AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

domingo, 23 de noviembre de 2025

[16] LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN. De Enero a Abril de 1965. SER Y SENTIRSE COMO CUERVO.

 


Miércoles, 27 de enero de 1965

El martes 19 de enero fumé nuevamente la mezcla alucinógena. Le había dicho a don Juan que el humito me asustaba, y que le tenía mucha aprensión. Él dijo que yo debía probarlo de nuevo para evaluarlo con justicia. 

Entramos en su cuarto. Eran casi las dos de la tarde. Sacó la pipa. Fui por las brasas y nos sentamos uno frente a otro. Dijo que iba a calentar la pipa y a despertarla, y que si me fijaba bien la vería relumbrar. 

Llevó la pipa a sus labios tres o cuatro veces y chupó a través de ella. La frotó con ternura. De pronto me hizo un signo casi imperceptible con la cabeza, indicándome que mirara el despertar de la pipa. Miré, pero no pude verlo. 

Me entregó la pipa. Llené el cuenco con mi propia mezcla, y luego recogí una brasa usando unas tenazas que había hecho con unas pinzas de madera para ropa y que había estado guardando para esta ocasión. 

Don Juan miró mis tenazas y empezó a reír. Vacilé un momento, y el carbón se pegó a las tenazas. No me atreví a golpearlas contra el cuenco de la pipa, y tuve que escupir en la brasa para apagarla. 

Don Juan volvió la cabeza y se cubrió el rostro con el brazo. Su cuerpo se sacudía. Por un momento creí que lloraba, pero estaba riendo en silencio. La acción se interrumpió largo rato luego él mismo recogió velozmente una brasa, la puso en el cuenco y me ordenó fumar. 

Se requería todo un esfuerzo para chupar a través de la mezcla; parecía ser muy compacta. Tras el primer intento ya tenía yo el fino polvo en la boca. La adormeció al punto. Yo veía el resplandor en el cuenco, pero jamás sentí el humo como se siente el humo de un cigarro. Sin embargo, tenía la sensación de inhalar algo, algo que primero llenaba mis pulmones y luego se impulsaba hacia abajo para llenar el resto de mi cuerpo. 

Conté veinte inhalaciones, y después la cuenta ya no importó. Empecé a sudar; don Juan me miró fijamente y me dijo que no tuviera miedo e hiciese exactamente lo que él me indicara. 

Traté de responder "bueno", pero en vez de ello produje un extraño sonido ululante. Continuó resonando después de que hube cerrado la boca. 

El sonido sobresaltó a don Juan, quien tuvo otro ataque de risa. Quise decir "sí" con la cabeza, pero ésta no podía moverla. Don Juan me abrió suavemente las manos y se llevó la pipa. 

Me ordenó acostarme en el piso, pero sin dormirme. Pensé que tal vez me ayudaría a acostarme, pero no lo hizo. Sólo me miraba sin interrupción. 

De pronto vi girar el cuarto y me hallé mirando a don Juan desde una postura de costado. A partir de ese punto, las imágenes se hicieron extrañamente borrosas, como en un sueño. 

Puedo acordarme vagamente de haber oído a don Juan hablarme mucho durante el tiempo que estuve inmovilizado. No experimenté miedo, ni desagrado, durante el estado en sí, ni me sentí mal al despertar el día siguiente. 

Lo único fuera de lo común fue que no pude pensar con claridad por un largo rato después de despertar. Luego, gradualmente, en un periodo de cuatro o cinco horas, volví a ser yo mismo.


Miércoles, 20 de enero de 1965 


Don Juan no habló de mi experiencia ni me pidió que se la relatara. Solamente comentó que me había dormido demasiado pronto. 

-La única forma de seguir despierto es convertirse en pájaro o grillo o algo por el estilo -dijo. 

-¿Cómo se hace eso, don Juan? 

-Es lo que te estoy enseñando. 

-¿Te acuerdas de lo que te dije ayer cuando estabas sin cuerpo? 

-No puedo recordar claramente. Yo soy un cuervo. Te estoy enseñando a convertirte en cuervo. Cuando aprendas eso, seguirás despierto y te moverás con libertad; de otro modo siempre estarás pegado al suelo, dondequiera que caigas.


Domingo, 7 de febrero de 1965 


Mi segunda prueba con el humito tuvo lugar a eso del mediodía del domingo 31 de enero. Desperté al día siguiente, al empezar la noche. Me sentía poseedor de un poder fuera de lo común para recordar lo que don Juan me había dicho durante la experiencia. 

Sus palabras estaban impresas en mi mente. Yo seguía oyéndolas con claridad y persistencia extraordinarias. Durante esta prueba hubo otro hecho que se me hizo obvio: mi cuerpo entero se había entumido poco después de que empecé a tragar el polvo fino que se me introducía por la boca cada vez que fumaba. 

De modo que, no sólo inhalaba el humo, sino también ingería la mezcla. Traté de narrar mi experiencia a don Juan; él dijo que yo no había hecho nada importante. 

Dije que podía recordar cuanto había ocurrido, pero él no quería saber de eso. Cada recuerdo era preciso e inconfundible. El proceso de fumar había sido el mismo que en el intento previo. 

Era casi como si ambas experiencias perfectamente pudieran yuxtaponerse, y yo pudiese iniciar mi recuento desde el momento en que la primera experiencia terminaba. 

Recordaba con claridad que desde el instante de caer de costado sobre el piso estuve completamente privado de sentimiento y pensamiento. Pero mi claridad no se menoscaba en modo alguno. 

Recuerdo haber tenido mi último pensamiento más o menos en el momento en que el cuarto se convirtió en un plano vertical: "Debí de golpearme la cabeza en el suelo, pero no siento dolor." Desde ese momento sólo pude ver y oír. 

Me era posible repetir cada palabra que don Juan había dicho. Seguí una por una todas sus indicaciones. Parecían claras, lógicas y fáciles. Dijo que mi cuerpo estaba desapareciendo y sólo mi cabeza quedaría y en tal circunstancia la única manera de seguir despierto y moverse era convertirse en cuervo. 

Me ordenó esforzarme por parpadear, añadiendo que cuando pudiese hacerlo estaría listo para proceder. Luego me dijo que mi cuerpo se había desvanecido por entero y que yo no tenía sino mi cabeza; dijo que la cabeza nunca desaparece porque es lo que se transforma en cuervo. 

Me ordenó parpadear. Sin duda, repitió esta orden y todas las demás, incontables veces, pues yo podía acordarme de ellas con extraordinaria claridad. 

Debí de parpadear, pues don Juan dijo que me hallaba listo y me ordenó enderezar la cabeza y ponerla sobre la barbilla. 

Dijo que en la barbilla estaban las patas de cuervo. Me instó a sentir las patas y a observar que iban saliendo despacio. Luego dijo que yo no estaba sólido aún, que debía crecerme una cola, y que la cola saldría de mi cuello. 

Me ordenó extender la cola como un abanico y sentirla barrer el suelo. Luego habló de las alas del cuervo, y dijo que saldrían de mis pómulos. Dijo que era duro y doloroso. Me ordenó desplegarlas. Dijo que habían de ser extremadamente largas, tanto como me fuera posible extenderlas; de otro modo no podría yo volar. 

Me dijo que las alas estaban saliendo y eran largas y hermosas, y que yo debía agitarlas hasta que fueran alas de verdad. 

Habló de la parte superior de mi cabeza y dijo que aún era muy grande y pesada; su bulto me impediría el vuelo. La manera de reducir su tamaño era parpadear; con cada parpadeo mi cabeza se achicaría más. 

Me ordenó parpadear hasta que el peso de arriba hubiese desaparecido y yo pudiera saltar libremente. Luego me dijo que había reducido mi cabeza al tamaño de un cuervo, y que debía caminar y saltar hasta perder la solidez y el entumecimiento. 

Antes de poder volar, dijo, tenía yo que cambiar una última cosa. Era el cambio más difícil, y para llevarlo a cabo debía ser obediente y hacer exactamente lo que él me dijera. 

Tenía que aprender a ver como un cuervo. Dijo que mí boca y nariz iban a crecer entre mis ojos hasta dotarme de un pico fuerte. Dijo que los cuervos ven directamente de lado, y me ordenó volver la cabeza y mirarlo con un ojo. 

Dijo que si deseaba cambiar y mirar con el otro ojo, sacudiera el pico hacia abajo, y que ese movimiento me haría mirar con el otro ojo. Me ordenó alternar de uno a otro varias veces. 

Y entonces dijo que ya estaba listo para volar, y que el único modo de volar era que él me arrojase al aire. No tuve la menor dificultad en despertar la sensación correspondiente a cada una de sus órdenes. 

Percibí cómo me crecían patas de ave, débiles y vacilantes al principio. Sentí una cola salir de mi nuca y alas de mis pómulos. Las alas estaban profundamente plegadas. Las sentí brotar. 

