AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

sábado, 27 de septiembre de 2025

[4] EL INTENTO DEL INFINITO

 EL INTENTO DEL INFINITO 


-Quiero que pienses muy deliberadamente acerca de cada detalle de lo sucedido entre tú y esos dos hombres, Jorge Campos y Lucas Coronado -me dijo don Juan-, los que en verdad te entregaron a mí, y que luego me cuentes todo. 

Encontré su petición muy difícil de cumplir, y sin embargo disfrutaba recordando todo lo que esos dos me habían dicho. Él quería todos los detalles posibles, algo que me forzaba a ejercitar mi memoria hasta el límite. La historia que don Juan quería que recordara empezó en la ciudad de Guaymas, en Sonora, México. 

En Yuma, Arizona, me habían sido facilitados los nombres y las direcciones de algunas personas que, según me habían dicho, podrían aclarar algo del misterio que rodeaba al viejo que había conocido en la estación de autobuses. 

La gente que fui a ver no solamente no conocía a ningún chamán jubilado, sino que  dudaba de que tal hombre existiera. Estaban hasta los topes de cuentos aterradores de los chamanes yaquis y del ánimo agresivo de los yaquis. Insinuaron que en Vicam, un pueblo de estación de ferrocarril entre las ciudades de Guaymas y Ciudad Obregón, posiblemente encontraría alguien que pudiera darme alguna pista. -¿Hay alguien en particular que debo buscar? -pregunté. -Lo mejor sería hablar con un inspector de campo del banco oficial del gobierno -sugirió uno de los hombres-. El banco tiene muchos. Conocen bien a todos los indios de estos contornos porque el banco es la institución del gobierno que les compra las cosechas, y todos los yaquis son granjeros, propietarios de una parcela de tierra que pueden reclamar como suya con tal de que la cultiven. -¿Conoce a alguno de los inspectores? -pregunté. Se miraron uno al otro y me dieron una sonrisa de disculpa. No conocían a nadie, pero aconsejaban que me acercara a uno de ellos y le explicara lo que andaba buscando. 

    En la estación de Vicam, mi tentativa de establecer contacto con uno de los inspectores de campo del gobierno fue un completo desastre. Conocí a tres y cuando les dije lo que quería, cada uno de ellos me miró con un cierto aire de desconfianza. De inmediato, sospecharon que era yo un espía enviado por los gringos para causarles problemas que no podían claramente definir, pero acerca de los cuales hicieron alocadas especulaciones, desde la agitación política hasta el espionaje industrial. 

Era la creencia de todos, sin base ninguna desde luego, que había depósitos de cobre en las tierras de los yaquis y que los gringos querían apoderarse de ellos. Después de esta resonante derrota, me refugié en la ciudad de Guaymas, llegando a un hotel muy cerca de un magnífico restaurante. Iba allí tres veces al día. La comida era estupenda. Me encantó tanto que me quedé en Guaymas más de una semana. Casi vivía en el restaurante, y de esa manera llegué a tener mucho trato con el dueño, el señor Reyes. Una tarde, mientras almorzaba, vino el señor Reyes a mi mesa con otro hombre a quien me presentó llamado Jorge Campos, yaqui de raza pura, un empresario-intermediario que había vivido en Arizona desde joven; me dijo que hablaba inglés perfectamente y que era más americano que cualquier americano. El señor Reyes lo elogió como un hombre excepcional, un verdadero ejemplo de lo que el trabajo y la dedicación pueden lograr. 

El señor Reyes se retiró y Jorge Campos se sentó a mi lado, inmediatamente haciéndose cargo de todo. Fingió ser modesto, negando cualquier alabanza, pero era evidente que estaba en el cielo con lo que el señor Reyes había dicho de él. A primera vista tuve la clara impresión de que Jorge Campos era un hombre de empresa de esos que uno encuentra en un bar o en las esquinas concurridas de las calles mayores, tratando de vender una idea o simplemente tratando de encontrar el medio de convencer a alguien para que invirtiera en algún proyecto suyo. El señor Campos era muy bien parecido, medía alrededor de un metro ochenta de estatura y era delgado pero con una barriga alta, como la de un bebedor habitual de alcohol. Era muy moreno, de tez casi verduzca, y llevaba vaqueros caros calzando botas muy brillantes y puntiagudas con talones de ángulo, como si necesitara enterrarlos en el suelo para no ser arrastrado por un buey enlazado. Llevaba una camisa de cuadritos, gris e impecablemente planchada; en el bolsillo derecho tenía un protector de plástico en el que guardaba una fila de bolígrafos. Había visto el mismo protector entre trabajadores de oficina que no querían mancharse la bolsa de la camisa de tinta. Su traje también incluía una chaqueta de gamuza, color rojizo y de flecos, que parecía ser cara, y un sombrero de vaquero. Su cara redonda era inexpresiva. No tenía arrugas aunque parecía tener unos cincuenta años. Por alguna razón desconocida, sentía que era peligroso. 

-Encantado de conocerlo, señor Campos -le dije en español, dándole la mano. -Dejémonos de formalidades -me respondió también en español, apretándome la mano vigorosamente-. Me gusta tratar a la gente joven como iguales, a pesar de la diferencia en edad. Llámeme Jorge. Se calló por un momento, indudablemente midiendo mi reacción. Yo no sabía qué decir. Ciertamente no quería llevarle la corriente, pero tampoco quería tomarlo en serio. -Tengo curiosidad de saber qué hace en Guaymas -me dijo como al descuido-. No parece ser turista, y no creo que le interese la pesca de alta mar. 

-Soy estudiante de antropología -le dije-. Y quiero establecer mis credenciales con los indios locales para poder hacer una investigación de campo. -Y yo soy hombre de negocios -me dijo-. Mi negocio es facilitar información, ser el intermediario. Usted necesita algo, yo se lo consigo. Cobro por mis servicios. Sin embargo, están garantizados. Si no está satisfecho, no tiene que pagarme. -Si su negocio es facilitar información -le dije-, con gusto le pagaré lo que pida. -Ah -exclamó-, seguramente necesita un guía, alguien con más educación que la mayoría de los indios de por aquí. ¿Tiene una beca del gobierno norteamericano o de alguna otra institución? -Sí -mentí-. Tengo una beca de la Fundación Esotérica de Los Ángeles. Al decir eso, de veras le vi una ráfaga de codicia en los ojos. -¡Ah! -volvió a exclamar-. ¿Qué tan grande es esa institución? -Bastante grande -dije. -¡Bueno! ¿De veras? -dijo como si mis palabras fueran la explicación que deseaba oír-. Y si me permite, ¿de cuánto es su beca? ¿Cuánto dinero le otorgaron? -Unos cuantos miles de dólares para hacer el trabajo de campo preliminar -mentí de nuevo, para ver lo que decía. -¡Ah! Me gusta la gente directa -dijo saboreando sus palabras-. Estoy seguro de que usted y yo vamos a llegar a un acuerdo. Yo le ofrezco mis servicios como guía y como llave que va a abrir muchas puertas secretas entre los yaquis. Como puede ver por mi apariencia, soy un hombre de gusto y de medios. -Oh sí, por supuesto, se ve que es usted un hombre de gusto -le aseguré. -Lo que le estoy diciendo -me dijo-, es que por un precio modesto, que va a encontrar muy razonable, yo voy a llevarlo con la gente debida a quien podrá hacer las preguntas que quiera. Y por un poquito más, le voy a traducir lo que le digan, palabra por palabra, al español o al inglés. También hablo francés y alemán, pero no creo que esas lenguas le interesen. -Tiene mucha razón, muchísima razón -dije-. Esas lenguas no me interesan en lo más mínimo. ¿Pero cuáles son sus honorarios? -¡Ah! Mis honorarios -dijo, y sacó un cuaderno cubierto de piel del bolsillo del pantalón y lo abrió delante de mi cara; hizo unos garabatos rápidos, lo cerró nuevamente y lo volvió a meter al bolsillo con precisión y rapidez. Estaba seguro de que quería darme la impresión de ser eficaz y rápido en la cálculo de cifras-. Le voy a cobrar cincuenta dólares al día -dijo-, con transporte incluido, pero le cobro mis comidas aparte. Lo que quiero decir es que cuando usted come también como yo. ¿Qué dice? En ese momento, se inclinó sobre mí y casi susurrando, dijo que debiéramos cambiar al inglés porque no quería que otros se enteraran de nuestros tratos. Empezó a hablarme en algo que para nada era inglés. Yo estaba perdido. No sabía cómo responder. Empecé a sentirme nervioso mientras él farfullaba de la manera más natural. No estaba nada perturbado. 

Gesticulaba, moviendo la manos de manera muy animada y haciendo señas con el dedo como si estuviera dándome instrucciones. No tenía la impresión de que me hablaba en lenguas desconocidas; más bien pensé que estaba hablando en yaqui. Cuando pasaron algunas personas por la mesa y nos miraron, yo asentí con la cabeza y le dije a Jorge Campos: «Sí, sí, claro». En un momento le dije: «Dígalo de nuevo», y me pareció tan ocurrente que me eché una carcajada. Él también se rió como si hubiera dicho lo más ocurrente posible. Debe de haber notado que yo estaba casi perdiendo los estribos, y antes de que me levantara para decirle que se hiciera humo, empezó de nuevo a hablar en español. 

-No quiero cansarlo con mis ridículas observaciones -dijo-. Pero si voy a servirle de guía, vamos a pasar largas horas charlando. Le estaba haciendo una prueba hace un momento, para tener idea de que tan buen conversador es usted. Si voy a andar con usted en coche, necesito alguien que sea buen iniciador y buen receptor. Veo que usted es ambas cosas. Entonces se levantó, me dio la mano y se fue. Como por seña convenida, el dueño se acercó a mi mesa, sonriendo y moviendo la cabeza de lado a lado como un pequeño oso. -¿Verdad que es un tipo fabuloso? -me preguntó. No quise comprometerme con una opinión, y el señor Reyes espontáneamente dijo que Jorge Campos andaba en aquel momento como intermediario en unos trámites muy delicados y de gran provecho. Dijo que unas empresas mineras de los Estados Unidos estaban interesadas en los depósitos de hierro y cobre que pertenecían a los yaquis, y que Jorge Campos estaba involucrado y en espera de recibir un pago de cinco millones de dólares. Supe entonces que Jorge Campos era un estafador. No existían depósitos de cobre o hierro en las tierras yaquis. Si hubiera habido algo, las empresas privadas ya les hubieran quitado las tierras a los yaquis y los hubieran movido a otra parte. -Fabuloso -dije-. 

El tipo más maravilloso que jamás he conocido. ¿Cómo puedo contactarlo de nuevo? -No se preocupe -dijo el señor Reyes-. Jorge quería saber todo acerca de usted. Lo ha estado observando desde que llegó. Lo más probable es que le venga a tocar a la puerta más tarde, o quizás mañana. El señor Reyes tenía razón. Unas dos horas después, Jorge Campos me despertó de mi siesta. Tenía pensado salir de Guaymas al oscurecer y manejar toda la noche hasta California. Le expliqué que me iba y que regresaba dentro de un mes. 

