AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

lunes, 31 de agosto de 2026

[14] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. LA PREDILECCIÓN DE LOS GUERREROS.

 


Don Juan me despertó al rayar el alba. Me dio un guaje lleno de agua y una bolsa de carne seca.

Caminamos en silencio unos tres kilómetros hasta el sitio donde yo había dejado el coche dos días antes.

-Este viaje es nuestro último viaje juntos -dijo con voz tranquila cuando llegamos al auto.

Sentí una brusca sacudida en el estómago. Supe a qué se refería.

Se reclinó contra el parachoques trasero mientras yo abría la portezuela del lado derecho, y me miró con un sentimiento que nunca antes había traslucido en sus ojos. Subimos en el coche, pero antes de que yo encendiera el motor, don Juan hizo algunas oscuras observaciones que también entendí a la perfección; dijo que teníamos unos cuantos minutos para estar sentados en el coche y tocar algunos sentimientos muy personales y punzantes.

Permanecí sentado en calma, pero mi espíritu se hallaba inquieto. Quise decirle algo a don Juan, algo que me apaciguara. Busqué en vano las palabras adecuadas, la fórmula que habría expresado aquello que yo "sabía" sin que me lo dijeran.

Don Juan habló de un niño que yo conocí una vez, y de cómo mis sentimientos hacia él no cambiarían con los años ni con la distancia. Declaró su certeza de que cada vez que yo pensaba en ese niño mi espíritu saltaba de alegría y, sin rastro de egoísmo ni mezquindad, le deseaba lo mejor.

Me recordó una historia que en otra ocasión le narré acerca del niño, una historia que le gustaba y en la que había encontrado un significado profundo. Durante una de nuestras caminatas por las montañas cercanas a Los Ángeles, el niño se cansó de caminar y yo lo llevé montado en mis hombros. Una oleada de felicidad intensa nos envolvió entonces, y el niño gritó su agradecimiento al sol y a las montañas.

-Ésa era su manera de decirte adiós -dijo don Juan.

Sentí en la garganta el aguijón de la angustia.

-Hay muchas maneras de decir adiós -continuó-. Acaso la mejor es sostener un recuerdo especial de alegría. Por ejemplo, si vives como guerrero, el calor que sentiste cuando llevabas en hombros al niño será fresco y cortante durante todo el tiempo que vivas. Ésa es la manera en que un guerrero dice adiós.

Encendí apresuradamente el motor, y manejé más rápido que de costumbre sobre el duro terreno rocoso, hasta que llegamos a la carretera sin pavimentar.

Seguimos en coche una corta distancia y recorrimos a pie el resto del camino. Cosa de una hora después, llegamos a una arboleda. Don Genaro, Pablito y Néstor nos aguardaban, allí. Los saludé.

Todos se veían felices y vigorosos. Al contemplarlos, a ellos y a don Juan, me inundó un sentimiento de profunda empatía. Don Genaro me abrazó y me dio palmadas afectuosas en la espalda. Dijo a Néstor y a Pablito que yo me había desempeñado muy bien al saltar al fondo de una cañada. Con la mano todavía en mi hombro, se dirigió a ellos en voz alta.

-Sí, señor -dijo mirándolos-. Yo soy su benefactor y sé que eso fue lo mejor que ha hecho hasta hoy. Le costó años de vivir como guerrero.

Se volvió hacia mí y puso su otra mano en mi hombro. Sus ojos relucían apaciblemente.

-No hay otro modo de decirlo, Carlitos -dijo, pronunciando despacio las palabras-. Excepto que tenías cantidades de caca en las tripas.

Con lo cual, él y don Juan aullaron de risa hasta que parecían a punto de desmayarse. Pablito y Néstor soltaron risitas nerviosas, sin saber exactamente qué hacer.

Cuando don Juan y don Genaro se hubieron calmado, Pablito me dijo que estaba inseguro de su capacidad para entrar solo en lo "desconocido".

-En realidad no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo -dijo-. Genaro dice que uno no necesita nada más que impecabilidad. ¿Qué piensas tú?

Le contesté que yo sabia incluso menos que él. Néstor suspiró; parecía seriamente preocupado.

Movía nerviosamente las manos y la boca como si estuviera a punto de decir algo importante y no hallara el modo.

-Genaro dice que a ustedes dos les va a ir bien -dijo por fin.

Don Genaro hizo un ademán para indicar que nos íbamos. Él y don Juan caminaron juntos, unos metros por delante de nosotros. Casi todo el día seguimos el mismo sendero montañés. Todos llevábamos una provisión de carne seca y un guaje de agua, y se entendía que comeríamos sobre la marcha. En cierto punto, el sendero se convirtió definitivamente en un camino. Se curvaba para rodear una ladera; de pronto, el panorama de un valle se desplegó frente a nosotros. Era un espectáculo que cortaba el aliento: un largo valle verde resplandeciente de sol; había sobre él dos magníficos arcoíris, y retazos de lluvia sobre las colinas circundantes.

Don Juan se detuvo y adelantó la barbilla para señalar a don Genaro algo que había en el valle. Don Genaro meneó la cabeza. No era un gesto afirmativo ni negativo; era más bien una especie de respingo. Ambos quedaron inmóviles largo rato, escudriñando el valle.

Dejamos el camino y tomamos lo que parecía un atajo. Empezamos a descender por una senda más estrecha y azarosa que llevaba a la parte norte del valle.

Cuando llegamos al terreno llano, mediaba la tarde. Me vi allí envuelto en el fuerte aroma de sauces acuáticos y tierra mojada. Durante un momento la lluvia fue un suave rugido verde sobre los árboles cercanos a mi izquierda; luego se convirtió en un temblor entre los juncos. Oí la carrera de un arroyo. Miré hacia la copa de los árboles; los altos cirros en el horizonte oeste parecían bolas de algodón desparramadas en el cielo. Me quedé observando las nubes el tiempo suficiente para que todos se me adelantaran un buen trecho. Corrí en pos de ellos.

Don Juan y don Genaro se detuvieron y voltearon al unísono; sus ojos se movieron y me enfocaron con tan uniforme precisión que ambos parecían una sola persona. Fue una breve y estupenda mirada que me produjo escalofríos. Luego don Genaro rió y dijo que yo corría a trastazos, como un mexicano de cien kilos y pies planos.

-¿Por qué mexicano? -preguntó don Juan.

-Un indio de cien kilos y pies planos no corre -dijo don Genaro en tono explicativo.

-Ah -dijo don Juan como si don Genaro hubiese en realidad explicado algo.

Cruzamos el estrecho valle y trepamos a las montañas del lado este. Al acabar la tarde nos detuvimos por fin en una meseta plana y yerma que miraba a un valle alto hacia el sur. La vegetación había cambiado drásticamente. En todo el derredor había montañas redondas y erosionadas. La tierra del valle y las laderas estaba parcelada y cultivada, pero aun así toda la escena me sugería esterilidad.

El sol ya declinaba sobre el horizonte del suroeste. Don Juan y don Genaro nos llamaron al borde norte de la meseta. Desde este punto, el panorama era sublime. Había interminables valles y montañas hacia el norte, y una cordillera de altas sierras hacia el oeste. El sol reflejado en las distantes montañas del norte las hacía aparecer anaranjadas, del color de los bancos de nubes hacia occidente. Pese a su belleza, el paisaje infundía tristeza y soledad.

Don Juan me dio mi libreta, pero yo no sentía deseos de tomar notas. Nos sentamos en semicírculo, con don Juan y don Genaro en los extremos.

-Escribiendo empezaste en la senda del conocimiento, y en la misma forma terminarás -dijo don Juan.

Todos me instaron a escribir, como si ello fuera esencial.

-Estás en el mero borde, Carlitos -dijo de pronto don Genaro-. Tanto tú como Pablito.

Su voz era suave. Sin su tono de chanza, sonaba bondadosa y preocupada.

-Otros guerreros que viajaban a lo desconocido se han parado en este mismo sitio -dijo-. Todos ellos les desean el bien a ustedes dos.

Sentí un escarceo en torno mío, como si el aire hubiera sido menos sólido y algo hubiese creado una ola que lo recorría.

-Todos nosotros, los que estamos aquí, les deseamos el bien a ustedes dos -dijo.

Néstor abrazó a Pablito y a mí y luego se sentó a un lado.

-Todavía nos queda algo de tiempo -dijo don Genaro, mirando el cielo. Y luego, volviéndose hacia Néstor, preguntó

-¿Qué debemos hacer mientras tanto?

-Reír y gozar -repuso Néstor ágilmente.

