AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

martes, 30 de diciembre de 2025

[16] CASTANEDA: UNA REALIDAD APARTE. LA TAREA DE VER. Capítulo XVI.Espíritus y poder.

 

Llegamos al mismo valle al atardecer del 15 de diciembre de 1969. Mientras cruzábamos los matorrales, don Juan mencionó repetidas veces que las direcciones o puntos de orientación tenían importancia crucial en la empresa que yo iba a emprender. 

-Debes determinar la dirección correcta apenas llegues a la punta de un cerro -dijo don Juan-. 

Nomás te veas en la punta, enfrenta esa dirección -señaló el sureste-. Esa es tu buena dirección y debes encararla siempre, sobre todo cuando andes en dificultades. 

Recuérdalo. Nos detuvimos al pie de los cerros donde yo había percibido el hoyo. 

Señaló un sitio específico en el cual debía sentarme; tomó asiento junto a mí y con voz pausada me dio detalladas instrucciones. Dijo que tan pronto como llegara yo a la cima del cerro, debía extender el brazo derecho frente a mí, con la palma de la mano hacia abajo y los dedos desplegados en abanico, excepto el pulgar, que debía doblarse contra la palma. 

Luego tenía que volver la cabeza al norte y plegar el brazo contra el pecho, con la mano apuntando también al norte; después tenía que bailar, poniendo el pie izquierdo atrás del derecho, golpeando el suelo con la punta de los dedos izquierdos. 

Dijo que al sentir que un calor subía por mi pierna, empezara a girar el brazo lentamente de norte a sur, y luego otra vez hacia el norte. 

-Donde sientas que se te entibia la palma de tu mano mientras mueves el brazo es el sitio en el que debes sentarte, y también la dirección en la que debes mirar -dijo-. 

Si el sitio queda hacia el este, o si está en esa dirección -señaló de nuevo el sureste-, los resultados serán excelentes. Si el sitio donde tu mano se calienta está para el norte, te darán una buena paliza, pero puedes volver la marea a tu favor. Si el sitio queda para el sur, tendrás una pelea dura. 

Al principio necesitarás pasar el brazo hasta cuatro veces, pero conforme te vayas familiarizando con el movimiento no necesitarás más que una sola pasada para saber si tu mano se va a calentar o no. 

Una vez que localices un sitio donde tu mano esté caliente, siéntate allí; ése es tu primer punto. Si estás mirando al sur o al norte, tienes que decidir si te sientes lo bastante fuerte para quedarte. 

Si tienes dudas, levántate y vete. No hay necesidad de quedarte si no tienes confianza en ti mismo. Si decides seguir allí, limpia un lugar para hacer una hoguera como a metro y medio de tu primer punto. 

El fuego debe quedar en línea recta en la dirección que estás mirando. El espacio donde enciendes la hoguera es tu segundo punto. Luego recoge todas las ramas que puedas entre los dos puntos y prende la hoguera. 

Siéntate en tu primer punto y mira el fuego. Tarde o temprano llegará el espíritu y lo verás. Si no se te calienta la mano para nada después de cuatro movimientos, gira el brazo despacio de norte a sur, y luego da la vuelta y gíralo hacia el oeste. Si tu mano se calienta en cualquier sitio hacia el oeste, deja todo y echa a correr. Corre cuesta bajo hacia el terreno llano, y no voltees, oigas o sientas lo que sea detrás de ti. 

Tan pronto como llegues al terreno llano, por más asustado que estés, no sigas corriendo, tírate al suelo, quítate la chamarra, hazla bola contra tu ombligo y acurrúcate con las rodillas contra el estómago. 

También debes cubrirte los ojos con las manos, y los brazos tienen que estar apretados contra los muslos. Debes quedarte en esa posición hasta que amanezca. Si sigues estos pasos sencillos, no sufrirás el menor daño. 

En caso de que no puedas llegar a tiempo al terreno llano, tírate al suelo ahí donde estés. Te va a ir pero muy mal. Te van a acosar, pero si conservas la calma y no te mueves ni miras, saldrás sin un rasguño. 

Ahora, si tu mano no se calienta para nada cuando la muevas hacia el oeste, mira de nuevo al este y corre en esa dirección hasta que te quedes sin aliento. Párate allí y repite las mismas maniobras. Has de seguir corriendo hacia el este, repitiendo estos movimientos, hasta que se te caliente la mano.

Después de darme estas instrucciones me hizo repetirlas hasta que las memoricé. Luego estuvimos largo rato sentados en silencio. Un par de veces intenté revivir la conversación, pero él me obligó a callar con un gesto imperativo. 

Oscurecía cuando don Juan se puso en pie y sin una palabra, empezó a trepar el cerro. Fui tras él. En la cima, ejecuté todos los movimientos prescritos. Don Juan me observaba atentamente a corta distancia. Actué con mucho cuidado y con lentitud deliberada. Traté de sentir algún cambio perceptible de temperatura, pero no podía descubrir si la palma de mi mano se calentaba o no. Para entonces había oscurecido bastante, pero aún pude correr hacia el este sin tropezar en los arbustos. Dejé de correr al hallarme sin aliento, lo cual sucedió no demasiado lejos de mi punto de partida. 

Me encontraba cansado y tenso en extremo. Me dolían los antebrazos y las pantorrillas. Repetí allí todos los movimientos marcados y obtuve los mismos resultados negativos. Corrí en lo oscuro dos veces más, y entonces, al girar el brazo por tercera vez, mi mano se calentó sobre un punto hacia el este. El cambio de temperatura fue tan definido que me sorprendió. 

Me senté a esperar a don Juan. Le dije que había percibido un cambio de temperatura en mi mano. Me indicó que procediera, y recogí todas las ramas secas que pude hallar y encendí un fuego. Él se sentó a mi izquierda, a medio metro de distancia. El fuego trazaba extrañas siluetas danzantes. 

A ratos las llamas se hacían iridiscentes; se volvían azulosas y luego blanco brillante. Expliqué ese insólito juego de colores asumiendo que lo producía alguna propiedad química específica de las varas y ramas secas que reuní. 

Otro aspecto muy poco usual del fuego eran las chispas: Las nuevas ramas que yo seguía añadiendo creaban chispas desmesuradas. Pensé que eran como pelotas de tenis que parecían estallar en el aire. Miré el fuego fijamente, como creía que don Juan me había recomendado, y me mareé. 

Él me dio su guaje de agua y me hizo seña de beber. El agua me relajó y me produjo una deliciosa sensación de frescura. Don Juan se inclinó para susurrarme al oído que no tenía que clavar la vista en las llamas, que sólo observara en la dirección del fuego. 

Tras casi una hora de observar, sentía un gran frío viscoso. En cierto momento en que estaba a punto de agacharme a recoger una vara, algo como un insecto o una mancha en mi retina pasó, cruzando de derecha a izquierda, entre mi persona y el fuego. Inmediatamente me retraje. 

Miré a don Juan y él me indicó, con un movimiento de barbilla, mirar de nuevo las llamas. Un momento después, la misma sombra cruzó en dirección opuesta. Don Juan se puso en pie rápidamente y empezó a apilar tierra suelta encima de las ramas ardientes hasta apagar por entero las llamas. Ejecutó la maniobra con velocidad increíble. Cuando me moví para ayudarlo, ya él había acabado de extinguir el fuego. Pisoteó la tierra sobre los rescoldos y luego casi me arrastró cuesta abajo y hacia la salida del valle. 

Caminaba muy aprisa, sin volver la cabeza, y no me permitió hablar en absoluto. Cuando llegamos a mi coche, horas después, le pregunté qué era la cosa que vi. Sacudió la cabeza imperativamente y viajamos en completo silencio. 

Entró directamente en su casa cuando llegamos a ella en las primeras horas del día, y nuevamente me calló cuando hice por hablar. Don Juan estaba sentado afuera, detrás de su casa. Parecía haber aguardado mi despertar, pues al salir yo se puso a hablar. 

Dijo que la sombra de la noche pasada era un espíritu, una fuerza que pertenecía al sitio particular donde yo la vi. Calificó de inútil a ese ser específico. 

-Sólo existe allí -dijo-. No tiene secretos de poder; por eso no tenía caso quedarse. Sólo habrías visto una sombra rápida y pasajera yendo de un lado a otro toda la noche. Pero hay otras clases de seres que pueden darte secretos de poder, si tienes la suerte de encontrarlos. 

Desayunamos entonces y estuvimos un buen rato sin hablar. Después de comer nos sentamos frente a la casa. 

-Hay tres clases de seres -dijo él de pronto-: los que no dan nada porque no tienen nada que dar, los que sólo causan susto, y los que tienen regalos. 

El que viste anoche era de los silenciosos; no tiene nada que dar; es sólo una sombra. Pero casi siempre hay otro tipo de ser asociado con el silencioso: un espíritu malvado cuya única cualidad es causar miedo y que siempre ronda la morada de un silencioso. 

Por eso decidí que nos fuéramos cuanto antes. Ese espíritu fastidioso sigue a la gente hasta su casa y le hace la vida imposible. Conozco gente que a causa de ellos ha tenido que irse de su casa. 

Siempre hay quienes creen que pueden sacarle mucho a esa clase de ser, pero el simple hecho de que haya un espíritu por la casa no significa nada. Luego tratan de atraerlo, o lo siguen por la casa bajo la impresión de que puede revelarles secretos. Pero lo único que sacan es una experiencia espantosa. 

Conozco unas personas que se turnaban para vigilar a uno de esos seres malvados que los siguió hasta su casa. Meses enteros vigilaron al espíritu; al final, otra gente tuvo que entrar a sacarlos de la casa; se habían debilitado y estaban consumiéndose. 

Por esa razón lo único prudente que puede hacerse con esa clase de espíritus cargosos es olvidarlos y dejarlos en paz. Le pregunté cómo atraía la gente a los espíritus. 

Dijo que primero se ponían a pensar dónde sería más probable que el espíritu apareciera y luego colocaban armas en su camino, con la esperanza de que las tocase, pues era sabido que a los espíritus les gustan los atavíos de guerra. 

Don Juan dijo que cualquier clase de armamento, cualquier objeto tocado por un espíritu se convertía por derecho en objeto de poder. Sin embargo, se sabía que el tipo avieso de ser nunca tocaba nada, sino sólo producía la ilusión auditiva de ruido. 

Pregunté entonces a don Juan en qué forma tales espíritus causan miedo. Dijo que su manera más común de asustar a la gente era aparecer como una sombra oscura, con figura de hombre, que recorría la casa creando un estruendo temible o bien sonido de voces, o como una sombra oscura que de repente se abalanzaba desde un rincón oscuro. 

Don Juan dijo que la tercera clase de espíritus era un verdadero aliado, un dador de secretos; ese tipo especial existía en sitios solitarios y abandonados, sitios casi inaccesibles. Dijo que quien deseara hallar a uno de estos seres debía viajar lejos e ir solo. 

En un sitio distante y solitario, tenía que dar solo todos los pasos necesarios. Tenía que sentarse junto a su hoguera, e irse de inmediato si veía la sombra. Pero debía quedarse si encontraba otras condiciones, como un viento fuerte que matara su fuego y le impidiera encenderlo nuevamente durante cuatro intentos; o si en un árbol cercano se rompía una rama. La rama tenía que romperse en realidad, y había que cerciorarse de que no sólo era el ruido de una rama rota. 

Otras condiciones que debían tenerse en cuenta eran piedras que rodaran, o guijarros arrojados al fuego, o cualquier ruido constante, y entonces había que caminar en la dirección en que ocurriera cualquiera de estos fenómenos, hasta que el espíritu se revelara. Un ser de ésos tenía muchos modos de poner a prueba a un guerrero. Saltaba de pronto a su paso, bajo la apariencia más horrenda, o agarraba al hombre por la espalda y no lo soltaba y lo tenía sujeto en el suelo durante horas. 

También podía derribarle un árbol encima. Don Juan dijo que ésas eran fuerzas verdaderamente peligrosas, y aunque incapaces de matar a un hombre mano a mano, podían matarlo de susto, o dejarle caer objetos, o al aparecer de pronto para hacerlo tropezar, perder pie y rodar a un precipicio. 

Me dijo que si alguna vez encontraba yo uno de esos seres bajo circunstancias inapropiadas, por ningún motivo debía tratar de luchar con él, porque me mataría. Me robaría el alma. De modo que debía tirarme al suelo y soportar hasta el amanecer. 

