AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

martes, 28 de octubre de 2025

[14] VIAJES POR EL OSCURO MAR DE LA CONCIENCIA. Los usos del arte de ensoñar y el arte de acechar

 


1. RECAPITULACIÓN Y ACUMULACIÓN DEL SILENCIO INTERNO

-Ya podemos hablar más claramente acerca del silencio interno -dijo don Juan. 

Su declaración era tan incongruente que me sorprendió. Me había estado hablando toda la tarde de las vicisitudes que sufrieron los indios yaqui tras las guerras yaqui de los años veinte, cuando el gobierno mexicano los deportó de sus tierras natales del estado de Sonora en el norte de México, y los puso a trabajar en los plantíos de caña de azúcar en el centro y sur de México. 

El gobierno mexicano había tenido problemas con las guerras endémicas de los yaquis durante años. Don Juan me contó asombrosas historias conmovedoras de los yaqui sobre intriga política, traición, hambre y miseria humana. 

Tuve la sensación de que don Juan me estaba preparando un truco, porque bien sabía que esas historias eran de mi gusto y placer. En aquel tiempo, tenía un profundo sentido de compasión por el mundo, por la justicia social y la igualdad. 

-Las circunstancias que te rodean han hecho posible que tengas más energía -prosiguió-. Has empezado la recapitulación de tu vida; has visto a tus amigos, por primera vez, como si estuvieran expuestos en una vitrina; llegaste al punto de romper con todo, solo, impulsado por tus propias necesidades; cancelaste tu negocio; y sobre todo, has acumulado bastante silencio interno. 

Todo esto hace posible que hagas un viaje por el oscuro mar de la conciencia. 

-El encuentro que tuvimos en aquel pueblo que seleccionamos fue tal viaje -continuó-. Sé que una pregunta crucial casi salió a la superficie, y por un instante, dudaste que de veras había ido yo a tu casa. Mi visita no fue para ti un sueño. Yo era real, de carne y hueso, ¿no? 

-Tan real como se puede ser -le dije. Me había olvidado casi por completo de aquellos sucesos, pero recordaba que me pareció extraño que hubiera encontrado mi apartamento. 

Sin embargo, lo había pasado por alto al simplemente deducir que le había pedido a alguien mi nueva dirección, aunque si me lo hubieran preguntado no hubiera podido dar con nadie que supiera dónde yo vivía. 

-Vamos a aclarar esto -continuó-. Bajo mis condiciones, que son las condiciones de los chamanes del México antiguo, yo era tan real como es posible serlo, y en tal estado, fui a tu casa desde mi silencio interno para hablarte acerca del requisito del infinito y para advertirte que estaba a punto de acabarse tu tiempo. Y tú a tu vez, desde tu silencio interno, verdaderamente fuiste a ese pueblo de nuestra elección para decirme que habías logrado cumplir con el requisito del infinito. 

«Bajo tus condiciones, que son las condiciones del hombre común, era un sueño-fantasía en ambos casos. Experimentaste un sueño-fantasía que había llegado a tu casa sin saber la dirección, y luego tuviste un sueño-fantasía que fuiste a verme. A lo que da a mí, como chamán, lo que tú consideras ser tu sueño-fantasía de encontrarme en ese pueblo fue tan real como lo es que los dos conversamos aquí y ahora. 

1. COMENTARIO A RECAPITULACIÓN Y ACUMULACIÓN DEL SILENCIO INTERNO

El silencio interno se adquiere mediante un ejercicio de meditación profunda en la que estamos disolviendo uno a uno, los pensamientos que de manera espontánea van surgiendo, creando un diálogo interior.

En otras partes de la obra de Castaneda, el diálogo interior, es el diálogo del foráneo. Lo que nosotros creemos que son nuestros pensamientos, son los pensamientos e interrupciones de un parloteo sin límites que nos presenta la consciencia depredadora que tenemos,ya que la mente que tenemos no es nuestra verdadera mente, sino una mente implantada y obligatoria por parte del foráneo, es por ello, que si estamos ensimismados en ese diálogo infinito, nunca podemos salir de esta cárcel, por lo tanto, tómate tu tiempo, relájate y comienza a respirar profundamente, ten un cronómetro cercano y lo conectas cuando comiences. 

La primera vez es la más dura de todas, a lo mejor llegas a conseguir 5 segundos escasos de silencio interno, al día siguiente, los 5 segundos conseguidos anteriormente quedaron consolidados y entonces, el silencio interno se prolonga, de esta manera, con mucha paciencia y voluntad, vamos creando un espacio para nuestro silencio interno.

El silencio interno, desde un punto de vista energético, nos permite conservar la energía para poder luego usarla en otros ejercicios como el «ensoñar».

Don Juan propone realizar «un primer viaje por el oscuro mar de la conciencia», desde un punto de vista energético, todos tenemos un lugar especial, un punto más luminoso y destacable en el área trasera del omoplato izquierdo, a nivel de la superficie del aura (o huevo que nos envuelve). Habitualmente, ese punto, llamado punto de encaje (yo lo llamé en su día «polo» cuando aún no había leído nada sobre Castaneda), habitualmente está siempre en el mismo sitio, aunque de manera natural se suele desplazar hacia la izquierda, algunos centímetros cuando soñamos o estamos en un estado alterado de consciencia.

El punto de encaje es el causante de nuestra percepción y si lo movemos a voluntad, encajamos con otros estados de la consciencia y viajamos a otras dimensiones. 

El punto de encaje no sólo se mueve a nivel de superficie del huevo, sino que puede descender a niveles internos iluminando otras fibras o incluso ascender sobre la superficie, arrastrando como si fuese una sábana a toda la superficie del huevo, formando un pico puntiagudo.

La segunda técnica que nos permite acumular energía y ponerla a nuestra disposición es la técnica de la recapitulación, que consiste en ir recordando nuestra vida, desde el punto presente y hacia el pasado, recreando lo mejor posible todos y cada uno de los escenarios, de tal modo que de manera ordenada vamos limpiando nuestra consciencia de esas experiencias vividas, para ello, giramos nuestra cabeza a la izquierda tomando mucho aire y tras una visualización giramos hacia la derecha soltando todo el aire mientras pulverizamos ese escenario e ir pasando al inmediatamente anterior, es bueno valerse de un listado de hechos memorables.

Carlos está en pleno proceso de recapitulación y de adquisición de silencio interno, ahora don Juan le propone realizar viajes por el oscuro mar de la consciencia.

En este fragmento, tanto Carlos como don Juan se visitan mutuamente y es que esta energía adquirida y puesta a disposición ya está actuando, de tal modo que ambos sienten necesidad de comunicarse y de hecho, lo hacen realmente, pero en un estado casi onírico. El maestro va para advertirle que le queda muy poco tiempo y que tiene que darse prisa con el cometido (silencio interno/recapitulación) y el discípulo para comunicarle que ya está listo para emprender el viaje hacia el infinito.

2. EL ARTE DE ENSOÑAR

Le confesé a don Juan que no había posibilidad ninguna para mí de enmarcar esos sucesos en un formulario de pensamiento propio del hombre occidental. Le dije que las condiciones de sueño-fantasía creaban una falsa categoría que no podía sostenerse bajo ningún escrutinio y que la única cuasi-explicación vagamente posible era otro aspecto del conocimiento de don Juan: el ensoñar

-No, no es el ensoñar -me dijo enfáticamente-. Esto es algo más directo y más misterioso. A propósito, hoy tengo una nueva definición del ensoñar para ti, más de acuerdo con tu estado de ser. El ensoñar es el acto de cambiar el punto de fijación con el oscuro mar de la conciencia. Si lo ves así, es un concepto fácil y una maniobra sencilla. Necesitas todo de ti para darte cuenta, pero no es una imposibilidad, ni es algo rodeado de nubes místicas.  

»El ensoñar es un término que siempre me pareció una pendejada -continuó-, porque disminuye un acto muy poderoso. Hace que parezca arbitrario; le da un significado de fantasía, y eso es lo único que no es. Hice por cambiar el término, pero está demasiado arraigado. Quizás puedas tú, algún día, cambiarlo por tu cuenta, aunque como todo lo demás relacionado con la brujería, temo que para entonces no te va a importar una pizca, porque lo que lo llames no va a tener ningún significado para ti. 

Don Juan me había explicado largamente, durante todo el tiempo que lo había conocido, que el ensoñar era un arte descubierto por los chamanes del México antiguo, por medio del cual los sueños comunes y corrientes se trasformaban en auténticas entradas a otros mundos de la percepción. Abogaba de cualquier manera posible el advenimiento de algo que él llamaba la atención de ensueño, que consistía en la capacidad de prestar una atención específica, o de enfocar un tipo de conciencia especial sobre los elementos de un sueño común. Había seguido meticulosamente todas sus recomendaciones y había logrado que mi conciencia se quedara fija sobre los elementos de un sueño. La idea que proponía don Juan no era la de deliberadamente llegar a un sueño deseado, sino de fijar la atención sobre los elementos componentes de cualquier sueño que viniera al caso. 

Luego, don Juan me había mostrado energéticamente lo que los chamanes del México antiguo consideraban ser el origen del ensoñar: el desplazamiento del punto de encaje. 

Dijo que el punto de encaje se desplazaba de modo natural al dormir, pero que el ver el desplazamiento era algo difícil porque requería un modalidad agresiva y que tal modalidad agresiva había sido la predilección de los chamanes del México antiguo. 

Estos chamanes, según don Juan, habían encontrado todas las premisas de su brujería por medio de esa modalidad. 

-Es una modalidad muy depredadora -siguió don Juan-. No es nada difícil entrar en ella, porque el hombre es depredador por naturaleza. 

Podrías ver, agresivamente, a cualquier persona en este pueblito o quizás alguien a la distancia, mientras duermen; cualquiera serviría para el propósito. Lo importante es llegar a un nivel total de indiferencia. Vas en busca de algo y lo consigues como puedas. Vas a salir a buscar a una persona, como felino, como rapiña, para descender sobre alguien. 

Don Juan me había dicho, riéndose de mi aparente incomodidad, que la dificultad con esta técnica era el temperamento, y que no podía ser pasivo durante el acto de ver, porque la vista no era algo que se usara para mirar, sino para actuar sobre lo visto. 

Acaso haya sido su poder de sugestión, pero ese día, después de haberme dicho eso, me sentí sumamente agresivo. Cada músculo de mi cuerpo estaba lleno de energía y en mi práctica de ensoñar, fui detrás de alguien. No me interesaba quién fuera. Necesitaba a alguien que estuviera dormido, y una fuerza de la cual estaba consciente, sin estar totalmente consciente de ella, me guió a encontrar a alguien. 

Nunca supe quién era, pero al ver esa persona, sentí la presencia de don Juan. Era una sensación extraña saber que alguien estaba conmigo a través de una sensación indeterminada de proximidad que ocurría a un nivel de conciencia que no formaba parte de ninguna experiencia previa. Sólo podía enfocar mi atención sobre el individuo que descansaba. Sabía que era macho, pero no sé cómo lo sabía. Sabía que estaba dormido porque la bola de energía que es comúnmente un ser humano estaba un poco plana; se había expandido lateralmente. Y entonces vi el punto de encaje en una posición diferente a la habitual, que es directamente detrás de los omóplatos. 

En este caso, se había desplazado a la derecha de donde debería haber estado, y un poco más abajo. Calculé que, en este caso, se encontraba al lado de las costillas. Otra cosa que noté era su inestabilidad. Fluctuaba excéntricamente y de pronto regresaba a su posición normal. Tenía la clara sensación de que mi presencia, y obviamente la de don Juan, habían despertado al individuo. 