-¡Ah! Pero tiene que quedarse porque he decidido ser su guía -me dijo. -Lo siento, pero tendremos que esperar porque mi tiempo es muy limitado -le repliqué. Sabía que Jorge Campos era un embustero, pero a la vez decidí revelarle que ya tenía un informante que estaba esperando trabajar conmigo, y que lo había conocido en Arizona. Describí al anciano y dije que se llamaba Juan Matus, y que otras personas lo habían caracterizado como chamán. Jorge Campos me miró con una gran sonrisa. Le pregunté si conocía al viejo. -Ah, claro que lo conozco -dijo jovialmente-. Se pudiera decir que somos buenos amigos. Sin esperar a que lo invitara, Jorge Campos entró en mi habitación y se sentó a la mesa justo en frente del balcón. -¿Vive el viejo por aquí? -pregunté. -Claro que sí -me afirmó. -¿Me puede llevar con él? -No veo por qué no -dijo-. Necesitaría un par de días para hacer mis indagaciones, es decir, para asegurar que anda por aquí, y luego iremos a verlo. Sabía que me estaba mintiendo, y a la vez no lo quería creer. Hasta llegué a pensar que mi desconfianza inicial no tenía base. Tan convincente se mostraba. -Sin embargo -continuó-, para poder ir a ver este hombre voy a tener que cobrarle un anticipo. Mi honorario va a ser de doscientos dólares. Era más de lo que tenía a la mano. Le rehusé la oferta cortésmente y le dije que no llevaba bastante dinero. -No quiero que piense que mi interés es puramente material -dijo con su sonrisa ganadora-, ¿pero cuánto puede gastar? Tiene que tomar en consideración qué voy a tener que pagar algunas mordidas. Los yaquis son muy reservados, pero siempre hay maneras; hay puertas que siempre se abren con una llave mágica: el dinero. A pesar de mi recelo, estaba convencido de que Jorge Campos era no sólo mi vía de entrada al mundo yaqui, sino el medio de encontrar al viejo que me tenía tan intrigado. No quería regatear. Hasta me dio pena ofrecerle los cincuenta dólares que llevaba en el bolsillo. -Estoy al final de mi estancia -le dije como disculpa-, así es que casi se me ha acabado el dinero. Sólo traigo cincuenta dólares. Jorge Campos extendió sus largas piernas debajo de la mesa y cruzó los brazos detrás de la cabeza, inclinando el sombrero sobre la cara. -Le acepto los cincuenta dólares y su reloj -me dijo desvergonzadamente-. Pero por ese dinero, lo llevo a conocer a un chamán menor. No se impaciente -me advirtió como si fuera yo a protestar-. Tenemos que subir grados por la escalera desde los de menor rango hasta el hombre mismo, que le aseguro está en la mera cima. -¿Y cuándo podré conocer a este chamán menor? -pregunté, dándole el dinero y mi reloj. -¡Ahora mismo! -contestó, sentándose y ávidamente tomando el dinero y el reloj-. ¡Vámonos, no hay tiempo que perder! Nos subimos a mi coche y me dijo que me fuera hacia el pueblo de Potam, uno de los pueblos tradicionales que quedan por el Río Yaqui. En el camino, me reveló que íbamos a conocer a Lucas Coronado, un hombre conocido por sus hazañas chamánicas, sus trances  y por las magníficas máscaras que hacía para los festivales de Pascua Florida. Luego desvió la conversación al viejo y lo que dijo contradecía del todo lo que los otros me habían dicho. Mientras otros lo habían descrito como ermitaño y chamán jubilado, Jorge Campos lo describió como el curandero y brujo más famoso de la región, un hombre cuya fama lo había vuelto casi inaccesible. Hizo una pausa como un actor, y luego lanzó su golpe: me dijo que hablarle a este hombre en forma continua como lo desean los antropólogos iba a costarme por lo menos dos mil dólares. Iba a protestar el enorme aumento de precio, pero se me adelantó. -Por doscientos dólares, lo puedo llevar con él -dijo-. De esos doscientos dólares, gano yo unos treinta. Lo demás se va en mordidas. Pero le va a costar más hablar con él largamente. Usted mismo haga la cuenta. Tiene guardaespaldas, gente que lo protege. Tengo que ganármelos, y aparecer con el dinero necesario para ellos. «Al terminar -continuó-, le entregaré un total con recibos y todo para sus impuestos. Y verá usted que la comisión que cobro para hacer los arreglos es mínima». Sentí profunda admiración por él. Tenía conciencia de todo, hasta de los recibos para los impuestos. Se quedó callado por un rato como si estuviera haciendo cálculos de su ganancia mínima. 

Yo no tenía nada que decir. Estaba haciendo mis propios cálculos, tratando de pensar de dónde iba a sacar dos mil dólares. Hasta pensé en solicitar una beca. -¿Pero está seguro de que este anciano me va a recibir? -pregunté. -Claro -me aseguró-. No sólo lo va a recibir, va a practicar brujería para usted por lo que le está pagando. Entonces, usted mismo hará sus arreglos con él sobre el costo de futuras lecciones. Jorge Campos se calló de nuevo durante un rato, escudriñándome. -¿Cree que me pueda pagar los dos mil dólares? -me dijo con un tono de indiferencia tan marcado que de inmediato supe que era un embuste. -Oh, claro, eso está dentro de mis posibilidades -le mentí para apaciguarlo. No podía disimular su alegría. -¡Vaya, qué chavo! -aclamó-. ¡Vamos a divertirnos de lo lindo! Traté de inquirir más acerca del viejo; me paró abruptamente. -Guarda las preguntas para el viejo mismo. Va a estar en tus manos -me dijo sonriendo.

Empezó a contarme de su vida en los Estados Unidos y de sus ambiciones de hacer negocios y para mi total asombro, ya que lo había clasificado como un farsante que no hablaba nada de inglés. -¡Pero si habla inglés! -exclamé, sin pensar en disimular mi asombro. -Claro, joven -dijo, afectando un acento tejano que mantuvo durante toda la conversación-. Le dije que lo estaba poniendo a prueba, para ver si era listo. Lo es. De hecho, es bastante listo, a mi parecer. Su dominio del inglés era magnífico y estaba yo encantado con sus chistes y cuentos. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos en Potam. Me dirigió a una casa en las afueras del pueblo. Nos bajamos del coche. Él caminó delante, llamando a Lucas Coronado en voz alta, en español. Oímos una voz que venía desde el fondo de la casa, que decía, también en español: «Vengan por acá”. 

Había un hombre detrás de una choza, sentado en el suelo sobre la piel de una cabra. Tenía entre los pies un pedazo de madera que estaba labrando con cincel y mazo. Al sostener el pedazo de madera rígido con la presión de los pies, había creado, por así decir, un estupendo torno de alfarero. Con los pies daba vueltas a la pieza mientras que con las manos trabajaba el cincel. Nunca había visto algo parecido. Estaba haciendo una máscara, ahuecándola con un cincel curvado. El dominio de sus pies al sostener la madera y dar la vuelta era notable. 

El hombre era muy delgado; tenía una cara angular, con pómulos altos y una tez morena color cobre. La piel de la cara y del cuello parecían haberse estirado al máximo. Su bigote lacio le daba a esa cara angular una mirada malévola. Tenía una nariz aguileña de puente muy fino y unos ojos negros feroces. Sus cejas negrísimas parecían pintadas, como también su pelo negro peinado desde la frente hacia atrás. Nunca había visto una cara más hostil. La imagen que me vino a la mente al mirarlo era la de un envenenador italiano de la edad de los Médicis. Las palabras «truculento» y «saturnino» parecían ser las descripciones más acertadas al enfocar mi atención sobre la cara de Lucas Coronado. Noté que al estar sentado sobre el suelo sosteniendo el pedazo de madera entre los pies, los huesos de sus piernas eran tan largos que las rodillas estaban a la par con los hombros. 

Cuando nos acercamos, dejó de trabajar y se puso de pie. Era más alto que Jorge Campos y flaquísimo. Como gesto de consideración a nosotros, supongo, se puso las sandalias. 

-Pasen, pasen -dijo sin sonreír. Tuve el pensamiento de que Lucas Coronado no sabía sonreír. -¿A qué debo el placer de esta visita? -le preguntó a Jorge Campos. -Traigo a este joven porque quiere hacerle preguntas acerca de su arte -dijo Jorge Campos en un tono bastante condescendiente-. Le aseguré que le contestaría usted verídicamente a todas sus preguntas. -Oh, eso no es ningún problema, ningún problema -afirmó Lucas Coronado, mirándome de arriba abajo con su mirada fría. Cambió de idioma a lo que supuse era yaqui. Los dos, él y Jorge Campos se lanzaron a conversar animadamente por un rato. Los dos me ignoraron por completo. Luego Jorge Campos se volvió hacia mí.

-Tenemos un pequeño problema -me dijo-. Lucas acaba de informarme que está bastante ocupado porque se le vienen encima las fiestas, así es que no va a poder responder a todas sus preguntas, pero lo hará en otro momento. -Desde luego, claro -me dijo Lucas Coronado en español-. 

En otro momento, por supuesto; en otro momento. -Tenemos que acortar la visita -dijo Jorge Campos-, pero lo vuelvo a traer. Al salir, me sentí con ganas de expresarle a Lucas Coronado mi admiración por su estupenda técnica de utilizar las manos y los pies. Me miró como si estuviera loco, abriendo los ojos con sorpresa. -¿Nunca ha visto a alguien hacer una máscara? -me siseó entre dientes-. ¿De dónde viene? ¿De Marte? Me sentí un imbécil. Traté de explicarle que su técnica de trabajo me era nueva. Parecía a punto de darme un golpe en la cabeza. 

Jorge Campos me dijo en inglés que había ofendido a Lucas Coronado con mis comentarios. Había entendido mi adulación como una burla velada a su pobreza; mis palabras eran para él un pronunciamiento irónico sobre su pobreza y su desamparo. -¡Pero es lo opuesto! -dije-. Me parece magnífico. -No intente decirle nada parecido -me contestó bruscamente Jorge Campos-. Esta gente está preparada a recibir y dar insultos de la manera más velada. A él le parece extraño que usted lo desprecie sin conocerlo y que se burle del hecho de que no tiene dinero para comprar un tornillo de banco para sostener su escultura. Me sentía totalmente perdido. Lo menos que quería hacer era fastidiar mi único contacto posible. Jorge Campos parecía ser perfectamente consciente de mi confusión. -Cómprele una de sus máscaras -me aconsejó. Le dije que pensaba irme a Los Ángeles sin parar y que tenía justo el dinero para comprar gasolina y comida. -Bueno, déle su chaqueta de piel -me dijo como si nada, y a la vez en tono confidencial, de ayuda-. De otra manera lo va a enojar, y todo lo que va a recordar de usted son sus insultos. Pero no le diga que sus máscaras son hermosas. Simplemente compre una. 

Cuando le dije a Lucas Coronado que quería cambiarle una chaqueta de piel por una de sus máscaras, me correspondió con una sonrisa de satisfacción. Tomó la chaqueta y se la puso. Caminó hacia su casa, pero antes de entrar hizo unos giros extraños. Se arrodilló ante algo así como un altar religioso y movió sus brazos, como estrechándolos, y frotó sus manos sobre los lados de la chaqueta. Entró en la casa, y volvió con un bulto envuelto en periódicos, que me entregó. Quise hacerle unas preguntas. Se disculpó, diciendo que tenía que trabajar, pero añadió que podía regresar cuando quisiera. De vuelta hacia la ciudad de Guaymas, Jorge Campos me pidió que abriera el bulto. Quería asegurarse de que Lucas Coronado no me hubiera estafado. No me interesaba abrirlo, lo que me importaba era la posibilidad de regresar por mi cuenta para hablar con Lucas Coronado. Estaba feliz. 

-Tengo que ver lo que tiene -insistió Jorge Campos-. Deténgase por favor. Bajo ninguna condición ni por razón alguna, quiero poner en peligro a mis clientes. Usted me pagó para que le rindiera servicios. Este hombre es un chamán genuino, y como resultado, peligroso. Como lo ofendió, puede haberle dado un bulto de hechizo. Si ése es el caso, tenemos que enterrarlo cuanto antes en esta región. Sentí una ola de náusea y paré el coche. Con muchísimo cuidado, saqué el bulto. Jorge Campos me lo arrebató de las manos y lo abrió. Contenía tres máscaras tradicionales yaquis de hermosísima hechura. Jorge Campos mencionó de paso, desinteresadamente, que sería justo que le diera una. Yo pensé que, como todavía no me había llevado con el viejo, debía mantener mi contacto con él. Le regalé una de las máscaras con gusto. -Si me deja escoger, preferiría esa otra -me dijo, señalando. Le dije que cómo no. Las máscaras no tenían ninguna importancia para mí; ya había conseguido lo que quería. Hasta le hubiera regalado las otras dos, pero quería mostrárselas a mis amigos antropólogos. -Estas máscaras no son nada extraordinario -declaró Jorge Campos-. Se pueden comprar en cualquier tienda del pueblo. Se las venden a los turistas. Yo había visto las máscaras yaquis que se vendían en el pueblo. Eran muy rudimentarias en comparación con las que tenía, y Jorge Campos había en verdad escogido la mejor. 

Lo dejé en la ciudad y me dirigí hacia Los Ángeles. Antes de despedirme, me recordó que casi le debía dos mil dólares porque iba a empezar con sus mordidas y con el plan de llevarme a conocer al gran hombre. -¿Cree que puede darme mis dos mil dólares a su regreso? -me preguntó atrevidamente. La pregunta me puso en una situación terrible. Creía que si le decía la verdad, que lo dudaba, él me volvería la espalda. Estaba convencido de que, a pesar de su patente codicia, él era mi acomodador. -Haré lo posible para traerle el dinero -dije en un tono evasivo. -Eso no es suficiente, muchacho -me contestó enérgicamente, casi enfadado-. Voy a andar gastando mi propio dinero, haciendo arreglos para el encuentro, y necesito seguridad de su parte. Yo sé que es un joven serio. ¿Qué valor tiene su coche? ¿Tiene en sus manos los documentos de propiedad? Le dije el valor de mi coche y que sí poseía los documentos de propiedad, pero solamente pareció estar satisfecho cuando le di mi palabra de que le iba a traer el dinero en efectivo en mi próxima visita. 

Cinco meses después regresé a Guaymas para ver a Jorge Campos. En aquel tiempo, dos mil dólares era muchísimo dinero, sobre todo para un estudiante. Pensé que quizá podría aceptar el pago en plazos, en cuyo caso yo estaría más que dispuesto a pagar.

No lo encontré por ninguna parte. Le pregunté al dueño del restaurante. Estaba tan desconcertado como yo por su desaparición. -Simplemente se desvaneció -dijo-. Seguramente regresó a Arizona o a Texas donde tiene negocios. Me tomé el atrevimiento de ir a ver a Lucas Coronado yo mismo. Llegué a su casa como al mediodía. Tampoco lo encontré. Les pregunté a sus vecinos si sabían dónde pudiera estar. Me miraron hostilmente y ni siquiera me contestaron. Me fui, pero regresé a su casa otra vez ya entrada la tarde. No esperaba nada. De hecho, estaba preparado para regresarme inmediatamente a Los Ángeles. Para mi gran sorpresa, Lucas Coronado no sólo estaba allí, sino que me recibió muy amablemente. 

