AUTOR DEL BLOG DE LA UNIVERSIDAD DE DOGOMKA

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El cielo me ha fascinado desde que tuve uso de razón. A los 13 años de edad realicé un trabajo sobre el Sistema Solar en la escuela y gané un premio, mi tía Paqui me obsequió con mi primer libro de astronomía, escrito por José Comás Solá, estudiando este libro, nació mi vocación por la astronomía. Cada noche salía al campo para identificar y conocer las estrellas, solía llevar conmigo unos binoculares y pasaba largas horas viendo el firmamento. Mi madre me regaló mi primer telescopio. Me formé como matemático y estudié complementos de astronomía posicional y astrofísica teórica, colaboré escribiendo artículos tanto en inglés como en español para tres revistas: «Sky and Telescope» (EE.UU.); «The Astronomer» (R.U.) y «Tribuna de Astronomía» (España) entre 1982 y 1988. Actualmente tengo 62 años y he realizado un posgrado sobre Historia de la Ciencia, su filosofía y lógica en la UNED y estoy prejubilado.

sábado, 17 de enero de 2026

[16] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. EL ANILLO DE PODER.

 



Sábado 14 de abril de 1962


Don Juan sopesó nuestros guajes y concluyó que habíamos agotado las provisiones y que era tiempo de emprender el regreso. Mencioné, en tono casual, que tardaríamos por lo menos un par de días en llegar a su casa. Dijo que no iba a Sonora, sino a un pueblo fronterizo donde tenía asuntos que atender.

Pensé que iniciaríamos nuestro descenso a través de una cañada, pero don Juan se encaminó hacia el noroeste sobre las mesetas altas de las montañas volcánicas. Tras una hora de andar, me guió a una hondonada profunda, que terminaba en un punto donde dos picos casi se juntaban.

Había allí una pendiente que casi llegaba a la parte superior de la cordillera: una pendiente extraña que parecía un puente cóncavo, inclinado, entre los dos picos. Don Juan señaló un área en la cara de la pendiente.

-Fija allí la mirada -dijo-. El sol está casi en su punto.

Explicó que, al mediodía, la luz del sol podía ayudarme a "no-hacer". Luego me dio una serie de órdenes: aflojarme todas las prendas apretadas que trajera puestas, sentarme con las piernas cruzadas, y mirar concentradamente el sitio especificado.

Había muy pocas nubes en el cielo y ninguna hacia el oeste. Era un día cálido y el sol brillaba sobre la lava sólida. Observé con mucha atención el área susodicha. Tras larga vigilancia pregunté qué cosa específica debía tratar de ver. Don Juan me silenció con un ademán impaciente.

Me hallaba cansado. Quería dormir. Entrecerré los ojos; me ardían y los froté, pero tenía las manos pegajosas y el sudor me produjo escozor. Miré los picos de lava a través de los párpados entrecerrados, y de pronto la montaña entera se encendió.

Dije a don Juan que, achicando los ojos, podía ver toda la cordillera como una intrincada trama de fibras luminosas. Me indicó respirar lo menos posible, para conservar la visión de las fibras, y no escudriñarla directamente, sino mirar en forma casual un punto en el horizonte, directamente encima de la pendiente. Seguí sus instrucciones y pude sostener la imagen de una extensión interminable cubierta por una red de luz.

Don Juan dijo, en voz muy suave, que yo debía tratar de aislar zonas de oscuridad dentro del campo de las fibras luminosas, y que al hallar un sitio oscuro abriera de inmediato los ojos y constatara dónde se hallaba ese punto sobre la cara de la pendiente. Fui incapaz de percibir ningún área oscura. Varias veces entrecerré los ojos para luego abrirlos.

Acercándose, don Juan señaló un sitio a mi derecha, y después otro justamente frente a mí. Intenté cambiar la posición de mi cuerpo; pensé que acaso, si variaba mi perspectiva, me sería posible percibir la supuesta zona de oscuridad que él indicaba, pero don Juan sacudió mi brazo y me dijo, en tono severo, que me quedase quieto y fuera paciente. Volví a achicar los ojos y una vez más vi la red de fibras luminosas. La miré un momento y luego ensanché los ojos. En ese instante oí un leve retumbar -podría haberse explicado fácilmente como el sonido distante de un aeroplano a reacción- y luego, con los ojos de par en par, vi toda la fila de montañas frente a mí como un enorme campo de minúsculos puntos de luz. Fue como si por un momento fugaz ciertos granos metálicos en la lava solidificada reflejasen el sol al unísono. Luego la luz se opacó y se apagó de repente, y las montañas se convirtieron en una masa de roca café oscuro, sin brillo, y al mismo tiempo el viento empezó a soplar y enfrió el día.

Quise volverme para ver si una nube había tapado el sol, pero don Juan me detuvo la cabeza y no me permitió moverla. Dijo que, si me volvía, acaso alcanzara a ver a una entidad de las montañas, el aliado que nos iba siguiendo. Me aseguró que yo carecía de la fuerza necesaria para soportar una visión de tal naturaleza, y añadió en tono deliberado que el rumor llegado a mis oídos era la forma peculiar en que un aliado anunciaba su presencia.

Luego se puso en pie y anunció que íbamos a subir por la ladera.

-¿A dónde vamos? -pregunté.

Señaló una de las áreas que había indicado como sitio de oscuridad. Explicó que el "no-hacer" le había permitido destacar ese punto como un posible centro de poder, o quizá como un lugar donde podrían hallarse objetos de poder.

Tras un penoso ascenso, llegamos al sitio que tenía en mente. Se quedó quieto un momento, a poca distancia de mí. Traté de acercarme, pero él me hizo una, seña con la mano y me detuve.

Parecía estar orientándose. Podía ver que su nuca se movía como si sus ojos barrieran la montaña de arriba a abajo; luego, con paso firme, encabezó la marcha hacia una saliente. Tomó asiento y se puso a limpiar la saliente, quitando con la mano la tierra suelta. Cavó con los dedos en torno de un pequeño trozo de roca que sobresalía del suelo, quitando la tierra que lo rodeaba. Luego me ordenó sacarlo. Cuando hube desalojado el trozo de roca, don Juan me indicó meterlo de inmediato en mi camisa, porque era un objeto de poder que me pertenecía. Dijo que me lo daba para su custodia, y que yo debía pulirlo y cuidarlo.

Acto seguido empezamos a descender por una cañada y un par de horas después nos hallábamos en el desierto alto, al pie de las montañas volcánicas. Don Juan caminaba unos tres metros delante de mí, a buen paso constante. Fuimos hacia el sur hasta que el sol ya casi se había puesto. Un pesado banco de nubes, hacia occidente, lo ocultaba, pero detuvimos la marcha hasta suponer que su disco había desaparecido tras el horizonte.

Entonces don Juan cambió de ruta y me guió hacia el sureste. Traspusimos un cerro; en la cima avisé cuatro hombres que venían del sur hacia nosotros. Miré a don Juan. Jamás habíamos encontrado gente en nuestras excursiones y yo ignoraba qué hacer en un caso así. Pero él no pareció preocuparse. Siguió andando como si nada ocurriera.

Los hombres se movían sin prisa; reposada y tortuosamente venían a nosotros. Cuando estuvieron mas cerca noté que eran cuatro indios jóvenes. Mostraron reconocer a don Juan. Él les habló en español. Lo trataban con gran respeto y sus voces eran suaves. Sólo uno de ellos me habló.

Pregunté a don Juan, en un susurro, si también yo podía dirigirles la palabra, y él meneó la cabeza en sentido afirmativo.

Una vez que les hablé, estuvieron muy amigables y comunicativos, especialmente el que me había hablado primero. Me contaron que buscaban cuarzos de poder. Dijeron que llevaban muchos días vagando, por las montañas de lava, pero sin suerte.

Don Juan miró en torno y señaló una zona rocosa como a doscientos metros de distancia.

-Ése es buen sitio para acampar un rato -dijo.

Echó a andar hacia las rocas y todos lo seguimos.

El sitio elegido era muy áspero. Carecía de arbustos. Nos sentamos en las rocas. Don Juan anunció que volvía al matorral a reunir algunas ramas secas para hacer leña.

