Al volver a casa me vi una vez más ante la tarea de organizar mis notas de campo. Lo que don Juan y don Genaro me hicieron experimentar ganaba aun más en poder de conmoción conforme recapitulaba lo sucedido.
Noté, sin embargo, que mi acostumbrada reacción de entregarme meses enteros al desconcierto o al pavor por lo que había atravesado, no era tan intensa como antes.
Varias veces intenté deliberadamente concentrar mis sentimientos, en vez de centrarme en especulaciones e incluso en autocompasión; pero algo faltaba. Tuve asimismo la intención de anotar cierto número de preguntas que haría a don Juan, a don Genaro y hasta a Pablito. El proyecto fracasó antes de iniciarse. Había en mí algo que me impedía entrar en un estado de inquisición o perplejidad.
No me propuse volver con don Juan y don Genaro, pero tampoco rehuía la posibilidad. Un buen día, sin premeditación alguna por mi parte, sentí simplemente que era tiempo de ir a verlos.
En el pasado, cada vez que me disponía a salir rumbo a México, tenía la sensación de que había miles de preguntas importantes y urgentes que deseaba plantear a don Juan; esta vez mi mente se encontraba en blanco. Era como si, después de trabajar en mis notas, me hubiera deshecho del pasado y estuviese listo para el aquí y el ahora del mundo de don Juan y don Genaro.
Sólo tuve que esperar unas cuantas horas antes de que don Juan me encontrara en el mercado de un pequeño pueblo, en las montañas de México central. Me saludó con gran afecto e hizo una sugerencia casual. Dijo que antes de llegar a casa de don Genaro le gustaría visitar a los aprendices de éste, Pablito y Néstor: Cuando dejamos la carretera me dijo que vigilara con atención por si había algo fuera de lo común al lado del camino o en el camino mismo. Le pedí darme pistas más precisas al respecto.
-No puedo -respondió-. El nagual no necesita pistas precisas.
Disminuí la velocidad en reacción automática a su réplica. Rió y con un ademán me instó a seguir manejando.
Al acercarnos al pueblo donde Pablito y Néstor vivían, don Juan me hizo detener el coche. Movió imperceptiblemente la barbilla, señalando un grupo dé peñascos no muy grandes al lado izquierdo del camino.
-Ahí está el nagual -dijo en un susurro.
No había nadie en las cercanías. Yo había esperado ver a don Genaro. Miré de nuevo los peñascos y luego escudriñé el área circundante. Nada a la vista. Esforcé los ojos por discernir cualquier cosa: un animal pequeño, un insecto, una sombra, una configuración extraña en las rocas, cualquier cosa fuera de lo común. Tras un momento desistí y me volví a encararar a don Juan. Él sostuvo sin sonreír mi mirada interrogante y luego empujó suavemente mi brazo con el dorso de su mano para hacerme mirar de nuevo los peñascos. Obedecí; luego don Juan bajó del coche y me dijo que lo siguiera para examinarlos.
Ascendimos lentamente una pendiente suave durante sesenta o setenta metros, hasta llegar a la base de las rocas. Don Juan se detuvo allí un momento y me susurró en el oído derecho que el nagual me esperaba en ese mismo sitio. Le dije que, por más que me esforzaba, no podía discernir sino las rocas y unos mechones de hierba y algunos cactos. Insistió, sin embargo, en que el nagual se hallaba allí, esperándome.
Me ordenó tomar asiento, suspender mi diálogo interno y mantener los ojos sin enfocar, en la cima de los peñascos. Sentado junto a mí, acercó la boca a mi oído derecho y susurró que el nagual me había visto, que estaba allí aunque yo no pudiera visualizarlo, y que mi problema era simplemente la incapacidad de suspender por entero el diálogo interno. Oí cada una de sus palabras en un estado de silencio interior. Entendía todo y sin embargo no podía responder; el esfuerzo necesario para pensar y hablar excedía lo posible. Mis reacciones a sus comentarios no fueron pensamientos propiamente dichos sino más bien unidades completas de sentimiento, las cuales tenían todas las implicaciones de significado que suelo asociar con el pensamiento.
Susurró que era muy difícil emprender por uno mismo el camino hacia el nagual, y que yo había tenido en verdad una gran suerte al ser iniciado por la polilla y su canción. Dijo que, manteniendo el recuerdo del "llamado de la polilla", yo podía hacerlo volver en mi ayuda.