De manera franca, me expresó su aprobación al ver que había venido sin Jorge Campos, quien según él era un verdadero idiota. Se quejó de que Jorge Campos, a quien se refirió como un yaqui renegado que gozaba de explotar a sus compatriotas. Le entregué a Lucas Coronado unos regalos que le había traído y le compré tres máscaras, un bastón exquisitamente labrado, y un par de polainas de cascabel hechas de los capullos de unos insectos del desierto, polainas que utilizaban los yaquis en sus danzas tradicionales. Luego lo llevé a Guaymas a cenar. Lo vi todos los días durante los cinco días que permanecí en el área, y me facilitó infinita información sobre los yaquis: su historia, su organización social y el sentido y la naturaleza de sus festividades. Estaba gozando tanto haciendo mi trabajo de campo que hasta me sentí cohibido de preguntarle sobre el viejo chamán. 

Sobreponiéndome a mis dudas, finalmente le pregunté a Lucas Coronado si conocía al viejo que Jorge Campos me había asegurado era un conocido chamán. Lucas Coronado parecía estar perplejo. Me afirmó que hasta donde él sabía tal hombre no existía en esa región, y que Jorge Campos era un estafador que sólo quería robarme mi dinero. Al oír a Lucas Coronado negar la existencia de ese viejo, se me vino encima algo terrible. En un instante, se me hizo evidente que no me importaba un pepino el trabajo de campo. Lo único que me importaba era encontrar a ese viejo. Supe entonces que el conocer al viejo chamán había sido indudablemente la culminación de algo que nada tenía que ver con mis deseos, mis ambiciones o hasta mis pensamientos como antropólogo. Me inquietaba más que nunca saber quién diablos era ese viejo. Sin ninguna inhibición, empecé a desvariar y a gritar de frustración. Di de patadas sobre el piso. Lucas Coronado se asombró al verme. Primero me miró, confuso, y luego empezó a reír. Me disculpé con él por mi arranque de enojo y frustración. No podía explicar por qué estaba tan enfadado. Lucas Coronado aparentemente comprendía mi situación. -Pasan cosas así por acá -dijo. No tenía idea a qué se refería, ni le quería preguntar. Estaba mortalmente aterrado de la facilidad con que se ofendía. Una peculiaridad de los yaqui era la facilidad que poseían para sentirse ofendidos. Parecían siempre estar alertas, buscando insultos que fueran demasiado sutiles para ser percibidos por otros. 

-Hay seres mágicos que viven en las montañas en los alrededores -continuó-, y actúan sobre la gente. Hacen que se vuelvan verdaderamente locos. Desvarían y divagan bajo su influencia, y cuando finalmente se tranquilizan, ya exhaustos, ni tienen idea de por qué se alocaron. 

-¿Cree usted que eso es lo que me pasó? -pregunté. -Claro -me dijo totalmente convencido-. Usted está predispuesto a alocarse de lo que fuera, pero también es usted muy contenido. Hoy se le fue la cabeza. Se alocó por nada. -No es por nada -le afirmé-. No lo supe hasta ahora, pero para mí ese viejo es el impulso de todos mis esfuerzos. Lucas Coronado se quedó callado, como si pensara profundamente. Entonces empezó a caminar de un lado a otro. -¿Sabe de algún viejo que vive por aquí, pero que no es en realidad de aquí? -le pregunté. No entendió mi pregunta. Tuve que explicarle que el viejo que había conocido era posiblemente, como Jorge Campos, un yaqui que vivía en otra parte. Lucas Coronado me explicó que el apellido «Matus» era bastante común en la región, pero que no conocía a ningún Matus con nombre de pila «Juan». Parecía desanimado. De pronto, le vino un momento de iluminación y dijo que al ser un hombre viejo, podría tener otro nombre, y que era muy probable que me hubiera dado un nombre de trabajo y no su verdadero nombre. -El único viejo que conozco -siguió- es el padre de Ignacio Flores. Viene a ver a su hijo de cuando en cuando, pero viene de la Ciudad de México. Y se me ocurre que aunque es el padre de Ignacio, no parece estar tan viejo. Pero es viejo. Ignacio también es viejo. Pero el padre parece más joven. Se rió al percatarse de lo que había dicho. Aparentemente, nunca había pensado que el viejo era joven hasta ese momento. Seguía moviendo la cabeza como si no lo creyera. Yo, por otra parte, estaba eufórico. -¡Es él! -grité, sin saber por qué. Lucas Coronado no sabía dónde vivía Ignacio Flores, pero muy amablemente me dirigió a que manejara hasta un pueblo yaqui cercano, donde encontró al hombre. 

Ignacio Flores era un hombre grande, corpulento, de unos sesenta y tantos años. Lucas Coronado me advirtió que el hombrazo había hecho la carrera de soldado durante su juventud, y aún tenía el porte de un militar. Ignacio Flores tenía un enorme bigote; eso y la ferocidad de sus ojos lo transformaba, para mí, en la personificación de un soldado feroz. Era de tez oscura. El pelo todavía lo tenía negro azabache a pesar de sus años. Su voz ronca y fuerte parecía haber sido entrenada exclusivamente para dar órdenes. Tuve la impresión de que había sido soldado de caballería. Caminaba como si todavía trajera espuelas, y por alguna razón, imposible de comprender, oía espuelas cuando caminaba

Lucas Coronado me presentó y le dijo que había venido de Arizona a ver a su padre, a quien yo había conocido en Nogales. Ignacio Flores no se sorprendió para nada. -Oh, sí -dijo-. Mi padre viaja muchísimo. Sin mayores preliminares, nos explicó dónde podríamos encontrar a su padre. No nos acompañó, yo pensé que por cortesía. Se disculpó y se alejó, marchando como si estuviera en un desfile. Me preparé para ir a la casa del viejo con Lucas Coronado, pero declinó la invitación; quería que lo llevara de vuelta a su casa. -Creo que usted ya encontró al hombre que buscaba, y siento que debe usted estar solo -dijo. Me maravillé de lo extraordinariamente correctos que eran estos yaquis y a la vez, tan feroces. Me habían contado que los yaquis eran salvajes, que no tenían ningún escrúpulo en matar a alguien; pero en lo que a mí concernía, sus características más notables eran su cortesía y su consideración. 

Manejé hasta la casa del padre de Ignacio Flores, y allí encontré al hombre que buscaba. -Me pregunto por qué mintió Jorge Campos, diciéndome que lo conocía -dije al final de mi relato. -No te mintió -dijo don Juan con la firmeza de alguien que aprobaba la conducta de Jorge Campos-. Ni siquiera falseó sus palabras. Te consideró un tonto y te iba a estafar. Sin embargo, no pudo llevar a cabo su plan porque el infinito lo venció. ¿Sabes que desapareció poco después de conocerte, y que nunca lo encontraron? Jorge Campos fue un personaje de mucho significado para ti -continuó-. Encontrarás en lo que sucedió entre ustedes una especie de esquema que te servirá de guía, porque él es la representación de tu vida. -¿Porqué? ¡Yo no soy un estafador! -protesté. Se rió como si supiera algo que yo no sabía. Al instante, me encontré en medio de una extensa explicación acerca de mis acciones, mis ideales, mis expectativas. Sin embargo, un extraño pensamiento me exhortó a considerar, con el mismo fervor con el que me estaba justificando, el hecho de que bajo ciertas circunstancias yo podría llegar a ser como Jorge Campos. Encontré ese pensamiento inadmisible, y utilicé toda mi energía disponible para refutarlo. Sin embargo, en lo profundo de mí, no me interesaba disculparme si era como Jorge Campos. 

Cuando di voz a mi dilema, don Juan se rió con tantas ganas que casi se ahogó varias veces. -Si yo fuera tú -me comentó-, escucharía lo que me dice esa voz interior. ¡Qué importaría si fueras, como Jorge Campos, un estafador barato! Sí, era un estafador barato. Tú eres más complicado. Ése es el poder del recuento. Por eso lo utilizan los chamanes. Te pone en contacto con algo que ni siquiera sospechabas que existía en ti. Quería marcharme al momento. Don Juan sabía exactamente lo que estaba sintiendo. -No escuches a esa voz superficial que te hace sentir rabia -me dijo con voz imponente-. Escucha a esa voz más profunda que desde ahora en adelante te va a guiar, la voz qué se está riendo. ¡Escúchala! ¡Ríete! ¡Ríete! Sus palabras fueron como una orden hipnótica para mí. Contra mi voluntad, empecé a reír. Nunca había estado tan feliz. Me sentí libre, desenmascarado. -Cuéntate la historia de Jorge Campos una y otra vez -dijo don Juan-. Vas a encontrar incontables riquezas en ella. Cada detalle es parte de un mapa. Es parte de la naturaleza del infinito, una vez que cruzamos cierto umbral, el poner delante de nosotros un esquema. Me escudriñó un largo rato. No sólo me miró, sino que fijó la vista intensamente en mí. -Un hecho que Jorge Campos no pudo evitar -dijo finalmente-, fue el ponerte en contacto con el otro hombre, Lucas Coronado, que es tan significativo para ti como el mismo Jorge Campos, quizás aún más. En el curso de recontar la historia de esos dos hombres, me había dado cuenta de que había pasado más tiempo con Lucas Coronado que con Jorge Campos; sin embargo, nuestros intercambios no habían sido tan intensos y habían estado marcados por enormes lagunas de silencio. Lucas Coronado no era por naturaleza un hombre locuaz y, por alguna extraña maniobra, cuando estaba silencioso lograba arrastrarme con él a ese estado. 

-Lucas Coronado es la otra parte de tu mapa-dijo don Juan-. ¿No encuentras raro que sea escultor, como tú, un artista super-sensible que, como tú en cierto momento, buscaba alguien que patrocinara su arte? Buscaba un benefactor, tal como tú buscabas una mujer amante de las artes que patrocinara tu creatividad. Entré en otro estado de lucha aterradora. Esta vez mi lucha era entre la absoluta certeza de que nunca le había hablado de ese aspecto de mi vida, el hecho de que era verdad, y el hecho de que no podía dar con la explicación de cómo había obtenido esa información. Otra vez quise marcharme. Pero nuevamente el impulso fue vencido por una voz que venía de un lugar profundo. Sin ninguna ayuda de don Juan, empecé a reírme. A una parte de mí, a un nivel muy profundo, le importaba un pepino saber cómo don Juan había conseguido esa información. El hecho que la poseía, y que la había utilizado de manera tan delicada y a la vez tan confabulante, era una maniobra que daba gusto ver. No era de ninguna consecuencia que la parte superficial en mí se enojara y quisiera marcharse. 

-Muy bien -dijo don Juan dándome una palmadita fuerte en la espalda-, muy bien. Se quedó pensativo por un momento como si acaso estuviera viendo cosas invisibles al ojo ordinario. 

-Jorge Campos y Lucas Coronado son los dos extremos de un eje -dijo-. Ese eje eres tú: en un extremo, un mercenario despiadado, desvergonzado y burdo que se encarga sólo de sí mismo; horrendo pero indestructible. En el otro extremo, un artista super-sensible, atormentado, débil y vulnerable. Éste debería haber sido el mapa de tu vida, si no fuera por la aparición de otra posibilidad, la que se abrió cuando cruzaste el umbral del infinito. Me buscaste y me encontraste; y entonces, cruzaste el umbral. El intento del infinito me dijo que buscara a alguien como tú. Te encontré, cruzando también así el umbral. Con eso terminó la conversación. 

Don Juan entró entonces en uno de sus largos períodos de silencio total que eran su costumbre. Fue sólo al final del día, cuando habíamos regresado a su casa y mientras estábamos sentados bajo la ramada, refrescándonos de la larga caminata que habíamos hecho, que rompió el silencio. -Al contar lo que pasó entre tú y Jorge Campos, y tú y Lucas Coronado -siguió don Juan- hallé, y espero que tú también, un factor muy perturbador. Para mí es un augurio. Señala el final de una era, lo que significa que lo que está allí no puede quedarse. Elementos muy frágiles te trajeron hasta mí. Ninguno de ellos podría mantenerse por sí mismo. Eso es lo que saqué de tu cuento. Recordé que don Juan me había revelado un día que Lucas Coronado estaba mortalmente enfermo. Tenía un estado de salud que lentamente lo consumía. 

-Le he mandado a decir a través de mi hijo, Ignacio, lo que tiene que hacer para curarse -siguió don Juan-, pero él cree que es una tontería y no quiere saber nada. No es culpa de Lucas. La raza humana entera no quiere saber nada. Oyen solamente lo que quieren oír. Me acordé que le había insistido a don Juan que me dijera qué podía decirle a Lucas Coronado para ayudarlo a aliviar el dolor y la angustia mental. 

