido una trampa, no en el sentido de travesura malicia sino en el de un lazo que me había tendido.

Su método me pareció tan carente de ética que me enfurecí con él. Al oír mi estallido iracundo, don Juan se puso a cantar canciones rancheras. Imitó cantantes populares y sus versiones eran tan cómicas que terminé riendo como un niño. Me entretuvo durante horas. Yo no sabía que tuviese tal repertorio de canciones idiotas.

-Déjame decirte algo -dijo finalmente en aquella ocasión-. Si no nos pusieran trampas, nunca aprenderíamos. Lo mismo me pasó a mí, y le pasa a cualquiera. El arte de un maestro es llevarnos hasta el límite. Un maestro sólo puede señalar el camino y hacer trampas. Te puse una antes. ¿No recuerdas la forma en que recobré tu espíritu de cazador? Tú mismo me dijiste que cazar te hacía olvidarte de las plantas. Estuviste dispuesto a hacer un montón de cosas para llegar a ser cazador, cosas que no habrías hecho por saber de las plantas. Ahora debes hacer mucho más si quieres sobrevivir.

Se me quedó mirando y estalló en un arranque de risa.

-Todo esto es una locura -dije-. Somos seres racionales.

-Tú eres racional -repuso-. Yo no.

-Por supuesto que sí -insistí-. Usted es uno de los hombres más racionales que he conocido.

-¡Muy bien! -exclamó-. No discutamos. Soy racional, ¿y eso qué?

Lo envolví en el argumento de por qué era necesario que dos seres racionales procedieran en forma tan insana como nosotros habíamos procedido con la bruja.

-De veras eres racional -dijo él con fiereza-. Y eso significa que crees conocer mucho del mundo, pero ¿conoces? ¿Conoces en verdad? Sólo has visto las acciones de la gente. Tus experiencias se limitan únicamente a lo que la gente te ha hecho o le ha hecho a otros. No sabes nada de este misterioso mundo desconocido.

Me hizo seña de seguirlo a mi auto, y viajamos al pequeño pueblo mexicano que había cerca. No pregunté qué íbamos a hacer. Me hizo estacionar el coche junto a una fonda, y luego caminamos rodeando la terminal de autobuses y un almacén general. Don Juan iba a mi derecha, guiándome. De pronto me di plena cuenta de que otra persona caminaba junto a mí, a mi izquierda, pero don Juan, sin darme tiempo a volver el rostro para mirar, hizo un movimiento veloz y súbito; se agachó como si recogiera algo del suelo, y luego me asió por el sobaco cuando estuve a punto de tropezar con él. Me arrastró al coche, y no soltó mi brazo ni siquiera para permitirme abrir la puerta. Tantaleé un momento con las llaves. Él me empujó con gentileza al interior del coche y luego subió a su vez.

-Maneja despacio y párate frente a la tienda -dijo.

Cuando me hube detenido, don Juan me hizo, con la cabeza, seña de mirar. La Catalina estaba parada en el sitio donde don Juan me había agarrado el brazo. Respingué involuntariamente. La mujer dió unos pasos hacia el coche y se paró desafiante. La escudriñé con cuidado y concluí que era hermosa. Era muy morena y rechoncha, pero parecía fuerte y muscular. Tenía un rostro redondo, lleno, con pómulos altos y dos largas trenzas de cabello negrísimo. Lo que más me sorprendió fue su juventud. No podría tener mucho más de treinta años, a lo sumo.

-Que se acerque más si quiere -susurró don Juan.

La Catalina dio tres o cuatro pasos hacia mi coche y se detuvo a unos tres metros de distancia. Nos miramos. En ese momento sentí que no había en ella ninguna amenaza. Sonreí y la saludé con la mano. Ella rió, como niñita tímida, y se cubrió la boca. Me sentí deleitado. Me volví a don Juan para comentar la apariencia y la conducta de la muchacha, y él casi me mata de susto con un grito.

-¡No le des la espalda a esa mujer, hijo de la chingada! -dijo con voz conminadora.

