Don Juan me despertó al rayar el alba. Me dio un guaje lleno de agua y una bolsa de carne seca.
Caminamos en silencio unos tres kilómetros hasta el sitio donde yo había dejado el coche dos días antes.
-Este viaje es nuestro último viaje juntos -dijo con voz tranquila cuando llegamos al auto.
Sentí una brusca sacudida en el estómago. Supe a qué se refería.
Se reclinó contra el parachoques trasero mientras yo abría la portezuela del lado derecho, y me miró con un sentimiento que nunca antes había traslucido en sus ojos. Subimos en el coche, pero antes de que yo encendiera el motor, don Juan hizo algunas oscuras observaciones que también entendí a la perfección; dijo que teníamos unos cuantos minutos para estar sentados en el coche y tocar algunos sentimientos muy personales y punzantes.
Permanecí sentado en calma, pero mi espíritu se hallaba inquieto. Quise decirle algo a don Juan, algo que me apaciguara. Busqué en vano las palabras adecuadas, la fórmula que habría expresado aquello que yo "sabía" sin que me lo dijeran.
Don Juan habló de un niño que yo conocí una vez, y de cómo mis sentimientos hacia él no cambiarían con los años ni con la distancia. Declaró su certeza de que cada vez que yo pensaba en ese niño mi espíritu saltaba de alegría y, sin rastro de egoísmo ni mezquindad, le deseaba lo mejor.
Me recordó una historia que en otra ocasión le narré acerca del niño, una historia que le gustaba y en la que había encontrado un significado profundo. Durante una de nuestras caminatas por las montañas cercanas a Los Ángeles, el niño se cansó de caminar y yo lo llevé montado en mis hombros. Una oleada de felicidad intensa nos envolvió entonces, y el niño gritó su agradecimiento al sol y a las montañas.
-Ésa era su manera de decirte adiós -dijo don Juan.
Sentí en la garganta el aguijón de la angustia.
-Hay muchas maneras de decir adiós -continuó-. Acaso la mejor es sostener un recuerdo especial de alegría. Por ejemplo, si vives como guerrero, el calor que sentiste cuando llevabas en hombros al niño será fresco y cortante durante todo el tiempo que vivas. Ésa es la manera en que un guerrero dice adiós.
Encendí apresuradamente el motor, y manejé más rápido que de costumbre sobre el duro terreno rocoso, hasta que llegamos a la carretera sin pavimentar.
Seguimos en coche una corta distancia y recorrimos a pie el resto del camino. Cosa de una hora después, llegamos a una arboleda. Don Genaro, Pablito y Néstor nos aguardaban, allí. Los saludé.
Todos se veían felices y vigorosos. Al contemplarlos, a ellos y a don Juan, me inundó un sentimiento de profunda empatía. Don Genaro me abrazó y me dio palmadas afectuosas en la espalda. Dijo a Néstor y a Pablito que yo me había desempeñado muy bien al saltar al fondo de una cañada. Con la mano todavía en mi hombro, se dirigió a ellos en voz alta.
-Sí, señor -dijo mirándolos-. Yo soy su benefactor y sé que eso fue lo mejor que ha hecho hasta hoy. Le costó años de vivir como guerrero.
Se volvió hacia mí y puso su otra mano en mi hombro. Sus ojos relucían apaciblemente.
-No hay otro modo de decirlo, Carlitos -dijo, pronunciando despacio las palabras-. Excepto que tenías cantidades de caca en las tripas.
Con lo cual, él y don Juan aullaron de risa hasta que parecían a punto de desmayarse. Pablito y Néstor soltaron risitas nerviosas, sin saber exactamente qué hacer.
Cuando don Juan y don Genaro se hubieron calmado, Pablito me dijo que estaba inseguro de su capacidad para entrar solo en lo "desconocido".
-En realidad no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo -dijo-. Genaro dice que uno no necesita nada más que impecabilidad. ¿Qué piensas tú?
Le contesté que yo sabia incluso menos que él. Néstor suspiró; parecía seriamente preocupado.
Movía nerviosamente las manos y la boca como si estuviera a punto de decir algo importante y no hallara el modo.
-Genaro dice que a ustedes dos les va a ir bien -dijo por fin.