No sólo don Juan me lo dijo, sino que me advirtió que si Lucas Coronado lo quería, fácilmente podría sanarse él mismo. Sin embargo, cuando fui con el recado de don Juan, Lucas Coronado me miró como si estuviera loco. Luego pasó a hacer una brillante (y si hubiera sido yo yaqui, una horrible ofensiva) descripción de un hombre aburridísimo por la infundada insistencia de alguien. Pensé que sólo un yaqui podía ser tan sutil. 

-Esas cosas no me ayudan -dijo finalmente en tono desafiante, enojado por mi falta de sensatez-. En verdad, no importa. Todos tenemos que morir. Pero no vayas a creer que he perdido toda esperanza. Voy a conseguir dinero del banco del gobierno. Me van a dar dinero por adelantado sobre mi cosecha y voy a conseguir suficiente para comprar algo que me va a sanar, ipso facto. Se llama Vi-ta-mi-nol. 

-¿Qué es Vitaminol? -le había preguntado. -Es algo que anuncian por la radio -dijo con la inocencia de un niño-. Cura todo. Se recomienda para personas que no comen diariamente carne, pescado o carne de ave. Se recomienda para personas como yo, que apenas podemos mantener juntos el cuerpo y el alma. En mi avidez por ayudar a Lucas Coronado, cometí uno de los errores más graves imaginables en una sociedad de gente tan hipersensible como los yaquis. Ofrecí darle el dinero para comprar su Vitaminol. Su fría mirada me reveló a qué grado lo había herido. Mi error fue imperdonable. Muy calladamente, Lucas Coronado me dijo que tenía los recursos económicos para comprarse su propio Vitaminol. 

Regresé a la casa de don Juan. Quería llorar. Mi avidez me había traicionado. -No gastes tu energía preocupándote por tales cosas -dijo don Juan fríamente-. Lucas Coronado está preso dentro de un ciclo vicioso, pero también lo estás tú. Y lo están todos. Él tiene su Vitaminol, que confianzudamente cree que le va a sanar todo y resolver todos sus problemas. En este momento, no tiene con qué comprarlo, pero con el tiempo, tiene grandes esperanzas de poder hacerlo. 

-Don Juan me escudriñó con sus ojos brillantes-. Te dije que los actos de Lucas Coronado eran el mapa de tu vida -dijo- Créemelo que lo son. Lucas Coronado te señaló el Vitaminol y lo hizo tan poderosa y dolorosamente, que te hirió y te hizo llorar. Don Juan dejó de hablar. Fue una larga y muy eficaz pausa. -Y no me digas que no entiendes lo que te estoy diciendo -me dijo-. De una manera u otra, todos tenemos nuestra propia versión de Vitaminol.


COMENTARIO

Este libro es una colección de hechos memorables y todos los referidos guardan una especie de moraleja, que no es evidente al lector que no está familiarizado con la filosofía castanediense.

El INTENTO es una fuerza externa a nosotros y nos mantiene sobrios, nos hace ser lo que somos y mantenernos frente a infinidad de fuerzas naturales cuyo comentido es destrozar toda nuestra organización, desde el punto de vista bioquímico hasta el biológico, estamos, somos y existimos, gracias al intento.

Las estructuras del ser humano (y de cualquier ser consciente, aunque he de reconocer que soy muy partidario del pansiquismo, le encuentro mucho sentido tras conocer lo que por mi mísmo he descubierto y a través de nuevos y maravillosos dones cognitivos) son heterogéneas y existen vinculaciones entre unas y otras para mantenerse en armonía y dentro de unos límites, a los que denomino, COMPACIDAD.

Un sistema energético compacto es el que está modelado por el intento.

Aquí, don Juan, a pesar de aparentar una tremenda indiferencia hacia Carlos Castaneda, estaba sobreactuando, se dice, que actúa como ACECHADOR. Y observó la estructura energética de Carlos, encontrando en ella que es un chamán de tres picos, generalmente el Chamán tiene cuatro picos y todos los no chamanes tenemos a lo sumo, dos picos, esto significa que cuando observas una bola peluda de luz en una persona, hay dos polos. Esto es algo que ya se conoce en la topología como el problema de la bola peluda, pues parten de dos polos opuestos. Sin embargo, hay otros que tienen cuatro polos, esos son los chamanes, pero los hay más raros aún, con tres polos, y este es el caso de Castaneda, es un seudochamán. 

Don Juan colocó una serie de trazas y un radiolocalizador (empleo estas palabras para que puedan comprender algo que de entrada, es imposible de definir), puso esas estructuras en el sistema de Carlos, y éste estuvo durante meses deseando encontrarse con don Juan hasta que lo consiguió.

Don Juan en su labor de acechador, lo trató de enamorar pero mediante la interposición de la gran dificultad.

En esta experiencia de búsqueda, aparecen dos personajes didácticos, por un lado tenemos a Jorge Campos y en el lado opuesto a Lucas Coronado. Ambos personajes son expertos acechadores, entrenados directamente por don Juan y con el mandato de ajustar a Carlos Castaneda.

En matemáticas existe un método de aproximación de números reales, que se denomina de segmentos encajados o de Dedekind. Aquí sucede algo parecido, ambos personajes acotan a Castaneda mediante su comportamiento, estamos presenciando que Jorge Campos da la versión de un Castaneda, charlatán, abrumador y en esencia estafador. Si estudias bien sobre la vida de Castaneda, es totalmente cierto que esta persona se hizo millonaria a partir de la nada y montó una secta llamada «Tensegridad» que sigue funcionando hoy en día y creó una especie de camarilla, una especie de harén formado por mujeres, cuatro de ellas llegaron a lanzarse desde un acantilado en el Valle de la Muerte y fallecieron allí cuando Castaneda murió, al final se descubrieron los huesos de una de ellas. Sin embargo, a pesar de que intuyes que es así, hay muchas cosas fascinantes que proceden de la obra de Castaneda que no son mentira, por una sencilla razón, algunas experiencias, las he vivido en primera persona y nadie, absolutamente nadie me ha ayudado a comprenderlas, salvo que el intento del infinito, un día, puso un libro de Castaneda «Una realidad aparte» que me fascinó, meses antes leí el primero libro «Las enseñanzas de don Juan» que me resultó una completa estupidez y una auténtica apología para el uso de las drogas, pero cuando pasaron los años y leí la obra completa no sólo de Castaneda sino las de las brujas que lo acompañaron como Taisha Abelar o Florinda Donner, todo se me hizo como cuando uno completa un tremendo púzle y quedaron fijadas y clarificadas las ideas más importantes.

Respecto al segundo personaje, Lucas Coronado, es más la manera de ser íntima de Carlos Castaneda, especialmente egomaniático, como él, siempre desconfiado, siempre enfadado o proclive a enfadarse, pero es una persona creativa, se dedica a lo suyo y lo hace lo mejor que puede, es generoso y justo.

En ese segmento encajado, Castaneda está más cerca de Lucas Coronado que de Jorge Campos, porque en el fondo, fue el propio infinito el que le hizo la jugada, además, vivir en un lugar como Los Ángeles, fomenta bien las malas compañías y con esto me refiero a que hay seguidores para las cosas más bizarras.

Efectivamente, a pesar del gran potencial que el infinito encontró en Carlos, éste estaba aferrado a un círculo vicioso para obtener su propio Vitaminol, es decir, el quería ser un académico de renombre y nunca lo tomaron en serio en la UCLA, es más, tenía enemigos declarados y aférrimos (he leído libros, revistas y cosas de críticos de Castaneda), y ello se debe a que salió del camino fijado por la ciencia y su ideología. Recuerdo que cuando estaba estudiando primer año de física en la UGR, un compañero venía conmigo hacia un puesto de fotocopiadoras y le pedí que me colocaran un anuncio, donde me ofrecía para echar las cartas del Tarot, como vidente. El hecho de que estudie física no me impide ser vidente, adivinar el futuro mediante cartas del tarot, no era un acto de mala fe, yo creía en mí y en ese don, sin embargo, el compañero se disgustó profundamente, se decepcionó y me retiró la palabra, obviamente él tenía para comer, yo, no.


viernes, 26 de septiembre de 2025

[3] UN TEMBLOR EN EL AIRE: El viaje de poder de Carlos Castaneda cuando conoció a Don Juan Matus

UN TEMBLOR EN EL AIRE

Un viaje de poder de Carlos Castaneda cuando conoció a don Juan Matus

Del libro: «El lado activo del infinito»  


    Cuando conocí a don Juan, yo era un estudiante de antropología bastante dedicado, y quería dar principio a mi carrera como antropólogo profesional publicando todo lo posible. Estaba decidido a ascender los grados académicos, y según mis cálculos, había determinado que el primer paso era coleccionar material sobre los usos de las plantas medicinales de los indios del suroeste de los Estados Unidos. 

    Primero, le pedí consejo sobre mi proyecto a un profesor de antropología que había trabajado en ese campo. Era un etnólogo de fama que había publicado extensamente durante los años treinta y cuarenta sobre los indios de California, del suroeste y de Sonora, México. Escuchó con paciencia mi exposición. Mi idea era escribir un trabajo, «Datos Etnobotánicos», y publicarlo en una revista que se enfocaba exclusivamente en temas antropológicos del suroeste de los Estados Unidos. Me proponía coleccionar plantas medicinales, llevar los especímenes al jardín Botánico de UCLA para que fueran identificados y luego describir por qué y cómo los utilizaban los indios del suroeste. Me veía coleccionando miles de especímenes. Hasta me vi publicando una pequeña enciclopedia sobre el tema. El profesor se sonrió y me miró con una expresión de perdón. -No quiero disminuir tu entusiasmo -me dijo en una voz cansada-. Pero no puedo más que hacer un comentario negativo acerca de tu anhelo. El anhelo es bienvenido en el campo de la antropología, pero tiene que estar correctamente canalizado. 

    Estamos todavía en la edad de oro de la antropología. Fue mi suerte estudiar con Alfred Króber y Robert Lowie, dos gigantes de las ciencias sociales. No he traicionado su confianza. La antropología es todavía la disciplina madre. Todas las otras disciplinas deben brotar de la antropología. El campo entero de la historia, por ejemplo debería llamarse «Antropología Histórica», y el campo de la filosofía debería ser «Antropología Filosófica». El hombre debe ser la medida de todo. Como consecuencia, la antropología, el estudio del hombre, debe ser el corazón de cada una de las otras disciplinas. Algún día lo será. Lo miré, confuso. Él era, pensé, un viejo profesor benévolo, totalmente pasivo, que recientemente había sufrido un ataque cardíaco. Parecía que había yo tocado una fibra de pasión en él. -¿No cree que debe prestarle mayor atención a sus estudios formales? -continuó-. En vez de hacer trabajo de campo, ¿no sería mejor que estudiara lingüística? Tenemos en el departamento a uno de los lingüistas más conocidos del mundo. Si yo fuera usted, estaría a sus pies, absorbiendo cualquier cosa que pudiera de él. -También tenemos una autoridad de primera en religiones comparativas. Y hay unos antropólogos aquí que han hecho trabajo estupendo sobre sistemas de parentesco en las culturas del mundo, desde el punto de vista de la lingüística y desde el punto de vista de la cognición. Necesita usted mucha preparación. Pensar en hacer trabajo de campo a estas alturas es un insulto. ¡A los libros, joven! Eso es lo que aconsejo. 

        Tercamente, llevé mi propuesta a otro profesor, uno más joven. Pero no me dio más ayuda que el primero. Se rió de mí abiertamente. Me dijo que el trabajo que quería escribir era un trabajo del nivel del Ratón Mickey y que de ninguna manera era antropología. -Hoy día -dijo afectando un aire profesorial-, los antropólogos se ocupan de asuntos que están en vigor. Los médicos y farmacéuticos han investigado interminablemente todas las plantas medicinales del mundo. Ya no hay nada que hacer allí. La colección de datos que sugieres pertenece a principios del siglo pasado. Ya van doscientos años. ¿Te das cuenta de que existe algo que se llama progreso? Continuó, dándome una definición y justificación para el progreso y la perfectibilidad como dos temas de discurso filosófico, que según él, eran muy vigentes en la antropología. -La antropología es la única disciplina que existe -continuó-, que claramente puede dar sustancia al concepto del progreso y de la perfectibilidad. A Dios gracias, existe todavía un rayo de esperanza a pesar del cinismo de nuestro tiempo. Sólo la antropología puede demostrar el verdadero desarrollo de la cultura y de la organización social. Sólo los antropólogos pueden demostrar a la humanidad, sin dejar duda alguna, el progreso del conocimiento humano. La cultura sufre cambios y sólo los antropólogos pueden presentar muestras de sociedades que caben dentro de claros cuchitriles en la línea del progreso y la perfectibilidad. ¡Eso es antropología! No una babosada de trabajo de campo, que no viene siendo trabajo de campo, sino sencillamente, una masturbación. 