-Cuando un hombre está frente al aliado, el dador de secretos, tiene que reunir todo su valor y agarrarlo antes de que el otro lo agarre a él, o perseguirlo antes de que lo persiga. La persecución ha de ser sin tregua, y luego viene la lucha. 

El hombre debe derribar por tierra al espíritu y tenerlo allí hasta que le dé poder. Le pregunté si estas fuerzas tenían sustancia, si era posible tocarlas realmente. Dije que la sola idea de un "espíritu" me refería a algo etéreo. 

-No los llames espíritus -respondió-. Llámalos aliados; llámalos fuerzas inexplicables. 

Quedó un rato en silencio, luego se acostó de espaldas y reclinó la cabeza sobre los brazos cruzados. Insistí en saber si esos seres tenían sustancia. 

-Claro que tienen sustancia -dijo tras otro momento de silencio-. 

Cuando luchas con ellos son sólidos, pero esa sensación no dura más que un momento. Esos seres confían en el miedo de uno; por eso, si el que lucha con alguno de ellos es un guerrero, el ser pierde su tensión muy aprisa, mientras el hombre cobra más vigor. 

Uno puede, en verdad, absorber la tensión del espíritu. 

-¿Qué clase de tensión es? -pregunté. 

-Poder. Cuando uno los toca, vibran como si estuvieran listos a rasgarlo a uno en pedazos. Pero es sólo un alarde. La tensión termina cuando uno mantiene firme la mano. 

-¿Qué pasa cuando pierden su tensión? ¿Se vuelven como aire? 

-No, sólo se vuelven fláccidos. Todavía siguen teniendo sustancia, pero no es como nada que uno haya tocado jamás. 

Más tarde, al anochecer, le dije que tal vez lo que vi la noche anterior pudo ser sólo una polilla. Rió y explicó con mucha paciencia que las polillas vuelan de un lado a otro solamente en torno de los focos de luz eléctrica, porque un foco no puede quemarles las alas. 

Un fuego, en cambio, las quemaría la primera vez que se le acercaran. También señaló que la sombra cubría todo el fuego. Cuando mencionó eso, recordé que en verdad la sombra era extremadamente grande y que durante un momento obstruyó la vista de la hoguera. 

Sin embargo, aquello sucedió tan rápido que no lo enfaticé en mi primer recuento. Luego don Juan señaló que las chispas eran muy grandes y volaban hacia mi izquierda. Yo mismo había advertido eso. 

Dije que probablemente el viento soplaba en esa dirección. Don Juan repuso que no había ningún viento. Eso era verdad. Al rememorar mi experiencia pude recordar que la noche estaba quieta. 

Otra cosa que pasé por alto fue un resplandor verdoso en las llamas, que detecté cuando don Juan me hizo seña de seguir mirando el fuego, después de que la sombra cruzó por vez primera mi campo de visión. Don Juan me lo recordó. También objetó que dijera yo sombra. Dijo que era redonda y que más bien parecía una burbuja. 

Dos días después, el 17 de diciembre de 1969, don Juan dijo en tono muy casual que yo conocía todos los detalles y las técnicas necesarias para ir solo a los cerros y obtener un objeto de poder, el cazador de espíritus. 

Me instó a proceder por mí mismo y afirmó que su compañía sólo me serviría de estorbo. Estaba listo para irme cuando él pareció cambiar de idea. 

-No eres lo bastante fuerte -dijo-. Iré contigo hasta el pie de los cerros. 

Cuando estuvimos en el vallecito donde vi al aliado, examinó desde cierta distancia la formación topográfica que yo había llamado un hoyo en los cerros, y dijo que teníamos que ir todavía más al sur, a las montañas distantes. 

La morada del aliado se hallaba en el punto más lejano que podíamos ver por el hoyo. Miré la configuración y sólo pude discernir la masa anulosa de las montañas. Sin embargo, él me guió en una dirección hacia el sureste, y tras horas de camino llegamos a un punto que él consideró "bastante adentrado" en la morada del aliado. 

Caía la tarde cuando nos detuvimos. Tomamos asiento en unas rocas. Yo estaba cansado y hambriento; en todo el día sólo había tomado agua y algunas tortillas. 

Don Juan se puso de pronto en pie, miró el cielo y me dijo en tono conminador que echara a andar en la dirección que era mejor para mí, cerciorándome de recordar el sitio donde estábamos en este momento, para volver allí cuando acabara. Dijo en tono tranquilizador que me esperaría así tardase yo toda la eternidad. 

Pregunté con aprensión si creía que el asunto de obtener un cazador de espíritus tomaría mucho tiempo. 

-Quién sabe -repuso, con una sonrisa misteriosa. 

Me alejé hacia el sureste, volviéndome un par de veces para mirar a don Juan. Él caminaba muy despacio en dirección opuesta. Trepé hasta la cima de un cerro grande y miré de nuevo a don Juan; se hallaba por lo menos a doscientos metros. No volteó a mirarme. 

Corrí cuesta abajo metiéndome en una pequeña depresión, como un cuenco entre los cerros, y de pronto me hallé solo. Me senté un momento y empecé a preguntarme que cosa hacía allí. Me sentí ridículo buscando un cazador de espíritus. 

Corrí de nuevo a la cumbre del cerro para tener una mejor visión de don Juan, pero no pude verlo en ninguna parte. Corrí cuesta abajo en la dirección en que lo vi por última vez. Quería suspender todo el asunto y regresar a casa. 

Me sentía enteramente estúpido y fatigado. 

-¡Don Juan! -grité una y otra vez. No estaba en ningún sitio a la vista. 

Corriendo, escalé otro empinado cerro; tampoco desde allí pude verlo. Corrí un buen trecho buscándolo, pero había desaparecido. Desanduve mi camino y volví al lugar donde nos separamos. Tuve la absurda certeza de que iba a encontrarlo allí sentado, riendo de mis inconsistencias.

-¿En qué demonios me he metido? -dije en voz alta. 

Supe entonces que no había manera de parar lo que estaba haciendo allí, fuera lo que fuese. Realmente no sabía cómo regresar a mi coche. Don Juan había cambiado de dirección varias veces, y la orientación general de los cuatro puntos cardinales no era suficiente. 

Temí perderme en las montañas. Me senté, y por primera vez en mi vida tuve el extraño sentimiento de que en realidad nunca había manera de regresar a un punto original de partida. 

Don Juan decía que yo siempre insistía en empezar en un punto que llamaba el principio, cuando de hecho el principio no existía. Y allí entre esas montañas sentí comprender lo que quería decir. 

Era como si el punto de partida hubiese sido siempre el mismo; como si don Juan nunca hubiera estado realmente allí; y cuando lo busqué se hizo lo que en verdad era: una imagen fugaz desvaneciéndose tras una colina. 

Oí el suave crujir de las hojas y una fragancia extraña me envolvió. Sentía el viento como presión en los oídos, como un zumbido cauto. El sol estaba a punto de alcanzar unas nubes compactas sobre el horizonte, que parecían una banda naranja esmaltada, cuando desapareció tras una pesada cortina de nubes más bajas; apareció de nuevo un momento después, como una bola escarlata flotando en la niebla. Pareció luchar un rato por llegar a un trozo de cielo azul, pero era como si las nubes no le dieran tiempo al sol, y luego la banda naranja y la oscura silueta de las montañas parecieron devorarlo. 

Me acosté sobre la espalda. El mundo en mi derredor era tan quieto, tan sereno y al mismo tiempo tan ajeno, que me sentí avasallado. No quería llorar, pero las lágrimas fluyeron sin impedimento. Permanecí horas en esa postura. Levantarme era casi imposible. 

Las rocas bajo mi cuerpo eran duras, y allí donde me acosté apenas había vegetación, en contraste con los exuberantes arbustos verdes en todo el contorno. Desde donde me hallaba podía ver una orla de árboles altos en las colinas del este. Finalmente oscureció bastante. 

Me sentí mejor; de hecho, casi experimentaba contento. Para mí, la semioscuridad era mucho más sustento y refugio que la dura luz del día. Me puse en pie, trepé a la cima de un cerro pequeño y empecé a repetir los movimientos que don Juan me enseñó. 

Siete veces corrí hacia el este, y entonces noté un cambio de temperatura en la mano. Encendí el fuego e inicié una guardia cuidadosa, como don Juan había recomendado, observando cada detalle. Horas pasaron y comencé a sentir mucho frío y cansancio. 

Había juntado una buena pila de ramas secas; alimenté el fuego y me acerqué más a él. La vigilia era tan ardua e intensa que me agotó; empecé a cabecear. 

En dos ocasiones me quedé dormido y desperté sólo cuando mi cabeza cayó hacia un lado. Tenía tanto sueño que ya no podía vigilar el fuego. Bebí un poco de agua y rocié otro poco en mi cara para mantenerme despierto. 

Sólo por breves momentos lograba combatir la somnolencia. Sin saber cómo, me había desanimado e irritado; me sentía un perfecto estúpido por estar allí y eso me daba una sensación irracional de frustración y desaliento. 

Estaba fatigado, hambriento, con sueño, y absurdamente molesto conmigo mismo. Terminé por abandonar la lucha por mantenerme despierto. Añadí un montón de ramas secas a la hoguera y me acosté a dormir. 

La búsqueda de un aliado y un cazador de espíritus era en ese momento una empresa de lo más ridículo y extravagante. Tenía tanto sueño que ni siquiera podía pensar ni hablar solo. Me quedé dormido. Un fuerte crujido me despertó de pronto. Al parecer el ruido, fuera lo que fuera, había sido justamente encima de mi oído izquierdo, pues yo estaba echado sobre el costado derecho. Me senté, completamente despierto.

Mi oído izquierdo zumbaba, ensordecido por la proximidad y la fuerza del sonido. Debo haber dormido sólo un corto rato, a juzgar por la cantidad de ramas secas que aún ardían en el fuego. No oí más sonidos, pero permanecí alerta y seguí alimentando las llamas. 

Por mi mente cruzó la idea de que tal vez me había despertado un disparo; tal vez alguien andaba cerca observándome, disparando contra mí. La idea se hizo muy angustiosa y creó una avalancha de miedos racionales. Tuve la seguridad de que alguien era dueño de esa tierra, y siendo así podían tomarme por un ladrón y matarme, o podrían matarme para robarme, ignorando que yo no tenía nada encima. 

Experimenté un instante de terrible preocupación por mi seguridad. Sentía la tensión en los hombros y en el cuello. Moví la cabeza hacia arriba y hacia abajo; los huesos del cuello crujieron. Seguía mirando el fuego, pero no advertía en él nada fuera de lo común, ni oía más ruidos. 

Tras un rato me sosegué bastante y se me ocurrió que acaso don Juan estaba en el fondo de todo esto. Rápidamente me convencí de que así era. La idea me hizo reír. Tuve otra avalancha de conclusiones racionales, felices esta vez. Pensé que don Juan sospechó que yo iba a cambiar de parecer con respecto a quedarme en las montañas, o me vio correr tras él y se escondió en una cueva oculta o detrás de un arbusto. 

Luego me siguió y, al verme dormido, me despertó rompiendo una rama cerca de mi oído. Añadí más ramas al fuego y empecé a mirar en torno, en forma casual y encubierta, para ver si podía localizarlo, aun sabiendo que si andaba escondido por ahí no me sería posible descubrirlo. 

Todo era completamente plácido: los grillos, el viento que azotaba los árboles en las laderas de los cerros a mi alrededor, el suave sonido crujiente de las varas al encenderse. Volaban chispas, pero eran chispas ordinarias. 

De pronto oí el fuerte ruido de una rama al partirse en dos. El sonido procedía de mi izquierda. Contuve el aliento y escuché con la máxima concentración. Un instante después oí que otra rama se quebraba a mi derecha. 

Luego percibí el leve sonido lejano de más ramas rotas, Era como si alguien las pisara haciéndolas crujir. Los sonidos eran ricos y plenos, con un matiz de lozanía. Además, parecían irse acercando a mí. Tuve una reacción muy lenta; no sabía si escuchar o levantarme. 

Deliberaba qué hacer cuando repentinamente el sonido de ramas rotas ocurrió en todo mi derredor. Me envolvió tan rápido que apenas tuve tiempo de saltar a mis pies y pisotear el fuego. 

Eché a correr cuesta abajo en la oscuridad. Mientras cruzaba los arbustos me vino la idea de que no había tierra llana. Iba a la mitad del cerro cuando sentí algo detrás, casi tocándome. No era una rama; era algo que, sentí intuitivamente, me estaba dando alcance. Al darme cuenta de esto me helé. 