Don Genaro hizo un ademán para indicar que nos íbamos. Él y don Juan caminaron juntos, unos metros por delante de nosotros. Casi todo el día seguimos el mismo sendero montañés. Todos llevábamos una provisión de carne seca y un guaje de agua, y se entendía que comeríamos sobre la marcha. En cierto punto, el sendero se convirtió definitivamente en un camino. Se curvaba para rodear una ladera; de pronto, el panorama de un valle se desplegó frente a nosotros. Era un espectáculo que cortaba el aliento: un largo valle verde resplandeciente de sol; había sobre él dos magníficos arcoíris, y retazos de lluvia sobre las colinas circundantes.
Don Juan se detuvo y adelantó la barbilla para señalar a don Genaro algo que había en el valle. Don Genaro meneó la cabeza. No era un gesto afirmativo ni negativo; era más bien una especie de respingo. Ambos quedaron inmóviles largo rato, escudriñando el valle.
Dejamos el camino y tomamos lo que parecía un atajo. Empezamos a descender por una senda más estrecha y azarosa que llevaba a la parte norte del valle.
Cuando llegamos al terreno llano, mediaba la tarde. Me vi allí envuelto en el fuerte aroma de sauces acuáticos y tierra mojada. Durante un momento la lluvia fue un suave rugido verde sobre los árboles cercanos a mi izquierda; luego se convirtió en un temblor entre los juncos. Oí la carrera de un arroyo. Miré hacia la copa de los árboles; los altos cirros en el horizonte oeste parecían bolas de algodón desparramadas en el cielo. Me quedé observando las nubes el tiempo suficiente para que todos se me adelantaran un buen trecho. Corrí en pos de ellos.
Don Juan y don Genaro se detuvieron y voltearon al unísono; sus ojos se movieron y me enfocaron con tan uniforme precisión que ambos parecían una sola persona. Fue una breve y estupenda mirada que me produjo escalofríos. Luego don Genaro rió y dijo que yo corría a trastazos, como un mexicano de cien kilos y pies planos.
-¿Por qué mexicano? -preguntó don Juan.
-Un indio de cien kilos y pies planos no corre -dijo don Genaro en tono explicativo.
-Ah -dijo don Juan como si don Genaro hubiese en realidad explicado algo.
Cruzamos el estrecho valle y trepamos a las montañas del lado este. Al acabar la tarde nos detuvimos por fin en una meseta plana y yerma que miraba a un valle alto hacia el sur. La vegetación había cambiado drásticamente. En todo el derredor había montañas redondas y erosionadas. La tierra del valle y las laderas estaba parcelada y cultivada, pero aun así toda la escena me sugería esterilidad.
El sol ya declinaba sobre el horizonte del suroeste. Don Juan y don Genaro nos llamaron al borde norte de la meseta. Desde este punto, el panorama era sublime. Había interminables valles y montañas hacia el norte, y una cordillera de altas sierras hacia el oeste. El sol reflejado en las distantes montañas del norte las hacía aparecer anaranjadas, del color de los bancos de nubes hacia occidente. Pese a su belleza, el paisaje infundía tristeza y soledad.
Don Juan me dio mi libreta, pero yo no sentía deseos de tomar notas. Nos sentamos en semicírculo, con don Juan y don Genaro en los extremos.
-Escribiendo empezaste en la senda del conocimiento, y en la misma forma terminarás -dijo don Juan.
Todos me instaron a escribir, como si ello fuera esencial.
-Estás en el mero borde, Carlitos -dijo de pronto don Genaro-. Tanto tú como Pablito.
Su voz era suave. Sin su tono de chanza, sonaba bondadosa y preocupada.
-Otros guerreros que viajaban a lo desconocido se han parado en este mismo sitio -dijo-. Todos ellos les desean el bien a ustedes dos.
Sentí un escarceo en torno mío, como si el aire hubiera sido menos sólido y algo hubiese creado una ola que lo recorría.
-Todos nosotros, los que estamos aquí, les deseamos el bien a ustedes dos -dijo.
Néstor abrazó a Pablito y a mí y luego se sentó a un lado.