Dije a don Juan que tenía pavor a lo que me aguardaba, y que ciertamente me habían llevado a ello a fuerza de engaños; yo que ni siquiera había imaginado que existieran situaciones como la que Pablito y yo vivíamos. Dije que algo en verdad imponente se había apoderado de ml, y que me había empujado poco a poco hasta llevarme a encarar algo tal vez peor que la muerte.

-Ya te estás quejando otra vez -dijo don Juan con sequedad-. Te vas a tener lástima hasta el último minuto.

Todos rieron. Don Juan tenía razón. ¡Qué impulso invencible! Y yo que creía haberlo desarraigado de mi vida. Pedí a todos que perdonaran mi idiotez.

-No te disculpes -me dijo don Juan-. Las disculpas son una idiotez. Lo que realmente importa es el ser un guerrero impecable en este inigualable sitio de poder. Este lugar ha hospedado a los mejores guerreros. Sé así como ellos de excelente.

Luego se dirigió tanto a Pablito como a mí.

-Ya ustedes saben que ésta es la última tarea en la que estaremos juntos -dijo-. Ustedes dos van a entrar en el nagual y el tonal por la sola fuerza de su poder personal. Genaro y yo estamos aquí sólo para decirles adiós. El poder ha determinado que Néstor deberá ser el testigo. Así sea.

Ésta será también la última encrucijada en que Genaro y yo los asistiremos. Una vez que hayan entrado de por sí solos en lo desconocido, no pueden depender de nosotros para que los traigamos de vuelta, de manera que se impone una decisión; deben decidir si regresar o no. Nosotros confiamos en que ustedes dos tienen fuerza para regresar si eligen hacerlo. La otra noche ustedes fueron perfectamente capaces, unidos o por separado, de quitarse de encima al aliado, que de otro modo los habría aplastado hasta matarlos. Ésa fue una prueba de sus fuerzas.

Debo añadir también que pocos guerreros sobreviven el encuentro con lo desconocido que ustedes están a punto de tener; no tanto porque sea difícil, sino porque el nagual es atrayente más allá de cuanto pueda decirse, y los guerreros que se adentran en él encuentran que el regreso al tonal, o al mundo del orden y el ruido y el dolor, es un asunto de lo más disgustante.

La decisión de quedarse o de volver la realiza algo en nosotros que no es nuestra razón ni nuestro deseo, sino nuestra voluntad, de manera que no hay forma de saber el resultado por anticipado.

Si eligen no volver, desaparecerán como si la tierra los hubiera tragado. Pero si eligen regresar a esta tierra, deben esperar como verdaderos guerreros hasta que sus tareas particulares estén cumplidas. Una vez que se cumplan, ya sea en el triunfo o en la derrota, tendrán dominio sobre la totalidad de ustedes mismos.

Don Juan hizo una pausa. Don Genaro me miró y guiñó un ojo.

-Carlitos quiere saber qué significa el tener dominio sobre la totalidad de uno mismo -dijo, y todos rieron.

Tenía razón. Bajo otras circunstancias, yo habría hecho la pregunta; sin embargo, la situación era demasiado solemne para ello.

-Significa que el guerrero ha encontrado finalmente el poder -dijo don Juan-. Nadie puede decir qué hará con él cada guerrero; tal vez ustedes dos vaguen en paz y sin nombre, en esta tierra, o quizá resulten ser dos hombres odiosos, o notables, o bondadosos. Todo eso depende de la impecabilidad y la libertad de sus espíritus.

Lo importante es, sin embargo, su tarea. Eso es el regalo que un maestro y un benefactor hacen a sus aprendices. Yo ruego porque ustedes dos logren llevar sus tareas a la culminación.

-La espera para cumplir esa tarea es una espera muy especial -dijo de pronto don Genaro-. Les voy a contar a ustedes la historia de unos guerreros que en otros tiempos vivían en las montañas, por ahí en esos rumbos.

Señaló con despreocupación hacia el oriente, pero luego, tras un titubeo momentáneo, pareció cambiar de idea y, levantándose, indicó las distantes montañas del norte.

-No. Vivían ahí, en esa dirección -dijo, mirándome y sonriendo con aire erudito-. Exactamente ciento treinta y cinco kilómetros de aquí.

Tal vez don Genaro me remedaba. Contraía la boca y la frente, apretaba las manos contra el pecho sosteniendo algún objeto imaginario que bien podía ser una libreta. Su postura era totalmente ridícula. Yo había conocido en otro momento a un erudito alemán, un sinólogo, que tenía ese aspecto preciso. La idea de que yo hubiera podido estar imitando todo el tiempo los gestos de un sinólogo alemán me resultó sumamente graciosa. Reí a solas. Parecía ser un chiste nada más para mí.

Don Genaro volvió a sentarse y prosiguió su relato.

-Cada vez que se encontraba que uno de esos guerreros había hecho algo que iba en contra de las reglas, su destino era puesto en las manos de todos los demás. El culpable tenía primero que explicar las razones que lo llevaron a hacer lo que hizo. Sus camaradas tenían que escucharlo, y después, hacían una de dos, o se desbandaban y cada quien se iba por su lado porque las razones eran buenas, o se alineaban, con sus armas, en el mero filo de una montaña muy parecida a esta montaña donde estamos sentados, listos para ejecutar la sentencia de muerte porque encontraban que sus razones eran malas. En ese caso, el guerrero sentenciado tenía que despedirse de sus viejos camaradas, y empezaba su ejecución.

Don Genaro me miró, y miró a Pablito, como esperando una señal nuestra. Luego se volvió hacia Néstor.

-Tal vez el testigo aquí, pueda decirnos qué tiene que ver la historia con estos dos -le dijo.

Néstor sonrió con timidez y pareció hundirse en la meditación durante un momento.

-El testigo aquí no tiene ni la menor idea -dijo y soltó una risita nerviosa.

Don Genaro pidió a todos ponerse de pie y acompañarlo a mirar por el borde occidental de la meseta.

Había una pendiente suave hasta el fondo de la formación terrosa; luego, una tira estrecha de tierra llana terminaba en una hondonada que parecía ser un canal natural para el desagüe de la lluvia.

-Allí justo donde está esa zanja, había una hilera de árboles en la montaña de la historia -dijo-. Y luego más allá de ahí había una arboleda muy tupida.

Después de decir adiós a sus camaradas, el guerrero sentenciado debía echar a andar cuesta abajo, hacia los árboles. Sus camaradas entonces preparaban sus armas y apuntaban. Si nadie disparaba, o si el guerrero sobrevivía a sus heridas y llegaba a los árboles, quedaba libre.

Volvimos al sitio donde habíamos estado.

-¿Y qué pasa ahora, testigo? -preguntó a Néstor-. ¿Ya puedes decirnos?

Néstor era el epitome del nerviosismo. Se quitó el sombrero y se rascó la cabeza. Luego ocultó el rostro entre las manos.

-¿Qué puede decir el pobre testigo si no sabe nada? -repuso finalmente en tono de reto, y rió con todos los demás.

-Dicen que hubo hombres que salieron sin ningún daño -prosiguió don Genaro-. Digamos que su poder personal afectó a sus camaradas. Una ola de algo les pasó por encima mientras le apuntaban y nadie se atrevió a disparar. O tal vez el temple del guerrero los impresionaba tanto que no podían hacerle daño.

Don Genaro me miró y luego miró a Pablito.

-Había una condición puesta para esa caminata hasta el borde de la arboleda -continuó-. El guerrero tenía que andar con calma, indiferente. Sus pasos tenían que ser seguros y firmes, sus ojos tenían que mirar al frente, sin pena ni miedo. Tenía que bajar sin tropezar, sin volver la cara, y sobre todo sin correr.

Don Genaro hizo una pausa; Pablito asintió con la cabeza.

-Si ustedes dos deciden regresar a esta tierra -dijo don Genaro-, tendrán que esperar, como verdaderos guerreros, hasta haber cumplido sus tareas. Esa espera es muy parecida a la caminata del guerrero en la historia. Como se ve, a ese guerrero ya no le quedaba más tiempo humano, y a ustedes dos tampoco. La única diferencia está en quién les apunta. Los que apuntaban al guerrero eran sus propios camaradas. Pero los que a ustedes les apuntan son los tiradores de lo desconocido.

Y lo único que ustedes dos tienen es la impecabilidad. Deben esperar sin mirar hacia atrás. Deben esperar sin pedir nada. Y deben dirigir todo el poder personal que tengan a cumplir la tarea.

Si ustedes no actúan impecablemente, si empiezan a inquietarse, si se impacientan o se desesperan, serán cortados sin misericordia por los tiradores de lo desconocido.

