AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

lunes, 29 de diciembre de 2025

[12] CASTANEDA: UNA REALIDAD APARTE. LA TAREA DE VER. Capítulo XII.

 

Trabajando en mis notas había tropezado con varias preguntas.

-¿Es la neblina verde, como el guardián, algo que debe vencerse para ver? -dije a don Juan apenas nos sentamos ambos bajo su ramada el 8 de agosto de 1969.

-Sí. Hay que vencer a todo eso -respondió.

-¿Cómo puedo vencer a la neblina verde?

-Del mismo modo que debiste vencer al guardián: dejándolo que se vuelva nada.

-¿Qué debo hacer?

-Nada. Para ti, la neblina verde es mucho más fácil que el guardián. Le caes bien al espíritu del ojo de agua, mientras que tus asuntos con el guardián estaban muy lejos de tu temperamento. Nunca viste realmente al guardián.

-Quizá porque no me caía bien. ¿Y si encontrara yo un guardián que me gustase? Ha de haber personas a quienes el guardián que yo vi les parecería hermoso. ¿Lo vencerían porque les caería bien?

-¡No! Sigues sin entender. No importa cómo te caiga el guardián. Mientras tengas cualquier sentimiento hacia él, el guardián permanecerá igual, monstruoso, hermoso o lo que fuese. En cambio, si no tienes sentimiento alguno hacia él, el guardián se volverá nada y todavía estará allí frente a ti.

La idea de que algo tan colosal como el guardián pudiera hacerse nada y sin embargo seguir allí carecía en absoluto de sentido. Imaginé que era una de las premisas alógicas del conocimiento de don Juan. Sin embargo, también me parecía que, de querer, él podría explicármela. Insistí en preguntarle qué quería decir con eso.

-Pensaste que el guardián era algo que conocías, eso es lo que quiero decir.

-Pero yo no pensé que fuera algo que yo conocía.

-Pensaste que era feo. Tenía un tamaño imponente. Era un monstruo. Tú conoces todas esas cosas. Así que el guardián fue siempre algo que conocías, y como era algo que conocías, no lo viste. Ya te dije: el guardián tenía que volverse nada y sin embargo tenía que seguir parado frente a ti. Tenía que estar allí y tenía, al mismo tiempo, que ser nada.

-¿Cómo puede ser, don Juan? Lo que usted dice es absurdo.

-Sí. Pero eso es ver. No hay en realidad ningún modo de hablar sobre eso. Ver, como te dije antes, se aprende viendo.

Al parecer no tienes problema con el agua. El otro día casi la viste. El agua es tu coyuntura. Ahora sólo necesitas perfeccionar tu técnica de ver. Tienes un ayudante poderoso en el espíritu del ojo de agua.

-Ahí tengo otra pregunta, don Juan.

-Puedes tener todas las preguntas que quieras, pero no podemos hablar del espíritu del ojo de agua en estos rumbos. De hecho, es mejor no pensar en eso para nada. Para nada. De lo contrario el espíritu te atrapará, y si eso ocurre no hay manera de que ningún hombre vivo te ayude. De modo que cierra la boca y piensa en otra cosa.

A eso de las 10 de la mañana del día siguiente, don Juan desenfundó su pipa, la llenó de mezcla para fumar y me la entregó con la indicación de que la llevara a la ribera de la corriente. Sosteniendo la pipa en ambas manos, me las ingenié para desabotonar mi camisa y poner dentro la pipa y apretarla. Don Juan llevaba dos petates y una bandejita con brasas. Era un día soleado. Nos sentamos en los petates, a la sombra de una pequeña arboleda de breas en la orilla misma del agua. 

Don Juan metió un carbón en el cuenco de la pipa y me dijo que fumara. Yo no tenía ninguna aprensión, ningún sentimiento exaltado. Recordé que al iniciar mi segundo intento por "ver" al guardián, habiendo don Juan explicado su naturaleza, me había embargado una peculiar sensación de maravilla y respeto.

Esta vez, sin embargo, aunque don Juan me había dado a conocer la posibilidad de "ver" realmente el agua, no me hallaba involucrado emocionalmente; era sólo una curiosidad.

Don Juan me hizo fumar dos tantos de lo que había fumado en ocasiones anteriores. En algún momento se inclinó a susurrar en mi oído derecho que iba a enseñarme a usar el agua para moverme. Sentí su rostro muy cercano, como si hubiera puesto la boca junto a mi oreja. Me dijo que no observara el agua, sino que enfocara los ojos en la superficie y los tuviera fijos hasta que el agua se tornase una niebla verde. 

Repitió una y otra vez que yo debía poner toda mi atención en la niebla hasta no discernir ninguna otra cosa.

-Mira el agua frente a ti -oí que decía-, pero no dejes que su sonido te arrastre a ningún lado. Si dejas que el sonido del agua te arrastre, quizá nunca pueda yo encontrarte y regresarte. Ahora métete en la niebla verde y escucha mi voz.

Lo oía y comprendía con claridad extraordinaria. Empecé a mirar fijamente el agua, y tuve una sensación muy peculiar de placer físico; una comezón; una felicidad indefinida. Miré largo tiempo, pero sin detectar la niebla verde. Sentía que mis ojos se desenfocaban y tenía que esforzarme por seguir mirando el agua; finalmente no pude ya controlar mis ojos y debo haberlos cerrado, o acaso fue un parpadeo, o bien simplemente perdí la capacidad de enfocar; en todo caso, en ese mismo instante el agua quedó fija; cesó de moverse. Parecía una pintura. Las ondas estaban inmóviles. Entonces el agua empezó a burbujear: era como si tuviese partículas carbonadas que explotaban de una vez. Por un instante vi la efervescencia como una lenta expansión de materia verde. Era una explosión silenciosa; el agua estalló en una brillante neblina verde que se expandió hasta rodearme.

Permanecí suspendido en ella hasta que un ruido muy agudo, sostenido y penetrante lo sacudió todo; la niebla pareció congelarse en las formas habituales de la superficie del agua. El ruido era un grito de don Juan:

"¡Oooye!", cerca de mi oído. Me dijo que prestara atención a su voz y regresara a la niebla y esperara su llamada. Dije: "O.K." en inglés y oí el ruido crepitante de su risa.

-Por favor, no hables -dijo-. Guárdate tus oquéis.

Podía oírlo bien. El sonido de su voz era melodioso y sobre todo amigable. Supe eso sin pensar; fue una convicción que me llegó y luego pasó.

La voz de don Juan me ordenó enfocar toda mi atención en la niebla, pero sin abandonarme a ella. Dijo repetidas veces que un guerrero no se abandona a nada, ni siquiera a su muerte. Volví a sumergirme en la neblina y advertí que no era niebla en absoluto, o al menos no era lo que yo concibo como niebla. El fenómeno neblinoso se componía de burbujas diminutas, objetos redondos que entraban en mi campo de "visión", y salían de él, desplazándose como si estuviesen a flote. Observé un rato sus movimientos; luego un ruido fuerte y distante sacudió mi atención y perdí la capacidad de enfoque y ya no pude percibir las burbujitas. Sólo tenía conciencia de un resplandor verde, amorfo, como niebla. Oí de nuevo el ruido y la sacudida que me dio hizo desaparecer la niebla inmediatamente, y me hallé mirando el agua de la zanja de irrigación.