Quise ayudarlo, pero me susurró que éste sería un fuego especial para aquellos jóvenes valerosos, y que no necesitaba mi ayuda. Los jóvenes se apiñaron en torno mío. Uno de ellos tomó asiento reclinando su espalda contra la mía. Me sentí un poco apenado.

Al volver con una pila de varas don Juan, encomié lo cuidadosos que eran, y me dijo que, como aprendices de brujo, tenían la regla de formar un circulo con dos personas en el centro, espalda contra espalda, cuando salían en partidas a cazar objetos de poder.

Uno de los jóvenes me preguntó si alguna vez había yo encontrado cristales de cuarzo. Le dije que don Juan nunca me había llevado a buscarlos. Don Juan escogió un lugar cercano a un gran peñasco y empezó a armar una hoguera. Ninguno de los jóvenes acudió a ayudarlo; lo observaban con atención. Cuando todas las varas ardían, don Juan tomó asiento con la espalda contra el peñasco. El fuego quedaba a su derecha. Al parecer, los jóvenes se hallaban al tanto de la situación, pero yo no tenía la menor idea acerca del procedimiento a seguir en tratos con aprendices de brujería.

Observé a los jóvenes. Formaban un semicírculo perfecto, encarando a don Juan. Advertí que don Juan me miraba de frente, y que dos jóvenes habían tomado asiento a mi izquierda y los otros dos a mi derecha. Don Juan empezó a contarles que yo estaba en las montañas de lava para aprender a no-hacer y que un aliado nos andaba siguiendo. Me pareció un comienzo muy dramático, y por lo visto lo era. Los jóvenes cambiaron de postura y se sentaron sobre la pierna izquierda. Yo no había observado qué posición tenían antes. Suponía que tenían las piernas cruzadas, igual que yo. Un vistazo a don Juan me reveló que también él estaba sentado sobre la pierna izquierda. Hizo con la barbilla un gesto apenas perceptible, señalando mi postura. Plegué la pierna con disimulo. Don Juan me había dicho una vez que ésa era la postura adoptada por un brujo cuando las cosas estaban inciertas. Pero siempre había resultado, para mi, una posición muy fatigosa. Sentí que me costaría un esfuerzo terrible quedarme sentado así mientras durara su charla. Don Juan parecía comprender por entero mi desventaja y en forma sucinta explicó a los jóvenes que los cristales de cuarzo podían hallarse en ciertos sitios específicos de aquella zona y de que una vez hallados se requerían técnicas especiales para convencerlos de dejar su morada. Entonces los cuarzos se convertían en el hombre mismo y su poder escapaba al entendimiento.

Dijo que por lo común los cristales se encontraban en racimos, y que a la persona que los hallase correspondía elegir cinco hojas de cuarzo, de las mejores y más largas, y arrancarlas de su matriz. El descubridor tenía la responsabilidad de tallarlas y pulirla; para sacarles punta y para hacerlas ajustar perfectamente al tamaño y a la forma de los dedos de su mano derecha.

Luego agregó que los cuarzos eran armas usadas para brujería; que por lo general se lanzaban a matar, y que, tras penetrar el cuerpo del enemigo, regresaban a la mano del dueño como si nunca se hubieran ido.

Después habló sobre la búsqueda del espíritu que convertiría en armas los cuarzos comunes y dijo que lo primero era hallar un sitio propicio para llamar al espíritu. Tal sitio debía estar en la cima de un cerro, y se localizaba moviendo la mano, con la palma vuelta hacia la tierra, hasta que cierto calor se detectaba en la palma de la mano. Había que encender fuego en ese sitio. Don Juan explicó que el aliado, atraído por las llamas, se manifestaba a través de una serie continuada de ruidos. La persona que buscaba aliado debía seguir la dirección de la cual venían los ruidos y, cuando el aliado se revelaba, luchar con él y derribarlo al suelo para domeñarlo. En ese punto, uno podía hacer que el aliado tocase los cuarzos parar infundirles poder.

Nos advirtió que había otras fuerzas sueltas en aquellas montañas de lava, fuerzas que no se parecían a los aliados; no producían ruido alguno, aparecían sólo como sombras fugaces y carecían por completo de poder.

Don Juan añadió que una pluma de vívidos colores, o unos cuarzos muy pulidos, atraían la atención del aliado, pero a la larga un objeto cualquiera sería igualmente efectivo, porque lo importante no era hallar los objetos sino hallar la fuerza que les infundiera poder.

-¿De qué les sirve tener cuarzos bellamente pulidos si jamás encuentran al espíritu dador de poder? -dijo-. En cambio, si no tienen los cuarzos, pero encuentran al espíritu, pueden ponerle cualquier cosa en el camino para que la toque. Pueden ponerle la verga si no hallan otra cosa.

Los jóvenes soltaron risitas. El más audaz, el que me habló primero, río con fuerza. Noté que don Juan había cruzado las piernas y relajado su postura. También los jóvenes tenían las piernas cruzadas. Traté de adoptar desenfadadamente una posición más cómoda, pero mi rodilla izquierda parecía tener un nervio torcido o un músculo dolorido. Tuve que ponerme en pie y trotar marcando el paso unos cuantos minutos.

Don Juan hizo un comentario en broma. Dijo que yo había perdido la práctica de arrodillarme porque llevaba años sin ir a confesión, desde que empecé andar con él.

Eso produjo una gran conmoción entre los jóvenes. Rieron a borbotones. Algunos se taparon la cara lanzaron risitas nerviosas.

-Voy a enseñarles algo, muchachos -dijo don Juan, con despreocupación, cuando la risa de los jóvenes cesó.

Supuse que nos mostraría algunos objetos de poder sacados de su morral. Durante un segundo creí que los jóvenes iban a apeñuscarse en torno suyo, pues hicieron al unísono un movimiento súbito. Todos se inclinaron un poco hacia adelante, como para ponerse en pie, pero luego plegaron la pierna izquierda y recuperaron esa misteriosa posición que tanto me maltrataba las rodillas.

Con la mayor naturalidad posible, puse mi pierna izquierda bajo mi cuerpo. Descubrí que si no me sentaba sobre el pie izquierdo, es decir, si mantenía una postura medio arrodillada, las rodillas no me dolían tanto.

Don Juan se levantó y rodeó el gran peñasco hasta desaparecer de nuestra vista. Sin duda alimentó el fuego antes de ponerse en pie, mientras yo plegaba la pierna, pues las nueva varas chisporrotearon al encender, y brotaron larga llamas. El efecto fue extremadamente dramático. Las llamas duplicaron su tamaño. De pronto, don Juan dejó el cubierto de peñasco y se paró donde había estado sentado. Tuve un instante de desconcierto. Don Juan se había puesto un curioso sombrero negro. Tenía picos a los lados, junto a los oídos, y copa redonda. Se me ocurrió que era de hecho un sombrero de pirata. Don Juan llevaba también una larga casaca negra, de cola, abrochada con un solo botón metálico, brillante, y tenía una pierna de palo.

Reí para mis adentros. Don Juan se veía realmente ridículo en su traje de pirata. Empecé a preguntarme de dónde había sacado ese disfraz en pleno desierto. Asumí que debía haberlo tenido oculto detrás de la roca. Comenté para mí mismo que don Juan no necesitaba más que un parche sobre el ojo y un loro en el hombro para ser el perfecto estereotipo de un bucanero.

Don Juan miró a cada miembro del grupo, deslizando despacio los ojos de derecha a izquierda. Luego alzó la vista por encima de nosotros y escudriñó las tinieblas a nuestras espaldas; permaneció así un momento y luego rodeó el peñasco y desapareció.

No me fijé en cómo caminaba. Obviamente debía llevar la rodilla doblada para representar a un hombre con pata de palo; cuando dio la media vuelta para ir tras el peñasco debí haber visto su pierna doblada, pero me hallaba tan intrigado por sus actos que no presté atención a los detalles.

Las llamas perdieron fuerza en el momento mismo que don Juan rodeó el peñasco. Pensé que su sincronización era magistral; indudablemente calculó cuánto tiempo tardarían en arder las varas añadidas al fuego y dispuso su aparición y su salida de acuerdo con ese cálculo.