Tal vez sus palabras eran una sugerencia avasalladora, o bien rememoré aquel fenómeno perceptual que él llamaba el "llamado de la polilla", pues apenas hubo susurrado esas palabras, el extraordinario borboteo se hizo audible. Su riqueza tonal me hizo sentir dentro de una cámara de ecos. Al crecer el ruido en volumen o proximidad, detecté también, en un estado de entresueño, que algo se movía encima de los peñascos.
El movimiento me produjo un susto tan intenso que de inmediato recobré mi claridad de conciencia. Mis ojos se enfocaron en los peñascos. ¡Don Genaro estaba sentado en uno de ellos! Sus pies pendían, y con los talones martillaba la roca, produciendo un sonido rítmico que parecía sincronizado con el "llamado de la polilla".
Sonrió y agitó la mano saludándome. Quise pensar racionalmente, Tuve la sensación, el deseo de averiguar cómo llegó él allí, o cómo lo vi en ese sitio, pero no podía convocar a mi razón en modo alguno. Lo único posible, bajo las circunstancias, era mirarlo ahí sentado, sonriente, agitando la mano.
Tras un instante pareció disponerse a bajar deslizándose por el redondeado peñasco. Lo vi tensar las piernas, preparar los pies para aterrizar en el duro suelo, y arquear la espalda, hasta casi tocar la superficie de la roca, con el fin de ganar impulso de deslizamiento. Pero a medio descenso su cuerpo se detuvo. Tuve la impresión de que se había atorado. Pataleó dos o tres veces con ambas piernas como si flotara en el agua. Parecía querer soltarse de algo que lo tenía asido por el asiento de sus pantalones. Frenéticamente se frotó con ambas manos las caderas. Me daba la impresión de hallarse dolorosamente atrapado. Quise correr a ayudarlo, pero don Juan me retuvo por el brazo y lo oí decir, medio ahogado de risa:
-¡Obsérvalo! ¡Obsérvalo!
Don Genaro pataleó, contrajo el cuerpo y se retorció de lado a lado como si aflojara un clavo; luego oí un fuerte sonido y se deslizó, o fue arrojado, hasta donde don Juan y yo nos hallábamos.
Aterrizó de pie, a metro y medio de mí. Se frotó las nalgas y saltó repetidas veces en una danza de dolor, gritando obscenidades.
-La piedra no quería dejarme ir y me agarró por el culo -me dijo en tono de mansedumbre.
Experimenté una sensación de alegría sin igual. Reí con fuerza. Noté que mi regocijo era equiparable a mi claridad mental. Me hallaba sumergido en un estado de gran perceptividad. Todo cuanto me rodeaba era claro y cristalino. Antes había estado soñoliento o distraído a causa de mi silencio interno. Pero luego, algo en la súbita aparición de don Genaro había creado un estado de suma lucidez.
Don Genaro continuó frotándose las nalgas y saltando durante un rato más; luego cojeó hasta mi coche, abrió la puerta y subió con dificultad al asiento trasero.
Automáticamente me volví para hablar con don Juan. No lo vi en ninguna parte. Empecé a llamarlo en voz alta. Don Genaro salió del coche y se puso a correr en círculos, gritando también el nombre de don Juan en un tono chillón y frenético. Sólo entonces, al observarlo, me di cuenta de que me remedaba. Yo había tenido tal ataque de miedo al verme a solas con don Genaro, que inconscientemente corrí tres o cuatro veces en torno al coche, gritando el nombre de don Juan.
Don Genaro dijo que teníamos que recoger a Pablito y Néstor, y que don Juan nos estaría esperando en algún punto del camino.
Habiendo superado mi susto inicial, le dije que me alegraba de verlo. Hizo bromas sobre mi reacción. Dijo que don Juan no era como un padre para mí, sino más bien como una madre. Hilvanó graciosas observaciones y juegos de palabras sobre "madres". Yo reía tanto que no me había dado cuenta de que habíamos llegado a casa de Pablito. Don Genaro me indicó parar y bajó del coche.
Pablito estaba parado junto a la puerta de su casa. Vino corriendo y subió en el coche para sentarse a mi lado.
