AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

jueves, 8 de enero de 2026

[5] LAS CONSTELACIONES DEL CAN MAYOR Y CAN MENOR como nunca la has visto: Las estrellas del Can Mayor

 


Las estrellas del Can Mayor son brillantes y forman un amplio asterismo con forma de jirafa en dirección N-S, en la cúspide se halla la impresionante Sirio y a su derecha, destaca Mirzam, en la parte inferior del asterismo, muy cerca del horizonte sur están Wezem que se bifurca a su derecha en Adhara y a su izquierda en Aludra, lejos y a la derecha de Adhara está Furud, de menor brillo que las anteriores.

Desde Sirio y a su derecha (para un observador del hemisferio norte) se encuentra Mirzam (β Canis Majoris), una estrella gigante blanco-azulada del tipo espectral B1-II-III con magnitud aparente ≈ +2,0. Mirzam es una variable del tipo Beta Cephei, lo que significa que su brillo varía ligeramente en periodos cortos debido a pulsaciones estelares internas. Está a unos ~500 años-luz de nosotros y su nombre tradicional significa “el anunciador”, porque en latitudes medias aparece justo antes de Sirius en el cielo nocturno. Otro nombre que recibe es Murzim. Es una estrella caliente cuya temperatura efectiva es de 25800 K.

Siendo 34.000 veces más luminosa que el Sol, aunque emite principalmente en ultravioleta. Tiene un radio de 12 veces el radio solar y su masa es de 15 soles. Actualmente está agotando el combustible de hidrógeno en su núcleo y aunque no es una estrella verdaderamente gigante, más bien, es subgigante, probablemente acabe su vida explotando como supernova.

Mirzam es una estrella joven y no alcanza los 15 millones de años de edad (El sol tiene casi 5.000 millones de años de edad).

Como variable Beta Cephei, en un corto periodo de 6 horas, baja 0,05 magnitudes, oscilando entre +2.00 y +1.95, estas oscilaciones de brillo están relacionadas con la fase que la estrella atraviesa de inestabilidad debido a la falta de hidrógeno suficiente para continuar fusionando, al ser la más brillante de las conocidas Betaceféidas, también se les denominan a este tipo de variables, como Beta Canis Majoris.

A la izquierda de Sirio se encuentra Muliphein o Muliphen (γ Canis Majoris) es una estrella poco brillante (lleva la letra gamma y sin embargo hay 14 estrellas más brillantes que ella en la constelación, le dieron esa identificación por estar en la misma línea que Sirio y Mirzam. Muliphein tiene una magnitud de +4.11 y se encuentra a algo más de 400 años-luz de distancia.

De color blanco-azulado, Muliphein es una gigante luminosa de tipo espectral B8-II cuya temperatura es de 13.600 K. Su radio es unas 5 veces el radio solar y su luminosidad es equivalente a 685 soles. Con una masa de 4,3 masas solares, Muliphein ha finalizado la etapa de fusión de hidrógeno y ha empezado a evolucionar hacia una gigante roja. La estrella tiene una alta metalicidad, forma parte de las estrellas de mercurio-manganeso como la estrella Sirrah.

Al descender hacia el horizonte a partir de Sirio, encontramos una Y invertida de estrellas brillantes, siendo la superior, Wezem (δ Canis majoris), la tercera estrella más brillante de la constelación con una magnitud aparente de +1.83. Se encuentra a gran distancia: 1800 años-luz, lo que nos hace conjeturar que estamos ante una estrella gigante.
Observando su espectro, es del tipo F8 - Ia, estamos ante una estrella supergigante amarilla, tiene un radio que hace 200 veces el radio del Sol, su tamaño es tal, que si estuviese en el centro del Sol, llegaría su superficie hasta la órbita terrestre.

Esto hace que posea una luminosidad de 50.000 soles.

Su temperatura efectiva es de 6200 K con una masa de 17 soles.

Wezem es una estrella joven, de aproximadamente 10 millones de años, en su núcleo ya ha finalizado la fusión del hidrógeno y no queda más, por lo que el núcleo está comenzando a contraerse, calentarse para aumentar de volumen y convertirse en supergigante roja en un corto plazo de menos de 100.000 años. 

Esta estrella tiene una alta metalicidad, su abundancia en nitrógeno y sodio es superior a la media, en nitrógeno es el doble de la media y en el sodio hasta 6 veces más.

