AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

sábado, 27 de diciembre de 2025

[4] CASTANEDA. UNA REALIDAD APARTE: LOS PRELIMINARES DEL «VER». Parte IV.

Entre amigos, de izquierda a derecha: Esquere, Genaro, don Juan, Lucio, Carlos, Benigno y Eligio.

Los preliminares de ver 

Cuarta parte

El 4 de septiembre de 1968 fui a Sonora para visitar a don Juan. Cumpliendo una petición que me había hecho durante mi visita anterior, me detuve de paso en Hermosillo para comprarle un tequila llamado bacanora que solo se encuentra en esta ciudad y de manera clandestina, pues la bebida está prohibida. Me parecía muy extraño que don Juan me halla pedido esto, sabiendo que le disgustaba beber alcohol.

Le compré cuatro botellas y las puse en una caja junto con otras cosas que le llevaba.

-¡Vaya, trajiste cuatro botellas! -dijo, riendo, cuando abrió la caja-. Te pedí que me compraras una.

Apuesto a que creíste que el bacanora era para mí, pero es para mi nieto Lucio, y tú tienes que dárselo como regalo personal de tu parte.

Yo había conocido al nieto de don Juan dos años antes; entonces tenía veintiocho. Era muy alto -más de un metro ochenta- y siempre vestía extravagantemente bien para sus medios y en comparación con sus paisanos. Mientras la mayoría de los yaquis visten caqui y mezclilla, sombreros de paja y guaraches de fabricación casera, el atavío de Lucio consistía en una costosa chaqueta de cuero negra con escarolas de cuentas de turquesa, un sombrero tejano y un par de botas monogramadas y decoradas a mano.

Lucio quedó encantado al recibir el licor e inmediatamente guardó las botellas en su casa. Don Juan comentó de forma casual que nunca hay que esconder licor ni beberlo a solas. Lucio dijo que en realidad no estaba escondiendo las botellas, sino guardándolas hasta la noche, hora en que invitaría a sus amigos a beber.

Esa noche, a eso de las siete, regresé a casa de Lucio. Había oscurecido. Discerní la vaga silueta de dos personas bajo un árbol pequeño; eran Lucio y uno de sus amigos, quienes me esperaban y me guiaron a la casa con una linterna.

La vivienda de Lucio era una endeble construcción de dos piezas y piso de tierra, hecha con varas y argamasa. Medía unos seis metros de largo y la sustentaban vigas de mezquite, relativamente delgadas.

Como todas las casas de los yaquis, tenía techo plano, de paja, y una "ramada" de tres metros de ancho: especie de toldo sobre toda la parte delantera de la casa. Un techo de ramada nunca tiene paja; se hace de ramas acomodadas con soltura, dando bastante sombra y a la vez permitiendo la circulación libre de la brisa refrescante.

Al entrar en la casa encendí la grabadora que llevaba dentro de mi portafolio. Lucio me presentó a sus amigos.

Había ocho hombres dentro de la casa, incluyendo a don Juan. Se hallaban sentados informalmente en torno al centro de la habitación, bajo la viva luz de una lámpara de gasolina que colgaba de una viga. Don Juan estaba sentado sobre un cajón. Tomé asiento frente a él en el extremo de una banca de dos metros hecha con una gruesa viga de madera clavada a dos horquillas plantadas en el suelo.

Don Juan había puesto su sombrero en el piso, junto a él. La luz de la lámpara hacía que su cabello corto y cano se viese más brillantemente blanco. Miré su rostro; la luz resaltaba asimismo las hondas arrugas en su cuello y su frente, y lo hacía parecer más moderno y más viejo.

Miré a los otros hombres; bajo la luz blanca verdosa de la lámpara de gasolina todos se veían cansados y viejos.

Lucio se dirigió en español a todo el grupo y dijo en voz alta que íbamos a beber una botella de bacanora que yo le había traído de Hermosillo. Fue al otro aposento, sacó una botella, y la descorchó y me la dio junto con una pequeña taza de hojalata. Serví un pequeñísimo tanto y lo bebí. El bacanora parecía más fragante y denso que el tequila común, y más fuerte también. Me hizo toser. Pasé la botella y todos se sirvieron un traguito excepto don Juan; él nada más tomó la botella y la colocó frente a Lucio, que estaba al final de la línea.

Todos comentaron con vivacidad el rico sabor de esa botella en particular, y estuvieron de acuerdo en que el licor debía proceder de las montañas altas de Chihuahua.

La botella dio una segunda vuelta. Los hombres chasquearon los labios, repitieron sus elogios e iniciaron una animada discusión acerca de las notorias diferencias entre el tequila hecho en los alrededores de Guadalajara y el que se elabora a gran altitud en Chihuahua.

Durante la segunda vuelta, don Juan tampoco bebió, y yo sólo me serví un sorbo, pero los demás llenaron la taza hasta el borde. La botella volvió a pasar de mano en mano y se vació.

-Saca las otras botellas, Lucio -dijo don Juan.

Lucio pareció vacilar, y don Juan explicó a los otros, en tono enteramente casual, que había traído cuatro botellas para Lucio.

Benigno, un joven de la edad de Lucio, miró el portafolio que yo había colocado discretamente detrás de mí y preguntó si era un vendedor de tequila. Don Juan le contestó que no, y que en realidad había ido a Sonora para verlo a él.

-Carlos está aprendiendo sobre Mescalito, y yo le estoy enseñando -dijo don Juan.

Todos me miraron y sonrieron con cortesía. Bajea, el leñador, un hombre pequeño y delgado, de facciones pronunciadas, fijó los ojos en mí durante un momento y luego dijo que el tendero me había acusado de ser espía de una compañía americana que planeaba explotar minas en la tierra yaqui. Todos reaccionaron como si tal acusación los indignara. Además, nadie se llevaba bien con el tendero, que era mexicano, o yoricomo dicen los yaquis.

Lucio fue al otro aposento y regresó con una nueva botella de bacanora. La abrió, se sirvió un buen tanto y luego la pasó. La conversación se desvió hacia las probabilidades de que la compañía americana viniese a Sonora, y a su posible efecto sobre los yaquis. La botella volvió a Lucio. La alzó y miró su contenido para ver cuánto quedaba.

-Dile que no se apure -me susurró don Juan-. Dile que le traerás más la próxima vez que vengas.

Me incliné hacia Lucio y le aseguré que en mi próxima visita le llevaría al menos media docena de botellas.

En determinado momento, los temas de conversación parecieron agotarse. Don Juan se volvió hacia mi y dijo en voz alta:

-¿Por qué no les cuentas aquí a los muchachos tus encuentros con Mescalito? Creo que eso será mucho más interesante que esta plática inútil de qué pasará si la compañía americana viene a Sonora.

-¿Ese Mescalito es el peyote, agüelo? -preguntó Lucio con curiosidad.

-Alguna gente lo llama así -dijo don Juan secamente-. Yo prefiero llamarlo Mescalito.

-Esa chingadera lo vuelve a uno loco -dijo Genaro, un hombre alto y robusto, de edad madura.

-Eso de decir que Mescalito lo vuelve a uno loco es pura estupidez -dijo don Juan suavemente-. Porque si ése fuera el caso, Carlos andaría ahorita mismo con camisa de fuerza en vez de estar aquí platicando con ustedes. El ha tomado y mírenlo. Está muy bien.

Bajea sonrió y repuso con timidez: -¿Quién sabe? -y todo el mundo rió.

-Bueno, mírenme a mí -dijo don Juan-. Yo he conocido a Mescalito casi toda mi vida y jamás me ha hecho daño.

Los hombres no rieron, pero resultaba obvio que no lo tomaban en serio. 

-Por otro lado -siguió don Juan-, es cierto que Mescalito lo vuelve loco a uno, como tú dijiste, pero eso pasa sólo cuando uno va a verlo sin saber lo que hace.

Esquere, un anciano que parecía de la edad de don Juan, rió suavemente, chasqueando la lengua, mientras meneaba la cabeza de un lado a otro.

-¿Qué es lo que uno tiene que saber, Juan? -preguntó-. La última vez que te vi, te oí decir la misma cosa.

-La gente de veras se vuelve loca cuando toma esa chingadera del peyote -continuó Genaro-. Yo he visto a los huicholes* comerlo. Parecía como si les hubiera dado la rabia. Echaban espuma por la boca, vomitaban, se orinaban. Te puede dar epilepsia por comer esa porquería. Eso me dijo una vez el señor Salas, el ingeniero del gobierno. Y la epilepsia es para toda la vida, ya saben.

*Huichol es el nombre castellanizado para el pueblo Wixárika, un grupo indígena de México conocido por su rica cultura y tradiciones, que significa en su lengua "curandero" o "doctor", mientras que ellos se autodenominan Wixaritari, que significa "el pueblo de corazón profundo/grande", aunque históricamente se les ha llamado también "los que huyen". Son guardianes de una cosmovisión ancestral centrada en el peyote, el venado y el maíz, expresada en su vibrante arte de chaquira y estambre. 