-Todavía nos queda algo de tiempo -dijo don Genaro, mirando el cielo. Y luego, volviéndose hacia Néstor, preguntó
-¿Qué debemos hacer mientras tanto?
-Reír y gozar -repuso Néstor ágilmente.
Dije a don Juan que tenía pavor a lo que me aguardaba, y que ciertamente me habían llevado a ello a fuerza de engaños; yo que ni siquiera había imaginado que existieran situaciones como la que Pablito y yo vivíamos. Dije que algo en verdad imponente se había apoderado de ml, y que me había empujado poco a poco hasta llevarme a encarar algo tal vez peor que la muerte.
-Ya te estás quejando otra vez -dijo don Juan con sequedad-. Te vas a tener lástima hasta el último minuto.
Todos rieron. Don Juan tenía razón. ¡Qué impulso invencible! Y yo que creía haberlo desarraigado de mi vida. Pedí a todos que perdonaran mi idiotez.
-No te disculpes -me dijo don Juan-. Las disculpas son una idiotez. Lo que realmente importa es el ser un guerrero impecable en este inigualable sitio de poder. Este lugar ha hospedado a los mejores guerreros. Sé así como ellos de excelente.
Luego se dirigió tanto a Pablito como a mí.
-Ya ustedes saben que ésta es la última tarea en la que estaremos juntos -dijo-. Ustedes dos van a entrar en el nagual y el tonal por la sola fuerza de su poder personal. Genaro y yo estamos aquí sólo para decirles adiós. El poder ha determinado que Néstor deberá ser el testigo. Así sea.
Ésta será también la última encrucijada en que Genaro y yo los asistiremos. Una vez que hayan entrado de por sí solos en lo desconocido, no pueden depender de nosotros para que los traigamos de vuelta, de manera que se impone una decisión; deben decidir si regresar o no. Nosotros confiamos en que ustedes dos tienen fuerza para regresar si eligen hacerlo. La otra noche ustedes fueron perfectamente capaces, unidos o por separado, de quitarse de encima al aliado, que de otro modo los habría aplastado hasta matarlos. Ésa fue una prueba de sus fuerzas.
Debo añadir también que pocos guerreros sobreviven el encuentro con lo desconocido que ustedes están a punto de tener; no tanto porque sea difícil, sino porque el nagual es atrayente más allá de cuanto pueda decirse, y los guerreros que se adentran en él encuentran que el regreso al tonal, o al mundo del orden y el ruido y el dolor, es un asunto de lo más disgustante.
La decisión de quedarse o de volver la realiza algo en nosotros que no es nuestra razón ni nuestro deseo, sino nuestra voluntad, de manera que no hay forma de saber el resultado por anticipado.
Si eligen no volver, desaparecerán como si la tierra los hubiera tragado. Pero si eligen regresar a esta tierra, deben esperar como verdaderos guerreros hasta que sus tareas particulares estén cumplidas. Una vez que se cumplan, ya sea en el triunfo o en la derrota, tendrán dominio sobre la totalidad de ustedes mismos.
Don Juan hizo una pausa. Don Genaro me miró y guiñó un ojo.
-Carlitos quiere saber qué significa el tener dominio sobre la totalidad de uno mismo -dijo, y todos rieron.
Tenía razón. Bajo otras circunstancias, yo habría hecho la pregunta; sin embargo, la situación era demasiado solemne para ello.
-Significa que el guerrero ha encontrado finalmente el poder -dijo don Juan-. Nadie puede decir qué hará con él cada guerrero; tal vez ustedes dos vaguen en paz y sin nombre, en esta tierra, o quizá resulten ser dos hombres odiosos, o notables, o bondadosos. Todo eso depende de la impecabilidad y la libertad de sus espíritus.
Lo importante es, sin embargo, su tarea. Eso es el regalo que un maestro y un benefactor hacen a sus aprendices. Yo ruego porque ustedes dos logren llevar sus tareas a la culminación.
-La espera para cumplir esa tarea es una espera muy especial -dijo de pronto don Genaro-. Les voy a contar a ustedes la historia de unos guerreros que en otros tiempos vivían en las montañas, por ahí en esos rumbos.