El proceso era difícil pero no doloroso. Luego, parpadeando, reduje mi cabeza al tamaño de un cuervo. Pero el efecto más asombroso se llevó a cabo con mis ojos. 

¡Mi vista de pájaro! Cuando don Juan dirigió el crecimiento del pico, tuve una molesta sensación de falta de aire. Entonces brotó un bulto, creando un bloque frente a mí. Pero sólo cuando don Juan me indicó mirar lateralmente fueron mis ojos capaces de tener en realidad un panorama completo de lado. Podía yo cerrar un ojo y cambiar el enfoque al otro. 

Pero la visión del cuarto y de todos los objetos que había en él no era una visión ordinaria. Sin embargo, resultaba imposible decir en qué forma difería. Acaso estaba ladeada, o quizá las cosas se hallasen fuera de foco. 

Don Juan se hizo muy grande y resplandeciente. Algo en él era confortante y seguro. Luego las imágenes se borraron; perdieron sus contornos y se volvieron nítidos diseños abstractos que cintilaron un rato.


Domingo, 28 de marzo de 1965 


El jueves 18 de marzo fumé de nuevo la mezcla alucinógena; el procedimiento inicial varió en pequeños detalles. Tuve que volver a llenar una vez el cuenco de la pipa. 

Cuando terminé la primera dotación, don Juan me indicó limpiar el cuenco, pero él mismo virtió la mezcla, pues yo carecía de coordinación muscular. Me costaba mucho esfuerzo mover los brazos. 

Había en mi bolsa mezcla suficiente para una nueva carga. Don Juan miró la bolsa y dijo que aquélla era mi última prueba con el humito hasta el año siguiente, pues ya había agotado mis provisiones. 

Volvió del revés la bolsita y sacudió el polvo sobre el plato de las brasas. Ardió con un resplandor naranja, como si don Juan hubiera puesto sobre los carbones una lámina de material transparente. La lámina estalló en llamas, y luego se quebró en un intrincado diseño de líneas. 

Algo describía zigzags dentro de las líneas, a gran velocidad. Don Juan me dijo que mirara el movimiento en las líneas. Vi algo que parecía una canica pequeña rodando de un lado a otro en el área resplandeciente. 

Él se agachó, metió la mano en el resplandor, recogió la canica y la colocó en el cuenco de la pipa. Me ordenó dar una calada. Tuve la clara impresión de que había puesto la pequeña bola en la pipa para que yo la inhalase. En un momento, el cuarto perdió su posición horizontal. Experimenté un entumecimiento profundo, una sensación pesada.

Al despertar, yacía de espaldas en el fondo de una zanja de riego poca profunda, sumergido en agua hasta la barbilla. Alguien sostenía mi cabeza. Era don Juan. Mi primer pensamiento fue que el agua en la zanja tenía una calidad insólita: era fría y pesada. Me golpeaba suavemente y mis ideas se aclaraban a cada uno de sus movimientos. 

Al principio el agua tenía un halo o fluorescencia verde brillante que pronto se disolvió, dejando sólo una corriente de agua común. 

Pregunté la hora a don Juan. Dijo que era temprano por la mañana. Tras un rato, ya completamente despierto, salí del agua. 

-Debes decirme todo lo que viste -dijo don Juan cuando llegamos a su casa. 

También dijo que había estado tratando de "hacerme volver" durante tres días, y había tenido muchas dificultades al hacerlo. Hice muchos intentos de describir lo que había visto, pero no podía concentrarme. 

Más tarde, al anochecer, me sentí listo para hablar con don Juan y empecé a contarle lo que recordaba desde el momento en que caí de costado, pero él no quería oír de eso. Dijo que la única parte interesante era lo que vi e hice después de que él "me echó al aire y yo salí volando". 

Todo cuanto recordaba era una serie de imágenes o escenas oníricas. No tenían orden ni secuencia. Tuve la impresión de que cada una era como una burbuja aislada, que flotaba hasta quedar en foco y luego se alejaba. 

Sin embargo, no eran simplemente escenas para mirar. Yo estaba dentro de ellas. Tomaba parte de ellas. 

Cuando traté de evocarlas, tuve al principio la sensación de que eran destellos vagos, difusos, pero pensándolas me di cuenta de que cada una era extremadamente clara, aunque sin relación alguna con mi forma ordinaria de ver las cosas, de allí, la sensación de vaguedad. Las imágenes eran pocas y sencillas. 

Apenas don Juan mencionó haberme "echado al aire", tuve un leve recuerdo de una escena absolutamente clara en la cual yo lo miraba de lleno, desde alguna distancia. 

Miraba sólo su cara. Tenía un tamaño monumental. Era plana, con un resplandor intenso. Su cabello era amarillento y se movía. Cada parte de su rostro se movía por sí misma, proyectando una especie de luz ámbar. 

La siguiente imagen era una en que don Juan me aventaba, en una dirección recta hacia adelante. Recuerdo que “extendí mis alas y volé”. 

Me sentía solo, rasgando el aire, avanzando derecho, penosamente. Era más como caminar que como volar. Cansaba mi cuerpo. No había sentimiento de fluir libre, no había júbilo. 

Entonces recordé por un instante hallarme inmóvil, mirando una masa de filos agudos, oscuros, en un área que tenía una luz opaca y dolorosa; luego vi un campo con una variedad infinita de luces. Las luces se movían y parpadeaban y cambiaban su luminosidad. Eran casi como colores. Su intensidad me deslumbraba. 

En otro momento, había un objeto casi contra mi ojo. Era grueso y puntiagudo; tenía un definido brillo rosáceo. Sentí un temblor súbito en alguna parte del cuerpo y vi una multitud de formas rosadas similares venir hacia mí. Todas se me acercaban. Me alejé de un salto. 

La última escena que recordé fue de tres aves plateadas. Irradiaban una luz metálica, lustrosa, casi como acero inoxidable pero intensa y móvil y viva. Me gustaron. Volamos juntos. Don Juan no hizo ningún comentario sobre mi relato.


Martes, 23 de marzo de 1965 


La siguiente conversación tuvo lugar al día siguiente, después del relato de mi experiencia. Don Juan dijo: 

-No se necesita gran cosa para volverse cuervo. Lo hiciste y ahora siempre lo serás. 

-¿Qué pasó después de que me volví cuervo, don Juan? ¿Volé durante tres días? 

-No; regresaste al caer la noche, como yo te había dicho. 

-Pero, ¿cómo regresé? 

-Estabas muy cansado y te dormiste. Eso es todo. 

-Quiero decir, ¿volé de regreso? 

-Ya te dije. Me obedeciste y regresaste a la casa. Pero no te preocupes por ese asunto. No tiene importancia. 

-¿Qué es importante, entonces? 

-En todo tu viaje hubo una sola cosa de gran valor: ¡los pájaros plateados! 

-¿Qué tenían de especial? Sólo eran pájaros 

-No. Eran cuervos. 

-¿Eran cuervos blancos, don Juan? 

-Las plumas negras del cuervo son en realidad plateadas. Los cuervos brillan tan fuerte que las demás aves no los molestan. 

-¿Por qué parecían plateadas sus plumas? 

Porque estabas viendo como cuervo. Un ave que nos parece oscura le parece blanca a un cuervo. Las palomas blancas, por ejemplo, son rosas o azuladas para un cuervo; las gaviotas son amarillas. 

Ahora, trata de recordar cómo te juntaste con ellos. Pensé en eso, pero los cuervos eran una imagen nebulosa, disociada, sin continuidad. Le dije que sólo podía recordar que sentí haber volado con ellos. 

Preguntó si me les había unido en el aire o en la tierra, pero yo no tenía modo de responder. Casi se enojó conmigo. Exigió que pensara en eso. Dijo: 

-Todo esto no vale nada, no es sino un sueño de loco, a menos que recuerdes correctamente. Me esforcé por hacer memoria, pero no pude. 


Sábado, 3 de abril de 1965 

Hoy pensé en otra imagen de mi "sueño" sobre los cuervos plateados. Recordé haber visto una masa oscura con miríadas de agujeros de alfiler. De hecho, la masa era un conglomerado de agujeritos, Ignoro por qué pensé que era blanda. 

Cuando estaba mirándola, tres aves volaron directamente hacia mi. Una de ellas hizo un ruido; luego las tres se hallaban junto a mí, en tierra, describí la imagen a don Juan. 

Me preguntó de que dirección habían venido las aves. Le dije que no me era posible determinarlo. Se impacientó bastante y me acusó de ser rígido en mi pensamiento. 

Dijo que muy bien podría recordar si trataba de hacerlo y que en realidad yo tenía miedo de volverme menos rígido. 

Dijo que yo estaba pensando en términos de hombres y cuervos y que no era ni hombre ni cuervo en el momento del que deseaba acordarme. Me pidió recordar lo que me había dicho el cuervo. Traté de pensar en ello, pero mi mente jugaba con veintenas de cosas ajenas al asunto. No podía concentrarme.