Finalmente acabará estallando como supernova y convertirse en una pequeñísima estrella de neutrones del tamaño de una pequeña ciudad.

Wezem

Seguimos descendiendo por el asterismo y en el lado derecho e inferior a Wezem encontramos la estrella Adhara (ε Canis majoris)

Es la segunda más brillante de la constelación con magnitud ≈ +1,5. Adhara es una supergigante azul (clasificada como B2 - Iab) a unos 430 años-luz de distancia; además es una fuente fuerte de radiación ultravioleta extrema. Su nombre deriva del árabe ʿaḏārá (“las vírgenes”), originalmente aplicado a un grupo de estrellas.

Es una estrella doble y su principal, Epsilon Canis majoris A ​ tiene una temperatura superficial de 21.900K y posee una luminosidad  equivalente a 22.300 veces la del Sol.

Tiene una masa de casi 12 veces la del Sol con un radio 5 veces mayor, suficiente para ser candidata a explotar como supernova.

La componente secundaria del sistema de Adhara, de novena magnitud, es una estrella en el límite entre los tipos A y F. Visualmente se ubica a siete segundos de arco de la principal significando una separación real de al menos, 900 UA con un período orbital superior a los 7500 años. Es muy difícil separarlas si no se dispone de un potente telescopio, debido a la diferencia de brillo entre ambas componentes.

La estrella que se encuentra a la izquierda y abajo de Wezem es Aludra (η Canis majoris) una supergigante azul variable, de espectro F0 - III, de magnitud +5.24 y que se encuentra a una distancia de 351 años-luz.

Su temperatura efectiva es de 7.000 K siendo 70 veces más luminosa que el Sol.

Su radio es 3 veces mayor que el del Sol siendo su masa de 2,5 soles.

Se encuentra en un estadio tardío de evolución estelar, acabará por expandir su atmósfera y desproveerse del manto, dejando un núcleo compacto como estrella enana blanca.



Aludra forma un sistema binario con una estrella de magnitud +11 y con una separación de 4 segundos de arco. Es una estrella enana roja de tipo K1 que orbita a una distancia mínima de 440 UA de la estrella principal, tarda al menos 5000 años en completar una órbita.

Furud (ζ Canis Majoris) es una estrella solitaria de tercera magnitud y que se encuentra en el ramal que une Wezem con Adhara y en dirección oeste.

Su nombre proviene del árabe فرد, al-furud, que significa «los solitarios».

Furud es una doble espectroscópica y a su lado, a muy corta distancia angular de 3 minutos de arco aparece una estrellita, que físicamente no está relacionada, pues es doble óptica.


Furud es una estrella blanco-azulada de la secuencia principal cuyo espectro es B2.5 - V con una masa de 8 soles, su radio es de casi 5 veces el radio solar.

Es una estrella caliente, su temperatura efectiva es de 21.500 K aunque emite principalmente en ultravioleta es 4.000 veces más luminosa que el Sol.

Furud está lejos, a 336 años-luz, siendo su magnitud absoluta de -2, pues así brillaría en el cielo si estuviese a 10 parsecs (32,5 años-luz). 

Es posible que termine su vida como una estrella enana blanca tras desprenderse de la mayor parte de su masa en forma de nebulosa, aunque está en el límite de sufrir una explosión como supernova, lo primero es más probable.

Su compañera, de la que no se sabe nada, salvo que hay un periodo orbital entre ambas de 2 años.

Unurgunite es una estrella situada entre Wezem y Adhara, su denominación bayer es sigma (σ) Canis Majoris tiene +3,49 de magnitud visual y se encuentra a una distancia de 1200 años-luz aproximadamente, esto da como resultado una estrella que a 10 parsecs brillaría con una magnitud (absoluta) de -5,14. Estamos ante una estrella supergigante roja, cuyo espectro es K7 - Ib, muy similar a Betelgeuse. 

Unurgunite es una estrella fría, su temperatura efectiva es de 3.750 K, es de tamaño enorme, al punto que su radio hace 360 veces el del Sol, si la situamos en el centro del Sol, llegaría a alcanzar la órbita de Marte (1,7 U.A. de radio), con una masa de 12 veces la del Sol, su luminosidad excede en 23.300 veces la del astro rey.
Se ha calculado en 17 millones de años su edad y finalizará su vida con una gran explosión de supernova, se encuentra en una fase muy avanzada.