Me volví rápidamente a mirar a la Catalina. Había dado otros pasos hacia el coche y se hallaba a menos de metro y medio de mi puerta. Sonreía; sus dientes eran grandes y blancos y muy limpios. Pero había algo extraño en su sonrisa. No era amistosa; era una mueca contenida; sólo sonreía la boca. Los ojos, negros y fríos, me miraban con fijeza.

Experimenté un escalofrío en todo el cuerpo. Don Juan echó a reír en un cacareo rítmico; tras un momento de espera, la mujer retrocedió despacio y desapareció entre la gente. Nos alejamos, y don Juan especuló que, si yo no templaba mi vida y aprendía, la Catalina iba a aplastarme con el pie, como a un bicho indefenso.

Ésa es el adversario que te dije que te había encontrado -dijo.

Don Juan dijo que debíamos esperar un augurio, antes de saber qué hacíamos con la mujer que interfería mi caza.

-Si oímos o vemos un cuervo, será señal de que podemos esperar, y también sabremos dónde esperar -añadió.

Dio vuelta, despacio, en un círculo completo, escudriñando todo el entorno.

-Éste no es el sitio para esperar -dijo en un susurro.

Echamos a andar hacia el este. Ya había oscurecido bastante. De pronto, dos cuervos salieron volando de unos arbustos altos, y desaparecieron tras un cerro. Don Juan dijo que el cerro era nuestro destino. Cuando llegamos, lo circundó, y eligió un sitio orientado al sureste, al pie del cerro. Limpió de ramas secas, hojas y otra basura, un espacio circular de metro y medio o dos metros de diámetro.

Intenté ayudarlo, pero me rechazó con un vigoroso ademán. Se puso el índice sobre los labios e hizo gesto de silencio. Al terminar, me jaló al centro del círculo, me hizo mirar al sur, con el cerro a las espaldas, y me susurró al oído que imitara sus movimientos. Inició una especie de danza, produciendo un golpeteo con el pie derecho; consistía en siete tiempos iguales, espaciados por un conglomerado de tres patadas rápidas. Traté de adaptarme a su ritmo, y tras algunos intentos desmañados fui más o menos capaz de reproducir el golpeteo.

-¿Para qué es esto? -le susurré al oído.

Respondió, también susurrando, que yo estaba golpeando la tierra como un conejo, y que tarde o temprano la presencia acechante, atraída por el ruido, vendría a ver qué pasaba. Una vez que hube copiado el ritmo, don Juan dejó de patalear, pero a mí me hizo proseguir, marcando el paso con un movimiento de su mano. De tiempo en tiempo escuchaba atento, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, al parecer para discernir sonidos entre el matorral. En cierto punto me hizo seña de cesar y mantuvo una postura de lo más alerta; era como si se hallase pronto a dar un salto y caer sobre un asaltante desconocido e invisible.

Luego me indicó reanudar el golpeteo, y tras un rato me hizo parar de nuevo. Cada vez que yo me detenía, él escuchaba con tal concentración que cada fibra de su cuerpo parecía tensarse casi hasta reventar. De pronto saltó a mi lado y me susurró al oído que el crepúsculo estaba en pleno poder. Miré alrededor. El matorral era una masa oscura, y lo mismo los cerros y las rocas. El cielo era azul oscuro y ya no distinguía ya las nubes. El mundo entero parecía una masa uniforme de siluetas oscuras sin límites visibles.

Oí a lo lejos el grito escalofriante de un animal: un coyote o quizá un ave nocturna. Ocurrió tan de repente que no le presté atención. Pero el cuerpo de don Juan amagó un sobresalto. Parado junto a él, sentí su vibración.

-Dale de nuevo -susurró-. Patea otra vez y ponte listo. Ya ella está aquí.

Empecé a patalear con furia y don Juan puso su pie sobre el mío y me hizo señas frenéticas de que me calmara y golpease rítmicamente.

-No la asustes -me dijo al oído-. Tranquilízate y no pierdas el juicio.

Nuevamente empezó a marcarme el paso, y la segunda vez que me hizo parar volví a escuchar el mismo grito. Ahora parecía ser el grito de un ave que volaba sobre el cerro.