Si, por el contrario, su impecabilidad y poder personal son tales que les permiten cumplir sus tareas, lograrán entonces la promesa del poder. ¿Y cuál es esa promesa?, podrían preguntar. Es una promesa que el poder hace a los hombres como seres luminosos. Cada guerrero tiene un destino diferente, así que no hay modo de decir cuál será esa promesa para cualquiera de ustedes.

El sol estaba a punto de ocultarse. El anaranjado claro de las distantes montañas del norte se había oscurecido. El paisaje me dio el sentimiento de un mundo solitario barrido por el viento.

-Ustedes ya han aprendido que el temple de un guerrero está en el ser humilde y eficiente -dijo don Genaro, y su voz me hizo saltar-. Ya han aprendido a actuar sin esperar ni pedir nada a cambio.

Ahora les digo que, para soportar lo que les aguarda más allá de este día, necesitarán ustedes contenerse hasta lo último.

Experimenté un choque en el estómago. Pablito empezó a temblar levemente.

-Un guerrero debe estar siempre listo. El destino de todos nosotros los que estamos aquí ha sido saber que somos prisioneros del poder. Nadie sabe por qué nosotros en particular, pero ¡qué buena suerte!

Don Genaro calló y bajó la cabeza como exhausto. Yo nunca lo había oído hablar en esos términos.

-Aquí es obligatorio que el guerrero diga adiós a todos los presentes y a todos los que deja atrás -dijo de pronto don Juan-. Debe hacerlo en sus propias palabras y en voz alta, para que su voz se quede para siempre en este sitio de poder.

La voz de don Juan añadió otra dimensión a mi estado de ser en ese momento. Nuestra conversación en el coche se hizo doblemente conmovedora. ¡Cuánta razón tenía al decir que la serenidad del paisaje en torno había sido sólo un espejismo, y que la explicación de los brujos descargaba un golpe que nadie podría parar! Yo había oído la explicación de los brujos y había experimentado sus premisas; y allí estaba, desarmado y desvalido como nunca lo había estado antes en mi vida. Nada de cuanto había hecho, de cuanto había imaginado, podía compararse con la angustia y la soledad de aquel momento. La explicación de los brujos me había despojado incluso de mi "razón". Don Juan también estaba en lo cierto al decir que un guerrero no podía evitar el dolor y el sufrimiento, sino únicamente la entrega a ellos. En ese momento mi tristeza era incontenible.

No soportaba decir adiós a quienes habían compartido las vueltas de mi destino. Dije a don Juan y a don Genaro que había hecho un pacto de morir con cierta persona, y que mi espíritu no se resignaba a dejarla sola.

-Todos estamos solos, Carlitos -dijo don Genaro suavemente-. Ésa es nuestra condición.

Sentí en la garganta la angustia de mi pasión por la vida y por los seres que eran queridos para mí; yo rehusaba decirles adiós.

-Todos estamos solos -dijo don Juan-. Pero morir solo es morir desolado.

Su voz sonaba seca y apagada, como una tos.

Pablito lloraba en silencio. Luego se puso de pie y habló. No fue una arenga ni un testimonio. En voz clara agradeció la bondad de don Genaro y don Juan. Se volvió hacia Néstor y le agradeció el haberle dado la oportunidad de cuidarlo. Secó sus ojos con la manga de su camisa.

-¡Qué cosa más linda el haber estado en este hermoso mundo! ¡En este maravilloso tiempo! -exclamó con un suspiro.

Su ánimo era contagioso.

-Si no regreso, te suplico como último favor que ayudes a quienes han compartido mi destino -dijo a don Genaro.

Luego miró hacia el oeste, en dirección de su casa. Su delgado cuerpo se convulsionó de llanto.

Con los brazos extendidos corrió hacia el borde de la meseta, como para abrazar a alguien. Sus labios se movían; parecía hablar en voz baja.

Aparté la vista. No quería oír lo que Pablito decía.

Regresó a donde estábamos sentados, se dejó caer junto a mí y bajó la cabeza.

Yo era incapaz de decir nada. Pero súbitamente una fuerza exterior pareció tomar las riendas y me hizo levantarme, y también expresé mi gratitud y mi tristeza.

Guardamos silencio de nuevo. El viento del norte susurraba, soplando contra mi rostro. Don Juan me miró. Nunca había visto tanta bondad en sus ojos. Me dijo que un guerrero se despedía dando las gracias a todos los que habían tenido para él un gesto de bondad o de preocupación, y que yo debía expresar mi gratitud no sólo hacia ellos sino también hacia aquellos que me habían cuidado y ayudado en mi camino.

Miré hacia el noroeste, hacia Los Ángeles, y todo el sentimentalismo de mi espíritu se vertió.

¡Qué descarga purificadora fue esa expresión de gracias!

Me senté de nuevo. Nadie me miró.

-Un guerrero reconoce su dolor pero no se entrega a él -dijo don Juan-. Por eso el sentimiento de un guerrero que entra en lo desconocido no es de tristeza; al contrario, está alegre porque se siente humilde ante su gran fortuna, confiado en la impecabilidad de su espíritu, y sobre todo, completamente al tanto de su eficiencia. La alegría del guerrero le viene de haber aceptado su destino, y de haber calculado de verdad lo que le espera.

Hubo una larga pausa. Mi tristeza era suprema. Quise hacer algo por librarme de tal opresión.

-A ver, ese testigo, aplasta tu cazador de espíritus -dijo don Genaro a Néstor.

Oí el fuerte y ridículo sonido del artefacto en cuestión.

Pablito rió casi hasta la histeria, y también don Juan y don Genaro. Advertí un olor peculiar y me di cuenta de que Néstor había soltado un pedo. Lo horrendamente chistoso era la gran expresión de seriedad en su rostro. No se había pedorreado como guasa, sino porque no traía su cazador de espíritus. Quería ayudar como mejor podía.

Todos rieron con abandono. Qué facilidad tenían para pasar de las situaciones sublimes a las totalmente cómicas.

De pronto, Pablito se volvió hacia mí. Quiso saber si era yo poeta, pero antes de que pudiera responderle, don Genaro hizo una rima.

-Carlitos es un chingón; tiene un poco de poeta, de loco y de cabrón -dijo.

Todos sufrimos otro ataque de risa.

-Éste es un mejor humor -dijo don Juan-. Y ahora, antes de que Genaro y yo les digamos adiós, pueden decir lo que les venga en gana. Puede que ésta sea la última vez que pronuncien una palabra.

Pablito negó con la cabeza, pero yo tenía algo que decir. Quería expresar mi admiración, mi respeto por el exquisito temple del espíritu guerrero de don Juan y don Genaro. Pero me enredé en mis palabras y finalmente no dije nada; o peor aun, terminé hablando como si de nuevo me quejara.

Don Juan meneó la cabeza y chasqueó los labios en un remedo de reprobación. Reí involuntariamente; no importaba, después de todo, que hubiese arruinado la oportunidad de expresarles mi admiración. Un sentimiento muy atrayente empezaba a poseerme: cierto alborozo y alegría, una libertad exquisita que me hacia reír. Dije a don Juan y a don Genaro que el resultado de mi encuentro con lo "desconocido” me importaba un cacahuate; que me sentía feliz y completo, y que el vivir o el morir carecían de valor para mí en esos momentos.

Don Juan y don Genaro parecieron disfrutar mis aseveraciones todavía más que yo. Don Juan se golpeó el muslo y se echó a reír. Don Genaro arrojó su sombrero por tierra y gritó como si montara un caballo salvaje.

-Hemos gozado y nos hemos reído mientras esperábamos, así como lo recomendó el testigo -dijo don Genaro de pronto-. Pero es la condición natural del orden el que siempre tenga que llegar a su fin.

Miró el cielo.

-Ya es casi la hora de que nos desbandemos como los guerreros de la historia -dijo-. Pero antes de que nos vayamos cada uno por su lado, debo decirles una última cosa a ustedes dos. Voy a revelarles un secreto de guerrero. Quizás podrían llamarlo la predilección de un guerrero.

Centrando en mi su atención particular, dijo que en una ocasión yo había opinado que la vida de un guerrero era fría y solitaria y carente de sentimientos. Añadió que incluso en aquel preciso instante yo me había convencido de que así era.

-La vida de un guerrero no puede en modo alguno ser fría y solitaria y sin sentimientos -dijo-, porque se basa en su afecto, su devoción, su dedicación a su ser amado. ¿Y quién, podrían ustedes preguntar, es ese ser amado? Yo se los voy a mostrar ahora mismo.