Señaló con despreocupación hacia el oriente, pero luego, tras un titubeo momentáneo, pareció cambiar de idea y, levantándose, indicó las distantes montañas del norte.
-No. Vivían ahí, en esa dirección -dijo, mirándome y sonriendo con aire erudito-. Exactamente ciento treinta y cinco kilómetros de aquí.
Tal vez don Genaro me remedaba. Contraía la boca y la frente, apretaba las manos contra el pecho sosteniendo algún objeto imaginario que bien podía ser una libreta. Su postura era totalmente ridícula. Yo había conocido en otro momento a un erudito alemán, un sinólogo, que tenía ese aspecto preciso. La idea de que yo hubiera podido estar imitando todo el tiempo los gestos de un sinólogo alemán me resultó sumamente graciosa. Reí a solas. Parecía ser un chiste nada más para mí.
Don Genaro volvió a sentarse y prosiguió su relato.
-Cada vez que se encontraba que uno de esos guerreros había hecho algo que iba en contra de las reglas, su destino era puesto en las manos de todos los demás. El culpable tenía primero que explicar las razones que lo llevaron a hacer lo que hizo. Sus camaradas tenían que escucharlo, y después, hacían una de dos, o se desbandaban y cada quien se iba por su lado porque las razones eran buenas, o se alineaban, con sus armas, en el mero filo de una montaña muy parecida a esta montaña donde estamos sentados, listos para ejecutar la sentencia de muerte porque encontraban que sus razones eran malas. En ese caso, el guerrero sentenciado tenía que despedirse de sus viejos camaradas, y empezaba su ejecución.
Don Genaro me miró, y miró a Pablito, como esperando una señal nuestra. Luego se volvió hacia Néstor.
-Tal vez el testigo aquí, pueda decirnos qué tiene que ver la historia con estos dos -le dijo.
Néstor sonrió con timidez y pareció hundirse en la meditación durante un momento.
-El testigo aquí no tiene ni la menor idea -dijo y soltó una risita nerviosa.
Don Genaro pidió a todos ponerse de pie y acompañarlo a mirar por el borde occidental de la meseta.
Había una pendiente suave hasta el fondo de la formación terrosa; luego, una tira estrecha de tierra llana terminaba en una hondonada que parecía ser un canal natural para el desagüe de la lluvia.
-Allí justo donde está esa zanja, había una hilera de árboles en la montaña de la historia -dijo-. Y luego más allá de ahí había una arboleda muy tupida.
Después de decir adiós a sus camaradas, el guerrero sentenciado debía echar a andar cuesta abajo, hacia los árboles. Sus camaradas entonces preparaban sus armas y apuntaban. Si nadie disparaba, o si el guerrero sobrevivía a sus heridas y llegaba a los árboles, quedaba libre.
Volvimos al sitio donde habíamos estado.
-¿Y qué pasa ahora, testigo? -preguntó a Néstor-. ¿Ya puedes decirnos?
Néstor era el epitome del nerviosismo. Se quitó el sombrero y se rascó la cabeza. Luego ocultó el rostro entre las manos.
-¿Qué puede decir el pobre testigo si no sabe nada? -repuso finalmente en tono de reto, y rió con todos los demás.
-Dicen que hubo hombres que salieron sin ningún daño -prosiguió don Genaro-. Digamos que su poder personal afectó a sus camaradas. Una ola de algo les pasó por encima mientras le apuntaban y nadie se atrevió a disparar. O tal vez el temple del guerrero los impresionaba tanto que no podían hacerle daño.
Don Genaro me miró y luego miró a Pablito.
-Había una condición puesta para esa caminata hasta el borde de la arboleda -continuó-. El guerrero tenía que andar con calma, indiferente. Sus pasos tenían que ser seguros y firmes, sus ojos tenían que mirar al frente, sin pena ni miedo. Tenía que bajar sin tropezar, sin volver la cara, y sobre todo sin correr.
Don Genaro hizo una pausa; Pablito asintió con la cabeza.
-Si ustedes dos deciden regresar a esta tierra -dijo don Genaro-, tendrán que esperar, como verdaderos guerreros, hasta haber cumplido sus tareas. Esa espera es muy parecida a la caminata del guerrero en la historia. Como se ve, a ese guerrero ya no le quedaba más tiempo humano, y a ustedes dos tampoco. La única diferencia está en quién les apunta. Los que apuntaban al guerrero eran sus propios camaradas. Pero los que a ustedes les apuntan son los tiradores de lo desconocido.