-Vamos por Néstor -dijo como si tuviera prisa.
Me volví en busca de don Genaro. No estaba. Pablito, en tono suplicante, me instó a apresurarme.
Fuimos a casa de Néstor. También él esperaba junto a la puerta. Bajamos del coche. Sentí que los dos sabían qué cosa pasaba.
-¿A dónde vamos? -pregunté.
-¿No te dijo Genaro? -preguntó a su vez Pablito, incrédulo.
Les aseguré que ni don Juan ni don Genaro me habían mencionado nada.
-Vamos a un sitio de poder -dijo Pablito.
-¿Qué vamos a hacer allí? -pregunté.
Ambos dijeron al unísono que no sabían. Néstor añadió que don Genaro le había dicho que me guiara al sitio.
-¿Veniste de casa de Genaro? -preguntó Pablito.
Repuse que había estado con don Juan y que hallamos a don Genaro en el camino y don Juan me dejó con él.
-¿A dónde fue don Genaro? -pregunté a Pablito.
Pero Pablito no supo de qué hablaba. No había visto a don Genaro en mi coche.
-Fue conmigo a tu casa -dijo.
-Creo que traías al nagual en tu coche -dijo Néstor, asustado.
No quiso ir en la parte trasera y se hizo caber junto a Pablito y a mí en el asiento de adelante.
Viajamos en silencio, a excepción de las breves órdenes que Néstor daba para indicar el camino.
Quise pensar en los sucesos de esa mañana, pero de algún modo sabía que cualquier intento de explicarlos era una infructuosa entrega por mi parte. Traté de trabar conversación con Néstor y Pablito; dijeron que dentro del coche iban demasiado nerviosos y no podían hablar. Disfruté su cándida respuesta y no los presioné.
Más de una hora después, dejamos el coche en un ramal y ascendimos la ladera de una abrupta de una montaña. Caminamos en silencio otra hora o algo así, con Néstor a la cabeza, y nos detuvimos al pie de un enorme acantilado, casi vertical, de unos sesenta metros de altura. Con ojos entrecerrados.
Néstor escudriñó el suelo, buscando un sitio adecuado donde sentarnos. Tuve la penosa conciencia de que se conducía con torpeza. Pablito, que se hallaba junto a mí, pareció varias veces a punto de adelantarse y corregirlo, pero se contenía y se relajaba. Finalmente, tras un titubeo momentáneo, Néstor eligió un sitio. Pablito suspiró aliviado. Supe que el sitio elegido por Néstor era el correcto, pero ignoraba cómo lo supe. Me envolví en el seudoproblema de imaginar qué sitio habría yo escogido de haber ido guiándolos. Pablito, obviamente, se daba cuenta de lo que yo hacía.
-No puedes hacer eso -me susurró.
Reí apenado, como si me hubiera sorprendido en algún acto ilícito. Riendo, Pablito dijo que don Genaro siempre caminaba con ellos dos por las montañas y los turnaba en el papel de guía; así, él sabía que no había manera de imaginar cuál habría sido la propia elección.
-Genaro dice que la razón por la que uno no puede hacer eso, es porque sólo hay decisiones bien hechas o decisiones mal hechas. Si es una decisión mal hecha tu cuerpo lo sabe, y también el cuerpo de los demás; pero si es una decisión bien hecha, el cuerpo lo sabe y descansa y se olvida rapidísimo de que hubo una decisión. Vuelves a cargar tu cuerpo, ves, como una escopeta, para la siguiente decisión. Si quieres usar otra vez tu cuerpo para hacer la misma decisión, no funciona.
Néstor me miró; aparentemente le daba curiosidad el que yo tomase notas. Asintió como para secundar a Pablito y luego sonrió por vez primera. Dos de sus dientes superiores estaban chuecos.
Pablito explicó que Néstor no era malo ni sombrío; sus dientes le hacían pasar vergüenza y ésa era la razón de que nunca sonriera. Néstor rió, tapándose la boca. Le dije que podía mandarlo con un dentista para que le enderezara los dientes. Creyeron que mi sugerencia era un chiste y rieron como niños.
-Genaro dice que él solo tiene que vencer la vergüenza dijo Pablito-. Además, Genaro dice que tiene suerte; mientras que todo el mundo muerde del mismo modo, Néstor puede partir un hueso a lo largo con sus dientotes chuecos, y si te muerde un dedo te puede hacer un agujero, como un clavo.