Entonces volví a oírlo, ahora mucho más cerca; era la voz de don Juan. Me estaba diciendo que le prestara atención, porque su voz era mi única guía. Me ordenó mirar la ribera de la corriente y la vegetación directamente ante mis ojos. Vi algunos juncos y un espacio libre de ellos. Era un recoveco en la ribera, un sitio donde don Juan cruza para sumergir su balde y llenarlo de agua. Tras unos momentos don Juan me ordenó regresar a la niebla y me pidió nuevamente prestar atención a su voz, porque iba a guiarme para que yo aprendiera a moverme; dijo que al ver las burbujas debía abordar una de ellas y dejar que me llevara.

Lo obedecí y de inmediato me rodeó la neblina verde, y luego vi las burbujas diminutas. Oí nuevamente la voz de don Juan como un retumbar extraño y atemorizante. En el momento de oírla, empecé a perder la capacidad de percibir las burbujas.

-Monta una de esas burbujas -lo oí decir.

Pugné por conservar mi percepción de las burbujas verdes y a la vez seguir oyendo la voz. No sé cuánto tiempo me esforcé, pero de pronto me di cuenta de que podía escuchar a don Juan y seguir viendo las burbujas, que aún pasaban despacio, flotantes, por mi campo de percepción. La voz de don Juan seguía instándome a seguir una de ellas y montarla.

Me pregunté cómo se suponía que yo hiciera eso, y automáticamente pronuncié en inglés la palabra "cómo". Sentí que la palabra se hallaba muy dentro de mí y que al ir saliendo me llevaba a la superficie. La palabra era como una boya que surgiera de mi hondura. Me oí decir how y me sonó a aullido de perro. Don Juan aulló a su vez, también como perro, y luego hizo como coyote y rió. Me pareció muy gracioso y mi risa en verdad brotó.

Con mucha calma, don Juan me dijo que me adhiriera a una burbuja siguiéndola.

-Regresa otra vez -dijo-. ¡Entra en la niebla! ¡En la niebla!

Al regresar advertí que las burbujas se movían más despacio y que tenían ahora el tamaño de un balón.

De hecho, eran tan grandes y lentas que yo podía examinar cualquiera detalladamente. No eran en realidad burbujas: no eran como una burbuja de jabón, ni como un globo, ni como ningún recipiente esférico. No contenían nada, pero se contenían. Tampoco eran redondas, aunque al percibirlas por vez primera yo habría podido jurar que lo eran y la imagen que acudió a mi mente fue "burbujas". Las observaba como si me hallase mirando por una ventana: es decir, el marco de la ventana no me permitía seguirlas, sólo verlas entrar y salir de mi campo de percepción.

Pero cuando dejé de verlas como burbujas fui capaz de seguirlas; en el acto de seguirlas me adherí a una y floté con ella. Sentía realmente estar en movimiento. De hecho, yo era la burbuja, o esa cosa que parecía burbuja.

Entonces oí el sonido agudo de la voz de don Juan. Me sacudió, y perdí el sentimiento de ser "aquello".

El sonido era en extremo temible: una voz remota, muy metálica, como si don Juan hablara por un altoparlante. Discerní algunas palabras.

-Mira las orillas -dijo.

Vi un gran cuerpo de aguas. El agua se precipitaba. Se oía su fragor.

-Mira las orillas -me ordenó de nuevo don Juan.

Vi un muro de concreto.

El sonido del agua se hizo terriblemente fuerte; el sonido me envolvió. Entonces cesó instantáneamente, como si lo cortaran. Tuve la sensación de negrura, de sueño.

Me di cuenta de estar echado en la zanja de riego. Don Juan tarareaba salpicando agua en mi rostro. Luego me sumergió en la zanja. Jaló mi cabeza hasta sacarla por encima de la superficie y me dejó descansarla en la ribera mientras él me sostenía por el cuello de la camisa. Tuve una sensación de lo más agradable en los brazos y las piernas. Los estiré. Los ojos, cansados, me ardían; alcé la mano derecha para frotarlos. Fue un movimiento difícil. Mi brazo pesaba. Apenas pude sacarlo del agua, pero cuando salió estaba cubierto por una asombrosa masa de neblina verde. Puse el brazo frente a mis ojos. Podía ver su contorno: una masa verde más oscura, rodeada por un intenso resplandor verdoso. Rápidamente me incorporé y, parado a media corriente, miré mi cuerpo: pecho, brazos y piernas eran verdes, verde profundo. El matiz era tan intenso que me dio la sensación de una sustancia viscosa. Parecía yo una figurita que don Juan me había hecho años antes con una raíz de datura.

Don Juan me dijo que saliera. Detecté alarma en su voz.

-Estoy verde -dije.

-Deja ya -repuso, imperioso-. No tienes tiempo. Sal de ahí. El agua está a punto de atraparte. ¡Salta!

¡Fuera! ¡Fuera!

Me llené de pánico y salí de un salto.

-Esta vez debes decirme todo lo que ocurrió -dijo, secamente, cuando estuvimos sentados frente a frente en su cuarto.

No le interesó la manera como mi experiencia había transcurrido; sólo quería saber qué había encontrado cuando él me dijo que mirara la orilla. Le interesaban los detalles. Describí el muro que había visto.

-¿Estaba a tu izquierda o a tu derecha? -preguntó.

Le dije que en realidad el muro había estado frente a mí. Pero él insistió en que tenía que ser a la derecha o a la izquierda.

-Cuando lo viste por primera vez; ¿dónde estaba? Cierra los ojos y no los abras hasta que te acuerdes.

Se puso en pie y, habiendo yo cerrado los ojos, hizo girar mi cuerpo hasta ponerme cara al este, la misma dirección que yo había enfrentado al sentarme frente a la corriente. Me preguntó en qué dirección me había movido.

Dije que había ido hacia adelante, derecho, para enfrente. Insistió en que yo debía recordar y concentrarme en el momento en que aún veía el agua como burbujas.

-¿Para qué lado corrían? -preguntó.

Don Juan me instó a hacer memoria, y finalmente tuve que admitir que las burbujas había parecido moverse hacia mi derecha. Pero no me hallaba tan absolutamente seguro como él deseaba. Bajo su interrogatorio, empecé a darme cuenta de mi incapacidad para clasificar la percepción. Las burbujas se habían desplazado a la derecha cuando las vi primero, pero al hacerse más grandes fluyeron para todas partes. Algunas parecían venir directamente hacia mí, otras parecían seguir cada dirección posible. Había burbujas que se movían encima de mi y abajo de mí. De hecho, estaban en todo mi derredor. 

Recordaba haber oído su efervescencia; por lo tanto, debo haberlas percibido auditiva además de visualmente. Cuando las burbujas crecieron tanto que pude "montar" en una de ellas, las "vi" frotarse una contra otra como globos.

Mi excitación crecía con el recuerdo de los detalles de mi percepción. Pero don Juan no se interesaba en lo más mínimo. Le dije que había visto hervir las burbujas. No era un efecto puramente auditivo ni puramente visual, sino algo indiscriminado y sin embargo claro como el cristal; las burbujas raspaban una contra otra.

Yo no veía ni oía su movimiento, lo sentía; yo era parte del sonido y del transcurso.

Al relatar mi experiencia me conmoví en lo más hondo. Tomé el brazo de don Juan y lo sacudí en un ataque de agitación intensa. Me había dado cuenta de que las burbujas no tenían límite externo; sin embargo, estaban contenidas y sus bordes cambiaban de forma y eran disparejos, dentellados. Las burbujas se fundían y separaban con gran velocidad, pero su movimiento no era vertiginoso. Era un movimiento rápido y a la vez lento.