Y lo único que ustedes dos tienen es la impecabilidad. Deben esperar sin mirar hacia atrás. Deben esperar sin pedir nada. Y deben dirigir todo el poder personal que tengan a cumplir la tarea.
Si ustedes no actúan impecablemente, si empiezan a inquietarse, si se impacientan o se desesperan, serán cortados sin misericordia por los tiradores de lo desconocido.
Si, por el contrario, su impecabilidad y poder personal son tales que les permiten cumplir sus tareas, lograrán entonces la promesa del poder. ¿Y cuál es esa promesa?, podrían preguntar. Es una promesa que el poder hace a los hombres como seres luminosos. Cada guerrero tiene un destino diferente, así que no hay modo de decir cuál será esa promesa para cualquiera de ustedes.
El sol estaba a punto de ocultarse. El anaranjado claro de las distantes montañas del norte se había oscurecido. El paisaje me dio el sentimiento de un mundo solitario barrido por el viento.
-Ustedes ya han aprendido que el temple de un guerrero está en el ser humilde y eficiente -dijo don Genaro, y su voz me hizo saltar-. Ya han aprendido a actuar sin esperar ni pedir nada a cambio.
Ahora les digo que, para soportar lo que les aguarda más allá de este día, necesitarán ustedes contenerse hasta lo último.
Experimenté un choque en el estómago. Pablito empezó a temblar levemente.
-Un guerrero debe estar siempre listo. El destino de todos nosotros los que estamos aquí ha sido saber que somos prisioneros del poder. Nadie sabe por qué nosotros en particular, pero ¡qué buena suerte!
Don Genaro calló y bajó la cabeza como exhausto. Yo nunca lo había oído hablar en esos términos.
-Aquí es obligatorio que el guerrero diga adiós a todos los presentes y a todos los que deja atrás -dijo de pronto don Juan-. Debe hacerlo en sus propias palabras y en voz alta, para que su voz se quede para siempre en este sitio de poder.
La voz de don Juan añadió otra dimensión a mi estado de ser en ese momento. Nuestra conversación en el coche se hizo doblemente conmovedora. ¡Cuánta razón tenía al decir que la serenidad del paisaje en torno había sido sólo un espejismo, y que la explicación de los brujos descargaba un golpe que nadie podría parar! Yo había oído la explicación de los brujos y había experimentado sus premisas; y allí estaba, desarmado y desvalido como nunca lo había estado antes en mi vida. Nada de cuanto había hecho, de cuanto había imaginado, podía compararse con la angustia y la soledad de aquel momento. La explicación de los brujos me había despojado incluso de mi "razón". Don Juan también estaba en lo cierto al decir que un guerrero no podía evitar el dolor y el sufrimiento, sino únicamente la entrega a ellos. En ese momento mi tristeza era incontenible.
No soportaba decir adiós a quienes habían compartido las vueltas de mi destino. Dije a don Juan y a don Genaro que había hecho un pacto de morir con cierta persona, y que mi espíritu no se resignaba a dejarla sola.
-Todos estamos solos, Carlitos -dijo don Genaro suavemente-. Ésa es nuestra condición.
Sentí en la garganta la angustia de mi pasión por la vida y por los seres que eran queridos para mí; yo rehusaba decirles adiós.
-Todos estamos solos -dijo don Juan-. Pero morir solo es morir desolado.
Su voz sonaba seca y apagada, como una tos.
Pablito lloraba en silencio. Luego se puso de pie y habló. No fue una arenga ni un testimonio. En voz clara agradeció la bondad de don Genaro y don Juan. Se volvió hacia Néstor y le agradeció el haberle dado la oportunidad de cuidarlo. Secó sus ojos con la manga de su camisa.
-¡Qué cosa más linda el haber estado en este hermoso mundo! ¡En este maravilloso tiempo! -exclamó con un suspiro.
Su ánimo era contagioso.