Unurgunite es una variable irregular de tipo LC, fluctuando su brillo entre magnitud +3,43 y +3,51

Las estrellas variables tipo LC son una subcategoría de estrellas variables irregulares de gran luminosidad, específicamente supergigantes o gigantes brillantes, que muestran cambios de brillo sin un período definido o con períodos muy largos e impredecibles. 

Características principales:
Irregularidad: Su principal característica es la falta de un patrón de cambio de brillo regular y predecible.
Luminosidad: Son estrellas muy brillantes, usualmente supergigantes.
Clase espectral: A menudo son de clases espectrales tardías (rojas, por ejemplo, tipo M).
Mecanismo de variación: La variabilidad se debe probablemente a procesos internos complejos, como pulsaciones no radiales, eyección de masa, o la formación de grandes manchas más que a un mecanismo periódico simple. 

Un ejemplo conocido de una estrella que a veces se clasifica en esta categoría (o en subcategorías similares como las variables pulsantes) es UY Scuti. 

Es importante notar que "LC" es una designación del Catálogo General de Estrellas Variables (GCVS) para este tipo específico de variable irregular.

Los egipcios denominaban como Isis a Sirio y Grocio asignó el nombre a Mu (μ) Canis Majoris, pero el nombre ha quedado obsoleto, debido a que pertenecía más bien a Gamma Canis Majoris (Muliphein).

A simple vista es difícil de localizar pues tiene una magnitud visual de +5.27, por lo que te recomiendo que uses binoculares y te pasees al noreste Sirio, entre Muliphein y θ CMa, formando un triángulo muy isósceles.

Isis está muy lejos, a casi 1000 años-luz. Es una estrella binaria cuya separación es aproximadamente 3 segundos de arco. El miembro primario, de color naranja, componente A, es una estrella gigante evolucionada de tipo K con una clasificación estelar de K2/3 III y una magnitud visual de 5,27. Tiene 5,4 veces la masa, 80 veces el radio y 1660 veces la luminosidad del Sol.

El compañero de magnitud base de 7,32, componente B, es una estrella híbrida de secuencia principal de tipo B/A con una clase espectral de B9/A0 V. Tiene 1,6 veces la masa del Sol y es la estrella más caliente, con una temperatura efectiva de 5034 K en comparación con los 4123 K de la primaria.

El sistema tiene dos compañeros visuales. A partir de 2008, el componente C de magnitud 10,32 se encuentra a una separación angular de 86,90″, mientras que el componente D de magnitud 10,64 se encuentra a una separación de 105,0″.

Ya Ke I es el nombre de origen chino que se le otorga a la estrella omicron-1 (o-1) Canis Majoris es una estrella de magnitud +3.82, se encuentra a una gran distancia, casi 2.000 años-luz, es una estrella supergigante naranja de tipo espectral K2-Iab. Es una estrella fría de 4000 K de temperatura y, como tal, una parte significativa de su radiación es emitida en la región infrarroja, siendo 65.000 veces más luminosa que el Sol. Su tamaño es mucho más grande que el del Sol, siendo su diámetro 530 veces mayor. Si se encontrase en el centro del sistema solar, se extendería un 60% más allá de la órbita de Marte. Con una masa de 18 masas solares, actualmente fusiona su helio interno y en un futuro acabará explotando como supernova. Ómicron-1 Canis Majoris está catalogada como una variable irregular de tipo LC, variando su brillo de magnitud +3,78 a +3,99.

Ómicron-2 Canis Majoris se encuentra en la línea principal del asterismo entre Wezem y Sirius, más cerca de Wezem, mientras que Ya Ke I está hacia el oeste un par de grados, de magnitud aparente +3,02. Aunque físicamente no están relacionadas al hallarse separadas al menos 70 años luz, se piensa que las dos nacieron en el mismo complejo de gas y polvo interestelar. Ambas estrellas parecen formar parte de una amplia asociación de estrellas OB, que también incluye a Wezen (δ Canis Majoris), denominada Collinder 121.