    Eso fue un golpe a la cabeza para mí. Como último recurso, me fui a Arizona para hablar con antropólogos que estaban realmente haciendo trabajo de campo allí. Para entonces, estaba ya listo a abandonar la idea. Comprendía lo que los dos profesores querían decirme. Y no podría haber estado yo más de acuerdo. Mis intentos de hacer trabajo de campo eran de lo más burdos. Pero yo quería hacer algo, no simplemente ser rata de biblioteca. En Arizona, conocí a un antropólogo muy experimentado en el trabajo de campo, que había escrito muchísimo, tanto sobre los yaquis de Arizona como también los de Sonora, México. Era extremadamente simpático. No se burló de mí ni me dio consejos. Sólo hizo el comentario de que las sociedades indígenas del suroeste eran muy aisladas y que aquellos indios desconfiaban de los extranjeros y hasta los aborrecían, sobre todo aquellos de origen hispano. Uno de sus colegas de menos edad fue más abierto. Dijo que me valdría más leer los libros de los herbalistas. Era una autoridad en este tema y, según él, lo que había que explorar sobre las plantas medicinales del suroeste ya se había clasificado y presentado en varias publicaciones. Hasta llegó a decir que las fuentes de los curanderos indígenas del momento eran precisamente esas publicaciones, porque había desaparecido el conocimiento tradicional. Terminó por decir que si por casualidad existían aún prácticas tradicionales de curación, los indios no se las iban a divulgar a un extranjero. -Dedícate a algo que valga la pena -me aconsejó-. Investiga la antropología urbana. Hay mucho dinero en los estudios sobre el alcoholismo entre los indios en las grandes ciudades, por ejemplo. Vaya, eso es algo a lo que se puede dedicar cualquier antropólogo con facilidad. Ve y emborráchate con algunos indios en un bar. Entonces haces estadísticas de lo que te digan. Convierte todo en números. Eso, la antropología urbana, ésa sí es una disciplina que vale la pena. No me quedaba otra opción que aceptar los consejos de estos experimentados y conocidos científicos sociales. 

     Decidí volar de nuevo a Los Ángeles, pero otro antropólogo amigo mío me comentó que iba a viajar en coche por Arizona y Nuevo México, visitando todos los lugares donde había trabajado anteriormente, y así renovando sus relaciones con las personas que le habían servido de informantes antropológicos. -Eres más que bienvenido, si quieres acompañarme -dijo-. No voy a trabajar. Voy a visitarlos, tomar unas copas con ellos, hablar barbaridades. Les compré regalos: mantas, bebidas, chaquetas, munición para sus rifles de calibre veintidós. Mi coche está repleto de maravillas. Por lo general manejo sola cuando voy a verlos, pero siempre corro el riesgo de dormirme. Tú puedes hacerme compañía, mantenerme despierto, y manejar un poco si me emborracho. Me sentía tan desdichado que le dije que no. -Lo siento, Bill-dije-. Este viaje no tiene sentido para mí. No veo la razón para seguir con la idea de hacer trabajo de campo. -No te rindas tan fácilmente -me dijo Bill en tono paternal-. Entrégate a la lucha y, si te vence, entonces déjalo, pero no así tan apaciguadamente. Ven conmigo a ver si te gusta el suroeste. Rodeó mis hombros con su brazo. No pude menos que notar cuán inmenso y pesado era su brazo. Era alto y fornido, pero en los últimos años su cuerpo se había vuelto rígido. Había perdido su aire de niño grande. Su cara redonda ya no estaba llena, joven como lo había estado. Ahora parecía preocupado. Creía que se preocupaba porque estaba perdiendo el cabello, pero por momentos me parecía algo más. Y no era que estuviera más gordo; su cuerpo tenía una pesadez que era imposible explicar. Lo noté en su manera de andar, de levantarse, de sentarse. Parecía que Bill luchaba contra la gravedad con cada fibra de su ser, en todo lo que hacía. Sin prestar atención a mis sentimientos de derrota, emprendí el viaje con él. Visitamos cada lugar donde había indios en Arizona y Nuevo México. Uno de los resultados finales de este viaje fue que descubrí que mi amigo antropólogo poseía dos facetas definidas. Me explicó que sus opiniones como antropólogo profesional eran muy mesuradas y congruentes con el pensamiento antropológico del momento, pero en lo personal, su trabajo de campo antropológico le había presentado experiencias de gran riqueza de las que nunca hablaba. Estas experiencias no eran congruentes con el pensamiento antropológico del momento porque eran sucesos imposibles de catalogar. Durante el curso de nuestro viaje, invariablemente iba a tomar unos tragos con sus exinformantes, luego de lo cual se sentía muy relajado. Entonces yo tomaba el volante y manejaba, mientras él iba de pasajero sorbiendo de su botella de un Ballantine's añejo de treinta años. 

    Era entonces cuando Bill hablaba de los sucesos que eran imposibles de catalogar. -Nunca creí en los fantasmas -dijo un día abruptameme-. Nunca me metí en eso de apariciones y esencias flotantes, voces en la oscuridad, ya sabes. Mi crianza fue muy pragmática, muy seria. La ciencia siempre ha sido mi brújula. Pero, trabajando en el campo, toda clase de mierda rara empezó a filtrarse hacia mí. Por ejemplo, una noche acompañé a unos indios en una búsqueda visionaria. Hasta iban a iniciarme penetrando los músculos de mi pecho, algo así de doloroso. Estaban preparando un temascal en el bosque. Me había resignado a someterme al dolor. Hasta me eché unos tragos para fortalecerme. Y entonces, el hombre que iba a servirme de intercesor con la gente que en realidad estaba encargada del rito, dio un grito de horror y señaló con el dedo a una oscura figura misteriosa que venía hacia nosotros. »Cuando esta figura misteriosa se me acercó -siguió Bill-, vi que era un indio anciano vestido de la manera más estrafalaria que te puedas imaginar. Traía las vestimentas de los chamanes. El hombre que me acompañaba esa noche se desmayó desvergonzadamente al ver al anciano. El viejo se me acercó y me apuntó al pecho con el dedo. El dedo no era más que pellejo y hueso. Me balbuceó algo incomprensible. Ya a estas alturas, los demás habían visto al anciano y comenzaron a acercarse. Él se volvió hacia ellos y se quedaron paralizados, estupefactos. Los regañó por un momento. Su voz era inolvidable. Era como si hablara desde un tubo, o como si tuviera algo atado a la boca que le sacaba las palabras. Te juro que vi a aquel hombre hablando desde adentro de su cuerpo, y la boca emitía las palabras como si fuera un aparato mecánico. Después de regañar a los hombres, el anciano continuó caminando delante de mí, delante de ellos y desapareció en una oscuridad que se lo tragó.

Bill explicó que el plan de hacer el rito de iniciación se deshizo, nunca se realizó; y los hombres, incluyendo el chamán que era el líder, se sacudían de terror. Dijo que estaban tan aterrados que el grupo se deshizo y todos se fueron. -Gente que llevaba años de amistad -siguió-, nunca se volvió a hablar. Juraban que lo que habían visto era la aparición de un chamán increíblemente anciano y que les traería mala suerte si lo comentaban entre sí. De hecho, dijeron que el mero acto de mirarse uno al otro les traería mala suerte. La mayoría se fue del lugar. -¿Por qué sentían que el hablarse o verse les iba a traer mala suerte? -le pregunté. -Ésas son sus creencias -contestó-. Una visión de esa naturaleza la interpretan como si la aparición les hubiera hablado a cada uno individualmente. Tener tal visión es para ellos la suerte de toda una vida. -¿Y qué es la cosa individual que les dijo la visión? -pregunté. -Ni idea -contestó-. Nunca me explicaron nada. Cada vez que les preguntaba se quedaban profundamente entumecidos. No habían visto nada, no habían escuchado nada. Años después de lo ocurrido, el hombre que se desmayó junto a mí, me juró haber fingido el desmayo porque estaba tan asustado que no quería enfrentarse al anciano, y que lo que le había dicho se comprendía a un nivel distinto al del lenguaje. Bill dijo que, en su caso, lo que la aparición le había pronunciado él lo entendió como algo que tenía que ver con su salud y sus expectativas en la vida. -¿Qué quieres decir con eso? -le pregunté. -Las cosas no me van del todo bien -confesó-; mi cuerpo no se siente bien. -¿Pero sabes lo que realmente tienes? -le pregunté. -Oh, claro -dijo con indiferencia-. Me lo han dicho los médicos. Pero no me voy a preocupar ni voy a pensar en ello. Las revelaciones de Bill me dejaron muy inquieto. Ésta era una faceta de su persona que no conocía. Siempre lo había considerado fuerte como un roble. Nunca lo había concebido como alguien vulnerable. No me cayó bien la conversación. Era, sin embargo, demasiado tarde para arrepentirme. Nuestro viaje continuó. En otra ocasión, me dijo en confianza que los chamanes del suroeste eran capaces de transformarse en distintas entidades y que los esquemas categóricos de «chamán oso» o «chamán gato montés» no debían ser interpretados como eufemismos o metáforas porque no lo eran. -¿Puedes creer -me dijo en tono de gran admiración- que de veras hay algunos chamanes que se vuelven osos, o gatos monteses o águilas? No exagero y no estoy inventando nada, cuando digo que una vez fui testigo de la transformación de un chamán que se llamaba «Hombre del río» o «Chamán del río» o «Procede del río, Regresa al río». Andaba por las montañas de Nuevo México con este chamán. Le iba yo haciendo de chofer; él me tenía confianza y me dijo que iba en busca de su origen. Caminábamos por la ribera de un río cuando de pronto se agitó. Me dijo que me fuera a unas rocas altas y que me escondiera allí; que me cubriera la cabeza y la espalda con una manta, y que me asomara para no perderme lo que iba a hacer. -¿Qué iba a hacer? -pregunté, incapaz de contenerme. -Yo no sabía -me dijo-. Tus conjeturas hubieran sido tan buenas como las mías. No tenía manera de concebir lo que iba a hacer. Se metió al agua completamente vestido. Cuando el agua le llegó a media pantorrilla, porque era un río ancho pero poco profundo, el chamán desapareció, se desvaneció. Antes de entrar en el agua, me dijo al oído que debería irme corriente abajo y esperarlo allí. Me señaló el lugar exacto. Claro que yo no le creí ni una palabra, así es que al principio ni me acordaba dónde debía esperarlo, pero encontré el lugar y lo vi salir del agua. Qué ridículo decir «salir del agua». Vi al chamán volverse agua y luego re-hacerse del agua. ¿Puedes creerlo? No tenía ningún comentario. Era imposible creerle, pero tampoco podía desconfiar de él. Era un hombre muy serio. La única explicación posible era que al continuar con nuestro viaje, bebía más y más. Tenía en la cajuela del coche veinticuatro botellas de whisky escocés para él solo. Bebía como una esponja. -Siempre he sido parcial a las mutaciones esotéricas de los chamanes -me dijo en otra ocasión-. No es que pueda explicar las mutaciones, o ni siquiera creer que ocurren, pero como ejercicio intelectual, estoy muy interesado en considerar que las mutaciones en culebra o gatos monteses no son tan difíciles como lo que hizo el chamán del agua. Es durante tales momentos cuando uso mi intelecto de manera tal que dejo de ser antropólogo, y empiezo a reaccionar como resultado de algo visceral. Mi sensación visceral es que esos chamanes hacen algo que no puede ser medido de manera científica ni discutido inteligentemente. -Hay, por ejemplo, chamanes de nubes que se vuelven nubes, vapor. Nunca he visto que esto ocurra, pero conocí a un chamán de nube. Nunca lo vi desaparecer o volverse vapor delante de mis ojos como vi al otro chamán volverse agua. Pero una vez, corrí detrás del chamán de nube, y simplemente se desvaneció en un lugar en el que no había dónde esconderse. No podía explicar dónde se había ido. No había ni rocas ni vegetación donde pudiera haber ido. Llegué menos de un minuto después que él, y ya no estaba. «Anduve tras él por todas partes pidiéndole información» -continuó Bill-. Ni una palabra. Era muy amable, pero nada más. Bill me contó otras historias acerca de los conflictos y las divisiones políticas entre los indios en las distintas reservas, o historias de venganzas personales, enemistades, amistades, etc., etc., que no me interesaron para nada. En cambio, sus historias acerca de las mutaciones y apariciones de los chamanes me habían, en verdad, conmovido mucho. Estaba a la vez fascinado y consternado. Pero al tratar de pensar por qué estaba fascinado o consternado, no podía explicarlo. Todo lo que hubiera dicho era que sus historias acerca de los chamanes me dieron un golpe a un nivel desconocido y visceral.