-Si no regreso, te suplico como último favor que ayudes a quienes han compartido mi destino -dijo a don Genaro.
Luego miró hacia el oeste, en dirección de su casa. Su delgado cuerpo se convulsionó de llanto.
Con los brazos extendidos corrió hacia el borde de la meseta, como para abrazar a alguien. Sus labios se movían; parecía hablar en voz baja.
Aparté la vista. No quería oír lo que Pablito decía.
Regresó a donde estábamos sentados, se dejó caer junto a mí y bajó la cabeza.
Yo era incapaz de decir nada. Pero súbitamente una fuerza exterior pareció tomar las riendas y me hizo levantarme, y también expresé mi gratitud y mi tristeza.
Guardamos silencio de nuevo. El viento del norte susurraba, soplando contra mi rostro. Don Juan me miró. Nunca había visto tanta bondad en sus ojos. Me dijo que un guerrero se despedía dando las gracias a todos los que habían tenido para él un gesto de bondad o de preocupación, y que yo debía expresar mi gratitud no sólo hacia ellos sino también hacia aquellos que me habían cuidado y ayudado en mi camino.
Miré hacia el noroeste, hacia Los Ángeles, y todo el sentimentalismo de mi espíritu se vertió.
¡Qué descarga purificadora fue esa expresión de gracias!
Me senté de nuevo. Nadie me miró.
-Un guerrero reconoce su dolor pero no se entrega a él -dijo don Juan-. Por eso el sentimiento de un guerrero que entra en lo desconocido no es de tristeza; al contrario, está alegre porque se siente humilde ante su gran fortuna, confiado en la impecabilidad de su espíritu, y sobre todo, completamente al tanto de su eficiencia. La alegría del guerrero le viene de haber aceptado su destino, y de haber calculado de verdad lo que le espera.
Hubo una larga pausa. Mi tristeza era suprema. Quise hacer algo por librarme de tal opresión.
-A ver, ese testigo, aplasta tu cazador de espíritus -dijo don Genaro a Néstor.
Oí el fuerte y ridículo sonido del artefacto en cuestión.
Pablito rió casi hasta la histeria, y también don Juan y don Genaro. Advertí un olor peculiar y me di cuenta de que Néstor había soltado un pedo. Lo horrendamente chistoso era la gran expresión de seriedad en su rostro. No se había pedorreado como guasa, sino porque no traía su cazador de espíritus. Quería ayudar como mejor podía.
Todos rieron con abandono. Qué facilidad tenían para pasar de las situaciones sublimes a las totalmente cómicas.
De pronto, Pablito se volvió hacia mí. Quiso saber si era yo poeta, pero antes de que pudiera responderle, don Genaro hizo una rima.
-Carlitos es un chingón; tiene un poco de poeta, de loco y de cabrón -dijo.
Todos sufrimos otro ataque de risa.
-Éste es un mejor humor -dijo don Juan-. Y ahora, antes de que Genaro y yo les digamos adiós, pueden decir lo que les venga en gana. Puede que ésta sea la última vez que pronuncien una palabra.
Pablito negó con la cabeza, pero yo tenía algo que decir. Quería expresar mi admiración, mi respeto por el exquisito temple del espíritu guerrero de don Juan y don Genaro. Pero me enredé en mis palabras y finalmente no dije nada; o peor aun, terminé hablando como si de nuevo me quejara.
Don Juan meneó la cabeza y chasqueó los labios en un remedo de reprobación. Reí involuntariamente; no importaba, después de todo, que hubiese arruinado la oportunidad de expresarles mi admiración. Un sentimiento muy atrayente empezaba a poseerme: cierto alborozo y alegría, una libertad exquisita que me hacia reír. Dije a don Juan y a don Genaro que el resultado de mi encuentro con lo "desconocido” me importaba un cacahuate; que me sentía feliz y completo, y que el vivir o el morir carecían de valor para mí en esos momentos.
Don Juan y don Genaro parecieron disfrutar mis aseveraciones todavía más que yo. Don Juan se golpeó el muslo y se echó a reír. Don Genaro arrojó su sombrero por tierra y gritó como si montara un caballo salvaje.