 Domingo, 4 de abril de 1965 


Hoy di una larga caminata. Ya había oscurecido bastante cuando llegué a la casa de don Juan. Iba pensando en los cuervos cuando de pronto un "pensamiento" muy extraño cruzó por mi mente. Era como una impresión o sentimiento, más que pensamiento. El ave que había hecho el ruido dijo que venían del norte e iban al sur, y cuando nos encontráramos de nuevo vendrían por el mismo camino. 

Conté a don Juan lo que había pensado, o quizá recordado. Él dijo: 

-No pienses si lo recordastes o lo inventastes. Esos pensamientos pertenecen sólo a los hombres, no a los cuervos, y menos aún a los cuervos que vistes, porque son los emisarios de tu destino. 

-Tú ya eres un cuervo -continuó- Nunca cambiarás eso. De ahora en adelante, los cuervos te señalarán con su vuelo cada vuelta de tu destino. 

-¿Hacia dónde volaste con ellos? 

-¡No podría saber eso, don Juan! 

-Si piensas como se debe, recordarás. Siéntate en el suelo y dime en qué posición estabas cuando las aves volaron a ti. Cierra los ojos y haz una raya en el suelo. 

Seguí su indicación y determiné el punto. 

-¡No abras todavía los ojos! -prosiguió: -¿Para dónde volaron todos en relación con ese punto? 

Hice otra marca en el piso. Tomando como referencia estos puntos de orientación, don Juan interpretó las diferentes pautas de vuelo que los cuervos observarían para predecir mi futuro personal o destino. 

Puse los cuatro puntos cardinales como eje del vuelo de los cuervos. Le pregunté si los cuervos siempre seguían los puntos cardinales para anunciar el destino de un hombre. 

Dijo que la orientación era sólo mía; lo que los cuervos hicieron en mi primera reunión con ellos tenía importancia crucial. Insistió en que recordara cada detalle, porque el mensaje y la pauta de los "emisarios" eran un asunto individual, personalizado. 

Había una cosa más de la cual me instaba a acordarme: la hora en que me dejaron los emisarios. Me pidió pensar en la diferencia de la luz a mi alrededor entre la hora en que "empecé a volar" y la hora en que las aves plateadas "volaron conmigo". 

Cuando tuve inicialmente la sensación de vuelo penoso, estaba oscuro. 

Pero cuando vi a las aves, todo se hallaba rojizo: rojo claro, o tal vez naranja. 

-Eso quiere decir que era casi el fin del día -dijo don Juan-; pero todavía no se había metido el sol. 

Cuando está todo oscuro, un cuervo se ciega de blancura y no de oscuridad, como nosotros de noche. Esta indicación de la hora quiere decir que tus emisarios finales vendrán al fin del día. Te llamarán, y al volar sobre tu cabeza se volverán blancos plateados; los verás brillar contra el cielo y eso querrá decir que llegó tu hora final. 

Querrá decir que te vas a morir y a volverte cuervo por última vez. 

-¿Y si los veo de mañana? 

-¡No los verás de mañana! 

-Pero los cuervos vuelan todo el día. 

-¡Tus emisarios, no, tonto! 

-¿Y sus emisarios, don Juan? 

-Los míos vendrán de mañana. También serán tres. 

Mi benefactor me dijo que, si uno no quiere morir, puede volverlos negros a gritos. Pero ahora sé que no vale la pena. Mi benefactor era dado a gritar y a todo el barullo y la violencia de la yerba del diablo. 

Yo sé que el humito es diferente porque no tiene pasión. Es justo. Cuando tus emisarios plateados lleguen por ti, no hay necesidad de gritarles. Vuela con ellos como ya lo hiciste. Después de haberte recogido darán media vuelta y los cuatro se irán volando. 


Sábado, 1 de abril de 1965 

Había estado experimentando breves destellos de disociación o estados superficiales de realidad no ordinaria. Un elemento de la experiencia alucinógena con los hongos recurría sin cesar en mis pensamientos: la masa de agujeritos blanda y oscura. 

Continué visualizándola como una burbuja de grasa o de aceite que empezaba a tirar de mí hacia su centro. Era casi como si el centro fuera a abrirse y a tragarme, y en momentos muy breves yo experimentaba algo semejante a un estado de realidad no ordinaria. 

Como resultado, sufría instantes de profunda agitación, angustia e incomodidad, y luchaba por poner fin a las experiencias apenas comenzaban. 

Hoy discutí esta condición con don Juan. Pedí consejo. Él no pareció preocuparse, y me indicó olvidarme de esas experiencias, porque carecían de significado o más bien de valor. 

Dijo que las únicas experiencias dignas de mi esfuerzo y atención serían aquéllas en los que viera un cuervo; cualquier otra clase de "visión" no sería sino el producto de mis temores. 

Me recordó una vez más que para usar el humito era necesario llevar una vida fuerte, calmada. En lo personal, yo parecía haber alcanzado un umbral peligroso. 

Le dije que me sentía incapaz de proseguir; había en los hongos algo verdaderamente aterrador. Al repasar las imágenes evocadas de mi experiencia alucinógena, yo había llegado a la conclusión inevitable de que había visto el mundo en una forma estructuralmente distinta de la visión ordinaria. 

En otros estados de realidad no ordinaria que había atravesado, las formas y los diseños que visualizaba se hallaban siempre dentro de los confines de mi concepción visual del mundo. Pero la sensación de ver bajo la influencia de la mezcla alucinógena de fumar no era la misma. 

Todo lo que veía estaba frente a mí en una línea directa de visión; nada había encima ni abajo de esa línea de visión. Cada imagen tenía una irritante planura, y sin embargo, desconcertantemente, una gran profundidad. 

Acaso seria más exacto decir que las imágenes eran un conglomerado de detalles increíblemente precisos colocados dentro de campos de luz diferente; la luz se movía en los campos, creando un efecto de rotación. 

Después de aguijarme y esforzarme por recordar, me hallé obligado a hacer una serie de analogías o símiles para "entender" lo que había "visto". 

El rostro de don Juan, por ejemplo, parecía como sumergido en el agua. El agua parecía moverse en un fluir continuo sobre la cara y el cabello, los amplificaba a tal grado que, cuando yo enfocaba mi visión, podía ver cada poro de la piel o cada cabello de la cabeza. 

Por otra parte, vi masas de materia planas y llenas de aristas, pero no se movían porque no había fluctuación en la luz proveniente de ellas. Pregunté a don Juan qué eran las cosas que vi. Dijo que, siendo ésta la primera vez que yo veía como cuervo, las imágenes no eran claras ni importantes, y que más tarde, con la práctica, me sería posible reconocerlo todo. 

Saqué a colación la diferencia que había notado en el movimiento de la luz. 

-Las cosas que están vivas -dijo él- se mueven por dentro y el cuervo puede ver con facilidad cuándo algo está muerto, o a punto de morir, porque el movimiento ya se paró o se va parando. Un cuervo sabe también cuando algo se mueve demasiado aprisa, y por lo mismo sabe cuando algo se mueve al paso justo.  

-¿Qué significa cuando algo se mueve demasiado aprisa, o al paso justo? 

-Significa que un cuervo sabe de hecho qué evitar y qué buscar. 

Cuando algo se mueve demasiado deprisa por dentro, quiere decir que está a punto de estallar con violencia, o de pegar el brinco, y un cuervo lo evita. 

Cuando se mueve por dentro al paso justo, es una vista placentera y el cuervo la busca. 

-¿Se mueven las rocas por dentro? 

-No, ni las rocas ni los animales muertos ni los árboles muertos pero es hermoso mirarlos. Por eso los cuervos andan por donde hay cadáveres. Les gusta mirarlos. Ninguna luz se mueve dentro de ellos. 

-Pero cuando la carne se pudre, ¿no cambia ni se mueve? 

-Sí, pero ese movimiento es distinto. Lo que el cuervo ve entonces son millones de cosas moviéndose dentro de la carne con luz propia, y eso es lo que le gusta ver. 

Verdaderamente es una vista inolvidable. 

-¿La ha visto usted, don Juan? 

-Cualquiera que aprenda a volverse cuervo la puede ver. Tú mismo la verás. En este punto hice a don. Juan la pregunta inevitable. 

-¿Me convertí realmente en cuervo? O mejor dicho, ¿habría pensado cualquiera, al verme, que era yo un cuervo común? 

-No. No puedes pensar así cuando tratas con el poder de los aliados. Esas preguntas no tienen sentido, y eso que volverse cuervo es lo más simple que hay. Es casi como travesura; tiene poca utilidad. Como ya te he dicho, el humito no es para los que buscan poder. Es sólo para quienes anhelan ver. 

Yo aprendí a volverme cuervo porque son las aves más efectivas de todas. Ninguna otra las molesta, a menos que sean águilas grandes y hambrientas, pero los cuervos vuelan en grupo y pueden defenderse. 