    Otra realización que pude verificar durante este viaje fue que el mundo social indígena del suroeste estaba verdaderamente vedado a los de afuera. Pude aceptar finalmente que necesitaba mucha preparación en la ciencia de la antropología y que eso era más factible que hacer trabajo de campo en un área en que no tenía ni conocimiento ni entrada. Al terminar el viaje, Bill me llevó a la estación de autobuses Greyhound en Nogales, Arizona, para mi viaje de regreso a Los Ángeles. Mientras estábamos sentados en la sala de espera antes de que llegara el autobús, me consoló de manera paternal, recordándome que las derrotas eran de esperarse en el campo de la antropología y que nos daban mayor propósito o madurez como antropólogos. De pronto se inclinó y con un ligero gesto de la barbilla me indicó que mirara hacia el otro lado de la sala. -Creo que ese viejo sentado en la banca junto al rincón es el mismo del que te hablé -me dijo al oído-. No estoy del todo seguro, porque sólo lo vi frente a frente una vez. Cuando te hablaba de los chamanes y de sus transformaciones, te dije que una vez había conocido a un chamán de nube. -Sí, sí, claro que me acuerdo -le dije-. ¿Es ese hombre el chamán de nube? -No -dijo enfáticamente-. Pero creo que es compañero o maestro suyo. Los vi a los dos a la distancia hace muchos años. Sí recordaba que Bill había mencionado muy de paso, pero no en relación al chamán de nube, que sabía de la existencia de un anciano misterioso que era chamán jubilado, un indio viejo misántropo de Yuma, que una vez había sido un chamán aterrador. La relación entre el chamán de nube y el anciano nunca había sido expresada por mi amigo, pero evidentemente, estaba fresca en la mente de Bill a tal extremo, que creía habérmela relatado. Una ansiedad extrema me sobrevino y salté de mi asiento. Como si no tuviera voluntad propia, me acerqué al anciano, y le solté una perorata sobre mi conocimiento de las plantas medicinales y del chamanismo entre los indios americanos del llano y sus antepasados siberianos. Como tema secundario, le comenté al anciano que sabía que era chamán. Terminé asegurándole que sería muy beneficioso para él si hablaba largamente conmigo. -Aunque sólo sea -dije con petulancia-, podríamos hacer intercambios de historias. Usted me cuenta las suyas y yo correspondo con las mías. El anciano mantuvo la vista baja hasta el último momento. Entonces me escudriñó. 

-Yo soy Juan Matus -me dijo mirándome directamente a los ojos. Mi perorata no debería haber terminado allí de ninguna manera, pero por ninguna razón en la que pudiera pensar, sentí que ya no había nada más que decir. Quería decirle mi nombre. Levantó la mano a la altura de mis labios, como para prevenírmelo. En ese instante llegó un autobús a la parada. El anciano murmuró que era el autobús que esperaba y, muy sinceramente, me dijo que lo buscara para conversar con mayor libertad e intercambiar historias. Había una pequeña sonrisa irónica en su boca al decir esto. Con una agilidad increíble para un hombre de su edad (le hacía unos ochenta años), cubrió en unos cuantos pasos los cuarenta metros que había entre la banca donde había estado sentado y la puerta del autobús. Como si el autobús hubiera parado sólo para recogerlo, partió en cuanto él saltó al interior y la puerta se había cerrado. 

Después de que se fue, regresé a la banca donde Bill permanecía sentado. -¿Qué te dijo, qué te dijo?-me preguntó muy agitado. -Me sugirió que lo buscara y que fuera a visitarlo a su casa -contesté-. Hasta me dijo que allí podíamos conversar. -Pero, ¿qué le dijiste para conseguir que te invitara a su casa? -me exigió. Le dije a Bill que había utilizado mi mejor arte de vendedor y que le había prometido revelarle todo lo que sabía yo desde el punto de vista de mis lecturas, sobre las plantas medicinales. Bill, evidentemente, no me creyó. Me acusó de mentirle. -Conozco a la gente del lugar -dijo agresivamente-, y ese viejo es un pedo muy estrafalario. No habla con nadie, ni siquiera con los indios. ¿Por qué se dispone a hablar contigo, un total desconocido? ¡Ni siquiera tienes gracia! Era muy evidente que Bill se había enfadado conmigo. Yo no entendía por qué. No me atrevía a pedirle una explicación. Me daba la impresión de que estaba un poco celoso. Quizá pensaba que yo había logrado lo que él no había podido. Sin embargo, mi éxito había pasado tan inadvertido para mí que no tenía ningún significado. Aparte de lo que me había dicho Bill, yo no tenía ningún concepto de lo difícil que era acercarse al anciano, y no me importaba un bledo. En aquel momento, no le vi nada extraordinario a nuestro intercambio de palabras. Me asombraba que Bill se hubiera enfadado tanto. -¿Sabes dónde vive? -le pregunté. -No tengo la menor idea -respondió en tono cortante-. He oído decir que no vive en ninguna parte, que simplemente aparece aquí y allá inesperadamente, cagadas de esa índole. Lo más probable es que viva en una choza por Nogales, México. -¿Por qué es el viejo tan importante? -le pregunté-. Mi pregunta me dio el valor para añadir-: Pareces estar enfadado porque me habló. ¿Por qué? Sin más ni más, me admitió que estaba disgustado porque sabía lo inútil que era tratar de hablar con el viejo. -Ese viejo es un malcriado sin par -añadió-. Lo mejor que puedes esperar es que se te quede mirando sin decirte una palabra cuando le hablas. Otras veces, ni te mira; es como si no existieras. La única vez que intenté hablar con él, me dejó con la palabra en la boca. ¿Sabes lo que me dijo? «Si yo fuera usted, no gastaría mi energía abriendo la boca. Consérvela. La necesita». Si no fuera un pedo tan viejo, le hubiera dado una en la nariz. Le indiqué a Bill que eso de «viejo» era más bien una figura retórica que una descripción real. En realidad, no parecía ser tan viejo, aunque definitivamente lo era. Tenía tremendo vigor y agilidad. Sentí que le habría ido muy mal a Bill si hubiera intentado darle un golpe en la nariz. El viejo indio estaba muy poderoso. De hecho, imponía bastante. No le di voz a mis pensamientos. Dejé que Bill siguiera relatándome su disgusto con las groserías del viejo, y cómo lo hubiera tratado si no fuera que el viejo estaba tan débil. -¿Quién crees que puede informarme dónde vive? -le pregunté. -A lo mejor alguien en Yuma -respondió ya más tranquilo-. Quizá la gente que te presenté al principio del viaje. No pierdes nada en preguntarles. Diles que te mandé yo. En seguida cambié mis planes y en vez de regresar a Los Ángeles, me fui directamente a Yuma, Arizona. Busqué a las personas que me había presentado Bill. No sabían dónde vivía el anciano, pero los comentarios que hicieron sobre él me despertaron aún más mi curiosidad. Dijeron que no era de Yuma, sino de Sonora, México, y que en su juventud había sido un chamán temible que hacía magia y hechizaba a la gente, pero que la edad lo había templado y que se había vuelto un ermitaño asceta. Comentaron que aunque era yaqui, en un momento andaba con un grupo de mexicanos que según se decía, sabían mucho acerca de la práctica del hechizo. Estaban todos de acuerdo en que no habían visto a ese hombre durante muchos años. Uno de ellos añadió que aunque el viejo era contemporáneo de su abuelo, mientras que su abuelo estaba senil y guardaba cama, el brujo parecía tener más vigor que nunca. El mismo hombre me refirió con una gente de Hermosillo, la capital de Sonora, que podía conocer al viejo y contarme más acerca de él. La idea de ir a México no me agradaba nada. Sonora estaba demasiado lejos de la región que me interesaba. Además, razoné que sería mejor dedicarme a la antropología urbana, y regresé a Los Ángeles. Pero antes de partir, escudriñé todos los contornos de Yuma, buscando información sobre el viejo. Nadie sabía nada de él. Ya en camino en el autobús, sentí algo extraño. Por un lado, me sentí curado del todo de mi obsesión con la idea del trabajo de campo o mi interés en el viejo. Por otro lado, sentía una rara nostalgia. Era, con toda sinceridad, algo que nunca había experimentado. Su novedad me conmovió profundamente. Era una mezcla de ansiedad y anhelo, como si me estuviera perdiendo algo de tremenda importancia. Tuve la clara sensación al acercarme a Los Ángeles, de que lo que había actuado sobre mí en Yuma empezaba a desvanecerse con la distancia; pero ese desvanecimiento sólo incrementaba mi injustificado anhelo.

[16] LA VISTA CLARA: Castaneda cuenta cómo vió por primera vez la energía tal y como es

  LA VISTA CLARA 

Diálogos entre Don Juan y Carlos Castaneda

del libro «El lado activo del infinito»

Por primera vez en mi vida, me encontré ante el dilema de cómo comportarme en el mundo. El mundo que me rodeaba no había cambiado. 

Decididamente, había algo dentro de mí que fallaba. 

La influencia de don Juan y todas las actividades que procedían de las prácticas en las que me había involucrado tan a fondo, me estaban afectando y me hacían incapaz de tener trato con los demás. 

Examiné mi problema y llegué a la conclusión de que compulsivamente comparaba a todos con don Juan. 

En mi estimación, don Juan era un ser que vivía su vida profesionalmente en todos los aspectos, es decir que cada uno de sus actos, no importaba cuán insignificante fuera, tenía sentido. Yo estaba rodeado de gente que se creía inmortal, que se contradecía a cada paso; eran seres con los que no podía uno contar. Era un juego injusto; las cartas jugaban en contra de la gente que yo conocía. Estaba acostumbrado al comportamiento inalterable de don Juan, a su falta total de importancia personal, y al insondable ámbito de su intelecto; muy poca gente de la que yo conocía era consciente de que existía otro modo de comportamiento que fomentaba estas cualidades. La mayoría sólo conocía un modo de comportamiento auto-reflejo, que deja al hombre débil y alterado. Por consecuencia, tenía problemas con mis estudios académicos. Se me esfumaban. Traté desesperadamente de encontrar una razón para justificar mis tareas académicas. Lo único que vino a mi ayuda y me dio un contacto, aunque frágil, fue la recomendación que alguna vez me había hecho don Juan, de que los guerreros-viajeros tenían que tener un romance con el conocimiento, no importaba la forma en que se presentara. 

Había definido el concepto del guerrero-viajero diciendo que se refería a chamanes, quienes por ser guerreros viajaban en el oscuro mar de la conciencia. Había añadido que los seres humanos eran viajeros en el oscuro mar de la conciencia, y que esta Tierra no es más que una estación en su viaje; por razones ajenas, que no quería divulgar en aquel momento, los viajeros habían interrumpido su viaje. Dijo que los seres humanos estaban dentro de una especie de remolino, una contracorriente que les daba la impresión de moverse, cuando en esencia estaban fijos. Mantenía que los chamanes eran los únicos que se oponían a una fuerza, fuera la que fuera, que mantenía presos a los seres humanos, y que los chamanes, por medio de su disciplina, se liberaron de las garras de esta fuerza y continuaron su viaje de la conciencia. 

Lo que precipitó la caótica alteración final de mi vida académica fue mi falta de capacidad de enfocar mi interés en temas de asuntos antropológicos que no me interesaban un pepino, no por su falta de interés en sí, sino porque en su mayoría la cuestión era manipular palabras y conceptos, como se hace en un documento legal, para obtener un resultado que establece precedentes. La discusión se basaba en que el conocimiento humano se construye de tal manera, y que el esfuerzo de cada individuo es un ladrillo que contribuye a construir un sistema de conocimiento. El ejemplo que se me presentó fue el del sistema legal por el cual vivimos, y que es de importancia incalculable para nosotros. Sin embargo, mis nociones románticas de aquel momento me impidieron verme a mí mismo como un notario-antropólogo. Estaba totalmente comprometido con el concepto de que la antropología debe ser la matriz de todo empeño humano, la medida del hombre.

Don Juan, un pragmatista consumado, un verdadero guerrero-viajero de lo desconocido, me dijo que era un baboso. Me dijo que no importaba si los temas antropológicos que me proponían eran maniobras de palabras y conceptos, lo que importaba era el ejercicio de la disciplina.

-No importa -me dijo una vez- qué tan bueno lector seas, y cuántos libros maravillosos puedas leer. Lo importante es que tengas la disciplina de leer lo que no quieres leer. El quid del ejercicio de los chamanes es asistir a la escuela a estudiar lo que rechazas, no lo que aceptas.

Decidí dejar los estudios por un tiempo y me fui a trabajar en el departamento de arte de una fábrica de calcomanías. El empleo ocupó mis esfuerzos y mis pensamientos al máximo. Mi desafío era llevar a cabo los deberes que me presentaban, tan perfectamente y tan rápido como podía. El armar las hojas de vinícola con las imágenes para el proceso de serigrafía era un procedimiento común que no permitía ninguna innovación, y la eficacia del trabajador se medía por su velocidad y exactitud. Me volví adicto al trabajo y me divertí enormemente.

El director del departamento de arte y yo nos hicimos amigos. Llegó a ser mi protector. Se llamaba Ernest Lipton. Lo admiraba y respetaba inmensamente. Era buen artista y magnífico artesano. Su defecto era su blandura;era de una consideración increíble con los demás, consideración que lindaba en la pasividad.

Un día, por ejemplo, salíamos del estacionamiento del restaurante donde habíamos almorzado. Muy cortésmente, esperó a que otro auto saliera del espacio delante de él. El chófer obviamente no nos vio y empezó a darle marcha atrás a gran velocidad. Ernest Lipton fácilmente pudiera haberle pitado para llamarle la atención. Al contrario, se quedó sentado, sonriendo como idiota mientras que el tipo le dió un tremendo golpe. Luego me miró y se disculpó conmigo.

-Caramba, podría haberle pitado -me dijo-, pero hace un ruido espantoso y me da vergüenza.

El tipo que le había golpeado el auto estaba furioso y lo tuvimos que tranquilizar.