Néstor abrió la boca y me enseñó los dientes. El incisivo y el canino izquierdos habían crecido de lado. Entrechocó los dientes, haciéndolos sonar, y gruñó como un perro. Fingió dos o tres tarascadas en mi dirección. Pablito rió.
Yo nunca había visto a Néstor tan contento. Las pocas veces que estuve antes con él, me daba la impresión de ser un hombre de edad madura. Mirándolo allí sentado, sonriendo con sus dientes chuecos, me maravilló su apariencia juvenil. Parecía tener poco más de veinte años.
Pablito nuevamente leyó a la perfección mis pensamientos.
-Está perdiendo la importancia -dijo-. Por eso se ve más joven.
Néstor asintió y, sin decir palabra, soltó un sonoro pedo. Sobresaltado, dejé caer mi lápiz.
Pablito y Néstor casi se mueren de risa. Cuando se hubieron calmado, Néstor vino a mi lado y me mostró un aparato hecho en casa, que producía un sonido peculiar al ser aplastado con la mano.
Explicó que don Genaro le había enseñado a hacerlo. Tenía un fuelle diminuto, y el vibrador podía ser cualquier clase de hoja que se colocara en una ranura entre las dos piezas de madera que eran los compresores. Néstor dijo que el tipo de sonido producido dependía de la hoja que se usara como vibrador. Quiso que lo probara y me mostró cómo aplastar los compresores para producir cierto sonido, y cómo abrirlos para producir otro.
-¿Para qué te sirve? -pregunté.
Ambos cruzaron una mirada.
-Es su cazador de espíritus, pendejo -dijo Pablito, cortante.
Su tono era malhumorado, pero sonreía amistosamente. Ambos eran una mezcla extraña e inquietante de don Genaro y don Juan.
Me absorbió un horrible pensamiento. ¿Estaban don Juan y don Genaro jugándome una treta?
Tuve un momento de supremo terror. Pero algo cedió dentro de mi estómago e inmediatamente me calmé de nuevo. Supe que Pablito y Néstor usaban a don Genaro y don Juan como modelos de conducta. Yo mismo había descubierto que cada vez me portaba más como ellos.
Pablito dijo que Néstor era afortunado por tener un cazador de espíritus y que él mismo carecía
de uno.
-¿Qué vamos a hacer aquí? -pregunté a Pablito.
Néstor respondió como si me hubiera dirigido a él.
-Genaro me dijo que esperáramos aquí, y que mientras esperamos debemos reírnos y divertirnos -dijo.
-¿Cuánto crees que tendremos que esperar? -pregunté.
No respondió; meneó la cabeza y miró a Pablito como preguntándole a él.
-Yo tampoco sé -dijo Pablito.
Iniciamos entonces una animada conversación sobre las hermanas de Pablito, que duró hasta que Néstor, bromeando, dijo que la mayor tenía una mirada tan maligna que mataba los piojos con sólo verlos. Pablito, -añadió- le tenía miedo porque era tan fuerte que una vez, en un arrebato de ira, le arrancó un puñado de cabellos como quien despluma a un pollo.
Pablito concedió que su hermana mayor había sido una bestia, pero que el nagual la había metido en cintura. Cuando me contó la historia, me di cuenta de que Pablito y Néstor nunca mencionaban el nombre de don Juan, sino que se referían a él como el nagual. Al parecer, don Juan había intervenido en la vida de Pablito para obligar a todas sus hermanas a llevar una vida más armoniosa. Pablito dijo que, cuando el nagual acabó con ellas, quedaron hechas unas santas.
La conversación duró hasta después que se había puesto el sol. Néstor la interrumpió súbitamente y quiso saber qué hacía yo con mis notas. Les expliqué mi trabajo. Tuve la extraña sensación de que se interesaban verdaderamente en lo que yo decía, y terminé hablando de antropología y filosofía. Me sentí ridículo y quise parar, pero me hallaba inmerso en mi explicación e incapaz de interrumpirla. Tuve la sensación inquietante de que los dos, como equipo, me forzaban de alguna manera a ese largo discurso. Tenían los ojos fijos en mí. No parecían aburridos ni cansados.