Don Genaro se puso en pie y caminó despacio hasta un área perfectamente llana, justamente frente a nosotros, a unos tres metros de distancia. Allí hizo un curioso gesto. Movió las manos como si barriera el polvo de su pecho y su estómago. Entonces ocurrió algo extraño. Un destello de luz casi imperceptible lo atravesó; salió del suelo y pareció encender todo su cuerpo. Don Genaro ejecutó una especie de pirueta hacia atrás; un clavado de espaldas, dicho con mayor propiedad, y aterrizó sobre el pecho y los brazos. La precisión y habilidad de su movimiento lo hicieron parecer un ser sin peso, una criatura vermiforme que diera la vuelta sobre sí misma. Ya en el suelo, realizó una serie de movimientos inconcebibles. Se deslizaba a unos cuantos centímetros de la tierra, o rodaba sobre ella como si yaciera sobre balines, o nadaba describiendo círculos y vueltas con la rapidez y la agilidad de una anguila en el océano.

Empecé a bizquear, y en cierto momento, sin transición alguna, me hallé observando una bola de luminosidad que se deslizaba de un lado a otro sobre lo que parecía ser una pista de hielo con mil luces brillando sobre ella.

El espectáculo era sublime. Luego la bola de fuego se detuvo y permaneció inmóvil. Una voz me sacudió disipando mi atención. Era don Juan que hablaba. No entendí al principio lo que decía. Miré de nuevo la bola de fuego; todo lo que pude discernir fue a don Genaro tirado en el suelo, con los brazos y las piernas extendidos.

La voz de don Juan era muy clara. Pareció desatar algo en mi interior, y me puse a escribir.

-El amor de Genaro es el mundo -decía-. Ahora mismo estaba abrazando esta enorme tierra, pero siendo tan pequeño, no puede sino nadar en ella. Pero la tierra sabe que Genaro la ama y por eso lo cuida. Por eso la vida de Genaro está llena hasta el borde y su estado, dondequiera que él se encuentre, siempre será la abundancia. Genaro recorre las sendas de su ser amado, y en cualquier sitio que esté, está completo.

Don Juan se acuclilló frente a nosotros. Acarició el suelo con gentileza.

-Ésta es la predilección de dos guerreros -dijo-. Esta tierra, este mundo. Para un guerrero no puede haber un amor más grande.

Don Genaro se levantó y vino a acuclillarse junto a don Juan; por un momento ambos nos escrutaron con fijeza, luego tomaron asiento al unísono, cruzando las piernas.

-Solamente si uno ama a esta tierra con pasión inflexible puede uno librarse de la tristeza -dijo don Juan-. Un guerrero siempre está alegre porque su amor es inalterable y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala cosas inconcebibles. La tristeza pertenece sólo a esos que odian al mismo ser que les da asilo.

Don Juan volvió a acariciar el suelo con ternura.

-Este ser hermoso, que está vivo hasta sus últimos resquicios y comprende cada sentimiento, me dio cariño, me curó de mis dolores, y finalmente, cuando entendí todo mi cariño por él, me enseñó lo que es la libertad.

Hizo una pausa. El silencio en torno era atemorizante. El viento silbaba suavemente, y luego oí el ladrido lejano de un perro en la lejanía.

-Escuchen ese ladrido -prosiguió don Juan-. Ése es el modo en que mi amada tierra me ayuda a darles esta última lección. Ese ladrido es la cosa más triste que uno puede oír.

Guardamos silencio un rato. El ladrar de aquel perro solitario era tan triste, y la quietud en torno tan intensa, que experimenté una angustia adormecedora. Pensaba en mi propia vida, mi tristeza, el no saber dónde ir, qué hacer.

-El ladrido de ese perro es la voz nocturna de un hombre -dijo don Juan-. Viene de una casa en ese valle hacia el sur. Un hombre grita a través de su perro, pues ambos son esclavos compañeros de por vida, su tristeza, su aburrimiento. Está rogando a su muerte que venga y lo libre de las torpes y sombrías cadenas de su vida.

Las palabras de don Juan habían entroncado en forma inquietante con mi línea de pensamiento.

Sentí que me hablaba directamente.

-Ese ladrido, y la soledad que crea, hablan de los sentimientos de los hombres -prosiguió-.

Hombres para los que toda una vida fue como una tarde de domingo, una tarde que no fue del todo mala, pero sí calurosa, y aburrida, y pesada. Sudaron y se fastidiaron más de la medida. No sabían a dónde ir ni qué hacer. Esa tarde les dejó solamente el recuerdo del tedio y de pequeñas molestias, y de pronto se acabó; de pronto ya era de noche.

Volvió a narrar una historia que yo le conté alguna vez acerca de un hombre de setenta y dos años, quejoso de que su vida había sido tan breve que su niñez parecía haber ocurrido apenas el día anterior. Ese hombre me había dicho: "Recuerdo los pijamas que solía ponerme a los diez años. Parece que sólo ha pasado un día. ¿A dónde se fue el tiempo?".

-El contraveneno de eso está aquí -dijo don Juan, acariciando la tierra-. La explicación de los brujos no puede en modo alguno liberar el espíritu. Ahí están ustedes dos. Han llegado a la explicación de los brujos, pero no tiene ninguna importancia el que la sepan. Están más solos que nunca, porque sin un cariño constante por el ser que les da asilo, la soledad es desolación.

Solamente amando a este ser espléndido se puede dar libertad al espíritu del guerrero; y la libertad es alegría, eficiencia, y abandono frente a cualquier embate del destino. Ésa es la última lección. Siempre se deja para el último momento, para el momento de desolación suprema en el que un hombre se enfrenta a su muerte y a su soledad. Sólo entonces tiene sentido.

Don Juan y don Genaro se pusieron de pie; estiraron los brazos y arquearon la espalda, como si el estar sentados hubiera entiesado sus cuerpos. Mi corazón empezó a golpetear con rapidez. Los dos hicieron que Pablito y yo nos levantáramos.

-El crepúsculo es la raja entre los mundos -dijo don Juan-. Es la puerta a lo desconocido.

Indicó con un amplio ademán la meseta donde nos hallábamos.

-Ésta es la planicie frente a esa puerta.

Señaló entonces el filo norte de la meseta.

-Allí está la puerta. Más allá hay un abismo, y más allá de ese abismo está lo desconocido.

Después don Juan y don Genaro se volvieron hacia Pablito y le dijeron adiós. Los ojos de Pablito estaban dilatados y fijos; por sus mejillas rodaban abundantes lágrimas.

Oí la voz de don Genaro diciéndome adiós, pero no oí la de don Juan.

Don Juan y don Genaro se acercaron a Pablito y susurraron brevemente en sus oídos. Luego vinieron hacia mí. Pero antes de que susurraran nada, yo ya tenla la peculiar sensación de estar partido.

-Ahora nosotros seremos otra vez polvo en el camino -dijo don Genaro-. Tal vez algún día otra vez vuelva a entrar en tus ojos.

Don Juan y don Genaro retrocedieron y parecieron perderse en la oscuridad. Pablito me tomó del antebrazo y nos dijimos adiós. Entonces un extraño impulso, una fuerza, me hizo correr con él hacia el filo norte de la meseta. Sentí que su brazo me sostenía cuando saltamos, y luego quedé solo.


FIN

* * *

[13] CASTANEDA: RELATOS DE PODER. LA BURBUJA DE LA PERCEPCIÓN.

 


Pasé el día solo, en casa de don Genaro. 

Dormí la mayor parte del tiempo. 

Don Juan regresó al comenzar la tarde y caminamos, en completo silencio, hasta una cordillera cercana. Nos detuvimos a la hora del crepúsculo y estuvimos sentados al filo de un barranco hasta que casi estuvo oscuro. 

Entonces don Juan me llevó a otro sitio cercano, un monumental risco con un muro de roca liso y vertical. El risco no podía verse desde el sendero que conducía a él; don Juan, sin embargo, me lo había enseñado varias veces anteriormente. 

Me había hecho asomar por el borde y decía que todo el risco era un sitio de poder, especialmente su base, un desfiladero muy profundo. Siempre que lo miraba, sentía un desazonante escalofrío; el desfiladero era siempre oscuro y ominoso. Antes de que llegáramos al sitio, don Juan dijo que yo debía seguir solo y encontrarme con Pablito en el borde del risco. 

Me recomendó relajarme y practicar el paso de poder con el fin de eliminar mi fatiga nerviosa. Don Juan se hizo a un lado, hacia la izquierda del camino, y la oscuridad, literalmente, se lo tragó. Quise detenerme a averiguar dónde había ido, pero mi cuerpo no obedeció. 

Empecé -a marchar a paso veloz, aunque me hallaba tan cansado que apenas me tenía en pie. Al llegar al risco no vi a nadie y seguí marcando el paso de carrera, respirando profundamente. Tras un rato me relajé un poco; quedé inmóvil con la espalda contra una roca, y noté entonces la figura de un hombre a unos cuantos pasos de mí. Estaba sentado, con la cabeza oculta entre los brazos. Tuve un momento de susto intenso y me retraje, pero luego me expliqué que el hombre debía de ser Pablito, y sin titubear fui hacia él. 