Tampoco los hombres molestan a los cuervos, y eso es importante, cualquiera puede distinguir un águila grande, sobre todo un águila fuera de lo común, o cualquier otra ave grande y fuera de lo común, pero, ¿a quién le interesa un cuervo? 

Un cuervo está seguro. Es ideal en tamaño y en naturaleza. Puede meterse donde sea sin llamar la atención. En cambio, volverse oso o león es posible, pero sale bastante peligroso. Una criatura de ésas es demasiado grande; se necesita demasiada energía para convertirse en ella. También puede uno volverse grillo, o lagartija, o hasta hormiga, pero eso es todavía más arriesgado, porque los animales grandes cazan a las criaturas pequeñas. 

Señalé que, según lo que él decía, uno se transformaba realmente en cuervo, o grillo, o cualquier otra cosa. Pero él insistió en que yo entendía mal. 

-Se necesita mucho tiempo para aprender a ser un cuervo cabal -dijo-. 

Pero tú no cambiaste, ni dejaste de ser hombre. Es otra cosa lo que pasa. 

-¿Puede usted decirme qué es la otra cosa, don Juan? 

-A lo mejor a estas alturas ya tú mismo lo sabes. Quizá si no tuvieras tanto miedo de volverte loco, o de perder tu cuerpo, entenderías este secreto maravilloso. Pero a lo mejor debes esperar a perder tu miedo para entender lo que quiero decir



[15] LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN. Diciembre 1964. DON JUAN PONE A ESCOGER ALIADO A CARLOS.

 



Don Juan me dio a entender que deseaba que yo me familiarizara lo más posible con la yerba del diablo. Esta posición era incongruente con su supuesto desagrado hacia la planta, pero él se explicó diciendo que era indispensable desarrollar un mejor conocimiento del poder de la yerba del diablo para entender el efecto del humito. 

Sugirió repetidamente que al menos debía yo probar la yerba del diablo una vez más con la brujería con las lagartijas. Di vueltas largo tiempo a la idea. La urgencia de don Juan creció continuamente hasta que me sentí obligado a tomar su demanda en serio.

Y un día resolví adivinar acerca de unos objetos robados. 


Lunes, 28 de diciembre de 1964 

El sábado 19 de diciembre corté la raíz de la datura. Esperé a que estuviera bastante oscuro para bailar alrededor de la planta. Preparé el extracto de raíz durante la noche y el domingo, a eso de las 6 de la mañana, fui al lugar de mi datura y me senté frente a la planta. 

Había anotado cuidadosamente las enseñanzas de don Juan relativas al procedimiento. Releyendo mis notas, vi que no tenía que moler allí las semillas. De alguna manera, el solo hecho de estar frente a la planta me producía un raro estado de estabilidad emocional, una claridad de pensamiento o un poder para concentrarme en mis acciones del que ordinariamente carezco. 

Seguí minuciosamente todas las instrucciones, calculando mi tiempo de modo que la pasta y la raíz estuvieran listas al atardecer. Sobre las 5 estaba ocupado en cazar un par de lagartijas. 

Durante hora y media probé cuanto método se me ocurrió, pero fracasé en cada intento. Sentado frente a la datura, trataba de descubrir un modo expedito de lograr mi propósito cuando de pronto recordé que a las lagartijas, según don Juan, había que hablarles. 

Al principio me sentí ridículo hablando a las lagartijas. Era como avergonzarse de hablar frente a un público. El sentimiento no tardó en desvanecerse, y seguí hablando. 

Era casi de noche. Alcé una roca. Debajo había una lagartija. Parecía hallarse entumida. La recogí. Y entonces vi otra lagartija, rígida debajo de otra roca. Ni siquiera se retorcieron. 

Coser el hocico y los ojos fue la tarea más difícil. Noté que don Juan había impartido a mis actos un sentido de irrevocabilidad. Su posición era que cuando uno empieza a actuar no hay modo de detenerse. Sin embargo, si yo hubiera querido parar, no había nada que me lo impidiese. 

La verdad era que no quería parar. Dejé libre una lagartija, y tomó una dirección más o menos hacia el noroeste: augurio de una experiencia buena, pero difícil. Até a mi hombro la otra lagartija y me embarré las sienes según lo prescrito. 

La lagartija estaba tiesa: por un momento pensé que había muerto, y don Juan nunca me había dicho qué hacer si eso ocurría. Pero sólo se hallaba entumida. Bebí la poción y esperé un rato. No sentí nada fuera de lo ordinario. 

Empecé a untarme la pasta a las sienes. La apliqué veinticinco veces. Luego, en forma enteramente mecánica, como distraído, la extendí repetidas veces sobre mi frente. 

Advertí el error y me limpié apresuradamente. Mi frente sudaba; me puse febril. Me aferraba una angustia intensa, ya que don Juan me había aconsejado enfáticamente no untarme la pasta en la frente. 

El miedo se convirtió en un sentimiento de soledad absoluta, el sentimiento del juicio final. Me hallaba allí solo. Si algo malo iba a pasarme, nadie había que me ayudara. Quise echar a correr. Tenía una alarmante sensación de indecisión, de no saber qué hacer. 

Un torrente de pensamientos irrumpió en mi mente, destellando con velocidad extraordinaria. Noté que eran pensamientos más bien extraños; es decir, extraños en el sentido de que parecían acudir en forma distinta de los pensamientos comunes. 

Conozco la manera en como pienso. Mis pensamientos tienen un orden definido que me es propio, y cualquier desviación resulta perceptible. Uno de los pensamientos ajenos versaba sobre una aseveración hecha por un autor. Era, recuerdo vagamente, más como una voz, o algo dicho al fondo, en alguna parte. Fue tan rápido que me sobresaltó. Hice una pausa para examinarlo, pero se volvió un pensamiento común. 

Me hallaba seguro de haber leído el aserto, pero no podía recordar el nombre del autor. De pronto me acordé de que era Alfred Kroeber. Entonces otro pensamiento ajeno brotó para "decir" que no era Kroeber, sino Georg Simmel, quien había hecho la aseveración. 

Insistí en que era Kroeber, y sin saber cómo me vi envuelto en una discusión conmigo mismo. Y olvidé mi sentimiento de perdición total, los párpados me pesaban como si hubiera tomado pastillas para dormir. 

Aunque nunca las he tomado, esa fue la imagen que acudió a mi mente. Me estaba quedando dormido. Quise ir a mi coche a acostarme, pero no podía moverme. Entonces, con bastante brusquedad, desperté, o mejor dicho, sentí claramente haber despertado. 

Mi primer pensamiento fue sobre la hora del día. Miré en torno. No me hallaba enfrente de la datura. Despreocupadamente acepté el hecho de que estaba viviendo otra experiencia adivinatoria. Eran las 12:35 en un reloj por encima de mi cabeza. Yo sabía que era por la tarde. 

Vi a un hombre joven con un rimero de papeles en las manos. Yo estaba tan cerca de él que casi lo tocaba. Veía pulsar las venas de su cuello y oía el latir rápido de su corazón. Absorto en lo que veía, no había tomado conciencia, hasta el momento, de la calidad de mis pensamientos. 

Entonces oí una "voz" en mi oído describiendo la escena, y me di cuenta de que la "voz" era el pensamiento ajeno en mi mente. Me concentré tanto en escuchar que la escena perdió para mí su interés visual. Oía la voz junto a mi oreja derecha, sobre el hombro, Literalmente creaba la escena al describirla. Pero obedecía mi voluntad, pues yo podía detenerla en cualquier momento y examinar a mi antojo los detalles de lo que decía. 

"Oí-vi" toda la secuencia de las acciones del joven. La voz seguía explicándolas en detalle, pero de algún modo la acción carecía de importancia. Lo extraordinario era la vocecita. 

Tres veces durante el curso de la experiencia quise volverme para ver quién hablaba. Traté de hacer girar mi cabeza totalmente hacia la derecha, o nada más de volverme inesperadamente para ver si había alguien allí. Pero cada vez que lo hacía, se nublaba mi visión. Pensé: "El motivo de que no pueda volverme es que la escena no está en el terreno de la realidad ordinaria." Y ese pensamiento era mío. Desde ese momento concentré mi atención sólo en la voz. Parecía venir de mi hombro. Era perfectamente clara, aunque pequeña. No era, sin embargo, una voz de niño ni una voz en falsete, sino la voz de un hombre en miniatura. Tampoco era mi voz. Supuse que hablaba en inglés. Cada vez que me proponía atrapar a la voz, se apagaba por entero o se hacía vaga y la escena palidecía. Pensé en un símil. 

La voz era como la imagen creada por partículas de polvo en las pestañas, o por los vasos sanguíneos en la córnea del ojo: una forma como gusano que puede verse mientras uno no la mira directamente, pero en el momento en que tratamos de mirarla se desliza fuera del panorama con el movimiento del ojo.