Me encontraba a la mitad de un comentario cuando oí el leve sonido del "llamado de la polilla".
Mi cuerpo se tensó y mi frase quedó inconclusa.
-El nagual está aquí -dije maquinalmente.
Néstor y Pablito cruzaron una mirada que me pareció de terror puro y, saltando a mi lado, me flanquearon. Tenían la boca abierta. Parecían niños asustados.
Tuve entonces una inconcebible experiencia sensorial. Mi oreja izquierda empezó amoverse. Sentí como si se agitara por sí sola. Prácticamente volteó mi cabeza en un semicírculo, hasta que me hallé encarando lo que creía el oriente. Mi cabeza se inclinó levemente a la derecha; en esa posición me era posible detectar el rico sonido barbotante del "llamado de la polilla". Sonaba lejano, hacia el noreste. Una vez que establecí la dirección, mi oído registró una increíble cantidad de sonidos.
Sin embargo, yo no tenía manera de saber si eran recuerdos de sonidos escuchados antes, o sonidos reales que se producían en esos momentos.
El sitio en que nos hallábamos era la áspera ladera occidental de una cordillera. Hacia el noreste había arboledas y conglomerados de arbustos montañeses. Mi oído pareció captar el sonido de algo pesado que se movía sobre las rocas, procedente de esa dirección.
Néstor y Pablito respondían a mis acciones, o bien escuchaban los mismos sonidos. Me habría gustado preguntárselos, pero no me atrevía; o tal vez me era imposible interrumpir mi concentración.
Cuando el sonido se hizo más fuerte y más próximo, Néstor y Pablito se acurrucaron contra mis flancos. Néstor parecía el más afectado; su cuerpo temblaba fuera de control. En determinado momento, mi brazo izquierdo empezó a sacudirse; se alzó sin volición mía hasta que estuvo casi al nivel de mi rostro, y luego señaló un área de arbustos. Oí un sonido vibratorio o un rugido; era un sonido familiar para mí. Lo había oído años antes bajo la influencia de una planta psicotrópica.
Discerní en los arbustos una gigantesca figura negra. Era como si los arbustos mismos se hubieran oscurecido gradualmente hasta producir una ominosa negrura. No tenía forma definida pero se movía. Parecía alentar. Oí un chillido escalofriante, que se mezcló a los gritos aterrados de Néstor y Pablito; y los arbustos, o la masa negra en la que se habían trocado, volaron hacia nosotros.
No pude mantener la ecuanimidad. De algún modo, algo en mí cedió. La masa se cirnió sobre nosotros, y luego nos tragó. La luz en torno se hizo opaca. Era como si el sol se hubiese ocultado. O como si de pronto llegara el crepúsculo. Serio las cabezas de Néstor y Pablito bajo mis axilas; hice bajar los brazos -en un inconsciente movimiento protector- y caí, girando hacia atrás.
Pero no llegué a tocar el suelo rocoso, pues un instante después me hallé de pie flanqueado por Pablito y Néstor. Ambos, aunque más altos que yo, parecían haberse encogido; con las piernas y la espalda arqueadas, disminuían su estatura al grado de caber bajo mis brazos.
Don Juan y don Genaro estaban de pie frente a nosotros. Los ojos de don Genaro brillaban como los de un felino en la noche. Los ojos de don Juan tenían el mismo brillo. Yo nunca había visto así a don Juan. Era en verdad imponente. Más aun que don Genaro. Se veía más joven y más fuerte que de costumbre. Mirando a los dos, tuve el sentimiento enloquecedor de que no eran hombres como yo.
Pablito y Néstor gemían quedamente. Entonces don Genaro dijo que éramos la imagen de la Trinidad. Yo era el Padre, Pablito el Hijo y Néstor el Espíritu Santo. Don Juan y don Genaro rieron en tono resonante. Pablito y Néstor sonrieron mansamente.
Don Genaro dijo que debíamos desenredarnos, porque los abrazos sólo eran permisibles entre hombres y mujeres, o entre un hombre y su burro.
Noté entonces que me hallaba en el mismo sitio que antes; obviamente, no había girado hacia atrás, como me pareció.
De hecho, Néstor y Pablito estaban también en los mismos sitios.