-Eso es estar peor que los animales -añadió Bajea con solemnidad.

-Tu viste lo que querías ver de los huicholes, Genaro -dijo Juan-. Por eso jamás te molestaste en preguntarles cómo es trabar amistad con Mescalito. Que yo sepa, Mescalito no le ha dado epilepsia a nadie.

El ingeniero del gobierno es yori, y no creo que un yori sepa nada de eso ¿A poco de veras piensas que toda la gente que conocen y han conocido a Mescalito están locas?

-Deben de estar locos o casi locos, para hacer una cosa así -respondió Genaro.

-Pero si todos esos miles estuvieran locos al mismo tiempo, ¿quién haría su trabajo? ¿Cómo se las arreglarían para ganarse la vida? -preguntó don Juan.

-Macario, que viene del "otro lado" -(los EE.UU.)-, me dijo que quien lo toma está marcado para toda la vida -dijo Esquere.

-Macario está mintiendo si dice tal cosa -dijo don Juan-. Estoy seguro de que no sabe lo que está diciendo.

-Ese dice muchas mentiras -dijo Benigno.

-¿Quién es Macario? -pregunté.

-Un yaqui que vive aquí -dijo Lucio-. Ese dice que es de Arizona y que estuvo en Europa cuando la guerra. Cuenta toda clase de historias imaginadas.

-¡Y que llegó a ser coronel! -dijo Benigno.

Todo el mundo rió y por un rato la conversación se centró en los increíbles relatos de Macario, pero don Juan volvió nuevamente al tema de Mescalito.

-Si todos ustedes saben que Macario es un embustero, ¿cómo pueden creerle cuando habla de Mescalito?

-¿Eso es el peyote, agüelo? -preguntó Lucio, como si en verdad pugnara por hallar sentido al término.

-¡Sí! ¡Carajo!

El tono de don Juan fue cortante y abrupto. Lucio se encogió involuntariamente, y por un momento sentí que todos tenían miedo. Luego don Juan sonrió con amplitud y prosiguió en tono amable.

-¿Es que no ven que Macario no sabe lo que dice? ¿No ven que para hablar de Mescalito hay que saber?

-Ahí va la burra al trigo -dijo Esquere-. ¿Qué carajos hay que saber? Estás peor que Macario. Al menos él dice lo que piensa, sepa o no. Llevo años oyéndote decir que tenemos que saber. ¿Qué cosa tenemos que saber?

-Don Juan dice que hay un espíritu en el peyote -dijo Benigno.

-Yo he visto peyote en el campo, pero jamás he visto espíritus ni nada por el estilo -añadió Bajea.

-Mescalito es tal vez como un espíritu -explicó don Juan-. Pero lo que pueda ser no se aclara hasta que uno lo conoce. Esquere se queja de que llevo años diciendo esto. Pues, si. Pero no es culpa mía que ustedes no entiendan. 

Bajea dice que quien lo toma se vuelve como animal. Pues, yo no lo veo así. Para mí, los que se creen por encima de los animales viven peor que los animales. Aquí está mi nieto. Trabaja sin descanso. 

Yo diría que vive para trabajar, como una mula. Y lo único que él hace que no hace un animal es emborracharse.

Todos soltaron la risa. Víctor, un hombre muy joven que parecía hallarse aún en la adolescencia, rió en un tono por encima de los demás.

Eligio, un indio joven, no había pronunciado hasta entonces una sola palabra. Estaba sentado en el piso, a mi derecha, recargado contra unos costales de fertilizante químico que se habían apilado dentro de la casa para protegerlos de la lluvia. Era uno de los amigos de niñez de Lucio, más lleno de carnes y mejor formado.

Eligio parecía preocupado por las palabras de don Juan. Bajea intentaba dar una réplica, pero Eligio lo interrumpió.

-¿En qué forma cambiaría el peyote todo esto? -preguntó-. A mí me parece que el hombre nace para trabajar toda la vida, como las mulas.

-Mescalito cambia todo -dijo don Juan-, pero todavía tenemos que trabajar como todo el mundo, como mulas. Dije que había un espíritu en Mescalito porque algo como un espíritu es lo que produce el cambio en los hombres. Un espíritu que se ve y se toca, un espíritu que nos cambia, a veces aunque no queramos.

-El peyote te vuelve loco -dijo Genaro-, y entonces, claro, crees que has cambiado. ¿Verdad?

-¿Cómo puede cambiarnos? -insistió Eligio.

-Nos enseña la forma correcta de vivir -dijo don Juan-. Ayuda y protege a quienes lo conocen. La vida que ustedes llevan no es vida. No conocen la felicidad que viene de hacer las cosas a propósito. ¡Ustedes no tienen un benefactor!

-¿Qué quieres decir? -dijo Genaro con indignación-. Claro que tenemos. Nuestro Señor Jesucristo y nuestra madre la Virgen, la Virgencita de Guadalupe. ¿No son nuestros protectores?

-¡Qué buen hatajo de protectores! -dijo don Juan, burlón-, ¿A poco te han enseñado a vivir mejor?

-Es que la gente no les hace caso -protestó Genaro-; y sólo le hacen caso al demonio.

-Si fueran protectores de verdad, los obligarían a escuchar -dijo don Juan-. Si Mescalito se convierte en tu protector, tendrás que escuchar quieras o no, porque puedes verlo y tienes que hacer caso de lo que te

diga. Te obligará a acercarte a él con respeto. No como ustedes están acostumbrados a acercarse a sus

protectores -aclaró.

-¿Qué quieres decir, Juan? -preguntó Esquere.

-Quiero decir que, para ustedes, acercarse a sus protectores significa que uno de ustedes tiene que tocar el violín, y un bailarían tiene que ponerse su máscara y sonajas y bailar, mientras todos ustedes beben. Tú, Benigno, fuiste pascola*; cuéntanos cómo fue eso.

-Solo durante tres años y después lo dejé -dijo Benigno-. Es trabajo duro.

-Pregúntenle a Lucio -dijo Esquere, satírico-. ¡Ese lo dejó en una semana!


*Pascola se refiere a un danzante ritual tradicional del noroeste de México (Yaqui y Mayo), cuyo nombre en lengua mayo significa "el viejo de la fiesta". Es un personaje central en festividades, representando dualidad (maldad y sabiduría) y mezclando elementos prehispá-nicos y cristianos, a menudo vestido con máscaras fantás-ticas de madera, barbas de crin de caballo y cascabeles, bailando y haciendo reír al público. 

Todos rieron, excepto don Juan. Lucio sonrió, aparentemente apenado, y se tomó dos grandes tragos de bacanora.

-No es duro, es estúpido -dijo don Juan-. Pregúntenle a Valencio, el pascola, si goza de su baile. ¡Pues no!

Se acostumbró, eso es todo. Yo llevo años de verlo bailar, y siempre veo los mismos movimientos mal hechos. No tiene orgullo de su arte, salvo cuando habla del baile. No le tiene cariño, y por eso año tras año repite los mismos movimientos. Lo que su baile tenía de malo al principio ya se consolidó y ya no lo puede ver.

-Así le enseñaron a bailar -dijo Eligio-. Yo también fui pascola, en el pueblo de Torim. Sé que hay que bailar como le enseñan a uno.

-De todas maneras, Valencio no es el mejor pascola -dijo Esquere-. Hay otros. ¿Qué tal Zacateca?

-Zacateca es un hombre de conocimiento; no es de la misma clase que ustedes -dijo don Juan con severidad-. Ese baila porque ésa es la inclinación de su naturaleza. Lo que yo quería decir era sólo que ustedes, que no son pascolas, no gozan las danzas. Si el pascola es bueno, capaz, algunos de ustedes sacarán placer. Pero no hay muchos de ustedes que sepan tanto de la danza de los pascolas; por eso ustedes se contentan con una alegría fugaz. Por eso todos ustedes son borrachos. ¡Miren, ahí está mi nieto!

-¡Ya no siga agüelo! -protestó Lucio.

-No es flojo ni estúpido -prosiguió don Juan-, ¿pero qué más hace aparte de beber?

-¡Compra chamarras de cuero! -observó Genaro, y todos los oyentes rieron a carcajadas.

-¿Y cómo va el peyote a cambiar eso? -preguntó Eligió.

-Si Lucio buscara al benefactor -dijo don Juan-, su vida cambiaría. No sé exactamente cómo, pero estoy seguro de que sería distinta.

-¿O sea que dejaría la bebida? -insistió Eligio.

-A lo mejor. Necesita algo más que tequila para tener una vida satisfecha. Y ese algo, sea lo que sea, puede que se lo dé el benefactor.

-Entonces el peyote ha de ser muy sabroso -dijo Eligio.