Me quité la chaqueta, la enrollé contra mi estómago, me acuclillé sobre las piernas y me cubrí los ojos con las manos, como don Juan había indicado. 

Mantuve esa posición un corto rato antes de advertir que todo en torno mío estaba en completo silencio. No había sonidos de ninguna clase. Me entró una alarma extraordinaria. Los músculos de mi estómago se contraían y temblaban espasmódicamente. 

Entonces oí otro crujido. Parecía venir de lejos, pero era en extremo claro y distinto. Se oyó de nuevo, más cerca. Hubo un intervalo de quietud y luego algo estalló por encima de mi cabeza. La brusquedad del ruido me hizo saltar involuntariamente, y casi rodé sobre el costado. 

Era definitivamente el sonido de una rama quebrada en dos. El sonido fue tan cercano que oí el rumor de las hojas cuando la rama se partió. Hubo a continuación un diluvio de explosiones crujientes; en todo el derredor se quebraban ramas con gran fuerza. 

Lo incongruente, en ese punto, era mi reacción a todo el fenómeno; en vez de hallarme aterrado, reía. Pensaba sinceramente haber dado con la causa de cuanto ocurría. Estaba convencido de que don Juan me engañaba de nuevo. 

Una serie de conclusiones lógicas cimentaron mi confianza; me sentí jubiloso. Sin duda podría atrapar a ese viejo zorro de don Juan en otra de sus tretas. Andaba cerca de mí rompiendo ramas y, sabiendo que yo no osaría alzar la vista, estaba a salvo y en libertad de hacer lo que quisiera. 

Calculé que debía estar solo en las montañas, pues yo había andado constantemente con él durante días. No había tenido tiempo ni oportunidad de enrolar colaboradores. 

Si se hallaba oculto, como yo creía, sólo él se ocultaba, y lógicamente no podría producir más que un número limitado de ruidos. Como estaba solo, los ruidos tenían que ocurrir en una secuencia lineal de tiempo; es decir, uno por uno, o cuanto mucho dos o tres por vez. Además, la variedad de sonidos debía también estar limitada a la mecánica de un solo individuo. 

Agazapado e inmóvil, me sentí absolutamente seguro de que toda la experiencia era un juego y de que la única manera de permanecer por encima de él era desalojar de ese nivel mis emociones. Positivamente lo disfrutaba. 

Me sorprendí riendo por lo bajo ante la idea de poder anticipar la siguiente tirada de mi oponente. Traté de imaginar qué haría yo en ese momento si fuera don Juan. El sonido de algo que sorbía me hizo salir, con una sacudida, de mi ejercicio mental. 

Escuché con atención; el sonido se repitió. No pude determinar qué era. Sonaba como si un animal sorbiera agua. Se oyó de nuevo, muy cerca. Era un sonido irritante que me recordó el chasquido producido por un adolescente de gran quijada al mascar chicle. 

Me preguntaba cómo podía don Juan producir tal ruido cuando el sonido ocurrió de nuevo, a mi derecha. Primero fue un solo sonido y luego oí una serie de chapoteos y ruidos de succión, como si alguien caminara en el lodo. 

Era un sonido exasperante, casi sensual, de pies que chapoteaban en fango profundo. Los ruidos cesaron un momento y recomenzaron a mi izquierda, muy cerca, quizás a sólo tres metros. 

Sonaban como si una persona corpulenta trotara en el lodo con botas de hule. Me maravilló la riqueza del sonido. No me era posible imaginar ningún aparato primitivo que yo mismo pudiera usar para producirlo. 

Oí otra serie de pasos y chapoteos detrás mía, y luego se oyeron simultáneamente por todos lados. Alguien parecía caminar, correr, trotar sobre lodo por todo mi derredor. Se me ocurrió una duda lógica. Para hacer todo eso, don Juan habría tenido que correr en círculos a una velocidad inverosímil. 

La rapidez de los sonidos clausuraba esa alternativa. Pensé entonces que don Juan, después de todo, debía de tener confederados. Quise ocuparme en especulaciones sobre quiénes serían sus cómplices, pero la intensidad de los ruidos me quitaba toda concentración. 

En verdad no podía pensar con lucidez, pero no tenía miedo, quizá me hallaba solamente atontado por la extraña calidad de los sonidos. Los chapoteos vibraban, literalmente. De hecho, sus peculiares vibraciones parecían dirigidas a mi estómago, o acaso percibía yo la vibración con la parte baja del abdomen. 

Al darme cuenta de eso, perdí instantáneamente mi sentido de objetividad y despego. ¡Los sonidos atacaban mi estómago! Me vino la pregunta: "¿Qué tal si no era don Juan?" Me llené de pánico. Tensé los músculos abdominales y apreté con fuerza los muslos contra el bulto de mi chaqueta. Los ruidos crecieron en número y velocidad, como si supieran que yo había perdido mi confianza; las vibraciones eran tan intensas que me producían náusea. 

Luché contra la sensación. Aspiré hondo y empecé a cantar mis canciones de peyote. Vomité y los ruidos cesaron en el acto; se sobrepusieron los sonidos de grillos y viento y los distantes ladridos en staccato de los coyotes. 

La abrupta cesación me permitió un respiro, y evalué mi circunstancia. Un corto rato antes me había hallado del mejor humor, confiado y sereno; obviamente, había fallado como un miserable al juzgar la situación. 

Aunque don Juan tuviera cómplices, sería mecánicamente imposible que produjeran sonidos que afectaran a mi estómago. Para producir sonidos de tal intensidad, habrían necesitado aparatos más allá de sus medios y de su concepción. 

Al parecer, el fenómeno que yo experimentaba no era un juego, y la teoría "otra de las tretas de don Juan" era sólo mi propia explicación rudimentaria. Tenía calambre y un deseo incontenible de dar la vuelta y estirar las piernas. 

Decidí moverme a la derecha para quitar la cara del sitio donde vomité. En el instante en que empecé a reptar oí un chirrido muy suave justamente sobre mi oído izquierdo. Me congelé en ese sitio. 

El chirrido se repitió al otro lado de mi cabeza. Era un sonido suelto. Pensé que parecía el chirrido de una puerta. Esperé, y al no oír nada más decidí moverme de nuevo. 

Apenas había empezado a hacer la cabeza a la derecha cuando casi me vi forzado a levantarme de un salto. Un torrente de chirridos me cubrió en el acto. Unas veces eran como chirriar de puertas; otras, como chillidos de ratas o cobayas. No eran fuertes ni intensos, sino muy suaves e insidiosos, y me producían torturantes espasmos de náusea. 

Cesaron como se habían iniciado, disminuyendo gradualmente hasta que sólo uno o dos se oían a la vez. Entonces oí algo como las alas de una gran ave que volara rasando la copa de los arbustos. Parecía describir círculos en torno de mi cabeza. Los suaves chirridos empezaron a aumentar de nuevo, y también el batir de alas. Sobre mi cabeza parecía haber una bandada de aves gigantescas moviendo sus alas suaves. 

Ambos ruidos se mezclaron, creando en torno mío una oleada envolvente. Me sentí flotar suspendido en un enorme escarceo ondulante. Los chillidos y aleteos eran tan fluidos que los sentía en todo el cuerpo. Las alas en movimiento de una bandada de aves parecían jalarme desde arriba, mientras los chillidos de un ejército de ratas me empujaban desde abajo y en torno de mi cuerpo. 

No había duda en mi mente de que, a través de mi estúpida torpeza, me había echado encima algo terrible. Apreté los dientes y respiré hondo y canté canciones de peyote. Los ruidos duraron mucho tiempo y me opuse a ellos con toda mi fuerza. Cuando amainaron, hubo nuevamente un "silencio" interrumpido, como suelo percibir el silencio; es decir, sólo podía percibir los sonidos naturales de insectos y viento. 

La hora del silencio me fue más perjudicial que la hora de los ruidos. Empecé a pensar y a evaluar mi posición, y mi deliberación me hundió en pánico. Supe que estaba perdido; carecía del conocimiento y el vigor necesarios para repeler aquello que me acosaba. 

Me hallaba enteramente inerme, doblado sobre mi propio vómito. Pensé que había llegado el fin de mi vida y me puse a llorar. Quise pensar en mi vida, pero no sabía por dónde empezar. Nada de lo que había hecho en mi vida ameritaba en realidad ese último énfasis definitivo, de modo que no tenía yo nada en qué pensar. Ese reconocimiento fue  exquisito. 

Había cambiado desde la última ocasión en que experimenté un miedo similar. Esta vez me hallaba más vacío. Tenía menos sentimientos personales que llevar a cuestas. Me pregunté qué haría un guerrero en esa situación, y llegué a diversas conclusiones. Había en mi región umbilical algo de suma importancia; había algo ultraterreno en los sonidos; éstos se dirigían a mi estómago; y la idea de que don Juan me estuviese embromando era insostenible por completo. 

Los músculos de mi estómago estaban muy tensos, aunque ya no había retortijones. Seguí cantando y respirando profundamente y sentí una tristeza confortante inundar todo mi cuerpo. Se me había aclarado que para sobrevivir debía proceder en términos de las enseñanzas de don Juan. 

Repetí mentalmente sus instrucciones. Recordé el punto exacto donde el sol había desaparecido tras las montañas en relación con el cerro donde me hallaba y con el sitio en que me agazapé. Recuperé la orientación y, una vez convencido de que mi determinación de los puntos cardinales era correcta, empecé a cambiar de postura para que mi cabeza apuntara en una dirección nueva y "mejor", el sureste. 

Lentamente moví los pies hacia la izquierda, pulgada por pulgada, hasta torcerlos bajo las pantorrillas. Luego me dispuse a alinear mi cuerpo con los pies, pero no bien había empezado a reptar lateralmente sentí un toque peculiar; tuve la sensación física concreta de que algo tocaba la zona expuesta de mi nuca. Fue tan repentina que grité involuntariamente y volví a inmovilizarme. Apreté los músculos abdominales y me puse a respirar hondo y a cantar mis canciones de peyote. 

Un segundo después sentí de nuevo el mismo toque leve en el cuello. Me hice pequeño. Tenía la nuca descubierta y nada podía hacer para protegerme. Me tocaron de nuevo. Era un objeto muy suave, casi sedoso, el que tocaba mi nuca, como la pata peluda de un conejo gigante. Me tocó de nuevo y después empezó a cruzar mi nuca de un lado a otro hasta ponerme al borde del llanto. 

Sentía que un hato de canguros silenciosos, lisos, ingrávidos, pisaba mi cuello. Oía el suave golpeteo de sus patas mientras pasaban suavemente sobre mí. No era en absoluto una sensación dolorosa, y sin embargo resultaba enloquecedora. Supe que si no me ocupaba en hacer algo me volvería loco y saldría corriendo. 

Lentamente, recomencé las maniobras para cambiar la dirección de mi cuerpo. Mi intento de moverme pareció aumentar el golpeteo sobre mi nuca. Finalmente llegó a tal frenesí que jalé mi cuerpo y de inmediato lo alineé en la nueva dirección. No tenía la menor idea sobre las consecuencias de mi acto. 

Sólo tomaba acción para evitar volverme loco furioso y delirante. Apenas cambié de dirección, cesó el golpeteo en mi nuca. Tras una larga pausa angustiada oí un lejano crujir de ramas. Los ruidos ya no estaban cerca. Parecían haberse retirado a otra posición, distante de la mía, tras un momento, el sonido de ramas quebradas se confundió con un estruendo de hojas agitadas, como si un fuerte viento azotara todo el cerro. 

Todos los arbustos en torno mío parecían sacudirse, pero no soplaba viento. El rumor y los crujidos me dieron la sensación de que el cerro estaba en llamas. Mi cuerpo estaba rígido como una roca. Sudaba copiosamente. Empecé a sentir más y más calor. 

Por un momento estuve enteramente convencido de que el cerro se quemaba. No eché a correr porque estaba tan tieso que me hallaba paralizado; de hecho, ni siquiera podía abrir los ojos. Todo lo que me importaba entonces era ponerme en pie y huir del fuego. Tenía calambres terribles que empezaron a cortarme el aire. Me concentré en tratar de respirar. 

Tras una larga pugna pude al fin aspirar hondo nuevamente, y asimismo notar que el rumor había amainado; sólo había un ocasional sonido crujiente. El sonido de ramas quebradas se hizo cada vez más distante y esporádico, hasta cesar por entero. Pude abrir los ojos. 