Don Genaro hizo un seña con la cabeza a Pablito y Néstor. Don Juan me indicó seguirlos. Néstor tomó la guía y me señaló un sitio donde sentarme, y otro para Pablito. Formamos una línea recta, a unos cincuenta metros del sitio donde don Juan y don Genaro se erguían inmóviles al pie del acantilado. Mis ojos, fijos en ellos, se desenfocaron involuntariamente. Supe que bizqueaba, pues veía cuatro personas. Luego la imagen de don Juan en el ojo izquierdo se superpuso a la de don Genaro en el derecho; el resultado de la fusión fue un ser iridiscente parado entre don Juan y don Genaro. No era un hombre como suelo verlos. Más bien era una bola de fuego blanco, cubierta por algo como fibras de luz. Sacudí la cabeza; se disipó la doble imagen, y sin embargo persistió la visión de don Juan y don Genaro como seres luminosos. Yo veía dos extraños objetos alargados, hechos de luz. Parecían balones blancos, iridiscentes, con fibras, y las fibras tenían luz propia.
Los dos seres luminosos se estremecieron; vi temblar sus fibras, y luego desaparecieron como una exhalación. Los jaló un largo filamento, un hilo de araña que parecía surgido de la cima del acantilado. La sensación que tuve fue la de que un largo rayo de luz, o una línea luminosa, había bajado de la roca para alzarlos. Percibí la secuencia con los ojos y con el cuerpo.
También podía advertir enormes disparidades en mi modo de percepción, pero me resultaba imposible especular sobre ellas como ordinariamente habría hecho. Así, tenía conciencia de estar mirando directamente hacia la base del acantilado, y sin embargo veía a don Juan y don Genaro en la cima, como si hubiese alzado la cara en un ángulo de cuarenta y cinco grados.
Quise tener miedo, acaso cubrirme el rostro y llorar, o hacer cualquier otra cosa dentro de mi gama normal de reacciones. Pero parecía hallarme trabado. Mis deseos no eran pensamientos, tal como los conozco; por tanto, no podían evocar la respuesta emocional que yo estaba acostumbrado a despertar en mí mismo.
Don Juan y don Genaro se desplomaron al suelo. Sentí que lo habían hecho a juzgar por la consumante sensación de caída que experimenté en el estómago.
Don Genaro permaneció donde había aterrizado, pero don Juan vino a nosotros y tomó asiento detrás de mí, a mi derecha. Néstor se agazapaba con las piernas contra el estómago; reposaba la barbilla en las palmas de las manos; sus antebrazos, apoyados contra los muslos, servían de soporte. Pablito estaba sentado con el cuerpo ligeramente hacia adelante y las manos contra el estómago. Advertí entonces que yo había cruzado los antebrazos sobre la región umbilical, y que asía la piel de mis flancos. Me había agarrado con tal fuerza que tenía los flancos adoloridos.
Don Juan habló en un murmullo seco, dirigiéndose a todos nosotros.
-Deben fijar la vista en el nagual -dijo-. Todos los pensamientos y las palabras deben borrarse.
Lo repitió cinco o seis veces. Su voz era extraña, desconocida para mí; me daba la sensación concreta de las escamas en la piel de una lagartija. Este símil era un sentimiento, no un pensamiento consciente. Cada una de sus palabras se desprendía como una escama; tenían un ritmo extraño; eran ahogadas, secas, como una tos suave; un murmullo rítmico hecho mando.
Don Genaro estaba inmóvil. Al mirarlo no pude mantener mi conversión de imagen, y crucé los ojos involuntariamente. Entonces volví a notar una extraña luminosidad en el cuerpo de don Genaro. Mis ojos empezaban a cerrarse, o a rasgarse. Don Juan acudió a mi rescate. Lo oí dar la orden de no cruzar los ojos. Sentí un golpe suave en la cabeza. Al parecer me había pegado con una piedrecilla. Vi la piedra rebotar un par de veces sobre las rocas cercanas. También debe haber golpeado a Néstor y a Pablito; oí el rebote de otras piedras en las rocas.