-Yo no dije eso -repuso don Juan.

-¿Cómo carajos lo va uno a disfrutar si no sabe bien? -dijo Eligio.

-Lo hace a uno disfrutar mejor de la vida -dijo don Juan.

-Pero si no sabe bien, ¿cómo va a hacernos disfrutar mejor la vida? -persistió Eligio-. Esto no tiene ni pies ni cabeza.

-Claro que tiene -dijo Genaro con convicción-. El peyote te vuelve loco y naturalmente crees que estás gozando de la vida como nunca, hagas lo que hagas.

Todos rieron de nuevo.

-Sí tiene sentido -prosiguió don Juan, incólume- cuando piensas lo poco que sabemos y lo mucho que hay que aprender. El trago es lo que enloquece a la gente. Empaña las imágenes. Mescalito, en cambio, lo aclara todo.

Te hace ver tan bien. ¡Pero tan bien!

Lucio y Benigno se miraron y sonrieron como si hubiesen oído antes la historia. Genaro y Esquere se impacientaron más y empezaron a hablar al mismo tiempo. Victor rió por encima de todas las otras voces.

Eligio parecía ser el único interesado.

-¿Cómo puede el peyote hacer todo eso? -preguntó.

-En primer lugar -explicó don Juan-, debes tener el deseo de hacer su amistad, y creo que esto es lo más importante. Luego alguien tiene que ofrecerte a él, y debes reunirte con él muchas veces antes de poder decir que lo conoces.

-¿Y qué pasa después? -preguntó Eligio.

-Te cagas en el techo con el culo en el suelo -interrumpió Genaro. El público rugió.

-Lo que pasa después depende por completo de ti -prosiguió don Juan sin perder el control-. Debes acudir a él sin miedo y, poco a poco, él te enseñará cómo vivir una vida mejor.

Hubo una larga pausa. Los hombres parecían cansados. La botella estaba vacía. Con obvia renuencia, Lucio abrió otra.

-¿Es también el peyote el benefactor de Carlos? -preguntó Eligio en tono de broma.

-Yo no sé -dijo don Juan-. Lo ha probado tres veces; dile a él que te cuente.

Todos se volvieron hacia mí con curiosidad, y Eligio preguntó:

-¿De veras lo hiciste?

-Si. Lo hice.

Al parecer, don Juan había ganado un asalto con su público. Estaban interesados en oír acerca de mi experiencia, o bien eran demasiado corteses para reírse en mi cara.

-¿No te cortó la boca? -preguntó Lucio.

-Si y también tenía un sabor espantoso.

-¿Entonces por qué lo comiste? -preguntó Benigno. Empecé a explicar, en términos elaborados, que para un occidental el conocimiento que don Juan tenía del peyote era una de las cosas más fascinantes que podían encontrarse.

Añadí luego que cuanto él había dicho al respecto era cierto, y que cada uno de nosotros podía verificarlo por sí mismo.

Advertí que todos sonreían como ocultando su desdén. Me puse muy incómodo. Tenía conciencia de mi torpeza para transmitir lo que realmente pensaba. Hablé un rato más, pero había perdido el ímpetu y sólo repetí lo que ya don Juan había dicho. Don Juan acudió en mi ayuda y preguntó en tono confortante:

-Tú no andabas buscando un benefactor cuando te encontraste por vez primera a Mescalito, ¿verdad?

Les dije que yo no sabía que Mescalito pudiera ser un benefactor, y que sólo me movían mi curiosidad y un gran deseo de conocerlo.

Don Juan reafirmó que mis intenciones habían sido impecables, y dijo que a causa de ello Mescalito tuvo un efecto benéfico sobre mí.

-Pero te hizo vomitar y orinar por todas partes, ¿no? -insistió Genaro.

Le dije que, en efecto, me había afectado de esa forma. Todos rieron en forma contenida. Sentí que su desdén hacia mí había crecido más aun. No parecían interesados, con excepción de Eligio, que me observaba.

-¿Qué viste? -preguntó.

Don Juan me instó a narrarles todos, o casi todos, los detalles salientes de mis experiencias, de modo que describí la secuencia y la forma de lo que había percibido. Cuando terminé de hablar, Lucio hizo un comentario.

-Te sacó la . . . ¡Qué bueno que yo nunca lo he comido!

-Es lo que les decía -dijo Genaro a Bajea-. Esa chingadera lo vuelve a uno loco.

-Pero Carlos no está loco ahora. ¿Cómo explicas eso? -preguntó don Juan a Genaro.

-¿Y cómo sabemos que no está? -replicó Genaro.

Todos soltaron la risa, inclusive don Juan.

-¿Tuviste miedo? -preguntó Benigno.

-Claro que sí.

-¿Entonces por qué lo hiciste? -preguntó Eligio.

-Dijo que quería saber -repuso Lucio en mi lugar-. Yo creo que Carlos se está volviendo como mi abuelo.

Los dos han estado diciendo que quieren saber, pero nadie sabe qué carajos quieren saber.

-Es imposible explicar eso -dijo don Juan a Eligio- porque es distinto para cada hombre. Lo único que es igual para todos nosotros es que Mescalito revela sus secretos en forma privada a cada hombre. Porque yo sé como se siente Genaro, no le recomiendo que busque a Mescalito. Sin embargo, pese a mis palabras o a lo que él siente, Mescalito podría crearle un efecto totalmente benéfico. Pero sólo él lo puede averiguar, y ése es el saber del que yo he estado hablando.

Don Juan se puso de pie.

-Es hora de irse -dijo-. Lucio está borracho y Víctor ya se durmió.

Dos días después, el 6 de septiembre, Lucio, Benigno y Eligio fueron a la casa donde yo me alojaba, para que saliéramos de cacería. Permanecieron en silencio un rato mientras yo seguía escribiendo mis notas.

Entonces Benigno rió cortésmente, como advertencia de que iba a decir algo importante.

Tras un embarazoso silencio, rió de nuevo y dijo:

-Aquí Lucio dice que quiere comer peyote.

-¿De veras lo harías? -pregunté.

-Sí. Me da igual hacerlo o no hacerlo.

La risa de Benigno brotó a borbollones:

-Lucio dice que él come peyote si tú le compras una motocicleta.

Lucio y Benigno se miraron y echaron a reír.

-¿Cuánto cuesta una motocicleta en los Estados Unidos? -preguntó Lucio.

-Probablemente la conseguirás en cien dólares -dije.

-Eso no es mucho por allá, ¿verdad? Podrías conseguírsela fácilmente, ¿no? -preguntó Benigno.

-Bueno, déjame preguntarle primero a tu abuelo -dije a Lucio.

-No, no -protestó-. Ni se lo menciones. Lo va a echar todo a perder. Es bien raro. Y además, está muy viejo y muy chocho y no sabe lo que hace.

-Antes era un brujo de los buenos -añadió Benigno-. Digo, de a de veras. En mi casa dicen que era el mejor. Pero se las dio de peyotero y acabó mal. Ahora ya está muy viejo.

-Y repite y repite las mismas pendejadas sobre el peyote -dijo Lucio.

-Ese peyote es pura mierda -dijo Benigno-. Sabes, lo probamos una vez. Lucio le sacó a su abuelo un costal entero. Una noche que íbamos al pueblo lo mascamos. ¡Hijo de puta! me hizo pedazos la boca. ¡Tenía un sabor asqueroso! 

-¿Lo tragaron? -pregunté.

-Lo escupimos -dijo Lucio-, y tiramos todo el pinche costal.

Ambos pensaban que el incidente era muy chistoso. Eligio, mientras tanto, no había dicho una palabra.

Estaba apartado, como de costumbre. Ni siquiera rió.

-¿A ti te gustaría probarlo, Eligio? -pregunté.

-No. Yo no. Ni por una motocicleta.

Lucio y Benigno hallaron la frase absolutamente chistosa y rugieron de nuevo.

-Sin embargo -continuó Eligio-, tengo que decir que don Juan me intriga.

-Mi abuelo es demasiado viejo para saber nada -dijo Lucio con gran convicción.

-Sí, es demasiado viejo -resonó Benigno.

La opinión que los dos jóvenes tenían de don Juan me parecía pueril e infundada. Sentí que era mi deber salir en defensa de su reputación, y les dije que en mi opinión don Juan era entonces, como lo había sido antes, un gran brujo, tal vez incluso el más grande de todos. Dije que sentía en él algo en verdad extraordinario. Los insté a recordar que don Juan, teniendo más de setenta años, poseía mayor fuerza y energía que todos nosotros juntos. Reté a los jóvenes a comprobarlo tratando de tomar por sorpresa a don Juan.

-A mi abuelo nadie lo agarra desprevenido -dijo Lucio orgullosamente-. Es brujo.

Le recordé que lo habían llamado viejo y chocho, y que un viejo chocho no sabe lo que pasa a su lado. Dije que la presteza de don Juan me había maravillado en repetidas ocasiones.