Entre párpados entrecerrados miré el suelo debajo de mí. Ya había luz diurna. Esperé otro rato sin moverme y luego comencé a estirar mi cuerpo. Rodé boca arriba. El sol estaba encima de los cerros, al este. Tardé horas en enderezar mis piernas y arrastrarme ladera abajo. 

Eché a andar rumbo al sitio donde don Juan me dejó, que se hallaba como a kilómetro y medio; al mediar la tarde, iba apenas a la orilla de un bosque, y faltaba aún la cuarta parte del recorrido. No podía caminar más, por ningún motivo. Pensé en leones de montaña y traté de subir a un árbol, pero mis brazos no soportaron mi peso. Reclinado contra una roca, me resigné a morir allí. Me hallaba convencido de que sería pasto de pumas o de otros merodeadores. No tenía fuerza ni para lanzar una piedra. No tenía hambre ni sed. A eso del mediodía había hallado un arroyito y bebí en abundancia, pero el agua no ayudó a restaurar mi vigor. 

Sentado allí, en el colmo de la desesperanza, sentía más pesar que miedo. Estaba tan cansado que no me importaba mi destino, y me dormí.  Desperté cuando algo me sacudió. Don Juan se inclinaba sobre mí. Me ayudó a enderezarme y me dio agua y atole. Dijo, riendo, que me veía muy mal. Traté de narrarle lo ocurrido, pero me hizo callar y dijo que yo había fallado el tiro, que el sitio donde quedamos de encontrarnos estaba como a cien metros de distancia. 

Luego, medio llevándome a cuestas, me condujo cuesta abajo. Dijo que me llevaba a una corriente grande y que iba a lavarme allí. En el camino, me tapó las orejas con hojas que traía en su morral y luego me cubrió los ojos, poniendo una hoja sobre cada uno y asegurando ambas con un trozo de tela. 

Me hizo quitarme la ropa y me ordenó poner las manos sobre los ojos y oídos para asegurarme de que no podía ver ni oír nada. 

Don Juan frotó todo mi cuerpo con hojas y luego me echó a un río. Sentí que era un río grande. Era profundo. Yo estaba de pie y no tocaba fondo. Don Juan me sostenía por el codo derecho. Al principio no sentí la frialdad del agua, pero poco a poco me fue calando y por fin se hizo intolerable. Don Juan me sacó a tierra y me secó con unas hojas de aroma peculiar. 

Me vestí y él me condujo; caminamos una buena distancia antes de que me quitara las hojas de los oídos y los ojos. 

Me preguntó si tenía fuerzas para caminar de regreso a mi coche. Lo extraño era que me sentía muy fuerte. Incluso ascendí corriendo una ladera empinada para demostrarlo. 

En el camino a mi coche, fui muy cerca de don Juan. Tropecé veintenas de veces; él se reía. Noté que su risa era especialmente vigorizante, y se convirtió en el punto focal de mi recuperación; mientras más reía él, mejor me sentía yo. 

Al día siguiente, narré a don Juan el curso de los eventos desde la hora en que me dejó. No dejó de reír durante todo mi recuento, especialmente cuando le dije que había creído que era otra de sus tretas. 

-Siempre piensas que te están engañando -dijo-. Confías demasiado en ti mismo. Actúas como si conocieras todas las respuestas. No conoces nada, mi amiguito, nada. 

Esta era la primera vez que don Juan me llamaba "mi amiguito". Me tomó por sorpresa. Lo advirtió y sonrió. Había en su voz un gran calor, y eso me puso muy triste. Le dije que era descuidado e incompetente porque tal era la inclinación inherente de mi personalidad; y que nunca me sería posible comprender su mundo. 

Me sentía hondamente conmovido. El me dio ánimos y aseveró que me había portado muy bien. Le pregunté el significado de mi experiencia. 

-No tiene significado -dijo-. Lo mismo podría pasarle a cualquiera, especialmente a alguien como tú que ya tiene la abertura ensanchada. Es muy común. 

Cualquier guerrero que haya salido en busca de aliados te puede hablar de lo que hacen. Lo que te hicieron a ti no fue nada. Pero tu abertura está de par en par y por eso andas tan nervioso. No se convierte uno en guerrero de la noche a la mañana. Ahora debes irte a tu casa, y no regreses hasta que sanes y estés cerrado. 

[15] CASTANEDA: UNA REALIDAD APARTE. LA TAREA DE VER. Capítulo XV. Hacia el silencio interior.


Inicié el ejercicio de escuchar los "sonidos del mundo" y lo prolongué dos meses, como don Juan había especificado. Al principio resultaba torturante escuchar y no mirar, pero todavía peor era el no hablar conmigo mismo. 

Al finalizar los dos meses, yo era capaz de suspender mi diálogo interno durante periodos cortos, y también de prestar atención a los sonidos. Llegué a casa de don Juan a las 9 de la mañana del 10 de noviembre de 1969. 

-Hay que emprender ese viaje ahora mismo -dijo él a mi llegada. 

Descansé una hora y luego viajamos hacia las bajas laderas de las montañas al este. Dejamos mi coche al cuidado de un amigo suyo que vivía en esa zona, mientras nos adentrábamos a pie en las montañas. 

Don Juan había puesto en una mochila galletas y panes dulces para mí. Había suficientes provisiones para un día o dos. Pregunté a don Juan si necesitaríamos más. Sacudió la cabeza negativamente. 

Caminamos toda la mañana. Era un día algo cálido. Yo llevaba la cantimplora llena y me bebí la mayor parte del agua. Don Juan sólo bebió dos veces. 

Cuando ya no hubo agua, me aseguró que podía beber de los arroyos que encontraríamos por el camino. Se rió de mi renuncia. Tras un rato corto, la sed me hizo superar los temores. 

Poco después del mediodía nos detuvimos en un vallecito al pie de unas exuberantes colinas verdes. Detrás de las colinas, hacia el este, las altas montañas se recortaban contra un cielo nublado. 

-Puedes quedarte callado pensando, o puedes escribir lo que digamos o lo que percibas, pero nada acerca de dónde estamos -dijo don Juan. 

Descansamos un rato y luego sacó un bulto debajo su camisa. Lo desató y me mostró su pipa. Llenó el cuenco con mezcla para fumar, encendió un fósforo y con él una ramita seca, puso la rama ardiente dentro del cuenco y me dijo que fumara. 

Sin un trozo de carbón dentro del cuenco era difícil encender la pipa; tuvimos que seguir prendiendo ramas hasta que la mezcla empezó a arder. 

Cuando terminé de fumar, don Juan me dijo que estábamos allí para que yo descubriera qué clase de presa me correspondía cazar. Repitió con cuidado, tres o cuatro veces, que el aspecto más importante de mi empresa era hallar unos agujeros. 

Recalcó la palabra "agujeros" y dijo que dentro de ellos un brujo podía encontrar todo tipo de mensajes e indicaciones. Quise preguntar qué clase de agujeros eran; don Juan pareció haber adivinado mi pregunta y dijo que eran imposibles de describir y se hallaban en el terreno de "ver". 

Repitió en diversos momentos que yo debía enfocar toda mi atención en escuchar sonidos, y hacer lo posible por hallar los agujeros entre los sonidos. Dijo que él tocaría cuatro veces su cazador de espíritus. 

Se suponía que yo usara esos extraños clamores como guía para encontrar el aliado que me había dado la bienvenida; ese aliado me entregaría entonces el mensaje que yo buscaba. Don Juan me instó a permanecer muy alerta, pues ni él tenía idea de cómo se me manifestaría el aliado.

Escuché con atención. Estaba sentado con la espalda contra el costado rocoso del cerro. Experimentaba un entumecimiento leve. Don Juan me advirtió que no cerrara los ojos. Empecé a escuchar y pude discernir silbidos de pájaro, el viento agitando las hojas, zumbido de insectos. 

Al colocar mi atención unitaria en esos sonidos, pude distinguir cuatro tipos diferentes de silbidos. Podía diferenciar las velocidades del viento, en términos de lento o rápido; también oía el distinto crujir de tres tipos de hojas. Los zumbidos de los insectos eran asombrosos. Había tantos que no me era posible contarlos ni diferenciarlos correctamente. Me hallaba sumergido en un extraño mundo sonoro, como nunca en mi vida. Empecé a deslizarme hacia la derecha. 

Don Juan hizo un movimiento para detenerme, pero me frené antes de que él lo hiciera. Me enderecé y volví a sentarme erecto. Don Juan movió mi cuerpo hasta apoyarme en una grieta en la pared de roca. 

Despejó de piedras el espacio bajo mis piernas y puso mi nuca contra la roca. Me dijo, imperativamente, que mirara las montañas hacia el sureste. Fijé la mirada en la distancia, pero él me corrigió y dijo que no me quedara viendo nada, sino que mirase, como recorriendo, los cerros frente a mí y la vegetación en ellos. 

Repitió una y otra vez que toda mi atención debía concentrarse en mi oído. Los sonidos recobraron prominencia. No era tanto que yo quisiese oírlos; más bien, tenían un modo de forzarme a concentrarme en ellos. 

El viento sacudía las hojas. El viento llegaba por encima de los árboles y luego caía en el valle donde estábamos. Al caer, tocaba primero las hojas de los árboles altos; hacían un sonido peculiar que me pareció rico, rasposo, exuberante. 

Luego el viento daba contra los arbustos, cuyas hojas sonaban como una multitud de cosas pequeñas; era un sonido casi melodioso, muy absorbente e impositivo; parecía capaz de ahogar todo lo otro. 

Me resultó desagradable. Me sentí apenado porque se me ocurrió que yo era como el crujir de los arbustos, regañón y exigente. El sonido era tan semejante a mí que lo odiaba. 

Luego oí al viento rodar en el suelo. No era un crepitar sino más bien un silbido, casi un timbrar agudo o un zumbido llano. Escuchando los sonidos que hacía el viento, advertí que los tres ocurrían al mismo tiempo. 

Estaba pensando cómo fui capaz de aislarlos, cuando de nuevo me di cuenta del silbar de pájaros y el zumbar de insectos. En cierto instante, sin embargo, sólo había los sonidos del viento, pero al siguiente, otros sonidos brotaron en gigantesco fluir a mi campo de atención. 

Lógicamente, todos los sonidos existentes deben haberse emitido de continuo durante el tiempo en que yo sólo oía el viento. No podía contar todos los silbidos de pájaros o zumbidos de insectos, pero me hallaba convencido de que estaba escuchando cada sonido individual en el momento en que se producía. Juntos creaban un orden de lo más extraordinario. 

No puedo llamarlo otra cosa que "orden". Era un orden de sonidos que tenía un diseño; es decir, cada sonido ocurría en secuencia. Entonces oí un peculiar lamento prolongado. Me hizo temblar. Todos los otros ruidos cesaron un instante, y hubo completo silencio mientras la reverberación del gemido alcanzaba los límites extremos del valle; después recomenzaron los ruidos. 

De inmediato capté su diseño. Tras escuchar con atención un momento, creí entender la recomendación que don Juan me hizo de buscar agujeros entre los sonidos. 

¡El diseño de los ruidos contenía espacios entre un sonido y otro! Por ejemplo, los cantos de ciertos pájaros tenían su tiempo y sus pausas, y de igual manera todos los demás sonidos que yo percibía. El crujir de las hojas era la goma que los unificaba en un zumbido homogéneo. El hecho era que el tiempo de cada sonido formaba una unidad en la pauta sonora general. Así, los espacios o pausas entre sonidos eran, si uno se fijaba, hoyos en una estructura. 

Oí nuevamente el penetrante lamento del cazador de espíritus. No me sacudió, pero los sonidos volvieron a cesar un instante y percibí tal cesación como un agujero, un hoyo muy grande. En ese preciso momento mi atención se trasladó del oído a la vista. 

Me hallaba mirando un conglomerado de cerros con lujuriante vegetación verde. La silueta de los cerros estaba dispuesta de tal manera que desde mi posición se veía un agujero en una de las laderas. Era un espacio entre dos cerros, y a través de él me era visible el tinte profundo, gris oscuro, de las montañas distantes. Por un momento no supe qué cosa era. 

Fue como si el agujero que miraba fuese el "hoyo" en el sonido. Luego volvieron los ruidos, pero persistió la imagen visual del enorme agujero. Un momento después, cobré una conciencia todavía más aguda de la pauta sonora, de su orden y la disposición de sus pausas. 