Otra cosa que recordé en el momento del relato fue la calidad cromática que las burbujas parecían tener.

Eran transparentes y muy brillantes y se veían casi verdes, aunque no era un color como yo acostumbro a percibir los colores.

-Te estás atascando -dijo don Juan-. Esas cosas no son importantes. Te estás fijando en lo que no vale la pena. La dirección es lo único importante.

Sólo pude recordar que me había movido sin ningún punto de referencia, pero don Juan concluyó que, si las burbujas habían fluido constantemente hacia mi derecha -el sur- al principio, el sur era la dirección que debía interesarme. De nuevo me instó, imperioso, a acordarme de si el muro estaba a mi derecha o a mi izquierda. Luché por hacer memoria.

Cuando don Juan "me llamó" y salí a la superficie, por así decirlo, creo que el muro estaba a mi izquierda.

Me hallaba muy cerca de él y pude discernir los surcos y protuberancias del molde o armadura de madera en donde se vertió el concreto. Se habían usado tiras de madera muy delgadas, creando un diseño compacto. El muro era sumamente alto. Uno de sus extremos podía verse, y noté que no tenía esquina, sino que se curvaba para dar vuelta.

Don Juan guardó silencio un instante, como si pensara la forma de descifrar mi experiencia; luego dijo que yo no había logrado gran cosa, que no había colmado sus esperanzas.

-¿Qué debí haber hecho?

En vez de responder hizo un gesto frunciendo los labios.

-Te fue muy bien -dijo-. Hoy aprendiste que un brujo usa el agua para moverse

-¿Pero vi?

Me miró con una expresión curiosa. Alzó los ojos al techo y dijo que yo tendría que entrar en la niebla verde muchas veces hasta poder contestar mi propia pregunta. Cambió sutilmente el curso de nuestra conversación, diciendo que yo no había aprendido en realidad a moverme por medio del agua, pero había aprendido que un brujo puede hacerlo, y él me había hecho mirar la orilla de la corriente con el propósito de que yo ratificara mi movimiento.

-Ibas muy rápido -dijo-, tan rápido como alguien que sabe ejecutar esta técnica. Tuve que apurarme para que no me dejaras atrás.

Le supliqué explicar lo que me había ocurrido desde el principio. Rió, meneando la cabeza lentamente, como incrédulo.

-Tú siempre insistes en saber las cosas desde el principio -dijo-. Pero no hay ningún principio; el principio está sólo en tu pensamiento.

-Yo pienso que el principio fue cuando fumé junto al agua -dije.

-Pero antes de que fumaras yo tuve que averiguar qué cosa hacer contigo -dijo-. Tendría que decirte lo que hice y no puedo, porque me llevaría a otro asunto más. A lo mejor las cosas se te aclaran si no piensas en principios.

-Dígame entonces qué sucedió después de que me senté y fumé.

-Creo que ya me lo dijiste tú -dijo, riendo.

-¿Tuvo importancia algo de lo que hice, don Juan?

Alzó los hombros.

-Seguiste muy bien mis indicaciones y no tuviste problema para entrar y salir de la niebla. Luego escuchaste mi voz y regresaste a la superficie cada vez que te llamé. Ese era el ejercicio. El resto fue muy fácil. Todo lo que pasó fue que te dejaste llevar por la niebla. Te portaste como si supieras qué hacer. Cuando estabas muy lejos te llamé otra vez y te hice mirar la orilla, para que te dieras cuenta hasta dónde habías llegado. Luego te traje de vuelta.

-¿Quiere usted decir, don Juan, que realmente viajé en el agua?

-Por cierto. Y bien lejos, además.

-¿Qué distancia?

-No lo vas a creer.

Le rogué que me dijera, pero abandonó el tema y dijo que debía irse un rato. Insistí en que al menos me diera una pista.

-No me gusta que me tengan a oscuras -dije.

-Tú solo te tienes a oscuras -repuso-. Piensa en el muro que viste. Siéntate aquí en tu petate y recuérdalo con todo detalle. A lo mejor así descubres qué distancia recorriste. Lo único que yo sé de momento es que viajaste muy lejos. Lo sé porque me costó muchísimo trabajo regresarte. Si yo no hubiera estado allí, podrías haberte ido para no volver, y todo lo que ahora quedaría de ti sería tu cadáver en la orilla de la corriente. O quizá podrías haber regresado tú solo. Contigo no estoy seguro. Así que, a juzgar por el esfuerzo que me costó traerte, yo diría que seguramente estabas en . . .

Hizo una larga pausa: me miró con ojos amistosos.

-Yo iría hasta las sierras de Oaxaca -dijo-. No sé hasta dónde irías tú, a lo mejor hasta Los Ángeles, o quizás incluso hasta Brasil.

Don Juan regresó al día siguiente, al atardecer. Mientras tanto, yo había escrito cuanto podía recordar sobre mi percepción. Al escribir, se me ocurrió seguir la ribera corriente abajo y corriente arriba, y corroborar  si había visto realmente, en alguno de los lados, un detalle que pudiera haberme provocado la imagen de un muro. 

Conjeturé que don Juan podía haberme hecho caminar en un estado de estupor, para luego hacerme enfocar mi atención en alguna pared a lo largo del camino. En las horas transcurridas entre el momento en que descubrí la niebla por vez primera y el momento en que salí de la zanja y volvimos a su casa, calculé que no podríamos haber caminado más de cuatro kilómetros. De modo que seguí la corriente durante unos cinco kilómetros en cada dirección, observando cuidadosamente todo lo que hubiese podido relacionarse con mi visión del muro. La corriente era, hasta donde pude juzgar, un simple canal de riego. Tenía de metro a metro y medio de ancho a todo lo largo, y no pude hallar en él ningún aspecto visible que pudiera haberme recordado o impuesto la imagen de una pared de concreto.

Cuando don Juan llegó a su casa al atardecer, lo acosé e insistí en leerle mi relato. Rehusó escuchar y me hizo tomar asiento. Se sentó frente a mí. No sonreía. Parecía estar pensando, a juzgar por la mirada penetrante de sus ojos, que se hallaban fijos por encima del horizonte.

-Creo que ya te habrás dado cuenta -dijo en un tono que de pronto era muy severo- de que todo es mortalmente peligroso. El agua es tan mortal como el guardián. Si no te cuidas, el agua te atrapará. Casi lo hizo ayer. Pero para que lo atrapen, un hombre debe estar dispuesto. Esa es cuestión tuya. Estás dispuesto a entregarte.

Yo no sabía de qué estaba hablando. Su ataque contra mí había sido tan repentino que me hallaba desorientado. Débilmente le pedí explicarse. Mencionó, con desgana, que había ido al monte y había "visto" al espíritu del ojo de agua y tenía la profunda convicción de que yo había malogrado mi oportunidad de "ver" el agua.

-¿Cómo? -pregunté, en verdad desconcertado.

-El espíritu es una fuerza -dijo él-, y como tal, responde a la fuerza. No te puedes entregar en su presencia.

-¿Cuándo me entregué?

-Ayer, cuando te pusiste verde en el agua.

-No me entregué. Pensé que era un momento muy importante y le dije a usted lo que me estaba pasando.

-¿Quién eres tú para pensar o decir qué cosa es importante? No sabes nada de las fuerzas que estás tocando. El espíritu del ojo de agua existe allí y podría haberte ayudado; de hecho, te estuvo ayudando hasta que tú lo echaste a perder. Ahora no sé cuál será el resultado de tus acciones. Has sucumbido a la fuerza del espíritu del ojo de agua y ahora puede llevarte en cualquier momento.