-Nadie puede tomar por sorpresa a un brujo, aunque sea viejo -dijo Benigno con autoridad-. Lo que sí, pueden caerle en montón cuando esté dormido. Eso le pasó a un tal Cevicas. La gente se cansó de sus malas artes y lo mataron.

Les pedí detalles de aquel evento, pero dijeron que había ocurrido años atrás cuando eran aún niños pequeños. Eligio añadió que en el fondo, la gente creía que Cevicas había sido solamente un charlatán, pues nadie podía dañar a un brujo de verdad. Traté de seguir interrogándolos sobre sus opiniones acerca de los brujos.

No parecían tener mucho interés en el tema; además, estaban ansiosos de salir a disparar el rifle de calibre 22 que portaba.

Guardamos silencio un rato mientras caminábamos hacia el espeso chaparral; luego Eligio, que iba a la cabeza de la fila, se volvió a decirme:

-A lo mejor los locos somos nosotros. A lo mejor don Juan tiene razón. Mira nada más cómo vivimos.

Lucio y Benigno protestaron. Yo intenté mediar. Apoyé a Eligió y les dije que yo mismo había sentido algo erróneo en mi manera de vivir. Benigno dijo que yo no tenía motivo para quejarme de la vida; que tenía dinero y coche. Repuse que yo fácilmente podría decir que ellos mismos estaban mejor porque cada uno poseía un trozo de tierra. Respondieron al unísono que el dueño de su tierra era el banco ejidal. Les dije que yo tampoco era dueño de mi coche, que el propietario era un banco californiano, y que mi vida era sólo distinta a las suyas, pero no mejor. Para entonces ya estábamos en los matorrales densos.

No hallamos venados ni jabalíes, pero cobramos tres liebres. Al regreso nos detuvimos en casa de Lucio y él anunció que su esposa haría guisado de liebre. Benigno fue a la tienda a comprar una botella de tequila y a traernos refrescos. Cuando volvió, don Juan iba con él.

-¿Hallaste a mi agüelo tomando cerveza en la tienda? -preguntó Lucio, riendo.

-No he sido invitado a esta reunión -dijo don Juan-. Sólo pasé a preguntarle a Carlos iba a ir hacia Hermosillo.

Le dije que planeaba salir al día siguiente, y mientras hablábamos Benigno distribuyó las botellas. Eligio dio la suya a don Juan, y como entre los yaquis rehusar algo, aun como cumplido, es una descortesía mortal, don Juan la tomó en silencio. Yo di la mía a Eligio, y él se vio obligado a tomarla. Benigno, a su vez, me dio su botella. Pero Lucio, que obviamente había visualizado todo el esquema de buenos modales yaquis, ya había terminado de beber su refresco. Se volvió a Benigno, que lucía una expresión patética, y dijo riendo:

-Te quedaste sin tu botella.

Don Juan dijo que él nunca bebía refresco y puso su botella en manos de Benigno. Quedamos en silencio, sentados bajo la ramada.

Eligio parecía nervioso. Jugueteaba con el ala de su sombrero.

-He estado pensando en lo que decía usted la otra noche -dijo a don Juan-. ¿Cómo puede el peyote cambiar nuestra vida? ¿Cómo?

Don Juan no respondió. Miró fijamente a Eligio durante un momento y luego empezó a cantar en yaqui.

No era una canción propiamente dicha, sino una recitación corta. Permanecimos largo rato sin hablar. Luego pedí a don Juan que me tradujese las palabras yaquis.

-Eso fue solamente para los yaquis -dijo con naturalidad.

Me sentí desanimado. Estaba seguro de que había dicho algo de gran importancia.

-Eligio es indio -me dijo finalmente don Juan-, y como indio, Eligio no tiene nada. Los indios no tenemos nada. Todo lo que ves por aquí pertenece a los yoris. Los yaquis sólo tienen su ira y lo qué la tierra les ofrece libremente.

Nadie abrió la boca en bastante rato; luego don Juan se levantó y dijo adiós y se fue. Lo miramos hasta que desapareció tras un recodo del camino. Todos parecíamos estar nerviosos. Lucio nos dijo, deshilvanadamente, que su abuelo se había marchado porque detestaba el guisado de liebre. Eligio parecía sumergido en pensamientos. 

Benigno se volvió hacia mí y dijo, fuerte:

-Yo pienso que el Señor los va a castigar a tí y a don Juan por lo que están haciendo.

Lucio empezó a reír y Benigno se le unió.

-Ya te estás haciendo el payaso, Benigno -dijo Eligio, sombrío-. Lo que acabas de decir no vale nada.

15 de septiembre de 1968

Eran las nueve de una noche de un sábado. Don Juan estaba sentado frente a Eligio en el centro de la ramada en casa de Lucio. Don Juan puso entre ambos su saco de botones de peyote y cantó meciendo ligeramente su cuerpo hacia atrás y hacia adelante. Lucio, Benigno y yo nos hallábamos cosa de metro y medio detrás de Eligio, sentados con la espalda contra la pared. Al principio la oscuridad fue completa. Habíamos estado dentro de la casa, a la luz de la linterna de gasolina, esperando a don Juan. 

Al llegar, él nos hizo salir a la ramada y nos dijo dónde sentarnos. Tras un rato mis ojos se acostumbraron a lo oscuro. Pude ver claramente a todos. Advertí que Eligio parecía aterrado. Su cuerpo entero temblaba; sus dientes castañeteaban en forma incontrolable. Sacudidas espasmódicas de su cabeza y su espalda lo convulsionaban.

Don Juan le habló diciéndole que no tuviera miedo y confiase en el protector y no pensara en nada más. Con ademán despreocupado tomó un botón de peyote, lo ofreció a Eligio y le ordenó mascarlo muy despacio.

Eligio gimió como un perrito y retrocedió. Su respiración era muy rápida; sonaba como el resoplar de un fuelle. Se quitó el sombrero y se enjugó la frente. Se cubrió el rostro con las manos. Pensé que lloraba.

Transcurrió un momento muy largo y tenso antes de que recuperara algún dominio de si. Enderezó la espalda y, aún cubriéndose la cara con una mano, tomó el botón de peyote y comenzó a mascarlo.

Sentí una aprensión tremenda. No había advertido, hasta entonces, que acaso me hallaba tan asustado como Eligio. Mi boca tenía una sequedad similar a la que produce el peyote. Eligio mascó el botón durante largo rato. Mi tensión aumentó. Empecé a gemir involuntariamente mientras mi respiración se aceleraba.

Don Juan empezó a canturrear más alto; luego ofreció otro botón a Eligio y, cuando Eligio lo hubo terminado, le ofreció fruta seca y le indicó mascarla poco a poco.

Eligio se levantó repetidas veces para ir a los matorrales. En determinado momento pidió agua. Don Juan le dijo que no la bebiera, que sólo hiciese buches con ella.

Eligio masticó otros dos botones y don Juan le dio carne seca, cuando hubo mascado su décimo botón, yo estaba casi enfermo de angustia.

De pronto, Eligio cayó hacia adelante y su frente golpeó el suelo. Rodó sobre el costado izquierdo y se sacudió convulsivamente. Miré mi reloj. Eran las once y veinte. Eligio se sacudió, se bamboleó y gimió durante más de una hora, tirado en el suelo.

Don Juan mantuvo la misma posición frente a él. Sus canciones de peyote eran casi un murmullo.

Benigno, sentado a mi derecha, parecía distraído; Lucio, junto a él, se había dejado caer de lado y roncaba.

El cuerpo de Eligio se contrajo a una posición retorcida. Yacía sobre el costado izquierdo, de frente hacia mí, con las manos entre las piernas. Dio un poderoso salto y se volvió sobre la espalda, con las piernas ligeramente curvadas. Su mano izquierda se agitaba hacia afuera y hacia arriba con un movimiento libre y elegante en extremo. La mano derecha repitió el mismo diseño, y luego ambos brazos alternaron en un movimiento lento, ondulante, parecido al de un arpista. El movimiento se hizo gradualmente más vigoroso.

Los brazos tenían una vibración perceptible y subían y bajaban como pistones. Al mismo tiempo, las manos giraban hacia adelante, desde la muñeca, y los dedos se agitaban. Era un espectáculo bello, armonioso, hipnótico. Pensé que su ritmo y su dominio muscular estaban más allá de toda comparación.

Entonces Eligio se levantó despacio, como si se estirara contra una fuerza envolvente. Su cuerpo temblaba. Se sentó en cuclillas y luego empujó hasta quedar erecto. Sus brazos, tronco y cabeza vibraban como si los atravesase una corriente eléctrica intermitente. Era como si una fuerza ajena a su control lo asentara o lo impulsase hacia arriba.

El canto de don Juan se hizo más intenso. Lucio y Benigno despertaron y miraron sin interés la escena durante un rato y luego volvieron a dormirse.