Don Juan me hizo patalear una vez más, y en el momento de cesar oía mi izquierda un peculiar sonido crujiente. Era el ruido que produciría un animal pesado al cruzar entre las matas secas. Pensé fugazmente en un oso, pero caí en la cuenta de que no había osos en el desierto. Me cogí del brazo de don Juan y él me sonrió y se llevó el dedo a la boca en gesto de silencio. Fijé la mirada en la oscuridad hacia mi izquierda, pero él me indicó no hacerlo. Señaló repetidamente algo por encima de mi cabeza y luego me hizo girar, despacio y en silencio, hasta que me vi encarando la masa oscura del cerro. Don Juan mantenía el dedo apuntando a cierto punto del cerro. Adherí mi vista a dicho sitio y de pronto, como en una pesadilla, una sombra negra me saltó encima. Chillé y caí de espaldas al suelo. Durante un momento la silueta se sobreimpuso al cielo azul oscuro y luego voló por el aire y aterrizó más allá de nosotros, en el matorral. Oí el sonido de un cuerpo pesado que caía con estruendo sobre los arbustos, y después un extraño clamor.

Don Juan me ayudó a levantarme y me guió, en la oscuridad, al sitio donde había dejado mis trampas. Me hizo reunirlas y desarmarlas, y luego desparramó las piezas en todas direcciones. Realizó todo esto sin decir palabra. No hablamos en el camino a su casa.

-¿Qué quieres que te diga? -preguntó don Juan después de que lo hube instado repetidas veces a explicar los eventos acontecidos unas horas antes.

-¿Qué cosa era? -pregunté.

-Sabes muy bien quién era -dijo-. No me vengas con eso de "qué cosa era". Lo importante es quién era. Yo había urdido una explicación que parecía satisfacerme. La figura que vi podría haber sido una cometa: alguien lo había soltado arriba del cerro mientras alguien más, a nuestra espalda, lo jalaba al suelo, dando así el efecto de una silueta oscura que voló por el aire cosa de quince o veinte metros.

Escuchó atentamente mi explicación y luego rió hasta que se le salieron las lágrimas.

-Ya no te andes por las ramas -lijo-. Al grano. ¿No era una mujer?

Tuve que admitir que, al caer y alzar la vista, vi saltar sobre mí, en un movimiento muy lento, la silueta oscura de una mujer con falda larga; luego algo pareció jalar a la silueta y ésta voló con gran velocidad y se estrelló en los arbustos. De hecho, ese movimiento fue lo que me dio la idea de que se trataba de una cometa.

Don Juan rehusó seguir discutiendo el incidente.

Al otro día, salió a cumplir algún mandado y fui a visitar a unos amigos yaquis de otra comunidad.


Miércoles 12 de diciembre de 1962


Apenas llegué al poblado yaqui, el tendero mexicano me dijo que una compañía de Ciudad Obregón le había rentado un tocadiscos y veinte discos para la fiesta que iba a dar esa noche en honor de la Virgen de Guadalupe. Ya había contado a todos cómo hizo los arreglos necesarios a través de Julio, el agente viajero que llegaba a la población yaqui dos veces por mes para cobrar los abonos de la ropa barata que había logrado vender, a plazos, a algunos indios. Julio trajo el tocadiscos temprano por la tarde, y lo conectó al generador eléctrico verificando así su correcto funcionamiento,  subió el volumen al máximo, recordó al tendero que no tocara los botones, y empezó a acomodar los veinte discos.

-Sé cuántos rayones tiene cada uno -advirtió al tendero.

-Eso díselo a mi hija -respondió el otro.

-El responsable eres tú, no tu hija.

-De todos modos, ella es la que va a estar cambiando los discos.