A una imprecisa distancia de 2500 años luz del sistema solar, Ómicron2 Canis Majoris es una supergigante azul de tipo espectral B3-Ia. Es una estrella caliente de 14.700 K de temperatura y una de las estrellas más luminosas que se conocen, siendo su luminosidad —incluida la radiación ultravioleta emitida— 110.000 veces mayor que la del Sol. Con una edad de tan solo 8 millones de años, ya está en una fase avanzada evolutiva y en su núcleo se produce la transformación de helio en carbono y oxígeno. Siendo su masa veinte veces mayor que la masa solar, su destino es estallar como una brillante supernova.

Ómicron2 Canis Majoris está catalogada como una variable Alfa Cygni, variando su brillo entre magnitud +2,98 y +3,04.

Ya Ke II no es Ómicron2 Canis Majoris sino que es la estrella Pi (π) Canis Majoris, estrella de magnitud +4.69 que podemos encontrar entre Sirio y Ya Ke I, en el ramal principal y descendente del asterismo.


Pi Canis Majoris (π CMa) se encuentra a 96 años luz de distancia del sistema solar. Es una estrella de la secuencia principal de tipo espectral F1-5V​  con una temperatura efectiva de 6870 K. Tiene una luminosidad 10 veces mayor que la del Sol y un radio 2,1 veces más grande que el radio solar. Su metalicidad, expresada como la abundancia relativa de hierro, equivale a un 68% de la del Sol ([Fe/H] = -0,17). Con una masa un 58% mayor que la masa solar, su edad se estima en 1400 millones de años. Le acompaña un disco de polvo a una alta temperatura de 188 K. Es un sistema doble y su acompañante de magnitud +9,6 separada visualmente a 11,6 segundos de arco. La separación real entre ambas estrellas es de 339 UA. Por otro lado, esta estrella presenta una pequeña fluctuación de brillo con una amplitud de 0.03 magnitudes, es una estrella variable.

















 

[4] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. LA MUERTE COMO UNA CONSEJERA.

 



Miércoles, 25 de enero de 1961

-¿Me enseñará usted algún día lo que sabe del peyote? -pregunté.

Él no respondió y, como había hecho antes, se limitó a mirarme como si yo estuviera loco.

Le había mencionado el tema, en conversación casual, varias veces anteriores, y en cada ocasión arrugó el ceño y meneó la cabeza. No era un gesto afirmativo ni negativo; más bien expresaba desesperanza e incredulidad.

Se puso en pie abruptamente. Habíamos estado sentados en el piso frente a su casa. Una sacudida casi imperceptible de cabeza fue la invitación a seguirlo. Entramos en el chaparral, caminando más o menos hacia el sur. Durante la marcha, don Juan mencionó repetidamente que yo debía darme cuenta de lo inútiles que eran mi arrogancia y mi historia personal.

-Tus amigos -dijo volviéndose de pronto hacia mí-. Esos que te han conocido durante mucho tiempo: debes ya dejar de verlos.

Pensé que estaba loco y que su insistencia era idiota, pero no dije nada. Él me escudriñó y echó a reír.

Tras una larga caminata nos detuvimos. Estaba a punto de sentarme a descansar, pero él me dijo que fuera a unos veinte metros de distancia y hablara, en voz alta y clara, a un grupo de plantas. Me sentí incómodo y aprensivo. Sus extrañas exigencias eran más de lo que yo podía soportar, y le dije nuevamente que no me era posible hablar a las plantas, porque me sentía ridículo. Su único comentario fue que me daba yo una importancia inmensa. Pareció hacer una decisión súbita, y dijo que yo no debía tratar de hablar a las plantas hasta que me sintiera cómodo y natural al respecto.

-Quieres aprender todo lo de las plantas, pero no quieres trabajar para nada -dijo, acusador-.

¿Qué te propones?

Mi explicación fue que yo deseaba información fidedigna sobre los usos de las plantas; por eso le había pedido ser mi informante. Incluso había ofrecido pagarle por su tiempo y por la molestia.

-Debería usted aceptar el dinero -dije-. De esta forma los dos nos sentiríamos mejor. Yo, entonces, podría preguntarle lo que quisiera, porque usted trabajaría para mí y yo le pagaría. ¿Qué le parece?

Me miró con desprecio y produjo con la boca un ruido majadero, exhalando con gran fuerza para hacer vibrar su labio inferior y su lengua.

-Eso es lo que me parece -dijo, y rió histéricamente de la expresión de sorpresa absoluta que debo haber tenido en el rostro.