-Hemos gozado y nos hemos reído mientras esperábamos, así como lo recomendó el testigo -dijo don Genaro de pronto-. Pero es la condición natural del orden el que siempre tenga que llegar a su fin.
Miró el cielo.
-Ya es casi la hora de que nos desbandemos como los guerreros de la historia -dijo-. Pero antes de que nos vayamos cada uno por su lado, debo decirles una última cosa a ustedes dos. Voy a revelarles un secreto de guerrero. Quizás podrían llamarlo la predilección de un guerrero.
Centrando en mi su atención particular, dijo que en una ocasión yo había opinado que la vida de un guerrero era fría y solitaria y carente de sentimientos. Añadió que incluso en aquel preciso instante yo me había convencido de que así era.
-La vida de un guerrero no puede en modo alguno ser fría y solitaria y sin sentimientos -dijo-, porque se basa en su afecto, su devoción, su dedicación a su ser amado. ¿Y quién, podrían ustedes preguntar, es ese ser amado? Yo se los voy a mostrar ahora mismo.
Don Genaro se puso en pie y caminó despacio hasta un área perfectamente llana, justamente frente a nosotros, a unos tres metros de distancia. Allí hizo un curioso gesto. Movió las manos como si barriera el polvo de su pecho y su estómago. Entonces ocurrió algo extraño. Un destello de luz casi imperceptible lo atravesó; salió del suelo y pareció encender todo su cuerpo. Don Genaro ejecutó una especie de pirueta hacia atrás; un clavado de espaldas, dicho con mayor propiedad, y aterrizó sobre el pecho y los brazos. La precisión y habilidad de su movimiento lo hicieron parecer un ser sin peso, una criatura vermiforme que diera la vuelta sobre sí misma. Ya en el suelo, realizó una serie de movimientos inconcebibles. Se deslizaba a unos cuantos centímetros de la tierra, o rodaba sobre ella como si yaciera sobre balines, o nadaba describiendo círculos y vueltas con la rapidez y la agilidad de una anguila en el océano.
Empecé a bizquear, y en cierto momento, sin transición alguna, me hallé observando una bola de luminosidad que se deslizaba de un lado a otro sobre lo que parecía ser una pista de hielo con mil luces brillando sobre ella.
El espectáculo era sublime. Luego la bola de fuego se detuvo y permaneció inmóvil. Una voz me sacudió disipando mi atención. Era don Juan que hablaba. No entendí al principio lo que decía. Miré de nuevo la bola de fuego; todo lo que pude discernir fue a don Genaro tirado en el suelo, con los brazos y las piernas extendidos.
La voz de don Juan era muy clara. Pareció desatar algo en mi interior, y me puse a escribir.
-El amor de Genaro es el mundo -decía-. Ahora mismo estaba abrazando esta enorme tierra, pero siendo tan pequeño, no puede sino nadar en ella. Pero la tierra sabe que Genaro la ama y por eso lo cuida. Por eso la vida de Genaro está llena hasta el borde y su estado, dondequiera que él se encuentre, siempre será la abundancia. Genaro recorre las sendas de su ser amado, y en cualquier sitio que esté, está completo.
Don Juan se acuclilló frente a nosotros. Acarició el suelo con gentileza.
-Ésta es la predilección de dos guerreros -dijo-. Esta tierra, este mundo. Para un guerrero no puede haber un amor más grande.
Don Genaro se levantó y vino a acuclillarse junto a don Juan; por un momento ambos nos escrutaron con fijeza, luego tomaron asiento al unísono, cruzando las piernas.
-Solamente si uno ama a esta tierra con pasión inflexible puede uno librarse de la tristeza -dijo don Juan-. Un guerrero siempre está alegre porque su amor es inalterable y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala cosas inconcebibles. La tristeza pertenece sólo a esos que odian al mismo ser que les da asilo.
Don Juan volvió a acariciar el suelo con ternura.
-Este ser hermoso, que está vivo hasta sus últimos resquicios y comprende cada sentimiento, me dio cariño, me curó de mis dolores, y finalmente, cuando entendí todo mi cariño por él, me enseñó lo que es la libertad.
Hizo una pausa. El silencio en torno era atemorizante. El viento silbaba suavemente, y luego oí el ladrido lejano de un perro en la lejanía.