El cambio en la intensidad del fuego fue muy dramático para el grupo; hubo un escarcen de nerviosismo entre los jóvenes. Conforme las llamas disminuían de tamaño, los cuatro recuperaron, al unísono, una postura de piernas cruzadas.

Yo esperaba que don Juan regresara de inmediato y volviera a tomar asiento, pero no lo hizo. Permaneció invisible. Aguardé con impaciencia. Los jóvenes tenían una expresión impasible en sus rostros.

No entendía cuál era el propósito del histrionismo de don Juan. Tras una larga espera, me volví al joven a mi derecha y le pregunté en voz baja si alguna de las prendas que don Juan se había puesto -el sombrero chistoso y la larga casaca de cola-, o el hecho de que se sustentara en una pierna de palo, tenían algún sentido para él.

El joven me miró con una expresión rara, vacía. Parecía confundido. Repetí mi pregunta, y el joven junto al primero me miró con atención para prestar oído. Se miraron entre si, al parecer presas de la confusión total. Dije que, a mis ojos, el sombrero y la pata y la casaca convertían a don Juan en un pirata.

Para entonces, los cuatro jóvenes se habían congregado a mi alrededor. Reían suavemente y el nerviosismo los agitaba. Parecían faltos de palabras. El de mayor audacia me habló, finalmente. Dijo que don Juan no llevaba sombrero, no tenía puesta una casaca larga, ni en modo alguno se apoyaba en una, pata de palo, sino que lucia un chal o una capucha negra sobre la cabeza y una túnica negra azabache, como de fraile, que llegaba hasta el suelo.

-¡No! -exclamó con suavidad otro joven-. No traía capucha.

-Es cierto -dijeron los otros.

El joven que habló primero me miró con una expresión de incredulidad completa. Les dije que debíamos repasar lo ocurrido con mucho cuidado y mucha calma, y que yo tenía la seguridad de que don Juan quería que hiciéramos eso y por ello nos había dejado solos. El joven a mi extrema derecha dijo que don Juan vestía harapos. Tenía un astroso poncho, o una prenda india similar, y un sombrero muy aporreado. Llevaba una canasta con cosas dentro, pero el joven no sabía con certeza qué cosas eran. Añadió que el atavío de don Juan no era realmente el de un pordiosero, sino más bien el de un hombre que volvía, cargado de objetos extraños, de un viaje interminable.

El joven que vio a don Juan con capucha negra dijo que el anciano no llevaba nada en las manos, pero que su pelo era largo y desordenado, como el de un salvaje que acabara de matar a un fraile y de ponerse su hábito, sin lograr con esto encubrir su salvajismo.

El joven a mi izquierda chasqueó suavemente la lengua y comentó lo extraño que era todo. Dijo que don Juan vestía como un hombre importante recién bajado de su caballo. Lucía chaparreras de cuero, grandes espuelas, un fuete que golpeaba continuamente contra la palma de su mano izquierda, un sombrero chihuahueño de copa cónica, y dos pistolas automáticas calibre 45. Dijo que don Juan era la imagen de un ranchero acomodado.

El joven a mi extrema izquierda rió con timidez y se abstuvo de revelar lo que había visto. Hice por animarlo, pero los demás no se mostraban interesados. El muchacho parecía ser demasiado tímido para hablar.

El fuego estaba a punto de extinguirse cuando don Juan salió de tras el peñasco.

-Más vale que dejemos a los jóvenes en sus labores -me dijo-. Diles adiós.

No los miró. Empezó a alejarse, despacio, para darme tiempo de despedirme.

Los jóvenes me abrazaron.

No había llamas en el fuego, pero las brasas daban suficiente resplandor. Don Juan era como una sombra oscura a unos metros de distancia, y los jóvenes formaban un círculo de siluetas estáticas claramente definidas. Semejaban una línea de estatuas negras como el azabache, colocadas contra un fondo de tinieblas.

Fue entonces cuando el evento total tuvo impacto sobre mí. Un escalofrío recorrió mis vértebras. Alcancé a don Juan. Él me dijo, en un tono de gran urgencia, que no me volviera a mirar a los jóvenes, porque en ese momento eran un círculo de sombras. Mi estómago sintió una fuerza venida del exterior. Era como si una mano me aferrara. Grité involuntariamente. Don Juan susurró que en esos parajes había tanto poder que me sería muy fácil usar "la marcha de poder".

Trotamos durante horas. Me caí cinco veces. Don Juan contaba en voz alta cada vez que yo perdía el equilibrio. Luego se detuvo.

-Siéntate, acurrúcate contra las rocas, y cúbrete la barriga con las manos -me susurró al oído.


Domingo 15 de abril de 1962


En la mañana, apenas hubo luz suficiente, echamos a andar. Don Juan me guió al sitio donde dejé mi coche. Tenía hambre, pero por lo demás me sentía descansado y lleno de vigor. Comimos galletas y bebimos agua mineral embotellada que yo traía en el coche. Quise hacerle unas preguntas que me presionaban con violencia, pero él se llevó el dedo índice a los labios.

A media tarde nos hallamos en el pueblo fronterizo donde él deseaba quedarse. Fuimos a comer a un restaurante. Estaba desierto; ocupamos una mesa junto a una ventana desde donde se observaba el ajetreo de la calle principal y ordenamos nuestra comida. Don Juan parecía tranquilo; en sus ojos brillaba un reflejo malicioso. Me sentí propiciado e inicié un bombardeo de preguntas. Más que nada, inquirí sobre su disfraz.

-Les enseñé un poquito mi no-hacer -dijo, y sus ojos parecían brasas.

-Pero ninguno vio el mismo disfraz -dije-. ¿Cómo lo hizo usted?

-Muy sencillo -replicó-. Eran sólo disfraces, pues todo lo que hacemos es, en cierto sentido, un simple disfraz. Todo cuanto hacemos, como ya te dije, es asunto de hacer. Un hombre de conocimiento puede así engancharse con el hacer de todo el mundo y salir con cosas extrañas. Pero no son realmente ni tanto. Son extrañas sólo para quienes están atrapados en el hacer.

Ni esos cuatro jóvenes ni tú aún se han dado cuenta del no-hacer por eso fue fácil engatusarlos a todos.

-¿Pero, cómo nos engañó usted?

-No tendría sentido para ti. No hay modo de que lo entiendas.

-Pruébeme, don Juan, por favor.

-Digamos que, cuando nacemos, traemos un anillito de poder. Casi desde el principio, empezamos a usar ese anillito. Así que cada uno de nosotros está enganchado desde el nacimiento y nuestros anillos de poder están unidos con los anillos de todos los demás. En otras palabras, nuestros anillos de poder están enganchados al hacer del mundo para construir el mundo.

-Deme un ejemplo para que entienda -dije.

-Por ejemplo, nuestros anillos de poder, el tuyo y el mío, están enganchados ahora mismo en el hacer de este cuarto. Estamos construyendo este cuarto. Nuestros anillos de poder están tejiendo este cuarto en este preciso momento.

-Espere, espere -dije-. Este cuarto está aquí por sí mismo. Yo no lo estoy creando. No tengo nada que ver con él.

A don Juan no parecían importarle mis protestas y argumentos. Sostuvo con mucha calma que el aposento donde estábamos recibía su ser y su orden de la fuerza del anillo de poder de todos nosotros.

-Verás -continuó-, todos conocemos el hacer de los cuartos porque, en una forma o en otra, hemos pasado en cuartos gran parte de nuestra vida. Un hombre de conocimiento, en cambio, desarrolla otro anillo de poder. Yo lo llamaría el anillo de no-hacer, porque está enganchado a no-hacer. Así, con ese anillo, puede urdir otro mundo.

Una mesera joven trajo nuestra comida y pareció recelosa de nosotros. Don Juan me susurró que le pagara, para mostrarle que traía dinero suficiente.

-No me extraña que desconfíe de ti -dijo, y soltó una carcajada-. Te ves del carajo.

Pagué a la mujer y le di propina, y cuando nos dejó solos me quedé mirando a don Juan, tratando de hallar la forma de recobrar el hilo de nuestra conversación. Él acudió en mi ayuda.

-Tu dificultad es que todavía no desarrollas tu otro anillo de poder y tu cuerpo no sabe no-hacer -dijo.