Dije en voz alta el nombre de Pablito. Pensé que, incierto de quién era yo, se había asustado tanto que cubrió su rostro para no mirar. Pero antes de llegar a donde estaba, un miedo inexplicable me poseyó. Mi cuerpo se inmovilizó en el acto, el brazo derecho ya extendido para tocar al otro. El hombre alzó la cabeza. ¡No era Pablito! 

Sus ojos eran dos enormes espejos, como ojos de tigre. Mi cuerpo saltó hacia atrás; mis músculos se tensaron y luego libraron la tensión sin la menor influencia de mi voluntad, y ejecuté el salto con tanta rapidez y a tal distancia que en circunstancias normales me habría envuelto en una grandiosa especulación al respecto. 

En aquellos momentos, sin embargo, mi miedo desproporcionado no me permitía ninguna inclinación a ponderar, y habría salido corriendo de allí de no haber sido porque alguien aferró mi brazo con fuerza. 

Ese contacto me produjo un pánico total; lancé un grito. No fue el chillido que yo habría esperado, sino un largo alarido escalofriante. Me volví a encarar a mi asaltante. Era Pablito, aun más tembloroso que yo. 

Mi nerviosismo estaba en su punto más alto. No me era posible hablar; los dientes me castañeteaban y el escalofrío recorría mi espalda, provocándome sacudidas involuntarias. Tenía que respirar a bocanadas. Pablito dijo, entre castañeteos, que el nagual lo había estado esperando, que él apenas se había zafado de sus garras cuando tropezó conmigo, y que mi grito estuvo a punto de matarlo. 

Quise reír y produje los sonidos más extraños que pueden imaginarse. Al recobrar la calma, dije a Pablito que aparentemente me había ocurrido lo mismo. El resultado final, en mi caso, era que mi fatiga se desvaneció; un incontenible empellón de fuerza y bienestar ocupaba su sitio. 

Pablito parecía experimentar las mismas sensaciones; empezamos a reír risitas tontas y nerviosas. Oí en la distancia pasos suaves y cautelosos. Detecté el sonido antes que Pablito. Él pareció reaccionar a mi tensión. Tuve la certeza de que alguien se acercaba al sitio donde estábamos. 

Miramos en dirección del ruido; un momento después, las siluetas de don Juan y don Genaro se hicieron visibles. Caminaban despacio y se detuvieron a uno o dos pasos de nosotros; don Juan estaba frente a mí y don Genaro encaraba a Pablito. 

Quise decir a don Juan que algo había estado a punto de enloquecerme de miedo, pero Pablito me apretó el brazo. Supe por qué lo hacia. Algo había de extraño en don Juan y don Genaro. Al mirarlos, mis ojos empezaron a desenfocarse. Don Genaro dio una orden seca. No entendí lo que dijo, pero "supe" que nos prohibía cruzar los ojos. 

-Ya la oscuridad descendió al mundo -dijo don Juan mirando el cielo. Don Genaro dibujó una media luna en el duro suelo. Por un instante me pareció que usaba una tiza iridiscente, pero luego advertí que no tenía nada en la mano; yo percibía la media luna imaginaria que había dibujado con el dedo. 

Hizo que Pablito y yo nos sentáramos en la curva interna del filo convexo, mientras él y don Juan se instalaban, con las piernas cruzadas, en los extremos de la media luna, a unos dos metros de nosotros. 

Don Juan habló primero; dijo que nos iban a mostrar a sus aliados. Dijo que si mirábamos sus costados izquierdos, entre la cadera y el costillar, "veríamos" algo como un trapo o un pañuelo colgado de sus cinturones. 

Don Genaro añadió que junto a esos trapos había dos objetos redondos, como botones, y que debíamos mirar sus cintos hasta "ver" los trapos y los botones.  Antes de que don Genaro hablase, había notado ya un objeto plano, como un trozo de tela y un guijarro redondo que colgaban de sus cinturones. 

Los aliados de don Juan eran más oscuros y ominosos que los de don Genaro. Mi reacción fue una mezcla de curiosidad y miedo. Experimentaba las reacciones en el estómago y no juzgaba nada de manera racional. 

Don Juan y don Genaro se llevaron la mano al cinturón y parecieron desenganchar los trozos de tela oscura. Los tomaron con la mano izquierda; don Juan lanzó el suyo al aire por encima de su cabeza, pero don Genaro dejó caer suavemente el propio. Los trozos de tela se desplegaron en la caída como pañuelos perfectamente lisos; descendieron despacio, oscilando como voladores. 

El movimiento del aliado de don Juan era la réplica exacta de lo que él había hecho al girar días antes. Conforme los trozos de tela se acercaban al suelo, se hacían sólidos, redondos y masivos. Se contrajeron como sí hubiesen caído sobre un tirador de puerta; luego se expandieron. 

El de don Juan creció hasta ser una sombra voluminosa. Tomó la guía y avanzó hacia nosotros, aplastando piedras y terrones. Llegó a uno o dos pasos de nosotros, hasta el cuenco de la media luna, entre don Juan y don Genaro. 

En cierto momento pensé que rodaría sobre nosotros, pulverizándonos. Mi terror en ese instante ardía como una hoguera. La sombra frente a mí era gigantesca, de unos cuatro metros de alto y dos de ancho. Se movía como si tentaleara a ciegas sintiendo su camino. Se sacudía y oscilaba. Supe que estaba buscándome. 

En ese momento, Pablito ocultó la cabeza contra mi pecho. La sensación que su movimiento me produjo, disipó en parte la atención empavorecida que yo había enfocado en la sombra. 

Ésta pareció disociarse, a juzgar por sus sacudidas erráticas, y luego desapareció, fundiéndose con la oscuridad en torno. Sacudí a Pablito. Él alzó la cara y dejó escapar un grito sofocado. Miré hacia arriba. Un hombre extraño me contemplaba. 

Parecía haberse hallado detrás de la sombra, acaso oculto por ella. Era alto y delgado, de rostro largo, sin cabello, y una irritación o eczema cubría el lado izquierdo de su cabeza. Sus ojos eran locos y brillantes; tenía la boca entreabierta. Vestía una rara especie de pijama; los pantalones le quedaban cortos. No pude discernir si usaba zapatos. 

Se quedó mirándonos durante un largo rato, como en espera de una coyuntura para lanzarse sobre nosotros y despedazarnos. Así de intensos eran sus ojos. No había en ellos odio ni violencia, sino alguna especie de desconfianza animal. 

Yo no podía soportar más la tensión. Quise adoptar una posición de pelea que don Juan me había enseñado años antes, y lo habría hecho si Pablito no me hubiera susurrado que el aliado no podía pasar de la raya que don Genaro trazara en el suelo. 

Advertí entonces que en verdad había una línea brillante que al parecer detenía lo que se hallaba frente a nosotros. Tras un momento el hombre se apartó hacia la izquierda, igual que la sombra. Tuve la sensación de que don Juan y don Genaro habían llamado a ambos. Hubo un corto intervalo de quietud. 

Yo no veía a don Juan ni a don Genaro; no estaban ya sentados en las puntas de la media luna. De pronto oí el sonido de dos guijarros que golpeaban el sólido suelo de roca donde nos hallábamos, y en un destello, el área frente a nosotros se iluminó como si alguien hubiera encendido una luz amarillenta. 

Vimos una bestia voraz, un gigantesco lobo o coyote de aspecto repugnante. Cubría su cuerpo una secreción blanca, como sudor o saliva. Su pelambre era áspero y húmedo. Gruñía con una furia ciega que me produjo escalofríos. Su quijada temblaba, lanzando goterones de baba. Rascaba el suelo como un perro rabioso que tratara de librarse de una cadena. Luego se paró sobre las patas traseras y agitó con furia las delanteras y las quijadas. 

Toda su ferocidad parecía concentrada en romper alguna barrera frente a nosotros. Me percaté de que el miedo que aquel animal enloquecido infundía era diferente del que me habían producido las dos apariciones anteriores. 

Mi temor de la bestia era repulsión y horror físicos. Seguí mirando, en completa impotencia, su rabia. De pronto pareció perder su salvajismo y se alejó trotando.  

Oí entonces que algo más venía hacia nosotros, o acaso lo sentí; de un momento a otro apareció la forma de un felino colosal. Lo primero que vi fueron sus ojos en la oscuridad; eran enormes y fijos como dos charcos de agua que reflejaran la luz. Resoplaba y gruñía suavemente. Exhalaba aire y se paseaba frente a nosotros sin quitarnos la vista de encima. 