Experimenté una profusión de imágenes borrosas inmediatamente, y luego me desperté en el lugar donde había empezado. A lo largo de mi aprendizaje, don Juan también me había dicho que los chamanes se dividían en dos grupos: un grupo consistía en ensoñadores; el otro en acechadores. Los ensoñadores eran los que desplazaban el punto de encaje con gran facilidad. Los acechadores eran aquellos con gran facilidad para mantener el punto de encaje fijo en esa nueva posición. Los ensoñadores y los acechadores se complementaban y trabajaban en parejas, afectando uno al otro con sus proclividades innatas. 

Don Juan me había asegurado que el desplazamiento y la fijación del punto de encaje podía llevarse a cabo por voluntad propia por medio de la disciplina de mano de hierro de los chamanes. 

Dijo que los chamanes de su linaje creían que había por lo menos seiscientos puntos dentro de la esfera luminosa que somos en realidad, y que al alcanzarlos volitivamente por el punto de encaje, pueden otorgarnos un mundo totalmente inclusivo; lo cual quiere decir, que si nuestro punto de encaje se desplaza a uno de esos puntos y se queda fijo en él, percibimos un mundo tan inclusivo y tan total como el mundo cotidiano, pero no obstante, un mundo diferente. 

Además, me explicó don Juan que el arte de la brujería consiste en manipular el punto de encaje y hacerlo cambiar de posiciones a voluntad sobre las esferas luminosas que son los seres humanos. 

El resultado de esta manipulación es el cambio en el punto de contacto con el oscuro mar de la conciencia, que nos trae como su concomitante, un fardo diferente de billones de campos de energía bajo la forma de filamentos luminosos que convergen sobre el punto de encaje. 

La consecuencia de estos nuevos campos de energía que convergen sobre el punto de encaje, es que una conciencia diferente a la necesaria para percibir el mundo cotidiano entra en acción, transformando esos nuevos campos de energía en datos sensoriales, datos sensoriales que se interpretan y se perciben como un mundo diferente porque los campos de energía que lo engendran son diferentes a los conocidos. 

Don Juan había afirmado que una definición acertada de la brujería como práctica consistía en que la brujería es la manipulación del punto de encaje, con el fin de cambiar el enfoque con el que éste se fija en el oscuro mar de la conciencia, y así hacer posible la percepción de otros mundos. 

Había dicho que el arte de los acechadores empieza después de que se haya desplazado el punto de encaje. El mantener el punto de encaje fijo en su nueva posición asegura que el chamán perciba totalmente el nuevo mundo en que entre no importe cual sea, tal como lo hacemos con el mundo cotidiano. Para los chamanes del linaje de don Juan, el mundo cotidiano no era más que un pliegue de un mundo total que consiste de por lo menos seiscientos pliegues. 

Don Juan regresó al tema bajo discusión: mis viajes por el oscuro mar de la conciencia, y dijo que lo que había hecho desde mi silencio interno era muy parecido a lo que se hace en el ensueño cuando uno está dormido. Sin embargo, cuando se viaja por el oscuro mar de la conciencia no hay interrupción del tipo que ocurre cuando uno se va a dormir, ni hay ningún esfuerzo de controlar la atención de uno mientras se sueña. El viaje por el oscuro mar de la conciencia implicaba una respuesta inmediata. 

Había una sensación irresistible del aquí y el ahora. Don Juan lamentaba el hecho de que algunos chamanes idiotas le habían llamado a este acto de llegar directamente al oscuro mar de la conciencia, soñar-despierto, haciendo aún más ridículo el término ensoñar. -Cuando pensaste que estabas en el sueño-fantasía de ir a ese pueblo de nuestra selección -continuó-, habías en realidad fijado tu punto de encaje directamente sobre la posición específica del oscuro mar de la conciencia que te permite ese viaje. 

Entonces el oscuro mar de la conciencia te preparó con todo lo necesario para hacer el viaje. No hay ninguna manera de elegir ese lugar por voluntad propia. Dicen los chamanes que el silencio interno lo selecciona sin falla. Fácil, ¿no? 

Me explicó entonces las complejidades de la elección. Dijo que la elección para el guerrero-viajero no es en verdad un acto de elección, sino el acto de asentir elegantemente a las solicitudes del infinito. 

-El infinito escoge -dijo-. El arte del guerrero-viajero es tener la habilidad de moverse con la más tenue insinuación, el arte de asentir a las órdenes del infinito. Para hacer esto, el guerrero-viajero necesita destreza, fuerza, y sobre todo, sobriedad. Estos tres puestos juntos, dan como resultado... ¡la elegancia! 

2. COMENTARIO A EL ARTE DE ENSOÑAR

La nueva percepción, el hecho del «ver» cada objeto del mundo cotidiano y de pronto, contemplar, que todo se pulveriza ante nosotros para contemplar los flujos de la energía cambiante, sus colores, ondas, estructuras y demás, este acto de nueva percepción que no se realiza con los ojos, sino que es realizado a partir de una serie de fibras energéticas que parten, principalmente, de nuestro ombligo, palmas de las manos y rodillas.

Ahora lo aplicamos cuando estamos soñando, esto es lo que se denomina «atención de ensueño», explorar cada escenario onírico, cada objeto, cada elemento, pero a través de nuestras fibras de la voluntad hasta que nos llevamos la gran sorpresa, de que en un punto concreto del escenario, sea un objeto inanimado o animado, se nos aparece una entidad inorgánica, un ser consciente, completamente extraño a nuestra familiar percepción. 

Estamos ante un explorador. Son entidades que te atrapan y te llevan hacia otros mundos. Son entidades de otros universos que nos exploran a través de un estado onírico.

Los ensoñadores son aquellas personas cuya capacidad es la de mover el punto de encaje, trasladándonos a otros mundos (dimensiones), se calcula que hay como 600 lugares, pero no escogemos el lugar, es el intento, la fuerza del infinito la que nos lleva al lugar que nos corresponde ir.

Los acechadores son aquellas personas cuya capacidad es la de fijar el punto de encaje. Cuando estamos domidos, el punto de encaje se desplaza hacia otros lugares del habitual, pero fluctúa, es inestable y finalmente regresa al punto habitual, esto es debido a que el soñador carece de capacidad de acecho, no puede fijar el punto de encaje en un lugar diferente que no sea el habitual.

Mover el punto de encaje y anclarlo, supone comenzar a percibir nuevos filamentos de energía que nos conectan a un mundo o dimensión, tan completo y sobrio como en el que habitualmente vivimos, podemos encontrar pueblos, ciudades, gentes... pero no son este mundo.

Viajar por el oscuro mar de la consciencia es viajar a estos lugares, visitalos, encontrarse con seres inorgánicos y conscientes a través de las técnicas del ensueño y acecho.

3. VIAJANDO A DOS PUEBLOS, EL PUEBLO YAQUI Y EL PUEBLO DE LA ESTACIÓN DE FERROCARRIL A TRAVÉS DEL MAR OSCURO DE LA CONCIENCIA.

[Carlos Castaneda recuerda cuando a través del ensueño viajó a un pueblo inexistente para encontrarse con don Juan]

-Pero es increíble que en verdad fui a aquel pueblo en carne y hueso, don Juan -le dije. -Es increíble pero no es invivible -dijo-. El universo no tiene límites, y las posibilidades que se dan en el universo son en verdad inconmensurables. 

Así es que no caigas preso del axioma de «sólo creo lo que veo», porque es la postura más tonta que se puede tomar. La aclaración de don Juan había sido cristalina. Tenía sentido, pero yo no sabía cómo tenía sentido; de seguro no en mi mundo cotidiano. 

Me aseguró entonces don Juan, turbándome instantáneamente, que había una sola manera en que los chamanes podían con toda esta información: probándola a través de la experiencia, porque la mente es incapaz de aceptar todo ese estímulo. 

-¿Qué quiere usted que haga, don Juan? -pregunté. 

-Tienes que viajar deliberadamente por el oscuro mar de la conciencia -contestó-, pero nunca sabrás cómo se hace. Vamos a decir que lo hace el silencio interno, siguiendo caminos inexplicables, caminos que no pueden ser comprendidos, sino sólo practicados. 

Don Juan hizo que me sentara en la cama y adoptara la postura que traía el silencio interno. El tomar esa postura siempre aseguraba que me durmiera en seguida. Sin embargo, cuando estaba don Juan, su presencia me imposibilitaba dormir; por el contrario, entraba en un estado de completa quietud. 

Esta vez, después de un instante de silencio, me encontré caminando. Don Juan me guiaba, llevándome del brazo mientras caminábamos. Ya no estábamos en su casa; caminábamos por un pueblo yaqui donde nunca había estado. Sabía que existía el pueblo; había estado en sus alrededores muchísimas veces, pero había tenido que alejarme por la hostilidad tan aparente de la gente que lo rodeaba. 

Era un pueblo donde resultaba imposible que entrara un extraño. Los únicos que tenían acceso libre a este pueblo y que no eran yaquis eran los supervisores del banco federal, simplemente porque eran los que les compraban las cosechas a los agricultores yaquis. 

Las negociaciones interminables de los agricultores yaquis giraban alrededor de conseguir dinero por adelantado de los bancos sobre la base de futuras cosechas, un proceso de cuasi-especulación. 

Reconocí instantáneamente el pueblo a través de las descripciones de la gente que allí había estado. Como para acrecentar mi asombro, don Juan me dijo al oído que estábamos en ese pueblo yaqui. 

Quería preguntarle cómo habíamos llegado allí, pero no podía articular mis palabras. Había un gran número de indios hablando en voces alteradas; el enojo se acrecentaba. No entendía ni pizca de lo que estaban diciendo, pero al momento que concebía yo un pensamiento algo se aclaraba. 

Era como si se esparciera más luz sobre la escena. Las cosas se definieron y se ordenaron, y comprendí lo que decía la gente aunque no sabía cómo; no hablaba su idioma. Las palabras me eran comprensibles sin ninguna duda, no una por una, sino en unidades, como si mi mente pudiera recoger esquemas totales de pensamiento. 

Podría decir con toda sinceridad que tuve el susto de mi vida, no tanto porque comprendiera lo que decían, sino por lo que estaban diciendo. Esta gente era de veras belicosa. 

De ninguna manera podían considerarse hombres occidentales. Sus propósitos eran conflictivos, de tácticas de guerra, de estrategia. Estaban midiendo su fuerza, sus recursos de ataque, y lamentando que no tenían la potencia de atacar. Sentí en mi cuerpo la angustia de su impotencia. Contaban sólo con piedras y palos para luchar contra armas de alta tecnología. 

Lamentaban el hecho de carecer de líderes. Codiciaban más de lo que pudiera uno imaginar la presencia de un luchador carismático que pudiera unirlos. Oí entonces la voz del cinismo; uno de ellos expresó una idea que devastó a todos de igual manera, a mí también porque parecía yo ser parte indivisible de ellos. Dijo que estaban vencidos sin salvación alguna, porque si en un momento debido cualquiera de ellos tuviera el carisma de levantarse y unirlos, sería traicionado a causa de la envidia, los celos y los malos sentimientos. 

Quería hacerle un comentario a don Juan sobre lo que me sucedía, pero no podía articular una sola palabra. Don Juan era el único que podía hablar. 

-El ser mezquino no se limita a los yaquis -me dijo al oído-. Es una condición en que está atrapado el ser humano, una condición que ni siquiera es humana, sino que se impone desde afuera. Sentía que la boca se me abría y cerraba involuntariamente al esforzarme, desesperadamente, a hacer una pregunta que ni siquiera podía concebir. 

Mi mente estaba vacía, sin pensamiento alguno. Don Juan y yo estábamos en medio de una rueda de gente, pero ninguno de ellos se había percatado de nosotros. No noté ningún movimiento, reacción o mirada furtiva que indicara que estaban conscientes de nosotros. 

Un instante después, me encontré en un pueblo mexicano construido alrededor de una estación de ferrocarril, un pueblo que quedaba aproximadamente a dos kilómetros de donde vivía don Juan. 