No entendí lo que decía. Mi mente estaba trabada con una preocupación realmente prosaica. Todo lo que deseaba saber era si don Juan se había puesto o no un traje de pirata.

Don Juan no me respondió; echó a reír con estruendo. Le supliqué explicar.

-Pero si acabo de explicártelo -repuso.

-¿Es decir, que no se puso usted ningún disfraz? -.pregunté.

-Todo lo que hice fue enganchar mi anillo de poder a tu propio hacer -dijo-. Tú mismo hiciste el resto, y así hicieron los demás.

-¡Eso es increíble! -exclamé.

-A todos nosotros nos han enseñado a estar de acuerdo en hacer -dijo suavemente-. No tienes idea del poder que ese acuerdo implica. Pero, por fortuna, no-hacer es igual de milagroso y poderoso.

Sentí una ondulación incontrolable en el estómago. Había un abismo insalvable entre mi experiencia de primera mano y la explicación. Mi último reducto fue, como siempre, un tinte de duda y desconfianza que creó la pregunta: ¿Qué tal si don Juan estaba de acuerdo con los muchachos y él mismo preparó todo?

Cambié de tema y le pregunté por los cuatro aprendices.

-¿Me dijo usted que eran sombras? -pregunté.

-Cierto.

-¿Eran aliados?

-No. Eran aprendices de un hombre que conozco.

-¿Por qué les dijo usted sombras?

-Porque en ese momento los había tocado el poder de no-hacer, y como no son tan estúpidos como tú, cambiaron a algo muy distinto de lo que tú conoces. Por ese motivo no quise que los miraras. Sólo te habría hecho mal.

No me quedaban preguntas. Tampoco tenía hambre. Don Juan comió de buena gana y parecía de un humor excelente. Pero yo me sentía deprimido. De pronto, una gran fatiga me saturó. Tomé conciencia de que el camino de don Juan era demasiado arduo para mí. Comenté que no llenaba los requisitos para convertirme en brujo.

-Quizá otro encuentro con Mescalito te ayude -dijo él.

Le aseguré que eso era lo que más lejos estaba de mi mente, y que ni siquiera tomaría en cuenta la posibilidad.

-Tienen que pasarte cosas muy drásticas para que permitas a tu cuerpo aprovechar lo que has aprendido -dijo.

Aventuré la opinión de que, no siendo indio, carecía de las cualidades básicas para vivir la insólita existencia de un brujo.

-Tal vez, si lograra desprenderme de todos mis compromisos, podría desenvolverme un poco mejor en su mundo -dije-. O si me fuera con usted al desierto, a vivir allí. Como están las cosas, el hecho de tener un pie en cada mundo me hace inútil en ambos.

Se me quedó mirando un rato.

-Éste es tu mundo -dijo, señalando la calle tumultuosa detrás de la ventana-. Eres hombre de ese mundo. Y allá afuera, en ese mundo, está tu campo de caza. No hay manera de escapar al hacer de nuestro mundo; por eso, lo que hace un guerrero es convertir su mundo en su campo de caza. Como cazador, el guerrero sabe que el mundo está hecho para usarse. De modo que lo usa hasta lo último. Un guerrero es como un pirata que no tiene escrúpulos en tomar y usar cualquier cosa que desee, sólo que el guerrero no se aflige ni se ofende cuando lo usan y lo toman a él.



[15] CASTANEDA: VIAJE A ITXLAN. NO-HACER.

 



Miércoles 11 de abril de 1962


Al volver a su casa, don Juan me recomendó trabajar en mis notas como si nada me hubiera pasado, y no mencionar ninguno de los eventos que experimenté, ni preocuparme por ellos. Tras un día de descanso anunció que debíamos abandonar estos lugares durante unos días, porque era aconsejable poner tierra de por medio entre nosotros y aquellas "entidades". Dijo que me habían afectado profundamente, aunque todavía yo no notara su efecto porque mi cuerpo no era lo bastante sensible. Sin embargo, en muy poco tiempo me enfermaría de gravedad a menos que regresara al "sitio de mi predilección" a limpiarme y a restaurarme.

Salimos antes del amanecer, rumbo al norte, y tras un agotador recorrido en coche y una rápida caminata, llegamos al atardecer a la cima del cerro. Como ya lo había hecho antes, don Juan cubrió con ramas y hojas el sitio donde yo había una vez dormido. Luego me dio un puñado de hojas para que las pusiera contra la piel de mi abdomen y me dijo que me acostara a descansar. Dispuso otro sitio para sí mismo, ligeramente a mi derecha, como a metro y medio de mi cabeza, y se acostó también.

En cuestión de minutos empecé a sentir un calor exquisito y un supremo bienestar. Era una sensación de comodidad física, de hallarme suspendido en el aire. Estuve totalmente de acuerdo con la aseveración de don Juan de que la "cama de cuerdas" me tendría a flote. Comenté la increíble cualidad de mi experiencia sensorial. Don Juan dijo en tono objetivo que la "cama" estaba hecha para ese propósito.

-¡No puedo creer que esto sea posible! -exclamé.

Don Juan tomó literalmente mi frase y me regañó. Dijo estar cansado de que  actuara como un ser de importancia suprema, a quien una y otra vez había que dar pruebas de que el mundo es desconocido y prodigioso. Traté de explicar que una exclamación retórica no tenía ningún significado. Él repuso que, de ser así, yo podría haber escogido otra frase. Al parecer estaba seriamente molestó conmigo. Me senté a medias y empecé a disculparme, pero él río e, imitando mi manera de hablar, sugirió una serie de hilarantes exclamaciones retóricas que yo podría haber empleado. Terminé riendo del absurdo calculado de algunas de las alternativas propuestas.

Él soltó una risita y en tono suave me recordó que me abandonara a la sensación de flotar. El confortante sentimiento de paz y plenitud que yo experimentaba en ese misterioso sitio despertó en mí emociones hondamente sepultadas. Me puse a hablar de mi vida. Confesé que nunca había tenido respetó ni simpatía por nadie, ni siquiera por mí mismo, y que siempre había sentido ser inherentemente malo, de allí que mi actitud hacia los demás siempre se hallara velada por cierta bravata y audacia.

-Cierto -dijo don Juan-. No te quieres nadita. Con una risa cascada, me dijo que había estado "viendo" mientras yo hablaba. Su recomendación era que no tuviese yo remordimiento por nada de lo que había hecho, porque aislar los propios actos llamándolos mezquinos, feos o malos era darse una importancia injustificada.

Me moví con nerviosismo y el lecho de hojas produjo un ruido crujiente. Don Juan dijo que, si deseaba reposar, no debía agitar a mis hojas, y que debía imitarlo y quedarme tirado sin hacer un solo movimiento. Añadió que en su "ver" había tropezado con uno de mis estados de ánimo. Pugnó un momento, al parecer por hallar una palabra adecuada, y dijo que el ánimo en cuestión era una actitud mental en la que yo caía continuamente. La describió como una especie de escotilla que en momentos inesperados se abría y me tragaba.

Le pedí ser más específico. Respondió que era imposible ser específico con respecto al "ver". Antes de que yo pudiera decir algo más, me indicó relajarme, pero sin dormir, y conservarme en estado de alerta el mayor tiempo que pudiera. Dijo que la "cama de cuerdas" se hacía exclusivamente para permitir que un guerrero llegase a cierto estado de paz y bienestar.

En tono dramático, don Juan aseveró que el bienestar era una condición que debía cultivarse, una condición con la que uno tenía que familiarizarse para buscarla.

-Tú no sabes lo que es el bienestar porque nunca lo has sentido -dijo.

Yo no estuve de acuerdo. Pero él siguió argumentando que el bienestar era un logro que debía buscarse deliberadamente. Dijo que lo único que yo sabía buscar era un sentimiento de desorientación, malestar y confusión.

Rió con burla y me aseguró que, para lograr la hazaña de sentirme desdichado, yo debía trabajar de forma muy intensa y que era absurdo el que nunca me hubiera dado cuenta de que lo mismo podía trabajar para sentirme completo y fuerte.

-El chiste está en lo que uno recalca -dijo-. O nos hacemos infelices o nos hacemos fuertes. La cantidad de trabajo es la misma.