-¿Fue un error mirar cómo me volvía verde?

-Te abandonaste. Quisiste abandonarte. Eso estuvo mal. Te lo he dicho y te lo repito. Sólo como un guerrero puedes sobrevivir en el mundo de un brujo. Un guerrero trata todo con respeto y no pisotea nada a menos que tenga que hacerlo. Tú, ayer, no trataste el agua con respeto. Por lo común te portas muy bien.

Pero ayer te abandonaste a tu muerte, como un pinche idiota. Un guerrero no se abandona a nada, ni siquiera a su muerte. Un guerrero no es un socio voluntario; un guerrero no está disponible, y si se mete con algo, puedes tener la certeza de que sabe lo que está haciendo.

No supe qué decir. Don Juan estaba casi enojado. Eso me producía inquietud. Rara vez se había portado así conmigo. Le dije que en verdad no tuve ni la menor idea de que estaba cometiendo un error. Tras algunos minutos de silencio tenso, se quitó el sombrero y sonrió y me dijo que debía irme y no regresar a su casa hasta sentir que había ganado control sobre mi deseo de abandonarme. Recalcó que yo debía apartarme del agua y evitar que tocara la superficie de mi cuerpo durante tres o cuatro meses.

-No creo que podría aguantar sin darme una ducha -dije.

Don Juan rió y las lágrimas corrieron por sus mejillas.

-¡No aguantas sin una ducha! A veces eres tan flojo que pienso que estás bromeando. Pero no es un chiste. A veces realmente no tienes ningún control, y las fuerzas de tu vida te agarran con entera libertad.

Aducí que era humanamente imposible estar controlado en todo momento. Él sostuvo que para un guerrero no había nada fuera de control. Yo traje a colación la idea de los accidentes y dije que lo ocurrido en la zanja de riego podía sin duda considerarse como tal, pues yo actué sin intención y sin conciencia de mi conducta impropia. Hablé de diversas personas que habían sufrido infortunios explicables como accidentes; me referí en especial a Lucas, un excelente viejo yaqui que resultó herido al volcarse el camión que conducía.

-Me parece que es imposible evitar los accidentes -dije-. Ningún hombre puede controlar todo cuanto lo rodea.

-Cierto -dijo don Juan, cortante-. Pero no todo es un accidente inevitable. Lucas no vive como guerrero.

De lo contrario, sabría que está esperando y porque espera, y no habría manejado ese camión estando borracho. Se estrelló contra las peñas porque estaba borracho, y destrozó su cuerpo por nada.

"La vida, para un guerrero, es un ejercicio de estrategia -prosiguió don Juan-, Pero tú quieres hallar el significado de la vida. A un guerrero no le importan los significados. Si Lucas viviera como guerrero -y tuvo su oportunidad, como todos tenemos la nuestra- armaría su vida estratégicamente. De ese modo, si no podía evitar un accidente que le destrozara las costillas, habría hallado medios para compensar ese contratiempo, o evitar sus consecuencias, o batallar contra ellas. Si Lucas fuera guerrero no estaría muriéndose de hambre en su casa mugrosa. Estaría batallando hasta el final.

Planteé a don Juan una posibilidad, usándolo a él mismo como ejemplo, y le pregunté que haría si él tuviese un accidente en el que perdiera las piernas.

-Si no puedo evitarlo, y pierdo las piernas -dijo-, ya no podré ser un hombre, así que me uniré a lo que me está esperando allá.

Hizo un arco con la mano para señalar a todo lo que hay alrededor.

Argumenté que me malinterpretaba. Yo había querido hacer referencia a la imposibilidad de que cualquier individuo previera todas las variables implicadas en sus acciones de cada día.

-Todo lo que puedo decirte -dijo don Juan- es que un guerrero nunca está disponible; nunca está parado en el camino esperando las pedradas. Así corta al mínimo las posibilidades de lo imprevisto. Lo que tú llamas accidentes son casi siempre muy fáciles de evitar, excepto para los tontos que viven por las puras.

-No es posible vivir estratégicamente todo el tiempo -dije-. Imagínese que alguien lo está esperando con un rifle de alta potencia con mira telescópica; puede darle con exactitud a quinientos metros de distancia.

¿Qué haría usted?

Don Juan me miró con aire de incredulidad y luego se echó a reír.

-¿Qué haría usted? -insistí.

-¿Si alguien me está esperando con un rifle de mira telescópica? -dijo, obviamente en son de burla.

-Si alguien está escondido fuera de vista, esperándolo. No tiene usted la menor oportunidad. No puede parar una bala.

-No, no puedo. Pero sigo sin entender lo que quieres decir.

-Quiero decir que toda su estrategia no puede servirle de nada en una situación así.

-Ah, pero sí sirve. Si alguien me está esperando en un sitio con un rifle de alta potencia con mira telescópica, sencillamente no me llego a ese sitio.





[11] CASTANEDA: UNA REALIDAD APARTE. LA TAREA DE VER. Capítulo XI. Entre mirar y ver.

 


Don Juan no me hizo marcharme después de que cumplí sus encargos, como había dado en hacer últimamente. Dijo que podía quedarme, y al día siguiente, 28 de junio de 1969, me anunció que iba a fumar de nuevo.

-¿Voy a tratar de ver otra vez al guardián?

-No, eso ya no. Es otra cosa.

Don Juan llenó sosegadamente su pipa, la encendió y me la entregó. No experimenté aprensión alguna. Una agradable soñolencia me envolvió de inmediato. 

Cuando hube terminado de fumar todo el cuenco de mezcla, don Juan guardó su pipa y me ayudó a levantarme. Habíamos estado sentados, el uno frente al otro, en dos petates que él colocó en el centro de su cuarto. 

Dijo que íbamos a dar un paseo y me animó a caminar, empujándome suavemente. Di un paso y mis piernas se doblaron. No sentí dolor cuando mis rodillas dieron contra el piso. Don Juan sostuvo mi brazo y empujó nuevamente a mis pies.

-Tienes que caminar -dijo- igual que como te levantaste la otra vez. Debes usar tu voluntad.

Yo parecía hallarme pegado al suelo. Intenté dar un paso con el pie derecho y casi perdí el equilibrio. Don Juan asió mi brazo derecho a la altura del sobaco y me aventó con suavidad hacia adelante, pero las piernas no me sostuvieron, y habría caído sobre la cara si don Juan no hubiese tomado mi brazo y amortiguado mi caída. Me sostuvo por el sobaco derecho y me hizo reclinarme en él. Yo no sentía nada, pero estaba seguro de que mi cabeza reposaba en su hombro; mi perspectiva de la habitación era sesgada. 

Me arrastró en esa postura alrededor de la ramada. Dimos dos vueltas en forma por demás penosa; finalmente, supongo, mi peso se hizo tan grande que don Juan tuvo que dejarme caer en el suelo. Supe que no le sería posible moverme. En cierto modo, era como si una parte de mí quisiera deliberadamente hacerse pesada como el plomo. Don Juan no hizo ningún esfuerzo por levantarme. 

Me miró un instante; yo yacía sobre la espalda, encarándolo. Traté de sonreírle y él empezó a reír; luego se agachó y me golpeó el vientre con la palma de la mano. Tuve una sensación de lo más peculiar. No era dolorosa ni agradable ni nada que se me ocurriera. Fue más bien una sacudida. 