Mi mente era capaz de discernir y discriminar un número enorme de sonidos individuales. Me era posible seguir todos los sonidos; así, cada pausa era un hoyo definido. En un momento dado las pausas cristalizaron en mi mente y formaron una especie de malla sólida, una estructura. Yo no la veía ni la oía. La sentía con alguna parte desconocida de mí mismo.

Don Juan tocó su cuerda una vez más; los sonidos cesaron como antes, creando un enorme agujero en la estructura sonora. Esta vez, sin embargo, la gran pausa se confundió con el agujero en las colinas que yo estaba mirando; ambos se sobreimpusieron. 

El efecto de percibir los dos agujeros duró tanto tiempo que pude ver-oír cómo sus contornos encajaban mutuamente. Luego volvieron a empezar los otros sonidos y su estructura de pausas se convirtió en una percepción extraordinaria, casi visual. 

Empecé a ver cómo los sonidos creaban diseños y luego todos esos diseños se sobreimpusieron al medio ambiente de la misma manera en que percibí la superposición de los dos grandes agujeros. 

Yo no miraba ni oía como suelo hacerlo. Hacía algo que era enteramente distinto pero combinaba facetas de ambos procesos. Por algún motivo, mi atención se enfocaba en el gran hoyo en los cerros. Sentía estarlo oyendo y mirando al mismo tiempo. 

Algo había en él de reclamo. Dominaba mi campo de percepción, y cada pauta sonora aislada, correspondiente a un detalle del entorno, tenía su gozne en aquel agujero. 

Oí de nuevo el gemido sobrenatural del cazador de espíritus; cesaron los demás sonidos; los dos grandes agujeros parecieron encenderse y de pronto me hallé mirando nuevamente el campo de labranza; el aliado estaba allí de pie, como lo había visto antes. 

La luz de la escena total se hizo muy clara. Pude verlo perfectamente, como si se hallara a cincuenta metros. No distinguía su cara; el sombrero la cubría. Entonces empezó a acercarse, alzando despacio la cabeza; estuve a punto de ver su rostro y me aterré. Supe que debía pararlo sin demora. Sentí un extraño empellón dentro de mi cuerpo; sentí que brotaba "poder". 

Quise mover la cabeza hacia un lado para detener la visión, pero no podía hacerlo. En ese instante crucial una idea acudió a mi mente. Supe a qué se refería don Juan cuando dijo que los elementos de un "camino con corazón" eran escudos. 

Había algo que yo deseaba realizar en mi vida, algo que me consumía e intrigaba, algo que me llenaba de paz y alegría. Supe que el aliado no podía avasallarme. Moví la cabeza sin ninguna dificultad, antes de ver todo su rostro. Empecé a oír todos los demás sonidos; de pronto se hicieron muy fuertes y agudos, como si estuvieran airados conmigo. Perdieron sus pautas y se convirtieron en un conglomerado amorfo de chillidos punzantes, dolorosos.

Mis oídos empezaron a zumbar bajo la presión. Sentía la cabeza a punto de estallar. Me puse de pie y cubrí mis oídos con la palma de las manos. Don Juan me ayudó a caminar hasta un arroyo muy pequeño, me hizo quitarme la ropa y me rodó en el agua. 

Me hizo yacer en el lecho casi seco y luego reunió agua en su sombrero y me roció con ella. La presión en mis oídos disminuyó con gran rapidez, y sólo se necesitaron unos minutos para "lavarme", don Juan me miró, sacudió la cabeza en gesto aprobatorio y dijo que me había puesto "sólido" muy rápidamente. 

Me vestí y me llevó de vuelta al sitio donde estuve sentado. Me encontraba extremadamente vigoroso, alegre y lúcido. Quiso conocer todos los detalles de mi visión. Dijo que los brujos usaban los "agujeros" de los sonidos para averiguar cosas específicas. 

El aliado de un brujo revelaba asuntos complicados a través de tales agujeros. Rehusó especificar sobre ellos y se salió de mis preguntas diciendo que, al no tener yo un aliado, tal información sólo me haría daño. 

-Todo tiene sentido para un brujo -dijo-. Los sonidos tienen agujeros, lo mismo que todo cuanto te rodea. Por lo general, un hombre no tiene velocidad para pescar los agujeros, y por eso recorre la vida sin protección. 

Los gusanos, los pájaros, los árboles: todos ellos nos pueden decir cosas increíbles, si llegamos a tener la velocidad necesaria para agarrar su mensaje. 

El humo puede darnos esa velocidad de agarre. Pero debemos estar en buenos términos con todas las cosas vivientes de este mundo. Por esta razón hay que hablarles a las plantas que vamos a matar y pedirles perdón por dañarlas; igual debe hacerse con los animales que vamos a cazar. Sólo debemos tomar lo suficiente para nuestras necesidades, de otro modo las plantas y los animales y los gusanos que matamos se pondrían en contra nuestra y nos causarían enfermedad y desventura. 

Un guerrero se da cuenta de esto y hace por aplacarlos; así, cuando mira por los agujeros, los árboles y los pájaros y los gusanos le dan mensajes veraces. 

Pero nada de esto tiene importancia por ahora. Lo importante es que viste al aliado. ¡Esa es tu presa! Te dije que íbamos a cazar algo. Pensé que iba a ser un animal. Calculé que verías el animal que debíamos cazar. 

Yo en mi caso vi un jabalí; mi cazador de espíritus es jabalí. 

-¿Quiere usted decir que su cazador de espíritus está hecho de jabalí? -¡No! 

Nada en la vida de un brujo está hecho de ninguna otra cosa. Si algo es algo, lo que sea, es la cosa misma. Si conocieras jabalíes te darías cuenta de que mi cazador de espíritus es eso. 

-¿Por qué vinimos aquí a cazar? 

-El aliado sacó de su morral un cazador de espíritus y te lo enseñó. Necesitas tener uno si quieres llamarlo. 

-¿Qué es un cazador de espíritus? 

-Es una fibra. Con ella puedo llamar a los aliados, o a mi propio aliado, o puedo llamar espíritus de ojos de agua, espíritus de ríos, espíritus de montañas. El mío es jabalí y grita como jabalí. 

Dos veces lo usé cerca de ti para llamar en tu ayuda al espíritu del ojo de agua. El espíritu vino a ti como el aliado vino hoy a ti. Pero no pudiste verlo, porque no tenías velocidad; así y todo, aquel día que te llevé a la cañada y te puse en una piedra, supiste que el espíritu estaba casi sobre ti, sin necesidad de verlo. 

Esos espíritus son ayudantes. Son demasiado duros de manejar y medio peligrosos. Se necesita una voluntad impecable para tenerlos a raya. 

-¿Qué aspecto tienen? 

-Son distintos para cada quien, lo mismo que los aliados. 

Para ti, al parecer, un aliado tendría el aspecto de alguien que conociste o que siempre estarás a punto de conocer; ésa es la inclinación de tu naturaleza. Eres dado a misterios y secretos. 

Yo no soy como tú y para mí un aliado es algo muy preciso. Los espíritus de ojos de agua son propios de determinados sitios. El que llamé en tu ayuda es uno que yo conozco. Me ha ayudado muchas veces. Habita en aquella cañada. 

Cuando lo llamé en tu ayuda, no eras fuerte y el espíritu te dio duro. No era ésa su intención -no tienen ninguna- pero te quedaste allí tirado, muy débil, más débil de lo que yo suponía. 

Más tarde, el espíritu casi te jaló a tu muerte; en el agua, en la zanja de riego, estabas fosforescente. El espíritu te tomó por sorpresa y casi sucumbes. Cuando un espíritu hace eso, vuelve siempre en busca de su presa. Estoy seguro de que volverá por ti. 

Desgraciadamente, necesitas el agua para hacerte sólido de nuevo cuando usas el humito; eso te coloca en una desventaja terrible. Si no usas el agua, probablemente mueras, pero si la usas, el espíritu te llevará. 

-¿Puedo usar el agua de otro sitio? 

-No hay diferencia. El espíritu del ojo de agua de por mi casa puede seguirte a cualquier parte, a menos que tengas un cazador de espíritus. 

Por eso el aliado te lo enseñó. Te dijo que lo necesitas. Lo enredó en su mano izquierda y vino a ti después de señalar la cañada. 

Hoy quiso enseñarte de nuevo el cazador de espíritus, como la primera vez que lo encontraste. Fue muy sensato que te detuvieras; el aliado iba demasiado rápido para tu fuerza y una sacudida directa con él te sería muy dañina. 

-¿Cómo puedo ahora obtener un cazador de espíritus? 

-Parece que el mismo aliado te lo va a dar. 

-¿Cómo? 

-No sé. Tendrás que ir a él. Ya él te dijo dónde buscarlo. 

-¿Dónde? 

-Allá arriba, en esos cerros donde viste el hoyo. 

-¿Debo ir a buscar al aliado? 

-No. Pero él ya te da la bienvenida. El humito te abrió el camino hacia él. Luego, más adelante, lo encontrarás cara a cara, pero eso pasará sólo cuando lo conozcas muy bien.

[14] CASTANEDA: UNA REALIDAD APARTE. LA TAREA DE VER. Capítulo XIV. Catalina la bruja.

 

28 de septiembre de 1969 

Había algo extraño en la casa de don Juan. Por un momento pensé que estaba escondido en algún sitio para asustarme. Lo llamé en voz alta y luego reuní suficiente valor para entrar. Don Juan no estaba allí. 

Puse sobre una pila de leña las dos bolsas de comestibles que le había traído y me senté a esperarlo, como había hecho docenas de veces. Pero, por vez primera en mis años de tratar a don Juan, tenía miedo de quedarme solo en su casa. Sentía una presencia, como si alguien invisible estuviera allí conmigo. 

Recordé haber tenido, años atrás, la misma sensación vaga de que algo desconocido merodeaba en torno mío cuando me hallaba solo. Me levanté de un salto y salí corriendo de la casa. Había venido a ver a don Juan para decirle que el efecto acumulativo de la tarea de "ver" estaba haciéndose notar. 

Había empezado a sentirme inquieto; vagamente aprensivo sin ninguna razón declarada; cansado sin tener fatiga. Entonces, mi reacción al estar solo en casa de don Juan hizo volver el recuerdo total de cómo había crecido mi miedo en el pasado. 

El miedo se remontaba varios años, a la época en que don Juan había forzado la extrañísima confrontación entre una bruja, a quien llamaba "la Catalina", y yo. Empezó el 23 de noviembre de 1961, cuando lo hallé en su casa con un tobillo dislocado. Explicó que tenía una enemiga, una bruja que podía convertirse en chanate* y que había intentado matarlo. 


* Chanate o Zanate (Quiscalus mexicanus): Ave mexicana de plumaje negro-azulado, imita el comportamiento humano. 

También se hace referencia a las personas de tez muy oscura o de raza negra.

[Al igual que don Juan está capacitado para metamorfosearse en un cuervo, la bruja Catalina se metamorfosea en un chanate]


-Apenas pueda caminar voy a enseñarte quién es la mujer -dijo don Juan-. Debes saber quién es. 

-¿Por qué quiere matarlo? Alzó los hombros con impaciencia y rehusó decir más. Regresé a verlo diez días después y lo hallé perfectamente bien. Hizo girar el tobillo para demostrarme que se hallaba curado y atribuyó su pronta recuperación a la naturaleza del molde que él mismo había hecho. 

-Qué bueno que estés aquí -dijo-. Hoy voy a llevarte a un viajecito. Siguiendo sus indicaciones, manejé hasta un paraje desolado. Nos detuvimos allí; don Juan estiró las piernas y se acomodó en el asiento, como si fuera a echar una siesta. Me indicó relajarme y permanecer muy callado; dijo que mientras oscurecía debíamos ser lo más inconspicuo posible, porque el atardecer era una hora muy peligrosa para el asunto que habíamos emprendido. 

-¿Qué clase de asunto emprendimos? -pregunté. 

-Estamos aquí para cazar a la Catalina -dijo él. Cuando oscureció lo suficiente, bajamos con cautela del coche y nos adentramos muy despacio, sin hacer ruido, en el chaparral desértico.

Desde el sitio donde nos detuvimos, yo podía discernir la silueta negra de los cerros a ambos lados. Estábamos en una cañada llana, bastante ancha. Don Juan me dio instrucciones detalladas sobre cómo permanecer confundido con el chaparral y me enseñó un modo de sentarse "en virgilia", como él decía. 

Me dijo que metiera la pierna derecha bajo el muslo izquierdo y pusiese la pierna izquierda como si me hallara en cuclillas. Explicó que la primera se usaba como resorte para levantarse con gran velocidad, si era necesario. 