Cerré los ojos y volví a relajarme y empecé a sentir que flotaba; durante un corto rato fue como si en verdad me moviera por el espacio, igual que una hoja. Aunque enteramente placentera, la sensación me recordó de algún modo veces en que me enfermaba y me mareaba y sentía dar vueltas. Pensé que acaso había comido algo malo.

Oí a don Juan hablarme, pero no hice un verdadero esfuerzo por escuchar. Trataba de llevar a cabo un inventario mental de todas las cosas que había comido ese día, pero no podía interesarme ni en eso. Nada parecía importar.

-Observa cómo cambia la luz del sol -dijo él.

Su voz era clara. Pensé que era como agua, fluida y tibia.

El cielo estaba totalmente despejado hacia el oeste y la luz del sol era espectacular. Acaso el hecho de que don Juan me llamaba la atención al respecto hacía verdaderamente espléndido el resplandor amarillento del sol vespertino.

-Deja que ese resplandor te encienda -dijo don Juan-. Antes de que el sol se oculte hoy, debes estar perfectamente tranquilo y recuperado, porque mañana o pasado vas a aprender a no-hacer.

-¿A no hacer qué? -pregunté.

-No te apures ahora -dijo-. Espera a que estemos en esas montañas de lava.

Señaló unos picos distantes hacia el norte, serrados, oscuros y de aspecto ominoso.


Jueves 12 de abril de 1962


Al atardecer llegamos al desierto alto en torno a las montañas de lava. En la distancia, los montes de café oscuro se veían casi siniestros. El sol estaba muy bajo en el horizonte y brillaba sobre la cara occidental de la lava solidificada, pintando en su pardez oscura un deslumbrante conjunto de reflejos amarillos. Yo no podía apartar la vista. Aquellos picos eran en verdad hipnotizantes.

Al final del día, las cuestas inferiores de las montañas estaban a la vista. Había muy poca vegetación en el desierto alto; todo cuanto yo podía ver eran cactos y una especie de arbustos que crecían en mechones. Don Juan se detuvo a descansar. Tomó asiento, apoyó cuidadosamente sus guajes de comida contra una roca y dijo que íbamos a acampar en ese sitio durante la noche. Había elegido un lugar relativamente alto. Desde donde me encontraba podía ver a una buena distancia, en todo el derredor.

Era un día nublado y el crepúsculo envolvió rápidamente el área. Me puse a observar la velocidad con que las nubes escarlata del oeste se desteñían adquiriendo un gris oscuro espeso y uniforme.

Don Juan se levantó para ir a los matorrales. Cuando volvió, la silueta de los montes de lava era ya una masa oscura. Se sentó junto a mí y llamó mi atención hacia lo que parecía ser una formación natural en las montañas, hacia el noreste. Era un sitio que tenía un color mucho más claro que sus alrededores. Mientras toda la cordillera volcánica se veía de un café oscuro uniforme en el crepúsculo, el sitio que él señalaba era amarillento o beige oscuro. No pude imaginarme qué cosa sería. Lo miré con fijeza largo rato. Parecía moverse; creí que pulsaba. Cuando achicaba mis ojos, ondeaba como si el viento lo agitase.

-¡Míralo fijamente! -me ordenó don Juan.

En cierto momento, tras un buen rato de observar, sentí que toda la cordillera se movía hacia mí. Dicha sensación fue acompañada por una agitación insólita en la boca del estómago. La incomodidad se hizo tan aguda que me puse en pie.

-¡Siéntate! -gritó don Juan, pero yo ya estaba levantado.

Desde mi nuevo punto de vista, la configuración amarillenta se hallaba más baja en la ladera de los montes. Volví a sentarme, sin apartar los ojos, y la configuración se trasladó a un sitio más alto.

La contemplé un instante y de pronto organicé todo en la perspectiva correcta. Me di cuenta de que lo que había estado mirando no estaba en las montañas, sino era en realidad un trozo de tela verde amarillento colgado de un cacto alto frente a mí.

Reí fuerte y expliqué a don Juan que el crepúsculo había ayudado a crear una ilusión de óptica. Él se levantó y fue al sitio donde se hallaba el trozo de tela, lo descolgó, lo dobló y lo puso en su morral.

-¿Para qué hace usted eso? -pregunté.

-Porque este trozo de tela tiene poder -dijo en tono casual-. Durante un momento ibas muy bien con él, y no hay manera de saber qué habría pasado si te hubieras quedado sentado.


Viernes 13 de abril de 1962


Al romper el alba nos encaminamos a las montañas. Estaban sorprendentemente lejos. Al mediodía nos adentramos en una de las cañadas. Había algo de agua en charcos de poca hondura. Nos sentamos a descansar en la sombra de un acantilado oblicuo. Los montes eran aglutinaciones de un monumental fluir volcánico. La lava solidificada se había erosionado a lo largo de milenios, hasta ser piedra porosa, café oscuro. Sólo unas cuantas yerbas resistentes crecían entre las rocas y en las grietas.

Al alzar la vista a los muros casi perpendiculares de la cañada, experimenté una extraña sensación en la boca del estómago. Los farallones tenían cientos de metros de alto y me daban a sentir que se cerraban sobre mí. El sol estaba casi por encima de nuestras cabezas, ligeramente hacia el suroeste.

-Párate aquí -dijo don Juan, y maniobró mi cuerpo hasta que me encontré mirando al sol. Me dijo que fijara la vista en los farallones sobre mí. El espectáculo era estupendo. La colosal altura de las paredes de lava hacia tambalear mi imaginación. Empecé a pensar qué erupción volcánica debía haber sido aquélla. Varias veces subí y bajé los ojos por los lados de la cañada. Me abstraje en la riqueza de colorido sobre el farallón. Había manchas de todos los matices concebibles. Había en cada roca trozos de musgo o liquen gris claro.

Miré directamente hacia arriba y noté que la luz del sol producía reflejos exquisitos al tocar las manchas brillantes de la lava sólida. Contemplé un área en las montañas donde se reflejaba la luz. Conforme el sol se movía, la intensidad disminuía; luego se apagó por entero. Miré al otro lado de la cañada y vi otra área de las mismas exquisitas refracciones luminosas. Dije a don Juan lo que estaba ocurriendo, y entonces localicé otra zona de luz, y luego otra más en un sitio distinto, y otra, hasta que toda la cañada se hallaba cubierta de grandes manchas de luz.

Me sentía mareado; aun cuando cerraba los ojos seguía viendo las brillantes luces. Con la cabeza entre las manos, traté de meterme bajo el acantilado saliente, pero don Juan aferró mi brazo con firmeza e imperiosamente me indicó mirar los lados de las montañas y tratar de localizar manchas de oscuridad pesada en medio de los campos de luz.

Yo no quería mirar, porque el resplandor molestaba mis ojos. Dije que me ocurría algo similar a cuando se miraba una calle soleada a través de una ventana y luego se veía el marco de la ventana como una silueta oscura en todas partes.

Don Juan meneó la cabeza de lado a lado y empezó a reír chasqueando la lengua. Me soltó el brazo y tomamos asiento nuevamente bajo el acantilado. Yo estaba anotando mis impresiones del entorno cuando don Juan, tras largo silencio, habló súbitamente en tono dramático.

-Te he traído aquí para enseñarte una cosa -dijo, e hizo una pausa-. Vas a aprender a no-hacer.

Y tienes que hacerlo hablando de ello porque no hay otra forma de que sigas adelante. Pensé que a lo mejor te salía el no-hacer sin que yo tuviera que decir nada. Me equivocaba.

-No sé de qué habla usted, don Juan.

-No importa -dijo-. Voy a hablarte de algo que es muy sencillo pero muy difícil de ejecutar; voy a hablarte de no-hacer, pese al hecho de que no hay manera de hablar de eso, porque el cuerpo es el que lo ejecuta. Me miró en vistazos y luego dijo que yo debía prestar la máxima atención a lo que iba a decirme.

Cerré mi libreta, pero, para mi asombro absoluto, él insistió en que siguiera escribiendo.

-No-hacer es tan difícil y tan poderoso que no debes mencionarlo -prosiguió- hasta que hayas parado el mundo; sólo entonces puedes hablar de ello libremente, si eso es lo que quieres hacer.