-Escuchen ese ladrido -prosiguió don Juan-. Ése es el modo en que mi amada tierra me ayuda a darles esta última lección. Ese ladrido es la cosa más triste que uno puede oír.
Guardamos silencio un rato. El ladrar de aquel perro solitario era tan triste, y la quietud en torno tan intensa, que experimenté una angustia adormecedora. Pensaba en mi propia vida, mi tristeza, el no saber dónde ir, qué hacer.
-El ladrido de ese perro es la voz nocturna de un hombre -dijo don Juan-. Viene de una casa en ese valle hacia el sur. Un hombre grita a través de su perro, pues ambos son esclavos compañeros de por vida, su tristeza, su aburrimiento. Está rogando a su muerte que venga y lo libre de las torpes y sombrías cadenas de su vida.
Las palabras de don Juan habían entroncado en forma inquietante con mi línea de pensamiento.
Sentí que me hablaba directamente.
-Ese ladrido, y la soledad que crea, hablan de los sentimientos de los hombres -prosiguió-.
Hombres para los que toda una vida fue como una tarde de domingo, una tarde que no fue del todo mala, pero sí calurosa, y aburrida, y pesada. Sudaron y se fastidiaron más de la medida. No sabían a dónde ir ni qué hacer. Esa tarde les dejó solamente el recuerdo del tedio y de pequeñas molestias, y de pronto se acabó; de pronto ya era de noche.
Volvió a narrar una historia que yo le conté alguna vez acerca de un hombre de setenta y dos años, quejoso de que su vida había sido tan breve que su niñez parecía haber ocurrido apenas el día anterior. Ese hombre me había dicho: "Recuerdo los pijamas que solía ponerme a los diez años. Parece que sólo ha pasado un día. ¿A dónde se fue el tiempo?".
-El contraveneno de eso está aquí -dijo don Juan, acariciando la tierra-. La explicación de los brujos no puede en modo alguno liberar el espíritu. Ahí están ustedes dos. Han llegado a la explicación de los brujos, pero no tiene ninguna importancia el que la sepan. Están más solos que nunca, porque sin un cariño constante por el ser que les da asilo, la soledad es desolación.
Solamente amando a este ser espléndido se puede dar libertad al espíritu del guerrero; y la libertad es alegría, eficiencia, y abandono frente a cualquier embate del destino. Ésa es la última lección. Siempre se deja para el último momento, para el momento de desolación suprema en el que un hombre se enfrenta a su muerte y a su soledad. Sólo entonces tiene sentido.
Don Juan y don Genaro se pusieron de pie; estiraron los brazos y arquearon la espalda, como si el estar sentados hubiera entiesado sus cuerpos. Mi corazón empezó a golpetear con rapidez. Los dos hicieron que Pablito y yo nos levantáramos.
-El crepúsculo es la raja entre los mundos -dijo don Juan-. Es la puerta a lo desconocido.
Indicó con un amplio ademán la meseta donde nos hallábamos.
-Ésta es la planicie frente a esa puerta.
Señaló entonces el filo norte de la meseta.
-Allí está la puerta. Más allá hay un abismo, y más allá de ese abismo está lo desconocido.
Después don Juan y don Genaro se volvieron hacia Pablito y le dijeron adiós. Los ojos de Pablito estaban dilatados y fijos; por sus mejillas rodaban abundantes lágrimas.
Oí la voz de don Genaro diciéndome adiós, pero no oí la de don Juan.
Don Juan y don Genaro se acercaron a Pablito y susurraron brevemente en sus oídos. Luego vinieron hacia mí. Pero antes de que susurraran nada, yo ya tenla la peculiar sensación de estar partido.
-Ahora nosotros seremos otra vez polvo en el camino -dijo don Genaro-. Tal vez algún día otra vez vuelva a entrar en tus ojos.
Don Juan y don Genaro retrocedieron y parecieron perderse en la oscuridad. Pablito me tomó del antebrazo y nos dijimos adiós. Entonces un extraño impulso, una fuerza, me hizo correr con él hacia el filo norte de la meseta. Sentí que su brazo me sostenía cuando saltamos, y luego quedé solo.
FIN
* * *


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