Don Genaro adoptó una extraña postura de danza. Dobló las rodillas, extendió los brazos a los lados, estiró los dedos. Parecía a punto de girar; de hecho, dio una media vuelta y luego fue jalado hacia arriba. Tuve la clara percepción de que el hilo de una oruga gigante había alzado su cuerpo hasta la cima del acantilado. Mi percepción del movimiento ascendente fue una extraña mezcla de sensaciones visuales y corpóreas. Medio vi, medio sentí su vuelo vertical. Había algo que se veía o se sentía como una línea o un hilo casi imperceptible de luz, y que lo jalaba. No presencié su vuelo en el sentido en el que seguiría con los ojos a un ave. No hubo secuencia lineal en el movimiento.
No tuve que alzar la cabeza para mantenerlo dentro de mi campo visual. Vi la línea jalarlo, luego sentí su movimiento en mi cuerpo, o con mi cuerpo; y en el instante siguiente se hallaba encima del acantilado, a decenas de metros de altura.
Tras unos minutos se desplomó. Sentí su Caída y gruñí involuntariamente.
Don Genaro repitió su hazaña tres veces más. En cada ocasión, mi percepción se entonó. Durante su último salto, pude claramente distinguir, una serie de líneas que emanaban de su parte media, y supe cuándo estaba a punto de ascender y descender, juzgando por la forma en que las líneas de su cuerpo se movían. Cuando estaba a punto de saltar hacia arriba, las líneas se tendían en esa dirección; al contrario, cuando se disponía a saltar hacia abajo, las líneas se tendían hacia afuera y en descenso.
Después de su cuarto salto, don Genaro vino a nosotros y tomó asiento detrás de Pablito y Néstor. Luego don Juan pasó al frente y se paró donde don Genaro estuvo. Quedó inmóvil un rato.
Don Genaro dio breves instrucciones a Pablito y Néstor. No entendí lo que había dicho. Mirándolos, vi que cada uno recogía una piedra y la colocaba contra su región umbilical. Me preguntaba si yo también debía hacerlo, cuando don Genaro me dijo que la precaución no se aplicaba en mi caso, pero que sin embargo tuviera una piedra a la mano, por si me enfermaba. Echó hacia adelante la quijada para indicarme mirar a don Juan Y luego dijo algo ininteligible; lo repitió y, aunque no comprendí las palabras, supe qué era más o menos la misma fórmula que don Juan había pronunciado. Las palabras no importaban en realidad; era, el ritmo, la sequedad del tono, la cualidad de tosido. Tuve la certeza de que el lenguaje empleado por don Genaro, fuera el que fuese, resultaba más adecuado que el español para el ritmo en staccato. Don Juan hizo exactamente lo que don Genaro había hecho en un principio, pero luego, en vez de saltar hacia arriba, giró como un gimnasta sobre su propio eje. En mi semiconciencia, esperé que aterrizara de nuevo sobre sus pies. Nunca lo hizo. Su cuerpo siguió dando vueltas a poca distancia del suelo. Los círculos eran muy rápidos al principio, luego se hicieron más lentos. Desde donde me hallaba, pude ver que el cuerpo de don Juan colgaba, como el de don Genaro, de un hilo de luz. Giraba despacio como para permitirnos verlo con detenimiento. Luego empezó a ascender; ganó altura hasta alcanzar la cima del acantilado.
Flotaba como carente de peso. Sus vueltas despaciosas evocaban la imagen de un astronauta en el espacio, en estado de ingravidez.
Me mareé al observarlo. Mi sensación de malestar pareció darle impulso; empezó a girar con mayor rapidez. Se apartó del acantilado y, conforme ganaba velocidad, me enfermé verdaderamente. Cogí la piedra y la puse sobre mi estómago. La apreté contra mi cuerpo lo más que pude. Su contacto me calmó un poco. La acción de tomar la piedra y apretarla me había permitido un descanso momentáneo. Aunque no aparté los ojos de don Juan, mi concentración seinterrumpió. Antes de procurar la piedra sentía que la velocidad ganada por el cuerpo flotante emborronaba su forma; parecía un disco giratorio y luego una luz en rotación. Cuando tuve la roca contra el cuerpo, su velocidad menguó; parecía un sombrero flotando en el aire, un volador que oscilaba hacia adelante y hacia atrás.
El movimiento del volador fue todavía más perturbador. Mi malestar se hizo incontrolable. Oí un aletear de pájaro, y tras un momento de incertidumbre supe que el acontecimiento había concluido.