Luego me dijo que mirara al oeste, porque para allá quedaba la casa de la mujer. Se sentó junto a mi, a mi derecha, y en un susurro me indicó enfocar los ojos en el suelo, buscando, o más bien esperando, una especie de oleada de viento que produciría un escarceo en los matorrales. Cuando la onda tocara los arbustos en los que yo había fijado la vista, yo debía mirar hacia arriba para ver a la bruja en todo su "magnífico esplendor maligno". 

Don Juan usó esas mismas palabras. Cuando le pedí explicar a qué se refería, dijo que, al descubrir una ondulación, yo no tenía más que alzar los ojos y ver por mí mismo, porque "una bruja en vuelo" era un espectáculo único que desafiaba toda explicación. 

Había un viento más o menos constante, y muchas veces creí percibir una ondulación en los arbustos. Miré hacia arriba en cada ocasión, preparado a una experiencia trascendente, pero no vi nada. 

Cada vez que el viento agitaba los matorrales, don Juan pateaba vigorosamente el suelo, dando vueltas, moviendo los brazos como látigos. La fuerza de sus movimientos era extraordinaria. 

Tras algunos intentos fallidos por ver a la bruja "en vuelo", me sentí seguro de que no iba a presenciar ningún suceso trascendente, pero la demostración de "poder" realizada por don Juan era tan exquisita que no me importó pasar allí la noche. 

Al romper el alba, don Juan se sentó junto a mi. Parecía totalmente exhausto. Apenas podía moverse, Se acostó bocarriba y musitó que no había logrado "atravesar a la mujer". 

Esa frase me intrigó mucho; él la repitió varias veces, y su tono iba haciéndose más desalentado, más desesperado. Comencé a experimentar una angustia fuera de lo común. Me resultó muy fácil proyectar mis sentimientos en el estado anímico de don Juan. Don Juan no mencionó el incidente, ni a la mujer, durante varios meses. Pensé que había olvidado, o resuelto, todo ese asunto. Pero cierto día lo hallé muy agitado, y en una forma por entero incongruente con su calma habitual me dijo que el chanate había estado frente a él la noche anterior, casi tocándolo, y que él ni siquiera había despertado. 

La maña de la mujer era tanta que don Juan no sintió para nada su presencia. Dijo que su buena suerte fue despertar justo a tiempo para iniciar una horrenda lucha por su vida. El tono de su voz era conmovedor, casi patético. 

Sentí una oleada avasalladora de compasión y cuidado. En tono dramático y sombrío, volvió a afirmar que no tenía modo de parar a la bruja, y que la siguiente vez que ella se le acercara sería su último día sobre la tierra. 

El abatimiento me puso al borde de las lágrimas. Don Juan pareció advertir mi honda preocupación y rió, según pensé, con valentía. Me palmeó la espalda y dijo que no me apurara, que todavía no se hallaba perdido por completo porque tenía una última carta, un comodín. 

-Un guerrero vive estratégicamente -dijo, sonriendo-. Un guerrero jamás lleva cargas que no puede soportar. La sonrisa de don Juan tuvo el poder de disipar las ominosas nubes de desastre. De pronto me sentí exhilarado, y ambos reímos. Me dio palmaditas en la cabeza. 

-Sabes, de todas las cosas en esta tierra, tú eres mi última carta -dijo abruptamente, mirándome a los ojos. 

-¿Qué? -Eres mi carta de triunfo en mi pelea contra esa bruja. No entendía a qué se refería y me explicó que la mujer no me conocía y que, si jugaba yo mi mano como él me indicaría, tenía una oportunidad más que buena de "atravesarla". 

-¿Qué quiere usted decir con "atravesarla"? -No puedes matarla, pero debes atravesarla como a un globo. Si haces eso me dejará en paz. Pero no pienses en ello por ahora. Te diré qué hacer cuando llegue el momento. 

Pasaron algunos meses. Yo había olvidado el incidente y fui tomado de sorpresa al llegar un día a su casa; don Juan salió corriendo y no me dejó bajar del coche. 

-Tienes que irte en el acto -susurró con urgencia aterradora-. Escucha con cuidado. Compra una escopeta, o consigue una como puedas; no me traigas la tuya propia, ¿entiendes? Consigue cualquier escopeta que no sea tuya y tráela aquí de inmediato. 

-¿Para qué quiere usted una escopeta? -¡Vete ya! 

Regresé con una escopeta. No tenía dinero suficiente para comprar una, pero un amigo me había dado su arma vieja. Don Juan no la miró; explicó, riendo, que había sido brusco conmigo porque el chanate estaba en el techo de la casa y él no quería que me viera. 

-El hallar al chanate en el techo me dio la idea de que podías traer una escopeta y atravesarlo con ella -dijo don Juan enfáticamente-. No quiero que te pase nada, por eso sugerí que compraras la escopeta o que la consiguieras de cualquier otro modo. 

Verás: tienes que destruir el arma después de completar la tarea. 

-¿De qué clase de tarea habla usted? 

-Debes tratar de atravesar a la mujer con tu escopeta. Me hizo limpiar el arma frotándola con las hojas y los tallos frescos de una planta de olor peculiar. El mismo frotó dos cartuchos y los puso en los cañones. Luego dijo que yo debía esconderme frente a su casa y esperar hasta que el chanate aterrizara en el techo para, después de apuntar con cuidado, descargar ambos cañones. 

El efecto de la sorpresa, más que las municiones, atravesaría a la mujer, y si yo era fuerte y decidido podía forzarla a dejarlo en paz. De tal modo, mi puntería debía ser impecable, así como mi decisión de atravesarla. 

-Tienes que gritar en el momento en que dispares -dijo don Juan-. Debe ser un grito potente y penetrante. 

Luego apiló atados de leña y de caña a unos tres metros de la ramada de su casa. Me hizo reclinarme contra ellos. La postura era bastante cómoda. Quedaba yo semisentado; mi espalda tenía un buen apoyo y el techo estaba a la vista. 

Don Juan dijo que era demasiado temprano para que la bruja saliera, y que teníamos hasta el anochecer para hacer todos los preparativos; él fingiría entonces encerrarse en la casa, para atraerla y provocar otro ataque sobre su propia persona. 

Me indicó relajarme y hallar una posición cómoda desde la cual pudiera disparar sin moverme. Me hizo apuntar al techo un par de veces y concluyó que el acto de llevarme la escopeta al hombro y tomar puntería era demasiado lento y engorroso. 

Entonces construyó un puntal para el arma. Hizo dos agujeros profundos con una barra de hierro puntiaguda, plantó en ellos dos palos ahorquillados y ató una larga pértiga entre ambas horquillas. La estructura me daba apoyo para disparar y me permitía tener la escopeta apuntada hacia el techo. 

Don Juan miró al cielo y dijo que era hora de meterse en la casa. Se puso de pie y entró calmadamente, lanzándome la admonición final de que mi empresa no era un chiste y de que tenía que darle al pájaro con el primer disparo. 

Después de irse don Juan, tuve unos cuantos minutos más de crepúsculo, y luego oscureció por completo. Parecía como si la oscuridad hubiera estado esperando a que me hallara solo para descender de golpe sobre mí. Traté de enfocar los ojos en el techo, que se recortaba contra el cielo; durante un rato hubo en el horizonte suficiente luz para que la línea del techo siguiera visible, pero luego el cielo se ennegreció y apenas pude ver la casa. 

Durante horas conservé los ojos enfocados en el techo, sin notar nada en absoluto. Vi una pareja de búhos pasar volando hacia el norte; la envergadura de sus alas era notable, y no podía tomárseles por chanates. 

En un momento dado, sin embargo, vislumbré claramente la forma negra de un pájaro pequeño que aterrizaba en el techo. ¡Era un pájaro, sin lugar a dudas! 

Mi corazón empezó a golpetear; sentí un zumbido en las orejas. Tomé puntería en la oscuridad y oprimí ambos gatillos. Hubo una explosión muy fuerte. 

Sentí la violenta patada de la culata contra mi hombro, y al mismo tiempo oí un grito humano de lo más penetrante y horrendo. Era fuerte y sobrecogedor y parecía haber venido del techo. Tuve un momento de confusión total. Entonces recordé que don Juan me había indicado gritar cuando disparara y que había olvidado hacerlo. 

Estaba pensando en cargar nuevamente mi arma cuando don Juan abrió la puerta y salió corriendo. Llevaba su linterna de petróleo. Parecía muy nervioso. 

-Creo que le diste -dijo-. Ahora tenemos que hallar el pájaro muerto. Trajo una escalera y me hizo subir a buscar sobre la ramada, pero nada pude hallar. El mismo subió y buscó un rato, con resultados igualmente negativos. 

-A lo mejor lo hiciste pedacitos -dijo don Juan-, en cuyo caso debemos hallar al menos una pluma. Empezamos a buscar en torno a la ramada y luego alrededor de la casa. La luz de la interna alumbró nuestra búsqueda hasta la mañana. 

Luego nos pusimos nuevamente a recorrer el área que habíamos cubierto durante la noche. A eso de las 11:00 de la mañana, don Juan suspendió la búsqueda. 

Se sentó desalentado, sonriéndome con tristeza y dijo que yo no había logrado detener a su enemiga y que ahora, más que nunca antes, su vida no valía un centavo porque la mujer estaba sin duda molesta, ansiosa de tomar venganza. 

-Pero tú estás a salvo -dijo don Juan dándome ánimos-. La mujer no te conoce. 

Mientras me dirigía a mi auto para regresar a casa, le pregunté si debía destruir la escopeta. Respondió que el arma no había hecho nada y que la devolviera a su dueño. Noté una profunda desesperanza en los ojos de don Juan. Eso me conmovió tanto que estuve a punto de llorar. 

-¿Qué puedo hacer por ayudarlo? -pregunté. 

-No hay nada que puedas hacer -dijo don Juan. 

Permanecimos callados un momento. Yo quería irme de inmediato. Sentía una angustia opresiva. Me hallaba a disgusto. 

-¿De veras tratarías de ayudarme? -preguntó don Juan en tono infantil. 

Le dije de nuevo que mi persona estaba por entero a su disposición, que mi afecto por él era tan profundo que yo emprendería cualquier clase de acción por ayudarlo. 

-Si los dices en serio -repuso-, tal vez tenga yo otra oportunidad. Parecía encantado. Sonrió ampliamente y palmoteó las manos varias veces, como siempre que quiere expresar un sentimiento de placer. Este cambio de humor fue tan notable que también me involucró. Sentí de pronto que el ambiente opresivo, la angustia, habían sido derrotados y la vida era otra vez inexplicablemente estimulante. 

Don Juan tomó asiento y yo hice lo mismo. Me miró un largo momento y luego procedió a decirme, en forma muy tranquila y deliberada, que yo era de hecho la única persona que podía ayudarlo en ese trance, y que por ello iba a pedirme hacer algo muy peligroso y muy especial. 

Hizo una pausa momentánea como si quisiera una reafirmación de mi parte, y nuevamente reiteré mi firme deseo de hacer cualquier cosa por él. 

-Voy a darte un arma para atravesarla -dijo. Sacó de su morral un objeto largo y me lo entregó. Lo tomé y luego lo examiné. Estuve a punto de soltarlo. 

-Es un jabalí -prosiguió-. Debes atravesarla con él. El objeto que yo tenía en la mano era una pata delantera de jabalí, seca. La piel era fea y las cerdas repugnantes al tacto. La pezuña estaba intacta y sus dos mitades se hallaban desplegadas, como si la pata estuviera estirada. Era una cosa de aspecto horrible. Me provocaba un amago de náusea. 

Don Juan la recuperó rápidamente. 

-Tienes que clavarle el jabalí en el mero ombligo -dijo. 

-¿Qué? -dije con voz débil. 

-Tienes que agarrar el jabalí con la mano izquierda y clavárselo. Es una bruja y el jabalí entrará en su barriga y nadie en este mundo, excepto otro brujo, lo verá clavado allí. Esta no es una batalla común y corriente, sino un asunto de brujos. El peligro que corres es que, si no logras atravesarla, ella te mate allí mismo, o sus compañeros y parientes te den un balazo o una cuchillada. 

Por otra parte, puede que salgas sin un rasguño. "Si tienes éxito, ella se sentirá tan mal con el jabalí en el cuerpo que me dejará en paz." Una angustia opresiva me envolvió nuevamente. Yo tenía un profundo afecto por don Juan. Lo admiraba. En la época de esta pasmosa petición, ya había aprendido a considerar su forma de vida, y su conocimiento, un logro insuperable. ¿Cómo podía alguien dejar morir a un hombre así? Y sin embargo, ¿cómo podía alguien arriesgar a sabiendas su vida? 