No tenía el mismo brillo eléctrico que el coyote; yo no podía distinguir claramente sus facciones, y sin embargo su presencia era infinitamente más ominosa que la de la otra bestia. Parecía reunir fuerzas; sentí que, en su audacia, traspasaría sus límites. 

Pablito debe de haber tenido un sentimiento similar, pues me susurró que agachara la cabeza y me tendiera en el suelo. Un segundo después, el felino atacó. Corrió en nuestra dirección y luego saltó con las garras extendidas. 

Cerré los ojos y escondí la cabeza entre los brazos, contra el suelo. Sentí que la bestia había rasgado la línea protectora que don Genaro dibujara alrededor nuestro, y que se hallaba encima de nosotros. Su peso me aplastaba; la piel de su vientre frotaba mi cuello. Parecía que sus patas delanteras estaban atrapadas en algo; forcejeaba por liberarse. 

Sentí sus sacudidas y oí su diabólico resoplar. Supe entonces que me hallaba perdido. Tuve un vago sentido de elección racional y quise resignarme con calma a la suerte de morir allí, pero temía el dolor físico de la muerte bajo tan atroces circunstancias.

Entonces, una fuerza extraña brotó de mi cuerpo; fue como si mi cuerpo rehusara a morir y reuniera toda su energía en un solo punto, mi brazo izquierdo. Sentí que un empellón indomable lo atravesaba. Algo incontrolable tomaba posesión de mi cuerpo, algo que me forzaba a empujar el peso maligno de la bestia y quitárnoslo de encima. 

Pablito pareció haber reaccionado en la misma forma, y ambos nos pusimos de pie al mismo tiempo; fue tanta la energía creada por ambos, que la bestia salió disparada como un muñeco de trapo. 

El esfuerzo había sido supremo. Me derrumbé en el suelo, jadeante. Los músculos de mi estómago estaban tan tensos que me impedían respirar. No prestaba atención a lo que Pablito hacía. Finalmente noté que don Juan y don Genaro me ayudaban a sentarme. Vi a Pablito tirado bocabajo con los brazos extendidos. Parecía desmayado. 

Después de haber hecho que me sentara, don Juan y don Genaro ayudaron a Pablito. Ambos le frotaron el estómago y la espalda. Lo hicieron poner de pie y tras un rato pudo sentarse por sí mismo. Don Juan y don Genaro tomaron asiento en los extremos de la media luna, y luego empezaron a moverse frente a nosotros como si entre los dos puntos existiera un barandal, el cual usaban para cambiar sus posiciones de un lado a otro. Sus movimientos me mareaban. 

Por fin se detuvieron junto a Pablito y empezaron a susurrarle al oído. Tras un momento, los tres se incorporaron al unísono y fueron hasta el filo del risco. Don Genaro alzó a Pablito como si éste fuera un niño. El cuerpo de Pablito estaba tieso como una tabla; don Juan lo asió por los tobillos. Le dio vueltas, al parecer para ganar fuerza e impulso, y finalmente soltó sus piernas y arrojó el cuerpo sobre el abismo, desde el borde del risco. Vi el cuerpo de Pablito contra el oscuro cielo occidental. Describía círculos, igual que el cuerpo de don Juan había hecho días antes; los círculos eran lentos. Pablito parecía ganar altura en vez de caer. Luego el giro se aceleró; el cuerpo de Pablito dio vueltas como un disco y en el momento siguiente se desintegró. 

Percibí que se había desvanecido en el aire. Don Juan y don Genaro vinieron a mi lado, se acuclillaron y empezaron a susurrarme en los oídos. Cada uno decía algo diferente, pero yo no tenía dificultad en seguir sus órdenes. Era como si me hubiese "partido" en el instante en que pronunciaron las primeras palabras. 

Sentí que me hacían lo que habían hecho con Pablito. Don Genaro me hizo girar y luego tuve la sensación totalmente consciente de dar vueltas o flotar durante un momento. Luego caía por los aires, me desplomaba hacia el suelo a una velocidad tremenda. Sentí que mis ropas se desgarraban, que mi carne se desprendía, y finalmente sólo quedaba mi cabeza. Tuve claramente la sensación de que, al desmembrarse mi cuerpo, perdía el peso superfluo, y así la caída perdió impulso y mi velocidad amainó. 

El descenso ya no era un vértigo. Empecé a oscilar en el aire como una hoja. Luego mi cabeza fue despojada de su peso y todo cuanto quedaba de "mí" era un centímetro cúbico, una pepita, un diminuto residuo como guijarro. 

Todo mi sentir se concentraba allí; luego la pepita pareció reventar y fui un millar de trozos. Supe, o algo en alguna parte supo, que yo tenía conciencia de los mil trozos a la vez. Yo era la conciencia misma. Luego, alguna parte de esa conciencia empezó a agitarse; se alzó, creció. Adquiría localización, y poco a poco recobré el sentido de los límites, el entendimiento o lo que fuera, y de pronto el "yo" que conocía y me era familiar brotó a una espectacular visión de todas las combinaciones imaginables de escenas "hermosas"; era como si mirara miles de imágenes del mundo, de la gente, de las cosas. 

Después, las escenas se emborronaron. Tuve la sensación de que pasaban frente a mis ojos a velocidad creciente, hasta que ya no me era posible examinar ninguna por separado. Finalmente, fue como si presenciara la organización del mundo rodando frente a mis ojos en una cadena continua sin fin. 

De repente me hallé parado en el risco con don Juan y don Genaro. Susurraron que me habían traído de vuelta, y que yo había atestiguado lo desconocido, sobre lo que nadie puede hablar. 

Dijeron que me lanzarían allí una vez más, y que yo debía desplegar las alas de mi percepción y tocar al tonal y al nagual al mismo tiempo, sin la conciencia de oscilar entre uno y otro. 

Experimenté nuevamente las sensaciones de ser arrojado, girar, y caer a tremenda velocidad. Luego estallé. Me desintegré. Algo cedió en mí; soltó algo que yo había retenido toda mi vida. Me di perfecta cuenta entonces de que mi reserva secreta había sido perforada y se vertía sin restricciones. Ya no había la dulce unidad que llamo "yo". 

No había nada y sin embargo esa nada estaba llena. No era luz ni oscuridad, calor ni frío, agradable ni desagradable. Yo no me movía ni flotaba ni me hallaba estacionario; tampoco era una unidad, un yo mismo, como estoy acostumbrado a serlo. Yo era una miríada de yo mismo y todos eran "yo", una colonia de unidades independientes que tenían una alianza especial entre sí e inevitablemente se unirían para integrar una sola conciencia, mi conciencia humana. No era que yo "supiese" sin duda alguna, porque no había nada con lo que hubiera podido "saber", pero todos mis yo mismos "sabían" que el "yo" de mi mundo familiar era una colonia, un conglomerado de sentimientos separados e independientes que poseían una inflexible solidaridad mutua. 

La solidaridad inflexible de mis incontables conciencias, la alianza mutua de esas partes, era mi fuerza vital. Una manera de describir aquella sensación unificada sería decir que las pepitas de conciencia se hallaban dispersas; cada una poseía conciencia de sí y ninguna predominaba más que otra. Entonces algo las agitaba, y se reunían para emerger en una zona donde todas tenían que juntarse en un bloque, el "yo" que conozco. Luego, "yo", como "yo mismo”, presenciaba una escena coherente de actividad mundana, o una escena referente a otros mundos y que me parecía pura imaginación, o una escena que pertenecía al "pensamiento puro"; es decir, visiones de sistemas intelectuales, o de ideas concatenadas como verbalizaciones. 

En algunas escenas, hablé conmigo mismo hasta saciarme. Después de cada una de esas visiones coherentes, el "yo" se desintegraba y volvía a no ser nada. Durante una de las excursiones a la visión coherente, me hallé en el risco con don Juan. 

Inmediatamente me percaté de ser entonces el "yo" total que me es familiar. Sentí la realidad de mi parte física. Estaba en el mundo, no sólo presenciándolo. 

Don Juan me abrazó como a un niño. Me miró. Su rostro estaba muy cerca. Yo veía sus ojos en la oscuridad. Eran bondadosos. Parecían contener una pregunta. Supe cuál era. 

Lo impronunciable era en verdad impronunciable.  

-¿Y bien? -preguntó suavemente, como si necesitara mi reafirmación. Yo estaba mudo. Las palabras "insensible", "desconcertado", "confuso" y otras por el estilo, no eran en modo alguno descripciones apropiadas de mi sentir en aquel momento. No era sólido. Supe que don Juan tenía que asirme y mantenerme a la fuerza sobre el suelo; de otro modo habría flotado en el aire para desaparecer. 