Estábamos don Juan y yo en medio de la calle junto al banco del gobierno. Inmediatamente después, vi una de las cosas más extrañas que atestigüé en el mundo de don Juan. Veía energía tal como fluye en el universo, pero no veía a los seres humanos como gotas de energía esféricas o alargadas. La gente que me rodeaba eran, por un instante, seres normales de la vida cotidiana, y un instante después, eran criaturas extrañas. Era como si la bola de energía que somos fuera transparente; un halo rodeando un núcleo como de insecto. Este núcleo no tenía forma de primate. No había esqueleto, no estaba viendo a la gente como si tuviera visión de rayos equis que penetra el núcleo hasta el hueso. 

En el corazón-núcleo de esta gente, había más bien formas geométricas de lo que parecían ser vibraciones duras de materia. Ese núcleo era como las letras del alfabeto; una T mayúscula parecía ser el soporte principal. Una gruesa letra L invertida, estaba suspendida delante de la T; la letra griega, delta, llegaba casi hasta el piso, y estaba al final de la barra vertical de la T, y parecía ser el soporte para la estructura entera. Encima de la letra T, vi una hebra como de cuerda, de unos tres centímetros de grosor; pasaba por encima de la esfera luminosa, como si lo que estaba viendo fuera una cuenta gigantesca que colgaba desde arriba como un colgante de piedras preciosas. 

Una vez, don Juan me había presentado una metáfora para describir la unión energética entre hebras de seres humanos. Dijo que los chamanes del México antiguo describían estas hebras como una cortina hecha de cuentas ensartadas en un hilo. Había tomado esta descripción literalmente, y pensaba que el hilo pasaba por la conglomeración de campos energéticos que es lo que somos, de pies a cabeza. El hilo atado que estaba viendo hacía que la forma redonda de los campos energéticos de los seres humanos más bien pareciera un colgante. No vi, sin embargo, a otra criatura atada a ese mismo hilo. Cada criatura que vi era un ser de un patrón geométrico que tenía una especie de hilo en la parte superior de su aureola esférica. 

El hilo me recordó inmensamente a esas formas como gusanos segmentados que algunos de nosotros vemos al sol cuando medio cerramos los párpados. Don Juan y yo caminamos por el pueblo de un extremo al otro, y vi literalmente montones de criaturas de patrón geométrico. 

Mi aptitud de verlos era inestable al extremo. Los veía por un instante, y luego los perdía de vista y me enfrentaba con gente normal. Pronto me fatigué y sólo podía ver gente normal. Don Juan dijo que era tiempo de regresar a casa, y otra vez algo en mí perdió su sentido normal de continuidad. 

Me encontré de nuevo en casa de don Juan sin la menor noción de cómo había cruzado la distancia desde el pueblo a la casa. Me acosté en mi cama y desesperadamente traté de recordar, de evocar a mi memoria, de llegar hasta el fondo de mi propio ser para encontrar la clave de cómo fui al pueblo yaqui y al pueblo de la estación del ferrocarril. 

No creía que fueran sueños-fantasías, porque las escenas tenían demasiados detalles para no ser reales, y a la vez, no era posible que lo fueran. 

-Estás perdiendo el tiempo -me dijo riendo, don Juan-. Te puedo garantizar que nunca vas a saber cómo llegamos de la casa al pueblo yaqui y desde el pueblo yaqui a la estación de ferrocarril y de la estación de ferrocarril a la casa. 

Hay una ruptura en la continuidad del tiempo. Es lo que hace el silencio interno. Me explicó con gran paciencia que la brujería es la interrupción de ese fluir de continuidad que hace el mundo comprensible para nosotros. Comentó que había viajado ese día por el oscuro mar de la conciencia, y que había visto la gente como es, involucrada en sus asuntos. 

Y que entonces había visto la cuerda de energía que ata a ciertos seres humanos entre sí, y que había seleccionado esos aspectos por el acto de haberlo intentado. 

Hizo hincapié en el hecho de que este intento por mi parte no era algo consciente o de mi propia voluntad; el intento había sucedido a un nivel profundo y había sido regido por la necesidad. 

Necesitaba conocer algunas de las posibilidades del viaje por el oscuro mar de la conciencia, y mi silencio interno había servido de guía al intento, una fuerza perenne del universo, para cumplir con esa necesidad.


3. COMENTARIO A VIAJANDO A DOS PUEBLOS, EL PUEBLO YAQUI Y EL PUEBLO DE LA ESTACIÓN DE FERROCARRIL A TRAVÉS DEL MAR OSCURO DE LA CONCIENCIA.

La experiencia de Carlos a «ver» a través del ensueño es cuando se profundiza en la visión de la bola de luz esférica que se percibe en un primer plano, se profundiza y se observan «detalles geométricos», Carlos observó ciertas letras, yo cuando he visto en profundidad, he observado cuerpos geométricos de diversa índole, en la cabeza y por encima de ella, he encontrado icosaedros, octoedros, dodecaedros y estructuras generalmente mezcladas y no necesariamente simétricas, a esta estructura la he denominado «EGC: estructura geométrica compacta» si seguimos profundizando, la EGC se vuelve transparente y observamos una especie de insecto en su interior, se trata del ente foráneo, que es depredador nuestro.

El intento ha llevado tanto a don Juan como a Carlos hacia un pueblo yaqui, de los indios de la raza de don Juan, un pueblo que no existe en nuestra realidad, pero que está recreado en esa manera, esto se debe a que el intento de don Juan ha recreado algo que le es familiar y al ensoñar juntos (Carlos y don Juan) pueden ponerse de acuerdo en lo que se ensueña y hacia dónde van.

Esta sinfonía, este acuerdo previo, nos informa de alguno fundamental: Nos unimos unos con los otros para acordar percibir las cosas que percibimos, hay como un hilo que nos une a todos a través de una banda de la percepción que nos hace reconocer que un entramado energético es un perro, un árbol o una roca. Todos somos como cuentas de un collar de perlas y eso es, literalmente cierto, no es una alegoría, estamos como enganchados a una red de la que percibimos lo que todos perciben, son emanaciones energéticas, filamentos del ámbito humano, pues solo los seres humanos pueden engancharse a esta red.

[8] LA CITA INEVITABLE. Disquisiciones sobre la muerte y lo corta que es la vida

 


Había algo que me molestaba en lo más recóndito del pensamiento: tenía que contestar una carta importantísima que me había llegado y tenía que hacerlo a toda costa. 

Lo que me frenaba era una mezcla de indolencia y un deseo profundo de complacer. Mi amigo antropólogo, el responsable de que conociera a don Juan Matus, me había escrito una carta hacía dos meses. 

Quería saber cómo me iba en mis estudios antropológicos, y me animaba a que lo visitara. Compuse tres largas cartas. Al volver a leer cada una las rompí, pues me parecieron obsequiosas y triviales. 

No podía expresar en ellas la profundidad de mi agradecimiento, la profundidad del sentimiento que tenía hacia él. Racionalicé mi tardanza en contestar con la resolución genuina de ir a verlo y decirle personalmente lo que estaba haciendo con don Juan Matus, pero seguí atrasando mi inminente viaje porque no estaba seguro de qué estaba haciendo con don Juan. 

Quería mostrarle algún día a mi amigo verdaderos resultados. Tal como iban las cosas, tenía apenas vagos bosquejos de posibilidades, que a sus ojos exigentes no hubieran podido considerarse de todas maneras trabajo de campo antropológico. 

Un día me enteré de que había muerto. Su muerte me trajo una de esas peligrosas depresiones silenciosas. No había manera de expresar lo que sentía porque lo que sentía no estaba del todo formulado en mi mente. Era una mezcla de abatimiento, desaliento y odio por mí mismo por no haberle contestado la carta, por no haberlo visitado. 

Al poco tiempo de lo sucedido, le hice una visita a don Juan. Al llegar a su casa, me senté sobre una de las cajas bajo su ramada, buscando palabras que no sonaran banales para expresar mi sentimiento de abatimiento por la muerte de mi amigo. Por razones incomprensibles para mí, don Juan sabía el origen de mi confusión y la velada razón de mi visita. 

-Sí -dijo don Juan secamente-. Sé que tu amigo, el antropólogo que te sirvió de guía para que me conocieras, ha muerto. Por la razón que fuera, supe exactamente el momento en que murió. Lo vi

Sus declaraciones me sacudieron hasta los cimientos. 

-Lo veía venir desde hacía mucho tiempo. Hasta te lo dije. Pero tú no prestaste atención. Estoy seguro de que ni siquiera te acuerdas. Me acordaba de cada palabra que me había dicho, pero no tenía ninguna importancia para mí en el momento en que las había dicho. 

Don Juan había declarado que un suceso profundamente relacionado con nuestro encuentro, pero que no formaba parte de ello, era el hecho de que había visto a mi amigo antropólogo moribundo. 

-Vi la muerte como fuerza externa ya abriendo a tu amigo -me había dicho-. 

Cada uno de nosotros tiene una apertura energética, una grieta energética debajo del ombligo. Esa grieta que los chamanes llaman el boquete, está cerrada cuando un hombre está en perfecto estado. 

Dijo que normalmente, lo único discernible al ojo del chamán es un descolorido tenue en el brillo blancuzco de la esfera luminosa. Pero cuando un hombre está por morirse, el boquete está totalmente abierto. -¿Qué significa todo esto, don Juan? -le había preguntado mecánicamente. 

-La significancia es mortal -había contestado-. El espíritu me estaba dando un augurio de que algo llegaba a su fin. Pensé que era mi vida la que llegaba a su fin y lo acepté tan elegantemente como pude. Me di cuenta, mucho, mucho más tarde, que no era mi vida la que terminaba, sino mi linaje entero. No sabía de lo que hablaba. 

¿Pero cómo hubiera podido tomarlo en serio? En cuanto a mí, en el momento en que lo dijo era, como todo lo demás en mi vida, pura palabrería. 

-Tu amigo mismo te dijo, en cierto modo, que se estaba muriendo -dijo don Juan-. 

Tú reconociste lo que te dijo lo mismo que reconociste lo que te decía yo, pero en ambos casos, elegiste pasarlo por alto. No podía hacer ningún comentario. Estaba agobiado por lo que me decía. Quería hundirme en la caja donde estaba sentado, desaparecer, que me tragara la tierra. 

-No es tu culpa que pases ciertas cosas por alto -siguió-. Es la juventud. Tienes tanto que hacer, tanta gente a tu alrededor. No estás alerta. De todos modos, nunca has aprendido a estar alerta. 

En la vena de defender el último baluarte de mi ser, mi idea de que sí era vigilante, le hice notar a don Juan que había estado en situaciones de vida o muerte en que se requerían mi ingenio y vigilancia. 

No es que no tuviera la capacidad de ser vigilante, sino que me faltaba la orientación para crear la lista apropiada de prioridades; en consecuencia, todo me era o importante o no importante. -Estar alerta no significa ser vigilante -dijo don Juan-. Para los chamanes, el estar alerta es estar consciente de la tela del mundo cotidiano que parece extraña a la interacción del momento. 

En el viaje que hiciste con tu amigo antes de conocerme, te fijaste solamente en los detalles que eran obvios. No te fijaste cómo su muerte lo absorbía, y a la vez, algo en ti lo sabía. 

Empecé a protestar, a decirle que eso no era verdad. 

-No te escondas detrás de banalidades -dijo en tono acusador-. Levántate. Aunque sea sólo durante el momento en que estás conmigo, asume responsabilidad por lo que sabes. No te pierdas en la tela externa del mundo que te rodea, extraño a lo que pasa. Si no hubieras andado tan preocupado contigo y tus problemas, hubieras sabido que era su último viaje. Hubieras notado que estaba cerrando sus cuentas, viendo a la gente que lo había ayudado, despidiéndose de ellos. 

«Tu amigo antropólogo me habló una vez -siguió don Juan-. Lo recordaba tan claramente que no me sorprendió para nada cuando te trajo a mí en la estación de autobuses. No pude ayudarlo cuando me habló. No era el hombre que buscaba. Pero le deseé lo mejor desde mi vacío de chamán, desde mi silencio de chamán. Por esa razón, supe que en ese último viaje estaba expresando su agradecimiento a todos aquellos que habían tenido relevancia en su vida. 