Me sentía tan enfermo y exhausto que me eché a dormir. Debo haber dormitado un rato. Abrí los ojos cuando alguien sacudió mi brazo. Era Pablito. En tono frenético, me decía que no podía dormirme, pues si lo hacía todos moriríamos. Insistió en que debíamos irnos en el acto, aunque fuera a gatas.
También él parecía físicamente exhausto. De hecho, tuve la idea de que pasáramos allí la noche. El prospecto de caminar a oscuras hasta el coche me parecía espantoso. Traté de convencer a Pablito, cuyo frenesí crecía. Néstor se hallaba tan mal que la indiferencia lo dominaba.
Pablito se sentó, desesperado por entero. Hice un esfuerzo por organizar mis ideas. Ya había oscurecido, aunque todavía había suficiente luz para discernir las rocas en torno. La quietud era exquisita y confortante. Yo disfrutaba sin reservas el momento, pero de pronto mi cuerpo saltó; oí el sonido distante de una rama quebrada. Maquinalmente encaré a Pablito. Él parecía saber lo que me ocurría. Tomamos a Néstor por los sobacos y lo levantamos. Corrimos, arrastrándolo. Al parecer sólo él conocía el camino. Nos daba breves órdenes de tiempo en tiempo.
Yo no me preocupaba por lo que hacíamos: Enfocaba mi atención en mi oído izquierdo, que parecía ser una unidad independiente del resto de mi persona. Algún sentimiento me forzaba a detenerme cada determinado tramo para reconocer el entorno con mi oído. Sabia que algo iba siguiéndonos. Era algo masivo; aplastaba las piedras al avanzar.
Néstor recobró en cierta medida la compostura y caminó por sí mismo, asiendo ocasionalmente el brazo de Pablito.
Llegamos a una arboleda. La oscuridad era ya total. Oí un sonido repentino y extremadamente fuerte. Era como el chasquido de un látigo monstruoso que azotara la copa de los árboles. Sentí sobre nuestras cabezas el escarceo de una ola de alguna especie.
Pablito y Néstor gritaron y salieron de allí a toda velocidad. Quise detenerlos. No estaba seguro de poder correr en las tinieblas. Pero en aquel instante oí y sentí una serie de pesadas exhalaciones justamente atrás de mí. El susto fue indescriptible.
Los tres corrimos juntos hasta llegar al coche. Néstor nos guió en alguna forma desconocida. Pensé dejarlos en sus casas e irme a un hotel en el pueblo. No habría ido a casa de don Genaro por nada del mundo. Pero Néstor no quería dejar el coche, ni Pablito ni yo tampoco. Terminamos en casa de Pablito. Mandó a Néstor a comprar cerveza y refrescos de cola mientras su madre y sus hermanas nos preparaban de comer. Néstor, bromeando; preguntó si la hermana mayor no lo acompañaría, por si acaso lo atacaran perros o borrachos. Pablito rió y me dijo que le habían confiado a Néstor.
-¿Quién te lo confió? -pregunté.
-¡El poder, por supuesto! -repuso-. En otro tiempo Néstor era mayor que yo, pero Genaro le hizo algo y ahora es mucho más joven. Tú te diste cuenta, ¿no?
-¿Qué le hizo don Genaro? -pregunté.
-Ya sabes, lo volvió niño otra vez. Era demasiado importante y pesado. Ya se habría muerto si no lo vuelven más joven.
Había en Pablito algo verdaderamente cándido y encantador. La sencillez de su explicación me avasallaba. Néstor había en verdad rejuvenecido; no sólo se veía más joven, sino que actuaba como un niño inocente. Supe sin la menor duda que así se sentía.
-Yo lo cuido -prosiguió Pablito-. Genaro dice que es un honor cuidar a un guerrero. Néstor es un magnífico guerrero.
Sus ojos brillaban, como los de don Genaro. Me dio vigorosas palmadas en la espalda y rió.
-Deséale el bien, Carlitos -dijo-. Deséale el bien.
Me sentía muy fatigado. Tuve un extraño brote de tristeza alegre. Le dije que venía de un sitio donde rara vez, si acaso, se deseaba el bien.
-Yo lo sé -dijo-. Lo mismo me pasaba a mí. Pero ahora soy un guerrero y ya puedo desear el bien.