Inmediatamente, don Juan empezó a rodarme. Yo no sentía nada: supuse que me hacía rodar porque mi visión del pórtico cambiaba de acuerdo con un movimiento circular. Cuando don Juan me tuvo en la posición que deseaba, retrocedió unas pasos.

-¡Levántate! -ordenó imperiosamente-. Levántate como el otro día. No te andes con tonterías. Sabes cómo ponerte en pie ¡Levántate ya!.

Apliqué mi atención para recordar las acciones que había ejecutado en aquella ocasión, pero no podía pensar con claridad; era como si mis pensamientos tuviesen voluntad propia por más que yo trataba de controlarlos.

Finalmente, se me ocurrió la idea de que si decía "arriba", como había hecho antes, me levantaría sin duda alguna. Dije:

-Arriba -claro y fuerte, pero nada sucedió.

Don Juan me miró con disgusto evidente y luego caminó hacia la puerta. Yo estaba acostado sobre el lado izquierdo y tenía a la vista el área frente a la casa; la puerta quedaba a mi espalda, de modo que cuando don Juan se perdió de vista detrás de mí supuse inmediatamente que había entrado.

-¡Don Juan! -exclamé, pero no respondió.

Tuve un avasallador sentimiento de impotencia y desesperación. Quería levantarme. Dije: -Arriba- una y otra vez, como si ésa fuera la palabra mágica que me haría moverme. No pasó nada. Sufrí un ataque de frustración y tuve una especie de berrinche. Quería golpearme la cabeza contra el piso y llorar. Pasé momentos de tortura deseando moverme o hablar y sin poder hacer ninguna de las dos cosas. Me hallaba en verdad inmóvil, paralizado.

-¡Don Juan, ayúdeme! -logré berrear por fin.

Don Juan regresó y tomó asiento frente a mí, riendo. Dijo que me estaba poniendo histérico y que cuanto me hallara experimentando carecía de importancia. Me alzó la cabeza y, mirándome de lleno, dijo que yo sufría un ataque de falso miedo. Me dijo que no me agitara.

-Tu vida se está complicando -dijo-. Líbrate de lo que te está haciendo perder la compostura. Quédate aquí calmado y recomponte.

Puso mi cabeza en el suelo. Pasó por encima de mí y todo lo que pude percibir fue el arrastrar de sus huaraches mientras se alejaba.

Mi primer impulso fue agitarme de nuevo, pero no pude reunir la energía necesaria para llevarme a ese punto. En vez de ello, me sentí deslizar a un raro estado de serenidad; un gran sentimiento de calma me envolvió. Supe cuál era la complejidad de mi vida. Era mi niño. Más que ninguna otra cosa en el mundo, yo quería ser su padre. Me gustaba la idea de moldear su carácter y llevarlo a excursiones y enseñarle "cómo vivir", y sin embargo aborrecía la idea de coaccionarlo para que adoptara mi forma de vida, pero eso era precisamente lo que yo tendría que hacer: coaccionarlo por medio de la fuerza o por medio de ese mañoso conjunto de razones y recompensas que llamamos comprensión.

Debo soltarlo -pensé-. No debo adherirme a él. Debo ponerlo en libertad.

Mis pensamientos evocaron un aterrador sentimiento de melancolía. Empecé a llorar. Mis ojos se llenaron de lágrimas y se nubló mi visión del pórtico. 

De pronto tuve una gran urgencia de levantarme a buscar a don Juan para explicarle lo de mi niño, y cuando me di cuenta ya estaba mirando el pórtico desde una posición erecta. Me volví hacia la casa y hallé a don Juan parado frente a mí. Al parecer había estado allí detrás, todo el tiempo.

Aunque no pude sentir mis pasos, debo haber caminado hacia él, pues me moví. Don Juan se acercó sonriendo y me sostuvo de los sobacos. Su cara estaba muy cerca de la mía.

-Bien, muy bien -dijo alentador.

En ese instante cobré conciencia de que algo extraordinario tenía lugar allí mismo. Tuve al principio la sensación de hallarme tan sólo recordando un evento ocurrido años antes. Una vez había visto yo muy de cerca la cara de don Juan; también entonces bajo los efectos de su mezcla para fumar, tuve la sensación de que el rostro se hallaba sumergido en un tanque de agua. Era enorme y luminoso y se movía. La imagen fue tan breve que no hubo tiempo para evaluarla realmente. Pero esta vez don Juan me sostenía y su rostro no estaba a más de treinta centímetros del mío y tuve tiempo de examinarlo. Al levantarme y darme la vuelta, vi definitivamente a don Juan; "el don Juan que conozco" caminó definitivamente hacia mí y me sostuvo.

Pero cuando enfoqué su rostro no vi a don Juan tal como suelo verlo; vi un objeto grande frente a mis ojos. Sabía que era el rostro de don Juan, pero ése no era un conocimiento guiado por mi percepción; era más bien una conclusión lógica por parte mía; después de todo, mi memoria confirmaba que un momento antes "el don Juan que conozco" me sostenía de los sobacos. Por lo tanto, el extraño objeto luminoso frente a mí tenía que ser el rostro de don Juan; había en él cierta familiaridad, pero ningún parecido con lo que yo llamaría el "verdadero" rostro de don Juan. Lo que me encontraba mirando era un objeto redondo con luminosidad propia. Cada una de sus partes se movía. Percibí un fluir contenido, ondulatorio, rítmico; era como si el fluir estuviese encerrado en sí mismo, sin pasar nunca de sus límites, y sin embargo el objeto frente a mis ojos exudaba movimiento en cualquier sitio de su superficie. Pensé que exudaba vida. De hecho, estaba tan vivo que me ensimismé mirando su movimiento. Era un oscilar hipnótico. Se hizo cada vez más absorbente, hasta no serme posible discernir qué era el fenómeno frente a mis ojos.

Experimenté una sacudida súbita; el objeto luminoso se emborronó, como si algo lo sacudiera, y luego perdió su brillo para hacerse sólido y carnal. Me hallé entonces mirando el conocido rostro moreno de don Juan. Sonreía con placidez. La visión de su rostro "verdadero" duró un instante y luego la cara adquirió nuevamente un brillo, un resplandor, una iridiscencia. No era luz como estoy acostumbrado a percibirla, ni siquiera un resplandor; más bien era movimiento, el parpadeo increíblemente rápido de algo. 

El objeto brillante empezó otra vez a sacudirse de arriba a abajo, y eso rompía su continuidad ondulatoria. Su brillo disminuía con las sacudidas, hasta que de nuevo se volvió la cara "sólida" de don Juan, como lo veo en la vida cotidiana. En ese momento me di cuenta, vagamente, de que don Juan me sacudía. También me hablaba. Yo no comprendía lo que estaba diciendo, pero como siguió sacudiéndome terminé por oírlo.

-No te me quedes viendo. No te me quedes viendo -repetía-. Rompe tu mirada. Rompe tu mirada. Aparta los ojos.

El sacudir de mi cuerpo pareció forzarme a desplantar mi mirada fija; aparentemente no veía el objeto luminoso más que cuando escudriñaba el rostro de don Juan. Al apartar mis ojos de su cara y mirarlo, por así decir, con el rabo del ojo, percibía yo su solidez; esto es, percibía una persona tridimensional; sin mirarlo realmente podía yo, de hecho, percibir todo su cuerpo, pero al enfocar mis ojos el rostro se hacía de inmediato el objeto luminoso.

-No me mires para nada -dijo don Juan con gravedad.

Aparté los ojos y miré el suelo.