Le admití a don Juan que tenía toda la razón, que habían tantos detalles de que estaba consciente, pero que no tenían ningún significado para mí en aquel momento, como por ejemplo el éxtasis de mi amigo en contemplar el paisaje alrededor de nosotros. 

Detenía el coche para contemplar durante horas las montañas a la distancia, o el cauce del río, o el desierto. Descarté esto como la sentimentalidad idiota de un hombre de mediana edad. Hasta le hice vagas insinuaciones de que bebía demasiado. Me dijo que en casos extremos una copa le permitía a un hombre un momento de paz y de desapego, un momento para saborear algo irrepetible. 

-Era, de hecho, un viaje para sus ojos solamente -dijo don Juan-. Los chamanes hacen tales viajes, y en ellos nada importa, excepto lo que puedan absorber sus ojos. Tu amigo estaba desprendiéndose de todo lo superfluo. 

Le confesé a don Juan que había pasado por alto lo que me había dicho de mi amigo moribundo, porque a un nivel desconocido había sabido que era verdad. 

-Los chamanes nunca dicen las cosas por decirlas -dijo-. Tengo muchísimo cuidado de lo que te digo a ti o a cualquier otra persona. La diferencia entre tú y yo, es que yo no tengo nada de tiempo, y me comporto conforme a eso. 

Tú, por otro lado, crees que tienes todo el tiempo del mundo y también te comportas conforme a eso. El resultado final de nuestras dos formas de comportamiento es que yo mido todo lo que digo y hago, y tú no. 

Tuve que admitir que tenía razón, pero le aseguré que lo que me decía no me aliviaba mi confusión o mi tristeza. Solté entonces, sin dominio alguno, cada matiz de mis confusos sentimientos. Le dije que no venía en busca de consejos. Quería que me recetara una manera chamanística para terminar con mi angustia. Creí estar verdaderamente interesado en obtener de él algún relajante natural, un Valium orgánico, y se lo dije. 

Don Juan movió la cabeza, desconcertado. 

-Eres demasiado -dijo-. En seguida me vas a pedir un medicamento chamanístico para quitarte todo lo que molesta, sin esfuerzo ninguno por tu parte; sólo el esfuerzo de tragar lo que se te dé. Entre peor el sabor, mejor el resultado. Ése es tu lema, el del hombre occidental. Quieres resultados: una pócima y te curas. 

«Los chamanes se enfrentan a las cosas de manera distinta -continuó don Juan-. Como no tienen tiempo que perder, se entregan totalmente a lo que está enfrente de ellos. Tu confusión es el resultado de tu falta de sobriedad. No tuviste la sobriedad de agradecerle debidamente a tu amigo. Eso nos pasa a todos. Nunca expresamos lo que sentimos, y cuando queremos hacerlo es demasiado tarde porque se nos ha acabado el tiempo. No es sólo a tu amigo al que se le acabó el tiempo. A ti también se te acabó. Le deberías haber dado las gracias profusamente en Arizona. El se tomó la molestia de llevarte a todas partes, y lo comprendas o no, en la estación de autobuses te dio lo mejor que tenía. Pero en el momento en que deberías haberle dado las gracias, estabas enojado con él, lo estabas juzgando, se había portado mal contigo, lo que fuera. Y entonces aplazaste verlo. En realidad, lo que aplazaste fue el darle las gracias. Ahora estás atorado con un fantasma en la cola. Nunca vas a poder pagarle lo que le debes. 

Comprendí la inmensidad de lo que me decía. Nunca me había enfrentado a mis acciones de tal manera. De hecho, jamás le había dado las gracias a nadie, nunca. 

Don Juan metió su dardo aún más adentro. 

-Tu amigo sabía que se moría -dijo-. Te escribió una última carta para saber qué hacías. Quizás, sin que lo supiera él o tú, fuiste su último pensamiento. 

El peso de las palabras de don Juan fue demasiado para mis hombros. Me derrumbé. Sentía que necesitaba acostarme. Me daba vueltas la cabeza. Quizás era el ambiente. Había cometido el terrible error de llegar a la casa de don Juan ya entrada la tarde. El poniente parecía asombrosamente dorado, y los reflejos en las montañas peladas al este de la casa de don Juan eran de oro y púrpura. En el cielo no había ni pizca de nube. Nada parecía moverse. Era como si el mundo entero estuviera escondiéndose, pero su presencia era abrumadora. La quietud del desierto de Sonora era como una daga. Me penetró hasta la médula. Quería irme, subir a mi coche y fugarme. Quería estar en la ciudad, perderme en su ruido. 

-Estás saboreando algo del infinito -dijo don Juan en un tono de grave finalidad-. Lo sé porque he estado en tu lugar. Quieres irte, meterte en algo humano, cálido, contradictorio, estúpido, no importa. Quieres olvidar la muerte de tu amigo. Pero el infinito no te dejará. -Su voz se suavizó-. Te tiene metidas las garras despiadadamente. 

-¿Qué puedo hacer ahora, don Juan? -le pregunté. 

-Lo único que puedes hacer es guardar fresca la memoria de tu amigo, mantenerla viva por el resto de tu vida y, quizás, más allá. Los chamanes expresan de esa manera el agradecimiento al que ya no pueden dar voz. Puedes creer que es una tontería, pero es lo mejor que los chamanes pueden hacer. 

Era indudablemente mi propia tristeza, la que me hizo creer que el exuberante don Juan estaba tan triste como yo. En seguida abandoné la idea. No podría haber sido posible. -La tristeza para los chamanes no es personal -dijo don Juan, de nuevo entrando en mis pensamientos-. No es en realidad tristeza. Es una ola de energía que llega desde lo profundo del cosmos y golpea a los chamanes cuando están receptivos, cuando son como radios, capaces de atraer las ondas. 

»Los chamanes de tiempos antiguos, los que nos dieron el formato entero del chamanismo, creían que hay tristeza en el universo, como una fuerza, una condición como la luz, como el intento, y que esa fuerza perenne actúa, sobre todo en los chamanes porque ya no tienen escudos de defensa. Ya no pueden esconderse detrás de sus amigos o de sus estudios. Ya no pueden esconderse detrás del amor o del odio, o la felicidad, o la desgracia. No pueden esconderse detrás de nada. 

»La condición de los chamanes -siguió don Juan-, es que la tristeza para ellos es abstracta. No viene de codiciar o de necesitar algo o de la importancia personal. No viene del yo. Viene del infinito. La tristeza que sientes por no haberle dado las gracias a tu amigo ya tiende hacia esa dirección. 

»Mi maestro, el nagual Julián -siguió-, era un actor fabuloso. Había trabajado profesionalmente en el teatro. Tenía un cuento predilecto que le gustaba contar en sus sesiones de teatro. Me empujaba a estados de terrible angustia con él. Decía que era un cuento para aquellos guerreros que lo tenían todo, y que sin embargo sentían el dardo de la tristeza universal. Yo siempre creía que me lo estaba contando a mí, personalmente. Don Juan entonces hizo paráfrasis de su maestro, diciéndome que el cuento se refería a un hombre que sufría de una profunda melancolía. Acudió a los mejores médicos de su tiempo y cada uno de ellos fracasó al querer aliviarlo. Al fin llegó al despacho de un médico prominente, un curandero del alma. Le sugirió a su paciente, que a lo mejor encontraba consuelo y un fin a su melancolía, en el amor. El hombre respondió que el amor no era ningún problema para él, era amado como nadie más en el mundo. A continuación, el médico sugirió que quizás el paciente debería emprender un viaje y ver otras partes del mundo. El hombre respondió que, sin exagerar, había estado en todos los rincones del mundo. El médico recomendó pasatiempos como las artes, los deportes, etc. El hombre respondió a cada una de sus recomendaciones de igual manera: había hecho eso y no encontraba alivio. El médico sospechó que el hombre era, posiblemente, un mentiroso sin remedio. No podría haber hecho todas estas cosas, como mantenía. Pero como buen curandero, el médico tuvo una última inspiración. -¡Ah! -exclamó-. Le tengo la perfecta solución. Tiene usted que asistir a la función del mejor cómico de la época. Le va a encantar a tal extremo, que se va a olvidar de todos los vericuetos de su melancolía. ¡Tiene que asistir a la función del Gran Garrick! Don Juan dijo que el hombre contempló al médico con la mirada más triste imaginable y dijo: -Doctor, si eso es lo que me recomienda, estoy perdido. No tengo remedio. Yo soy el Gran Garrick.

lunes, 27 de octubre de 2025

[7] LA VISTA QUE NO PUDE SOPORTAR. Castaneda ha cambiado y ya no acepta su vida cotidiana ni a sus amigos

 


Los Ángeles siempre había sido mi hogar, no fue elegido voluntariamente pero quedarme en esta ciudad ha sido para mí lo mismo que haber nacido aquí o quizás  algo más profundo hasta que el vínculo fue total. Tenía en Los Ángeles mi familia de amigos. Eran para mí parte de mi medio inmediato, es decir, los había aceptado totalmente tal como había aceptado la ciudad misma. 

Uno de mis amigos declaró un poco en broma que todos nos odiábamos cordialmente. Indudablemente podían darse el lujo de tales sentimientos porque tenían otros arreglos emotivos a su disposición, como padres, esposas y maridos. 

Yo sólo tenía mis amigos en Los Ángeles. Por la razón que fuera, yo era el confidente de cada uno de ellos y me contaban sus problemas y vicisitudes. Mis amigos eran de una intimidad tal que nunca reconocí sus problemas o tribulaciones como algo menos que normal. 

Podía hablar con ellos durante horas de las mismas cosas que me habían horrorizado de las grabaciones y del psiquiatra. Además, no me daba cuenta de que cada uno de mis amigos era increíblemente parecido al psiquiatra y al profesor de antropología. Nunca me fijé en lo tensos que estaban. Todos fumaban de manera compulsiva tal como el psiquiatra, pero nunca me había sido obvio, porque yo fumaba igual y estaba igual de tenso. 

La afectación de su habla era otra cosa que nunca había notado, aunque existía. Siempre afectaban el gangueo del oeste de los Estados Unidos, pero estaban muy conscientes de lo que hacían. Ni me había fijado en sus directas insinuaciones acerca de una sensualidad que eran incapaces de sentir, que conocían sólo a nivel intelectual. 

La verdadera confrontación conmigo mismo empezó al enfrentarme con el dilema de Pete. Vino a verme, todo golpeado. Tenía la boca hinchada y un ojo rojizo e inflamado que evidentemente había sufrido un golpe y ya se estaba poniendo morado. 

Antes de que pudiera preguntarle lo que le había pasado, soltó de buenas a primeras que su mujer, Patricia, había ido durante el fin de semana a un encuentro de agentes de inmobiliarios y que algo terrible le había sucedido. Al ver el aspecto de Pete, pensé que Patricia había sufrido un accidente, estaba herida o hasta incluso muerta. 

-Pero, ¿se encuentra bien? -le pregunté, sinceramente afligido. 

-Claro que está bien -ladró-. Es una puta y una bestia y nada les pasa a las putas-bestias más que se las follan y les gusta. 

Pete estaba lleno de rabia. Temblaba casi convulsivamente. Su abundante cabello rizado se le ponía de punta por todas partes. Por lo general se lo peinaba con esmero, alisándose los rizos naturales. Ahora tenía un aspecto más loco que un demonio de tasmania. 

-Todo estaba normal hasta hoy -continuó mi amigo-. Entonces, esta mañana, al salir de la ducha, me chasqueó el culo con una toalla y eso es lo que me hizo ver que andaba liada con alguien. Su razonamiento me tenía desconcertado. Lo interrogué un poco más. 