A tal grado me sumergí en mis deliberaciones que sólo hasta que don Juan me palmeó el hombro advertí que se había puesto de pie y estaba parado junto a mí. Alcé la vista; él sonreía con benevolencia. 

-Regresa cuando sientas que de veras quieres ayudarme -dijo-, pero sólo hasta entonces. Si regresas, sabré lo que tendremos que hacer. ¡Vete ya! Si no quieres regresar, también eso lo comprenderé. 

Automáticamente me levante, subí en mi coche y me fui. Don Juan me había sacado del aprieto. Podría haberme ido para nunca volver, pero de algún modo la idea de estar en libertad de marcharme no me confortaba. Manejé un rato más y luego, siguiendo un impulso, di la vuelta y regresé a casa de don Juan. Seguía sentado bajo su ramada y no pareció sorprendido de verme. 

-Siéntate -dijo-. Las nubes están hermosas en el poniente. Pronto va a oscurecer. Siéntate callado y deja que el crepúsculo te llene. Haz ahora lo que quieras, pero cuando yo te diga, mira de frente a esas nubes brillantes y pídele al crepúsculo que te dé poder y calma. 

Durante un par de horas estuve sentado ante las nubes del oeste. Don Juan entró en la casa y permaneció dentro. Cuando oscurecía, regresó. 

-Ha llegado el crepúsculo -dijo-. ¡Párate! No cierres los ojos, mira directo a las nubes; alza los brazos con las manos abiertas y los dedos extendidos y trota marcando el paso. Seguí sus instrucciones; alcé los brazos por encima de la cabeza y empecé a trotar. 

Don Juan se acercó a corregir mis movimientos. Puso la pata de jabalí contra la palma de mi mano izquierda y me hizo sostenerla con el pulgar. Luego bajó mis brazos hasta hacerlos apuntar hacia las nubes naranja y gris oscuro sobre el horizonte occidental. Extendió mis dedos en abanico y me dijo que no los doblara sobre las palmas. Era de importancia crucial el que yo mantuviese los dedos extendidos, porque si los cerraba no estaría pidiendo al crepúsculo poder y calma, sino que estaría amenazándolo. 

También corrigió mi trote. Dijo que debía ser apacible y uniforme, como si me hallara corriendo hacia el crepúsculo con los brazos extendidos. Esa noche no pude dormir. Era como si, en vez de calmarme, el crepúsculo me hubiera agitado hasta el frenesí. 

-Tengo todavía tantas cosas pendientes en mi vida -dije-. Tantas cosas sin resolver. Don Juan chasqueó suavemente la lengua. 

-Nada está pendiente en el mundo -dijo-. Nada está terminado, pero nada está sin resolver. Duérmete. Las palabras de don Juan me apaciguaron extrañamente. 

A eso de las diez de la mañana siguiente, don Juan me dio algo de comer y luego nos pusimos en camino. Susurró que íbamos a acercarnos a la mujer a eso del mediodía, o antes si era posible. 

Dijo que la hora ideal habría sido el principio del día, porque una bruja tiene siempre menos potencia en la mañana, pero la Catalina jamás dejaría a esa hora la protección de su casa. 

No hice ninguna pregunta. Me dirigió hacia la carretera, y en cierto punto me dijo que parara y me estacionara al lado del camino. Dijo que allí debíamos esperar. Miré el reloj; eran las once menos cinco. Bostecé repetidamente. Me hallaba en verdad soñoliento; mi mente vagaba sin objeto. 

De pronto, don Juan se enderezó y me dio un codazo. Salté en mi asiento. 

-¡Allí está! -dijo. Vi a una mujer caminar hacia la carretera por el borde de un campo de cultivo. Llevaba una canasta colgada del brazo derecho. Sólo hasta entonces advertí que nos hallábamos estacionados cerca de un cruce.

Había dos veredas estrechas que corrían paralelas a ambos lados de la carretera, y otro sendero más ancho y transitado, perpendicular a los otros; obviamente, la gente que usaba ese sendero tenía que cruzar el camino pavimentado. Cuando la mujer estaba aún en el camino de tierra, don Juan me hizo bajar del coche. 

-Hazlo ahora -dijo con firmeza. Lo obedecí. La mujer estaba casi en la carretera. Corrí y la alcancé. Estaba tan cerca de ella que sentí sus ropas en mi rostro. Saqué de mi camisa la pezuña de jabalí y lancé con ella una estocada. 

No sentí resistencia alguna al objeto romo. Vi una sombra fugaz frente a mí, como un cortinaje; mi cabeza giró hacia la derecha y vi a la mujer parada a quince metros de distancia, en el otro lado del camino. 

Era una mujer bastante joven, morena, de cuerpo fuerte y rechoncho. Me sonreía. Tenía dientes blancos y grandes y su sonrisa era plácida. Había entrecerrado los ojos, como para protegerlos del viento. Seguía con la canasta colgada del brazo. Tuve entonces un momento de confusión única. Me volví para mirar a don Juan. Él hacía gestos frenéticos, llamándome. 

Corrí en su dirección. Tres o cuatro hombres se acercaban presurosos. Subí en el coche y hundiendo el acelerador me alejé en dirección opuesta. Traté de preguntar a don Juan qué había ocurrido, pero no pude hablar; una presión avasalladora hacía reventar mis oídos; sentía asfixiarme. 

Él parecía complacido: empezó a reír. Era como si mi fracaso no le importara. Yo apretaba tanto el volante que no podía mover las manos; estaban congeladas; mis brazos se hallaban rígidos y lo mismo mis piernas. 

De hecho, no podía quitar el pie del acelerador. Don Juan me dio palmadas en la espalda y dijo que me calmara. Poco a poco disminuyó la presión en mis oídos. 

-¿Qué sucedió allá? -pregunté al fin. 

Rió como niño travieso, sin responder. Luego me preguntó si había notado la manera en que la mujer se quitó del paso. Elogió su excelente velocidad. Las palabras de don Juan parecían tan incongruentes que yo no podía en realidad seguir el hilo. ¡Elogiaba a la mujer! Dijo que su poder era impecable, y ella una enemiga despiadada. 

Pregunté a don Juan si mi fracaso no le importaba. Su cambio de humor me sorprendía y molestaba. Cualquiera hubiera dicho que se hallaba alegre. Me dijo que parara. Me estacioné al lado del camino. Él puso su mano en mi hombro y me miró penetrantemente a los ojos. 

-Todo lo que te he hecho hoy fue una trampa -dijo de buenas a primeras-. La regla es que un hombre de conocimiento tiene que atrapar a su aprendiz. Hoy te he atrapado, y te he hecho una treta para que aprendas. 

Quedé atónito. No podía organizar mis ideas. Don Juan explicó que todo el asunto con la mujer era una trampa; que ella jamás había sido una amenaza para él; y que su propia labor fue la de ponerme en contacto con ella, bajo las condiciones específicas de abandono y poder que yo había experimentado al tratar de atravesarla. 

Encomió mi determinación y la llamó un acto de poder que demostró a la Catalina mi gran capacidad para el esfuerzo. Don Juan dijo que, aunque yo lo ignoraba, no había hecho más que lucirme ante ella. 

-Jamás pudiste tocarla -dijo-, pero le enseñaste tus garras. Ahora sabe que no tienes miedo. Le has hecho un desafío. La usé para tenderte la trampa porque esa mujer es poderosa y es incansable y nunca olvida. 

Los hombres, por lo general, están demasiado ocupados para ser enemigos implacables. Sentí una ira terrible. Le dije que no había que jugar con los sentimientos y las lealtades más profundos de una persona. 

Don Juan rió hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas, y lo odié. Tuve un deseo avasallador de darle un golpe y marcharme; había en su risa, sin embargo, un ritmo tan extraño que me tenía paralizado casi por entero. 

-No te enojes tanto -dijo don Juan apaciguadoramente.

Y dijo que sus actos jamás habían sido una farsa, que también él había puesto en juego su vida mucho tiempo antes, cuando su propio benefactor lo había atrapado igual que él a mí. 

Don Juan dijo que su benefactor era un hombre cruel que no pensaba en él como el mismo don Juan pensaba en mí. Añadió con mucha severidad que la mujer había probado su fuerza contra él y que en verdad trató de matarlo. 

-Ahora sabe que yo estaba jugando con ella -dijo, riendo-, y por eso te odiará a ti. A mí no puede hacerme nada, pero se desquitará contigo. Todavía no sabe qué tanto poder tienes, así que vendrá a probarte, poco a poco. 

Ahora no tienes otra alternativa que aprender para defenderte, o serás presa de esa señora. No es cosa de burla. Don Juan me recordó la forma en que la mujer se había apartado en un vuelo. 

-No te enojes -dijo-. No fue una trampa común. Fue la regla. 

Había algo verdaderamente enloquecedor en la forma como la mujer se apartó de mí. Yo mismo lo había presenciado: saltó el ancho de la carretera en un parpadeo. No tenía yo manera de librarme de tal certeza. 

Desde ese momento, enfoqué toda mi atención en aquel incidente y poco a poco acumulé "evidencia" de que la Catalina en verdad me perseguía. La consecuencia final fue que tuve que abandonar el aprendizaje bajo la presión de mi miedo irracional. 

Unas horas después, en las primeras de la tarde, regresé a la casa de don Juan. Él parecía haberme estado esperando. Se me acercó cuando bajaba del coche y me examinó con mirada curiosa, caminando en torno mío dos veces. 

-¿Por qué los nervios? -preguntó antes de que yo tuviera tiempo de decir nada. Le expliqué que algo me había ahuyentado esa mañana, y que había empezado a sentir algo que me rondaba, como antes. 

Don Juan se sentó y pareció sumergirse en pensamientos. Su rostro tenía una expresión inusitadamente seria. Parecía fatigado. Me senté junto a él y ordené mis notas. 

Tras una pausa muy larga, su rostro se iluminó y sus labios sonrieron. 

-Lo que sentiste en la mañana era el espíritu del ojo de agua -dijo-. Te he dicho que debes estar preparado para encontrarte de repente con esas fuerzas. 

Creí que entendías. -Entendí. -¿Entonces por qué el miedo? No pude responder. -El espíritu sigue tu rastro -dijo él-. Ya te topó en el agua. 

Te aseguro que te topará otra vez, y probablemente no estarás preparado y ese encuentro será tu fin. 

Las palabras de don Juan me produjeron genuina preocupación. Lo que sentía era, sin embargo, extraño; me preocupaba, pero no tenía miedo. Lo que me ocurría, fuera lo que fuese, no había podido provocar mis viejos sentimientos de terror ciego. 

-¿Qué debo hacer? -pregunté. 

-Olvidas con demasiada facilidad -respondió-. El camino del conocimiento se anda a la mala. Para aprender necesitamos que nos echen espuelas. En el camino del conocimiento siempre estamos peleando con algo evitando algo, preparados para algo; y ese algo es siempre inexplicable, más grande y poderoso que nosotros. Las fuerzas inexplicables vendrán a ti. Ahora es el espíritu del ojo de agua, luego será tu propio aliado, por eso en este momento no tienes otra tarea que el prepararte a la lucha. 

Hace años la Catalina te espoleó, pero esa era sólo una bruja y esa trampa fue de principiante. El mundo está en verdad lleno de cosas temibles, y nosotros somos criaturas indefensas rodeadas por fuerzas que son inexplicables e inflexibles. 

El hombre común, en su ignorancia, cree que se puede explicar o cambiar esas fuerzas; no sabe realmente cómo hacerlo, pero espera que las acciones de la humanidad las expliquen o las cambien tarde o temprano. El brujo, en cambio, no piensa en explicarlas ni en cambiarlas; en vez de ello, aprende a usar esas fuerzas. 

El brujo se ajusta los remaches y se adapta a la dirección de tales fuerzas. Ese es su truco. La brujería no es gran cosa cuando le hallas el truco. Un brujo apenas anda mejor que un hombre de la calle. 

La brujería no lo ayuda a vivir una vida mejor; de hecho yo diría que le estorba; le hace la vida incómoda, precaria. Al abrirse al conocimiento, un brujo se hace más vulnerable que el hombre común. 

Por un lado, sus semejantes lo odian y le temen y se esfuerzan por acabarlo; por otro lado, las fuerzas inexplicables e inflexibles que a todos nos rodean, por el derecho de que estamos vivos, son para el brujo la fuente de un peligro todavía mayor. 