Julio recalcó que a él no le importaba quién fuera a manejar el aparato, siempre y cuando el tendero pagara los discos dañados. El tendero se puso a discutir con Julio. El rostro de Julio enrojeció. De tiempo en tiempo se volvía hacia el nutrido grupo de yaquis congregado frente a la tienda y daba muestras de desesperanza o frustración moviendo las manos o contorsionando la cara en una mueca. Como último recurso, exigió un depósito en efectivo. Eso precipitó otra larga discusión acerca de qué cosa debía tomarse por un disco dañado. Julio declaró con autoridad que cualquier disco roto tenía que pagarse a precio de nuevo. El tendero se enojó más y empezó a quitar sus extensiones eléctricas. Parecía decidido a desconectar el tocadiscos y cancelar la fiesta. Aclaró a sus clientes, reunidos frente a la tienda, que había hecho lo posible por entrar en tratos con Julio.

Durante un momento pareció que la fiesta fallaría antes de comenzar. Blas, el viejo yaqui que me alojaba en su casa, hizo en voz alta comentarios despectivos acerca del triste estado de cosas entre los yaquis, que ni siquiera podían celebrar su festividad religiosa más reverenciada, el día de la Virgen de Guadalupe.

Quise intervenir y ofrecer mi ayuda, pero Blas lo impidió. Dijo que, si yo cubriera el depósito requerido, el tendero mismo haría pedazos los discos.

-Es peor que cualquiera -dijo-. Que pague él. Bien que nos chupa sangre. Déjalo que pague.

Tras una larga discusión en la que, extrañamente, todos los presentes estaban en favor de Julio, el tendero logró términos que satisficieron a ambas partes. No pagó el depósito en efectivo, pero aceptó responsabilidad por los discos y el aparato.

La motocicleta de Julio dejó una estela de polvo cuando el viajante se dirigió a algunas de las casas más remotas de la localidad. Blas dijo que estaba tratando de agarrar a sus clientes antes de que ellos viniesen a la tienda y gastaran todo su dinero en tragos. Mientras hablaba, un grupo de indios salió de tras la tienda. Blas los miró y echó a reír, y lo mismo hicieron todos los demás.

Blas me dijo que esos indios eran clientes de Julio y habían estado escondidos detrás de la tienda, esperando que se fuera.

La fiesta comenzó temprano. La hija del tendero puso un disco en el tocadiscos y bajó el brazo; hubo un estruendo chillante y un zumbido muy agudo; y luego se oyó un ensordecedor sonido de trompeta y algunas guitarras.

La fiesta consistía en tocar los discos a todo volumen, Había cuatro mexicanos jóvenes que bailaban con las dos hijas del tendero y con otras tres muchachas mexicanas. Los yaquis no bailaban; observaban con aparente deleite cada movimiento de los bailarines, Parecían divertirse nada más mirando y engullendo tequila barato.

Invité copas a todos los que conocía. Quería evitar cualquier resentimiento. Circulé entre los numerosos indios, conversando con ellos y brindándoles  tragos. Mi patrón de conducta funcionó hasta que se dieron cuenta de que yo no bebía. Eso pareció molestar simultáneamente a todo el mundo.

Era como si, colectivamente, hubieran descubierto que yo no encajaba allí. Los indios se pusieron muy hoscos y me dirigían miradas de reojo. Los mexicanos, que se hallaban tan borrachos como los indios, advirtieron al mismo tiempo que yo no había bailado, y eso pareció ofenderlos a un grado incluso mayor. Se pusieron muy agresivos.

Uno de ellos me agarró el brazo y me llevó más cerca del tocadiscos; otro me sirvió una taza entera de tequila y quiso que me la tomara de un trago para demostrar que era macho. Traté de ganar tiempo y reí estúpidamente, como si disfrutara de toda esa situación. Dije que me gustaría bailar primero y beber después. Uno de los jóvenes gritó el título de una canción. La muchacha a cargo del aparato empezó a buscar en la pila de discos. Parecía algo achispada, aunque ninguna de las mujeres había bebido en público, y tuvo dificultades para encajar el disco en la espiga.

Un joven dijo que el disco elegido no era un twist; ella revolvió la pila, tratando de hallar la música adecuada, y todo el mundo se cerró en torno a ella y me dejó. Eso me dió tiempo para correr detrás de la tienda, salir del área iluminada y quedar fuera de vista.