Eligio parecía moverse hacia arriba. Al parecer estaba escalando. Ahuecaba las manos para agarrarse a objetos más allá de mi visión. Se empujó hacia arriba e hizo una pausa para recuperar el aliento.

Queriendo ver sus ojos me acerqué más a él, pero don Juan me miró con fiereza y retrocedí a mi puesto.

Entonces Eligio saltó. Fue un salto formidable, definitivo. Al parecer, había llegado a su meta. Resoplaba y sollozaba con el esfuerzo. Parecía asido a un borde. Pero algo iba alcanzándolo. Chilló desesperado. Sus manos se aflojaron y empezó a caer. Su cuerpo se arqueó hacia atrás, y un hermosísimo escarceo coordinado lo convulsionó de la cabeza a los pies. La oleada lo atravesó unas cien veces antes de que su cuerpo se desplomara como un costal sin vida.

Tras un rato extendió los brazos hacia el frente, como protegiendo su rostro. Mientras yacía sobre el pecho, sus piernas se estiraron hacia atrás; estaban arqueadas a unos centímetros del suelo, dando al cuerpo la apariencia exacta de deslizarse o volar a una velocidad increíble. La cabeza estaba arqueada hacia atrás, a todo lo que daba; los brazos unidos sobre los ojos, escudándolos. Podía yo sentir el viento silbando en torno suyo. Boqueé y di un fuerte grito involuntario. Lucio y Benigno despertaron y miraron con curiosidad a Eligio.

-Si me compras una moto, lo masco ahorita -dijo Lucio en voz alta.

Miré a don Juan. Él hizo un gesto imperativo con la cabeza de negación.

-¡Hijo de puta! -masculló Lucio, y volvió a dormirse.

Eligio se puso en pie y echó a andar. Dio unos pasos hacia mí y se detuvo. Pude verlo sonreír con una expresión beatífica. Trató de silbar. El sonido no era claro, pero tenía armonía. Era una tonada. Constaba solamente de un par de barras, repetidas una y otra vez. Tras un rato el silbido se hizo nítidamente audible y luego se convirtió en una melodía aguda. 

Eligio murmuraba palabras ininteligibles. Las palabras parecían ser la letra de la tonada. La repitió durante horas. Una canción muy sencilla: repetitiva, monótona, pero extrañamente bella.

Al cantar, Eligio parecía estar mirando algo. En cierto momento se acercó mucho a mí. Vi unos ojos en la semioscuridad. Estaban vidriosos, transfigurados. Sonrió y soltó una risita. Caminó y tomó asiento y caminó de nuevo, gruñendo y suspirando.

De repente, algo pareció haberlo empujado desde atrás, su cuerpo se arqueó por enmedio, como movido por una fuerza directa. En determinado instante, Eligio estaba equilibrado sobre la punta de los pies, formando un círculo casi completo, sus manos tocando el suelo. Cayó de nuevo, suavemente, sobre la espalda, y se extendió a todo su largo adquiriendo una rigidez extraña.

Gimoteó y gruñó durante un rato, luego empezó a roncar. Don Juan lo cubrió con unos sacos de arpillera.

Eran las 5:35 de la mañana.

Lucio y Benigno dormían hombro contra hombro, recargados en la pared. Don Juan y yo estuvimos callados largo rato. Él se veía fatigado. Rompí el silencio y le pregunté por Eligio. Me dijo que el encuentro de Eligio con Mescalito había tenido un éxito excepcional; Mescalito le había enseñado una canción en su primer encuentro y eso era ciertamente extraordinario.

Le pregunté por qué no había dejado a Lucio tomar peyote a cambio de una motocicleta. Dijo que Mescalito habría matado a Lucio si éste se le hubiera acercado bajo tales condiciones. Don Juan admitió haber preparado todo cuidadosamente para convencer a su nieto; me dijo que había contado con mi amistad con Lucio como parte central de su estrategia. Dijo que Lucio había sido siempre su gran preocupación, y que en una época, ambos vivieron juntos y estaban muy unidos, pero Lucio enfermó gravemente a los siete años y el hijo de don Juan, católico devoto, prometió a la Virgen de Guadalupe que Lucio ingresaría en una sociedad sagrada de danzantes si su vida se salvaba. Lucio se recobró y fue obligado a cumplir el juramento. Duró una semana como aprendiz, y luego se resolvió a romper el voto. Pensó que moriría a resultas de esto, templó su ánimo y durante un día entero esperó la llegada de la muerte. 

Todo el mundo se burló del niño y el incidente jamás se olvidó. Don Juan pasó largo rato sin hablar. Parecía haber sido cubierto por un mar de pensamientos. 

-Mi trampa era para Lucio -dijo- y en vez de él hallé a Eligio. 

Yo sabía que no tenía caso, pero cuando se quiere a alguien debemos insistir como se debe, como si fuera posible rehacer a los hombres. 

Lucio tenía valor cuando era niño, y luego lo perdió a lo largo del camino. 

-¿No puede usted embrujarlo, don Juan? 

-¿Embrujarlo? ¿Para qué? 

-Para que cambie y recobre su valor. 

-La brujería no se usa para dar valor. El valor es algo personal. La brujería es para volver a la gente inofensiva o enferma o tonta. 

No se embruja para hacer guerreros. Para ser guerrero hay que ser claro como el cristal, igual que Eligio. ¡Ahí tienes a un hombre de valor! 

Eligio roncaba apaciblemente bajo los costales. Despuntaba el día. El cielo era de un azul impecable. No había nubes a la vista. 

-Daría cualquier cosa en este mundo -dije- por saber del viaje de Eligio. ¿Se opondría usted a que yo le pidiera que me lo contara? 

-¡Bajo ninguna circunstancia debes pedirle eso! 

-¿Por qué no? Yo le cuento a usted mis experiencias. 

-Eso es distinto. No es tu inclinación guardarte las cosas para ti solo. Eligio es indio. Su viaje es todo lo que tiene. Ojalá hubiera sido Lucio. 

-¿No hay nada que pueda usted hacer, don Juan? 

-No. Por desgracia, no hay manera de hacerles huesos a las aguamalas. Fue sólo mi desatino. 

Salió el sol. Su luz empañó mis ojos cansados. 

-Me ha dicho usted muchas veces, don Juan, que un brujo no puede permitirse desatinos. Jamás pensé que tuviera usted alguno. 

Don Juan me miró con ojos penetrantes. Se levantó, miró a Eligio y luego a Lucio. Se encajó el sombrero en la cabeza, palmeándolo en la copa. 

-Es posible insistir, insistir como es debido, aunque sepamos que lo que hacemos no tiene caso -dijo, sonriendo-. 

Pero primero debemos saber que nuestros actos son inútiles, y luego proceder como si no lo supiéramos. Eso es el desatino controlado de un brujo.





[3] CASTANEDA. UNA REALIDAD APARTE: LOS PRELIMINARES DEL «VER». Parte III.

 


Los preliminares de ver 

Tercera parte

El 10 de junio de 1968 inicié un largo viaje con don Juan para participar en un mitote. Llevaba meses esperando esta oportunidad, pero no me hallaba verdaderamente seguro de querer ir. Pensaba que mi titubeo se debía al miedo de que en la reunión me viera obligado a ingerir peyote, pues no tenía la menor intención de hacerlo. Había expresado repetidamente estos sentimientos a don Juan. 

Al principio reía con paciencia, pero terminó declarando firmemente que no quería oír nada más acerca de mi miedo. En lo que a mí respectaba, un mitote era el terreno ideal para verificar los esquemas que había construido. 

En primer lugar, nunca había abandonado por entero la idea de que en tales ceremonias se necesitaba un guía encubierto para asegurar acuerdo entre los participantes. De algún modo tenía yo el sentimiento de que don Juan había descartado mi idea por razones personales, pues le parecía más eficaz explicar en términos de "ver" todo cuanto ocurría en un mitote. 

Pensaba que mi interés por hallar una explicación adecuada en mis propios términos no estaba de acuerdo con lo que él quería de mí; por tanto, tenía que descartar mi razonamiento, como solía hacer con todo lo que no se adaptaba a su sistema. 

Justo antes de iniciar el viaje, don Juan alivió mi aprensión de tener que ingerir peyote diciéndome que yo asistía al mitote sólo para observar. Me sentí jubiloso. 

Estaba entonces casi seguro de que iba a descubrir el procedimiento oculto por el cual los participantes llegaban a un acuerdo. 

Atardecía cuando partimos; el sol se hallaba casi en el horizonte; lo sentí en el cuello y desee tener una persiana en la ventana trasera del auto. Desde la cima de un cerro pude mirar un enorme valle; el camino era como un listón negro aplastado contra el suelo, subiendo y bajando innumerables colinas. Lo seguí un momento con los ojos antes de empezar el descenso; corría directamente hacia el sur hasta desaparecer sobre una hilera de montañas bajas en la distancia.