Don Juan miró en torno y luego señaló una roca grande.

-Esa roca que está allí es una roca a causa del hacer -dijo.

Nos miramos y él sonrió. Esperé una explicación, pero permaneció silencioso. Finalmente tuve que decir que no había comprendido sus palabras.

-¡Eso es hacer! -exclamó.

-¿Cómo dijo?

-Eso también es hacer.

-¿De qué habla usted, don Juan?

-Hacer es lo que hace que esa roca sea una roca y esa mata una mata. Hacer es lo que te hace ser tú y a mí ser yo.

Le dije que su explicación no explicaba nada. Rió y se rascó las sienes.

-Eso es lo malo de hablar -dijo-. Siempre lleva a confundir las cosas. Si uno se pone a hablar de hacer, siempre termina hablando de algo más. Lo mejor es no decir nada y no más, actuar.

Ahí tienes esa roca, por ejemplo. Mirarla es hacer, pero verla es no-hacer.

Tuve que confesar que sus palabras no tenían sentido para mí.

¡Oh sí, por supuesto que tienen sentido! -exclamó-. Pero tú estás convencido de que no lo tienen porque ése es tu hacer, esa es la forma en que actúas conmigo y con el mundo.

Volvió a señalar la roca.

-Esa roca es una roca por todas las cosas que tú sabes hacerle -dijo-. Yo llamo a eso hacer. Un hombre de conocimiento sabe, por ejemplo, que la roca sólo es un roca a causa de hacer, y si no quiere que la roca, sea una roca lo único, que tiene que hacer es no-hacer. ¿Ves a qué me refiero?

Yo no le entendía en lo absoluto. Riendo, hizo otro intento de explicar.

-El mundo es el mundo porque tú conoces el hacer implicado en hacerlo así -dijo-. Si no conocieras su hacer, el mundo sería distinto.

Me examinó con curiosidad. Dejé de escribir. No quería sino escucharlo. Siguió explicando que sin ese cierto "hacer" no habría nada familiar en el ámbito.

Se agachó a recoger una piedrecilla y la sostuvo ante mis ojos entre el pulgar y el índice de la mano izquierda. Ésta es una piedra porque tú conoces el hacer que la hace piedra -dijo.

-¿Qué dice usted? -pregunté con un sentimiento de genuina confusión.

Don Juan sonrió. Parecía estar tratando de ocultar un deleite malicioso.

-No sé por qué te confundes tanto -dijo-. Las palabras son tu predilección. Deberías estar en el cielo.

Me lanzó una mirada misteriosa y alzó las cejas dos o tres veces. Luego volvió a señalar la piedra que sostenía frente a mis ojos.

-Digo que tú haces de esto una piedra porque conoces el hacer necesario para eso -dijo-. Ahora, si quieres parar el mundo, debes parar de hacer.

Pareció darse cuenta de que yo seguía sin entender, y sonrió meneando la cabeza. Luego tomó una rama y señaló el borde desigual de la piedra.

-En el caso de esta piedrita -prosiguió-, lo primero que hace el hacer es encogerla y dejarla de este tamaño. Por eso lo que debe hacerse, lo que hace un guerrero cuando quiere parar el mundo, es agrandar una piedrita, o cualquier otra cosa, por medio del no-hacer.

Se puso de pie y colocó el guijarro en un peñasco y luego me pidió acercarme a examinarlo. Me dijo que mirara los hoyos y las concavidades del guijarro y tratase de percibir sus minucias. Si lograba captar el detalle, dijo, los hoyos y concavidades desaparecerían y yo entendería el significado de "no-hacer".

-Esta pinche piedra te va a volver loco hoy -dijo, Mi rostro debe de haber reflejado desconcierto.

Don Juan me miró y soltó la carcajada. Luego fingió enojarse con la piedra y la golpeó dos o tres veces con su sombrero.

Lo insté a clarificar su propósito. Argumenté que, haciendo un esfuerzo, le sería posible explicar cualquier cosa que quisiera. Me miró con aire ladino y meneó la cabeza como si la situación fuera desesperada.

-Claro que puedo explicar cualquier cosa -dijo, riendo-. ¿Pero podrás tú entenderla?

Su insinuación me sobresaltó.

-Hacer te obliga a separar la piedrita de la piedra grande -continuó-. Si quieres aprender a no-hacer, digamos que debes juntarlas.

Señaló la pequeña sombra que el guijarro arrojaba sobre el peñasco y dijo que no era una sombra sino una goma que adhería a ambos. Luego dió la media vuelta y se alejó, diciendo que más tarde volvería a echarme un vistazo.

Durante largo rato me quedé mirando la piedrecilla. No me era posible enfocar la atención en los diminutos detalles de los agujeros y las concavidades, pero la pequeñísima sombra proyectada sobre el peñasco adquirió un enorme interés. Don Juan tenía razón; era como un pegamento. Se movía y fluía. Tuve la impresión de que algo la exprimía desde el pie del guijarro.

Al volver don Juan, le dije lo que había observado en relación con la sombra.

-Ése es un buen comienzo -repuso-. Un guerrero se entera de muchas cosas fijándose en las sombras.

Luego sugirió que tomase el guijarro y lo enterrara en algún sitio.

-¿Por qué? -pregunté.

-Lo has estado observando mucho rato -dijo-. Ya tiene algo de ti. Un guerrero trata siempre de afectar la fuerza de hacer cambiándola en no-hacer. Hacer sería dejar la piedra por ahí porque no es más que una piedrita. No-hacer sería tratarla como si fuera mucho más que una simple piedra. En este caso, la piedrita se ha empapado de ti durante largo rato y ahora es tú, y por eso no puedes dejarla ahí nada más, sino debes enterrarla. Pero si tuvieras poder personal, no-hacer sería convertir esa piedra en un objeto de poder.

-¿Puedo hacer eso ahora?

-Tu vida no es lo bastante compacta. Si vieras, sabrías que el peso de tu preocupación ha convertido esa piedra en algo sin ningún chiste, por eso lo mejor es cavar un agujero y enterrarla y dejar que la tierra absorba la pesadez.

-¿Es verdad todo esto, don Juan?

-Responder sí o no a tu pregunta es hacer. Pero como estás aprendiendo a no-hacer, debo decirte que en realidad no importa que todo esto sea verdad o no. Aquí es donde el guerrero tiene un punto de ventaja sobre el hombre común. Al hombre común le importa que las cosas sean verdad o mentira; al guerrero no. El hombre común procede de un modo especifico con las cosas que sabe ciertas, y de modo distinto con las cosas que sabe que no son ciertas. Si se dice que las cosas son ciertas, él actúa y cree en lo que hace. Pero si se dice que las cosas no son ciertas, no le importa actuar o no cree en lo que hace. En cambio, un guerrero actúa en ambos casos. Si le dicen que las cosas son ciertas, actúa por hacer. Si le dicen que no son ciertas, actúa de todos modos, por no-hacer. ¿Ves lo que quiero decir?

-No, no veo para nada a qué se refiere usted -dije.

Las aseveraciones de don Juan despertaban mi ánimo belicoso. Yo no podía hallar sentido a lo que me decía. Dije que eran incoherencias, y él se burló de mí y repuso que yo ni siquiera tenía un espíritu impecable en lo que más me gustaba hacer: hablar. Llegó a burlarse de mi dominio verbal y a tacharlo de defectuoso e impropio.

-Si vas a ser pura boca, sé un guerrero bocón. -dijo y rió a carcajadas.

Me sentí abatido. Los oídos me zumbaban. Experimenté un calor incómodo en la cabeza. De hecho, me hallaba apenado, y probablemente ruboroso. Me puse de pie y fui al chaparral y sepulté la piedrecilla.

-Te estaba fregando un poco -dijo don Juan cuando regresé y volví a sentarme-. Y sin embargo sé que si no hablas no entiendes. Hablar es hacer para ti, pero hablar no viene al caso y, si quieres saber a qué me refiero con lo de no-hacer, debes hacer un ejercicio sencillo. Como nos ocupa el no-hacer, no importa si haces el ejercicio ahora o dentro de diez años.