Le pregunté cómo el acto de chasquearlo con una toalla podía revelar tal cosa. 

-Si eres un culo, no te revela nada -dijo con veneno en la voz-. Pero yo conozco a Patricia, y el jueves antes de que fuera al encuentro de agentes, ¡no podía chasquear una toalla! De hecho, nunca ha podido chasquear una toalla durante todo el tiempo que llevamos de casados. 

¡Alguien tiene que habérselo enseñado cuando andaban desnudos! ¡Así es que la agarré del cuello y la ahorqué para que me dijera la verdad! ¡Sí! ¡Está liada con su jefe! 

Pete dijo que había ido a la oficina de Patricia para pelearse con su jefe, pero que el hombre estaba bien protegido por sus guardaespaldas. Lo echaron al estacionamiento. 

Quería romper las ventanas, tirarles piedras, pero los guardaespaldas le dijeron que si lo hacía, terminaría en la cárcel, o aún peor, con una bala en la cabeza. 

-¿Son los que te golpearon, Pete? -le pregunté. -No -dijo, abatido-. 

Anduve por la calle y entré en la oficina de ventas de una agencia de coches usados. Le di un golpazo al primer vendedor que vino a hablarme. El hombre estaba aturdido, pero no se enojó. 

Me dijo: «¡Cálmese, señor, cálmese! Aún se puede negociar”. Cuando lo volví a golpear en la boca, se puso fúrico. Era un tipo grande y me dio en la boca y en el ojo y me dejó tirado en el suelo. 

Cuando desperté -continuó Pete-, estaba acostado en el sofá de su oficina. Oí que llegaba una ambulancia, así es que me levanté y salí corriendo. Entonces vine a verte. 

Empezó a sollozar sin contenerse. Vomitó. Estaba hecho un desperdicio. Llamé a su mujer y en menos de diez minutos llegó al apartamento. Se puso de rodillas delante de Pete y le juró que lo amaba sólo a él, que todo lo demás que ella hacía eran imbecilidades y que el de ellos era un amor de vida o muerte. Los otros no eran nada. Ni siquiera los recordaba. Los dos se desahogaron en llantos, y desde luego se perdonaron. 

Patricia llevaba gafas oscuras para esconder el hematoma del ojo derecho que le había hecho Pete. Los dos ni sabían ya que estaba yo allí, y se marcharon. 

Salieron abrazados, dejando la puerta abierta. La vida parecía continuar como siempre. Mis amigos se portaban conmigo como siempre lo habían hecho.

Estábamos como de costumbre, involucrados en ir a fiestas, al cine o simplemente a chismear; o buscando restaurantes-bufé donde ofrecieran «todo lo que puedas comer» por un precio fijado. 

Sin embargo, a pesar de este estado seudo-normal, un extraño y nuevo factor parecía haber penetrado en mi vida. Como el sujeto que lo experimentaba, se me hizo aparente que de pronto yo me había vuelto muy intolerante. 

Había empezado a juzgar a mis amigos de la misma manera en que había juzgado al psiquiatra y al profesor de antropología. ¿Quién era yo para ponerme a juzgar a los demás? 

Me sentí inmensamente culpable. Juzgar a mis amigos había creado un estado de ánimo desconocido. Pero lo que consideraba peor, era que no sólo los juzgaba, sino que encontraba sus problemas y tribulaciones asombrosamente banales. 

Yo era el mismo; ellos eran mis mismos amigos. Había escuchado sus quejas y relatos de sus situaciones cientos de veces, y nunca había sentido nada más que un profundo sentido de identificación con lo que oía. 

Mi horror al descubrir este nuevo ánimo me abrumaba. El aforismo de que las desgracias nunca vienen solas, no podría haber sido más cierto en aquel momento de mi vida. La desintegración total de mi vida vino cuando mi amigo Rodrigo Cummings, me pidió que lo llevara al aeropuerto de Burbank; de allí saldría para Nueva York. 

Era una maniobra de gran drama y de desesperación por su parte. Consideraba una maldición estar atrapado en Los Ángeles. Para el resto de sus amigos, era una gran broma el hecho de que había intentado varias veces atravesar en coche todo el país para ir a Nueva York, y cada vez que lo hacía, el coche se le averiaba. 

Una vez había llegado hasta Salt Lake City antes de que le fallara; necesitaba un motor nuevo. Tuvo que dejarlo allí. La mayoría de las veces le sucedía en las afueras de Los Ángeles. 

-¿Qué le pasa a tus coches, Rodrigo? -le pregunté una vez, con sincera curiosidad. 

-No sé -respondió con un velado sentido de culpabilidad. 

Y entonces con una voz igual a la del profesor de antropología en su papel de predicador fundamentalista, dijo:

-Quizás es que cuando salgo a la carretera acelero el coche a toda velocidad porque me siento libre. Usualmente abro todas las ventanillas. Quiero sentir el viento en la cara. Me siento como chico en busca de algo nuevo. 

Me resultaba obvio que sus coches, que siempre eran carcachas, ya no tenían la capacidad de viajar a toda velocidad, y que sencillamente les quemaba el motor. 

De Salt Lake City, Rodrigo había regresado a Los Ángeles haciendo autostop. Claro que podría haber hecho autostop hasta Nueva York, pero nunca se le ocurrió. Rodrigo parecía padecer de la misma condición que también me afectaba: una pasión inconsciente por Los Ángeles que él quería rechazar a toda costa. 

En otra ocasión, su coche estaba en excelente condición mecánica. Podría haber hecho el viaje fácilmente, pero Rodrigo aparentemente no estaba en condiciones de dejar Los Ángeles. 

Llegó hasta San Bernardino, donde se metió a un cine a ver una película: Los Diez Mandamientos. Esa película, por razones que sólo Rodrigo conocía, le produjo una nostalgia insuperable por Los Ángeles. Regresó y lloró, diciéndome que la pinche ciudad de Los Ángeles le había construido una barrera a su alrededor y no lo dejaba salir. 

Su esposa estaba feliz de que no se hubiera ido, y su novia, Melissa, estaba aún más contenta, aunque un poco desilusionada porque tuvo que devolverle los diccionarios que él le había regalado. 

Su último intento desesperado de llegar a Nueva York por avión, fue aún más dramático, porque sus amigos le prestaron el dinero para el boleto. Dijo que de este modo, como no tenía la menor intención de devolverles el préstamo, se estaba asegurando de que no regresaría. Metí sus maletas en la cajuela de mi coche y salimos para el aeropuerto de Burbank. 

Comentó que el avión no salía hasta las siete. Era temprano por la tarde y teníamos tiempo suficiente para meternos a un cine. Además, él quería darle un último vistazo a Hollywood Boulevard, el centro de nuestras vidas y actividades. 

Fuimos a ver una película épica en technicolor y cinerama. Era una de esas películas insoportables y largas que parecía atraer toda la atención de Rodrigo. Cuando salimos del cine, ya estaba oscureciendo. Me fui a toda velocidad a Burbank en medio de un tránsito pesadísimo. Me exigió que tomáramos las calles en vez de la autopista, que a esas horas estaba congestionada. 

El avión despegó al llegar nosotros al aeropuerto. Fue la última gota. Sumiso y derrotado, Rodrigo fue a la caja y presentó su boleto para que se lo rembolsaran. La cajera escribió su nombre, le dio un recibo y le dijo que el dinero le llegaría dentro de seis a doce semanas desde Tennessee, donde se encontraban las oficinas de contaduría de la aerolínea. 

Regresamos al edificio donde los dos vivíamos. Como no se había despedido de nadie esta vez, por temor a la vergüenza, nadie ni siquiera se había dado cuenta de que había intentado irse una vez más. El único inconveniente era que había vendido su coche. Me pidió que lo llevara a la casa de sus padres, porque su papá iba a darle el dinero que había gastado en su boleto. 

Su padre siempre había sido, durante todo el tiempo que yo lo había conocido, el hombre que sacaba de apuros a Rodrigo en cada situación problemática que se metía. El eslogan del padre era: «¡No temas, Rodrigo, tu padre te espera!» 

Después de oír la petición de Rodrigo de un préstamo para pagar su otro préstamo, el padre miró a mi amigo con la expresión más triste que jamás había visto yo. Él mismo estaba con terribles problemas económicos. 

Abrazándolo, le dijo: «No puedo ayudarte esta vez, muchacho. Ahora sí tienes que temer, porque Rodrigo, padre ya se fue”. 

Quise desesperadamente sentirme uno con mi amigo, sentir su drama como siempre lo había hecho, pero no pude. Sólo me enfoqué en la declaración del padre. Parecía de una finalidad que me galvanizó. 

Busqué ávidamente la compañía de don Juan. Dejé todo pendiente en Los Ángeles para hacer el viaje a Sonora. Le conté del humor extraño en que me encontraba con mis amigos. Llorando de remordimiento, le dije que había empezado a juzgarlos. 

-No te aloques por nada -me dijo don Juan calmadamente-. Ya sabes que una era entera de tu vida está por terminar, pero la era no termina hasta que muera el rey. -¿Qué quiere decir con eso, don Juan? 

-Tú eres el rey y tú eres exactamente como tus amigos. Ésa es la verdad que te tiene sacudiéndote en tus pantalones. 

Una cosa que puedes hacer es aceptar las cosas como son, que claro, no lo puedes hacer. La otra, es decir: «Yo no soy así, yo no soy así», y repetir que tú no eres así. Pero te prometo que va a llegar el momento en que te vas a dar cuenta de que sí eres así. 


domingo, 26 de octubre de 2025

[15] LA CONCIENCIA INORGÁNICA: De cómo Carlos Castaneda descubrió la naturaleza de los foráneos y los entes inorgánicos

 


1. DON JUAN Y SU REALIDAD 

En un momento dado de mi aprendizaje, don Juan me reveló la complejidad de su situación vital. Había siempre mantenido, para mi mortificación y descorazonamiento, que vivía en una choza en el estado de Sonora, México, porque esa choza representaba el estado de mi conciencia. No estaba yo totalmente dispuesto a creer que de veras quisiera decir que yo era tan mezquino, ni creía yo que él viviera en otros lugares como sostenía. Resulta que tenía razón en ambos casos. El estado de mi conciencia sí era mezquina y él sí vivía en otros lugares, infinitamente más cómodos que la choza donde lo conocí por primera vez. Tampoco era el chamán solitario que yo lo creía, sino el líder de un grupo de otros quince guerreros-viajeros: diez mujeres y cinco hombres. Mi asombro fue enorme cuando me llevó a su casa en el centro de México donde vivían él y sus compañeros chamanes. 

-¿Vivía en Sonora sólo por mí, don Juan? -le pregunté sin poder soportar la responsabilidad que me llenaba de un sentido de culpa y remordimiento y una sensación de no valer nada. 

-Bueno, en verdad no vivía allí -me dijo, riéndose-. Es que te conocí allí. 

-P-p-pero nunca sabía usted cuándo iba a visitarlo, don Juan -le dije-. No tenía yo medios de poder avisarle. 

-Bueno, si bien recuerdas -me dijo-, hubo muchísimas veces en que no diste conmigo. Tuviste que sentarte a esperarme durante días algunas veces. 

-¿Tomaba un avión de aquí a Guaymas, don Juan? -le pregunté con toda seriedad-. Creía que lo más rápido hubiera sido llegar por avión. 

-No, no volaba a Guaymas -me dijo con una gran sonrisa-. Volaba directamente a la choza donde me esperabas. 

Sabía que me estaba diciendo algo muy significativo que mi mente lineal ni podía comprender ni aceptar, algo que seguía confundiéndome interminablemente. Estaba yo en un estado de conciencia en esos días, en que incesantemente me repetía una pregunta fatal: ¿Y si todo lo que me dice don Juan es verdad? No quería hacerle más preguntas, porque estaba irremediablemente perdido, tratando de crear un puente entre dos líneas de pensamiento y de acción. 