Obviamente, no era un hombre con el que yo pudiera vérmelas fácilmente. Pese a su edad, estaba lleno de entusiasmo y de una fuerza increíble. Yo había tenido la idea de que, por ser tan viejo, resultaría un "informante" perfecto. La gente vieja, se me había hecho creer, era la mejor informante porque se hallaba demasiado débil para hacer otra cosa que no fuese hablar. Don Juan, en cambio, era un pésimo sujeto. Yo lo sentía incontrolable y peligroso. El amigo que nos presentó tenía razón. Era un indio viejo y excéntrico, y aunque no se halla perdido de borracho la mayor parte del tiempo, como mi amigo había dicho, la cosa era peor aún: estaba loco. Sentí renacer las tremendas dudas y temores que había experimentado antes. Creía haber superado eso. De hecho, no tuve ninguna dificultad para convencerme de que deseaba visitarlo nuevamente. Sin embargo, la idea de que acaso yo mismo estaba algo loco se coló en mi mente cuando advertí que me gustaba estar con él. Su idea de que mi sentimiento de importancia era un obstáculo, me había producido un verdadero impacto. Pero todo eso era al parecer un mero ejercicio intelectual por parte mía; apenas me hallaba cara a cara con su extraña conducta, empezaba a experimentar aprensión y deseaba irme.

Dije que éramos tan distintos que, pensaba, no había posibilidad de llevarnos bien.

-Uno de nosotros tiene que cambiar -dijo él, mirando el suelo-. Y tú sabes quién.

Empezó a tararear una canción ranchera y, de repente, alzó la cabeza para mirarme, Sus ojos eran fieros y ardientes. Quise apartar los míos o cerrarlos, pero para mi completo asombro no pude zafarme de su mirada.

Me pidió decirle lo que había visto en sus ojos. Dije que no vi nada, pero él insistió en que yo debía dar voz a aquello de lo que sus ojos me habían hecho darme cuenta. Pugné por hacerle entender que sus ojos no me daban conciencia más que de mi desazón, y que la forma en que me miraba era muy incómoda.

No me soltó. Mantuvo la mirada fija. No era declaradamente maligna ni amenazante; era más bien un mirar misterioso pero desagradable.

Me preguntó si no me recordaba un pájaro.

-¿Un pájaro? -exclamé.

Soltó una risita de niño y apartó sus ojos de mí.

-Sí -dijo con suavidad-. ¡Un pájaro, un pájaro muy raro!

Volvió a atrapar mis ojos con los suyos y me ordenó recordar. Dijo con extraordinaria convicción que él "sabía" que yo había visto antes esa mirada.

Mi sentir de aquellos momentos era que el anciano me encolerizaba, pese a mi buena voluntad, cada vez que abría la boca. Me le quedé viendo con obvio desafío. En vez de enojarse echó a reír.

Se golpeó el muslo y gritó como si cabalgara un potro salvaje. Luego se puso serio y me indicó la importancia suprema de que yo dejara de pelear con él y recordarse aquel pájaro raro del cual hablaba.

-Mírame a los ojos -dijo.

Sus ojos eran extraordinariamente fieros. Tenían un aura que en verdad me recordaba algo, pero yo no estaba seguro de qué cosa era. Me esforcé un momento y entonces, de pronto, me di cuenta: no la forma de los ojos ni de la cabeza, sino cierta fría fiereza en la mirada, me recordaba los ojos de un halcón. En el mismo instante en que lo advertí, don Juan me miraba de lado, y por un segundo mi mente experimentó un caos total. Creí haber visto las facciones de un halcón en vez de los de don Juan. La imagen fue demasiado fugaz y yo me hallaba demasiado sobresaltado para haberle prestado más atención.

En tono de gran excitación, le dije que podría jurar haber visto las facciones de un halcón en su rostro. Él tuvo otro ataque de risa. He visto cómo miran los halcones. Solía cazarlos cuando era niño, y en la opinión de mi abuelo me desempeñaba bien. El abuelo tenía una granja de gallinas y los halcones eran una amenaza para su negocio. Dispararles no era sólo funcional, sino también "justo". Yo había olvidado, hasta ese momento, que la fiera mirada de las aves me obsesionó durante años; se hallaba en un pasado tan remoto que creía haber perdido memoria de ella.

-Yo cazaba halcones -dije.

-Lo sé -repuso don Juan como si tal cosa.