Me desinteresé por completo de la acción. Conforme escuchaba, la voz se hacía más compleja. Lo que yo tomaba por voz era más bien como algo que susurrara pensamientos a mi oído. Pero eso no era exacto. Algo estaba pensando por mí. Los pensamientos estaban fuera de mí mismo. Supe que era así porque podía retener al mismo tiempo mis propios pensamientos y los pensamientos del "otro". 

En cierto punto, la voz creaba escenas, actuadas por el joven, que nada tenían que ver con mi pregunta original sobre los objetos perdidos. El joven realizaba acciones muy complejas. La acción nuevamente había cobrado importancia y ya no presté atención a la voz. Empecé a perder la paciencia; quería detenerme. "¿Cómo puedo acabar con esto?", pensé. 

La voz en mi oído dijo que debía volver a la cañada. Pregunté cómo, y la voz respondió que pensara en mi planta. Pensé en mi planta. Solía sentarme frente a ella. Lo había hecho tantas veces que me fue bastante fácil visualizarlo. Creí que verla, como la vi en ese momento, era otra alucinación, ¡pero la voz dijo que yo había “vuelto”! 

Me esforcé por escuchar. Sólo había silencio: La datura frente a mí parecía tan real como todo lo demás que yo había visto, pero podía tocarla, podía moverme. 

Me levanté y caminé hacia mi coche. El esfuerzo me agotó; me senté cerrando los ojos. Estaba mareado y quería vomitar. Tenía un zumbido en las orejas. Algo resbaló sobre mi pecho. Era la lagartija. Recordé la admonición de don Juan acerca de liberarla. Regresé a la planta y desaté la lagartija. No quise ver si estaba muerta o viva. 

Rompí la olla de barro que contenía la pasta y la cubrí de tierra con los pies. Subí en mi coche y me quedé dormido. 


Jueves, 24 de diciembre de 1964 


Hoy narré toda la experiencia a don Juan. Como de costumbre, escuchó sin interrumpirme. Al final tuvimos el siguiente diálogo. 

-No te fue bien porque hiciste algo muy malo. 
-Lo sé. Fue un error estúpido, un accidente. 
-Con la yerba del diablo no hay accidentes. Te dije que la yerba te probaría hasta lo último. Una de dos: o eres muy fuerte, o de veras la yerba te quiere. El centro de la frente es sólo para los grandes brujos que saben manejar su poder. 
-¿Qué pasa cuando un hombre se pasa la pasta en la frente, don Juan. 
-A menos que el hombre sea un brujo de primera nunca vuelve del viaje. 
-¿Se ha frotado usted la pasta en la frente, don Juan? 
-¡Jamás! Mi benefactor me dijo que muy pocas personas vuelven de un viaje así. Uno podría quedarse ido meses enteros y tener que ser atendido por otros. Mi benefactor decía que las lagartijas pueden llevar a un hombre al fin del mundo y enseñarle los secretos más maravillosos, si así lo pide. 
-¿Conoce usted a alguien que haya emprendido ese viaje? 
-Sí, mi benefactor. Pero nunca me dijo cómo volvió. 
-¿Es tan difícil volver, don Juan? 
-Sí. Por eso lo que tú hiciste de veras me sorprende. No sabías el camino, y debemos seguir ciertos pasos, porque es en los pasos donde el hombre halla fuerza. Sin ellos no somos nada. Permanecimos horas en silencio. Él parecía sumergido en una meditación muy profunda.


Sábado, 26 de diciembre de 1964 


Don Juan me preguntó si había buscado a las lagartijas. Le dije que sí, pero que no pude hallarlas. Le pregunté qué habría pasado si una de las lagartijas hubiera muerto mientras yo la sostenía. 

Dijo que la muerte de una lagartija era un suceso infortunado. Si la lagartija del hocico cosido hubiera muerto en cualquier momento, no habría tenido objeto proseguir con la brujería. La muerte de esa lagartija también significaría que las lagartijas en general habían retirado su amistad, y yo tendría que abandonar el aprendizaje de los secretos de la yerba del diablo durante un buen tiempo. 

-¿Cuánto tiempo, don Juan? -pregunté. -Dos años o más. 
-¿Qué habría pasado si muere la otra lagartija? 
-Si muere la segunda lagartija, estás en verdadero peligro. Te quedas solo, sin guía. Si muere antes de que empieces la brujería, puedes suspenderla, pero entonces también tienes que dejar para siempre a la yerba del diablo. 

Si la lagartija muere estando en tu hombro, ya empezada la brujería, tendrías que seguir adelante, y eso es de veras la locura. 
-¿Por qué es la locura? 
-Porque en tales condiciones nada tiene sentido. Estás solo, sin guía, viendo cosas aterradoras, sin sentido. 
-¿Qué quiere usted decir con "cosas sin sentido"? 
-Cosas que venos por nosotros mismos. Cosas que vemos cuando no tenemos rumbo. 

Significa también que la yerba del diablo está tratando de librarse de ti, empujándote al abismo. 

-¿Conoce usted a alguien que haya experimentado eso? 
-Sí. A mi me pasó eso. Sin la sabiduría de las lagartijas, me volví loco. 
-¿Qué vio usted, don Juan? 
-Un montón de pendejadas. ¿Qué otra cosa habría podido ver si no tenía rumbo? 


Lunes, 28 de diciembre de 1964


 -Me dijo usted, don Juan, que la yerba del diablo prueba a los hombres. ¿A qué se refería usted? 
-La yerba del diablo es como una mujer, y como mujer halaga a los hombres. Les pone trampas a cada vuelta. Te puso una trampa forzándote a untarte la pasta en la frente. Y tratará de nuevo, y tú probablemente caerás. Te lo advierto. No la tomes con pasión; la yerba del diablo es sólo un camino a los secretos de un hombre de conocimiento, hay otros caminos. 

Pero su trampa es hacerte creer que el único camino es el suyo. Yo digo que es inútil desperdiciar la vida en un solo camino, sobre todo si ese camino no tiene corazón. 

-Pero, ¿cómo sabe usted cuándo no tiene corazón un camino, don Juan? 
-Antes de embarcarte en cualquier camino tienes que hacer la pregunta: ¿tiene corazón este camino? Si la respuesta es no, tú mismo lo sabrás, y deberás entonces escoger otro camino. 
-Pero ¿cómo sé de seguro si un camino tiene corazón o no? 
-Cualquiera puede saber eso. El problema es que nadie hace la pregunta, y cuando uno por fin se da cuenta de que ha tomado un camino sin corazón, el camino está ya a punto de matarlo. 

En esas circunstancias muy pocos hombres pueden pararse a considerar, y menos aún pueden dejar el camino. 

-¿Cómo debo proceder para hacer la pregunta apropiada, don Juan? 
-Pregunta nada más. 
-Lo que quiero decir es si hay un método indicado para que yo no me mienta a mí mismo y crea que la respuesta es sí cuando en realidad es no 
-¿Por qué habrías de mentir? 
-Tal vez porque en el momento el camino es agradable y me gusta. 
-Esas son tonterías. Un camino sin corazón nunca es disfrutable. Hay que trabajar duro tan sólo para tomarlo. En cambio, un camino con corazón es fácil: no te hace trabajar por tomarle gusto. 

Don Juan cambió de pronto el rumbo de la conversación y me enfrentó directamente con la idea de que me gustaba la yerba del diablo. Tuve que admitir que al menos sentía cierta inclinación hacia ella. 

Me preguntó cómo me sentía con respecto a su aliado, el humito, y tuve que decirle que la sola idea de tener que usarlo me asustaba hasta hacerme perder los sentidos. 
-Te he dicho que para escoger un camino debes estar libre de miedo y de ambición. 

Pero el humito te ciega de miedo y la yerba del diablo te ciega de ambición. 

Argüí que se necesitaba ambición para emprender cualquier camino, y que su aseveración de que había que estar libre de ambición carecía de sentido. 
Una persona tiene que tener ambición para poder aprender. 

-El deseo de aprender no es ambición -dijo-. El querer saber, es nuestro destino como hombres, pero convidar a la yerba del diablo es solicitar poder, y eso es ambición, porque no lo estás haciendo para saber. 

No dejes que la yerba del diablo te ciegue. Ya te tiene enganchado. Invita a los hombres y les da una sensación de poder; los hace sentirse capaces de hacer cosas que ningún hombre común puede. Pero esa es su trampa. Y, luego, el camino sin corazón se vuelve contra los hombres y los destruye. No se necesita gran cosa para morir, y buscar la muerte es no buscar nada.

En el mes de diciembre de 1964, don Juan y yo fuimos a recolectar las diversas plantas necesarias para hacer la mezcla de fumar. Era el cuarto ciclo. 