1. COMENTARIO A DON JUAN Y SU REALIDAD 

Cuando se ha leído todos los libros de Castaneda, encontramos muy diversos pasajes sobre el ámbito social de don Juan. Por un lado, sobre su vivienda, pues vivía en muchos lugares, tanto en el norte, centro como sur de México, incluso tenía casa en Oaxaca, ello es debido a que estaba estrechamente unido a su partida, un grupo de hombres y mujeres numeroso, así como con la partida de su amigo-hermano don Genaro, con otro numeroso grupo de hombres y mujeres, entre todos, serían más de 50 personas.

El misterio de la disponibilidad absoluta de don Juan es algo difícil de explicar, pero que en algunos puntos de la obra, se llega a comprender que los chamanes y en general, cualquier hombre o mujer de conocimiento, se puede llegar a adquirir cierto poder extraordinario.

Uno de esos poderes es que al configurar la estructura energética propia y modificarla especifícamente mediante el propio intento, el chamán puede convertirse en algún animal, podría ser un águila y volar, y de esa manera llegar rápidamente de un lugar a otro.

Otra característica es que al poseer un doble (o un múltiple), simplemente, dirigir al doble a través del ensueño para cambiar el estado de conciencia de ser de un cuerpo a otro.

Aquí no hay casualidades, si Carlos se llegaba hacia esa cabaña, don Juan, de alguna manera tenía acceso a esa información, sentía este hecho. A mí, en particular, ninguna visita me resultaba de sorpresa, siempre sabía de manera intuitiva si alguien iba a venir a visitarme, sin previo aviso y con quién vendría, esto me ha sucedido especialmente durante mi juventud.

Don Juan al sentir esta presencia, tomaba la decisión de ir al encuentro de Carlos.

Podemos hablar de don Juan, pero percatándose de que no es «un ser humano», es un chamán, un hombre de conocimiento, un hombre de poder.

2.  EL OSCURO MAR DE LA CONSCIENCIA

En su nuevo ambiente, don Juan empezó, con grandes esfuerzos, a instruirme en una faceta más compleja de su conocimiento, una faceta que exigía toda mi atención, una faceta en la que no bastaba simplemente reservar la opinión. Éste era el momento en que tenía que sumergirme plenamente en las profundidades de su conocimiento. Tenía que cesar de ser objetivo y a la vez, desistir de ser subjetivo. 

Un día estaba ayudándole a don Juan a limpiar unas estacas de bambú que estaban detrás de su casa. Me dijo que me pusiera unos guantes, porque las astillas del bambú eran muy afiladas y fácilmente causaban infecciones. Me dirigió en cómo usar un cuchillo para limpiar el bambú. Me metí de plano en mi trabajo. Cuando don Juan empezó a hablarme, tuve que dejar de trabajar para prestarle atención. Me dijo que ya había trabajado bastante y que debíamos meternos en la casa. Me dijo que me sentara en un sillón muy cómodo de su espaciosa sala, que estaba casi vacía. Me dio unas nueces, unos albaricoques secos y rodajas de queso, todo muy bien arreglado sobre un plato. Le dije protestando, que quería terminar de limpiar el bambú. No quería comer. Pero no me prestó atención. Me recomendó que comiera poco, lenta y cuidadosamente, porque necesitaba alimento continuo para estar alerta y atento a lo que me iba a decir. 

-Tú ya sabes -empezó- que existe en el universo una fuerza perenne que los chamanes del México antiguo llamaban el oscuro mar de la conciencia. Estando ellos en su máxima capacidad de su poder de percepción, vieron algo que los hizo sacudirse en sus calzones, si es que los traían puestos. Vieron que el oscuro mar de la conciencia no es solamente responsable por la conciencia de los organismos, sino también por la conciencia de aquellas entidades que carecen de organismo. 

-¿Qué es esto, don Juan, entes sin organismo que tienen conciencia? -le pregunté asombrado, ya que jamás había hecho alusión a tal idea. 

-Los antiguos chamanes descubrieron que el universo entero está compuesto de fuerzas gemelas -empezó-, fuerzas que a la vez se oponen y que se complementan. Es irrefutable que nuestro mundo es un mundo gemelo. El mundo opuesto y complementario a él es uno que está poblado por entes que tienen conciencia, pero no un organismo. Por esta razón, los antiguos chamanes los llamaban seres inorgánicos

-¿Y dónde está este mundo, don Juan? -pregunté mascando un albaricoque inconscientemente. 

-Aquí donde tú y yo estamos sentaditos -me contestó como si se tratara de algo muy normal, pero riéndose abiertamente de mi nerviosismo-. Te dije que es nuestro mundo gemelo, así es que está íntimamente relacionado con nosotros. Los chamanes del México antiguo no pensaban como tú en términos de tiempo y espacio. Pensaban exclusivamente en términos de conciencia. 

Dos tipos de conciencia coexisten sin chocar una contra la otra porque cada tipo difiere totalmente de la otra. Los antiguos chamanes se enfrentaron a este problema de coexistencia sin preocuparse del tiempo y el espacio. Razonaron que el grado de conciencia de los seres orgánicos y el grado de conciencia de los seres inorgánicos era tan distinto que ambos podían coexistir sin la más mínima interferencia. 

-¿Podemos percibir esos seres inorgánicos, don Juan? -le pregunté. -Claro que sí -respondió-. Los chamanes lo hacen a voluntad. Las personas comunes también lo hacen, pero no se dan cuenta de que lo están haciendo porque no son conscientes de la existencia del mundo gemelo.

Cuando piensan en el mundo gemelo, se entregan a toda forma de masturbación mental, pero nunca se les ha ocurrido que sus fantasías tienen origen en el conocimiento subliminal que tenemos todos nosotros: el de que no estamos solos. 

Estaba clavado en las palabras de don Juan. De repente, me entró un hambre voraz. Sentía un vacío en el fondo de mi estómago. Lo único que podía hacer era escuchar muy atentamente y comer. 

-La dificultad de enfrentarse a las cosas en términos de tiempo y espacio -siguió-, es que solamente te das cuenta si algo ha aterrizado en el espacio y tiempo que tienes disponible, el cual es muy limitado. Los chamanes, en cambio, tienen un campo inmenso sobre el cual pueden darse cuenta si algo extraño ha aterrizado. 

Muchas entidades del universo en su totalidad, entidades que poseen conciencia, pero no organismo, aterrizan sobre el campo de conciencia de nuestro mundo, o el campo de conciencia de su mundo gemelo, sin que el ser humano común se dé cuenta. Las entidades que aterrizan sobre nuestro campo de conciencia, o sobre el campo de conciencia de nuestro mundo gemelo, pertenecen a otros mundos que existen aparte de nuestro mundo y su gemelo. El universo extendido está lleno hasta el copete de mundos de conciencia, inorgánicos y orgánicos. 

Don Juan siguió hablando y dijo que aquellos chamanes sabían cuándo la conciencia inorgánica de otros mundos aparte de nuestro mundo gemelo había aterrizado en su campo de conciencia. Dijo que igual a todo ser humano, aquellos chamanes hacían clasificaciones interminables de los diferentes tipos de esta energía que tiene conciencia. Los conocían por el término general de seres inorgánicos. 

-¿Tienen vida esos seres inorgánicos tal como nosotros tenemos vida? -pregunté. -Si piensas que el tener vida es tener conciencia, entonces sí tienen vida -me dijo-. Supongo que sería acertado decir que si la vida puede medirse por la intensidad, la agudeza, la duración de esa conciencia, entonces puedo decir, con toda sinceridad, que están más vivos que tú y yo. 

2. COMENTARIO AL OSCURO MAR DE LA CONSCIENCIA

La dualidad es una característica universal que el ser humano siempre ha intuido, tenemos dos hemisferios cerebrales, somos animales de simetría bilateral, creemos en el bien y el mal, Dios y el demonio, las dos caras de una moneda, frío y calor... en fín, encontramos dualidades en todo, no existe el imán de un solo polo.

Don Juan relata un bosquejo de conocimiento ancestral, pues en tiempos remotos, los brujos de la antigüedad descubrieron algo asombroso, la consciencia se pensaba que era exclusiva de algunos seres vivos, pero al parecer, hay entidades, carentes de vida y de cuerpo, que son conscientes, se trata de los seres inorgánicos.

Al parecer, hay dos mundos que coexisten paralelamente, una Tierra humana y una Tierra de consciencia inorgánica, que están ubicados en un mismo lugar, pero en distinta dimensión, corren paralelas y no hay percatación de unos sobre los otros, salvo que seas consciente como chamán o vidente.

Los seres inorgánicos, algunos de ellos, son los foráneos, los que se apropian de nuestra mente y viven junto a nosotros como parásitos, de por vida.

Los seres inorgánicos dejan de existir al igual que nosotros, también morimos, pero eso no significa que sean seres vivos, pues el hecho de ser vivo requiere que su naturaleza sea biológica.

El comentario concluye con la existencia de infinitos mundos todos duales en la extensión del universo, cada planeta vivo tiene su contraplaneta de consciencia inorgánica.

Además, los seres inorgánicos aparecen en nuestro mundo de manera continuada procedente de otros mundos bien sea de paso o vengan para quedarse, sea en la Tierra de los humanos o en la Tierra dual de los inorgánicos.

3.  LA OPCIÓN ESCONDIDA DE LOS SERES HUMANOS

-¿Mueren esos seres inorgánicos, don Juan? -le pregunté. Don Juan soltó una risita por un momento antes de contestar. 

-Si para ti la muerte es el final de la conciencia, sí, sí mueren. Termina su conciencia. Su muerte es un tanto como la muerte de un ser humano y a la vez, no lo es, porque la muerte del ser humano tiene una opción escondida. 

Es algo así como una cláusula de un documento legal, una cláusula escrita en letra tan pequeña que apenas puedes verla. Necesitas lupa para leerla y sin embargo es la cláusula más importante del documento. 

-¿Cuál es la opción escondida, don Juan? 

-La opción escondida de la muerte existe exclusivamente para los chamanes. Son los únicos, que yo sepa, que han leído la letra pequeña. Para ellos, la opción es pertinente y funcional. Para el ser humano común, la muerte significa el fin de su conciencia, de su organismo. Para los seres inorgánicos, la muerte significa lo mismo: el final de su conciencia. 

En ambos casos, el impacto de la muerte es el acto de ser absorbido por el oscuro mar de la conciencia. Su conciencia individual, cargada con sus experiencias vitales, rompe sus parámetros y la conciencia como energía se derrama en el oscuro mar de la conciencia. 

-¿Pero cuál es la opción escondida de la muerte que sólo recogen los chamanes, don Juan? -le pregunté. 

-Para un brujo, la muerte es un factor unificante. En vez de desintegrar el organismo como pasa normalmente, la muerte lo unifica. 

-¿Cómo es posible que la muerte unifique algo? -protesté. 

-La muerte para el chamán -dijo- termina con el reino de estados emocionales en el cuerpo. Los antiguos chamanes creían que era el domino de diferentes partes del cuerpo los que reinaban sobre los estados y acciones del cuerpo total; partes que dejan de funcionar y arrastran el cuerpo al caos, como por ejemplo, cuando te enfermas por comer porquerías. En ese caso, el estado de tu estómago afecta todo lo demás. La muerte borra el dominio de las partes individuales. Unifica su conciencia dentro de una sola unidad. 

-¿Quiere usted decir que después de morir los chamanes todavía tienen conciencia? -pregunté. -Para los chamanes, la muerte es un acto de unificación que emplea todo ápice de su energía. Tú estás pensando en la muerte como un cadáver que está delante de ti, un cuerpo que ya empieza a descomponerse. Para los chamanes, cuando ocurre el acto de unificación, no hay cadáver. No hay descomposición. Sus cuerpos en su totalidad se vuelven energía, una energía que tiene conciencia, que no está fragmentada. Los límites que han sido impuestos por el organismo, límites que la muerte derriba, todavía siguen funcionando en el caso de los chamanes, aunque invisibles a simple vista. 