-No se preocupe -dijo Ernest-. Su auto no se dañó. Además, sólo acabó con los faros del mío; los iba a reponer de todas maneras.

Otra día en el mismo restaurante, unos japoneses, clientes de la fábrica de calcomanías y sus invitados a almorzar, estaban conversando animadamente con nosotros y haciéndonos preguntas. Vino el camarero con el pedido y quitó de la mesa algunos de los platos de ensalada, haciendo lugar lo mejor que podía en la estrecha mesa para el enorme plato principal. Uno de los japoneses necesitaba más espacio. Empujó su plato hacia adelante, haciendo que el de Ernest se moviera y empezará a caerse de la mesa. Nuevamente, Ernest podría haberle avisado al hombre pero no, se quedó allí con una gran sonrisa hasta que el plato terminó en lo alto suya.

En otra ocasión, fui a su casa para ayudarle a colocar unas guías sobre su patio, donde iba a plantar una parra para dar un poco de sombra y fruta. Arreglamos los alambres en un enorme bastidor, y lo pusimos a un lado atándolos a unas vigas. Ernest era un hombre alto y muy fuerte, y usando una viga como soporte, levantó el otro punto para que yo colocara los pestillos en los agujeros que ya habíamos hecho en los soportes. Pero antes de que pudiera colocarlos, alguien tocó a la puerta con gran insistencia y Ernest me pidió que fuera a ver quién era, mientras soportaba el bastidor de pares con su cuerpo.

Su mujer estaba en la puerta con la compra. Empezó a conversar conmigo largamente y dejé de pensar en Ernest. Hasta le ayudé a guardar la compra. Estaba colocando el apio, cuando me acordé que mi amigo estaba todavía allí con el bastidor de pares, y como lo conocía, sabía que se guardaría allí, esperando que otra persona fuera tan considerada como él siempre lo era. Desesperadamente, corrí al jardín de atrás y allí estaba, en el suelo. Se había caído, exhausto de haber soportado el pesado bastidor de madera. Tuvimos que llamar a sus amigos para que vinieran a echarnos una mano y levantar el bastidor, pues él ya no era capaz de hacerlo. Tuvo que guardar cama. Pensó que en verdad había sufrido una hernia.

El relato más clásico acerca de Ernest Lipton tuvo que ver con el día que fue a hacer una excursión de fin de semana a las montañas de San Bernardino con unos amigos. Pasaron la noche acampando en las montañas.

Mientras todos dormían, Ernest Lipton se levantó para hacer sus necesidades y se metió entre el matorral, y siendo un hombre tan considerado se alejó de donde dormían. En la oscuridad, se resbaló y cayó rodando por la ladera. Más tarde le dijo a sus amigos que estaba seguro de que caería hasta el fondo del valle y seguramente hubiese muerto ahí.

Tuvo suerte porque se agarró de la orilla con los dedos; estuvo allí colgado durante horas, buscando vanamente en la oscuridad algún apoyo para los pies y perdiendo fuerza en los brazos; pero iba a agarrarse hasta la morir. Extendiendo las piernas cuanto pudo, dio con pequeñas protuberancias en la roca que le ayudaron a sostenerse. Allí se quedó aplastado contra la roca, como las calcomanías que fabricaba, hasta que aclaró el día y se dió cuenta de que estaba a treinta centímetros de la tierra.

-¡Ernest, nos podrías haber llamado! -se quejaron sus amigos.

-Caramba, no creí que sirviera de nada -respondió-. ¿Quién me hubiera oído? Además, creía que había rodado por lo menos kilómetro y medio hacia el valle. Y todos estaban dormidos.

El colmo para mí fue cuando Ernest Lipton, que pasaba dos horas cada día de camino de su casa al trabajo, decidió comprarse un auto económico, un Volkswagen Escarabajo y empezó a medir cuántos kilómetros hacía por galón de gasolina. Para mi enorme sorpresa, anunció una mañana que había calculado unos ciento cincuenta kilómetros por galón. Como el hombre preciso que era, calificó su pronunciamiento, al decir que no conducía mucho en la ciudad, sino en la autopista, aunque también a las horas de máxima circulación cuando había que acelerar y disminuir de velocidad frecuentemente. Una semana más tarde, anunció que había llegado a trescientos kilómetros por galón. Esta maravilla fue acelerando hasta que llegó a la increíble cifra de setecientos kilómetros por galón. Sus amigos le dijeron que tenía que mandar esa cifra a los archivos de la empresa Volkswagen. Ernest Lipton estaba rebosante y se regocijaba, preguntando en voz alta qué haría si llegaba a la cifra de mil kilómetros. Sus amigos le dijeron que tendría que declarar un milagro.

La extraordinaria situación continuó hasta que una mañana encontró a uno de sus amigos, que durante cinco meses andaba tomándole el pelo con la más vieja de las bromas, poniéndole gasolina al tanque sigilosamente. Cada mañana, le había añadido tres o cuatro tazas para que el indicador nunca marcara vacío.

Ernest Lipton casi llegó a enfadarse. Su pronunciamiento más duro fue:

-¡Caramba! ¿Andan bromeando, o qué?

Durante semanas, sabía yo que sus amigos le andaban tomando el pelo, pero no podía intervenir. Sentía que no era asunto mío. Los que lo hacían eran sus amigos de toda la vida. Yo era recién llegado. Cuando vi la cara de herido y decepcionado que puso, y su incapacidad de enfadarse, sentí una ola de ansiedad y culpa. Me enfrentaba de nuevo a un viejo enemigo. Odiaba a Ernest Lipton y, a la vez, me gustaba inmensamente. Estaba indefenso.

La verdad de todo es que Ernest Lipton se parecía a mi padre. Sus lentes gruesos, su calvicie incipiente, su barbita gris que nunca se podía afeitar por completo, me traían a la mente las facciones de mi padre. Tenía el mentón fino y la nariz recta y puntiaguda. Al ver su incapacidad de enfadarse y darles un tortazo a los bromistas, vi con toda claridad el parecido que tenía con mi padre, y eso llevó el asunto hacia el peligro.

Recordé cómo mi padre se había enamorado locamente de la hermana de su mejor amigo. La vi un día en un pueblo veraniego, tomada de la mano de un joven. Su madre los acompañaba. La joven parecía estar feliz. Se miraban los dos, embelesados. A mi ver, era el amor joven en su mejor momento. Cuando vi a mi padre le conté, gozando cada detalle con toda la malicia de mis diez años, que su novia tenía un novio de verdad. Se sobresaltó. No podía creerme.

-Pero, ¿ha hablado usted alguna vez con la chica? -le pregunté atrevidamente-. ¿Sabe ella acaso que usted la quiere?

-¡No seas idiota, bestia enferma! -me espetó-. Con las mujeres no hay que andar con esas mierdas. -Me contempló con aire de niño consentido, el labio temblando de rabia-. ¡Es mía! ¡Debe saber que es mía sin que yo le diga nada!

Hizo esta declaración con la certeza de un niño que recibe todo en la vida sin tener que luchar por ello. En la cima de mi forma, le di el golpe final:

-Bueno -le dije-. Creo que esperaba que alguien se lo dijera, y alguien acaba de llegar antes que usted.

Estaba preparado a saltar fuera de su alcance y echar a correr porque pensé que me iba a golpear con toda la furia del mundo, pero al contrario, sollozando, se desmoronó allí delante de mí.

Me pidió con llantos amargos que, como yo era capaz de hacer cualquier cosa, que por favor vigilara a la chica y que le contara todo. Sentí un odio hacia él más allá de las palabras, y a la vez, lo amaba con una tristeza incomparable. Me maldije por haberle precipitado esa humillación.

Ernest Lipton me recordaba a mi padre a tal grado que dejé el trabajo, diciendo que tenía que regresar a la universidad. No quería llevar una carga mayor de la que ya llevaba sobre mis espaldas. Nunca había podido perdonarme el haberle causado a mi padre esa angustia y nunca lo había perdonado por ser tan cobarde.

Regresé a la escuela y empecé la gigantesca faena de reintegrarme a mis estudios de antropología. Lo que hacía tan difícil esta reintegración era el hecho de que si había alguien con quien hubiera trabajado con deleite y elegancia a causa de su toque admirable, su curiosidad aventurera, y su deseo de ampliar su conocimiento sin confundirse o defender posturas indefendibles, era alguien fuera de mi departamento, un arqueólogo. Fue a causa de su influencia que me interesé desde un principio en el trabajo de campo. Quizá porque iba al campo en verdad, literalmente a desenterrar información, su sentido práctico era un oasis de sobriedad para mí. Fue el único que me estimuló a seguir y hacer el trabajo de campo porque no tenía nada que perder.

-Piérdelo todo y lo ganarás todo -me dijo una vez-, el mejor consejo que jamás recibí en el mundo académico. Si seguía el consejo de don Juan y luchaba para corregir mi obsesión conmigo mismo, en verdad no tenía nada que perder y todo era ganancia. Pero esa posibilidad no existía para mí en aquel entonces.

Cuando le conté a don Juan la dificultad de encontrar un profesor con quien trabajar, su reacción fue, a mi parecer, violenta. Dijo que era un verdadero pedo y cosas peores. Me dijo lo que ya sabía; que si no fuera tan tieso podría trabajar a gusto con cualquiera en el mundo académico o en el mundo de los negocios.

-Los guerreros-viajeros no se quejan -prosiguió don Juan-. Toman todo lo que les da el infinito como desafío. Un desafío es eso, un desafío. No es personal. No puede interpretarse como maldición o bendición. Un guerrero-viajero o gana el desafío o el desafío acaba con él. Es mucho más excitante ganar, así es que ¡gana!

Le dije que era facilísimo que él lo dijera, pero que llevarlo a cabo era otro asunto y que mis tribulaciones eran insolubles porque se originaban en la incapacidad por parte de mis congéneres de ser consistentes.

-Los que te rodean no tienen la culpa -me dijo-. No tienen otra salida. La culpa es tuya, porque puedes contenerte, pero insistes en juzgarlos, desde un profundo nivel de silencio. Cualquier idiota puede juzgar. Si los juzgas, sólo puedes recibir lo peor de ellos. Todos nosotros como seres humanos estamos presos y es esa prisión la que nos hace comportarnos de tan mísera manera. Tu desafío es de aceptar a la gente como es.

¡Déjalos en paz!

-Está usted totalmente equivocado esta vez, don Juan -le dije-. Créame, no tengo ningún interés en juzgarlos o en involucrarme con ellos de ninguna manera.

-Pero sí comprendes lo que te estoy diciendo -insistió con determinación-. Si no eres consciente de que quieres juzgarlos -continuó-, estás en peor estado de lo que me imaginaba. Ésa es la falla del guerrero-viajero cuando empieza a emprender su viaje. Se pone arrogante, fuera de quicio.

Tuve que admitir que mis quejas eran de una mezquindad extrema. Eso, por lo menos, lo sabía. Le dije que me enfrentaba con sucesos cotidianos, sucesos que tenían la característica nefaria de quitarme toda mi decisión, y que me daba vergüenza contarle a él los acontecimientos que tanto me pesaban.

-Ya -me dijo en tono urgente-. ¡Dilo! No andes con secretos conmigo. Soy un tubo vacío. Lo que me digas saldrá directamente al infinito.

-Lo único que traigo son míseras quejas -le dije-. Soy exactamente como la gente que conozco. No hay manera de hablarle a ninguno sin oír una queja abierta o velada.

Le conté a don Juan la manera en que el diálogo más sencillo mis amigos hacían por introducir innumerables quejas como en este diálogo:

-¿Cómo te va, Jim?

-Oh, bien, bien, Cal -seguido por un larguísimo silencio.

Me sentía obligado a decir:

-Pero, ¿te pasa algo, Jim?

-¡No! Todo está de maravilla. Tengo un problemita con Mel, pero ya sabes cómo es de egoísta...

Pero hay que aceptar a los amigos tal como son, ¿no? Claro que podría ser un poco más considerado. Pero qué carajo, así es. Siempre te echa la carga encima: acéptame o déjame. Lo ha hecho desde que teníamos doce años, así es que es culpa mía. ¿Por qué lo tengo que aguantar?

-Bueno, tienes razón, Jim. Sabes, Mel es muy difícil, no cabe duda.

-Pero hablando de jodidos, tú le puedes dar lecciones a Mel, Cal. Nunca puedo contar contigo, etc., etc.

Otro diálogo clásico era:

-¿Cómo te va, Alex? ¿Cómo te va en tu vida matrimonial?

-Oh, muy bien. Por primera vez, estoy comiendo a tiempo, como comida casera, pero estoy engordando. No hago nada más que ver la tele. Antes parrandeaba con ustedes, pero ahora no puedo. No me deja Teresa.

Claro que podría decirle que se vaya al carajo, pero no quiero herirla. Me siento feliz, pero a la vez, miserable.

Y Alex había sido el tipo más miserable antes de casarse. Su chiste clásico era decirles a sus amigos cada vez que nos veía: -Oye, ven a mi auto, quiero presentarte a mi perra puta.