Don Juan se limitó a supervisar mis acciones. Me instaba a no precipitarme, a observar y deliberar antes de cortar cualquiera de las plantas. En cuanto los ingredientes fueron reunidos y almacenados, me sugirió que debía tener un nuevo encuentro con su aliado. 

Jueves, 31 de diciembre de 1964 

-Ahora que sabes un poco más sobre la yerba del diablo y el humito, puedes decir con más claridad a cuál de los dos prefieres -dijo don Juan. 

-En serio, el humito me da terror, don Juan. No sé exactamente por qué, pero no le tengo buen sentimiento.  
-Te gusta el halago, y la yerba del diablo te halaga igual que una mujer, te hace sentir bien. El humito, en cambio, es el poder más noble, el que tiene el corazón más puro. Ni incita a los hombres ni los aprisiona; ni ama ni odia, todo lo que requiere es fuerza. 

La yerba del diablo también requiere fuerza, pero distinta. Algo más parecido a ser ardiente con las mujeres. En cambio, la fuerza que el humito requiere es la fuerza del corazón. Él no es como la yerba del diablo, llena de pasiones, celos y violencias. 

El humito es constante. No tienes que preocuparte de que a lo mejor se te olvidó algo y te va a llevar la chingada. 



 

[2] Las constelaciones de CAPRICORNIO, ACUARIO y PEZ AUSTRAL como nunca las has visto: Los nombres tradicionales de las estrellas de CAPRICORNIO.

 










En esta entrada voy a ayudaros a identificar las estrellas de Capricornio que poseen un nombre tradicional conocido y que conforman una docena de estrellas. 


ALGEDI es el nombre que reciben un par de estrellas: α¹ y α² capricornii, que aunque aparecen muy juntas en el cielo, pueden observarse mediante binoculares y quedan en el mismo campo, no forman un sistema binario, sino que están ahí dispuestos casualmente, a este tipo de pares se les define como par óptico. Su nombre proviene del árabe (جدي, jady) y significa «Cabra».

Para distinguir una de la otra se usa PRIMA ALGEDI (α¹ Cap.) y SECUNDA ALGEDI (α² Cap.) que a veces es sencillamente nombrada como ALGEDI.

Un caso similar pasa con DABIH, nombre que reciben otro par óptico de estrellas (β¹ y  β² capricornii), para distinguir a una de la otra, se nombran de esta manera: A la más brillante del par se le nombra como DABIH MAJOR (β¹ Cap.) y a la más débil del par, como DABIH MINOR (β² Cap.). DABIH significa en árabe: «el sacrificador» ذابح, dhābiḥ. Y estas estrellas dan la suerte a los que sacrifican las cabras, pues procede del árabe Sa'd adh-dhabih (سعد الذابح), que se traduce como "la estrella de la suerte del degollador" o "el afortunado sacrificador".

NASHIRA (γ Cap.) se encuentra al otro lado del cuerpo de la cabra, concretamente en la cola, pues Capricornio es mitad cabra, mitad pez. Su nombre procede del árabe اَلْسَّعْد اَلْنَّاشِرَة que se lee: Al Sa'd al Nashirah y que significa «La [estrella] portadora de buenas noticias».


DENEB ALGEDI (δ Cap.) se halla junto a NASHIRA, en la cola de pez de Capricornio, justo en el vértice final, de hecho, su nombre procede del árabe: Danab al gedi ذَنَبُ اَلْمَاعِزِ que significa «La cola de la Cabra». Por eso, el nombre de DENEB aparece en estrellas de otras constelaciones, como la alfa del Cisne, para indicar que se encuentra en la cola de la figura, en este caso, en la cola del cisne. O el caso de DENEB KAITOS, para indicar la cola de la ballena.


CASTRA (ε Cap.) se sitúa bajo NASHIRA, en la cola de pez de Capricornio. Su nombre significa «Campamento», debido al asterismo que se forma como paralelogramo de las estrellas δ, γ, κ y ε capricornii; debido a que los campamentos militares romanos forman un paralelogramo (generalmente un rectángulo) con las calles en forma de cuadrícula.


MARAKK o YEN (ζ Cap.) situada en el lado izquierdo e inferior de la figura que es la 
barriga de la cabra, donde su nombre árabe Marakk procede de la expresión Marāqq al-Ğady
مراقّ الجدي  cuyo significado es el «bajo vientre de la cabra», otros lo traducen como «lomo».
En la tradición china se denomina Yen y nombre que coincide con uno de sus antiguos feudos.




ARMUS (CAPRICORNII) (η Cap.) está en el centro de la figura y su nombre significa «El hombro de la cabra», nombre procedente del latín.





DORSUM (CAPRICORNII) (θ Cap.)  situada en la parte central superior del asterismo, su significado del latín es «La espalda de la cabra».




DAIYI / DAI (ι Cap.)  es una estrella cuyo nombre tradicional se desconoce, pero en la astronomía china es denominada Dai Yi, como la primera estrella de Dai, un antiguo estado chino de la época de los estados combatientes (siglo V a.C.)





ALSHAT (ν Cap.)  es una estrella muy próxima a las Algedi. Sobre su nombre tradicional, se sabe que proviene del cielo árabe tradicional donde الشاة al-Šāt es “la Oveja”, que la tradición ha visto como el animal sacrificado por الذابح “el Sacrificador”, probable antiguo epíteto divino vinculado a la istisqā’, una ceremonia de implorar la lluvia que se ha convertido, en el contexto islámico, en una petición hecha a Alá. Algunos autores, como ᶜAbd al-Raḥmān al-Sūfī al-Ṣūfī (964), consideran que esta porción en forma de estrella es parte de la vigésima casa de las manāzil al-qamar o “mansiones lunares”, llamada سعد الذابح Saᶜd al-Ḏābiḥ, “el [astro] Favorable del Sacrificador”, que, en el cielo árabe tradicional, se aplica al par α y β Cap. Christian Ludwig Ideler (1806), en su edición del tratado de al-Qazwīnī (siglo XIII), da la transcripción El-Schâ, que fue adoptada como Al Shat por Richard Allen (1899), de ahí su uso como nombre propio en los catálogos del siglo XX. Este es el caso de Mansur Hanna Judak (1950) o Jack W. Rhoads (1971).





OCULUS (CAPRICORNII) (π Cap.) señala donde se encuentra el ojo de la cabra, en la parte derecha superior del asterismo. Ten en cuenta que la figura es plana y observamos desde la Tierra un solo ojo en la cabra, el otro no lo podemos ver.




BOS (ρ Cap.) se encuentra en la parte derecha superior del asterismo. Su significado procedente del latín es buey, vaca o toro indistintamente.




PAZAN / YUE (ψ Cap.)  es una estrella que se encuentra cerca del vértice inferior, a la derecha y arriba de Baten Algedi (ω Cap.). El nombre de Pazan (Pazhan) procede del persa y significa «cabra montesa salvaje». En la tradición china recibe el nombre de Yue, uno de los antiguos estados chinos combatientes.



BATEN ALGEDI (ω Cap.) cuyo nombre significa «la barriga de la cabra» y se encuentra en el vértice inferior del asterismo de Capricornio.













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[14] LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN. Septiembre de 1964. EL SEGUNDO MITOTE DE CARLOS.




Mi último encuentro con Mescalito fue una serie de cuatro sesiones celebradas en cuatro días consecutivos. Don Juan llamaba "mitote" a esta larga sesión. Era una ceremonia de peyote para "peyoteros" y aprendices. 

Había dos hombres mayores, como de la edad de don Juan, uno de los cuales era el guía, y cinco hombres más jóvenes, contándome a mí. 

La ceremonia tuvo lugar en el estado de Chihuahua, cerca de la frontera con Texas. Consistía en cantar y en ingerir peyote durante toda la noche. En el día las mujeres de servicio, que permanecían fuera de los confines del sitio de la ceremonia, proveían de agua a todos los hombres, y sólo un simulacro de comida ritual se consumía diariamente. 



Sábado, 12 de septiembre de 1964 

Durante la primera noche de la ceremonia, el jueves 3 de septiembre, tomé ocho botones de peyote. No tuvieron efecto sobre mí, o si lo hubo fue muy ligero. Mantuve cerrados los ojos la mayor parte de la noche. Me sentía mucho mejor así. No me dormí, ni estaba cansado. Al final de la sesión, el canto se hizo extraordinario. 

Por un breve momento me sentí exaltado y quise llorar, pero al concluir la canción se desvaneció el sentimiento. Todos nos levantamos y salimos. Las mujeres nos dieron agua. Unos la bebieron, otros hicieron gárgaras. Los hombres no hablaban en absoluto, pero las mujeres charlaban y soltaban risitas de la mañana a la noche. 

La comida ritual se sirvió al mediodía. Era maíz cocido

Al ponerse el sol el viernes 4 de septiembre, empezó la segunda sesión. El guía cantó su canción de peyote y el ciclo de canciones e ingestión de botones de peyote se inició nuevamente. Terminó en la mañana con todos los hombres cantando al unísono, cada quién su propia canción. 