Que un semejante lo atraviese a uno duele, cómo no, pero ese dolor no es nada en comparación con el topetazo de un aliado. Un brujo, al abrirse al conocimiento, pierde sus resguardos y se hace presa de tales fuerzas y sólo tiene un medio de equilibrio: su voluntad; por eso debe sentir y actuar como un guerrero. 

Te lo repito una vez más: sólo como guerrero es posible sobrevivir en el camino del conocimiento. Lo que ayuda a un brujo a vivir una vida mejor es la fuerza de ser guerrero. 

Es mi obligación enseñarte a ver. No porque yo personalmente quiera hacerlo, sino porque fuiste escogido; tú me fuiste señalado por Mescalito. Sin embargo, mi deseo personal me fuerza a enseñarte a sentir y actuar como guerrero. 

Yo personalmente creo que ser guerrero es más adecuado que cualquier otra cosa. Por tanto, he procurado enseñarte esas fuerzas como un brujo las percibe porque sólo bajo su impacto aterrador puede uno convertirse en guerrero. 

Ver sin ser antes un guerrero te debilitaría; te daría una mansedumbre falsa, un deseo de hundirte en el olvido; tu cuerpo se echaría a perder porque te harías indiferente. 

Mi obligación personal es hacerte guerrero para que no te desmorones. Te he oído decir una y otra vez que siempre estás dispuesto a morir. No considero necesario ese sentimiento. Me parece una entrega inútil. Un guerrero sólo debe estar preparado para la batalla. También te he oído decir que tus padres dañaron tu espíritu. Yo creo que el espíritu del hombre es algo que se daña muy fácilmente, aunque no con las mismas acciones que tú llamas dañinas. 

Creo que tus padres sí te dañaron, haciéndote indulgente y flojo y dado a quedarte sentado más de la cuenta. El espíritu de un guerrero no está engranado para la entrega y la queja, ni está engranado para ganar o perder. 

El espíritu de un guerrero sólo está engranado para la lucha, y cada lucha es la última batalla del guerrero sobre la tierra. De allí que el resultado le importa muy poco. 

En su última batalla sobre la tierra, el guerrero deja fluir su espíritu libre y claro. Y mientras libra su batalla, sabiendo que su voluntad es impecable, el guerrero ríe y ríe.

Terminé de escribir y alcé la vista. Don Juan me miraba. Meneó la cabeza de lado a lado y sonrió. 

-¿De veras escribes todo? -preguntó en tono incrédulo-. 

Genaro dice que nunca puede estar serio contigo porque tú siempre estás escribiendo. Tiene razón; ¿cómo puede uno estar serio si siempre escribes? 

Rió por lo bajo, y yo traté de defender mi posición. 

-No importa -dijo-. Si algún día aprendes a ver, supongo que habrás de hacerlo de ese rarísimo modo. Se puso de pie y miró el cielo. 

Era alrededor del mediodía. Dijo que aún había tiempo para salir de cacería a un sitio en las montañas. 

-¿Qué vamos a cazar? -pregunté. 

-Un animal especial: venado o jabalí, o puede que un puma. 

Calló un momento y después añadió: 

-Hasta un águila. 

Me incorporé y lo seguí hacia mi coche. Dijo que esta vez sólo íbamos a observar, y a descubrir qué animal debíamos cazar. Estaba a punto de subir en el coche cuando pareció recordar algo. Sonrió y dijo que el viaje debía posponerse hasta que yo hubiera aprendido algo sin lo cual nuestra caza sería imposible. 

Desandamos nuestros pasos y volvimos a sentarnos bajo la ramada. Había muchas cosas que yo deseaba preguntar, pero él habló de nuevo sin darme tiempo de decir nada. 

-Esto nos lleva al último punto que debes saber -sobre la vida de un guerrero. Un guerrero elige los elementos que forman su mundo. El otro día que viste al aliado y tuve que lavarte dos veces, ¿sabes qué cosa te pasaba?

 -No. -Habías perdido tus resguardos. -¿Qué resguardos? ¿De qué habla usted?

 -Dije que un guerrero elige los elementos que forman su mundo. Elige con deliberación, pues cada elemento que escoge es un escudo que lo protege de los ataques de las fuerzas que él lucha por usar. Un guerrero utiliza sus resguardos para protegerse de su aliado, por ejemplo. 

Un hombre común y corriente, igualmente rodeado por esas fuerzas inexplicables, se olvida de ellas porque tiene otras clases de resguardos especiales para protegerse. 

Hizo una pausa y me miró con una pregunta en los ojos. Yo no había entendido a qué se refería. 

-¿Qué son esos resguardos? -pregunté. 

-Lo que la gente hace -repuso. 

-¿Qué hace? 

-Bueno, mira a tu alrededor. La gente está ocupada haciendo lo que la gente hace. Esos son sus resguardos. Cada vez que un brujo se encuentra con cualquiera de esas fuerzas inexplicables e inflexibles de las que hemos hablado, su abertura se ensancha, haciéndolo más susceptible a su muerte de lo que es comúnmente; te he dicho que morimos por esa abertura; por ello, si está abierta, uno tiene que tener la voluntad lista para llenarla; eso es, si uno es guerrero. 

Si uno no es guerrero, como tú, el único recurso que le queda es usar las actividades de la vida cotidiana para apartar a la mente del susto del encuentro y así permitir que la abertura se cierre. 

Tú te enojaste conmigo ese día que te encontraste al aliado. Te hice enojar cuando paré tu coche y te enfrié al echarte al agua. El que tuvieras la ropa puesta te dio aún más frío. El enojo y el frío te ayudaron a cerrar tu abertura y quedaste protegido. 

Pero a esta altura en tu vida ya no puedes usar esos resguardos en forma tan efectiva como un hombre corriente. Sabes demasiado de esas fuerzas y ahora estás por fin al borde de sentir y actuar como guerrero. 

Tus antiguos resguardos ya no son seguros. 

-¿Qué es lo que debería hacer? 

-Actuar como guerrero y elegir los elementos de tu mundo. Ya no puedes rodearte de cosas a lo loco. Te digo esto de la manera más seria. Ahora, por primera vez, no estás seguro en tu antigua forma de vivir. 

-¿A qué se refiere usted con lo de elegir los elementos de mi mundo? 

-Un guerrero encuentra esas fuerzas inexplicables e inflexibles porque las anda buscando adrede; así que siempre está preparado para el encuentro. Tú, en cambio, nunca estás preparado. Es más, si esas fuerzas vienen a ti van a tomarte por sorpresa; el susto ensanchará tu abertura y por ahí se escapará sin remedio tu vida. 

Entonces, la primera cosa que debes hacer es estar preparado. Piensa que el aliado va a saltar en cualquier momento frente a tus ojos y debes estar listo. 

Encontrarse con un aliado no es fiesta de domingo ni paseo por el campo, y un guerrero toma la responsabilidad de proteger su vida. Luego, si cualquiera de esas fuerzas te topa y ensancha tu abertura, debes luchar deliberadamente por cerrarla tú solo. 

Para ese propósito deberás haber elegido cierto número de cosas que te den paz y placer, cosas que puedas usar deliberadamente para apartar los pensamientos de tu susto y cerrarte y amacizarte. 

-¿Qué clase de cosas? 

-Hace años te dije que, en su vida cotidiana, el guerrero escoge seguir el camino con corazón. La consistente preferencia por el camino con corazón es lo que diferencia al guerrero del hombre común. 

El guerrero sabe que un camino tiene corazón cuando es uno con él, cuando experimenta gran paz y placer al atravesar su largo. Las cosas que un guerrero elige para hacer sus resguardos son los elementos de un camino con corazón. 

-Pero usted dice que yo no soy guerrero, de modo que ¿cómo puedo escoger un camino con corazón? 

-Este es el cruce de caminos. Digamos que hasta hoy no tenías verdadera necesidad de vivir como guerrero. Ahora es distinto, ahora debes rodearte con los elementos de un camino con corazón y debes rehusar del resto, o de otro modo perecerás en el próximo encuentro. Puedo añadir que ya no necesitas ir hacia el encuentro. 

Ahora, un aliado puede venir a ti mientras duermes; mientras hablas con tus amigos; mientras escribes. 

-Durante años he tratado realmente de vivir de acuerdo con sus enseñanzas -dije-. Por lo visto no he sabido hacerlo. ¿Cómo puedo mejorar ahora? 

-Piensas y hablas demasiado. Debes dejar de hablar contigo mismo. 

-¿Qué quiere usted decir? -Hablas demasiado contigo mismo. No eres único en eso. Cada uno de nosotros lo hace. Sostenemos una conversación interna. 

Piensa en eso. ¿Qué es lo que siempre haces cuando estás solo? 

-Hablo conmigo mismo. 

-¿De qué te hablas? 

-No sé; de cualquier cosa, supongo. 

-Te voy a decir de qué nos hablamos. Nos hablamos de nuestro mundo. Es más, mantenemos nuestro mundo con nuestra conversación interna. 

-¿Cómo es eso? 

-Cuando terminamos de hablar con nosotros mismos, el mundo es siempre como debería ser. Lo renovamos, lo encendemos de vida, lo sostenemos con nuestra conversación interna. No sólo eso, sino que también escogemos nuestros caminos al hablarnos a nosotros mismos. 

De allí que repetimos las mismas preferencias una y otra vez hasta el día en que morimos, porque seguimos repitiendo la misma conversación interna una y otra vez hasta el día en que morimos. 

Un guerrero se da cuenta de esto y lucha por parar su habladuría. Este es el último punto que debes saber si quieres vivir como guerrero. 

-¿Cómo puedo dejar de hablar conmigo mismo? 

-Antes que nada debes usar tus oídos a fin de quitar a tus ojos parte de la carga. Desde que nacimos hemos estado usando los ojos para juzgar el mundo. 

Hablamos a los demás, y nos hablamos a nosotros mismos, acerca de lo que vemos. Un guerrero se da cuenta de esto y escucha el mundo; escucha los sonidos del mundo. 

Guardé mis notas. Don Juan rió y dijo que no buscaba llevarme a forzar el proceso, que escuchar los sonidos del mundo debía hacerse armoniosamente y con gran paciencia. 

-Un guerrero se da cuenta de que el mundo cambiará tan pronto como deje de hablarse a sí mismo -dijo-, y debe estar preparado para esa sacudida monumental. 

-¿Qué es lo que quiere usted decir, don Juan? 

-El mundo es así-y-así o así-y-asá sólo porque nos decimos a nosotros mismos que esa es su forma. Si dejamos de decirnos que el mundo es así-y-asá, el mundo deja de ser así-y-asá. 

En este momento no creo que estés listo para un golpe tan enorme; por eso debes empezar despacio a deshacer el mundo. 

-¡Palabra que no le entiendo! 

-Tu problema es que confundes el mundo con lo que la gente hace. Pero tampoco en eso eres el único. Todos lo hacemos. Las cosas que la gente hace son los resguardos contra las fuerzas que nos rodean; lo que hacemos como gente nos da consuelo y nos hace sentirnos seguros; lo que la gente hace es por cierto muy importante, pero sólo como resguardo. 

Nunca aprendemos que las cosas que hacemos como gente son sólo resguardos, y dejamos que dominen y derriben nuestras vidas. De hecho, podría decir que para la humanidad, lo que la gente hace es más grande y más importante que el mundo mismo. 

-¿A qué llama usted el mundo?

-El mundo es todo lo que está encajado aquí -dijo, y pateó el suelo-. 

La vida, la muerte, la gente, los aliados y todo lo demás que nos rodea. El mundo es incomprensible. Jamás lo entenderemos; jamás desenredaremos sus secretos. 

Por eso, debemos tratarlo como lo que es: ¡un absoluto misterio! Pero un hombre corriente no hace esto. El mundo nunca es un misterio para él, y cuando llega a viejo está convencido de que no tiene nada más por qué vivir. 

Un viejo no ha agotado el mundo. Sólo ha agotado lo que la gente hace. Pero en su estúpida confusión cree que el mundo ya no tiene misterios para él. 

¡Qué precio tan calamitoso pagamos por nuestros resguardos! 

Un guerrero se da cuenta de esta confusión y aprende a tratar a las cosas debidamente. Las cosas que la gente hace no pueden, bajo ninguna condición, ser más importantes que el mundo. 

De modo que un guerrero trata el mundo como un interminable misterio, y lo que la gente hace como un desatino sin fin.