-No claves la vista en ninguna cosa -dijo don Juan imperiosamente, y se hizo a un lado para ayudarme a caminar.

Yo no sentía mis pasos ni podía explicarme cómo ejecutaba el acto de caminar, pero, con don Juan sosteniéndome del sobaco, llegamos hasta la parte trasera de su casa. Nos detuvimos junto a la zanja de irrigación.

-Ahora quédate viendo el agua -me ordenó don Juan.

Miré el agua, pero no podía fijar la vista. De algún modo, el movimiento de la corriente me distraía. Don Juan siguió instándome, en son de broma, a ejercitar mis "poderes de contemplación", pero no pude concentrarme. Observé de nuevo el rostro de don Juan, pero el resplandor ya no se hizo evidente.

Empecé a experimentar un extraño cosquilleo en mi cuerpo, la sensación de un miembro dormido; los músculos de mis piernas comenzaron a crisparse. Don Juan me empujó al agua y caí hasta el fondo. Al parecer tenía asida mi mano derecha al empujarme, y cuando toqué el escaso fondo volvió a jalarme hacia arriba.

Me tomó largo tiempo recobrar el dominio de mis acciones. Cuando volvimos a su casa, horas más tarde, le pedí explicar mi experiencia. Mientras me ponía ropa seca describí excitado lo que había percibido, pero él descartó por entero mi relato, diciendo que no contenía nada de importancia.

-¡Gran cosa! -dijo, burlándose-. Viste un resplandor, gran cosa.

Insistí en una explicación y él se puso de pie y dijo que tenía que irse. Eran casi las cinco de la tarde.

Al día siguiente, volví a sacar a colación mi peculiar experiencia.

-¿Eso es ver, don Juan? -pregunté.

Permaneció en silencio, con una sonrisa misteriosa, mientras yo seguía presionando en busca de respuesta.

-Digamos que ver es un poco como eso -dijo por fin-. Mirabas mi cara y la veías brillar, pero seguía siendo mi cara. Sucede que el humito lo hace mirar así a uno. No es nada.

-¿Pero en qué forma sería distinto ver?

-Cuando uno ve, ya no hay detalles familiares en el mundo. Todo es nuevo. Nada ha sucedido antes.

¡El mundo es increíble!

-¿Por qué dice usted increíble, don Juan? ¿Qué cosa lo hace increíble?

-Nada es ya familiar. ¡Todo lo que miras se vuelve nada! Ayer no viste. Miraste mi cara y, como te caigo bien, notaste mi resplandor. No era yo monstruoso, como el guardián, sino bello e interesante. Pero no me viste. No me volví nada frente a tus ojos. De todos modos estuviste bien. Diste el primer paso verdadero hacia ver. El único inconveniente fue que te concentraste en mí, y en ese caso yo no soy para ti mejor que el guardián. Sucumbiste en ambos casos, y no viste.

-¿Desaparecen las cosas? ¿Cómo se vuelven nada?

Las cosas no desaparecen. No se pierden, si eso es lo que quieres decir; simplemente se vuelven nada y sin embargo siguen estando allí.

-¿Cómo puede ser eso posible, don Juan?

-¡Me lleva la chingada con tu insistencia en hablar! -exclamó don Juan con rostro serio-. Creo que no dimos bien con tu promesa. A lo mejor lo que de verdad prometiste fue que nunca te ibas a callar la boca.

El tono de don Juan era severo. Su rostro lucía preocupado. Quise reír, pero no me atreví. Pensé que don Juan hablaba en serio, pero no era así. Empezó a reír. Le dije que si yo no hablaba me ponía muy nervioso.

-Vamos a caminar, pues -dijo.

Me llevó a la boca de una cañada en el fondo de los cerros. Caminamos como por una hora. Descansamos un poco y luego me guió, a través de los densos matorrales del desierto, hasta un ojo de agua; es decir, a un sitio que según él era un ojo de agua. Estaba tan seco como cualquier otro sitio en el área circundante.

-Siéntate en medio del ojo de agua -me ordenó.

Obedecí y tomé asiento,

-¿Va usted también a sentarse aquí? -pregunté.

Lo vi disponer un sitio donde sentarse a unos veinte metros del centro del ojo de agua, contra las rocas en la ladera de la montaña.

Dijo que iba a vigilarme desde allí. Yo estaba sentado con las rodillas contra el pecho. Corrigió mi postura y me dijo que me sentara sobre la pierna izquierda, con la derecha doblada y la rodilla hacia arriba. El brazo derecho debía estar a un lado, con el puño descansando sobre el suelo, mientras mi brazo izquierdo se hallaba cruzado sobre el pecho. 

Me dijo que lo encarara y que permaneciera allí, relajado pero no "abandonado". Luego sacó de su morral una especie de cordón blancuzco. Parecía un gran lazo. Lo enlazó en torno a su cuello y lo estiró con la mano izquierda hasta que estuvo tenso. Rasgueó la apretada cuerda con la mano derecha. Hizo un sonido opaco, vibratorio.

Aflojó el brazo y me miró y dijo que yo debía gritar una palabra específica si empezaba a sentir que algo se venía a mí cuando él tocara la cuerda.

Pregunté qué era lo que se suponía que viniera hacia mí y él me ordenó callarme. Me hizo con la mano seña de que iba a comenzar, pero no lo hizo; antes me dio una indicación más. Dijo que si algo se venía hacia mí de modo muy amenazante, yo debía adoptar la posición de pelea que él me había enseñado años antes: consistía en danzar, golpeando el suelo con la punta del pie izquierdo, mientras se daban palmadas vigorosas en el muslo derecho. La posición de pelea era parte de una técnica defensiva usada en casos de extremo apuro y peligro.

Tuve un momento de aprensión genuina. Quise inquirir el motivo de nuestra presencia allí, pero él no me dio tiempo y empezó a pulsar la cuerda. Lo hizo varias veces, a intervalos regulares de unos veinte segundos.

Advertí que, conforme tocaba la cuerda, iba aumentando la tensión. Podía yo ver claramente el temblor que el esfuerzo producía en sus brazos y cuello. El sonido se hizo más claro y entonces me di cuenta de que don Juan añadía un grito peculiar en cada pulsación. El sonido compuesto de la cuerda tensa y de la voz humana producía una reverberación extraña, ultraterrena.

No sentí nada que viniera a mí, pero la visión de los afanes de don Juan y el escalofriante sonido que producía me tenían casi en estado de trance.

Don Juan aflojó los músculos y me miró. Al tocar me daba la espalda y encaraba el sureste, igual que yo; al relajarse me dio la cara.

-No me mires cuando toco -dijo-. Pero no vayas a cerrar los ojos. Por nada del mundo. Mira el suelo enfrente de ti y escucha.

Tensó de nuevo la cuerda y se puso a tocar. Miré al suelo y me concentré en el sonido. Nunca lo había oído en toda vida.

Me asusté mucho. La extraña reverberación llenó la cañada estrecha y empezó a resonar. De hecho, el sonido que don Juan producía me llegaba como un eco desde el contorno de los muros de la cañada. Don Juan también debe haber notado eso, y aumentó la tensión de su cuerda. Aunque don Juan había cambiado totalmente el tono, el eco pareció amainar, y luego concentrarse en un punto, hacia el sureste.