No tenía miedo de desvanecerme. Añoraba lo "desconocido" donde mi conciencia no estaba unificada. Don Juan me llevó despacio, haciendo presión sobre mis hombros, hasta un área cercana a la casa de don Genaro; me hizo acostar y me cubrió con tierra que al parecer había apilado previamente. Me cubrió hasta el cuello. Hizo con hojas una especie de almohada para mi cabeza y me dijo que no me moviera ni me quedara dormido. Dijo que iba a sentarse allí para hacerme compañía hasta que la tierra hubiera vuelto a consolidar mi forma. 

Me sentía muy cómodo y tenía un deseo casi invencible de dormir, pero don Juan no lo permitió. Exigió que hablara de cualquier cosa bajo el sol, excepto de lo que acababa de experimentar. 

Yo al principio no sabía de qué hablar; luego pregunté por don Genaro. Don Juan dijo que don Genaro había ido a enterrar a Pablito cerca de allí, y que estaba haciendo con él lo que él mismo hacía conmigo. 

Pese a mi deseo de sostener la conversación, algo en mí se hallaba incompleto; sentía una indiferencia inusitada, un cansancio que más parecía fastidio. Don Juan parecía al tanto de mis sentimientos. Empezó a hablar de Pablito y de cómo nuestros destinos se trenzaban. Dijo haberse convertido en el benefactor de Pablito al mismo tiempo que don Genaro se hizo su maestro, y que el poder nos había emparejado paso a paso a Pablito y a mí. 

Señaló con énfasis que la única diferencia entre Pablito y yo era que, mientras el mundo de Pablito como guerrero estaba gobernado por la coerción y el miedo, el mío lo estaba por el afecto y la libertad. Don Juan explicó que tal diferencia se debía a las personalidades intrínsecamente distintas de los benefactores. Don Genaro era dulce y afectuoso y gracioso, mientras él mismo era seco, autoritario y directo. Dijo que mi personalidad exigía un maestro fuerte pero un benefactor tierno, y que Pablito era al contrario: necesitaba un maestro bueno y un benefactor severo. Hablamos un rato más y luego amaneció. 

Al aparecer el sol sobre las montañas en el horizonte oriental, don Juan me ayudó a salir de la tierra. Cuando desperté, al atardecer, don Juan y yo nos sentamos junto a la puerta de la casa. Don Juan dijo que don Genaro seguía con Pablito, preparándolo para el último encuentro. 

-Mañana, Pablito y tú entrarán a lo desconocido -dijo-. Debo prepararte para eso ahora. Entrarán ustedes dos solos. Anoche ustedes eran como dos yoyos que nosotros hacíamos ir y venir; mañana andarán solos y por su cuenta. Tuve un ataque de curiosidad, y las preguntas sobre mis experiencias nocturnas brotaron en torrente.

Don Juan no se inmutó. 

-Hoy tengo que lograr una maniobra crucial -dijo-. Tengo que tenderte el último lazo. Y tú debes caer en él. Rió y se palmeó los muslos. 

-Lo que Genaro quiso mostrarte la otra noche con el primer ejercicio fue cómo usan los brujos al nagual -prosiguió-. No hay modo de llegar a la explicación de los brujos a menos que uno haya usado voluntariamente el nagual, o mejor dicho, a menos que uno haya usado voluntariamente el tonal para dar sentido a las propias acciones que uno ejecuta en el nagual. 

Otra manera de aclarar todo esto es decir que la visión del tonal debe prevalecer si uno quiere usar el nagual como lo usan los brujos. Le dije que encontraba una notoria incongruencia en lo que él acababa de expresar. Por una parte me había dado, dos días antes, una increíble recapitulación de sus actos deliberados durante un periodo de años, actos planeados para afectar mi visión del mundo; y por otra parte, quería que esa misma visión prevaleciese. 

-Uno no tiene nada que ver con lo otro -dijo-. El orden en nuestra percepción es el dominio exclusivo del tonal; sólo allí pueden nuestras acciones tener continuidad; sólo allí son como escaleras en las que uno puede contar los peldaños. No hay nada por el estilo en el nagual. Por ello, la visión del tonal es una herramienta, y como tal no es sólo la mejor herramienta, sino la única que tenemos. 

Anoche, tu burbuja de percepción se abrió y sus alas se desplegaron. No hay otra cosa que decir al respecto. Es imposible explicar lo que te sucedió, de modo que no voy a intentarlo y tú tampoco deberías. Baste decir que las alas de tu percepción tocaron tu totalidad. 

Anoche fuiste y viniste del nagual al tonal, una y otra vez. Fuiste lanzado en el abismo dos veces para no dejar posibilidad de error. La segunda vez experimentaste el impacto pleno del viaje a lo desconocido. Y tu percepción desplegó las alas cuando algo en ti se dio cuenta de tu verdadera naturaleza. 

Eres un racimo. Ésta es la explicación de los brujos. El nagual es lo impronunciable. Todos los sentimientos y todos los seres, y todos los uno mismos que son posibles flotan en él para siempre, como barcas, apacibles y constantes. 

Entonces la goma de la vida pega a algunos de ellos. Tú lo descubriste eso anoche, y lo mismo hizo Pablito, y lo mismo hizo Genaro la vez que se adentró en lo desconocido, y lo mismo hice yo. 

Cuando la goma de la vida pega a esos sentimientos se crea un ser, un ser que pierde el sentido de su verdadera naturaleza y se ciega con el brillo y el clamor del área dónde están los seres: el tonal. 

El tonal es donde existe toda la organización unificada. Un ser entra al tonal una vez que la fuerza de la vida ha unido los sentimientos que se necesiten. Una vez te dije que el tonal empieza al nacer y termina al morir; lo dije porque sé que, apenas la fuerza de la vida deja el cuerpo, todos esos pedazos aislados o que forman el racimo se desintegran y regresan al sitio de donde vinieron: el nagual. 

Lo que un guerrero hace al viajar a lo desconocido se parece mucho a la muerte, excepto que su racimo de sentimientos aislados no se desintegra, sino que se expande un poco sin perder la unión. 

En la muerte, sin embargo, todos se hunden en lo profundo y se mueven por su propia cuenta, como sí nunca hubieran sido una unidad. Quise señalar la completa homogeneidad de sus descripciones con mi experiencia. Pero no me permitió hablar. 

-No hay manera de referirse a lo desconocido -dijo-. Uno sólo puede presenciarlo. La explicación de los brujos dice que cada uno de nosotros tiene un centro desde el cual podemos presenciar el nagual: la voluntad. 

Así, un guerrero puede aventurarse en el nagual y dejar que su racimo se organice y se reorganice en todas las formas posibles. Te he dicho que la expresión del nagual es un asunto personal. Con eso quise decir que depende del guerrero mismo dirigir la organización y reorganización de ese racimo. 

La forma humana o el sentimiento humano es el arreglo original; capaz, para nosotros, esa es la más dulce de todas las formas; sin embargo, hay un número infinito de formas alternas que el racimo puede adoptar. Te he dicho que un brujo puede adoptar la forma que quiera. Eso es cierto. Un brujo que está en posesión de la totalidad de sí mismo puede dirigir las partes de su racimo para que se unan en cualquier forma concebible. 

La fuerza de la vida es lo que hace posible ese barajeo, pero una vez que la fuerza de la vida se agota, no hay modo de reintegrar el racimo. He llamado a ese racimo la burbuja de la percepción. 

También he dicho que está sellado, cerrado fuertemente, y que jamás se abre hasta el momento en que morimos. Sin embargo, puede hacérsele abrir. Evidentemente los brujos han aprendido el secreto, y aunque no todos llegan a la totalidad de sí mismos, conocen la posibilidad de llegar a eso. 

Saben que la burbuja sólo se abre cuando uno se sumerge en el nagual. Ayer te di una recapitulación de todos los pasos que has seguido para llegar a ese punto. Me escrutó como si esperara un comentario o una pregunta. Lo que había dicho estaba más allá de lo comentable. Entendí entonces que no habría tenido efecto alguno si me lo hubiera dicho catorce años antes, o en cualquier punto durante mi aprendizaje. 

Lo importante era el hecho de que yo había experimentado con mi cuerpo, o en él, las premisas de la explicación. 

-Estoy esperando tu pregunta de costumbre -dijo, pronunciando despacio las palabras. 

-¿Qué pregunta? -La que tu razón se muere por hacer. 

-Hoy desisto de todas las preguntas. En verdad no tengo ninguna, don Juan. 

-Eso no es justo -dijo, riendo-. Hay una pregunta en particular que necesito que hagas. Dijo que si cesaba mi diálogo interno tan sólo un instante, podría discernir qué pregunta era. 