Don Juan, callado, miraba al frente. No habíamos dicho palabra en largo rato. Dentro del coche había un calor incómodo. Yo había abierto todas las ventanillas, pero eso no ayudaba porque el día era en extremo caluroso. Me sentía muy molesto e inquieto. Empecé a quejarme del calor.

Don Juan frunció el entrecejo y me miró interrogante.

-En esta época hace calor en todo México -dijo-. No se puede remediar.

No lo miré, pero supe que me contemplaba. El coche ganó velocidad al descender la cuesta. Vi vagamente una señal de carretera: vado. Cuando vi el vado mismo, iba muy rápido, y aunque frené sentimos el impacto y brincamos en los asientos. Reduje considerablemente la velocidad; atravesábamos una zona en que el ganado pastaba libre a los lados del camino, un área donde era común ver el cadáver de un caballo o una vaca atropellados por un auto. En cierto punto hube de detenerme por entero para que algunos caballos cruzaran la carretera. Cada vez me sentía más desazonado y molesto. Le dije que era el calor; que el calor me disgustaba desde la niñez, porque cada verano solía sentirme sofocado y apenas podía respirar.

-Ya no eres niño -dijo él.

-El calor me sofoca todavía.

-Bueno, a mí de niño me sofocaba el hambre -dijo con suavidad-. El hambre fue lo único que conocí de niño, y me hinchaba hasta que yo tampoco podía respirar. Pero eso fue cuando era niño. Ya no puedo sofocarme, ni puedo hincharme como sapo cuando tengo hambre.

No supe qué decir. Sentí que me estaba colocando en una posición insostenible y que pronto debería defender un punto que no me importaba defender. 

El calor no era tan malo. Lo que me molestaba era la perspectiva de manejar casi dos mil kilómetros hasta nuestro destino en esas condiciones. Me irritaba la idea de tener que esforzarme.

-Por qué no paramos a comer algo -dije-. Quizá no haga tanto calor después que el sol se meta.

Don Juan me miró, sonriendo, y dijo que durante un largo trecho no había pueblos limpios, y que según entendía, mi política era no comer en los puestos junto al camino.

-¿Ya no le tienes miedo a la diarrea? -preguntó.

Me di cuenta que hablaba con sarcasmo, pero su rostro conservaba una expresión interrogante y, a la vez, seria.

-Del modo como te portas -dijo-, uno pensaría que la diarrea está allí acechando, esperando que salgas del coche para saltarte encima. Estás en un dilema terrible; si escapas del calor, la diarrea terminará por atraparte.

El tono de don Juan era tan serio que empecé a reír. Luego viajamos en silencio largo tiempo. Cuando llegamos a un parador para camiones llamado Los Vidrios ya había oscurecido.

-¿Qué tienen hoy? -gritó don Juan desde el auto.

-Carnitas -gritó a su vez una mujer desde adentro.

-Espero, por tu bien, que el puerco haya sido atropellado hoy -me dijo don Juan, riendo.

Salimos del coche. El camino se hallaba flanqueado, a ambos lados, por hileras de montañas bajas que parecían la lava solidificada de alguna gigantesca erupción volcánica. En la oscuridad, los picos negros, dentellados, se recortaban contra el cielo como enormes y ominosos muros de astillas de vidrio.

Mientras comíamos, dije a don Juan que, sin duda, el lugar debía su nombre a la forma de las montañas.

Don Juan repuso en tono convincente que el sitio se llamaba Los Vidrios porque un camión cargado de cristales se había volteado allí y los pedazos de vidrio se quedaron tirados en el camino durante años.

Sentí que se estaba haciendo el chistoso y le pedí decirme la verdadera razón.

-¿Por qué no le preguntas a alguien? -dijo.

Interrogué a un hombre sentado en la mesa vecina; dijo en tono de disculpa, que no sabía. Entré en la cocina y pregunté a las mujeres si sabían, pero todas dijeron que no; que el lugar nada más se llamaba Los Vidrios.

-Creo que estoy en lo cierto -dijo don Juan en voz baja-. Los mexicanos no son dados a notar las cosas que los rodean. Estoy seguro de que no pueden ver las montañas de vidrio, pero claro que pueden dejar una montaña de vidrios tirada ahí durante años.

A ambos nos hizo gracia la imagen, y reímos.

Al terminar de comer, don Juan me preguntó cómo me sentía. Le dije que muy bien, pero en realidad experimentaba cierta náusea. Don Juan me miró con firmeza y pareció detectar mi sentimiento de malestar.

-Una vez que decidiste venir a México debiste haber dejado todos tus pinches miedos -dijo con mucha severidad-. Tu decisión de venir debió haberlos vencido. Viniste porque querías venir. Ese es el modo del guerrero. Te lo he dicho mil veces: el modo más efectivo de vivir es como guerrero. Preocúpate y piensa antes de tomar cualquier decisión, pero una vez que la hagas echa a andar libre de preocupaciones y de pensamientos; todavía habrá un millón de decisiones que te esperen. Ese es el modo del guerrero.

-Creo hacer eso, don Juan, al menos parte del tiempo. Pero es muy difícil estar recordándomelo siempre.

-Un guerrero piensa en su muerte cuando las cosas pierden claridad.

-Eso es todavía más difícil, don Juan. Para la mayoría de la gente, la muerte es muy vaga y remota. Jamás pensamos en ella.

-¿Por qué no?

-¿Por qué hacerlo?

-Muy sencillo -dijo-. Porque la idea de la muerte es lo único que templa nuestro espíritu.

Cuando salimos de Los Vidrios, estaba tan oscuro que la silueta quebrada de las montañas se había unificado con la oscuridad del cielo. Viajamos en silencio más de una hora. Me sentía cansado. Era como si no quisiese hablar porque no había nada de qué hablar. El tráfico era mínimo. Pocos coches se cruzaban con el nuestro, y al parecer éramos los únicos viajando hacia el sur por la carretera. Eso se me hacía extraño; miraba de continuo el espejo retrovisor para ver si otros carros venían por atrás, pero no descubría ninguno.

Tras un rato dejé de buscar coches y empecé a pensar de nuevo en la perspectiva de nuestro viaje. Entonces advertí que mis faros parecían extremadamente brillantes en contraste con la oscuridad del entorno y miré de nuevo el retrovisor. Vi primero un resplandor intenso y luego dos puntos de luz como brotados del suelo. Eran los faros de un coche sobre una loma en la distancia tras nosotros. Permanecieron visibles un rato, luego desaparecieron en la oscuridad como arrebatados; tras un momento aparecieron en otra cima, y luego desaparecieron de nuevo. Durante largo tiempo seguí en el espejo sus apariciones y desapariciones.

En cierto punto se me ocurrió que el coche iba a alcanzarnos. Sin lugar a dudas, se acercaba. Las luces eran más grandes y brillantes. Pisé a fondo el acelerador. Tenía una sensación de inquietud. Don Juan pareció advertir mi preocupación, o acaso sólo notó el aumento en la velocidad. Primero me miró, después volvió la cara para mirar los faros distantes.

Me preguntó si me pasaba algo. Le dije que durante horas no había visto ni un coche detrás de nosotros y que de pronto había advertido las luces de un coche que parecía acercarse cada vez más.

Soltó una risita chasqueante y me preguntó si de veras creía que se trataba de un coche. Le dije que tenía que ser un coche y él dijo que mi preocupación le revelaba que, de algún modo, yo debía haber sentido que lo que venía tras nosotros, fuera lo que fuese, no era un simple coche. Insistí en que lo creía sólo otro coche en la carretera, o como mucho, un camión.

-¿Qué más puede ser? -dije, fuerte.

El aguijoneo de don Juan me había puesto nervioso. Se volvió y me miró de lleno; luego asintió despacio, como midiendo lo que iba a decir.

Ésas son las luces en la cabeza de la muerte -dijo con suavidad-. La muerte se las pone como un sombrero y después se lanza al galope. Ésas son las luces de la muerte al galope, ganando terreno, acercándose más y más.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Tras un rato miré de nuevo el retrovisor, pero las luces ya no estaban allí.

Dije a don Juan que el coche debía de haberse parado o salido del camino. Él no volvió la cara; solamente estiró los brazos y bostezó.

-No -dijo-. La muerte nunca se para. A veces apaga sus luces, eso es todo.

Llegamos al noreste de México, era 13 de junio. Dos viejas indias, de aspecto tan similar que parecían hermanas, se hallaban junto con cuatro muchachas a la puerta de una pequeña casa de adobe. Detrás de la casa había una choza y un granero ruinoso del que sólo quedaba parte del techo y un muro. 

Aparentemente, las mujeres nos esperaban; deben habernos visto llegar por  el polvo que levantaba el coche en el camino de tierra que tomé al dejar la carretera pavimentada, unos tres kilómetros atrás. La casa estaba en un valle hondo y vista desde la puerta, la carretera parecía una larga cicatriz en lo alto de la ladera de las colinas verdes.