Al salir, no vi tantas mujeres como el día anterior. Alguien me dio agua, pero yo ya no me ocupaba de mi alrededor. Otra vez había ingerido ocho botones, pero el efecto fue distinto. Debió de ser hacia el final de la sesión cuando el canto se aceleró grandemente, con todos cantando a la vez. 

Percibí que algo o alguien fuera de la casa quería entrar. No podía yo saber si el canto era para impedirle entrar o para atraerlo al interior. Yo era el único que no tenía canción. Los demás parecían mirarme inquisitivamente, sobre todo los jóvenes. 

Terminé por sentirme incómodo y cerrar los ojos. Entonces advertí que con los ojos cerrados me era posible percibir mucho mejor lo que pasaba. Esta idea concentró por entero mi atención. Cerraba los ojos y veía a los hombres frente a mi. 

Abría los ojos y la imagen no se alteraba. Las cosas en torno eran exactamente las mismas para mí, estuvieran mis ojos cerrados o abiertos. 

De pronto todo se desvaneció, o se desmoronó, y en su lugar surgió la figura casi humana de Mescalito que yo había visto dos años antes. 


Se hallaba sentado a alguna distancia, de perfil hacia mí. Lo observé fijamente, pero él no me miró; ni una sola vez volvió la cara. Creía estar haciendo algo mal, algo que lo mantenía a distancia. Me levanté y caminé hacia él para preguntarle al respecto. Pero el acto de moverme dispersó la imagen. 

Empezó a palidecer, y las figuras de los hombres con quienes yo estaba se superpusieron a ella, volvía a oír el canto fuerte, frenético. Salí a los matorrales cercanos y anduve un rato. 

Todo resaltaba con mucha claridad. Noté que veía en la oscuridad, pero esta vez importaba muy poco. El punto importante era: ¿por qué me rehuía Mescalito?

Regresé a unirme al grupo, y a punto de entrar en la casa oí un pesado retumbar y sentí un temblor. La tierra se sacudía. Era el mismo ruido que dos años atrás yo había oído en el valle del peyote. 

Corrí de nuevo al matorral. Sabia que Mescalito estaba allí, y que iba a encontrarlo. Pero no estaba. Esperé hasta la mañana, y me uní a los otros poco antes de terminar la sesión. El procedimiento habitual se repitió el tercer día. Yo no me hallaba cansado, pero dormí durante la tarde.

La noche del sábado 5 de septiembre, el viejo entonó su canción de peyote para iniciar el ciclo una vez más. Durante esta sesión masqué un solo botón y no escuché ninguna de las canciones ni presté atención a nada de lo que ocurría. 

Desde el primer momento, todo mi ser se concentró exclusivamente en un punto. Sabía que faltaba algo terriblemente importante para mi bienestar. Mientras los hombres cantaban pedí a Mescalito, en alta voz, enseñarme una canción. 

Mi súplica se confundió con el estentóreo canto de los hombres. De inmediato percibí una canción en mis oídos. Me volví y, sentado de espaldas al grupo, escuché. Oí las palabras y la tonada una y otra vez, y las repetí hasta aprenderme toda la canción. 

Era una canción larga, en español. Entonces la canté al grupo varias veces. Y poco después llegó a mis oídos una nueva canción. Al amanecer, había yo cantado ambas canciones incontables veces. 

Me sentía renovado, fortificado. Después de que nos dieron agua, don Juan me entregó una bolsa y todos salimos a los cerros. Fue un recorrido largo y esforzado hasta una meseta baja. 

Allí vi varias plantas de peyote. Pero por alguna razón no quería mirarlas. Cuando hubimos cruzado la meseta, el grupo se disgregó. Don Juan y yo caminamos de retorno, juntando botones de peyote igual como habíamos hecho la primera vez que lo ayudé. 

Regresamos al atardecer del domingo 6 de septiembre. En la noche, el guía abrió de nuevo el ciclo. Nadie había dicho una palabra, pero yo sabía perfectamente que se trataba de la única reunión. 

Esta vez el viejo cantó una canción nueva. Un saco con botones frescos de peyote se pasó de mano en mano. Era la primera vez que yo probaba un botón fresco. Era pulposo, pero difícil de masticar. Semejaba una fruta dura, verde, y era más acre y más amargo que los botones secos. 

En lo personal, el peyote fresco me pareció infinitamente más vivo. Masqué catorce botones. Los conté con cuidado. No terminé el último, pues oí el conocido retumbar que marcaba la presencia de Mescalito. 

Todo el mundo cantaba con frenesí, y supe que don Juan y todos los demás habían oído realmente el ruido. No quise pensar que su reacción fuera respuesta a una señal dada por alguno de ellos sólo para engañarme. 

En ese momento sentí que me envolvía una gran oleada de sabiduría. Una conjetura con la que llevaba tres años jugando se convirtió en certeza. Había necesitado tres años advertir, o más bien descubrir, que cualquier cosa que esté contenida en el cacto Lophophora williamsii no tenía ninguna necesidad de mí para existir como entidad; existía por sí misma allá afuera, libre. Lo supe entonces. 

Canté febrilmente hasta no poder ya dar voz a las palabras. Sentía como si las canciones estuvieran dentro de mi cuerpo, sacudiéndome en forma incontrolable. Me era preciso salir y hallar a Mescalito; de lo contrario, estallaría. 

Caminé hacia el campo de peyote. Seguía cantando mis canciones. Sabía que eran individualmente mías: la prueba incuestionable de mi peculiaridad. Percibía cada uno de mis pasos. Resonaban sobre la tierra; su eco producía la indescriptible euforia de ser un hombre. 

Cada una de las plantas de peyote en el campo brillaba con una luz azulenca, cintilante. Una planta tenía una luz muy viva. Me senté frente a ella y le canté mis canciones. Mientras las cantaba, Mescalito salió de la planta: la misma figura semihumana que yo había visto antes. Me miraba. Con gran audacia, para una persona de mi temperamento, le canté. Hubo un sonido de flautas o de viento, una vibración musical conocida. 

Mescalito parecía haber dicho, como dos años antes: -¿Qué quieres? Hablé en voz muy alta. Sabia, dije, que algo estaba fuera de lugar en mi vida y en mis acciones, pero no podía descubrir qué era. Le rogué decirme qué andaba mal en mí, y también decirme su nombre para poder llamarlo cuando lo necesitara. Me miró, alargó la boca como una trompeta hasta alcanzar mi oído, y entonces me dijo su nombre.

De pronto vi a mi padre, en pie a mitad del campo de peyote; pero el campo había desaparecido y la escena era mi vieja casa, la casa de mi niñez. Mi padre y yo estábamos de pie junto a una higuera. Abracé a mi padre y, aprisa, empecé a decirle cosas que nunca antes había podido decir. Cada una de mis ideas era concisa, e iba al grano. Era, en realidad, como si no hubiese tiempo y yo tuviera que decir todo de golpe. 

Dije cosas estremecedoras sobre mis sentimientos hacia él, cosas que jamás habría podido pronunciar en circunstancias ordinarias. Mi padre no habló. Solamente me escuchó, y luego fue jalado, o chupado, a otra parte. Me hallaba solo de nuevo. Lloré de remordimiento y de tristeza. 

Crucé el campo de peyote clamando el nombre que Mescalito me había enseñado. Algo surgió de una luz extraña, como estrella, en una planta de peyote. Era un objeto largo y brillante: una barra de luz del tamaño de un hombre. Por un momento iluminó todo el campo con un intenso resplandor amarillento o ámbar; luego encendió el cielo creando una vista portentosa, maravillosa. Pensé que de seguir mirando me quedaría ciego; me cubrí los ojos y oculté la cabeza entre los brazos. 

Tuve la clara noción de que Mescalito me indicaba comer un botón más de peyote. Pensé: "No puedo porque no tengo cuchillo para cortarlo." -Come uno de la tierra -me dijo en la misma extraña forma. Me acosté boca abajo y masqué la parte superior de una planta. Me encendió. Llenó de tibieza e inmediatez cada rincón de mi cuerpo. Todo estaba vivo. Todo tenía detalle exquisito e intrincado, y sin embargo todo era simple. 

Yo estaba en todas partes; podía ver al mismo tiempo hacia arriba y hacia abajo y alrededor. Este sentimiento particular duró lo bastante para que yo lo advirtiera. Luego se tornó en un terror opresivo: terror que no me invadió súbitamente, sino, de alguna manera, efusivamente. 

Al principio, mi maravilloso mundo de silencio fue sacudido por ruidos agudos, pero no me preocupé. Luego los ruidos se hicieron más fuertes, ininterrumpidos, como si estuviesen cerrándose sobre mí. Y gradualmente perdí el sentimiento de flotar en un mundo indiferenciado, indiferente y hermoso. Los ruidos se volvieron pasos gigantescos. 