Su tono contenía tal certeza que empecé a reír. Pensé que era un tipo absurdo. Tenía el descaro de hablar como si en verdad supiese que yo cazaba halcones. Lo desprecié enormemente.

-¿Por qué te enojas tanto? -preguntó en un tono de genuina preocupación.

Yo ignoraba por qué. Él se puso a sondearme de un modo muy insólito. Me pidió mirarlo de nuevo y hablarle del "pájaro muy raro" que me recordaba. Luché contra él y, por despecho, dije que no había nada de qué hablar. Luego me sentí forzado a preguntarle por qué había dicho saber que yo solía cazar halcones. En lugar de responderme, volvió a comentar mi conducta. Dijo que yo era un tipo violento, capaz de "echar espuma por la boca" al menor pretexto. Protesté, negando que eso fuera cierto; siempre había tenido la idea de ser bastante simpático y calmado. Dije que era culpa suya por sacarme de mis casillas con sus palabras y acciones inesperadas.

-¿Por qué la ira? -preguntó.

Hice una evaluación de mis sentimientos y reacciones. Realmente no tenía necesidad de airarme con él.

Insistió nuevamente en que mirara sus ojos y le hablara del "extraño halcón". Había cambiado su fraseo; el "pájaro muy raro" de que hablaba antes se había vuelto el "extraño halcón". El cambio de palabras resumió un cambio en mi propio estado de ánimo. De repente me había puesto triste. Achicó los ojos hasta convertirlos en ranuras, y dijo en tono sobreactuado que estaba "viendo" un halcón muy extraño. Repitió su afirmación tres veces, como si en verdad estuviera viéndolo allí frente a él.

-¿No lo recuerdas? -preguntó.

Yo no recordaba nada por el estilo.

-¿Qué de extraño tiene el halcón? -pregunté.

-Eso me lo debes decir tú -repuso.

Insistí en que no tenía forma de saber a qué se refería; por tanto, no podía decirle nada.

-¡No luches conmigo! -dijo-. Lucha contra tu pereza y recuerda.

Durante un momento me esforcé seriamente por desentrañar su intención. No se me ocurrió que igual podría haber tratado de acordarme.

-En un tiempo viste muchos pájaros -dijo como apuntándome.

Le dije que de niño viví en una granja y cacé cientos de aves.

Respondió que, en tal caso, no me costaría trabajo recordar a todas las aves raras que había cazado.

Me miró con una pregunta en los ojos, como si acabara de darme la última pista.

-He cazado tantos pájaros -dije- que no recuerdo nada de ellos.

Este pájaro es especial -repuso casi en un susurro-. Este pájaro es un halcón.

Nuevamente me puse a pensar a dónde querría llevarme. ¿Se burlaba? ¿Hablaba en serio? Tras un largo intervalo, me instó otra vez a recordar. Sentí que era inútil tratar de acabar con su juego; sólo me quedaba jugar con él.

-¿Habla usted de un halcón que yo he cazado? -pregunté.

-Sí -murmuró con los ojos cerrados.

-De modo que, ¿esto pasó cuando yo era niño?

-Sí.

-Pero usted dijo que está viendo ahora un halcón frente a usted.

Lo veo.

-¿Qué trata usted de hacerme?

-Trato de hacerte recordar.

-¿Qué cosa? ¡Por amor de Dios!

-Un halcón rápido como la luz -dijo mirándome a los ojos.

Sentí que mi corazón se detenía.

-Ahora mírame -dijo.

Pero no lo hice. Percibía su voz como un sonido leve. Cierto recuerdo colosal se había posesionado de mí. ¡El halcón blanco!

Todo empezó con el estallido de ira que tuvo mi abuelo al contar sus pollos. Habían estado desapareciendo de forma continua y desconcertante. Él organizó y ejecutó personalmente una meticulosa vigilia, y tras días de observación constante vimos finalmente una gran ave blanca que se alejaba volando con un pollo en las garras. El ave era rauda y al parecer conocía su ruta.

Descendió desde el cobijo de unos árboles, aferró el pollo y voló por una abertura entre dos ramas. Ocurrió tan rápido que mi abuelo casi ni vio al ave, pero yo sí, y supe que era en verdad un halcón.

Mi abuelo dijo que, en ese caso, debía ser un albino. Iniciamos una campaña contra el halcón albino y dos veces creí tenerlo cazado. Incluso dejó caer la presa, pero escapó. Era demasiado veloz para mí. También era muy inteligente; nunca regresó a asolar la granja de mi abuelo.