Estaba encantado cuando nuestras expectativas se fueron por los suelos y vimos que lo que traía en su coche era una perra. Presentaba a su «perra puta» a todos sus amigos. Nos asombramos cuando se casó con Teresa, una atleta de maratón. Se habían conocido en un maratón cuando Alex se desmayó. Estaban en la montaña y Teresa tuvo que revivirlo como podía, y le echó una meada en la cara. Después de eso, Alex era su prisionero. Había marcado su territorio. Sus amigos le decían «mamón meado». Sus amigos creían que era una verdadera perra que había convertido al raro de Alex en un perro gordo.

Don Juan y yo nos reímos un rato. Entonces me miró con una expresión seria.

-Éstos son los vaivenes de la vida cotidiana -dijo don Juan-. Ganas y pierdes, y no sabes cuándo ganas ni cuándo pierdes. Éste es el precio que se paga por vivir bajo el domino del auto-reflejo. No hay nada que te pueda decir, y no hay nada que puedas decirte a ti mismo. Sólo te recomiendo que no te sientas culpable porque eres un culo, pero que trates de terminar con el dominio del auto-reflejo. Regresa a la universidad. No te des por vencido todavía.

Mi interés en quedarme en el mundo académico declinó más y más. Empecé a vivir en piloto automático. Me sentía pesado, deprimido. Sin embargo, eso no afectaba mi mente. No hacía cálculos y no tenía metas o expectativas de ninguna índole. Mis pensamientos no eran obsesivos, pero sí mis sentimientos. Traté de conceptualizar la dicotomía entre la mente quieta y los sentimientos alborotados. Fue que con este ánimo de un vacío mental y sentimientos abrumados que salí un día de Haines Hall, donde se encontraba el departamento de antropología, camino de la cafetería, a almorzar.

De pronto me acosó algo que sacudió todo mi cuerpo. Pensé que me iba a desmayar y me senté en unos escalones de ladrillo. Delante de mí, vi unas manchas amarillas. Tenía la sensación de que estaba girando. De seguro, pensé, voy a enfermarme del estómago. Se me borró la vista hasta que no pude ver nada. Mi incomodidad física fue tan total y tan intensa que no daba lugar a ningún pensamiento. Sólo sentía sensaciones de terror y ansiedad mezcladas con alegría y un sentimiento de que estaba al borde de un suceso gigantesco.Eran sensaciones sin contrapunto de pensamiento. En un momento dado, no supe si estaba de pie o sentado.Estaba rodeado de la negrura más impenetrable que se pudiera imaginar, y entonces vi energía tal como fluye en el universo.

Vi una sucesión de esferas luminosas que caminaban hacia mí o que se alejaban de mí. Las vi, una por una tal como me había dicho don Juan que siempre se ven. Sabía que se trataba de individuos diferentes por los tamaños. Examiné los detalles de sus estructuras. Su luminosidad y su redondez consistía en fibras que estaban pegadas una a la otra. Eran delgadas y gruesas. Cada una de estas figuras luminosas tenía encima una cobertura gruesa y lanosa. Parecían extraños animales peludos y luminosos, o gigantes insectos redondos cubiertos de pelo luminoso.

Lo más asombroso es que me di cuenta de que había visto estos insectos peludos toda mi vida. Cada ocasión que don Juan deliberadamente me hizo verlos, se me hizo en aquel momento, como un desvío que había tomado con él. Recordé cada instancia en que me había ayudado a ver a la gente como esferas luminosas, y todas esas instancias se apartaban de la masa de ver, a lo que ahora tenía acceso. Supe entonces, sin duda alguna, que había percibido energía tal como fluye en el universo, toda mi vida, yo solo, sin la ayuda de nadie.

Tal comprensión me abrumó. Me sentí frágil, vulnerable. Busqué cobijarme, esconderme en alguna parte.Era exactamente como uno de esos sueños que todos tenemos en un momento u otro en que nos encontramos desnudos y no sabemos qué hacer. Me sentía más que desnudo; me sentía desamparado, débil y aterrado de regresar a mi estado normal. De manera vaga sentí que estaba acostado. Me esforcé para regresar a la normalidad. Concebí la idea de que me iba a encontrar tirado sobre un camino de ladrillo, en estado convulsivo, rodeado de una rueda de espectadores. La sensación de estar acostado creció. Sentí que podía mover los ojos. Podía ver luz detrás de los párpados, pero me aterraba abrirlos. Lo raro es que no oía a nadie de los que imaginaba que me rodeaban. No oía ningún ruido. Por fin, tuve el valor de abrir los ojos. Estaba en mi cama, en mi despacho-apartamento en la esquina de los boulevares de Wilshire y Westwood.

Me puse bastante histérico al encontrarme en la cama. Pero por alguna razón fuera de mi alcance, me tranquilicé casi inmediatamente. Mi histeria pasó a ser una indiferencia corporal, o un estado de satisfacción corporal, semejante a lo experimentado después de una excelente comida. Pero mi mente seguía inquieta.

Había sido terriblemente asombroso darme cuenta de que había percibido energía directamente toda mi vida. ¿Cómo era posible que no lo supiera? ¿Qué me había prevenido tener acceso a esa faceta de mi ser? Don Juan había dicho que todo ser humano tiene la potencia de ver energía directamente. Lo que no había dicho es que todo ser humano ya ve energía directamente, pero no lo sabe.

Le presenté esa pregunta a un amigo psiquiatra. No pudo aclarar mi dilema. Pensó que mi reacción era el resultado de la fatiga y de una sobrecarga de estímulos. Me recetó Valium y me dijo que descansara.

No me atreví a contarle a nadie que había despertado en mi casa sin poder rendir cuentas de cómo había llegado allí. Por lo tanto, mi ansia por ver a don Juan estaba más que justificada. Volé a la Ciudad de México tan pronto como pude, alquilé un coche y me fui a donde él vivía.

-Ya has hecho todo esto antes -me dijo riendo don Juan, cuando le conté mi sobresalto-. Sólo hay dos cosas nuevas. Una es que ahora has percibido energía solo. Lo que hiciste es parar el mundo y entonces te diste

cuenta que siempre habías visto energía tal como fluye en el universo, como lo hace todo ser humano, sin saberlo deliberadamente. Lo otro, es que viajaste desde tu silencio interno, solo.

»Tú bien sabes, sin que yo te lo diga, que todo es posible si uno toma el silencio interno como punto de partida. Esta vez, tu terror y tu vulnerabilidad hicieron posible que terminaras en tu cama, que en verdad no está muy lejos de UCLA. Si no le dieras rienda suelta a tu sorpresa, te darías cuenta de que lo que hiciste no tiene nada de extraordinario para el guerrero-viajero.

»Pero la cuestión de suma importancia no es saber que siempre has percibido energía directamente o tu viaje desde el silencio interno, sino más bien un asunto doble. Primero, experimentaste algo que los chamanes del México antiguo llamaban la vista clara, o perder la forma humana: al momento cuando la mezquindad humana se desvanece como si hubiera sido una nube de bruma sobre nosotros, una bruma que lentamente se aclara y se dispersa. Pero bajo ninguna circunstancia creas que esto es un hecho ya cumplido. El mundo de los chamanes no es un mundo inmutable como el mundo cotidiano, donde te dicen que una vez alcanzada la meta eres campeón para siempre. En el mundo de los chamanes, llegar a cierta meta quiere decir que simplemente has adquirido las herramientas más eficaces para continuar tu lucha, que, a propósito, nunca termina.

»La segunda parte es que experimentaste la pregunta más enloquecedora para el corazón humano. Lo expresaste tú mismo cuando te preguntaste: ¿Cómo es posible que no supiera que había percibido energía directamente toda mi vida? ¿Qué me había prevenido tener acceso a esa faceta de mi ser?

COMENTARIO: LA RECAPITULACIÓN

    Siguiendo el criterio del autor de contar «historias memorables» en este libro y que él mismo justifica en la introducción, Carlos Castaneda está trabajando firmemente en su tarea de recapitulación. La recapitulación es una tarea ardua y casi imposible de realizar, yo comencé a recapitular en la década de los noventa, han pasado más de 30 años y no he conseguido finalizar con este asunto, D. Juan le da una importancia máxima. El acto de recapitulación es buscar todos los recuerdos de nuestra vida, ordenarlos y recrearlos al máximo detalle, incluyendo la descripción de los objetos que nos rodean, una vez establecido nítidamente el recuerdo, cerrando los ojos, tomamos y fijamos ese escenario, giramos la cabeza hacia la izquierda e inspiramos profundamente y pasamos rápidamente girando hacia la derecha expirando profundamente, quedando exhaustos y en completo silencio interno, permitiendo olvidar definitivamente ese recuerdo. 

    En el ejercicio de recapitulación, lo ideal sería realizarlo de manera continua y de una vez en sentido inverso, es decir, partimos del ahora y viajamos hacia el pasado hasta concluir con todos los recuerdos, sean memorables o no.

¿Qué sentido tiene para alguien semejante tarea?

Para alguien que desconoce los aspectos energéticos de la consciencia, es un sinsentido, pero cuando uno es capaz de ver la energía, cómo se comporta y cómo actúa realmente, la cosa cambia drásticamente.

Imagina que eres como un árbol de navidad, donde cada persona con la que interaccionamos, te cuelga un adorno, una bola, una casita, un reno o Papa Noel.

Esos objetos son las que yo denomino «trazas», son una energía ajena a nuestro sistema y que generalmente lo perjudica o no le permite realizar proezas,  sistema, cuando es así, un recuerdo negativo que en realidad fue hasta traumático, la traza la denomino «cristalización» porque llega incluso hasta enlentencer la velocidad de los anillos (de los chakras).

El guerrero debe de liberarse de todo eso, debe aligerar la estructura, purificarla y presentarla con sus propiedades originales para poder realizar los prodigios que todo guerrero debe realizar para liberarse de la muerte, como la construcción de un doble y realizar el cambio de la conciencia de ser desde el cuerpo físico al cuerpo del doble, entregando el cuerpo físico a la muerte y escapando de ella en el doble.

COMENTARIO: CARLOS CASTANEDA VE POR PRIMERA VEZ Y LO MÁS EXTRAÑO; ES CONSCIENTE DE QUE HA VISTO DURANTE TODA SU VIDA.

El acto de ver, es un acto que es extraordinario, cuando uno tiene esa experiencia por primera vez en su vida, todo, absolutamente todo, cambia para esa persona. Para aprender a ver, es necesario madurar nuestra capacidad cognitiva mediante la meditación y el entrenamiento arduo de quedar en completo silencio, luchar contra los pensamientos y el diálogo interno contínuo que no es otro, que el diálogo del propio depredador. Además, la ventaja es, que las metas son acumulativas, si un día conseguimos estar un minuto en completo silencio, mañana, será fácil alcanzar los dos minutos y así sucesivamente.

Otra ayuda es, mantenerse en una dinámica de estricta acción, es lo que don Juan llama «ser impecables», es ser un militar en la vida, ser estricto, medir las cosas y no distraerse, estar siempre en estado de alerta y realizar tareas repetitivas y profundamente aburridas, eso es algo que hace que el foráneo tenga tendencia a abandonarnos o incluso a no parlotear contínuamente como suele hacer. Esto es fácil de conseguir en nuestros días, tareas aburridas han sido mi medio de vida, trabajando de oficinista, eso es lo que hizo Castaneda, abandonó la universidad para trabajar en una fábrica de estampaciones, haciendo tareas repetitivas y exhaustivamente aburridas.

Carlos accedió a su primera vez, cuando gracias a la acumulación de energía cognitiva (la que crece a partir de los pies y hacia arriba, el alimento de los foráneos) alcanzó un cierto nivel ¿Por qué creció? Su comportamiento es como el de una planta, tiende a crecer continuamente si no se le poda,llega esa pátina dorada hasta cubrirnos la cabeza, el hacer tareas aburridas y repetitivas, siendo impecables hace que la comida del foráneo se vuelva insípida y hasta desagradable, así, al no comer, nuestra energía cognitiva se va recuperando poco a poco.

¿Y qué se vé por primera vez? Como siempre estamos rodeado de gente (rara vez estaríamos rodeados de leones).

Vemos gente, la gente son como esferas, más o menos simétricas o incluso alargadas, son luces fatuas, con textura y si tenemos suficiente energía congitiva podemos encontrar infinidad de objetos establecidos en el interior de cada esfera. Vemos líneas, rayaduras y estructuras por doquier, pues, al parecer, la consciencia es toda esa energía que lo impregna todo en el universo. Si no mantienes la compostura, la visión se emborrona y desaparece, pero es cierto que cuando uno se dispone a ver, todo se vuelve completamente negro y muy opaco.

Lo que yo no he experimentado es que me sea familiar esta nueva percepción, Castaneda se extraña de que al parecer, durante toda su vida ha visto, pero no ha sido consciente de ello. Yo he visto cuando he visto, en momentos concretos de mi vida, pero no de manera habitual. La primera vez que ví, fue a los 18 años de edad, y a partir de ahí, veía varias veces en el año, algunas veces pude controlar y otras no. Generalmente me sucedían en periodos concretos del año, durante el «hisenko», el otoño y principios de invierno, aunque mi despertar fue un mes de Julio de 1982, en pleno verano y en la playa.