Parado a unos treinta metros de distancia, en la oscuridad de unos matorrales, traté de decidir qué hacía. Me hallaba cansado. Sentí que era tiempo de subir en mi coche y volver a casa. Eché a andar hacia la vivienda de Blas, donde estaba el coche. Calculé que, si manejaba despacio, nadie se daría cuenta de que me iba.

Al parecer, la gente a cargo de la música seguía buscando el disco -todo lo que yo podía oír era el zumbido agudo de la bocina-, pero luego surgió el estruendo de un twist. Reí, pensando que probablemente habían vuelto los ojos buscándome, sólo para descubrir mi desaparición.

Vi siluetas oscuras de personas que iban en dirección opuesta, hacia la tienda. Nos cruzamos y murmuraron: "Buenas noches." Los reconocí y les hablé. Les dije que la fiesta estaba buena.

Antes de llegar a un brusco recodo del camino, me encontré con otras dos personas; no las reconocí, pero las saludé de todos modos. El escándalo del tocadiscos era casi tan fuerte allí, en el camino, como frente a la tienda. Era una noche oscura, sin estrellas, pero el brillo de las luces de la tienda me permitía una percepción visual bastante buena del contorno. La casa de Blas quedaba muy cerca, y aceleré el paso. Noté entonces la figura oscura de una persona, sentada o tal vez acuclillada a mi izquierda, en el recodo. Pensé por un instante que podía ser uno de los asistentes a la fiesta, que se había ido antes que yo.

La persona parecía estar defecando al lado del camino. Eso resultaba extraño. La gente de la comunidad se adentraba en el matorral cuando quería hacer sus necesidades. Pensé que quien estaba frente a mí debía hallarse borracho.

Llegué al recodo y dije: "Buenas noches." La respuesta fue un aullido áspero, inhumano. Los vellos de mi cuerpo se erizaron. Por un segundo quedé paralizado. Luego eché a andar aprisa. Lancé un vistazo breve. Vi que la silueta oscura se había incorporado a medias; era una mujer. Se hallaba encorvada, inclinada hacia adelante; caminó unos metros en esa postura y luego saltó. Eché a correr, mientras la mujer saltaba como un  pájaro a mi lado, manteniéndose a la par. Cuando llegué a la casa de Blas, me estaba cortando el camino y casi nos tocábamos.

Salté una zanjita seca frente a la casa y entré, casi derribando la frágil puerta. Blas ya se encontraba en la casa y mi historia no pareció preocuparlo.

-Te jugaron una buena -dijo, tranquilizándome-. A los indios les encanta molestar a los yoris (mexicanos o no indios).

La experiencia me había espantado tanto que al día siguiente fui a casa de don Juan en vez de volver a la mía como había planeado.

Don Juan regresó al atardecer. Sin darle tiempo a decir nada, barboté la historia completa, incluyendo el comentario de Blas. La cara de don Juan se ensombreció. Acaso fue sólo mi imaginación, pero pensé que estaba preocupado.

-No te fíes mucho de lo que Blas te dijo -aconsejó en tono serio-. No sabe nada de las luchas entre brujos. Debías haber sabido que era algo serio en el momento en que viste la sombra a tu izquierda. Pero no debiste correr.

-¿Y qué debería haber hecho? ¿Quedarme allí parado?

-Correcto. Cuando un guerrero se encuentra con su adversario, y el adversario no es un ser humano ordinario, tiene que plantarse. Eso es lo único que lo hace invulnerable.

-¿Qué dice usted, don Juan?

-Digo que has tenido tu tercer encuentro con el adversario que vale la pena. Te anda siguiendo, esperando que tengas un momento de debilidad. Esta vez casi te atrapa. Sentí un brote de angustia y lo acusé de ponerme riesgos innecesarios. Me quejé de que estaba jugando conmigo un juego cruel.

-Sería cruel si esto le hubiera pasado a un hombre común y corriente -dijo-. Pero uno deja de ser común en el instante en que empieza a vivir cono guerrero. Además, no te busqué un adversario que vale la pena porque quiera jugar contigo, o fastidiarte, o enojarte. Un adversario digno podría servirte de acicate; bajo la influencia de una oponente como la Catalina, tal vez tengas que echar mano de todo cuanto te he enseñado. No te queda otra alternativa.