Yo habría olvidado el asunto si el abuelo no me hubiese aguijoneado a cazar el ave. Durante dos meses perseguí al halcón albino por todo el valle donde vivíamos. Aprendí sus hábitos y casi me era posible intuir su ruta de vuelo, pero su velocidad y lo brusco de sus apariciones siempre me desconcertaban. Podía yo alardear de haberle impedido cobrar su presa, quizá todas las veces que nos encontramos, pero nunca logré echarlo en mi morral.

En los dos meses en que libré la extraña guerra contra el halcón albino, sólo una vez estuve cerca de él. Había estado cazándolo todo el día y me hallaba cansado. Me senté a reposar y me quedé dormido bajo un eucalipto. El grito súbito de un halcón me despertó. Abrí los ojos sin hacer ningún otro movimiento, y vi un ave blancuzca encaramada en las ramas más altas del eucalipto. Era el halcón albino. La caza había terminado. Iba a ser un tiro difícil; yo estaba acostado y el ave me daba la espalda. Hubo una repentina racha de viento y la aproveché para ahogar el sonido de alzar mi rifle 22 largo para apuntar. Quería esperar que el halcón se volviera o empezara a volar, para no fallarle. Pero el ave permaneció inmóvil. Para mejor dispararle, habría tenido que moverme, y era demasiado rápida para ello. Pensé que mi mejor alternativa era aguardar. Y eso hice durante un tiempo largo, interminable. Acaso me afectó la prolongada espera, o quizá fue la soledad del sitio donde el halcón y yo nos hallábamos; de pronto sentí un escalofrío ascender por mi espina y en una acción sin precedente, me puse en pie y me fui. Ni siquiera vi si el halcón había volado.

Jamás atribuí ningún significado a mi acto final con el halcón albino. Pero fue muy raro que no le disparara. Yo había matado antes docenas de halcones. En la granja donde crecí, matar aves o cazar cualquier tipo de animal era cosa común y corriente.

Don Juan escuchó atentamente mientras yo narraba la historia del halcón albino.

-¿Cómo supo usted del halcón blanco? -pregunté al terminar.

-Lo vi -repuso

-¿Dónde?

Aquí mismo, frente a ti.

Ya no me quedaban ánimos para discutir.

-¿Qué significa todo esto? -pregunté.

Él dijo que un ave blanca como ésa era un augurio, y que no dispararle era lo único correcto que podía hacerse.

-Tu muerte te dio una pequeña advertencia -dijo con tono misterioso-. Siempre llega como escalofrío.

-¿De qué habla usted? -dije con nerviosismo.

En verdad me había puesto nervioso con sus palabras fantasmagóricas.

-Conoces mucho de aves -dijo-. Has matado demasiadas. Sabes esperar. Has esperado pacientemente horas enteras. Lo sé. Lo estoy viendo.

Sus palabras me produjeron gran turbación. Pensé que lo más molesto en él era su certeza. No soportaba yo su seguridad dogmática con respecto a elementos de mi vida de los que ni yo mismo estaba seguro. Inmerso en mis sentimientos de depresión, no lo vi inclinarse sobre mí hasta que me susurró algo al oído. No entendí al principio, y él lo repitió. Me dijo que volviera la cabeza como al descuido y mirara un peñasco a mi izquierda. Dijo que mi muerte estaba allí, mirándome, y que si me volvía cuando él me hiciera una seña, tal vez fuese capaz de verla.

Me hizo una seña con los ojos. Volví la cara y me pareció ver un movimiento parpadeante sobre el peñasco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, los músculos de mi abdomen se contrajeron involuntariamente y experimenté una sacudida, un espasmo. Tras un momento recobré la compostura y expliqué la sombra fugaz que había visto como una ilusión óptica causada por volver la cabeza tan repentinamente.

-La muerte es nuestra eterna compañera -dijo don Juan con un aire sumamente serio-. Siempre está a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo. Te vigilaba cuando tú vigilabas al halcón blanco; te susurró en la oreja y sentiste su frío, como lo sentiste hoy. Siempre te ha estado vigilando.

Siempre lo estará hasta el día en que te toque.