Me hizo acostarme y, tomando mi brazo derecho, lo dobló por el codo. Luego dio vuelta a mi mano hasta que la palma miraba al frente; curvó los dedos como si asieran una perilla de puerta y empezó a mover mi brazo hacia adelante y hacia atrás en una trayectoria circular; la acción semejaba la de empujar y jalar una palanca unida a una rueda.

Don Juan dijo que un guerrero ejecutaba ese movimiento cada vez que deseaba sacar algo de su cuerpo: por ejemplo, una enfermedad o un sentimiento indeseable. La idea era empujar y jalar una imaginaria fuerza oponente hasta sentir que un objeto pesado, un cuerpo sólido, frenaba el libre movimiento de la mano. En el caso del ejercicio, el "no-hacer" consistía en repetirlo hasta sentir con la mano el cuerpo pesado, aunque de hecho uno jamás pudiera creer que fuese posible sentirlo.

Empecé a mover el brazo y tras un corto rato mi mano se puso fría como el hielo. Yo había empezado a sentir, en torno de ella, una especie de materia pulposa. Era como si me hallara agitando un liquido de viscosidad pesada.

Don Juan hizo un movimiento súbito y asió mi brazo para detener el movimiento. Todo mi cuerpo se estremeció, como agitado por alguna fuerza invisible. Él me escudriñó mientras yo tomaba asiento; luego caminó en torno mío antes de volver a sentarse en el sitio donde había estado.

-Ya hiciste bastante -dijo-. Puedes hacer este ejercicio en otra ocasión, cuando tengas más poder personal.

-¿Hice algo mal?

-No. No-hacer es sólo para guerreros muy fuertes y tú no tienes aún el poder para agarrarte con eso. Ahora, nada más atraparías cosas horrendas con la mano. Conque hazlo poquito a poco, hasta que ya no se te enfríe la mano. Cuando conserva su calor, puedes sentir con ella las líneas del mundo.

Hizo una pausa como para darme tiempo de preguntar con respecto a las líneas. Pero antes de que yo tuviera oportunidad de hacerlo, empezó a explicarme que había números infinitos de líneas que nos juntaban a las cosas. Dijo que el ejercicio de "no-hacer" que acababa de describir, ayudaría a cualquiera a sentir una línea brotada de la mano en movimiento, una línea que uno podía colocar o arrojar donde quisiera. Don Juan dijo que éste era sólo un ejercicio, porque las líneas formadas por la mano no eran lo bastante duraderas para tener valor real en una situación práctica.

-Un hombre de conocimiento usa otras partes de su cuerpo para producir líneas duraderas -dijo.

-¿Qué partes del cuerpo, don Juan?

-Las líneas más duraderas que un hombre de conocimiento produce, vienen de la parte media del cuerpo -dijo-. Pero también puede hacerlas con los ojos.

-¿Son líneas reales?

-Seguro.

-¿Pueden verse y tocarse?

-Digamos que pueden sentirse. La parte más difícil del camino del guerrero es darse cuenta de que el mundo es un sentir. Cuando uno no-hace, está sintiendo el mundo, y se siente a través de sus líneas.

Calló y me examinó con curiosidad. Alzó las cejas y abrió los ojos y luego parpadeó. El efecto fue como si un pájaro parpadease. Casi de inmediato experimenté una sensación de incomodidad y náusea. Era, de hecho, como si algo presionara mi estómago.

-¿Ves lo que quiero decir? -preguntó don Juan, y apartó los ojos.

Mencioné que sentía náuseas y él repuso, como si tal cosa, que ya lo sabía, y que estaba tratando de hacerme sentir las líneas del mundo, con sus ojos. Yo no podía aceptar la afirmación de que él mismo me estaba haciendo sentirme así. Di voz a mis dudas. Apenas podía concebir la idea de que él estuviese causando mi náusea, pues no había tenido el menor contacto físico conmigo.

-No-hacer es muy sencillo pero muy difícil -dijo-. No es cosa de entenderlo, sino de dominarlo.

Ver, por supuesto, es la hazaña final de un hombre de conocimiento, y sólo se logra ver cuando uno ha parado el mundo a través de la técnica de no-hacer.

Sonreí involuntariamente. No había comprendido sus palabras.

-Cuando uno hace algo con la gente -dijo-, sólo debía preocuparse por presentar el caso a sus cuerpos. Eso es lo que he estado haciendo contigo hasta ahora: hacerle saber a tu cuerpo. ¿A quién le importa que tú entiendas o no?

-Pero, eso no es justo, don Juan. Yo quiero entenderlo todo; de otra forma, el venir aquí sería perder mi tiempo.

-¡Perder tu tiempo! -exclamó, parodiando mi tono-. De veras eres presumido.

Se levantó y me dijo que íbamos a trepar a la cima del pico de lava a nuestra derecha. El ascenso a la cima fue penosísimo. Era alpinismo en forma, sólo que no había cuerdas que nos ayudaran y protegieran. Repetidas veces, don Juan me indicó no mirar hacia abajo, y en un par de ocasiones tuvo que alzarme en vilo, pues empecé a resbalar por la roca. Me apenaba terriblemente el que don Juan, a sus años, tuviera que auxiliarme. Le dije que me hallaba en pésimas condiciones físicas porque era demasiado perezoso para hacer cualquier ejercicio. Repuso que, una vez alcanzado cierto nivel de poder personal, se hacía innecesario el ejercicio o cualquier entrenamiento de ese tipo, ya que, para hallarse en forma impecable, la única práctica necesaria era la de "no-hacer".

Cuando llegamos a la cima, me tiré al suelo. Estaba a punto de vomitar. Don Juan me hizo rodar de un lado a otro, con el pie, como había hecho una vez anterior. Poco a poco el movimiento restauró mi equilibrio. Pero me sentía nervioso. Era como si de algún modo aguardase la súbita aparición de algo. Involuntariamente, miré dos o tres veces a cada lado. Don Juan no dijo palabra, pero también miró en la dirección que yo observaba.

-Las sombras son asuntos peculiares -dijo de repente-. Has de haber notado que una nos viene siguiendo.

-No he notado nada semejante -protesté en voz alta.

Don Juan dijo que mi cuerpo había notado la persecución, pese a mi oposición obstinada, y me aseguró en tono confidencial que no había nada fuera de lo común en ser seguido por una sombra.

-No es más que un poder -dijo-. Estas montañas están llenas de eso. Es igual que una de esas entidades que te asustaron la otra noche.

Quise saber si me sería posible percibirla personalmente. Afirmó que durante el día sólo podría sentir su presencia.

Quise que me explicara por qué la llamaba sombra, cuando obviamente no era como la sombra de un peñasco. Replicó que ambas tenían las mismas líneas, por lo tanto ambas eran sombras.

Señaló un peñasco alargado que se hallaba directamente frente a nosotros.

-Mira la sombra de esa peña -dijo-. La sombra es la peña, y sin embargo no lo es. Observar la peña para saber lo que es la peña, es hacer, pero observar su sombra es no-hacer.

Las sombras son como puertas, las puertas de no-hacer. Un hombre de conocimiento, por ejemplo, puede penetrar los sentimientos íntimos de la gente mirando sus sombras.

-¿Hay movimiento en ellas? -pregunté.

-Puedes decir que hay movimiento en ellas, o puedes decir que en ellas se muestran las líneas del mundo, o puedes decir que los sentimientos vienen de ellas.

-¿Pero cómo pueden los sentimientos salir de las sombras, don Juan?

-Creer que las sombras son sólo sombras es hacer -explicó-. Esa creencia no deja de ser estúpida.

Piénsalo en esta forma: habiendo tanto más detrás de todas las cosas del mundo, sin duda debe haber algo más detrás de las sombras. Después de todo, lo que las hace sombras es sólo nuestro hacer.

Hubo un largo silencio. Yo no sabía qué agregar.

-Se acerca el final del día -dijo don Juan, mirando el cielo-. Tienes que usar este sol brillante para ejecutar un último ejercicio.

Me llevó a un sitio donde dos picos del tamaño de un hombre se erguían paralelos entre sí, a cosa de metro y medio de distancia. Don Juan se detuvo a diez metros de ellos, mirando al oeste.

Marcó un lugar para que yo lo ocupara y me indicó mirar las sombras de los picos. Me dijo que las observara bizqueando como suelo hacer al escudriñar el terreno en busca de un lugar de descanso.