Guardamos silencio un rato. Sus palabras me habían provocado una tremenda aprensión. Luego me pidió imitar lo mejor posible el grito que oí después de decir: "Buenas noches."

Intenté reproducir el sonido y lancé un aullido extraño que me asustó. A don Juan debe haberle parecido chistosa mi interpretación; rió casi incontrolablemente. Después me hizo reconstruir la secuencia total: la distancia que corrí, la distancia a que la mujer estaba cuando la encontré y a qué distancia cuando llegué a la casa, y el sitio en que empezó a saltar.

-Ninguna india gorda podría brincar así -dijo después de sopesar todas aquellas variables-. Ni siquiera podría correr tanto. Me hizo saltar. No pude cubrir más de un metro veinte en cada brinco, y si mi percepción era correcta, los saltos de la mujer habían sido cuando menos de tres metros.

-Bueno, has de saber que de ahora en adelante debes estar siempre alerta -dijo don Juan con gran urgencia-. Esa mujer va a tratar de tocarte el hombro izquierdo en un momento de descuido y debilidad.

-¿Qué debo hacer? -pregunté.

-No tiene caso quejarse -dijo él-. De ahora en adelante, lo que importa es la estrategia de tu vida.

Yo no podía concentrarme en lo que decía. Tomaba notas en forma automática. Tras un largo silencio me preguntó si tenía yo algún dolor en la nuca o detrás de las orejas. Repuse que no, y él me dijo que, si hubiera experimentado una sensación desagradable en cualquiera de esas dos partes, eso habría significado que la Catalina me había hecho daño aprovechando mi torpeza.

-Todo lo que hiciste anoche fue una torpeza -dijo-. En primer lugar, fuiste a la fiesta a perder el tiempo, como si hubiera tiempo que perder. Eso te debilitó.

-¿Quiere usted decir que no debo ir a fiestas?

-No, no digo eso. Puedes ir a donde se te antoje, pero si vas, debes aceptar la entera responsabilidad de ese acto. Un guerrero vive su vida estratégicamente. Sólo asiste a una fiesta o a una reunión así, en caso de que su estrategia lo pida. Eso significa, desde luego, que tiene dominio total y realiza todos los actos que considera necesarios.

Me miró con fijeza y sonrió; luego se cubrió la cara y rió suavemente.

-Estás en un buen aprieto -dijo-. Tu adversario te está pisando los talones y, por primera vez en tu vida, no puedes permitirte el lujo de actuar por las puras. Esta vez debes aprender un hacer totalmente distinto, el hacer de la estrategia. Considéralo así. En caso de que sobrevivas a los ataques de la Catalina, algún día tendrás que darle las gracias por haberte forzado a cambiar de hacer.

-¡Qué cosa tan terrible! -exclamé-. ¿Y si no sobrevivo?

-Un guerrero nunca se entrega a esos pensamientos -dijo-. Cuando tiene que actuar con sus semejantes, un guerrero sigue el hacer de la estrategia, y en ese hacer no hay victorias ni derrotas. En ese hacer sólo hay acciones.

Le pregunté qué implicaba el hacer de la estrategia.

-Implica que uno no está a merced de la gente -repuso-. En esa fiesta, por ejemplo, fuiste un payaso, no porque conviniera a tus propósitos el ser un payaso, sino porque te colocaste a merced de aquella gente. Nunca tuviste el menor dominio y por eso tuviste que salir huyendo.

-¿Qué debía haber hecho?

-No ir a la fiesta, o bien ir a fin de cumplir un acto especifico.

Después de tratar con los yoris estabas débil y la Catalina usó esa oportunidad. Se puso a esperarte en el camino. Pero tu cuerpo sabía que algo andaba fuera de lugar, y así y todo le hablaste. Eso estuvo muy mal. No debes dirigir una sola palabra a tu oponente durante esos encuentros. Luego le diste la espalda. Eso estuvo peor todavía. Luego corriste de ella, ¡y eso fue lo peor que podrías haber hecho!