Extendió el brazo y me tocó levemente en el hombro, y al mismo tiempo produjo con la lengua un sonido profundo, chasqueante. El efecto fue devastador; casi me revolvió el estómago.

-Tú eres el muchacho que acechaba su caza y esperaba pacientemente, como la muerte espera; sabes muy bien que la muerte está a nuestra izquierda, igual que tú estabas a la izquierda del halcón blanco.

Sus palabras tuvieron la extraña facultad de provocarme un terror injustificado; la única defensa era mi compulsión de poner por escrito todo cuanto él decía.

¿Cómo puede uno darse tanta importancia sabiendo que la muerte nos está acechando? -preguntó.

Sentí que mi respuesta no era en realidad necesaria. De cualquier modo, no habría podido decir nada. Un nuevo estado de ánimo se había posesionado de mí.

-Cuando estés impaciente -prosiguió-, lo que debes hacer es voltear a la izquierda y pedir consejo a tu muerte. Una inmensa cantidad de mezquindad se pierde con sólo que tu muerte te haga un gesto, o alcances a echarle un vistazo, o nada más con que tengas la sensación de que tu compañera está allí vigilándote.

Volvió a inclinarse y me susurró al oído que, si volteaba de golpe hacia la izquierda, al ver su señal, podría ver nuevamente a mi muerte en el peñasco.

Sus ojos me hicieron una seña casi imperceptible, pero no me atreví a mirar.

Le dije que le creía y que no era necesario llevar más lejos el asunto, porque me hallaba aterrado.

Él soltó una de sus rugientes carcajadas.

Respondió que el asunto de nuestra muerte nunca se llevaba lo bastante lejos. Y yo argumenté que para mí no tendría sentido seguir pensando en mi muerte, ya que eso sólo produciría desazón y miedo.

-¡Eso es pura idiotez! -exclamó-. La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está saliendo mal y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas; que nada importa en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: “Todavía no te he tocado.”

-Meneó la cabeza y pareció aguardar mi respuesta. Yo no tenía ninguna. Mis pensamientos corrían desenfrenados. Don Juan había asestado un tremendo golpe a mi egoísmo. La mezquindad de molestarme con él era monstruosa a la luz de mi muerte.

Tuve el sentimiento de que se hallaba plenamente consciente de mi cambio de humor. Había vuelto las tablas a su favor. Sonrió y empezó a tararear una canción ranchera.

-Sí -dijo con suavidad, tras una larga pausa-. Uno de los dos aquí tiene que cambiar, y aprisa. Uno de nosotros tiene que aprender de nuevo que la muerte es el cazador, y que siempre está a la izquierda. Uno de nosotros tiene que pedir consejo a la muerte y dejar la pinche mezquindad de los hombres que viven sus vidas como si la muerte nunca los fuera a tocar.

Permanecimos en silencio más de una hora; luego echamos a andar nuevamente. Caminamos sin rumbo, durante horas, por el chaparral. No le pregunté si eso tenía algún propósito; no importaba. De alguna manera, me había hecho recobrar un viejo sentimiento, olvidado por completo: el puro gozo de moverse, simplemente, sin añadir a eso ningún propósito intelectual.

Quise que me permitiera echar otro vistazo a lo que yo había percibido sobre la roca.

-Déjeme ver esa sombra otra vez -dije.

-Te refieres a tu muerte, ¿no? -replicó con un toque de ironía en la voz.

Durante un momento sentí renuencia de decirlo.

-Sí -dije por fin-. Déjeme ver otra vez a mi muerte.

-Ahora no -respondió-. Eres demasiado sólido.

-¿Perdón?

Echó a reír, y por alguna razón desconocida su risa ya no era ofensiva e insidiosa, como anteriormente. No pensé que fuera distinta, desde el punto de vista de su timbre, su volumen, o el espíritu que la animaba; el nuevo elemento era mi propio humor. En vista de mi muerte inminente, los miedos y la irritación eran tonterías.

-Entonces déjame hablar con las plantas -dije.

Rió a más no poder.

-Ahora eres demasiado bueno -dijo, aún entre risas-. Te vas de un extremo al otro. Apacíguate.

No hay necesidad de hablar con las plantas a menos que quieras conocer sus secretos, y para eso necesitas el más recio de los empeños. Conque guárdate tus buenos deseos. Tampoco hay necesidad de ver a tu muerte. Basta con que sientas su presencia cerca de ti.