Don Juan redujo por grados la tensión de la cuerda, hasta que oí un apagado vibrar final. Metió la cuerda en su morral y vino hacia mí. Me ayudó a incorporarme. Noté entonces que los músculos de mis brazos y piernas estaban tiesos, como piedras; me hallaba literalmente empapado de sudor. No tenía idea de haber transpirado a tal grado. Gotas de sudor caían en mis ojos y los hacían arder.

Don Juan casi me sacó a rastras del lugar. Traté de decir algo, pero me puso la mano en la boca.

En vez de salir de la cañada por donde habíamos entrado, don Juan dio un rodeo. Trepamos la ladera del monte y fuimos a dar a unos cerros muy lejos de la boca de la cañada.

Caminamos hacia la casa en un silencio de tumba. Ya había oscurecido cuando llegamos. Traté nuevamente de hablar, pero don Juan volvió a taparme la boca.

No comimos ni encendimos la lámpara de petróleo. Don Juan puso mi petate en su cuarto y lo señaló con la barbilla. Interpreté el gesto como indicación de que me acostara a dormir.

-Ya sé lo que te conviene hacer -me dijo don Juan apenas desperté la mañana siguiente-. Vas a empezarlo hoy. No hay mucho tiempo, ya sabes.

Tras una pausa muy larga e incómoda me sentí compelido a preguntarle:

-¿Qué me tenía usted haciendo ayer en la cañada?

Don Juan rió como un niño.

-Nada más toqué al espíritu de ese ojo de agua -dijo-. A esa clase de espíritus hay que tocarlos cuando el ojo de agua está seco, cuando el espíritu se ha retirado a la montaña. Ayer, dijéramos, lo desperté de su sueño. Pero no lo tomó a mal y señaló tu dirección afortunada. Su voz vino de esa dirección.

Don Juan señaló el sureste.

-¿Qué era la cuerda que usted tocó, don Juan?

-Un cazador de espíritus.

-¿Puedo verlo?

-No. Pero te haré uno. O mejor aun, tú mismo te harás el tuyo algún día, cuando aprendas a ver.

-¿De qué está hecho, don Juan?

-El mío es de un jabalí. Cuando tengas uno te darás cuenta de que está vivo y puede enseñarte los diversos sonidos de su gusto. Con práctica, llegarás a conocer tan bien a tu cazador de espíritus, que juntos harán sonidos llenos de poder.

-¿Por qué me llevó usted a buscar el espíritu del ojo de agua, don Juan?

-Eso lo sabrás muy pronto.

A eso de las 11:30 de la mañana nos sentamos bajo su ramada, donde él preparó su pipa para que yo fumase.

Me dijo que me levantara cuando mi cuerpo estuviese totalmente adormecido; lo logré con gran facilidad. Me ayudó a caminar un poco. Quedé sorprendido de mi control; pude dar dos vueltas a la ramada por mí mismo. Don Juan permanecía junto a mí, pero sin guiarme ni apuntalarme. Luego, tomándome por el brazo me llevó a la zanja de irrigación. Me hizo sentar en el borde y me ordenó imperiosamente mirar el agua y no pensar en nada más.

Traté de enfocar mi mirada en el agua, pero su movimiento me distraía. Mi mente y mis ojos empezaron a vagar a otros elementos del entorno inmediato. Don Juan me sacudió la cabeza de arriba a abajo y me ordenó de nuevo mirar sólo el agua y no pensar en absoluto. Dijo que quedarse viendo el agua móvil era difícil, y que había que seguir tratando. 

Intenté tres veces, y en cada ocasión otra cosa me distrajo. Don Juan, con gran paciencia, me sacudía la cabeza. Finalmente noté que mi mente y mis ojos se enfocaban en el agua; pese a su movimiento yo me sumergía en la visión de su liquidez. 

El agua se alteró levemente. Parecía más pesada, verde grisácea. Me era posible distinguir las ondas que hacía al moverse. Eran ondulaciones extremadamente marcadas. Y entonces tuve de pronto la sensación de no estar mirando una masa de agua móvil sino una imagen del agua; lo que tenía ante mis ojos era un segmento congelado del agua fluyente. 

Las ondas estaban inmóviles. Podía mirar cada una. Luego empezaron a adquirir una fosforescencia verde, y una especie de niebla verde manó de ellas. La niebla se expandía en ondas, y al moverse abrillantaba su verdor, hasta ser un brillo deslumbrante que todo lo cubría.

No sé cuánto tiempo permanecí junto a la zanja. Don Juan no me interrumpió. Me hallaba inmerso en el verde resplandor de la niebla. Podía sentirlo en todo mi derredor. Me confortaba. No tenía yo pensamientos ni sensaciones. Sólo tenía una tranquila percepción, la percepción de un verdor brillante y apaciguador.

Una gran frialdad y humedad fue lo siguiente de lo que tuve conciencia. Gradualmente me di cuenta de que estaba sumergido en la zanja. En cierto momento el agua se metió en mi nariz, y la tragué y me hizo toser. Tenía una molesta comezón en la nariz, y estornudé repetidamente. Me puse en pie y solté un estornudo tan fuerte que una ventosidad lo acompañó. Don Juan aplaudió riendo.

-Si un cuerpo se pedorrea, es que está vivo -dijo.

Me hizo seña de seguirlo y caminamos a su casa.

Pensé quedarme callado. En cierto sentido, esperaba hallarme en un estado de ánimo solitario y hosco, pero realmente no me sentía cansado ni melancólico. Me sentía más bien alegre, y me cambié de ropa muy rápido. 

Empecé a silbar. Don Juan me miró con curiosidad y fingió sorprenderse; abrió la boca y los ojos. Su gesto era muy gracioso, y me reí bastante más de lo que venía al caso.

-Estás medio loco -dijo, y rió mucho por su parte.

Le expliqué que no deseaba caer en el hábito de sentirme malhumorado después de usar su mezcla para fumar. Le dije que después de que él me sacó de la zanja de irrigación, durante mis intentos por encontrarme con el guardián, yo había quedado convencido de que podría "ver" si me quedaba mirando el tiempo suficiente las cosas a mi alrededor.

-Ver no es cosa de mirar y estarse quieto -dijo él-. Ver es una técnica que hay que aprender. O a lo mejor es una técnica que algunos de nosotros ya conocemos.

Me escudriñó como insinuando que yo era uno de quienes ya conocían la técnica.

-¿Tienes fuerzas para caminar? -preguntó.

Dije que me sentía bien, lo cual era cierto. No tenía hambre, aunque no había comido en todo el día. Don Juan puso en una mochila algo de pan y carne seca, me la dio y con la cabeza me hizo gesto de seguirlo.

-¿Dónde vamos? -pregunté.

Señaló los cerros con un leve movimiento de cabeza. Nos encaminamos hacia la misma cañada donde estaba el ojo de agua, pero no entramos en ella. Don Juan trepó por las peñas a nuestra derecha, en la boca misma de la cañada. Ascendimos la ladera. El sol estaba casi en el horizonte. Era un día templado, pero yo sentía calor y sofoco. Apenas podía respirar.

Don Juan me llevaba mucha ventaja y tuvo que detenerse para que yo lo alcanzara. Dijo que me hallaba en pésimas condiciones físicas y que acaso no era prudente ir más allá. Me dejó descansar como una hora.

Seleccionó un peñasco liso, casi redondo, y me dijo que me acostara allí. Acomodó mi cuerpo sobre la roca. Me dijo que estirara brazos y piernas y los dejara colgar. Mi espalda se hallaba ligeramente arqueada y mi cuello relajado, así que mi cabeza colgaba también. Me hizo permanecer en esa postura unos quince minutos.