Parece que la vieja ésa es torpe. Una bruja de las buenas te habría agarrado allí mismo, en el instante en que volviste la espalda y echaste a correr.

Por lo pronto, tu única defensa es plantarte y bailar tu danza.

-¿De qué danza habla usted? -pregunté.

Dijo que el "pataleo de conejo" que me había enseñado era el primer movimiento de la danza que un guerrero cultiva y acrecienta toda su vida, y luego ejecuta en su última parada sobre la tierra.

Tuve un momento de rara sobriedad y me vino una serie de pensamientos. En cierto nivel, estaba claro que lo ocurrido entre la Catalina y yo, la primera vez que la enfrenté, era real. La Catalina era real, y no podía descartarse la posibilidad de que verdaderamente me estuviera siguiendo. En otro nivel, yo no comprendía cómo estaba siguiéndome, y eso daba pábulo a la leve sospecha de que don Juan me estuviera engañando, y de que él mismo produjera de algún modo los extraños efectos de los que fui testigo.

Don Juan miró de pronto el cielo y me dijo que todavía había tiempo de ir a ver a la bruja. Me aseguró que corríamos muy poco peligro, porque sólo pasaríamos en el coche frente a su casa.

-Debes confirmar su forma -dijo don Juan-. Así ya no quedarán dudas en tu mente, en un sentido o en otro.

Las manos me empezaron a sudar profusamente y tuve que secarlas repetidas veces con una toalla. Subimos en mi coche y don Juan me encaminó a la carretera principal y luego a un camino amplio, sin pavimentar. Conduje por la parte central; camiones y tractores habían dejado hondos surcos y mi coche tenía la suspensión demasiado baja para ir por la derecha, o por la izquierda. Avanzamos despacio entre una espesa nube de polvo. La tosca grava usada para nivelar el camino se había apelmazado con la tierra durante las lluvias, y piedras de barro seco rebotaban contra el fondo metálico del coche, produciendo fuertes sonidos explosivos.

Don Juan me indicó reducir la velocidad al acercarnos a un puente pequeño. Había cuatro indios sentados allí y nos saludaron con la mano. No supe, bien si los conocía o no. Pasamos el puente y el camino se curvó con suavidad.

-Ésa es la casa de la mujer. -me susurró don Juan, señalando con los ojos una casa blanca circundada por una alta cerca de carrizo. Me dijo que diera vuelta en U y me detuviese a medio camino; esperaríamos a ver si la bruja cobraba suficientes sospechas para dar la cara.

Estuvimos allí unos diez minutos. Me pareció un tiempo interminable. Don Juan no dijo palabra. Inmóvil en el asiento, miraba la casa.

-Allí está -dijo, y su cuerpo dio un salto súbito. Vi la silueta oscura, ominosa, de una mujer parada dentro de la casa, mirando a través de la puerta abierta. El interior estaba en penumbras y eso sólo acentuaba la oscuridad de la silueta.

Después de unos minutos, la mujer dejó las sombras del cuarto y se paró en el umbral a observarnos. La miramos un momento y don Juan me dijo que siguiera adelante. Yo estaba sin habla. Podría haber jurado que esa mujer era la que vi saltando junto al camino, en la oscuridad.

Una media hora después, cuando íbamos ya por la carretera pavimentada, don Juan me habló.

-¿Qué dices? -preguntó-. ¿Reconociste la forma?

Vacilé un largo rato antes de responder. Tenía miedo del compromiso involucrado en decir sí. Preparé cuidadosamente mi contestación y dije que me parecía que había estado demasiado oscuro para tener verdadera certeza.

Riendo, me dio unos golpecitos suaves en la cabeza.

-Era ella, ¿verdad? -preguntó.

No me dio tiempo de responder. Puso un dedo sobre su boca en gesto de silencio y me susurró al oído que no tenía caso decir nada y que, para sobrevivir a los ataques de la Catalina, yo debía usar todo cuanto él me había enseñado.