Algo enorme respiraba y se movía en mi derredor. Creí que estaba cazándome. Corrí a esconderme detrás de un peñasco, y desde allí traté de precisar qué me seguía. En determinado momento repté fuera de mi escondite para mirar y mi perseguidor, fuera el que fuera, me localizó. Era como un sargazo. Se arrojó encima de mí. Pensé que su peso me quebrantaría, pero en vez de ello me encontré dentro de un tubo o una cavidad. 

Vi claramente que el sargazo no había cubierto toda la superficie en torno mío. Quedaba un poco de terreno libre debajo del peñasco. Empecé a reptar por allí. Vi enormes gotas liquidas caer del sargazo. "Supe" que estaba secretando ácido digestivo para disolverme. Una gota cayó sobre mi brazo; traté de limpiar el ácido con tierra y le apliqué saliva mientras continuaba escarbando. 

En cierto momento era yo casi vaporoso. Me empujaban hacia arriba, en dirección de una luz. Pensé que el sargazo me había disuelto. Advertí vagamente una luz -que se abrillantaba; empujaba desde abajo de la tierra hasta que por fin brotó en algo que reconocí como el sol saliendo detrás de las montañas. 

Lentamente empecé a recobrar mis procesos sensoriales habituales. Yacía bocabajo con la barbilla sobre el brazo doblado. La planta de peyote frente a mí empezó a iluminarse de nuevo, y antes de que yo pudiese mover los ojos la luz larga surgió otra vez. Se cirnió sobre mí. Me senté. La luz tocó todo mi cuerpo con fuerza serena, y luego rodó hasta perderse de vista. Corriendo durante todo el camino, llegué al sitio donde se hallaban los demás. Todos regresamos al pueblo. Don Juan y yo nos quedamos otro día con don Roberto, el guía peyotero. Yo dormí el tiempo que estuvimos allí. 

Cuando íbamos a marcharnos, los jóvenes que tomaron parte en el mitote se me acercaron. Me abrazaron uno por uno y rieron tímidamente. Cada uno se presentó. Pasé horas hablando con ellos acerca de todo, menos de las sesiones de peyote. 

Don Juan dijo que era hora de irse. Los jóvenes volvieron a abrazarme. 

-Vuelve -dijo uno de ellos. 

-Ya te estamos esperando -añadió otro. 

Manejé despacio, tratando de ver a los hombres mayores, pero ninguno estaba allí. 


Jueves, 10 de septiembre de 1964 

Hablar a don Juan de una experiencia me forzaba siempre a evocarla paso por paso, como mejor podía. Esta parecía ser la única manera de recordar todo. Hoy le conté los detalles de mi último encuentro con Mescalito. 

Escuchó atentamente mi historia hasta el punto en que Mescalito me dijo su nombre. Don Juan interrumpió allí. 

-Ya vas por cuenta propia -dijo-. El protector te ha aceptado. De aquí en adelante, yo te seré de muy poca ayuda. Ya no tienes que decirme nada sobre tu relación con él. Ya sabes su nombre, y ni su nombre, ni sus tratos contigo, deben mencionarse nunca a ningún ser viviente. 

Insistí en que deseaba narrarle todos los detalles de la experiencia, porque para mí no tenía sentido. Le dije que necesitaba su ayuda para interpretar lo que había visto. Dijo que eso podía hacerlo yo solo, que me convenía más empezar a pensar por mi cuenta. 

Argüí que me interesaba oír sus opiniones porque llegar a formular las mías requeriría demasiado tiempo, y no sabía cómo proceder. Dije: 

-Por ejemplo, las canciones. ¿Qué significan? 

-Eso nada más tú puedes decidirlo -dijo él-

-¿Cómo voy yo a saber lo que significan? 

-Sólo el protector puede decirte eso, igual que sólo él puede enseñarte sus canciones. Si yo te dijera lo que significan, sería lo mismo como si aprendieras las canciones de otra gente.

-¿Qué quiere usted decir con eso, don Juan? 

-Oyendo cantar las canciones del protector, luego se conoce quiénes son los farsantes. Nada más las canciones con alma son suyas y él las enseñó. Las otras son copias de canciones de otros hombres. La gente es a veces así de engañosa. Canta canciones ajenas sin siquiera saber qué dicen. 

Dije que yo había querido preguntar qué propósito tenían las canciones. Repuso que las canciones que yo había aprendido eran para llamar al protector, y que yo debía usarlas siempre, junto con su nombre, para llamarlo. 

Más tarde, probablemente Mescalito me enseñaría otras canciones con otros propósitos, dijo don Juan. Le pregunté entonces si pensaba que el protector me había aceptado plenamente. Rió como si mi pregunta fuera tonta. 

El protector me había aceptado, dijo, y se había asegurado de que yo supiera que me había aceptado mostrándoseme dos veces como una luz, Don Juan parecía muy impresionado por el hecho de que yo había visto dos veces la luz. Recalcó ese aspecto de mi encuentro con Mescalito. Le dije que no podía comprender cómo era posible ser aceptado y, a la vez, aterrorizado por el protector.

Pasó un rato muy largo sin responder. Parecía desconcertado. Por fin dijo: 

-¡Es tan claro! Lo que él quería es tan claro que no veo cómo puedes entender mal. 

-Todo es aún incomprensible para mí, don Juan. 

-Requiere tiempo ver y entender de veras lo que Mescalito quiere decir; hay que pensar en sus lecciones hasta que se aclaren. 


Viernes, 11 de septiembre de 1964 

Insistí nuevamente en que don Juan interpretara mis experiencias visionarias, Dio largas un rato. Luego habló como si ya hubiéramos estado conversando sobre Mescalito. 

-¿Ves cómo es idiota preguntar si es como una persona con quien se puede hablar? -dijo don Juan-. No es como nada que hayas visto nunca. Es como un hombre, pero al mismo tiempo no tiene nada que ver con uno. Es difícil explicarle eso a la gente que no sabe nada de él y quiere saberlo todo de golpe. Y además, sus lecciones son tan misteriosas como él mismo. Ninguno, que yo sepa, puede predecir sus actos. Le haces una pregunta y él te enseña el camino, pero no te habla de él de la misma manera en que tú y yo hablamos. ¿Entiendes ahora lo que hace? 

-No creo tener problemas para entender eso. Lo que no puedo figurarme es qué me quiso decir. 

-Le preguntaste qué anda mal en ti, y él te dio el panorama completo: ¡No puede haber error! No puedes salir con que no entiendes. No fue plática y sin embargo lo fue. Luego le hiciste otra pregunta, y te contestó exactamente del mismo modo. 

En cuanto a lo que quiso decir, no estoy seguro de entenderlo, porque tú decidiste no decirme cuál fue tu pregunta. Repetí con mucho cuidado las preguntas que recordaba haber hecho, en el mismo orden: "¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Estoy en el buen camino? ¿Qué debería hacer con mi vida?" 

Don Juan dijo que las preguntas que yo había hecho eran sólo palabras; resultaba preferible no pronunciarlas, sino hacerlas desde adentro. Dijo que el protector quiso darme una lección, y para probar que quería darme una lección y no asustarme ni ahuyentarme, dos veces se mostró como una luz. 

Aún no podía yo comprender, dije, por qué Mescalito me aterrorizó si me había aceptado. Recordé a don Juan que, de acuerdo a sus postulados, ser aceptado por Mescalito implicaba que la forma del protector era constante y no pasaba de la beatitud a la pesadilla. 

Don Juan volvió a reírse de mí y dijo que, si pensaba en la pregunta que había tenido en mi corazón al hablar con Mescalito, yo mismo entendería la lección. 

Pensar en la pregunta que había tenido en mi "corazón" era un problema difícil. Dije a don Juan haber tenido muchas cosas en mente. Cuando pregunté si estaba en el buen camino, quise decir: ¿Tengo un pie en un mundo y otro en otro? ¿Qué mundo es el bueno? ¿Qué curso debe seguir mi vida? 

Don Juan escuchó mis explicaciones y concluyó que yo no tenía una visión clara del mundo, y que el protector me había dado una lección hermosamente clara. 

-Piensas que hay dos mundos para ti -dijo-: dos caminos. Pero nada más hay uno. El protector te enseñó esto con claridad increíble. El único mundo a tu disposición es el mundo de los hombres, y de ese mundo no te puedes salir. ¡Eres un hombre! El protector te enseñó el mundo de la felicidad, donde no hay diferencias porque no hay nadie que pregunte por las diferencias. Pero ése no es el mundo de los hombres. El protector te sacó de él y te enseñó cómo piensa y lucha un hombre. ¡Ese es el mundo del hombre! Y ser hombre es estar condenado a ese mundo. Eres vanidoso, crees que vives en dos mundos, pero eso es pura vanidad. Hay un solo mundo para nosotros. Somos hombres, y debemos estar conformes con el mundo de los hombres. "Creo que ésa fue la lección."