Don Juan salió del automóvil y habló un momento con las ancianas. Ellas señalaron unos bancos de madera frente a la puerta. Don Juan me hizo seña de acercarme y tomar asiento. Una de las viejas se sentó con nosotros; el resto de las mujeres entró en la casa. Dos muchachas permanecieron junto a la puerta, examinándome con curiosidad. Las saludé con la mano; entraron corriendo, entre risitas. 

Pasados unos minutos, dos hombres jóvenes se llegaron a saludar a don Juan. No me dirigieron la palabra; ni siquiera me miraron. Hablaron brevemente con don Juan; luego él se levantó y todos, incluyendo a las mujeres, caminamos hasta otra casa, a menos de un kilómetro de distancia.

Allí nos encontramos con otro grupo. Don Juan entró, pero me indicó permanecer junto a la puerta. Miré adentro y vi a un indio viejo, como de la edad de don Juan, sentado en un banco de madera.

No acababa de anochecer. Un grupo de indios e indias jóvenes rodeaba de pie, en silencio, un viejo camión estacionado frente a la casa. Les hablé en español, pero deliberadamente evitaron responderme; las mujeres sofocaban risas cada vez que yo decía algo y los hombres sonreían corteses y hurtaban los ojos. Era como si no me entendieran, pero yo estaba seguro de que todos sabían español porque los había oído hablar entre ellos.

Tras un rato, don Juan y el otro anciano salieron y subieron en el camión, junto al conductor. Esa parecía ser una señal para que todos treparan en la plataforma del vehículo. No había tablas a los lados y cuando el camión se puso en marcha, nos agarramos a una larga cuerda atada a unos ganchos en el chasis.

El camión avanzaba despacio por el camino de tierra. En cierto punto, al llegar a una cuesta muy empinada, se detuvo y todos bajamos para caminar tras él; luego dos jóvenes saltaron de nuevo a la plataforma y se sentaron en el borde sin usar la cuerda. Las mujeres reían y los animaban a mantener su precaria posición. Don Juan y el anciano, a quien llamaban don Silvio, caminaban juntos y no parecían interesarse en el histrionismo de los jóvenes. 

Cuando el camino se niveló, todo el mundo volvió a subir en el camión. Viajamos cerca de una hora. El piso era extremadamente duro e incómodo, así que me puse en pie y me sostuve del techo de la casilla: viajé en esa forma hasta que nos detuvimos frente a un grupo de chozas. Había allí más gente; ya estaba muy oscuro y yo sólo podía ver unas cuantas personas en la opaca luz amarillenta de una linterna de petróleo colgada junto a una puerta abierta.

Todos descendieron del camión y se mezclaron con la gente de la casa. Don Juan volvió a indicarme que permaneciese afuera. Me incliné contra el guardafango delantero del camión y tras uno o dos minutos se me unieron tres jóvenes. Había conocido a uno de ellos cuatro años antes, en un mitote. Me abrazó asiendo mis antebrazos.

-Estás muy bien -me susurró en español.

Nos quedamos quietos junto al camión. Era una noche cálida, con viento. Cerca podía oírse el suave retumbar de un arroyo. Mi amigo me preguntó, en un susurro, si tenía cigarros. Pasé una cajetilla. Al resplandor de los cigarros miré mi reloj. Eran las nueve.

Al rato, un grupo de gente salieron de la casa y los tres jóvenes se alejaron. Don Juan vino a decirme que había explicado mi presencia a satisfacción de todos y que estaba yo invitado a servir agua en el mitote. Dijo que nos iríamos en el acto.

Un grupo de diez mujeres y once hombres dejó la casa. El cabecilla de la partida era bastante fornido; tendría quizás alrededor de cincuenta y cinco años. Lo llamaban "Mocho". Daba pasos firmes, ágiles. Llevaba una lámpara de petróleo y al caminar la agitaba de lado a lado. En un principio pensé que la movía al azar, pero luego descubrí que lo hacía para marcar un obstáculo o un pasaje difícil en el camino. 

Anduvimos más de una hora. Las mujeres charlaban y reían suavemente de tiempo en tiempo. Don Juan y el otro anciano iban al principio de la fila; yo la cerraba. Mantenía los ojos en el suelo, tratando de ver por dónde caminaba.

Habían pasado cuatro años desde que don Juan y yo habíamos andado de noche en los cerros, y yo había perdido mucha destreza física. Tropezaba de continuo, e involuntariamente pateaba piedras. Mis rodillas carecían de flexibilidad; el camino parecía alzarse hacia mí en los sitios altos, o ceder bajo mis pies en los bajos. Era yo quien más ruido hacía al caminar, y eso me convertía en bufón involuntario. Alguien del grupo decía "aaay" cada vez que yo tropezaba, y todos reían. En cierto momento, una de las piedras que pateé golpeó el talón de una mujer y ella dijo en voz alta, para deleite general: "¡Denle una vela a ese pobre muchacho!" Pero la mortificación culminante fue cuando tropecé y tuve que asirme a la persona frente a mí; el hombre casi perdió el equilibrio a causa de mi peso y soltó, adrede, un grito fuera de toda proporción.

Todo el mundo rió tan fuerte que el grupo tuvo que detenerse un rato. En determinado momento, el hombre que guiaba movió la lámpara hacia arriba y hacia abajo. Esa parecía ser la señal de que habíamos llegado a nuestro destino. Hacia mi izquierda, a corta distancia, se vislumbraba la silueta oscura de una casa baja. El grupo se dispersó en distintas direcciones. Busqué a don Juan. Era difícil hallarlo en las tinieblas. Anduve ruidosamente durante un rato antes de advertir que se hallaba sentado en una roca.

Volvió a decirme que mi deber era llevar agua para los hombres que participarían. Años antes me había enseñado el procedimiento, pero insistió en refrescar mi memoria y me lo enseñó de nuevo.

Después fuimos atrás de la casa, donde todos los hombres se habían reunido. Ardía un fuego. A unos cinco metros de la hoguera había un área despejada cubierta de petates. Mocho, el hombre que nos guió, fue el primero en sentarse en uno de ellos; noté que le faltaba el borde superior de la oreja izquierda, lo cual explicaba su apodo. 

Don Silvio tomó asiento a su derecha y don Juan a su izquierda. Mocho se hallaba encarando el fuego. Un joven se acercó y puso frente a él una canasta plana con botones de peyote; luego tomó asiento entre Mocho y don Silvio, Otro joven trajo dos canastas pequeñas y las puso junto a los botones para luego sentarse entre Mocho y don Juan. Los otros dos jóvenes flanquearon a don Silvio y a don Juan, cerrando un círculo de siete personas. Las mujeres se quedaron dentro de la casa. 

Dos jóvenes estaban a cargo de mantener el fuego ardiendo toda la noche, y un adolescente y yo guardábamos el agua que se daría a los siete participantes tras su ritual de toda la noche. El muchacho y yo nos sentamos junto a una roca. El fuego y el receptáculo con agua se hallaban en lados opuestos y a igual distancia del círculo de participantes.

Mocho, el cabecilla, cantó su canción de peyote; tenía los ojos cerrados; su cuerpo se meneaba hacia arriba y hacia abajo. La canción era muy larga. No comprendí el idioma. Después todos ellos, uno por uno, cantaron sus canciones de peyote. No parecían seguir ningún orden preconcebido. Aparentemente cantaban cuando tenían ganas de hacerlo. 

Luego, Mocho sostuvo la canasta con botones de peyote, tomó dos y volvió a dejarla en el centro del círculo; don Silvio fue el siguiente y después don Juan. Los cuatro jóvenes, que parecían formar una sola unidad, tomaron cada uno dos botones de peyote, siguiendo una dirección contraria a la de las agujas del reloj.

Cada uno de los siete participantes cantó y comió dos botones de peyote cuatro veces consecutivas; luego pasaron las otras dos canastas, que contenían fruta y carne seca.

Repitieron este ciclo varias veces durante la noche, pero no me fue posible detectar ningún orden subyacente en sus movimientos individuales. No hablaban entre sí; más bien parecían hallarse ensimismados y cada uno por su lado. Ni siquiera una sola vez vi que alguno de ellos prestara atención a lo que hacían los demás.

Antes del amanecer se levantaron y el muchacho y yo les dimos agua. Después, caminé por los alrededores para orientarme. La casa era una choza de una sola habitación, una construcción de adobe de poca altura y techo de paja. El paisaje en torno era bastante opresivo. La choza estaba situada en una llanura áspera con vegetación mezclada. Arbustos y cactos crecían juntos, pero no había árboles en absoluto. No me dieron ganas de aventurarme más allá de la casa.