Luego me indicó descubrir mi región abdominal. Eligió cuidadosamente algunas ramas y hojas y las amontonó sobre mi vientre desnudo. Sentí una tibieza instantánea en todo el cuerpo. Don Juan me tomó entonces por los pies y me dio vuelta hasta que mi cabeza apuntó hacia el sureste.

Vamos a llamar al espíritu ése del ojo de agua. -dijo.

Traté de volver la cabeza para mirarlo. Me detuvo vigorosamente por el cabello y dijo que me encontraba en una posición muy vulnerable y en una condición terriblemente débil y que debía permanecer callado e inmóvil. Me había puesto en la barriga todas esas ramas especiales para protegerme, e iba a permanecer junto a mí por si acaso yo no podía cuidarme solo.

Estaba de pie junto a la coronilla de mi cabeza, y girando los ojos yo podía verlo. Tomó su cuerda y la tensó y entonces se dio cuenta de que yo lo miraba con las pupilas casi hundidas en la frente. Me dio un coscorrón seco y me ordenó mirar el cielo, no cerrar los ojos y concentrarme en el sonido. Añadió, como recapacitando, que yo no debía titubear en gritar la palabra que él me había enseñado si sentía que algo venía hacia mi.

Don Juan y su "cazador de espíritus" empezaron con un rasgueo de baja tensión. Fue aumentándola lentamente, y empecé a oír, primero, una especie de reverberación, y luego un eco definido que llegaba constantemente de una dirección hacia el sureste. La tensión aumentó. Don Juan y su "cazador de espíritus" se hermanaban a la perfección. La cuerda producía una nota de tono bajo y don Juan la amplificaba, acrecentando su intensidad hasta que era un grito penetrante, un aullido de llamada. El remate fue un chillido ajeno, inconcebible desde el punto de vista de mi propia experiencia.

El sonido reverberó en las montañas y volvió en eco hacia nosotros. Imaginé que venía directamente hacia mí. Sentí que algo tenía que ver con la temperatura de mi cuerpo. Antes de que don Juan iniciara sus llamados yo había sentido tibieza y comodidad, pero durante el punto más alto del clamor me entró un escalofrío; mis dientes castañeteaban fuera de control y tuve en verdad la sensación de que algo venía a mí.

En cierto punto noté que el cielo estaba muy oscuro. No me había dado cuenta del cielo aunque lo estaba mirando. Tuve un momento de pánico intenso y grité la palabra que don Juan me había enseñado.

Don Juan empezó inmediatamente a disminuir la tensión de sus extraños gritos, pero eso no me trajo ningún alivio.

-Tápate los oídos -murmuró don Juan, imperioso.

Los cubrí con mis manos. Tras algunos minutos don Juan cesó por entero y vino a mi lado. Después de quitar de mi vientre las ramas y las hojas, me ayudó a levantarme y cuidadosamente las puso en la roca donde yo había yacido. Hizo con ellas una hoguera, y mientras ardía frotó mi estómago con otras hojas de su morral.

Me puso la mano en la boca cuando yo estaba a punto de decirle que tenía una jaqueca terrible. Nos quedamos allí hasta que todas las hojas ardieron. Ya había oscurecido bastante. Bajamos el cerro y volví mal del estómago.

Mientras caminábamos a lo largo de la zanja, don Juan dijo que yo había hecho bastante y que no debía quedarme. Le pedí explicar qué era el espíritu del ojo de agua, pero me hizo gesto de callar. Dijo que hablaríamos de eso algún otro día, luego cambió deliberadamente el tema y me dio una larga explicación acerca de "ver". Dije que era lamentable no poder escribir en la oscuridad. Pareció muy complacido y dijo que la mayor parte del tiempo yo no prestaba atención a lo que él decía a causa de mi decisión de escribirlo todo.

Habló de "ver" como un proceso independiente de los aliados y las técnicas de la brujería. Un brujo era una persona que podía dominar a un aliado y, en esa forma, manipular para su propia ventaja el poder de un aliado, pero el hecho de que dominara un aliado no significaba que pudiera "ver". Le recordé que antes me había dicho que era imposible "ver" si no se tenía un aliado. Don Juan repuso con mucha calma que había llegado a la conclusión de que era posible "ver" sin dominar un aliado. Sentía que no había razón para lo contrario, pues "ver" no tenía nada en común con las técnicas manipulatorias de la brujería, que sólo servían para actuar sobre nuestros semejantes. Las técnicas de "ver", por otra parte, no tenían efecto sobre los hombres.

Mis ideas eran muy claras. No experimentaba fatiga ni soñolencia ni tenía ya malestar de estómago, caminando con don Juan. Tenía mucha hambre, y cuando llegamos a su casa me atraganté de comida.

Después le pedí hablarme más sobre las técnicas de "ver". Sonrió ampliamente y dijo que ya era de nuevo yo mismo.

-¿Cómo es -dije- que las técnicas de ver no tienen ningún efecto sobre nuestros semejantes?

-Ya te dije -respondió-. Ver no es brujería. Pero es fácil confundirnos, porque un hombre que ve puede aprender, en menos que te lo cuente, a manipular un aliado y puede hacerse brujo. O también, un hombre puede aprender ciertas técnicas para dominar un aliado y así hacerse brujo, aunque tal vez nunca aprenda a ver.

Además, ver es contrario a la brujería. Ver le hace a uno darse cuenta de la insignificancia de todo eso.

-¿La insignificancia dé qué, don Juan?

-La insignificancia de todo.

No dijimos nada más. Me sentía muy calmado y ya no quería hablar. Yacía de espaldas sobre un petate. Había hecho una almohada con mi chaqueta. Me sentía cómodo y feliz y pasé horas escribiendo mis notas a la luz de la lámpara de petróleo.

De pronto don Juan habló de nuevo.

-Hoy estuviste muy bien -dijo-. Estuviste muy bien en el agua. El espíritu del ojo de agua simpatiza contigo y te ayudó en todo momento.

Me di cuenta entonces de que había olvidado relatarle mi experiencia. Empecé a describir la forma en que había percibido el agua. No me dejó continuar. Dijo saber que yo había percibido una niebla verde.

Me sentí compelido a preguntar:

-¿Cómo sabía usted eso, don Juan?

-Te vi.

-¿Qué hice?

-Nada, estuviste allí sentado mirando el agua, y por fin percibiste la neblina verde.

-¿Fue eso ver?

-No. Pero anduviste muy cerca. Te estás acercando.

Me excité mucho. Quise saber más al respecto. Don Juan rió e hizo burla de mis ansias. Dijo que cualquiera podía percibir la niebla verde porque era como el guardián, algo que inevitablemente estaba allí, de modo que percibirla no era gran hazaña.

-Cuando dije que estuviste bien, me refería a que no te inquietaste -dijo-, como cuando te encontraste con el guardián. Si te hubieras puesto inquieto yo habría tenido que sacudirte la cabeza y regresarte. Siempre que un hombre entra en la niebla verde, su maestro tiene que quedarse con él por si la niebla lo empieza a atrapar. Tú sólo puedes dar el salto y escapar del guardián, pero no puedes escapar por ti mismo de las garras de la niebla verde. Al menos al principio. A lo mejor más tarde aprendes un modo de hacerlo. Ahora estamos
tratando de averiguar otra cosa.

-¿Qué estamos tratando de averiguar?

-Si puedes ver el agua.

-¿Cómo sabré que la he visto, o que la estoy viendo?

-Sabrás. Te confundes sólo cuando hablas.