Clarificó sus instrucciones diciendo que, al buscar un sitio de reposo, había que mirar sin enfocar, pero al observar sombra: había que bizquear y, al mismo tiempo, conservar enfocada una imagen clara. La idea era cruzar los ojos para que una sombra se sobrelapase a la otra. Explicó que por medio de ese proceso era posible corroborar un cierto sentimiento emanado de la sombras. Comenté la vaguedad de sus palabras, pero él afirmó que de hecho no había forma de describir aquello a lo cual se refería.

Mi intento de ejecutar el ejercicio fue fútil. Pugné hasta que me dolió la cabeza. Don Juan no se preocupó en absoluto por mi fracaso. Trepó a un pico en forma de cúpula y me gritó desde arriba, indicándome buscar dos trozos de roca pequeños, largos y estrechos. Mostró con las manos el tamaño que quería.

Hallé dos trozos y se los entregué. Don Juan puso cada piedra en una grieta, más o menos a treinta centímetros de distancia, me hizo acercarme a mirarlas desde arriba, con el rostro hacia el poniente, y me indicó repetir con sus sombras el mismo ejercicio.

Esta vez el asunto fue muy distinto. Casi de inmediato fui capaz de cruzar los ojos y de percibir las sombras individuales como si se hubieran fundido en una sola. Advertí que el acto de mirar sin converger las imágenes, daba a la sombra única formada por mí, una profundidad increíble y una especie de transparencia. La observé, desconcertado. Cada hoyo de la roca, en el área donde mis ojos se enfocaban, era nítidamente discernible, y la sombra compuesta, sobrelapada a ellos, era como un velo de indescriptible transparencia.

No quería yo parpadear, por miedo a perder la imagen que tan precariamente retenía. Finalmente el escozor en mis ojos forzó el parpadeo, pero no perdí en absoluto la visión de los detalles. De hecho, al rehumedecerse mi córnea la imagen se hizo aun más clara. Advertí en ese punto que parecía hallarme mirando, desde una altura inconmensurable, un mundo nunca antes visto. También noté que podía escudriñar el entorno de la sombra sin perder el foco de mi percepción visual. Luego, por un instante, perdí la noción de estar mirando una roca. Sentí que aterrizaba en un mundo cuya vastedad superaba cualquier cosa que hubiese yo concebido. Esta extraordinaria percepción duró un segundo y después todo se apagó. Alcé automáticamente la mirada y vi a don Juan parado directamente por encima de las rocas, enfrentándome. Su cuerpo tapaba el sol.

Describí la insólita sensación que había tenido, y él explicó que se vio forzado a interrumpirla porque me "vio" a punto de extraviarme en ella. Añadió que para todos nosotros era natural la tendencia de entregarnos cuando ocurrían sentimientos de tal índole y que al entregarme yo casi había convertido el "no-hacer" en mi viejo "hacer" cotidiano. Lo que yo debería haber hecho, dijo, era retener la visión sin sucumbir a ella, porque en cierto sentido "hacer" era un modo de sucumbir.

Me quejé del hecho de que podría haberme dicho de antemano qué podía esperar y hacer, pero él señaló que no tenía modo de saber si yo lograría o no fundir las sombras. Hube de confesar que "no-hacer" me desconcertaba más que nunca. Los comentarios de don Juan fueron que yo debía contentarme con lo que había hecho porque por una vez había procedido de la forma correcta; que al reducir el mundo lo había agrandado, que, aunque estuve lejos de sentir las líneas del mundo, usé adecuadamente la sombra de las rocas como una puerta a "no-hacer".

La afirmación de que yo había agrandado el mundo al reducirlo, me intrigó sobremanera. El detalle de la roca porosa, en la pequeña área donde mis ojos se enfocaban, fue tan vívido y tan exactamente definido que la cima del pico redondo se convirtió para mí en un vasto mundo; y sin embargo se trataba en realidad de una visión reducida de la roca. Cuando don Juan bloqueó la luz y me encontré mirando como normalmente lo hago, el detalle preciso se opacó y los hoyos diminutos en la roca porosa se hicieron más grandes, el color pardo de la lava seca se nubló y todo perdió la transparencia reluciente que hacía de la roca un mundo real.

Don Juan tomó entonces las dos rocas, las colocó gentilmente en una grieta profunda, y se sentó con las piernas cruzadas, de cara al oeste, en el sitio donde las rocas habían estado. Palmeó un lugar junto a él, a su izquierda, y me indicó ocuparlo. Pasamos largo rato sin hablar. Luego comimos, también en silencio. Sólo cuando el sol hubo descendido, don Juan se volvió súbitamente y me preguntó por mi progreso en "soñar".

Le dije que al principio había sido fácil, pero que por el momento ya había cesado por entero de hallar mis manos en los sueños.

-Cuando empezaste a soñar estabas usando mi poder personal, por eso era más fácil -dijo él-. Ahora estás vacío. Pero debes seguir tratando hasta que tengas bastante poder propio. Verás: soñar es el no-hacer de los sueños, y conforme progreses en tu no-hacer progresarás también en el soñar.

El chiste es no dejar de buscarte las manos, aunque no creas que lo que haces tenga algún sentido. De hecho, como ya te he dicho, un guerrero no necesita creer, porque mientras continúe actuando sin creer está no-haciendo.

Nos miramos un momento.

-No hay nada más que pueda yo decirte acerca de soñar -prosiguió-. Todo lo que pudiera decirte sería sólo no-hacer. Pero si te lanzas directamente al no-hacer, tú mismo sabrás qué hacer al soñar. Hallarte las manos es sin embargo esencial en este momento, y estoy seguro de que lo harás.

-No sé, don Juan. No me tengo confianza.

-No se trata de tenerle confianza a nadie. Se trata de una lucha de guerrero, y tú seguirás luchando, si no bajo tu propio poder, entonces quizá bajo el impacto de un digno adversario, o con la ayuda de algunos aliados, como el que ya te anda siguiendo.

Hice un movimiento brusco e involuntario con el brazo derecho. Don Juan dijo que mi cuerpo sabía mucho más de lo que yo sospechaba, porque la fuerza que nos había estado persiguiendo se hallaba a mi derecha. Me confió, en voz baja, que dos veces ese día, el aliado se había acercado tanto a mí que tuvo que intervenir y detenerlo.

-Durante el día, las sombras son las puertas de no-hacer -dijo-. Pero de noche, como en lo oscuro hay muy poco hacer, todo es sombra, incluyendo a lo aliados. Ya te hablé de esto cuando te enseñé la marcha de poder.

Reí en voz alta y mi propia risa me asustó.

-Todo cuanto te he enseñado hasta ahora ha sido un aspecto de no-hacer -prosiguió don Juan-. Un guerrero aplica el no-hacer a todo en el mundo, y sin embargo no puedo decirte más al respecto de lo que te he dicho hoy. Debes dejar que tu propio cuerpo descubra el poder y el sentir de no-hacer.

Tuve otro ataque de risa cascada, nerviosa.

-Es una estupidez que desdeñes los misterios del mundo nada más porque conoces el hacer del desdén -me dijo con rostro serio.

Le aseguré que yo no desdeñaba nada ni a nadie, pero que era más nervioso e incompetente de lo que él creía.

-Siempre he sido así -dije-. Y quiero cambiar, pero no sé cómo. No estoy a la altura.

-Ya sé que te crees podrido -dijo-. Ése es tu hacer. Ahora, con el fin de afectar ese hacer, voy a recomendarte que aprendas otro. De ahora en adelante, y durante un lapso de ocho días, quiero que te digas mentiras. En vez de decirte la verdad, que eres feo y estás podrido y no tienes remedio, te dirás exactamente lo contrario, sabiendo que mientes y que no hay esperanza para ti.

-¿Pero cuál sería el objeto de mentir así, don Juan?

-A lo mejor te engancha a otro hacer, y a lo mejor entonces te das cuenta de que ambos haceres son mentira, son irreales, que prenderte en cualquiera es una pérdida de tiempo, porque lo único real es el ser que hay en tí y que va a morir. Llegar a ese ser, al ser que va a morir es el no-hacer de la persona.