Tuve un pensamiento súbito, una comprensión momentánea, y supe lo que él deseaba. 

-¿Dónde estaba mi cuerpo mientras me sucedía todo eso, don Juan? -pregunté, y estalló en una carcajada. 

-Ésta es la última treta de los brujos -dijo-. Digamos que lo que voy a revelarte es el último pedacito de la explicación de los brujos. Hasta ahora tu razón ha seguido mis hechos como mejor ha podido. Tu razón está dispuesta a admitir que el mundo no es como la descripción lo pinta, que hay en él mucho más de lo que se ve. Tu razón está casi preparada y dispuesta para admitir que tu percepción subió y bajó ese peñasco, o que algo en ti, o incluso todo tú, saltó al fondo del barranco y examinó con los ojos del tonal lo que había allí, como si hubieras descendido corporalmente con una cuerda y una escalera. 

El acto de examinar el fondo del barranco fue la cúspide de todos estos años de entrenamiento. Lo hiciste bien. Genaro vio el centímetro cúbico de suerte cuando le aventó una roca al tú que estaba en el fondo de la cañada. Tú viste todo. Genaro y yo supimos entonces sin la menor duda que estabas listo para lanzarte a lo desconocido. En aquel instante no sólo viste, sino que supiste todo lo del doble, el otro. 

Interrumpiendo, le dijo que me daba crédito inmerecido por algo más allá de mi entendimiento. Su respuesta fue que yo necesitaba tiempo para dejar que todas esas impresiones se asentaran, y que una vez que lo hicieran, las respuestas manarían de mí como antes las preguntas. 

-El secreto del doble radica en la burbuja de la percepción, que en tu caso estaba, aquella noche, en lo alto del peñasco y en el fondo del barranco al mismo tiempo -dijo-. 

El racimo de sentimientos puede agruparse al instante en cualquier parte. En otras palabras, podemos percibir a la vez el aquí y el allí Me instó a hacer memoria y recordar una secuencia de acciones que de tan ordinarias, dijo, casi se me habían olvidado. No supe de qué hablaba. Me animó a un mayor esfuerzo. 

-Piensa en tu sombrero -dijo-. Y en lo que Genaro hizo con él. Experimenté un brusco choque de reconocimiento. Había olvidado que don Genaro quiso que me quitara el sombrero porque el viento me lo arrancaba a cada momento. Pero yo no quería prescindir de él. Me sentía estúpido en mi desnudez. 

Usar sombrero, lo cual por lo común nunca hago, me proporcionaba un sentimiento de extrañeza; yo no era en verdad yo mismo, por lo cual estar desnudo no me apenaba tanto. Don Genaro intentó luego cambiar sombreros conmigo, pero el suyo era demasiado pequeño para mí. Hizo chistes sobre el tamaño de mi cabeza y las proporciones de mi cuerpo, y finalmente me quitó el sombrero y me envolvió la cabeza en un poncho viejo, a guisa de turbante. 

Dije a don Juan que había olvidado esa secuencia, la cual sin duda ocurrió entre mis supuestos saltos. Y sin embargo, el recuerdo de tales "saltos" resaltaba como una unidad sin interrupción. 

-Por supuesto que fueron una unidad sin interrupción, y también lo fueron los juegos de Genaro con tu sombrero -dijo él-. Esos dos recuerdos no pueden acomodarse uno tras otro porque ocurrieron al mismo tiempo. Movió los dedos de la mano izquierda como si no pudieran encajar en los espacios entre los dedos de la derecha. 

-Esos saltos fueron sólo el principio -continuó-. Luego vino tu verdadera excursión a lo desconocido; anoche experimentaste lo impronunciable, el nagual. 

Tu razón no puede luchar contra el conocimiento físico de que eres un racimo de sentimientos sin nombre. 

Tu razón tal vez incluso admita, a estas alturas, que hay otro centro de ensamble: la voluntad, a través de la cual es posible juzgar, calcular y utilizar los extraordinarios efectos del nagual. 

Por fin, tu razón se ha enterado de que podemos reflejar al nagual a través de la voluntad, aunque nunca podamos explicarlo. 

Pero entonces viene tu pregunta: ¿Dónde estaba yo mientras ocurría todo eso? ¿Dónde estaba mi cuerpo? La convicción de que hay un tú real es el resultado del hecho de que has reunido todo cuanto tienes en torno a tu razón. 

En este momento, tu razón admite que el nagual es lo indescriptible, no porque la evidencia lo haya convencido, sino porque es más seguro admitir esto. Tu razón está en terreno seguro; todos los elementos del tonal están de su lado. 

Don Juan hizo una pausa y me examinó. Sonreía con bondad. 

-Vamos al sitio de predilección de Genaro -dijo abruptamente. Se puso de pie y caminamos hasta la roca donde habíamos hablado dos días antes; nos sentamos cómodamente en los mismos sitios, con la espalda contra la roca. 

-Hacer que la razón se sienta segura es siempre la tarea del maestro -dijo-. Yo le jugué un truco a tu razón al hacerla creer que el tonal era explicable y previsible. Genaro y yo hemos trabajado para darte la impresión de que sólo el nagual estaba más allá de la explicación; la prueba de que el truco tuvo éxito es que en este momento te parece que, pese a todo cuanto has atravesado, hay todavía un núcleo que puedes reclamar como propio, tu razón. Esto es un espejismo. Tu preciosa razón no es más que un centro de ensamble, un espejo que refleja algo que está fuera de ella. 

Anoche atestiguaste no sólo lo indescriptible que es el nagual sino también lo indescriptible que es el tonal. El último trozo de la explicación de los brujos dice que la razón no hace sino reflejar un orden externo, y que la razón no sabe nada de ese orden; no puede explicarlo, como tampoco puede explicar el nagual. 

La razón sólo puede atestiguar los efectos del tonal, pero jamás podría comprenderlo o deshilvanarlo. El hecho mismo de que estemos pensando y hablando indica que hay un orden que seguimos sin ni siquiera saber cómo lo hacemos, o qué es el orden ese.

Saqué a colación la idea de las investigaciones realizadas por el hombre occidental con respecto al funcionamiento del cerebro, como una posibilidad de explicar qué era aquel orden. 

Él señaló que las investigaciones no hacían más que atestiguar que algo estaba sucediendo. 

-Los brujos hacen lo mismo con su voluntad -dijo-. 

Dicen que por medio de la voluntad pueden atestiguar los efectos del nagual. Ahora puedo añadir que por medio de la razón, sin importar lo que hagamos con ella, o cómo lo hagamos, estamos simplemente atestiguando los efectos del tonal. 

En ambos casos no hay esperanza, nunca, de entender o de explicar qué es lo que estamos atestiguando. Anoche fue la primera vez que volaste con las alas de tu percepción. Eras aún muy tímido. Sólo te aventuraste en la banda de la percepción humana. Un brujo puede usar esas alas, para tocar otras sensibilidades: la de un cuervo, por ejemplo, la de un coyote, un grillo, o el orden de otros mundos en ese espacio infinito.

-¿Se refiere usted a otros planetas, don Juan? 

-Claro. Las alas de la percepción pueden llevarnos a los más recónditos confines del nagual o a los mundos inconcebibles del tonal. 

-¿Puede un brujo, por ejemplo, ir a la Luna? 

-Desde luego que sí -replicó-. Sólo que no podría traer un costal de piedras. Reímos y bromeamos al respecto, pero él había hablado con toda seriedad. 

-Hemos llegado a la última parte de la explicación de los brujos -dijo-. 

Anoche, Genaro y yo te mostramos los dos últimos puntos que integran la totalidad del hombre: el nagual y el tonal. Una vez te dije que esos dos puntos estaban fuera de uno mismo, y a la vez no lo estaban. Ésa es la paradoja de los seres luminosos. El tonal de cada uno de nosotros es sólo un reflejo de ese indescriptible desconocido lleno de orden: el gran tonal; el nagual de cada uno de nosotros es sólo un reflejo de ese indescriptible vacío que lo contiene todo: el gran nagual. 

Ahora debes quedarte en el sitio de predilección de Genaro hasta que llegue el crepúsculo; para entonces ya habrás metido en su sitio la explicación de los brujos. 

Ahora, aquí sentado, no tienes nada más que la fuerza de tu vida, que une ese racimo de sentimientos. Se puso de pie. 

-La tarea de mañana es lanzarte solo a lo desconocido, mientras Genaro y yo te observamos sin intervenir -dijo-. Quédate aquí sentado y suspende tu diálogo interno. Puede que reúnas el poder necesario para desplegar las alas de tu percepción y volar hacia esa infinitud.