Las mujeres se marcharon en el curso de la mañana. Silenciosamente, los hombres se desplazaban por el área circunvecina a la casa. A eso del mediodía, todos nos sentamos de nuevo en el mismo orden que la noche anterior. Se pasó una canasta con trozos de carne seca cortados al tamaño de un botón de peyote. Algunos de los hombres cantaron sus canciones de peyote. Después de una hora o algo así, todos se levantaron y tomaron direcciones distintas.

Las mujeres habían dejado una olla de atole* para los ayudantes del fuego y el agua. Comí un poco y dormí la mayor parte de la tarde.



*Olla de Atole: es una bebida caliente de densidad pastosa o cremosa, generalmente realizada con maíz, y que también se aplica a muchas otras recetas, generalmente utilizando frutas, especias y harinas.



Ya oscurecido, los jóvenes a cargo del fuego construyeron otra hoguera y el ciclo de toma de botones de peyote comenzó nuevamente. Siguió en general el mismo orden que la noche precedente y acabando al amanecer.

Durante el curso de la noche pugné por observar y registrar cada movimiento realizado por cada uno de los participantes, con la esperanza de descubrir la más leve manera de que entre ellos hubiese alguna comunicación, pero nada en sus acciones revelaba tal sospecha.

Al anochecer del tercer día se renovó nuevamente el ciclo de toma de peyote. Cuando la mañana llegó, supe que había fallado por completo en mi búsqueda de pistas que señalaran al guía encubierto; tampoco había podido descubrir ninguna forma de comunicación disimulada entre los participantes o el menor rastro de su sistema de acuerdos. Durante el resto del día estuve sentado a solas, tratando de organizar mis notas.

Cuando los hombres volvieron a juntarse para la cuarta noche, supe de alguna manera que ésta sería la última convocatoria. Nadie me había mencionado nada al respecto, pero yo sabía que al día siguiente todos se marcharían.

Nuevamente me senté junto al agua y todos los demás se colocaron en los mismos lugares que ocupaban desde el principio. El comportamiento del grupo fue idéntico al de días anteriores

Me concentré en sus movimientos. Quería registrar todo cuanto hicieran: cada ademán, cada sonido, cada gesto. En cierto momento percibí en mi oído una especie de timbrazo; era un tipo común de zumbido en la oreja y no le presté atención. El sonido se hizo más acusado aunque aún se hallaba dentro de la gama de mis sensaciones corporales habituales. Recuerdo haber dividido mi atención entre observar a los hombres y escuchar el zumbido. Entonces, en un instante dado, los rostros de los hombres parecieron hacerse más brillantes; era como si una luz se hubiese encendido. Pero no acababa de semejar una luz eléctrica, ni una linterna, ni el reflejo del fuego en los rostros. Era más bien una iridiscencia: una luminosidad rosácea, muy tenue, pero detectable desde donde me hallaba. El zumbido pareció aumentar. Miré al muchacho que estaba conmigo, pero se había quedado dormido.

La luminosidad rosácea se hizo por entonces más notoria. Miré a don Juan: sus ojos estaban cerrados; también los de Silvio y los de Mocho. No pude ver los ojos de los cuatro jóvenes porque dos de ellos se hallaban agachados y los otros dos me daban la espalda.

Me fijé aún más, sin embargo, no me había percatado realmente de estar oyendo un zumbido y viendo un resplandor rosa cernirse sobre los hombres. 

Tras un momento tomé conciencia de que la tenue luz rosa y el zumbido eran muy firmes. Tuve un instante de intenso desconcierto y luego un pensamiento cruzó mi mente: un pensamiento sin nada que ver con la escena que presenciaba ni con el propósito que yo tenía en mente para estar allí. 

Recordé algo que mi madre me dijo una vez, cuando yo era niño. El pensamiento distraía y no venía en absoluto al caso; traté de descartarlo y concentrarme de nuevo en mi asidua observación, pero no pude. El pensamiento recurrió; era más fuerte, más exigente, y entonces oí con claridad la voz de mi madre llamarme. Oí el arrastrar de sus pantuflas y luego su risa. Me volví, buscándola; concebí que, transportado en el tiempo por algún tipo de alucinación, iba a verla, pero vi sólo al muchacho dormido junto a mí. Verlo fue una sacudida, y experimenté un breve momento de calma, de sobriedad.

Miré de nuevo hacia el grupo de los hombres. No habían cambiado en nada su postura. Sin embargo, la luminosidad había desaparecido, al igual que el zumbido en mis orejas.

Me sentí aliviado. Pensé que la alucinación de oír la voz de mi madre había concluido. ¡Qué clara y vívida había sido esa voz!. Me dije una y otra vez que, por un instante, la voz casi me había atrapado. Noté vagamente que don Juan estaba mirándome, pero eso no importaba. Lo increíble fue el recuerdo de la voz de mi madre llamándome. Intenté desesperadamente por pensar en otra cosa. Y entonces oí nuevamente su voz con tanta claridad como si ella estuviese detrás mía. Decía mi nombre y me volví rápidamente, pero no vi más que la silueta oscura de la choza y los arbustos más allá.

El oír mi nombre me produjo la más profunda angustia. Gimotee involuntariamente. Sentí frío y mucha soledad, me dio sentimiento y rompí a llorar. En ese momento tenía la sensación de necesitar a alguien que se preocupara por mí. 

Volví el rostro para mirar a don Juan; me observaba. No quería verlo, de modo que cerré los ojos. Y entonces vi a mi madre. No era el pensamiento de mi madre, la forma en que suelo pensar en ella. Era una visión clara de su persona junto a mí. Me sentí desesperado. Temblaba y quería escapar. La visión de mi madre era demasiado inquietante, demasiado ajena a lo que yo perseguía en ese mitote. Al parecer no había manera consciente de evitarla. Acaso podría haber abierto los ojos, de querer en verdad que la visión se desvaneciese, pero en vez de ello la examiné con detenimiento. Mi examen fue algo más que simplemente mirarla; fue un escrutinio y una valoración compulsivos. Un sentimiento muy peculiar me envolvió como una fuerza externa, y de pronto sentí la horrenda carga del amor de mi madre. Al oír mi nombre me desgarré; el recuerdo de mi madre me llenó de angustia y melancolía, pero al examinarla con franqueza supe que nunca la había querido.

Esa toma de conciencia me sacudió. Pensamientos e imágenes acudieron en avalancha. La visión de mi madre debe de haberse desvanecido mientras tanto; ya no era importante. Tampoco me interesaba ya lo que los indios hacían. De hecho, había olvidado el mitote. Me hallaba absorto en una serie de pensamientos extraordinarios porque eran más que pensamientos; porque eran unidades de sentimiento completas, certezas emotivas, evidencias indisputables sobre la naturaleza de mi relación con mi madre.

En cierto momento, estos pensamientos extraordinarios cesaron. Noté que habían perdido su fluidez y la calidad de ser unidades de sentimiento completas. Había yo empezado a pensar en otras cosas.

Mi mente desvariaba. Pensé en otros miembros de mi familia inmediata, pero ninguna imagen acompañaba mis pensamientos. Entonces miré a don Juan. Estaba de pie; los demás hombres también estaban de pie, y entonces todos caminaron hacia el agua. Me hice a un lado y codeé al muchacho que seguía dormido.

Casi tan pronto como don Juan subió en el coche, le relaté la secuencia de mi asombrosa visión. Rió con gran deleite y dijo que mi visión era una señal, un augurio tan importante como mi primera experiencia con Mescalito. Recordé que, cuando ingerí peyote por vez primera, don Juan interpretó mis reacciones como un augurio importantísimo; de hecho, ésa fue la causa de que decidiera compartir conmigo su conocimiento.

Don Juan dijo que, durante la última noche del mitote, Mescalito se había cernido sobre mí en forma tan evidente que todo el mundo se sintió forzado a volverse en mi dirección; por eso él me estaba observando cuando yo lo miré.

Quise escuchar la interpretación que daba a mi visión, pero don Juan no quería hablar de ella. Dijo que cualquier cosa que yo hubiese experimentado era una tontería en comparación con el augurio. Don Juan siguió hablando de la luz de Mescalito derramándose sobre mí, y de cómo todos la habían visto.

-Eso sí fue algo bueno -dijo-. No podría yo pedir mejor señal.

Obviamente, don Juan y yo nos hallábamos en dos avenidas distintas de pensamiento. A él le concernía la importancia de los sucesos que había interpretado como señal; a mí me obsesionaban los detalles de la visión que había tenido.

-No me importan las señales -dije-. Quiero saber qué cosa me ocurrió.

Frunció el entrecejo, como disgustado, y durante un momento permaneció muy tieso y callado. Luego me miró. Su tono fue muy vigoroso. Dijo que lo único importante era que Mescalito había sido muy gentil conmigo, me había inundado con su luz y me había dado una lección sin que yo pusiera de mi parte más esfuerzo que el de estar allí.