«Sé que te mueres por preguntarme -continuó, con una gran sonrisa- si lo que estoy describiendo es el alma que va al infierno o al cielo. No, no es el alma. Lo que le pasa a los chamanes, cuando recogen esa opción escondida de la muerte, es que se convierten en seres inorgánicos, muy especializados, seres inorgánicos de gran velocidad, seres capaces de maniobras estupendas de percepción. Los chamanes emprenden entonces lo que los chamanes del México antiguo llamaban su viaje definitivo. El infinito llega a ser su reino de acción. 

-¿Quiere usted decir con todo esto, don Juan, que se vuelven eternos? -Mi sobriedad de brujo me dice -respondió- que su conciencia va a terminar de la manera en que termina la conciencia de los seres inorgánicos, pero nunca lo he visto. No lo sé. Los antiguos chamanes creían que la conciencia de este tipo de ser inorgánico duraría mientras viva la Tierra. La Tierra es su matriz. Mientras perdure, su conciencia continúa. Para mí, ésta es la afirmación más razonable. La continuidad y el orden de la explicación de don Juan habían sido, para mí, magistrales. No tenía en qué contribuir. Me dejó con una sensación de misterio y de expectativas no expresadas que esperaban cumplirse.

3.  COMENTARIO A LA OPCIÓN ESCONDIDA DE LOS SERES HUMANOS

Lo que aquí se expone en estos párrafos es de una extremada complejidad y no puede ser abarcado en un comentario sencillo.

La muerte existe tanto para los seres orgánicos como para los seres inorgánicos, cierto es que tiene matices de unos a otros, en el caso de las entidades inorgánicas, su consciencia se disuelve en el océano de las consciencias en un plazo de tiempo mucho mayor que en el caso de los humanos.

La muerte del ser humano implica la entrega de la consciencia, de la historia personal (experiencia) y la entrega del cuerpo.

El chamán se enfrenta a la muerte de una manera diferente, pues sólamente entrega el cuerpo, la historia personal es recuperada mediante la recapitulación y la consciencia es mantenida al haber sido apartada del cuerpo, hábilmente antes de que el cuerpo muera y todo ello, gracias a la existencia de un doble que la pueda contener.

La muerte para el chamán es un acto de unificación. Todas las enseñanzas de don Juan, todas ellas, están encaminadas al proceso de unificación, la estructura energética humana se desnaturaliza y se vuelve dinámica, pierde su fijeza y acaba por configurarse como estructuras energéticas más parecidas a la de los entes inorgánicos, y si es así, puede existir sin cuerpo, por lo tanto, puede liberar la conciencia de la muerte al poderla liberar del cuerpo.

El punto de encaje pierde su habitual punto de anclaje y entonces, acaba por separarse de la estructura y ésta se conforma, perdiendo su esfericidad y conviertiéndose en una línea, un flujo.

Sólamente y una vez en toda mi vida, pude percibir cómo es la muerte, presenciando la muerte de mi abuelo materno, Antonio Manuel,  él murió y los anillos (chakras) se fueron recogiendo y encapsulando desde la parte inferior de su cuerpo a la parte superior, al llegar a la cabeza, se formó una bolita de luz plateada que se empequeñeció, de menos de un cm de diámetro, saltó y marchó hacia unas nubes, atravesando el techo de la casa.Si a esto, don Juan lo define como acto de unificación, en realidad, es así, la consciencia humana se unifica.

Para enfrentarse a la experiencia de la muerte y salir indemnes es necesario aprender hábilmente a cambiarse a tener una estructura energética inorgánica compatible con nuestra naturaleza.

4.  FANTASMAS Y CREACIONES FANTASMAGÓRICAS

Al momento de llegar a mi próxima visita con don Juan, comencé mi conversación preguntándole ansiosamente algo que venía cavilando. 

-¿Hay posibilidad, don Juan, de que existan los fantasmas y las apariciones? 

-Lo que llamas fantasma o aparición -dijo-, al ser examinado a fondo por un chamán, se reduce a una cosa: es posible que cualquiera de estas apariciones fantasmales pudiera ser una conglomeración de campos de energía que tiene conciencia, y que nosotros convertimos en cosas que conocemos. 

Si es éste el caso, entonces las apariciones tienen energía. Los chamanes los llaman configuraciones-generaradoras-de-energía. O no emanan energía, en cuyo caso son creaciones fantasmagóricas, por lo general de una persona muy fuerte en términos de conciencia. 

4.  COMENTARIO A FANTASMAS Y CREACIONES FANTASMAGÓRICAS

La ontología de los fenómenos fantasmales se remiten a dos tipos:

a) o son conglomerados de energía consciente (estructuras que casualmente se han formado formando un ente consciente, pero inorgánico) y que son percibidos por algunas personas como un fantasma, tienen energía y puede manifestarse como tal, produciendo calor, movimiento, sonidos, etc.

b) o son manifestaciones de un ente consciente y orgánico, es decir, por un ser humano que los proyecta y que es causante de ellos, carecen de energía.

5.  LAS CREACIONES FANTASMAGÓRICAS DE LA TÍA DE CARLOS

-Un cuento que me ha intrigado inmensamente -continuó don Juan-, es el que me contaste una vez acerca de tu tía. ¿Te acuerdas? 

Le había contado a don Juan que cuando tenía catorce años había ido a vivir a la casa de la hermana de mi padre. 

Vivía en una casa enorme de tres patios con habitaciones entre cada uno de ellos -habitaciones, salas, etc.-. El patio de la entrada era muy austero, y estaba embaldosado. Me dijeron que era una casa colonial y que este primer patio era donde habían entrado los carruajes tirados por caballos. El segundo patio era una hermosa huerta por la cual cruzaban caminitos de ladrillo de diseños moriscos, y estaba lleno de frutales. El tercer patio estaba cubierto de macetas que colgaban de los aleros del techo, jaulas de pájaros y en medio, un surtidor de estilo colonial, como también una gran parte cercada con tela de alambre donde se encontraban los preciados gallos de pelea de mi tía, la gran predilección de su vida. 

Mi tía puso a mi disposición un apartamento entero justo en frente de la huerta de frutales. Pensé que me lo iba a pasar de lo mejor. Podía comerme toda la fruta que quería. Nadie de allí tomaba la fruta de esos árboles por razones que nunca me divulgaron. 

En la casa vivían mi tía, una mujer alta, rechoncha, de cara redonda que lindaba en los cincuenta, muy jovial y gran anecdotista, llena de excentricidades que escondía detrás de un aspecto muy formal y la apariencia de un catolicismo muy devoto. 

Había un mayordomo, un hombre alto e imponente de unos cuarenta años de edad que había sido sargento mayor del ejército y que había sido atraído a este puesto de mayor pago, en que le hacía de mayordomo, guardaespaldas y hombre de casa para mi tía. 

Su mujer, una bellísima joven, era la compañera, confidente y cocinera de mi tía. La pareja tenía una hija, una niña rechonchita que se parecía exactamente a mi tía. Tan fuerte era la semejanza que mi tía la había adoptado legalmente. 

Estas cuatro eran las personas más tranquilas que jamás había conocido. Llevaban una vida muy sosegada, alterada sólo por las excentricidades de mi tía, que de improviso decidía hacer un viaje, o comprar nuevos y prometedores gallos de pelea, entrenarlos y organizar peleas en las que se apostaban grandes sumas de dinero. Se ocupaba de sus gallos de pelea con gran cariño, a veces dedicándoles todo el día. Para evitar que la hirieran de un espolonazo, se ponía guantes de cuero gruesos y mallas tiesas de cuero. 

Me pasé dos meses estupendos en casa de mi tía. Me daba clases de música por la tarde y me contaba historias interminables de mis antepasados. Mi situación era ideal porque podía salir con mis amigos y nunca tenía que rendirle cuentas a nadie de la hora de mi regreso. A veces me pasaba horas sin dormirme, acostado sobre mi cama. Dejaba abierta la ventana para que la habitación se llenara de la fragancia de los azahares. 

Cuando reposaba allí despierto, podía oír a alguien que caminaba por el pasillo que corría a lo largo de la propiedad al lado norte, y que unía todos los patios de la casa. Este corredor tenía unos arcos hermosos y piso de baldosas. Había cuatro bombillas de bajo voltaje que apenas lo alumbraban, luces que a diario se encendían a las seis de la tarde y que se apagaban a las seis de la mañana. Le pregunté a mi tía si alguien caminaba de noche y se acercaba a mi ventana, porque quien fuera el caminante siempre se detenía junto a mi ventana, daba la vuelta y regresaba a la entrada principal de la casa. 

-No te preocupes por tonterías, Bebé -me dijo sonriendo, mi tía. 

-Seguramente es mi mayordomo haciendo la ronda. ¡No es nada! ¿Te asustó? -No, no me dio miedo -dije-. 

Es que me entró la curiosidad de por qué tu mayordomo se acerca a mi habitación todas las noches. A veces sus pasos me despiertan. Pasó por alto mi pregunta como si no fuera gran cosa, diciéndome que, como el mayordomo había sido militar, estaba acostumbrado a hacer sus rondas como centinela. Acepté su explicación sin más. Un día le dije al mayordomo que sus pasos eran demasiado fuertes y que hiciera su ronda por mi ventana con mayor cuidado para dejarme dormir en paz. 

-¡No sé a qué te refieres! -me dijo con una voz ronca. 

-Mi tía me dijo que haces la ronda de noche -le dije. 

-¡Nunca hago tal cosa! -me dijo, los ojos llenos de disgusto. 

-¿Pero, entonces quién pasa por mi ventana? 

-Nadie pasa por tu ventana. Te lo estás imaginando. Vete a dormir. No andes armando escándalo. Te lo digo por tu propio bien. Lo peor que me pudieran decir en aquellos años era eso de «mi propio bien». 

Esa noche, tan pronto como oí los pasos, me levanté de la cama y me puse detrás de la pared que daba a la entrada de mi apartamento. Cuando, por mis cálculos, el caminante estaba junto a la segunda bombilla, saqué la cabeza y me asomé al corredor. De pronto, los pasos se detuvieron y no había nadie a la vista. El corredor, apenas alumbrado, estaba vacío. Si alguien caminaba allí, no hubiera tenido tiempo para esconderse porque no había dónde. Sólo había paredes vacías.

Mi susto fue tan inmenso que desperté a toda la casa con mis gritos. Mi tía y su mayordomo trataron de calmarme diciéndome que me lo estaba imaginando, pero mi agitación era tan intensa que los dos confesaron finalmente, con cierta vergüenza, que algo que ellos desconocían recorría la casa de noche. 

Don Juan había dicho que casi seguro que era mi tía la que caminaba de noche; es decir, algún aspecto de su conciencia sobre el cual no ejercía su voluntad. Él creía que este fenómeno obedecía a un sentido de juego o de misterio que ella cultivaba. Don Juan estaba seguro de que no era ningún disparate pensar que mi tía en algún nivel subliminal, no sólo hacía que se oyeran estos ruidos, sino que era capaz de manipulaciones de conciencia mucho más complejas. 

5.  COMENTARIO SOBRE LAS CREACIONES FANTASMAGÓRICAS DE LA TÍA DE CARLOS

De esta historia, una de las hipótesis que baraja don Juan es el hecho de que la tía de Carlos es la causante de esa aparición fantasmagórica que es capaz de realizar ruido al realizar pasos cada noche actuando como vigilante de la casa, pero esta hipótesis, como podrás comprobar en el próximo apartado, no es la única.

De manera inconsciente, muchas personas tienen una capacidad energética enorme y pueden manifestar creaciones fantasmagóricas de sí mísmos, se tratan de los famosos dobles que forman parte de esas entidades de las que se suele hablar en comentarios de la obra de Castaneda.

Yo opino que es un ente duplicado de la tía de Carlos, ella se desdobla, puede estar en el plano astral o un astral muy cercano al físico que permite manifestarse por algunos aspectos limitados como el sonido de esos pasos en un hipotético recorrido repetitivo como acto de vigilancia o protección de la hacienda.

Hay personas que tienen una preocupación y ésta se reequilibra formando un ente que realiza la solución al problema planteado y ciertamente, el problema queda resuelto.

6.  LA RELACIÓN EXISTENTE ENTRE CONCIENCIA ORGÁNICA E INORGÁNICA

Don Juan también había dicho que para ser del todo justo tenía que reconocer que los pasos podían ser producto de la conciencia inorgánica. Don Juan dijo que los seres inorgánicos que poblaban nuestro mundo gemelo eran considerados, por los chamanes de su linaje, como nuestros parientes. Los chamanes creían que era inútil hacer amistad con nuestros familiares porque las exigencias que conllevaban tales amistades siempre eran exorbitantes. Dijo que ese tipo de ser inorgánico que es primo hermano nuestro, se comunica con nosotros incesantemente, pero que su comunicación no ocurre al nivel consciente de la conciencia. 

En otras palabras, sabemos de ellos de manera subliminal, mientras que ellos saben todo acerca de nosotros de manera deliberada y consciente. 

-¡La energía de nuestros primos hermanos no vale un pepino! -siguió don Juan-. Están tan jodidos como nosotros. Digamos que los seres orgánicos y los seres inorgánicos de nuestros mundos gemelos son hijos de dos hermanas que viven una al lado de la otra. Son totalmente iguales aunque parezcan distintos. No pueden ayudarnos, y no podemos ayudarlos. 

Quizá pudiéramos unirnos y fundar una empresa familiar fabulosa, pero esto no ha sucedido. Ambas ramas de la familia son extremadamente sensibles y por nada se ofenden, algo normal entre primos hermanos tan sensibles. 

Lo esencial del asunto, según los chamanes del México antiguo, es que tanto los seres humanos como los seres inorgánicos de los mundos gemelos son enormes egomaniacos. 

Según don Juan, otra clasificación que los chamanes del México antiguo habían hecho de los seres inorgánicos era el de los exploradores, y con esto se referían a seres inorgánicos que surgían desde lo más hondo del universo y que poseían una conciencia infinitamente más aguda y veloz que la de los seres humanos. 

Afirmó don Juan que los antiguos chamanes habían perfeccionado sus esquemas de clasificación a lo largo de generaciones y que sus conclusiones eran que ciertos tipos de seres inorgánicos procedentes de la categoría de exploradores, a causa de su vivacidad, eran parecidos al hombre. Podían formar vínculos y establecer una relación simbiótica con los hombres. Los antiguos chamanes llamaban a este tipo de seres inorgánicos los aliados

Don Juan explicó que el error crucial de esos chamanes, con referencia a este tipo de ser inorgánico, era el atribuir características humanas a esa energía impersonal y creer que podían utilizarla. Tomaban esos bloques de energía como sus ayudantes y contaban con ellos sin comprender que, siendo pura energía, no tenían el poder de sostener el esfuerzo. -Te he dicho todo lo que hay que saber acerca de los seres inorgánicos -dijo don Juan de pronto-. [Y con ello, don Juan dio por finalizada su enseñanza].

6.  COMENTARIO SOBRE LA RELACIÓN EXISTENTE ENTRE CONCIENCIA ORGÁNICA E INORGÁNICA

Otra opción que baraja don Juan para dar una explicación al fantasma de la hacienda de la tía de Carlos es que este tipo de manifestaciones también puede ser producidos por seres inorgánicos.

A partir de aquí, don Juan habla un poco sobre estos seres inorgánicos y su relación histórica con nosotros, al parecer, el ser humano, en la antigüedad, los reconocía como iguales, pero no lo son, aunque en algunos aspectos, hay una cierta familiaridad entre ellos y nosotros. 

El ser humano habitual los conoce pero a un nivel inconsciente y hasta incluso onírico, mientras que los entes inorgánicos si nos conocen bien y además se han percatado conscientemente sobre nosotros.

La diferencia ontológica es abismal, pues el ser humano posee una energía de un ámbito superior al de los inorgánicos. Esto se presta a una cierta dependencia entre ellos y nosotros que genera en algunos casos en parasitismo energético.

En el ámbito de los planos astrales, las carcasas son parásitas, nos necesitan para su existencia y ahí están, su naturaleza es consciencia inorgánica.

Aunque no hay una clasificación sistemática, don Juan destaca a los exploradores como un tipo de ser inorgánico, otro tipo es el de los foráneos depredadores, también está el caso de los aliados y estoy seguro que hay infinidad de tipologías de individuos.

Los exploradores van recorriendo mundos, planos y demás sectores del universo, el motivo es que se alimentan del conocimiento y el descubrimiento de entes que los puede alimentar y tienen una especial predilección por los humanos. Ellos nos descubrieron en la antigüedad y fueron los primeros en pactar con los brujos de la antigüedad y pasaron a ser aliados, una fracción de ellos pasaron directamente a convertirse en nuestros depredadores ancestrales, los que conocemos como foráneos.

Lo cierto es, que a día de hoy y conforme al conocimiento de los chamanes mexicanos, no se ha conseguido nada útil ni para los inorgánicos ni para nosotros, en una colaboración mutua, todo ha sido una pérdida de tiempo y una total y absoluta impotencia tanto por parte de ellos como por parte nuestra y ello es debido a la naturaleza de las energías que se repelen entre sí por su diferencia de base y es que, la energía foránea carece de intento, una fuerza que posee el ser humano y que lo capacita para la metamófosis energética así como para ampliar su percepción a otros ámbitos.

7.  UNA EXPERIENCIA PRÁCTICA

La única manera que puedes comprobarlo es a través de la experiencia directa. No le pregunté lo que quería que hiciera. Un terror profundo me sacudió el cuerpo con espasmos nerviosos que brotaron como erupción volcánica desde el plexo solar y se extendieron hasta los dedos de los pies subiendo por la parte superior del tronco. 

-Hoy vamos a buscar unos seres inorgánicos -me anunció. Don Juan me ordenó que me sentara sobre mi cama y que tomara de nuevo la postura que fomentaba el silencio interno. Seguí su orden con una facilidad inusitada. Normalmente me hubiera hecho el necio, no abiertamente quizás, pero aun así, hubiera tenido un momento de necedad. 

Tuve el vago pensamiento que durante el tiempo que tardé en sentarme, había entrado ya en un estado de silencio interno. Ya no pensaba con claridad. Sentí que me rodeaba una oscuridad impenetrable, dándome la sensación de que me estaba durmiendo. Mi cuerpo estaba completamente inerte, o bien porque no tenía la menor intención de dar órdenes para que se moviera, o bien porque no era capaz de formularlos. 

Un momento después, me encontré con don Juan, caminando en el desierto de Sonora. Reconocí los alrededores; había estado allí tantas veces con él, que me sabía de memoria todos sus rasgos. Era el momento del atardecer y la luz del poniente me inundó en un estado de desesperación. Caminaba automáticamente, consciente de que mis pensamientos no acompañaban las sensaciones que sentía en mi cuerpo. No me estaba describiendo mi propio estado de ser. Quise decírselo a don Juan, pero el deseo de comunicarle mis sensaciones corporales se desvaneció en un instante. 

En voz lenta, grave y baja, don Juan dijo que el cauce seco en que caminábamos era un lugar muy propicio para lo que nos ocupaba y que tenía que sentarme solo sobre un canto pequeño, mientras que él se iba a sentar en otro como a quince metros de distancia. No le pregunté a don Juan algo que hacía normalmente -lo que tenía que hacer-. Sabía lo que tenía que hacer. Entonces oí el susurro de los pasos de gente que caminaba por los arbustos escasos que por allí había. Carecía el lugar de la humedad suficiente para que fuera frondoso. Algunos arbustos fuertes crecían allí con una distancia de unos cinco metros entre uno y otro. Vi que se acercaban dos hombres. Parecían ser del sitio, quizás yaquis de alguno de los pueblos yaqui de esos contornos. 

Se acercaron y se quedaron de pie junto a mí. Uno de ellos me preguntó despreocupadamente cómo me había ido. No había pensamientos. Todo estaba dirigido por sensaciones viscerales. Me los quedé mirando lo suficiente para borrarles completamente las facciones y finalmente me quedé ante dos brillosos globos de luminosidad que vibraban. Los globos de luminosidad no tenían límites. Parece que se sostenían desde adentro de manera cohesiva. A veces se achataban. Entonces recobraban otra vez una verticalidad de lo alto de un hombre. 

De pronto sentí que el brazo de don Juan me agarraba del brazo derecho y me levantaba del canto. Me dijo que era hora de marcharnos. Al momento estaba de nuevo en su casa en el centro de México, más desconcertado que nunca. -Hoy encontraste conciencia inorgánica y entonces la viste como de veras es -me dijo-. La energía es el residuo irreductible de todo. Por lo que a nosotros se refiere, ver energía directamente es lo máximo para un ser humano. Quizás hay otras cosas más allá de eso, pero no están a nuestro alcance. 

Don Juan me dijo todo esto una y otra vez y cuanto más me lo decía, sus palabras parecían solidificarme más y más ayudándome a regresar a mi estado normal. Le conté a don Juan todo lo que había atestiguado, todo lo que había oído. Me explicó don Juan que ese día había logrado transformar la forma antropomórfa de los seres inorgánicos en su esencia: una energía impersonal consciente de sí misma. 

-Debes comprender -dijo-, que es nuestra cognición, que es en esencia nuestro sistema de interpretación, la que restringe nuestros recursos. Nuestro sistema de interpretación es lo que nos dice cuáles son los parámetros de nuestras posibilidades, y cómo hemos estado utilizando ese sistema de interpretación toda la vida, no nos atrevemos a ir contra sus dictámenes. 

«La energía de los seres inorgánicos nos empuja -continuó diciendo don Juan-, interpretamos ese empujón como fuera, según nuestro estado de ánimo. Lo más sobrio que se puede hacer, según el chamán, es relegar esas entidades a un nivel abstracto. 

Cuanto menos interpretaciones haga el chamán, mejor. -Desde ahora en adelante -continuó-, cuando te enfrentes a la visión extraña de una aparición, manténte firme y quédate mirándolo desde una postura inflexible. Si es ser inorgánico, tu interpretación se va a caer como las hojas muertas. Si nada pasa, es una pendejada de aberración de tu mente, que de todas maneras no es tu mente.  

7.  COMENTARIO A UNA EXPERIENCIA PRÁCTICA

Don Juan concluye su relato sobre los inorgánicos de manera abrupta y es que el propio hecho de tener que estar hablando de estas entidades a don Juan le resulta extremadamente incómodo, hay chamanes, los de la nueva era, que evitan el trato con ellos, algo habitual en los de la antigua era, los brujos de la antigüedad se la pasaban con sus aliados y les daba un trato a nivel humano que creaba situaciones muy vinculativas.

Una característica de algunos tipos de inorgánicos que están en nuestro plano es que nos imitan al igual que los chamanes imitan a estas entidades, adoptan nuestra estructura energética propia, saben comunicarse con nosotros y en apariencia, son prácticamente humanos, pero no lo son, son entidades ajenas a nosotros.

Esto es algo que hay que tener presente, cuando vemos seres humanos, no todos son como nosotros, hay seres humanos desalmados, crueles y perversos, esos son entidades inorgánicas que se comportan como nosotros aparentemente, pero son peligrosos. Por eso don Juan no dejó que hubiese más interacción y sacó a Carlos de ese lugar, rápidamente.

Por esto, don Juan presenta un protocolo, no hay que caer en la complacencia de comunicarse con estos seres, simplemente, el trato debe de relegarse de manera abstracta y minimal, sin llegar a realizar descripciones como estamos acostumbrados a hacer en nuestro plano de consciencia habitual, aquí, eso no funciona y es muy peligroso.